viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 34

Capítulo 24

En otoño la hierba bermuda se pone amarilla. No se seca, no se muere, sólo se guarda en reposo para el verano, cuando el pasto se pone verde otra vez, y se reinicia el ciclo. Mientras tanto hay dos opciones. Al menos en Altos de la Cascada manejamos dos opciones. La primera es buscar el color en otro lado: liquidámbares dorados y rojos, robles amarronados, ginkgos biloba amarillos, rhus typhina color fuego. Pero si el intento no logra ser más que eso, y es vano, y es estéril, si la mirada se posa una y otra vez sobre la bermuda descolorida y eso altera a quien contempla, lo irrita, o hasta lo deprime, entonces no cabe la primera opción. Y la segunda es el ryegrass, un pasto que dura una temporada, de un color falso de tan intenso, como las manzanas de frigorífico, o los pollos engordados a fuerza de luz eléctrica. Pero impecable; más que pasto, una alfombra.

Ese año no era un año para el ryegrass en casa de los Urovich. Avanzaba el 2000, habíamos cambiado de presidente. En diciembre de 1999, en su discurso de asunción del cargo, según dicen el primer discurso que le escribió uno de sus hijos, había puesto énfasis en controlar el déficit fiscal y prometido que una vez controlado bajaría el desempleo por las nuevas inversiones. Llegó el otoño pero no las inversiones ni el empleo, y Martín seguía sin conseguir trabajo. Lala, casi llorando, se lo dijo a Teresa una tarde en que había ido con sus peones a sacar plantas marchitas de su cantero. "No lo aguanto más, ¿sabes lo que es tenerlo metido todo el día en casa?" Teresa entendía, pero sabía que todo iba a ser peor si además el pasto se ponía amarillo. Se la llevó a un costado, lo suficientemente lejos como para que no escuchara el peón que desmalezaba arrodillado en la tierra. "Hace como te parezca, Lala, pero en tres semanas la bermuda se seca y te arruina todo el parque." Y volvió junto al peón: "¡No..., mi Dios... José, eso no es un yuyo! ¡Eso es un penissetuml". Teresa lo corrió y peinó con los dedos la planta. Lala se acercó a ver al penissetum. Teresa le sonrió y dijo por lo bajo: "Es una lucha, se lo explicas veinticinco veces y no hay caso".

Las mujeres recorrieron el cantero. El peón quedó unos pasos más atrás, desmalezando. Teresa hizo cuentas. "Mira, vos debes tener unos mil quinientos... dos mil metros de parque." "Mil setecientos", precisó Lala. "Por eso, a un kilo por cada treinta metros cuadrados, con la semilla que puede estar, qué sé yo, uno ochenta o dos dólares el kilo, con toda la furia, ¿cuánto da eso?" "No sé... yo, sin calculadora. "No, si yo tampoco... siempre fui rebestia para los números, pero vas a gastar algo de cien... ciento cincuenta dólares... porque eso me acaba de pagar Virginia, que tiene un parque más o menos como el tuyo." "¿Virginia resembró?", preguntó Lala. "Sí, habrá cobrado alguna comisión interesante." Teresa se agachó y deshizo un terrón de tierra, lo examinó. "Cordita, a este border le falta agua", le dijo mientras le mostraba la tierra desgranada y seca.

Teresa fue a buscar la manguera. Lala se quedó esperándola. Hacía años que Teresa le mantenía el jardín y sabía muy bien dónde estaban todos los elementos de jardinería. Los Urovich fueron unos de sus primeros clientes apenas terminó el curso de paisajismo de tres años, en un vivero en San Isidro. Hasta que ella y otras mujeres empezaron a estudiar y a dedicarse un poco al tema de las plantas, no se conseguía por la zona otra cosa que algún hombre desocupado de Santa María de los Tigrecitos que de experto en changas se dijera jardinero, o parquista. Los "cortapastos", como los llaman en La Cascada, venían en bicicleta, arrastrando una cortadora, en el mejor de los casos eléctrica, una bordeadora, una tijera de podar, y cloro para mantener la pileta transparente todo el año si no querían quedarse sin trabajo. Lo que ella hacía era otra cosa. Cambiar las flores en cada estación; lograr que los colores combinaran, que los tamaños se compensaran, que las espesuras fueran las adecuadas; controlar que no hubiera nada marchito, nada apestado; elegir las plantas con mejor aroma para rincones cerca de la casa, las más sucias alejadas de la pileta. "Tenes que tener una vena artística para dedicarte a esto", le gustaba decir de sí misma. Y todo por un precio levemente superior al que cobraba un cortapastos. "Cuando todos los parques estén impecables, con ese verde espectacular del ryegrass te vas a querer matar, ¿o no? Vas a venir con el auto... verde... verde... verde... amarillo, ¡uy, llegamos a lo de los Urovich! No, un horror."

