viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 28

Capítulo 19

Los Urovich vienen de una familia fundadora de Altos de la Cascada. Martín Urovich es hijo de Julio Urovich, y en quella época, cuando esto no era más que un casco de estancia loteado entre amigos, nadie preguntaba de qué religión era el otro. Era Julio Urovich y punto. Pero con el tiempo, y aunque no se dijera en voz alta, la religión se convirtió en un aspecto más a tener en cuenta a la hora de aceptar un nuevo socio de La Cascada. Esa debe ser una de las pocas cosas que nunca me atreví a escribir en mi libreta roja: que los judíos no son bienvenidos por algunos de mis vecinos. No lo escribí, pero lo sabía y eso me hace cómplice. No es que hablen de ellos mal abiertamente, pero si alguien hace un chiste, por duro que sea, se ríen y festejan la gracia. Tal vez yo tampoco lo tomé en serio durante mucho tiempo. No soy judía. Ni coreana. Recién cuando Juani empezó a tener problemas empecé a darme cuenta de qué se siente al ser distinto para la mirada de los demás.

Los Urovich, después de tantos años, pasaron a cumplir un rol fundamental dentro del barrio: ser ese amigo judío que garantiza que no discriminamos. Además Martín se había casado con Lala Montes Ávila, una chica de toda la vida del country, de familia católica, muy católica, tanto que varios socios amigos, cuando se enteraron de que se casaba con el hijo de Urovich, más que felicitar a los padres les daban el pésame. "No le hagas la contra porque va a ser peor." "Si la dejas correr, quizás en dos meses se pelean y esto no es más que una anécdota." "Mándala a estudiar a los Estados Unidos." "Cágala a trompadas." Pero Lala y Martín se casaron y ya nadie dijo más nada, en público.

La misma tarde que cerré la operación con los Ferrere supe que la cosa iba a terminar mal. Los dejé en el club house, se veían contentos, querían tomar algo y disfrutar un poco más de Altos de la Cascada, el lugar que habían elegido para vivir. Yo me fui a mi casa, también contenta, haciendo cálculos mentales del importe exacto de la comisión que me correspondería. Les acababa de vender un terreno de dos mil metros, en esquina, el lote que los Espadiñeiro pusieron a la venta cuando decidieron divorciarse. Al lado de los Laforgue. Estaba entrando y sonó el teléfono. Era Lila Laforgue, una mujer de unos sesenta años que vivía en forma permanente en Altos de la Cascada, "socia de toda la vida", como a ella misma le gustaba presentarse, algo pretenciosa teniendo en cuenta que todos sabíamos que su casa y la acción del club estaban a nombre de ella porque su marido estaba inhabilitado y sospechado de quiebra fraudulenta. "Decime, ¿son paisanos?" El término me desubicó. En una libre y errada asociación de ideas, fui de "paisanos" a "gauchos", y de gauchos a "gente de campo", y de gente de campo a "campesinos", "estancieros", "ganaderos”, “vacas”, “toros”, “La Rural”, “tractor”, “caballos”... "Rusos, Virginia..., ¿son rusos?" El "rusos" me ubicó como un chaparrón en el medio de una calle desierta. "¿De la colectividad?", le pregunté. "Porque, no es que yo tenga nada en particular, si nosotros somos íntimos de los Urovich, pero es la densidad lo que nos preocupa, unos años más y esto va a terminar pareciendo Macabi. Y justo al lado de casa." "No creo, se llaman Ferrere." "Sefaradíes. Yo conocí un Paz que era, un Várela que era. Te engañan con esos apellidos, y te terminan haciendo meter la pata." "Parecen gente macanuda, un matrimonio joven, con un nene chiquito", me atreví a interrumpirla. "Sí, los vi, ella tiene una pinta de rusa que se viene abajo. Decime, ¿eso del porcentaje no corre más?"

