viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 09

La puerta de la casa se abrió y salió Antonia. Fue hasta al auto. "¿Y vos qué te quedaste haciendo acá? Vení, vení", dijo mientras le sacaba el cinturón con torpeza, ella tampoco estaba acostumbrada a desabrochar cinturones. La agarró de la mano y la metió en la casa. En su casa.

El lunes siguiente a la mudanza la nena empezaba el colegio. Nunca había ido al colegio antes. En el Lakelands, un colegio inglés que Mariana y Ernesto habían soñado para cuando llegara su primer hijo, consiguieron que la tomaran en primer grado aunque no tuviera ningún conocimiento previo del idioma. Y cuando hablaban del idioma se referían al inglés. No iba a ser fácil para la nena. Hacía casi dos meses que habían empezado las clases. La directora les dijo que tenían que encarar el desafío en forma conjunta: ellos se ocuparían de darle una atención personalizada para que adquiriera las English skills del resto de sus compañeros, pero Mariana se debía comprometer a reforzar lo aprendido con apoyo escolar extra. No hablaron de maestra particular sino de coach. Mariana estuvo de acuerdo. Tenían que intentarlo. Pedro iría sí o sí al Lakelands, desde la sala de dos, como cualquier otro chico. Y por motivos prácticos, era mejor que Pedro y la nena fueran al mismo colegio.

Mariana no tenía demasiadas expectativas acerca de esos primeros pasos escolares de Romina. Aprendió a no generar expectativas para no frustrarse en años de tratamiento de fertilidad en los que mes a mes iba al baño temiendo que sucediera lo que sucedía. La mancha que teñía todo de bronca, y el calendario que volvía a correr otra vez. Hasta que en los Estados Unidos le diagnosticaron "huevos vacíos, sin posibilidad de reversión", y ella les agradeció la franqueza. Con la escuela de la nena quiso hacer lo mismo, borrar cualquier expectativa, estar convencida de que todo iba a salir mal, y aliviar la futura decepción anticipándola. Pero cuando llegó el momento, se sintió, de todos modos, nerviosa. La noche anterior preparó todo, ella misma repasó el uniforme con la plancha para asegurarse de que las tablas de la pollera estuvieran absolutamente simétricas, y dejó la ropa recién planchada sobre una silla. La blusa blanca, el suéter azul con vivo rojo y verde, la pollera escocesa. La nena dormía. Su pelo negro brillaba aun en la oscuridad del cuarto.

Mariana bajó al comedor diario y prendió el televisor y un cigarrillo. Ernesto trabajaba en la computadora. Pasó de un canal al otro sin saber qué miraba. Sólo quería que pasara el tiempo, que ya fuera el día siguiente, y el otro, y el otro, y por fin el día en que se olvidara de quiénes habían sido sus hijos, y de dónde venían. Sobre todo la nena. Pedro era otra cosa, tenía apenas tres meses. Enseguida se le borrarían los olores, un aliento particular, una voz, un latido, un golpe. A su bebé lo iría haciendo a su medida. A la nena no. Sus ojos ya habían visto demasiadas cosas. Se le notaba. A Mariana le costaba mantenerle la mirada, le daba miedo. Como si esos ojos oscuros le pudieran mostrar lo que alguna vez vieron.

El despertador sonó a las siete y media. Mariana se levantó, se vistió y bajó a desayunar. Recién entonces le pidió a Antonia que despertara a Romina, le llevara el desayuno y la vistiera. Luego ella subiría a peinarla. Ernesto no las iba a acompañar. El hubiera querido, en esos eventos siempre se conoce a alguien que puede terminar siendo un buen contacto, o un buen cliente, y quería empezar a conocer la comunidad a la que ahora pertenecía. Pero Mariana le pidió que se quedara en casa con Pedro. Había tosido toda la noche, eso la tenía preocupada. Y Mariana preocupada era peor que perder cualquier tipo de negocio, él bien lo sabía.

Mariana subió al cuarto de la nena. La peinó lo mejor que pudo. El pelo de la nena era negro, brilloso, y rígido como alambre. El mismo día que los trajeron desde Corrientes los esperaba un peluquero. Todavía vivían en el departamento de Capital. En menos de cinco minutos la cabeza del bebé lucía totalmente rasurada. Pero con la nena, Mariana no podía hacer lo mismo. Aunque hubiera querido. Aquel día la nena jugaba con los mechones de pelo de su hermano desparramados por el suelo de la cocina, mientras Mariana, a un costado, le daba instrucciones al peluquero. "Tan corto no, tiene un pelo hermoso", dijo él. Mariana dudó, la miró, la nena sentada en el piso tenía la mirada clavada en el mosaico. La escoba de Antonia que barría el pelo muerto de su hermano le raspó la mano. "Córtele las puntas aunque sea, y rebájele un poco la cantidad", dijo Mariana. Pero el peluquero no pudo. En cuanto se acercaba con la tijera la nena entraba en una crisis de nervios. "Parece un gato encerrado", dijo Antonia. "Parece un gato herido", corrigió el peluquero. La nena sintió miedo; Mariana también. Aunque ya había pasado más de un mes de aquella primera tarde juntas, cada vez que Mariana la peinaba, la nena temblaba. "No te muevas que así no te puedo peinar", era todo lo que decía, y la nena hacía tanta fuerza para no moverse que terminaba cansada y dolorida. Le ató el pelo con una cinta escocesa, del mismo escocés que la pollera del uniforme, y le puso dos hebillas de carey marrón a cada costado que brillaban menos que su pelo. Mariana se preguntó dónde habría nacido. Y dónde sus padres. Que la hubieran ido a buscar a Corrientes no aseguraba nada. El nene sí, la madre estuvo internada en el hospital de Goya. Pero decían que la mamá no era de ahí. La nena podía ser correntina, pero también misionera, o chaqueña, o tucumana. Se inclinó por Tucumán. Mariana podía imaginársela dentro de unos años, robusta y maciza como una mujer tucumana que trabajaba en la casa de su amiga Sara como doméstica. Pedro también era robusto, pero poco a poco no se le iba a notar. Con suerte quizá no sean hijos del mismo padre y la genética lo beneficie, pensó. Medio hermano. Con la cabeza rasurada casi no se parecían. De bebé le pasaría la maquinita, una vez por semana si hiciera falta. Y de grande, pelo bien corto como Ernesto, y si era robusto mejor, lo pondrían de pilar en el equipo de rugby del colegio. Además la alimentación que recibiría sería siempre sana y la mejor, y eso ayudaría, pensó. Y deporte, mucho deporte. La nena, por más que se la pusiera a dieta o la matara a ejercicios, tenía los tobillos como macetas, y eso, Mariana lo sabía, no había forma de solucionarlo.

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