viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 52

Capítulo 47

Una semana después del entierro, Ronie y Virginia citan a las viudas a su casa. Fue el tiempo que necesitaron para prepararse antes del encuentro. Carla y Teresa son puntuales. Lala llega unos veinte minutos después. Las primeras miradas son difíciles, casi imposibles, las primeras palabras, los primeros silencios. Virginia sirve café. Las mujeres preguntan por el yeso. Ronie les cuenta, de la operación, del tratamiento, de la rehabilitación. De la caída. Les cuenta la caída sin contarles todavía por qué cayó. Pero alcanza para introducirlas en esa noche, es el momento, y empieza, apenas termina con el hueso roto y la sangre que no para, apenas termina de contar cómo Virginia lo subió a la camioneta, y que camino a la salida se cruzaron con Teresa. "Yo no los creí capaces", dice, "no creí que lo fueran a hacer." Y ellas no entienden. Ronie les cuenta, como puede, del plan del Tano, de la depresión de Martín Urovich, de cómo el Tano fue contando una historia, la historia de su propia muerte, que Ronie no terminaba de creer. No menciona los motivos con los que convenció a Gustavo. No hace falta. Carla llora. Lala repite varias veces "hijo de puta", y no aclara si se refiere a su marido o al Tano. O a Ronie. Teresa no termina de entender. "¿Pero entonces no fue un accidente?" "Creo que no." "¿Se suicidaron?" "Se suicidaron." "No puede ser, él nunca me dijo nada", dice Teresa. "Hijo de puta", vuelve a decir Lala. "Debe haber pensado que iba a ser lo mejor para vos y los chicos", dice Virginia. "Él no pensó, el que piensa es el Tano", dice Lala en presente como si el Tano aún estuviera vivo. "Me parece que ninguno de nosotros nos dimos cuenta a tiempo de lo mal que estaba el Tano", trata de explicar Ronie. "Pero si no estaba mal, teníamos proyectos, estábamos por viajar", sigue sin entender Teresa. "¿Y yo?", pregunta Carla. Nadie contesta. "¿Cómo convenció el Tano a Gustavo?", otra vez pregunta. "No sé", dice Ronie, "yo creí que no lo había convencido". "Dios mío", dice ella, y llora. "Perdón, hubiera querido evitarles otro mal momento, pero tenían que saberlo", justifica Ronie. "¿Quién dijo que teníamos que saberlo?", dice Lala. Carla no puede parar de llorar, Virginia se acerca y le agarra la mano. Se abrazan. Lala se va dando un portazo. Teresa no logra terminar de acomodar las piezas, "no estaba mal, te juro que el Tano no estaba mal". Los cuatro quedan en un largo silencio que sólo interrumpe el sollozo de Carla. Y luego: "¿Estás seguro de lo que estás diciendo?", pregunta Teresa. "Muy seguro." Otra vez el silencio y después: "¿Y esto cambia en algo algo?", quiere saber la viuda del Tano. "Ésta es la verdad", contesta Ronie, "nada más que eso cambia, que ahora saben la verdad".

