viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 41

Romina está frente a la hoja en blanco. Juani le sugiere que mienta. Ella duda. Pinta culitos color flúo. A algunos les dibuja una florcita como saliendo de la raya, y a otros corazoncitos en los cachetes. A Juani le causa gracia. Le pide que le regale el dibujo. Romina se lo regala. "¿Querés que mienta por vos?", le pregunta Juani. Romina dice que sí. Miente la mentira que todos quieren oír para que Romina no tenga problemas en el colegio. Escribe en idioma inglés: Mi padre es un prestigioso abogado, se dedica al derecho penal, civil y comercial. Tiene un estudio que lleva casos muy renombrados. Y sigue. Uno, dos, tres párrafos más. No importa mucho qué dice, a quién nombra, qué títulos usa, ni qué palabras. Total es todo mentira. Excepto esos culitos que Romina le regaló y él ya guardó en su bolsillo.

Capítulo 33

El tema de los perros cimarrones empezó a sonar a principios del 2001. En marzo de ese año apareció la primera advertencia, en el boletín semanal del barrio que se entrega todos los fines de semana en la barrera de acceso. La nota la firmaba la Comisión de Medio Ambiente. "Ante la presencia de indeseables jaurías de perros cimarrones rogamos a los vecinos de Altos de la Cascada extremen los recaudos relacionados con el depósito de basura, utilizando a tales efectos recipientes cerrados con tapas que impidan la depredación."

Para esa altura ya casi todos en La Cascada sabíamos de perros. Y mucho. Pero perros de raza. No cimarrones. Tuvimos que aprender. Algunos ni siquiera sabían con precisión qué quería decir la palabra "cimarrón". "Me suena a Martín Fierro", dijo Lala Urovich en la clase de pintura de los martes. Tampoco está hoy claro si la palabra usada era la correcta: se trataba de perros sin dueño, criados a la deriva, que entraban al barrio a buscar comida. Perros salvajes. No nuestros perros, los golden retriever, labradores de pelo corto, beagles, border collies, chow-chow, schnauzer, bichon frise, basset hound, weimaranen, las razas más vistas paseando por la vecindad con collar y chapa identificatoria con nombre y teléfono para casos de extravío. Algún dálmata comprado a fuerza de insistencia de un chico que vio la película de Disney. Pero pocos. Se sabe que los dálmatas quedan eternamente cachorros y rompen cuanto encuentran a su paso. Que los beagles machos lloran toda la noche como si le estuvieran ladrando a la luna en la campiña inglesa, y si uno no quiere problemas con los vecinos no tiene otra alternativa que cortarles las cuerdas vocales. No duele nada, dicen, un cortecito, y quedan afónicos. Que el chow chow te llena la casa de pelos. Que al bichon frise hay que cepillarle los dientes cada tanto porque te mata con el aliento. Que el schnauzer tiene mal temperamento. Y el weimaranen, ojos celestes pero un tamaño que dificulta la convivencia. Hay otras razas, pero no en La Cascada. Las que tuvimos en la infancia y olvidamos, las que pasaron de moda. Es difícil ver por la zona caniches, bull dogs, boxers. Tampoco collies como el de la serie Lassie, ni perros policías. Mucho menos salchichas, chihuahuas o pequineses. La mujer de Aliberti tenía un chihuahua que llevaba a todos lados adentro de su bolso Fendi. Probablemente no un Fendi auténtico sino esas imitaciones perfectas que trae Mariana Andrade por catálogo. Tés, torneos de burako, partidos de tenis. Un día hasta lo llevó a misa. "Pinscher enano", te corregía, "mirale los ojos, ¿no te das cuenta de que es mucho más lindo que el chihuahua?", se enojaba frente al perro asomando por el cierre abierto de su cartera.