Teresa dejó la manguera a un costado y trató de acomodar un papiro que se inclinaba demasiado hacia el lado del sol y descompensaba la simetría del border. Lala se agachó a ayudarla. "Que ojo, gorda, yo sé que el flaco está sin laburo, y toda la pálida, pero eso es coyuntural. No te dejes arrasar por el bajón de él." Teresa largó el papiro y se incorporó. "Esto va a haber que atarlo porque si no no se va a quedar. Está como rebelde. ¿Para qué tiene uno los ahorros, si no? Para estas emergencias." Teresa sacó un carretel de piolín color ocre de su bolsillo y con la ayuda de Lala ató la planta. "Hilo sisal reciclado, no dejes que te metan en el jardín un material que no sea degradable." Lala la ayudó a atar la amarra del papiro. "Te imaginas, pasan los siglos, pasamos nosotros, y el plástico sigue ahí. Hablando de plástico, ¿vos no te ibas a hacer las tetas este año?" "Sí, pero voy a esperar un poco que a Martín se le pase esta fiebre de la guita para no ponerlo nervioso." "Con las siliconas espera, pero con el pasto no. En un par de meses él va a tener laburo de nuevo y vos vas a tener el parque a la miseria." Teresa desenrolló la manguera del carrito automático, puso el pico adecuado en el extremo, el que permite una lluvia persistente pero suave, le hizo un gesto a su peón para que fuera a abrir el grifo y, cuando salió agua, regó. "Yo sé que uno dice 'gastarme esta guita todos los años, para que en noviembre el ryegrass se muera', y sí, es así, pero bueno... son elecciones... nos pasamos la vida eligiendo." "Vos me conoces, yo lo voy a hacer, pero tengo que manejar qué le digo a Martín." "¿Y por qué le tenes que decir?" "Desde que le pasó eso con el trabajo se puso muy obsesivo. No le digas a nadie, please, pero lleva una planilla de gastos en la computadora y me vuelve loca." "¿Por qué no lo mandas a terapia?" "¿Martín a terapia? ¿Con lo que cobra un analista? Ni loco va, está hecho un miserable, te juro. Me prohibió hasta el té Twinings, ¿podes creer?" "Con tipos así te queda una sola opción, mentirle. Y sin culpa, porque es por su bien. ¿O a él no le va a gustar ver el parque verde cuando mire por la ventana?" Teresa le pasó la manguera a Lala. "Tené, regá un poquito, voy a la camioneta a buscar un poco de hierro para ese jazmín que lo veo medio mustio, ¿no?" Teresa se fue y Lala se quedó regando. Mientras la lluvia caía pareja sobre las hojas verdes, Lala se convenció de que el pasto amarillo, definitivamente, no iba a ayudar a mejorar el humor de su marido.

