viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 39

Capítulo 30

El Tano consultó su correo electrónico. Un aviso invitándolo a un curso de "Gestión empresarial en el nuevo milenio", un mail de un ex compañero de facultad que le adjuntaba el curriculum "en caso de que te enteres de algo", una cadena que no se podía romper y que rompió borrándola, un boletín de un servicio económico que explicaba cómo Standard & Poor's calculaba el índice de riesgo país, y dos o tres basuras más. Ninguna respuesta a las búsquedas en las que lo habían presentado los head hunters. En realidad una, "la búsqueda ha sido momentáneamente suspendida, nos mantenemos en contacto, gracias". Tenía algo de tiempo y leyó los titulares de los principales diarios. Una noticia, cualquiera, por emoción más que por razón, le hizo sentir que, a lo mejor, la cosa empezaba a cambiar. Y si cambiaba, si otra vez se generaba confianza, los holandeses confiarían, y volverían. Y si eso pasaba, probablemente lo volverían a contratar, porque en realidad no había nada en contra suya, él no había sido despedido por mal desempeño. Todo lo contrario, los holandeses estaban más que satisfechos con su performance en la empresa. Él no tenía la culpa. Nadie tiene la culpa de no ser necesario. Y si la cosa cambiaba, y si volvían a confiar, y si volvían, y si él volvía a ser necesario, y le ofrecían hacerse cargo nuevamente de Troost en la Argentina, y si todo podía ser como antes, no había motivos para decir que no. Y no es que no tuviera orgullo. Todo lo contrario. El orgullo se lo daba tener ese trabajo, no cualquiera, ése. U otro mejor. No uno igual, porque nadie cambia un trabajo por otro igual, como le había enseñado su padre. Uno cambia para mejorar, para progresar, para seguir avanzando. Así había sido siempre. Y así tenía que ser. Para su padre, y para él.

A las ocho menos diez apagó la computadora y fue a desayunar. Teresa, en bata, le servía el café con leche a los chicos. Del desayuno se ocupaba siempre ella, mientras la empleada daba vueltas alrededor por si faltaba algo. "¿Alguien quiere una tostada más...?" Nadie respondió, pero Teresa puso igual dos rodajas más en la tostadora. Se acercó a la mesada y tomó un folleto. Una promoción para viajar a Maui, hotel cinco estrellas, all inclusive, opcional una noche en Honolulú. El Tano miró el folleto. No leyó, sólo vio. Celeste y verde. "Pedile a tu secretaria que nos averigüe un poco." "Okey." Guardó el folleto en su portafolio. "Estaría bueno... ¿no? La otra es que vayamos otra vez a Bal Harbour o Sarasota, pero me da ganas de conocer algo nuevo. ¿Cuántas veces fuimos a Miami ya?"