De todos esos perros sabíamos. Y de cómo cuidarlos. Siempre alimento balanceado y de la mejor calidad. Eso garantizaba defecaciones duras como piedras, chicas, redondas, mucho más fáciles de levantar con la palita que cualquier otra. Libreta sanitaria con las vacunas al día. Garrapaticida y antipulgas. Un falso hueso de cuero para que muerdan. Un baño en la veterinaria cada quince días. Corte de uñas para que no rompan puertas o tapizados. Un entrenador por lo menos al principio, que le enseñe las reglas básicas de comportamiento. Sit, cuando tiene que sentarse. Stop, cuando tiene que detenerse. "No se sienta porque lo pronuncias mal, abuela", le dijo un día la nieta a Rita Mansilla. "No digas siiiiit, es sit, ¿entendés?, sit, cortito, sit." Y Dorita quedó asombrada de "lo bien que aprenden inglés los chicos en estos colegios". Paseo dos o tres veces por día, para mantenerlo en línea y cansado. Es raro ver en Altos de la Cascada paseadores de perros como en las plazas de Buenos Aires. Los perros acá los paseamos los dueños, o nuestras mucamas. Pero generalmente los dueños. Igual que cuando hace muchos años la gente iba a la plaza los domingos con su mejor ropa a mirar y que la vean, las tardes de Altos de la Cascada se pueblan de vecinos paseando perros en ropa de entrenamiento, con zapatillas con colchón de aire para running o línea sport brand. O hasta en rollers si están bien entrenados, los perros.

Años atrás, cuando en Altos de la Cascada casi nadie vivía en forma permanente, quienes tenían perros y los traían los fines de semana se manejaban como si los hubiesen llevado al campo. Los soltaban a pastar. Los perros corrían libres sin que nadie se quejara. Eran familias acostumbradas a los animales, gente que mal que mal había pasado temporadas en el campo propio o de amigos. Que sabían qué hacer si un animal se les acercaba. Y éramos menos. Con la afluencia masiva en los años 90, las reglas cambiaron. Hubo que empezar a pensar en los demás. Porque los demás ya no eran los mismos de antes. El lema pasó a ser: mi perro puede molestar a mi vecino y yo tengo que hacerme cargo. Y la moraleja: porque si no me hago cargo mi vecino me denuncia y me multan. Hoy, si un perro camina sin dueño por La Cascada, quien se sienta agredido o inseguro, o simplemente fastidiado, hace la denuncia y la gente de Seguridad manda a un hombre de su personal para que se ocupe de capturar el animal y llevarlo a los caniles. Cuando puede; ningún agente de seguridad ha sido entrenado para capturar perros y casi todos los perros saben por instinto cómo deshacerse de quien quiere capturarlos. Pero si lo logra, si ese señor en bicicleta que se acerca al animal sin más herramienta que una soga atada a un palo con la que trata de enlazarlo, lo atrapa, el perro es llevado a los caniles del barrio. Allí pasa todo el tiempo necesario hasta que su dueño lo reclame. Los caniles son unas enormes jaulas cerca de la zona hípica del club donde los animales reciben el mismo alimento que el que recibirían en sus casas. Antes de retirarlo el dueño debe pagar una multa de ochenta pesos, y otros cincuenta pesos por día adicionales en concepto de guardería y alimento. Ante tamaño argumento, nadie desea que su perro se escape. Pero uno no se viene a vivir a cincuenta kilómetros de Buenos Aires para que su mascota termine encerrado como en un departamento o aferrado a una cadena por muy larga que sea. Como en Altos de la Cascada no está permitido cercar las propiedades si no es con plantas, y las plantas no detienen la marcha canina, aparecieron entonces los cercos invisibles, un sistema parecido al utilizado en el campo para que no se escape la hacienda. Se entierra un cable alrededor de toda la propiedad. Ese cable genera una descarga de 6 voltios a un elemento que se coloca en el collar del perro. Durante un tiempo se entrena al animal con banderines de colores, generalmente blancos o naranjas, clavados siguiendo el perímetro. Cada vez que el animal llega cerca de los banderines con el collar de descarga, el sistema primero emite un sonido y luego, si el perro a pesar del sonido avanza, le da una patada eléctrica en el cuello. El banderín no tiene función específica más que crearle al animal el reflejo condicionado de hasta dónde puede llegar. Luego, aunque se saquen por una cuestión estética ya que a nadie le gusta tener su parque bordeado de banderines, el animal ha hecho carne la advertencia y es muy raro que intente salir a precio de otra descarga. Un sistema ingenioso que vino a solucionarnos la vida a cambio de setecientos dólares.

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