viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 43

Subió otra vez al cuarto, se metió en el vestidor de Carla. Se sentó en el piso. Se quedó mirando sus ropas, sospechó que la combinación de colores y texturas colgando de las perchas escondía un mensaje a descifrar. Habló con ellas. Por qué me hace esto. Estrujó un vestido de flores amarillas. Vació el vaso en su garganta. Yo no me lo merezco. Desabrochó una camisa negra haciendo saltar todos los botones. Agarró las perchas, cualquiera, de a dos, de a tres, y las estampó contra la pared del fondo. Los caños y los estantes quedaron vacíos, y en el medio de ese vestidor angosto, él, solo, borracho, rodeado de telas de colores y perchas. Lloró. Se arrodilló y lloró abrazado al vestido floreado. Cuando no tuvo más lágrimas, se secó la cara con el mismo vestido. Abrió la puerta del vestidor de una patada que quedó marcada en la pared y salió. Al parque. Los grillos de la noche lo aturdieron. El cielo, más lleno de estrellas que nunca, le pesaba sobre la frente. Un motor sonaba en la entrada de la casa. Pero esta vez no fue a ver, intentó levantarse de la reposera pero le llevó demasiado tiempo. El motor se detuvo. Se oyó el golpe de la puerta del auto al cerrarse y enseguida apareció Carla por el camino de listones de quebracho. Apurada. Linda. Dura de tanta gimnasia. Despeinada. ¿Por qué está despeinada? Pisaba sobre la madera para que los tacos de los zapatos negros no se le hundieran en el pasto recién regado. Primero al cine, ¿y después? No llevaba la camisa de liencillo. Llevaba otra, de color fuerte, amarilla o naranja, que la oscuridad de la noche no dejaba ver bien. "Hola", dijo. La miró avanzar parado junto a la reposera. "Se me hizo un poco tarde." La miró avanzar. "¿Hoy tenemos lo de Andrade, no?" Gustavo avanzó hacia ella. Lento, tambaleándose un poco. "Me olvidé el celular." Se detuvo frente a ella. Linda. Bronceada. Despeinada. ¿Y después? Ella amagó darle un beso en la mejilla, pero un instante antes de hacerlo, Gustavo, con el puño cerrado, le acertó un golpe en la mandíbula. De abajo hacia arriba.

Capítulo 35

El Comité de Disciplina cita a Mavi y a Ronie. No por ellos. Por Juani. Nadie menciona la droga. Ni la lista. Ni los fumancheros. La carpeta está caratulada "Exhibicionismo en lugares de uso común". Con otros dos amigos se habían bajado los pantalones frente al mástil. El sábado a la madrugada, después de una fiesta. Y había chicas, aclara el informe. "Chicas que aplaudían", dice Juani más tarde, cuando Mavi y Ronie le piden explicaciones. "Ni se te ocurra contestar eso cuando te pregunten", advierte Ronie. El Comité les tomaría declaración, y si los encontraran culpables aplicarían la sanción correspondiente. "¿Culpables de bajarnos los pantalones? ¿Entre nosotros? ¿Es una joda, o me están hablando en serio?" "Parece que no sólo estaban ustedes, porque alguien los denunció." "Hay que estar al pedo en la vida." "Eso tampoco lo digas cuando declares." "¿Y qué tengo que decir?"

En una semana los citan. Los escuchan. Evalúan el caso. Si el comité los declara culpables, tiene que definir una sanción y proponer dos opciones: opción uno, suspensión, el infractor no puede hacer deporte ni usar las instalaciones comunes por el tiempo determinado; opción dos, pagar una multa y mantener el libre acceso a las instalaciones sociales y deportivas "para que el sancionado y sus amigos no anden vagando por ahí con los problemas que el ocio trae". Si se elige la opción dos, entonces, el padre paga la multa y el hijo evita la suspensión.

Mavi y Ronie hablan con Juani varias veces antes del día del interrogatorio. Lo interrogan ellos antes para evitarle dudas, vacilaciones. Practican, le dan indicaciones. "Fue una broma, no sabías que había chicas, no quisiste molestar a nadie", recita Ronie. "¿Habías tomado algo? ¿Habías fumado algo?", pregunta Mavi. Ronie la mira mal, Juani no contesta. Ella repite la pregunta a pesar de ellos, ella sabe qué van a preguntar. "Cerveza", dice Juani, de mal humor, "pero no estaba borracho". Mavi llora. "¿Mamá, nunca tomaste cerveza?" "Nunca me bajé los pantalones delante de nadie." "Yo sí", dice Ronie, y ahora es ella la que lo mira mal. "Habías fumado", vuelve a decir, como si lo anterior no hubiera existido. "Mamá, era una joda, ¿nadie puede entender eso?" Y ella no entiende. Ni escucha. Ni sabe ya nada.

