viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 32

La empleada subió ya cambiada para irse. Teresa estaba en su cuarto envolviendo paquetes. "Señora, ¿necesita algo más?" "De camino, pasa por lo de Paula Limorgui y decile a Sofi que venga a más tardar a las siete para cambiarse." "Sí, señora..., y feliz Navidad. .." "Gracias, Marta, no te olvides la autorización que te dejé sobre la mesa para que en la guardia te dejen sacar el pan dulce."

Ni bien terminó de envolver los regalos Teresa se apuró a llamar a la administración para que vinieran a buscar los paquetes. Sofía acababa de cumplir siete y seguía creyendo en Papá Noel. Matías, el de quince, decía que lo hacía por temor a perderse los regalos, pero Teresa aseguraba que no, que ella también era así de inocente a esa edad y hasta más grande. Al rato tocaron el timbre, era Luisito, el chico que regaba las canchas de tenis, el "canchero". A él le había tocado ser Papá Noel ese año. No estaba muy convencido, pero la mujer insistió, la plata la necesitaban, y si no brindaban a las doce brindarían en otro momento. Teresa le dijo que subiera a ayudarla a bajar la casa de las Barbies para Sofía. Luisito le pidió permiso para dejar los zapatos con polvo de ladrillo al pie de la escalera. A Matías le había comprado una sand board, pero la tabla no hacía falta que se la entregara Papá Noel en mano. Es más, Matías la mataría si así lo hacía, con el humor que tenía últimamente, pensó.

Los invitados llegaron puntualmente a las nueve. El Tano no, él llegó nueve y veinte, se demoró en el golf verificando que los fuegos estuvieran distribuidos adecuadamente y listos para las doce. Estaban el padre del Tano con su nueva mujer y la hermana de Teresa con su marido e hijos, los únicos de la familia. El resto, gente de Altos de la Cascada, vecinos que como ellos preferían pasar las fiestas entre amigos. Gustavo Masotta y su mujer, los Insúa y algunos más. Los Guevara habían sido invitados pero prefirieron pasarla con los padres de Ronie. Y los Urovich festejaban Navidad con la parte católica de la familia. Los mozos iban y venían con bandejas de saladitos, fiambre y champán. En cada mesa había un pequeño menú que indicaba cada plato. Entrada: vittel tone. Plato principal: pato a la naranja. Postre: helado con salsa de arándanos. Y más abajo: mesa de frutos secos, confituras y pan dulce.

Cuando ya habían terminado de servir la entrada, Teresa se dio cuenta de que Matías no había bajado. Miró la ventana de su cuarto, la luz estaba encendida. Le pidió a Sofía que fuera a llamarlo. Sofía salió corriendo a cumplir con el encargo. Manoteó la puerta del cuarto de su hermano, estaba cerrada. Golpeó. "¡Dice mamá que bajes ya!" Matías no contestó. Golpeó otra vez. "Dijo mamá que bajes o..." Matías abrió la puerta. "¡Para, loca!" "¿Qué es ese olor?", preguntó ella. "¿Qué olor?", dijo él y fue a abrir la ventana. Salió del cuarto empujándola. "Dale nena, camina."

Cada tanto, en medio de la charla de la cena sonaba algún cohete. "¿La gente no entiende que los fuegos son a las doce?", dijo el Tano. "La gente no entiende cada cosa tan sencilla, Tanito, no te vas a estar preocupando por eso", le contestó Alfredo Insúa mientras miraba impiadosamente a su mujer, que charlaba con Carla aferrada a la botella de vino y empezaba a reírse de lo que fuera.

A las once y media tocó el timbre Luisito. Teresa se sobresaltó, se asomó por detrás del aromo y vio el traje rojo. Empezó a los gritos: "¡Ahí está Santa, vamos!". Sofía salió corriendo detrás de su mamá, pero el resto de los jóvenes presentes, todos mayores que ella, se levantaron con poco entusiasmo. Matías fue el primero en acercarse. "Qué haces, viejo", le dijo y le dio una palmada en la espalda. Teresa lo miró mal. "Córrete, Mati, que Sofía quiere ver a Santa." Matías se corrió a un costado y Sofía, que estaba unos pasos más atrás, quedó frente al Papá Noel que le habían traído. Lo miró detenidamente. Lusito se sintió incómodo, pensó que tal vez tenían razón en la administración, que tendría que haber aceptado decir "Jo, jo, jo", pero él ya se sentía demasiado pelotudo vestido de rojo como para agregar sonido. Miró a la chica que no le sacaba los ojos de encima y supo que había fracasado. Aun así siguió haciendo su tarea, bajó con esfuerzo el regalo de Sofía de la camioneta y lo acercó a la casa. Teresa se esforzó por que Sofía se enganchara con el espectáculo y hacía preguntas en un tono demasiado alto. "¿Viene de lejos, Santa?" "¿Está cansado?" Luisito no quiso sumarse al papelón y no dijo palabra. Matías fingió ir a ver los paquetes que todavía llevaba en el trailer. Los sobrinos de Teresa volvieron a la mesa y los mellizos de Insúa pateaban una pelota que encontraron olvidada debajo del aromo. Luisito miró a Sofía una vez más y sintió necesidad de pedirle perdón. Pero ella ya estaba demasiado entusiasmada con la casa de las Barbies como para fijarse en él. "¿No le das un beso a Santa?", dijo Teresa mientras Luisito se subía a la camioneta. Sofía dejó por un instante su regalo y se acercó a él. Esperó a que terminara de acomodarse el gorro y la barba y luego lo besó. Cuando Luisito ya se había ido, Sofía se acercó a Matías. "Papá Noel tenía el mismo olor que tu cuarto", le dijo. "¿En serio?", se sorprendió su hermano. "¿Qué es?" "Salí, nena, metete en lo tuyo." "¿Son los cohetes?" "Metete en lo tuyo."

A las doce brindaron. Todos menos el Tano. Se había ido diez minutos antes para estar no bien empezaran los fuegos. Él era el responsable de que todo saliera bien. Doce y cinco partió hacia el golf el resto de la comitiva. Teresa y sus hijos fueron caminando para volver con el Tano en el Land Rover. Por el camino vieron estallar en el cielo los primeros artificios de colores, con lo que Teresa supo que otra vez había llegado tarde para el discurso de su marido. Cuando entraron al golf todos se acercaron a saludarlos. De alguna manera, los Scaglia eran los anfitriones, ellos pagaban los fuegos. Se sentaron con el resto a contemplar. Teresa eligió la primera fila, junto al Tano y su padre. Matías se fue a un costado, debajo de un eucalipto bien apartado, casi sobre el camino. Un lugar que le aseguraba estar tan solo como en su cuarto, nadie elige un árbol frondoso para sentarse a ver fuegos en el cielo. Metió la mano en el bolsillo y tanteó el porro. Se recostó sobre el pasto y cerró los ojos. Entre las hojas podía ver el cielo cubierto de luces que cambiaban de color y forma con cada detonación. La gente aplaudía. Primero fue una flor azul que cubrió casi todo el cielo. La siguieron tres flores rosas, más chicas pero más elegantes. Más tarde una catarata dorada e interminable. Después ya casi nadie se acuerda.

Luisito, ya cambiado, se iba para su casa y lo atrajeron las luces de colores, se detuvo un minuto a mirar, total cuando llegara sus hijos ya iban a estar dormidos. Casi pisa a Matías, sentado debajo del eucalipto. Se quedaron un instante así, uno parado y otro en el piso. "¿Querés?", le preguntó Matías, extendiendo el porro. Luisito no contestó, pero agarró el cigarrillo encendido y dio una pitada profunda.

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