viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 20

Capítulo 15

El año 98 fue el año de los suicidios sospechosos. El del que había pagado las coimas del Banco Nación, el del capitán de navío que había intermediado en las ventas de armas al Ecuador y el del empresario de correo privado que había retratado el fotógrafo asesinado. Pero ninguno de estos hechos tuvo alguna incidencia ni en nuestras vidas ni en la de Los Altos, más que impresionar por un rato a quien leía el diario a mañana o miraba el noticiero.

Nosotros seguíamos hablando de nuestras cosas. De Ronie Guevara, por ejemplo. Para esa época todos nos habíamos dado cuenta, pero a Virginia le llevó más tiempo, como el marido engañado que siempre es el último en enterarse: Ronie ya no volvería aportar a la economía familiar más que algunas ilusiones cargadas de gastos. El sostén familiar era ella y mantener su inmobiliaria en la clandestinidad no hacía más que perjudicarla. Algunos confundían ; trabajo con "favores", y en más de una oportunidad hubo quien se mostró asombrado y hasta ofendido cuando ella intentaba cobrarle una comisión. "Si y al dueño de la casa también lo conozco, ¿por qué te tengo que pagar una comisión?" O aquel que en lugar de pagarle se le apareció con una cartera de su propia fábrica, que no alcanzaba ni a cubrir los gastos de Virginia, "y para colmo fea", como dijo Teresa Scaglia. "Ese día, en que hay que poner sobre la mesa los billetes, el 'amigo' ingresa directo a otra categoría a la que todavía no le encuentro nombre adecuado", escribió después en su libreta roja. El precio de los terrenos subía con la euforia de bienestar de los 90, y Virginia no quería perderse la euforia. Nadie se la quería perder. Todos especulábamos con cuánto aumentaba día a día el precio de nuestras casas y hasta dónde podía llegar. Cuando multiplicábamos la superficie de nuestros inmuebles por el valor de los metros cuadrados sentíamos un placer que pocas otras cosas producían. El placer provocado por un algoritmo. Porque no pensábamos venderle nuestras casas a nadie. El cálculo, esa simple multiplicación, era la que producía el efecto.

Había llegado el momento de que Virginia pusiera una inmobiliaria en serio. El reglamento de Altos de la Cascada no nos permite a los socios desarrollar actividades comerciales dentro del predio, y aunque muchos las desarrollan, es un acuerdo tácito hacerlo de forma no evidente. En estos lugares la envidia termina en denuncia, y la denuncia en multa. Poner en su casa un cartel que dijera "Mavi Guevara, Inmobiliaria" hubiera ido contra las normas en forma evidente. Pero la etapa de la clandestinidad ya no la conformaba. Tenía que poner ese cartel fuera del alambrado perimetral, lo suficientemente cerca como para que lo vieran quienes venían a buscar su lugar en Altos de la Cascada y eso ayudara a hacer crecer el negocio.

Ronie estuvo de acuerdo, y por ese entonces se lo oía hablar entusiasmado en rueda de amigos del futuro del negocio inmobiliario de la zona y de las perspectivas de crecimiento de su mujer. Pero su compromiso llegaba hasta ahí, y no la acompañó en la búsqueda del local que la ayudara "a dar el salto". Ella se subió al auto y recorrió las manzanas cercanas a Los Altos en busca de lo más parecido a un local comercial que pudiera encontrar. Todos vamos y venimos por esas calles, a veces más de una vez por día, pero no las miramos de verdad hasta que necesitamos sacar algo de ellas. Por primera vez Virginia las observó detenidamente. La periferia de Altos de la Cascada, en las manzanas más cercanas al barrio, es bastante diferente de un barrio comercial. Terrenos baldíos. Algunos con el pasto crecido. Otros con construcciones interrumpidas antes de completar la altura de las paredes, y de las que, tiempo y abandono mediante, la gente se fue llevando lo que servía. Tres quintas, en hilera una al lado de la otra, abandonadas a fuerza de robos y gastos de mantenimiento que superaban las expectativas de uso. En diagonal a la entrada de La Cascada, un chalet discreto, de un matrimonio joven que no tenía presupuesto como para vivir del otro lado de las barreras, construido especulando con un crecimiento alrededor de Altos de la Cascada que hasta ese entonces no se había producido, y a la sombra de una casilla de seguridad que aunque miraba para otro lado, los tranquilizaba.

Un poco más lejos, por el camino que lleva a la ruta, empieza Santa María de los Tigrecitos, un barrio de casas sencillas de distinta calidad de construcción, casi todas viviendas levantadas por sus propios dueños, o sus parientes o amigos. Quienes viven allí dependen del trabajo que les proveemos en Altos de la Cascada. "Barriada satélite" la llaman en los informes de la Comisión de Seguridad, donde aconsejan apoyarla, ya que sus oportunidades de trabajo fluctúan de acuerdo con la tasa de crecimiento de nuestro barrio, y eso influye directamente, según el informe, sobre nuestra propia seguridad.

Las casas en Santa María de los Tigrecitos crecen tan desparejas como los arbustos de Altos de la Cascada, pero no por una oculta intención estética, como sucede con nuestros jardines. En Los Tigrecitos hacen lo que pueden, las levantan sin ninguna relación la una con la otra, y en algunos casos ni siquiera hay relación entre un ambiente y otro. A las casas se les notan las etapas, la ventana que se abrió después de construir un cuarto y que no respeta la medianera, el segundo piso que se levantó sobre una losa que parecía definitiva, el baño que finalmente se pudo hacer pero sin ventilación adecuada. Una reja puede estar pintada de violeta y la pared lindera de rojo, o azul rabioso. Y al lado otra casa de ladrillo sin revocar. Las casas más importantes tienen una entrada para los autos, y las menos, piso de tierra en todos los ambientes mientras esperan que llegue el trabajo que pague el cemento.

Un pequeño mercado, una carnicería, una panadería, el pool-bar-metegol. Santa María de los Tigrecitos no son más de seis cuadras construidas antes de llegar a la ruta, sobre una calle asfaltada que pagamos nosotros con una cuota extraordinaria en las expensas, casas que van esfumándose en densidad y confort hacia ambos lados del asfalto, en calles laterales de tierra que se inundan cuando desborda el arroyo que viene entubado hasta la salida de La Cascada.

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