viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 46

Capítulo 39

Ernesto quiere que Romina estudie abogacía. El año que viene, cuando termine el secundario. Pero ella no se anota. Entonces amenaza con que, si no se decide, la decisión la va a tomar él. Y Romina está decidida, pero él no la escucha. No quiere estudiar el año que viene. Quiere dejar pasar un año. Aunque se lo dijo, la secretaria de Ernesto le mandó hoy todos los papeles, "con la indicación del doctor Andrade de que los llene para esta tarde a última hora, ¿okey?". "¿Doctor?" "¿Cómo?" "Nada." "Te corre el reloj, Romina, la inscripción cierra la semana que viene", había dicho él. Y Romina se imaginó el Rolex de su papá corriéndola por las calles de Altos de la Cascada, derretido como esos relojes que había visto en el cuadro de Dalí que tuvieron que copiar en el colegio. Ernesto dijo que no estaba dispuesto a que perdiera un año entero de su vida. Y ella pensó cuál era la verdadera pérdida, porque sabía que de su vida había perdido mucho. Todos esos años de los que casi no se acuerda. Había perdido su nombre, Ramona. El padre que nunca conoció. Los olores. La cara de aquella otra madre que ya no recuerda. Aquel hermano que podría haber sido distinto pero desapareció de la mano de Mariana. Los formularios respondían a dos opciones de universidad privada, la San Andrés o la Di Telia. "Menos que eso no acepto. Es una cuestión de excelencia", le dice. Excelencia. Pero Romina no quiere ser excelente. Lo que quiere es viajar. El próximo año, no pide más, no pide toda la vida, sólo el primer impulso después del secundario, un viaje de iniciación, agarrar una mochila y ver qué surge, sin rumbo fijo. En el país o afuera. Ernesto se burla, dice que cómo se le puede ocurrir viajar por el mundo a una persona que no sabe tomar el 57 para ir a Capital. Y lo dice aunque él tampoco sabría tomarlo, ni ese ni ninguno con máquina expendedora de boletos. La última vez que viajó en colectivo todavía se le pagaba al chofer con el billete que sea, y el chofer te daba el vuelto. Es cierto que ella ni siquiera subió alguna vez a un colectivo. Pero Juani sabe. Es uno de los pocos chicos de su edad que sabe. Los demás se manejan en combi o remís, o los llevan los padres. Y se apuran a sacar el registro en cuanto cumplen diecisiete años. No es raro encontrar en la zona chicos de esa edad que sepan manejar y no sepan viajar en colectivo. En donde viven todo queda lejos, el cine, el shopping, el colegio, la casa de sus compañeros. No se puede llegar caminando a ninguna parte. Ella piensa ir con él. Si es que logran juntar la plata para Juani. Romina ya tiene la suya. La fue ahorrando todos estos años. Y llegado el momento, Ernesto le va a dar más. Él siempre lo hace, le da seguridad que ella tenga plata encima. "Por lo que pueda pasar." Pero no le quiere contar a su padre que piensa ir con Juani. Tiene miedo de que eso sea un obstáculo más. Y entonces le dice: "No puede ser tan difícil tomar el 57, ni usar una máquina expendedora de boletos, debe ser más o menos como la que te vende preservativos o tampones en el baño de los boliches". Y Ernesto le levanta la mano para darle una cachetada pero ella se lo impide, sostiene su brazo en el aire, y le dice: "No vuelvas a hacerlo", mirándolo con furia a los ojos, y enseguida sale corriendo, a su cuarto, porque tiene miedo de no ser lo suficientemente fuerte para impedírselo. Si pudiera entender a Ernesto. Le extraña que no se le ocurra, como a los padres de Willy Quevedo, que "aplique" para ir a una universidad en los Estados Unidos. Él pide otra cosa, aunque podría pagar también la de los Estados Unidos. Los padres de Willy no se sentían seguros de poder afrontar el gasto y hace años que vienen pagando una especie de ahorro previo para asegurarse la plata que necesitan para mandarlo a estudiar a donde ellos eligieron. Ernesto no menciona los Estados Unidos. Ella no sabe si para no darle el gusto porque de alguna manera ir allí sería viajar, o porque tiene miedo de que del exterior no vuelva. No, no cree que eso le dé miedo a Ernesto. Ni siquiera cree que la extrañe. O tal vez él sí, pero Mariana... Mariana festejaría. Tal vez elige la opción local porque ahí es más fácil hacer contactos que a él le sirvan. O porque él no podría ir a su graduación si no le levantan la inhibición para salir del país. Pero eso tampoco, porque Ernesto está tranquilo, ya le dijo alguno de sus amigos "del ministerio" que es una cuestión de forma, que el juez aceptó levantársela, que es cuestión de días. Romina no sabe por qué no puede salir de país y no pregunta, porque sabe lo que le respondería. "Porque en este país no se ocupan de meter presos a los chorros sino de jodernos la vida a gente como nosotros." Y tampoco sabe lo que es "gente como nosotros", pero se lo imagina. Lo único que sabe es que San Andrés o Di Telia son dos palabras que a Ernesto lo tranquilizarían. Hay palabras que en los padres surten cierto efecto balsámico. Por la palabra misma, sin mayor análisis. Sustantivos propios y comunes que calman padres. Juani y ella tienen una lista. Nombres de algunas universidades. Nombres de algunos bancos. Nombres de algunos lugares de veraneo "familiares". Nombres de algunos amigos, pocos. Nombres de algunos colegios que garantizan el mejor nivel de inglés de la zona y te hacen dar el "IB", aunque la mayoría de los padres no sepan lo que IB significa, pero sí que marca la diferencia entre un colegio y otro. Palabras que tranquilizan. Deporte. Un chico que haga mucho deporte seguro "es sano y no está metido en la droga". El deporte que se les ocurra, mientras haya una pelota, la que sea, de felpa verde, de cuero número cinco, Slazenger o Nike, un instrumento con el cual golpearla (pie, raqueta, palo de golf, mano), y un agujero donde meterla (arco, hoyo, línea de saque, aro de básquet).

