viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 10

Le sacó las hebillas y se las volvió a poner. Un poco más alto. La nena la miraba casi sin parpadear. Mariana le contó del nuevo colegio, de la oportunidad que se le abría, de que uno no es nadie si no se maneja en inglés, de lo mucho que iba a tener que esforzarse. Después no le contó más, le pareció que no la escuchaba. Tomó la mochila de la nena y salió. La nena la siguió unos pasos atrás. Cuando pasó frente al cuarto de Pedro se escurrió dentro. "Chau, bebe", escuchó Mariana desde el pasillo. Fue a buscarla. "No lo despiertes, estuvo tosiendo toda la noche", dijo. Cuando ya estaban al pie de la escalera agregó: "Se dice bebé, no bebe". "Bebe", volvió a decir la nena sin acento, y Mariana ya no dijo nada.

Los alumnos formaban en el patio. Mariana averiguó cuál era la fila de primer grado y la dejó allí. La observó desde lejos. Era la más alta. La más grandota. Y la más oscura. El sol de la mañana rebotaba sobre su cabello. Mariana se puso a un costado. Algunos padres se quedaban hasta que se izara la bandera. Una mujer a su lado le hablaba. Ella también era nueva. Se acababan de mudar a la zona, como ellos. "¿Ustedes de qué colegio vienen?", preguntó. Mariana fingió no escuchar. Contó las cabezas de todas las chicas en la fila de primero "A". Seis rubias, ocho castañas claras, dos castañas oscuras. Y la nena. "¿La tuya cuál es?", insistió la mujer a su lado. "Aquella", dijo Mariana sin señalar. "¿La rubiecita del moño azul?" "No, la morocha grandota." La mujer buscó con la mirada y antes de que la encontrara, Mariana agregó: "Es adoptada". Empezaron a sonar las primeras estrofas del Himno.

Capítulo 7

La primera señal de que formaríamos parte de grupo de amigos más reducido de los Scaglia nos llegó unos meses después de su mudanza. Yo estaba entrando a la ducha, apurada, había citado a un cliente para mostrarle una casa que salía a la venta, y me había quedado dormida. El uno a uno había reactivado el mercado. Yo no entendía bien por qué, si lo terrenos valían cada vez más en dólares; nunca entendí demasiado de variables económicas y efecto cruzados, pero la gente que podía invertir estaba contenta, y yo también. Sonó el teléfono. Salí corriendo a atender pensando que era mi cliente. Casi me resbalo con los pies mojados. Era Teresa. "Los queremos invitar a casa el miércoles a la noche, Virginia, a eso de las nueve. Vamos a ser unas diez parejas amigas y nos gustaría que ustedes vinieran, es el cumpleaños del Tano."

Antes de esa primera invitación, Ronie se había cruzado al Tano un par de veces en la cancha de tenis, y en una oportunidad habían tomado algo juntos después de un partido. Yo no los había vuelto a ver desde la escritura; en la etapa de la construcción sólo se los veía rodeados de arquitectos, y aunque estuve tentada de cruzarme varias veces, la actitud, sobre todo la del Tano, desalentaba cualquier acercamiento. Por lo que supe, no era la única intimidada. Estaba claro que el Tano era quien elegía con quién quería juntarse y con quién no. Uno no podía tomar la iniciativa de acercársele a menos que él diera una clara señal. Y rechazar una invitación suya tampoco era una decisión fácil de tomar. Les había llevado flores el día de la mudanza, con una tarjeta que decía: "Cuenten conmigo para lo que necesiten, su vecina, Virginia". A todos mis clientes, apenas mudados, les mandaba flores con esa tarjeta. Era un intento de tratar de correrme del rol de agente inmobiliario después de que se concretaban las operaciones, por eso firmaba Virginia, y no Mavi, el apócope de María Virginia que había adoptado para identificarme profesionalmente. Si no, los amigos nunca dejaban de ser potenciales clientes, y los clientes no pasaban de potenciales amigos. Lo tengo escrito en mi libreta roja. Todo se mezcla muy raro en La Cascada. Será porque en este lugar la definición del término amistad es demasiado amplia, tanto, que termina siendo estrecha.