No pasan dos horas desde la reunión en la que Ronie les contara a las viudas lo que sucedió esa noche, cuando aparecen en su casa Ernesto Andrade y Alfredo Insúa. Quieren hablar con él a solas. No lo dicen abiertamente, pero es evidente y Virginia va a la cocina a preparar café y se demora más de lo necesario para evitarse el desagradable pedido de "mujeres afuera". Empiezan hablando de otra cosa. "¿Alguien sabe a cuánto llegó el riesgo país hoy?" Nadie sabía. "Se está poniendo difícil la cosa; si tenés plata en el banco sácala, Ronie, te lo digo de buena fuente." "En el banco tengo deudas." "Espero que sean en pesos." "¿Escuchaste algo sobre las cajas de seguridad?" Hasta que llegaron a lo que habían venido. "¿Alguien más está al tanto, aparte de vos y Virginia, del tema ese del supuesto suicidio?", pregunta Andrade. "Yo hasta ahora sólo hablé con Lala, Carla y Teresa." "¿Por qué decís hasta ahora?" "No sé, porque sí, porque fue lo que hice hasta ahora." "Ronie, no pudo haber suicidio." "Sí, yo sé que es difícil de entender." "No se trata de entender, Ronie, se trata de que no, simplemente no hubo suicidio." "Pero yo estuve ahí, yo los escuché planearlo, sólo que no les creí, si no..." "No lo creas ahora entonces, ese suicidio no le conviene a nadie. Decime, ¿vos te das cuenta de que si hubo suicidio estas mujeres se quedan en la calle?", pregunta Insúa. Ronie no contesta. "¿Entendés de lo que hablo, no?" "Cómo no voy a entender si me lo explicó el mismo Tano." "Ahí está, tenés razón. Nosotros les estamos dando una mano a las viudas con todo este quilombo que se les vino encima. Ernesto con el tema legal, y yo con el tema de los seguros", le cuenta. "A Carla no, porque ella es muy distante y no se deja ayudar", aclara Insúa. "Neto, neto, si no cobran el seguro se quedan absolutamente en bolas, Ronie", resume Andrade. "Si hubiera una mínima sospecha de suicidio, por boluda que sea, la compañía va a empezar a averiguar, se va a embarrar la cancha y las pobres no cobran ni el día del arquero." "Yo ni pensé en el seguro." "Está bien, vos estás muy tocado por todo este asunto, es entendible que no estés con todas las luces; pero hay que pensar y por suerte estamos nosotros para eso." Virginia entra con el café. Los tres hombres se quedan mudos. Ella le acerca a cada uno su pocillo, cruza una mirada con su marido y vuelve a salir con la bandeja vacía. "¿Entendés, Ronie?" "Sólo quería que supieran la verdad." "Sí, ya sabemos, pero el mundo está lleno de buenas intenciones al repedo, Ronie, y más allá de si hiciste bien o mal, porque en definitiva qué sé yo si para estas mujeres es mejor pensar que se electrocutaron sin querer o a propósito, ¿no?, pero más allá de eso... no me acuerdo qué iba a decir más allá... Ya me va a salir." "Que cobren el seguro hoy es primordial, Ronie." "Eso era lo que iba a decir." "Yo creía que ellas se merecían saber la verdad." "A lo mejor sí, qué sé yo, yo de psicología mucho no entiendo pero, es más, a lo mejor con esta verdad hasta puedan dar una vuelta de rosca a lo incomprensible de esta desgracia y darse cuenta de que sus maridos eran casi... héroes, ¿no?" "¿Qué decís?", se asombra Ronie. "Hay que tener huevos para hacer lo que hicieron estos muchachos." "Se mataron para dejarles algo, ¿no tiene algo de heroico eso?" Ronie escucha a uno y a otro decir más o menos lo mismo, repetirse. No contesta. Revuelve el azúcar en su café y piensa. Piensa: yo no fui heroico, yo fui cobarde, o cobardes fueron ellos, se corrige, pero entonces yo qué, otra clase de cobarde, o un fracasado, como me dijo el Tano, alguien demasiado aferrado a la vida, o qué, todo eso junto, nada de eso. "Necesitamos contar con tu silencio", dice Andrade con firmeza. Ronie levanta la mirada de su taza y alcanza a ver a Juani que lo mira desde el descanso de la escalera. Los hombres miran en esa dirección y también lo ven. "Y con el silencio de toda tu familia." "Las viudas lo necesitan, no les podemos fallar." "Lo único que falta es que se hayan inmolado al pedo." Ronie se para sobre su yeso como puede. Mira a Juani en la escalera y luego a los hombres frente a él. "Ya me quedó claro el mensaje, ahora quiero descansar", les dice. "Contamos con vos, entonces." Ronie no contesta, los hombres no se mueven. Juani baja unos escalones más. "¿Nos podemos ir tranquilos, entonces?" Juani va hacia su padre. Ronie trata de avanzar sobre su pierna enyesada para guiarlos hacia la salida. Trastabilla, Juani lo sostiene. Los hombres todavía no se mueven. "Vayanse, ¿no escucharon a mi papá?", dice Juani. Andrade e Insúa lo miran, y luego miran a Ronie. "Pensalo, Ronie, ventilando detalles no vas a ganar nada." "No estoy buscando ganar nada, me parece que eso es lo que ustedes no terminan de entender." "Pensalo." Los hombres salen, nadie los acompaña. Juani no se mueve de al lado de su padre. Virginia los mira desde la puerta de la cocina.

Capítulo 48

Miré a mi marido y a mi hijo, uno junto al otro. "¿Qué vamos a hacer?", pregunté. "Lo que teníamos que hacer ya está hecho", contestó Ronie. Pero Juani nos miró: "¿Y si esa no fuera la verdad?". No entendimos. "Suban, tengo que mostrarles algo", dijo.