Romina está en su escritorio frente a los formularios de ingreso que le mandó su padre. Los llena de culitos. Adentro de cada cachete pinta otro culito, y dentro de ellos otros, y otros, y otros hasta el infinito. El cuadro dentro del cuadro. Mis en abime. Eso también lo vio en las clases de arte en su colegio. Lo único que disfruta de su colegio son las clases de arte. Mis en abime. Ubicado en el abismo. Los ensobra. En una hora pasa un cadete a buscarlos para llevarlos a la universidad.

Capítulo 40

A mediados de 2001 los Urovich anunciaron oficialmente que se irían a vivir a Miami. "No son los primeros ni van a ser los últimos", anoté en mi libreta roja como título general del nuevo capítulo. Y un poco más abajo: "Junio de 2001, los Urovich dejan Altos de la Cascada, 'Efecto XX' a bautizar". Porque yo no sabía el nombre, si es que ya lo tenía. Pero en mi libreta, en páginas anteriores, figuraban uno a uno los nombres de los distintos efectos económicos de los últimos años. Quién les pondría nombre, me preguntaba. No me imaginaba un señor serio, economista, poniendo nombres tan creativos, y esperaba ansiosa el nuevo bautismo como quien en el Caribe espera el que le pondrán al huracán que se avecina. Revisé cuidadosamente las páginas anteriores de mi libreta. "1994, Efecto Tequila, venden sus casas Salaberry, Augueda y Tempone, los tres dueños de financieras del microcentro, desconozco los nombres de sus financieras. También vende su casa Pablo Díaz Batán, empresario retirado que tenía toda su plata puesta en la financiera de Tempone." Díaz Batán había hecho su fortuna a partir de una idea que muchos en La Cascada consideraban "brillante". Desde principios de los noventa venía registrando en el país la marca de cuanta cadena americana (americana de los Estados Unidos) aún no hubiera puesto sus pies en la Argentina. Ann Taylor, Starbuck's Café, Seven Eleven, Macy's, no importaba el rubro, lo que importaba era que la empresa no estuviera ya instalada, o registrada, en nuestro país, y que hubiera altas posibilidades de que en algún próspero momento decidiera estarlo. Y cuando ese momento próspero llegaba, Díaz Batán presentaba su marca registrada, la de ellos, la de los que querían registrarse, pero que legalmente le pertenecía a él. Y aunque planteado un juicio era imposible que lo ganara, la celeridad de estas empresas no resistía los tiempos de la justicia argentina, por lo que transaban para acelerarlos y, en definitiva, ahorrar plata. "Es un tipo muy hábil", dijo Andrade cuando le contaron en una cena en lo de Scaglia cómo había hecho su pequeña fortuna Díaz Batán. "Para mí hábil es Housemann", acotó Ronie y yo apenas sabía que Housemann había sido jugador de algún club de fútbol, pero entendí perfectamente qué intentaba decir mi marido. La casa de Salaberry se vendió a un setenta por ciento de su verdadero valor y la de Tempone a un ochenta. La de Augueda resultó no ser de él sino de su suegro. Y la de Díaz Batán fue a remate judicial, donde él mismo la compró a menos de la mitad, testaferro mediante.

Avancé diez páginas en mi libreta roja. "1997, crisis asiática. Caen Juan Manuel Martínez y Julio Campinella." La casa de Campinella la compra Ernesto Andrade, que ese año despegó definitivamente, cambió su Ford Mondeo por un Alfa Romeo, compró una Van para Mariana, y un carrito de golf para la empleada y los chicos. Dicen que hizo no sé qué operación con no sé qué bonos. O que se quedó con unos bonos de una operación. O que fue a juicio por unos bonos. No entendí, pero a mí la comisión me la pagó en efectivo.

Unas cinco páginas después, "1998, Efecto Vodka". Y dos páginas más adelante, "1999, Efecto Caipirinha". Parecía que la cosa venía por el lado de la bebida, volví a la página de Urovich y donde había dejado el blanco, junto a la palabra "Efecto" escribí: "Mate cocido". No se me ocurría una bebida alcohólica auténticamente nuestra. Y no sé por qué cocido, pero mate solo me sonaba a poco. Volví a la página de la Caipirinha, el último efecto al que se le había puesto nombre. El banco donde trabajaba Roberto Quevedo se iba del país y él se había quedado sin trabajo. Todavía no ponía la casa en venta pero lo estaba evaluando. El fondo que había comprado la empresa de retail donde Lalo Richards era gerente de operaciones había sacado ya del país una rentabilidad más que satisfactoria y se iba. La empresa estaba a la venta, pero tan endeudada que era improbable que alguien quisiera comprarla. Lalo había hecho tasar su casa porque sospechaba que se presentarían en concurso de acreedores y ni siquiera recibiría una indemnización. El caso de Pepe Montes, similar a los anteriores. Y el de los Ledesma, igual. Y los Trevisanni. Es que el error de muchos de nuestros vecinos fue creer que se podía vivir eternamente gastando tanto como se ganaba. Y lo que se ganaba era mucho, y parecía eterno. Pero algún día se corta el chorro, aunque nadie lo hubiera sospechado hasta no verse enjabonado en medio de la bañadera, mirando hacia la flor de la ducha de donde no cae ya ni una gota de agua.

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