El Comité de Disciplina lo componen tres socios. Se ocupan de cualquier infracción denunciada que se cometa dentro del barrio. Y siempre se habla de infracciones y no de delitos. Porque, técnicamente, en Altos de la Cascada no los hay. Excepto que fuera cometido por personal de maestranza, domésticas u otro tipo de trabajadores, pero entonces la cosa va por otros carriles. Si se trata de los socios de La Cascada, si alguno de ellos, o sus hijos, o parientes o amigos comete un delito, no se hace denuncia formal ante ninguna autoridad fuera de las barreras del barrio. Se trata de resolver lo que sea puertas adentro. Barreras adentro. Robos, choques, agresiones, por el Comité de Disciplina pasan todo tipo de infracciones. Y siempre se resuelven, porque hay buena voluntad. Si uno se trenza en una pelea con alguien cualquiera en una calle, un bar, un cine, y lo lastima, puede terminar en la cárcel. Pero si la pelea es con un hermano, en el jardín de su casa, seguramente no, a nadie se le ocurriría resolver el asunto fuera de los límites de esa casa y esa familia. Funciona de la misma manera. Altos de la Cascada es una gran familia con un gran jardín. Y como tal, la misma familia juzga la infracción y pone el castigo. A través de la Comisión de Disciplina. La justicia del país, la externa, la que está afuera, en los tribunales, en el Palacio de Justicia, casi nunca llega a intervenir. En los delitos de acción privada, al no haber denuncia, no hay delito. Y en los de acción pública, el que podría ejercer la acción no se entera. O no se da por enterado. En Altos de la Cascada nadie denuncia nada en una comisaría. No sólo no es costumbre, sino que está muy mal visto. Se arregla todo rejas adentro. Se denuncia en la administración del country, juzga el country, sanciona el country o perdona el country. La policía tampoco entra, la de verdad, ni la Bonaerense ni la Federal, sólo entran los vigiladores que pagan los socios. Eso también tiene sus contras, los chicos se sienten con demasiada libertad y fuman marihuana en el salón de los jóvenes o en las canchas del fondo. No necesitan esconderse más que de sus padres. A veces ni siquiera eso. Ellos, como los adultos, saben que lo peor que les puede pasar, hagan lo que hagan, es que les labren un acta y tengan que declarar en la Comisión de Disciplina. Como le va a pasar a Juani por bajarse los pantalones. "¿En serio voy a tener que ir a declarar?", pregunta. "Sí." "Qué manga de farsantes... " "Acá no se trata de ellos sino de vos", le dice la madre y llora. "Se trata de todos", dice el padre. "¿Y qué es lo que quieren que les diga?", pregunta él y en un mismo acto se responde, "me bajé el pantalón, sí, okey, eso tengo para decir, pero no puedo decir ninguna otra cosa que esos tres viejos pelotudos puedan entender". Juani va y declara. Sus amigos también. A Juani lo suspenden. Nadie lo dice, pero en su carpeta hay una copia de la lista de Chicos en Riesgo. El padre de Marcos prefiere pagar la multa. A Tobías no le aplican ni sanción ni multa, negó que hubiera estado esa noche en el country y presentó tres testigos. Su padre es abogado.

Capítulo 36

Un jueves, uno de esos jueves en que por la noche nuestros maridos se juntaban a jugar a las cartas y a comer, el Tano llamó. Pero no pidió hablar con Ronie sino conmigo. Me invitaba a cenar con ellos a su casa. A mí, a Carla Masotta y a Lala Urovich. Con Teresa, obviamente. "Las viudas de los jueves", como él nos llamaba. En tantos años, era la primera vez que íbamos a compartir una noche de jueves de nuestros maridos. Le conté a Ronie y se sorprendió, él tampoco sabía. "Está medio raro el Tano últimamente", dijo. No lo había notado, desde hacía un tiempo toda mi atención estaba puesta en Juani y el resto del mundo se me había convertido en fantasmas que pasaban a mi lado, incorpóreos. Gracias a Ronie había pasado de la agresión desenfrenada a una conmiseración de mí misma, que tampoco sabía si era lo mejor para mi hijo, pero que podía disimular mejor. Lo que todavía no lograba controlar era mi compulsión a espiarlo y a revisar sus cosas. Tampoco tenía claro si no estaba bien que lo hiciera. "¿No viste que el Tano se dejó la barba candado?" "¿Y eso qué tiene que ver?" "Y toma sol." "Querrá verse bien." "Eso es lo raro, si él siempre se vio bien", concluyó mi marido.

Mi temor era que la cena fuera de desagravio por "la vergüenza no sólo de cargar con un hijo drogadicto, sino de que para colmo lo sepamos todos", como se había compadecido Teresa cuando se me apareció en la inmobiliaria a los dos o tres días de su inolvidable llamado telefónico para ponerme al tanto de la situación de riesgo en que se encontraba mi hijo. La llamé, si iba a ser así prefería mentir una enfermedad a terminar padeciéndola. Ella tampoco sabía nada, estaba tan sorprendida como nosotros. "Dice que tiene algo que quiere compartir conmigo y con ustedes, pero no larga prenda." Me sentí aliviada, sabía que mis penas no eran prenda para compartir en una cena de amigos, si es que eso éramos.

A las nueve en punto llamamos a la puerta. Nos abrió Teresa, llevaba un vestido de seda negro, casi largo hasta el piso, y el collar de perlas españolas que el Tano le había regalado para el último aniversario. "No sabía que era de gala", dije, sorprendida, metida dentro de mi jean y mi twin setde hilo de dos temporadas anteriores. "Yo tampoco, el Tano me eligió la ropa, y no aceptó ningún cambio. Estoy empezando a preocuparme", bromeó.

Ronie avanzó hacia la cocina con las botellas de vino que habíamos llevado. Nosotras lo seguimos unos pasos atrás. "Syrah", le oí decir cuando le entregó las botellas al Tano. "Se me hace que viene de anuncio de viaje o algo así", me susurró Teresa confidente, "estuvimos hablando de ir a Maui, pero para mí que armó algo más gordo, puede ser, ¿no?". Le contesté que sí, pero sin mucha convicción. Me resulta fácil meterme en la cabeza de alguien, adivinar qué piensa o qué siente. Es algo que en mi profesión me ayudó mucho. "Entender qué casa quiere comprar un cliente, y que esa casa no tiene que ser la misma que yo compraría, ahorra tiempo y malos entendidos", anoté en mi libreta roja después de padecer una venta. Pero el Tano siempre me resultó inexpugnable, casi tanto como mi Juani, y aunque por momentos me parecía que podía entenderlo, enseguida sospechaba que hasta esa supuesta empatía era producto de su deliberado engaño.

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