En Altos de la Cascada, años atrás, cuando todavía el lugar funcionaba más como club de campo de fin de semana que como vivienda permanente, existía una disposición que limitaba a un diez por ciento el porcentaje de los integrantes de cualquier colectividad que quisieran comprar una casa o un lote. Cualquier colectividad. Dicen que hasta el mismo Julio Urovich estaba en el Consejo cuando se aprobó la disposición, yo nunca me atreví a preguntárselo. O sea que si la cantidad correspondiente a una colectividad específica sobrepasaba el diez por ciento, el próximo interesado de ese grupo en ingresar en Altos de la Cascada debía ser rechazado. El objetivo explícito era que el club no se convirtiera en el "reducto exclusivo" de ninguna colectividad predominante. Pero, de hecho, los únicos casos rechazados por aquella época fueron judíos. Nunca se llegó, ni por asomo, al diez por ciento de negros, de japoneses, ni de chinos, por nombrar colectividades con portación de cara. Y no creo que a nadie le hayan preguntado si era musulmán, budista o anglicano. Al menos yo no. Pero vaya uno a saber por qué, en algún momento de la historia de Altos de la Cascada esta disposición se derogó. "¿Estás segura que se derogó?", insistió Lilita. "¿Cómo no avisan esas cosas? ¿Y no hay acá un comité de selección o algo así? Debería haber. No te digo solamente por los judíos. A mí no me gusta discriminar, te digo en general, porque sería bueno poder elegir un poco la gente. Esto no es una propiedad horizontal donde te cruzas en el ascensor y nada más. Acá compartís muchas cosas, hay una actitud más integradora y a mí no me gusta que me obliguen a integrarme con gente de la que yo naturalmente no sería amiga. ¿Me entendés? No digo que sean buenos ni malos, pero no es la gente que yo elijo. Y yo tengo derecho a elegir, ¿o no? Este es un país libre." Esperó que dijera algo, pero, ante mi silencio, siguió. "Yo estoy segura de que en otros clubes hay algún tipo de mecanismo de selección. Aunque no te lo blanqueen; ellos te dicen que es una selección natural, pero no. Anda a buscar en los padrones a ver si encontrás un Isaac o una Judith."

"Un Isaac o una Judith." Acá tenemos a Julio Urovich y su descendencia, a la mujer de Paladinni que creo que se llama Silberberg, a los Liberman, y a los Feigelman. Pero es cierto, en otros clubes no. Tengo amigas, colegas de otras inmobiliarias, que trabajan en esos otros barrios que dice Lilita, ellas me cuentan. Cuando se presenta en la inmobiliaria un matrimonio con apellido judío lo primero que intentan es desalentarlo para ahorrarse todos, los que quieren comprar y ellas, un mal rato inevitable. Lo pasean por delante de la capilla del barrio, aunque no esté de camino, le cuentan que todos los chicos van a tal o cual colegio católico, le muestran casas incomprables, o fuera de su presupuesto. Si hace falta, terminan diciendo frases del tipo "este es un club laico, obviamente, pero las familias que vienen son en su gran mayoría católicas". Se complica cuando el cliente es un matrimonio mixto y es la mujer la que pertenece a la colectividad judía; la cosa suele pasar inadvertida hasta el día del boleto. Entonces mis colegas gastan a cuenta de las comisiones, festejan, se ufanan, y cuando van a cerrar los papeles y aparece el nombre de la mujer, se enteran de que perdieron lo que nunca habían tenido. Y tienen que optar entre seguir adelante y que finalmente le rechacen la compra con rodeos de distinto tipo, o enfrentarlos con la verdad impúdica. Casi nadie opta por la verdad, y esperan que los acontecimientos decanten solos ante la versión oficial del rechazo, que es siempre ambigua e inimputable. Asegurarse de antemano un ciento por ciento es imposible. Quién se atrevería a preguntarle a un posible cliente "disculpe, señor, ¿su señora es judía?". A veces hay indicios que ayudan para un lado o para el otro: cruces de plata, rosarios vascos, determinados nombres elegidos para los niños, cantidad de hijos, escuela donde piensan anotarlos. Y siempre hay gente con un sexto sentido para estas cosas, cazadores, como Lila Laforgue. "Litman, no Pitman... con ele... de Laura", me corrigió la señora Ferrere el día del boleto. "Laura Judith Litman", completó.

Escribí Litman sin levantar la cabeza. Sentí que un calor me subía por la cara mientras se repetía en mi cabeza, involuntariamente, "ni un Isaac, ni una Judith". Calor de verdad impúdica. "Estoy muy contenta de venirnos a vivir a Altos de la Cascada", me dijo y tuve que mirarla. Me sonreía.

Unos meses más tarde me volvió a llamar Lila Laforgue. "Te dije que eran paisanos." "¿Ah, sí?", me hice la desentendida. "Lo vi al nene bañándose en la pileta, desnudo. Tiene el pito cortado."

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