viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 27

Capítulo 18

El Tano, antes de pegar, levantó la vista. Como una sombra, miró a su adversario desplazándose hacia la izquierda. Recién cuando la pelota vencía la inercia y empezaba a caer, en ese mínimo instante en que parece detenida en el aire, le pegó. Un golpe profundo al vértice derecho de la cancha, casi tocando el fleje. Donde no había nadie. Un golpe preciso, sin violencia, pero veloz y con efecto, que hacía inútil cualquier esfuerzo del jugador que cubría el fondo de la cancha por llegar a la pelota. Entonces Gustavo festejó. Siempre festejaba igual, aplaudiendo sobre la raqueta. A todos nos gustaba ver un partido de dobles donde jugaran el Tano y Gustavo Masotta, era como ver una coreografía. Siempre había público cuando jugaban, siempre alguno de nosotros para contarle al resto una nueva hazaña. "Grande, Tanito, la especialidad de la casa", decía Gustavo. El festejo del Tano era mucho más sobrio, casi imperceptible, una mueca que sólo advertían los que lo conocían.

El Tano y Gustavo jugaban en pareja todos los sábados a las diez de la mañana. Físicamente era rara la dupla que habían armado: el Tano morrudo, bajo, de piel casi transparente, con un pelo crespo que alguna vez fue rubio; Gustavo alto, estilizado, morocho. Se conocieron poco después de la mudanza de Gustavo. Los presentó Virginia Guevara. Ese día jugaron un single. Se mataron, y ninguno de los dos quiso nunca decir quién ganó ese primer partido. La leyenda cuenta que lo suspendieron en el tercer set cuando iban empatando cinco a cinco, para que no quedara claro quién era el ganador. El saque lo tenía Gustavo, y cuando Gustavo sacaba, ganaba. Su golpe de saque, desde su altura y con su fuerza, era de temer. Pero por algo aceptó no dejar en claro quién era más que el otro. A partir de ese día se hicieron compañeros de dobles inseparables. El Tano se levantaba temprano y reservaba la cancha. Después llegaba Gustavo, sobre la hora o unos minutos tarde. Los contrincantes fueron rotando a lo largo de los años, pero ellos no, siempre jugaban juntos. Ninguno de nosotros nos hubiéramos atrevido nunca a pedirles armar pareja, hubiera sido como pedirle la mujer más linda del country a un marido celoso. Se llevaban bien, había un respeto mutuo que limaba cualquier diferencia, y ni en la cancha ni fuera de ella se notaba que el Tano era casi diez años mayor que Gustavo. Cada uno con su estilo, aportaban a la dupla elementos que la convertían en una pareja difícil de batir. El Tano era precisión, sangre fría, infinidad de partidos jugados, golpes armados en forma impecable, piernas incansables; su táctica se basaba en aprovechar el error del otro más que en su propio juego, era pura estrategia. Jugaba un partido de tenis como si fuera una partida de ajedrez. El estilo de Gustavo era más atolondrado, pero más lucido; algunos, los que se atrevían, o los que estaban seguros de que el Tano no oiría ni nadie iría a contarle, decían que Gustavo era el mejor jugador de Altos de la Cascada. Tenía un físico naturalmente privilegiado para ese deporte, ponía garra y era capaz de dar vuelta el resultado más adverso. Sus especialidades eran el saque y correr a la red y smashear directo a los pies del adversario, donde dejaba al jugador contrario impedido de contestar, pero también donde la violencia del golpe asustaba pero reducía sus posibles efectos negativos sobre el otro a la mínima expresión. Aunque se notaba que este cuidado era estudiado, controlado, impuesto sobre el mismo deseo. Con el tiempo, el control sobre su propia violencia fue disminuyendo y cuando Gustavo golpeaba cerca de la red lo único que hacíamos era taparnos con la raqueta para no salir lastimados. En la terraza que daba a las canchas de tenis, después de cada partido, seguía la ceremonia. Tomaban algo con los rivales y conversaban. Siempre pagaba el Tano, aunque quienes perdían se quejaran, porque "pierde, paga". El mozo que llevaba las bebidas sabía que no tenía que aceptarle el dinero a nadie que no fuera el Tano Scaglia, él mismo le había dado la orden. Y una orden del Tano no se desobedecía sin consecuencias. Mientras esperaban la bebida, el Tano se cambiaba la remera sudada por una seca y elongaba sobre la baranda de madera. Gustavo ni elongaba ni se cambiaba la remera, se quedaba así, como había caído sobre la silla, disfrutando de ese cansancio victorioso. El Tano tomaba agua mineral y Gustavo gaseosa. Y hablaban de negocios, de la venta de YPF a Repsol, de autos por vender o por comprarse, de los gastos superfluos de sus mujeres que criticaban pero a la vez les servían para mostrar su propio nivel de consumo, de algún torneo de tenis que se estuviera jugando en ese momento en alguna parte del mundo, o del ranking de la ATP. Pero el Tano siempre se veía más atento a la conversación que su compañero. Gustavo acompañaba, pero era evidente que muchas veces pensaba en otra cosa. Cada tanto se quedaba con la vista perdida y cuando alguien se lo hacía notar, se excusaba en el cansancio. Pero no era cansancio. Parecía que a Gustavo lo perturbaba algo, que por su mente se cruzaban pensamientos que lo llevaban a un lugar que no le gustaba. En ese entonces nosotros no sabíamos a dónde. Ni siquiera sospechábamos. En La Cascada no es raro no saber del otro, de lo que fue antes de venir a vivir acá, incluso de lo que es en el presente, en la intimidad, una vez que se cierra la puerta de su casa. Ni siquiera el Tano sabía de Gustavo. Ni Gustavo del Tano.

Casi siempre a la hora de la charla se les sumaba Martín Urovich. Martín había sido el compañero del Tano hasta que llegó Gustavo a Altos de la Cascada y había aceptado el desplazamiento como algo natural; él no jugaba al nivel de ellos. No se trataba de un tema de estilo de juego, sino de necesidad de ganar. El Tano y Gustavo necesitaban ganar y ganaban, estaban programados para eso. Martín Urovich estaba "programado para el fracaso", como una vez le gritó la mujer delante de algunos de nosotros. Pero eso fue bastante después, cuando pasó el tiempo y Martín seguía sin conseguir trabajo, cuando Lala se convenció de que no lo conseguiría, muy cerca de aquel jueves de septiembre del que no hablamos, a menos que nos pregunten.

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