viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 31

Carla fue en su auto hasta la casa de Liliana. Tocó el timbre y la empleada de los Richards la hizo pasar. La llevó al living y le sirvió un café. Unos minutos después apareció Liliana. "Mi marido cumple años. No tengo ganas de regalarle lo mismo de siempre, ropa que después no usa, libros que no lee, este año quiero regalarle un cuadro. Tuyo."

Liliana se mostró sorprendida, nunca nadie le había comprado un cuadro en su vida. Ni siquiera un pariente. "Él me apoyó mucho con todo esto del taller, y me pareció una forma de agradecérselo." "No sé si podré pagar lo que vale." Liliana hizo un gesto de aprobación que le permitió disimular cierta vanidad. "Déjame que te muestre mi obra, después vemos cuánto me podes pagar." Liliana la llevó a un cuarto exterior, vidriado, un antiguo jardín de invierno convertido en el atelier de Liliana. Cortinas pesadas protegían los cuadros del sol e impedían el desarrollo de las pocas plantas que quedaban. Le mostró unos veinte cuadros. La mayoría hechos en épocas lejanas. Algunos tenían retocada la firma en forma evidente. Carla se quedó mirando uno de esos retoques. Liliana se adelantó a la pregunta que Carla nunca habría hecho. "Antes de casarme era Liliana Sícari. Ahora soy Liliana Richards. La LS se convirtió en una LR. ¿Richards suena mejor para artista plástica, no?"

Sobre la pared del fondo había un caballete con un cuadro a medio hacer. Carla se acercó, corrió la tela que lo cubría y se encontró con un cuadro ocre, con arena, y una canoa larga y angosta, con tres mujeres dentro, unas espigas que crecían de la canoa y subían al cielo también ocre, dos árboles, pequeños, pero con raíces largas, que se hundían en la arena ocre. Y trozos de arpillera, en distintos lugares, empastada con el óleo. Firmaba LR, sin enmiendas, el cuadro era reciente. "Me gusta este", dijo. Liliana se apuró a raparlo otra vez con la tela. "Ese no está terminado", dijo. Carla mentía, ella no lo hubiera elegido, era como comprarse el mismo vestido o el mismo traje de baño que Carmen, pero de segunda selección, y no haría eso. Revisó otra vez los otros y eligió un bodegón, que tampoco era exclusivo, pero sí validado por tanta copia: estaban los bodegones de Liliana, los de Mariana, los de Lascano, los del afiche que copiaba Mariana, y seguramente muchos más que ella no conocía, copiados infinitamente por mujeres que ella tampoco conocía. Además, estaba convencida de que Gustavo coincidiría con ellas en que un bodegón queda bien en cualquier pared. "No sé, si es para Gustavo, dame unos trescientos dólares y todo bien, ¿te parece?" Pagó, lo cargó en el auto y salió.

Carla llevó el cuadro al depósito, bajó su cuadro de rayas de la silla y puso el de Liliana. Tomó los pinceles, y con mucho cuidado y pintura negra, trasformó la LR en un CL, de Carla Lamas. Pero después se arrepintió y lo cambió por CM, de Carla Masotta, no quería que su apellido de soltera trajera una discusión con Gustavo. Se sintió orgullosa de la enmienda, fue un trabajo prolijo. Ella siempre fue prolija.

La noche del cumpleaños de Gustavo lo esperó con la cena servida en el comedor que sólo usaban para recibir gente cuando Gustavo insistía y Carla no podía más que aceptar a sus invitados. Cenaron con candelabros, música, y el cuadro colgado en la pared del fondo. "¡Me encanta!", le dijo él, y la besó. "¿Y cómo va ese taller?" "Ahí lo podes ver." "Me refiero a la gente, ¿qué tal? ¿Se puede hacer relaciones?" "Sí, creo que ya soy parte del grupo." Gustavo levantó su copa por un brindis. Ella levantó la suya, las chocaron y brindaron por el cumpleaños de Gustavo, y por la amistad.