Ayudamos a Ronie en la escalera. En el cuarto de Juani estaba Romina, sentada en el marco de la ventana, esperándonos. No sabía que ella estaba ahí. Tenía la fumadora digital de su padre. Juani nos pidió que nos sentáramos en la cama. El televisor estaba encendido, un noticiero informaba el inminente ataque de los Estados Unidos al país que suponía responsable del atentado a las Torres. "Nuestros militares están listos y nos harán sentir orgullosos", dijo en la pantalla su presidente. Juani acercó la cámara de video al aparato. En segundos desenchufó cables, enchufó otros, apretó botones y logró que la imagen filmada apareciera en la televisión y desapareciera la de aquel presidente. Romina hacía de asistente alcanzándole los cables necesarios. Yo estaba tan sorprendida por la destreza tecnológica de mi hijo que al principio no me di cuenta de qué nos estaban mostrando. A mí, hacer esa conexión, me habría llevado el día entero, suponiendo que lo hubiera logrado. Ronie se agarró la cabeza y su expresión, con la mirada clavada en la pantalla del televisor, me hizo ver la imagen que yo también tenía ante mis ojos. Era una filmación algo oscura, pero no había duda de que era la pileta de los Scaglia.

Estaba filmada desde arriba, como si quien llevara la cámara se hubiera trepado a algún lugar. "Nos subimos a los árboles", dijo Juani, y entonces me di cuenta de que esas sombras que molestaban eran hojas. Martín Urovich ya estaba dentro del agua, se dejaba flotar, hacía la plancha agarrado a un flota-flota. Con una mano se agarraba del flota-flota y con la otra del borde de la pileta. El Tano acomodaba un equipo de música cerca de la escalera, sobre el piso de Travertilit. "El equipo de música", me dijo Ronie y los dos sabíamos de qué se trataba. El alargue venía arrastrando por el piso desde algún enchufe de la galería. El Tano pasó la palmeta con la que se sacan las hojas de la pileta por debajo del cable, la enroscó, y dejó el extremo del mango muy cerca del borde. Muy cerca de él. Gustavo estaba sentado al lado, con los pies dentro del agua. La distancia no permitía asegurar que estaba llorando, pero la posición de su cuerpo, un leve temblor, ciertos espasmos casi imperceptibles, eran claras señales de que lo hacía. Cuando el Tano terminó de acomodar todo, se metió en el agua, bebió de una de las tres copas que estaban en el borde de la pileta. Una rama se movió y tapó un instante la lente de la cámara. Enseguida apareció otra vez el Tano, le hablaba a Gustavo, no escuchábamos qué decía. Pero Gustavo negaba con la cabeza. El Tano hablaba cada vez más enérgicamente y frente a la negativa del otro lo agarró con fuerza de un brazo. Gustavo se deshizo de él. Otra vez lo quiso agarrar y Gustavo se deshizo otra vez. El Tano lo retó como a un chico, no se oía, pero sus gestos eran inconfundibles. Gustavo se quebró, lloró con los codos apoyados en los muslos y las manos tapándose la cara. Ya no era imperceptible su llanto. Movía su cuerpo arriba y abajo al compás de los suspiros entrecortados. Entonces el Tano se le colgó del cuello, lo tiró a la pileta, e inmediatamente, casi como parte de un mismo movimiento, empujó el alargue del equipo con la palmeta. Urovich seguía flotando. Gustavo asomó en la superficie a pesar de que el Tano intentaba sumergirle la cabeza adentro con su mano libre. Pero Gustavo era más fuerte y más joven que el Tano y pudo deshacerse de él otra vez, y tratar de llegar al borde. Se agarró del borde. Fue tarde, no alcanzó a salir. El Tano, con la otra mano, la que no había tirado a Gustavo ni había sostenido su cabeza dentro del agua, sumergía la punta del alargue vacío junto a él para que la electricidad inundara el agua. Los cuerpos se pusieron tensos, y luego se hundieron. El agua se agitó. Y fue la oscuridad total. Todas las luces externas de la casa de apagaron y la música se detuvo. Entonces la cámara empezó a devolver imágenes enloquecidas, muy oscuras, apenas visibles, pero más cercanas, las hojas del árbol del que Romina y Juani bajaban, el piso bajo sus pies en carrera. "¿Qué hacemos?", se escuchaba la voz de Romina en la cinta. Otra vez el piso oscuro, ruido de carrera, respiración agitada. Fondo negro.

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