viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 25

La segunda frase que la hizo desoír las siguientes fue "la vivienda es como la segunda piel del ser humano". Carmen se estremeció. Se frotó los brazos, tenía la piel erizada. Sintió frío y calor todo junto, como cuando era chica y tenía fiebre. Como cuando se le ponía la piel de gallina y su mamá la corría para ponerle un buzo. Como las primeras veces con Alfredo. Buscó a los tres hombres en la platea. Juzgó que ninguno valía nada. Tener un amante por la zona implicaba, en el mejor de los casos, salir con el arquitecto que llevaba la reforma de la propia casa, y en el peor con el jardinero. En el medio: los profesores de tenis, los caadies, algún personal trainer, el profesor de piano del hijo de alguna amiga, y no mucho más de lunes a viernes en Altos de la Cascada y sus alrededores. Siempre que una no estuviera dispuesta a salir con un vecino casado —en Altos de la Cascada todos los vecinos son hombres casados—, lo que traería ciertas complicaciones que Carmen no estaba en condiciones de sobrellevar. La peor de ellas, que si la cosa salía a la luz, alguno de los involucrados o ambos tendrían que mudarse. Como cuando Adán y Eva fueron echados del Paraíso, pensó, ajena a lo que hablaba el maestro de Feng Shui. Alfredo sí había tenido una historia dentro del barrio, pero con una mujer "en vías de separación", que había alquilado la casa de los Urovich durante un verano, y a la que el otoño se llevó otra vez a la ciudad, y ya no hubo necesidad de que Carmen tuviera que seguir fingiendo no darse cuenta de nada.

"Habitar una vivienda significa: estar en casa, sentirse bien, permanecer en un ambiente familiar, que en gran medida ha sido diseñado por uno mismo." Carmen confirmó la frase en silencio. La plata la había puesto Alfredo, pero era ella la que había diseñado su casa; cada orden a los arquitectos la había dado ella, cada mueble lo había elegido ella, cada color había sido su decisión. Así que si se sentía bien o no con el resultado, era responsabilidad suya. Ya no era una nena. Hacía tiempo que había aprendido que quejarse o llorar no dan alivio, ni resucitan muertos, ni devuelven úteros. El maestro de Feng Shui acababa de decirlo, lo de la casa, lo de sentirse bien adentro. Ese otro adentro, no el que ella tenía vacío. Alfredo casi no había participado en el diseño. Sólo se había ocupado de su escritorio y de la bodega. Allí sí fue preciso. Él mismo eligió los humidificadores, los termómetros y la ubicación de cada uno de los estantes. Alfredo fue el que le enseñó a oler el vino, a esperar el aroma, a rechazarlo cuando no estuviera en su punto justo. "Y ahora se queja", pensó. "Las alteraciones en el sueño, la falta de equilibrio, las crisis matrimoniales y hasta las enfermedades pueden originarse en un Feng Shui negativo", escuchó decir al maestro, a cuenta de alguna otra frase que ya se había perdido entre el sopor que le provocaban los perfumes del auditorio.

A las cinco y media sonó su celular. Varias mujeres abrieron la cartera para verificar que no fuera el de ellas. Carmen se enredó con el cable del audífono para la traducción y tardó en atender. Una mujer que estaba sentada delante de ella se dio vuelta para mirarla con mala cara. El maestro de Feng Shui aprovechó para decir que no se les ocurriera cargar las baterías de sus celulares en las mesas de luz porque eso atrae ondas negativas al dormitorio. Era Tadeo, uno de los mellizos, la estaba esperando para que lo llevara a comprarse ropa, como habían quedado. Carmen se disculpó: "Me surgió un inconveniente a último momento, ¿no te avisó la chica?" Tadeo se enfureció. "Si querés tomate un remís y anda con ella." Tadeo estrelló el tubo de teléfono contra la base y ella volvió al auditorio donde el maestro estaba diciendo algo en inglés de lo que sólo entendió "Bill Clinton". Se calzó otra vez los auriculares y llegó a escuchar que "el Salón Oval de la Casa Blanca tenía una distribución negativa de los muebles que le trajo muchos problemas maritales al presidente americano". Hubo sonrisas en la platea. Sintió que era demasiado obvio pensar en la ubicación de los muebles de la oficina de su marido. Pero no pudo evitarlo.

Uno de los tres hombres se paró y se fue. El maestro lo siguió con la mirada. Quiso dar un golpe de efecto a quien lo abandonaba y dijo, con tono de verdad revelada: "Expertos de Taiwán, Hong Kong y Singapur han sido consultados por responsables de grandes imperios económicos de Occidente para garantizar el éxito de sus emprendimientos". Carmen se acordó de su abuelo paterno, un gallego comunista que llegó a la Argentina escapando, de polizón, y se preguntó qué pensaría él del Feng Shui occidentalizado. Miró a sus costados y se dio cuenta de que no sabía quiénes habían sido los abuelos de ninguna de las amigas que la acompañaban, de la mayoría ni siquiera conocía a sus padres. Ella tampoco había mostrado a su padre mientras vivía, prefería visitarlo en su departamento, una vez al mes, cuando le llevaba la plata para el alquiler. Dicen que el padre de Nane alguna vez estuvo preso por estafa. Pero nadie conoce detalles que garanticen la veracidad del rumor. Lo cierto es que la casa del country está a nombre de su madre. O al menos eso le dijo Mavi Guevara, en confianza. Nane pidió la palabra para confirmarle la audiencia que "en la empresa de mi marido, hicieron una revisión de todas las instalaciones con un asesor de Feng Shui, y terminaron construyendo un Ta Ta Mi en la terraza para equilibrar la energía negativa". El maestro se mostró complacido con "una interrupción tan oportuna y ejemplificadora". "Habría que hacer revisar la casa de los Guevara, ¿no?", dijo Nane, y Teresa y Lala se rieron, aunque Lala agrego "No seas guacha, que si Martín no consigue trabajo pronto la que voy a tener que terminar reformando la casa voy a ser yo". "O laburando", se burló Teresa. "Eso ni lo sueñes", se rió Lala. "Lo tuyo es pasajero pero ¿cuánto hace que los Guevara viven de lo que aporta Virginia? A lo mejor Ronie no consigue laburo por el Feng Shui", insistió Nane. "No estaría mal que probaran algún cambio de muebles", remató Teresa, "en esta vida hay que probar de todo". Carmen pensó que en esta vida le gustaría probar marihuana; de chica no se había atrevido y ahora no sabía cómo conseguirla. En la televisión, una tarde de lluvia que se la pasó en la cama sin poder levantarse, había escuchado a un chico en un talk show contando que fumaba porros porque le producía más o menos el mismo efecto que el vino, pero sin la resaca. Y ella estaba un poco preocupada por sus resacas. Sus hijos la habían visto un par de veces, ya que la empleada nueva no sabía manejar el tema como Gabina y cada vez que apenas se tambaleaba corría a buscarlos para que la ayudaran.

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