Capítulo 22

El 8 de diciembre de cualquier año, día de María Inmaculada, todas las casas de Altos de la Cascada se visten de Navidad. Las luces blancas envuelven árboles, pérgolas y puertas de entrada. Los pinos se encienden y apagan a través de las ventanas de cortinas abiertas. Hay pinos de distintos tipos, pero todos grandes. Los colores de las bolas navideñas no se mezclan, o son todas amarillas, o todas rojas, o plateadas, o azules. Algunos cambian las bolas por moños rojos. O por manzanas. La administración se encarga de armar un pesebre en el bosque, con figuras de tamaño casi real. Y todos los años algún jardinero, caddie del golf o peón de La Cascada resigna la cena familiar por unos billetes que juntan entre los vecinos, se viste de Papá Noel y en el trailer de mantenimiento recorre las casas del barrio privado repartiendo regalos. De verdad, sólo falta la nieve.

Ese año, a pesar de ser la última Navidad del siglo, no se notó demasiado cambio en los decorados. Es que cuando uno hace tanta cosa siempre, hacer un poco más es casi imposible. El fin de año se notaba, más que en los pinos y pesebres, en algunas preocupaciones que flotaban en las conversaciones de Los Altos. Se hablaba de catástrofes informáticas de todo tipo y había desde el que hacía back up y copia de todas sus tarjetas, códigos y cuentas bancarias, hasta quien se traía todo el efectivo del banco para que pasara las fiestas en familia, temeroso de que su saldo del 1° de enero del 2000 apareciera en blanco.

La mañana del 24 Teresa se encargó de que, como todos los años, llegaran a la administración del barrio los fuegos artificiales que lanzarían después de las doce en el hoyo 9. El Tano donaba cada año cantidades de fuegos artificiales para compartir con sus amigos de Altos de la Cascada. No es que fuera fanático de los espectáculos pirotécnicos, ni que lo hiciera por el placer del espectáculo en sí mismo, pero su afán de perfección lo había convertido en un experto. Un año se le ocurrió hacerle ese regalo a sus amigos de Los Altos, llenar el cielo de Navidad de fuegos artificiales, y a partir de ahí cada año subía la apuesta. Investigó cuáles había que comprar y cuáles no, las normas de seguridad que debían cumplir, dónde se veían los mejores fuegos artificiales del mundo. Los de Sidney y Tokio estaban entre sus preferidos. Y trataba de imitarlos. Con lo mejor que se consiguiera acá, y hasta un año hizo una importación de Miami que hubo que sacar de la Aduana adornando a un funcionario que conocía Fernández Luengo, porque "la gente está descorchando y seguimos sin despacho".

Teresa volvió a su casa. La carpa estaba lista desde el día anterior. Los Scaglia siempre armaban carpa para eventos de más de treinta personas desde la comunión de su hija menor que, diluvio mediante, terminó siendo un enchastre de barro en los pisos de pinotea y en la moquete del primer piso. Alquilaron vajilla, mesas y sillas vestidas de blanco, cada una con su centro floral de jazmines, y piso falso de madera para proteger el césped. La comida la contrató a un servicio de catering que Teresa tenía probado de cumpleaños y fiestas anteriores. A la empleada le había dado franco a partir de las cinco de la tarde. Hubiera querido que antes de irse repasara el baño en suite de su cuarto. Todavía no se había duchado, y recién lo haría después de envolver los regalos. Pero no tenía ganas de escucharla, seguía quejándose de que en las fiestas después de cierta hora los colectivos pasan más salteado y que la última Navidad había llegado a su casa cuando todos estaban brindando. La empresa del catering traía su propio personal de servicio. Y la vajilla se devolvía sucia como quedara. De verdad, y más allá del baño que sólo ella vería, a esa altura del día, no tenía mucho de qué preocuparse.

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