Capítulo 25

Romina y Juani llegan a la plaza una noche. Ya no son chicos, pero siguen yendo a la plaza. Allí se conocieron. Se sacan los rollers. De la mochila sacan la cerveza. Dos botellas de medio litro cada uno. O tres. A veces la de litro. Lo que consigan. Toman. Se ríen. Pasa un guardia. Lo saludan. Esperan que pase. Toman más cerveza. Se ríen. "¿Empezamos?", dice ella. "Dale", dice Juani. Romina busca una rama, gruesa, que sirva de lápiz. Dibuja en la arena una línea con curvas y contracurvas. "Una víbora", dice Juani. "No soy tan obvia." "Un fideo tirabuzón", dice él. Ella se ríe. "No, boludo." "La rama de un sauce llorón eléctrico." "No." "Un resorte." "No, dale, pone un poco de onda." Juani piensa, la mira. Se queda mirándola. "Tu pelo, no, tu pelo es lacio", se lo toca. Deja su mano sobre el pelo de ella. "Me rindo", dice él. "¿Qué es?" "Lo que tengo dentro del estómago; no sé cómo se llama, pero es así", dice Romina y vuelve a trazar la línea serpenteante sobre la arena. Se miran. Toman cerveza. Se miran mientras toman cerveza. Juani se acerca y la besa. La boca de Romina tiene todavía el sabor de la bebida. Ella le acaricia la cara. "Nosotros somos amigos", dice ella. "Amigos", dice él. "No quiero ser como ellos", dice Romina. "No sos como ellos." "Tengo miedo de que si dejamos de ser amigos..., ¿entendés?" "Sí", dice él. "Ahora te toca a vos", dice ella y le da la rama. Él dibuja un círculo y dentro del círculo dos puntos. "Un botón." "No." "La nariz de un chancho", grita ella segura de que acertó. "Ni ahí." Romina observa el dibujo desde distintos ángulos. "¿Un enchufe?" "Perdiste." Ella espera una explicación. "Somos nosotros dos", dice Juani señalando los dos puntos, "detrás de la pared". "¿Detrás o frente a la pared?", dice ella. "Es lo mismo." "No, no es lo mismo, ¿viste ese dibujo que te muestran y tenés que decir si ves una mujer vieja o una mujer joven?" "Sí, yo vi la joven", dice él. "La pared de La Cascada es lo mismo", dice Romina y recorre el círculo con la rama. "Uno puede mirar lo que la circunferencia deja adentro o puede mirar lo que deja afuera, ¿entendés?" "No." "¿Cuál es el adentro y el afuera?" Juani la escucha, pero no dice nada. "¿Nos encerramos nosotros, o encerramos a los de afuera para que no puedan entrar? Como lo cóncavo y lo convexo." "¿De qué hablas, borracha?", Juani la empuja con su botella casi vacía. Romina se ríe. Toma cerveza. "Sos muy bestia, Juano. Una cuchara, ¿no viste una cuchara?", pregunta y muestra su mano imitando la forma de la cuchara en el aire, "¿una cuchara es cóncava o convexa?" Juani se ríe, se le cae la cerveza de la boca. "No tengo la más puta idea..." "Depende de qué lugar la mires", aclara ella, y señalando palma y dorso de la mano dice: "cóncavo... convexo". Juani dice: "Ah...", y se ríe porque no entendió. Ella también se ríe, vacía una botella en su boca y la tira a un costado. Borra la circunferencia con la palma de la mano, se para y va a hamacarse. Juani la sigue y se hamaca junto a ella. Cada vez más alto. Se ríen. Sus pies descalzos se elevan sobre sus cabezas. Se miran cada vez que llegan arriba. Miden quién llega más alto. Un poco más alto todavía. Juani dice: "Ahí voy", y se tira. Cae y se levanta. La espera sobre la arena. Romina se hamaca una vez más. Se tira también. Cae en la arena de rodillas junto a él. Cae sobre una botella de cerveza vacía. La botella se parte. Romina grita. La sangre empieza a salir y se mezcla con la arena. La arena se mezcla con la sangre. Juani no sabe qué hacer. Los dos tienen miedo. El la levanta sobre su hombro. Abraza sus muslos con fuerza y siente la sangre de Romina sobre su pecho. Romina grita y llora. Se abraza al cuello de Juani, la cabeza colgando sobre su espalda, su pelo negro bamboleándose mientras él corre cargándola. Corre descalzo. Busca ayuda tan rápido como puede. Siente su camisa tibia y húmeda pegada al pecho. Sigue corriendo. Empieza a quedarse sin aire. Se agita. Aminora la marcha y se da cuenta de que no sabe hacia dónde está yendo.

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