viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 08

Capítulo 6

El auto se detuvo frente a la barrera. Ernesto bajó la ventanilla, pasó por primera vez la tarjeta electrónica por el visor, y la barrera se levantó. El encargado de vigilancia los saludó con una sonrisa. La nena lo miraba desde su asiento. El guardia agitó la mano frente a la ventanilla, pero la nena no le respondió. Mariana bajó también su ventanilla y respiró exageradamente, como si ese aire fuera mejor que cualquier otro. No era dulce, como lo había sentido hacía dos años cuando había entrado por primera vez a La Cascada. Aquella vez había entrado por otra puerta, por la de visita. Y era primavera, no otoño como esta vez. Le habían pedido hasta el número de documento antes de dejarla pasar. La habían demorado más de quince minutos porque no encontraban a nadie que autorizara su ingreso. En aquel entonces habían ido a un asado en la casa de un cliente de Ernesto. Alguien que le debía un favor, la posibilidad de hacer un negocio para el que no habría calificado sin su ayuda. Y esos favores eran una deuda como cualquier otra, pensaba Ernesto. Sobre todo si le permitían a su deudor ganar mucho dinero. Aquel día, el de ese asado, decidieron que Altos de la Cascada era el lugar donde querrían vivir el día que tuvieran hijos. Y ahora los tenían. Eran dos, ellos hubieran querido uno, pero era eso o seguir esperando. Y Mariana no tenía más fuerzas para esperar. Desde hacía poco más de un mes que el juez se los había dado, y ya no esperaba. Habían estado a punto de comprar un chico en el Chaco, les habían hablado de una partera, pero por suerte apareció otro cliente de Ernesto que conocía al juez en cuestión y la cosa se encaminó mejor.

El auto de los Andrade avanzó lento por la calle arbolada que rodeaba la cancha de golf. Las calles de La Cascada competían en rojos y amarillos. Ningún cuadro del mejor pintor del mundo podría compararse con lo que veían por la ventana, pensó Mariana. Liquidámbares rojos, ginkgos biloba amarillos, robles marrón rojizos. Junto a la nena, en su sillita, dormía Pedro. La nena sintió que hacía un poco de frío con la ventana abierta, y le acomodó la mantita. Ella misma dobló sus piernas y las metió debajo de su pollera nueva. Miró por la ventanilla y vio un cartel que decía "Niños jugando. Velocidad máxima 20 kilómetros", pero no pudo leerlo porque no sabía.

Mariana abandonó el paisaje y los miró por el espejo, simulando acomodarse un mechón de pelo; pensó cómo sería ese vínculo fraterno entre esos niños que apenas conocía. El nombre del bebé lo sabía de mucho antes, de cuando Ernesto y ella eran novios. La nena traía puesto un nombre: Ramona. Mariana no se explicaba cómo alguien, en esta época, podía haberle puesto ese nombre a una nena. Ramona era nombre de otra cosa, no de nena. En tantos años de tratamientos y esperas ella había pensado varios. Camila, Victoria, Sofía, Delfina, Valentina, hasta Inés, como su abuela paterna. Pero la nena traía el propio. Y el juez no autorizó cambiarlo. Por eso Mariana había decidido decirle Romina, sin pedirle autorización a nadie, como si el cambio se debiera tan sólo a un error en las vocales. Por suerte la nena no supo decirle al juez el nombre del bebé, si es que lo tenía, y lo llamaba así, "bebe", sin acento.

Cuando llegaron, Antonia los esperaba en la puerta; había terminado recién de acomodar en un jarrón las flores que había enviado Virginia Guevara. Lo había puesto en el centro de la mesa nueva de pinotea. Llevaba un uniforme celeste con broderí blanco en los puños. Era de estreno, cuando vivían en Palermo no usaba uniforme. Tampoco trabajaba con cama. Pero con la mudanza y la llegada de los chicos, aceptaba el cambio o se quedaba sin trabajo. Al entrar por el camino de grava, el auto hizo un ruido a lluvia de verano, y la nena se estremeció. Miró por la ventanilla el día de sol. "Llueven piedras invisibles", pensó. Mariana fue la primera en bajar. Se acercó a Antonia y le dio la cartera y un bolso con la poca ropa que no había venido en la mudanza el día anterior. Enseguida fue hacia el auto, abrió la puerta trasera y desabrochó el cinturón que ataba el bebé a la sillita. La nena la miró mientras levantaba a su hermano. Mariana dijo algo así como "venga acá mi chiquito", y lo sacó fuera del auto. La mantita se cayó sobre el camino de piedras. "¿Viste qué lindo está hoy Pedrito, Antonia?" Antonia asintió. "Anda a hacerle una mamadera que debe estar muerto de hambre." Antonia se metió dentro de la casa con el bolso y la cartera. Mariana, con Pedro en brazos, miró hacia el auto buscando algo. "¿Ernesto?", dijo, y Ernesto apareció de detrás del baúl cargando unas raquetas de tenis y un portatrajes sobre el cochecito de Pedro. Se les unió y entraron en la casa. La nena vio cómo la puerta se cerraba detrás de ellos. A través de la luneta polarizada miró la casa. Le pareció la casa más linda del mundo. Parecía hecha de crema y caramelo, como la de ese cuento que le habían contado un vez en la parroquia en Caá Catí. Habría salido del auto a correr por el pasto que parecía una alfombra, pero no podía, no sabía cómo sacarse el cinturón de seguridad. Lo intentó, pero no pudo, y tuvo miedo de que se rompiera y alguien le terminara pegando, ya no quería que nadie le pegara.

Pasó un rato. La nena se entretuvo mirando la calle. Una señora que llevaba un perro encadenado, una mujer con el mismo uniforme de Antonia que paseaba a un bebé en un cochecito, un chico que andaba en bicicleta, y una nena en patines. A ella también le gustaría andar en patines alguna vez, pensó. Nunca vio un par de patines de cerca, y la chica pasó demasiado rápido. Eran color rosa, eso sí alcanzó a ver. Su color preferido.

(Ver página 09)
O dejar comentario como marcador en inicio. <= Clic