Llegamos con la puntualidad que lo caracterizaba a Ronie. Fuimos los primeros. Nos abrió el Tano con una sonrisa de bienvenida que nos hizo sentir más esperados de lo que suponíamos. "¡Qué suerte que vinieron!" Ronie le dio el regalo. Era una remera de tenis, clásica, comprada en el pro shop que funciona junto a las canchas. La había comprado yo. Siempre regalo ese tipo de cosas. Una remera es un regalo políticamente correcto y fácil de cambiar. Me resulta difícil y absurdamente arriesgado comprar algo para quien conozco poco. Jamás habría comprado un libro, mucho menos a un hombre, que si leen son de leer ensayos de actualidad, políticos o económicos, más que novelas. Quizá tenés la mala suerte de regalarle un libro que dice "A" a alguien que piensa "B". Como caerle con la camiseta de Boca a alguien de River. Un papelón. Con la música me pasa lo mismo, y además, de música no entiendo nada. Juani entiende, pero le molesta que le pida consejo, y en esa época era todavía muy chico. Todavía es muy chico. Una remera me salvaba siempre. Si el homenajeado juega golf, remera de golf, con botones y cuellito tipo chomba, nunca cuello redondo, que no está permitido a quienes juegan ese deporte. Si corre, remera de entrenamiento, dri-fit, tela absorbente. Si juega tenis, remera clásica, blanca con azul o celeste, no mucho más jugado si recién lo conozco, y en el pro shop de Altos de la Cascada, donde no te dan factura y se puede cambiar sin problema sin siquiera llevar la bolsita.

Y una de las pocas cosas que sabía del Tano a la hora de festejar su primer cumpleaños en La Cascada era que lo apasionaba el tenis. De hecho, la mayoría de los invitados a su cumpleaños tenía algo que ver con ese deporte. Roberto Cánepa, presidente de la Comisión de Tenis, y su mujer, Anita; Fabián, el profesor del Tano, con su novia; Alfredo Insúa, el número uno de La Cascada hasta que llegó el Tano y después de tres partidos consecutivos perdidos empezó a dedicarse al golf, con Carmen, su mujer, que con Teresa se ocupaba de organizar los torneos de burako a beneficio del comedor de Santa María de los Tigrecitos. Los únicos que no eran gente de tenis eran una pareja de un country vecino, Malena y Luis Cianchi, que se habían hecho amigos de Teresa porque sus hijos iban juntos al colegio. Y Mariana y Ernesto Andrade, gente nueva en el barrio pero que el Tano conocía por algún asunto de negocios que Andrade le había arreglado. No había ningún pariente, ningún amigo que no viviera en Altos de la Cascada o en un country a menos de dos puentes del nuestro. "Es que es un bodrio invitar gente muy mezclada, unos andan por un lado, otros por otro, nadie se habla, y vos te terminas haciendo cargo, yendo de un rincón a otro y no disfrutas", justificó Malena mientras elegía un canapé de la bandeja que la empleada de los Scaglia tenía extendida frente a ella. "No, y además los pones en un compromiso porque venirse hasta acá, tanto viaje, de noche, por dos o tres horas, un miércoles... preferible hacer un asado para ellos el fin de semana", confirmó Teresa, atenta al desempeño de su empleada. "Trae más vino, María." "Eso lo decís ahora que recién te mudas, en un par de meses no invitas más a nadie. Te toman la casa, los invitas a un asado al medio día y se te instalan hasta la noche, si tenes la suerte de que no se queden a dormir. Te usan la casa de quinta, tremendo", remató alguna. "Che, ¿de dónde es el servicio?"

A esa altura de la noche, las mujeres ya estábamos por un lado y los hombres por otro. Menos yo. A mí siempre me gustó picotear de distintas manos. Cuando estoy con las mujeres quiero saber de qué hablan los hombres, y cuando estoy con los hombres, quiero saber de qué se ríen las mujeres. Me podía prender en una charla donde hablaran de zapatos y carteras tanto como en una donde hablaran de la suba de la Bolsa y la baja de las tasas de interés a partir de la convertibilidad o de las ventajas y desventajas del Mercosur. O me podía aburrir en ambas. Sentada sobre el brazo del sillón donde Ronie discutía con Luis Cianchi acerca de cierta ingeniería financiera para su nuevo proyecto de aquel entonces, vi que Teresa se separaba del grupo de las mujeres con exagerado misterio. La seguí con la mirada. Teresa salió por el pasillo que da al cuarto de servicio. Cinco minutos después hizo una reentrada triunfal. La seguía un mago. "Querido, vos que lo tenés todo, aquí está mi regalo de este año: un poco de magia." Teresa sonrió, el mago sonrió detrás de ella. El Tano no sonreía. Me sentí incómoda, como si yo tuviera la culpa de algo de lo que estaba viendo, por estar ahí, mirándolo. Aunque uno se convenza de que sólo es responsable de sus acciones, mirar también es una acción, escribí esa noche en mi libreta roja. Fue un instante, pero me pareció eterno. Entonces se me ocurrió aplaudir, como si hubiera acabado de escuchar un discurso. Miré a mi alrededor en busca de compañía en el aplauso. Los demás me siguieron, con menos efusividad, pero con firmeza. Hasta el Tano terminó aplaudiendo. Sentí cierto alivio a pesar de que me dolían las manos, el anillo que había ganado en el último torneo de burako se me había dado vuelta y se me incrustaba en la palma con cada golpe.

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