Los chicos subieron al Land Rover. El Tano los dejó de pasada en el colegio y siguió para la oficina. Como todas las mañanas. Un camión había volcado sobre la mano contraria, la que va hacia provincia. Ambulancia, grúa de la autopista, dos coches estrellados contra el camión, la policía, alguien que se agarraba la cabeza. La curiosidad de los que compartían con él la mano hacia Capital lo obligó a disminuir la velocidad y le llevó veinte minutos más que lo habitual llegar a la oficina. Dejó el auto en la calle. Ya no lo subía a la cochera, demasiado trámite por un par de horas que estaba en la empresa. Además le habían cambiado su cochera por una lateral, junto a la caldera. El auto entraba demasiado justo en ese espacio, la pared mostraba los raspones de quienes lo habían intentado. El Tano no. Y estaba el custodio de Troost, el que levantaba la barrera para que los autos entraran o salieran, que lo seguía mirando raro, como no lo miraba antes, pero no se atrevía a ponerle nombre a esa mirada. Prefería el estacionamiento de cortesía, sobre la vereda. Aunque fuera para visitas. Cerró el auto y entró. Caminó los cincuenta y ocho pasos que le tomaba recorrer el camino que se abría frente a él, desde que empujaba la puerta de entrada, hasta que llegaba a su nueva oficina. Esa más chica, pero digna. La que le habían asignado después de su retiro. Cincuenta y ocho y unos dedos. Los había empezado a contar poco después del día que dejó de ser el Gerente General de Troost. Nunca antes en su vida de adulto había contado sus propios pasos. Cuando era chico sí, sabía exactamente los pasos que separaban su cuarto de cada lugar de la casa. Pero de grande no, nunca. Antes tenía demasiado en qué pensar mientras caminaba, las finanzas de la empresa, los due diligence con la casa matriz, las regalías que les iba a girar a los holandeses, los bonos con que los holandeses le agradecerían las regalías. Sin contar que siempre se le cruzaba alguien en el pasillo con papeles para firmar, alguna consulta impostergable o un llamado en espera. Pero después de su retiro todo cambió. No fue el primer día, ni el segundo, algunas cosas cambian sutil y paulatinamente. Pero hubo un cierto día en que el Tano abrió esa puerta, miró, empezó a caminar esos pasos que todavía no había contado, y fue distinto. Buscó casi con desesperación en su cabeza, como si fuera un fichero, algo, un tema pendiente, un reproche, una reunión que debía cancelar, una reunión a la que no podía faltar, una preocupación concreta. Las fichas estaban en blanco, la gente a su alrededor hacía lo suyo, algún saludo al paso, una sonrisa, una mirada. Bajó la suya y se encontró con sus zapatos. Cincuenta y ocho pasos y cuatro dedos exactos, incluida la escalera. En esos últimos meses, sentado en su nuevo escritorio, mientras esperaba que el teléfono sonara, que alguien entrara e interrumpiera su paciente espera, o que un mail le dijera que otra vez era necesario para alguien, quien fuera, se preguntó muchas veces cuántos pasos habrán sido los que dio cada día de los últimos años desde que entraba en la empresa hasta el escritorio de su otra oficina, la que ya no era suya, la de Gerente General. Especuló que deberían ser más de sesenta y cinco y no más de setenta y uno. Sobre un papel, unos días atrás, había dibujado en escala la oficina completa y calculado los pasos aproximados. Pero no los había caminado. Porque ahora su camino, el que estaba andando esa mañana, llevaba a otro lugar. En el paso cuarenta y seis estaba el escritorio de Andrea, su ex secretaria, que hablaba por teléfono con alguien evidentemente muy insistente. El Tano la saludó, y en su afán de no interrumpirla ni interrumpirse, clavó la mirada en sus zapatos, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, y no se dio cuenta de que Andrea, sin dejar de hablar al tubo, trataba de detenerlo con gestos que se perdían en el aire. Cincuenta y siete, cincuenta y ocho. Frente a la puerta de su nueva oficina, el Tano abrió su portafolio y buscó la llave. Revolvió entre sus papeles, era una de esas llaves chiquitas que no están pensadas para dar seguridad sino intimidad, y de la que Andrea tenía una copia. Tocó algo de metal, tal vez la llave pero no llegó a sacarla. La puerta se abrió desde adentro y le dio en la frente. El portafolio cayó al piso y se desparramaron los papeles. " Oh, sorry!", dijo alguien en un inglés aprendido. La puerta quedó abierta y el Tano pudo ver adentro a otros tres hombres instalados en su escritorio. El escritorio estaba lleno de papeles desplegados. Pocillos de café. Calculadoras. Una note-book. Los hombres trabajaban. Alguno dijo algo en holandés, y los otros rieron. No hablaban de él. Ni siquiera lo habían visto. Sólo el que lo había golpeado. "I'm so sorry." El Tano se agachó a juntar los papeles y se chocó con Andrea, que ya los estaba juntando detrás de él. "No tuve tiempo de avisarte." El holandés también se agachó a ayudarlos. Los tres quedaron en cuclillas. "Son los nuevos auditores de Troost en Holanda, y me pidieron de Casa Central que los ubique en una oficina." "Niceplace", dijo el que lo había golpeado mientras levantaba del piso el folleto de Maui y se lo alcanzaba al Tano. "Yo les dije que no había ninguna libre, pero insistieron, y llamó el abogado, dijo que te diga que habían arreglado por unos meses y pasó más de un año... tengo tus papeles en una caja... Si tenes que hacer llamados te dejo un rato mi escritorio. En serio, mira que no hay problema."
"Niceplace", volvió a insistir el holandés con el folleto de Maui todavía en la mano.

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