domingo 10 de enero de 2010

"Martín Fierro" - Selección

Versos seleccionados del "Martín Fierro"
Nota: Algunas palabras han sido corregidas, para hacer más sencilla su lectura.

12
No me hago al lao de la güeya
Aunque vengan degollando,
Con los blandos yo soy blando
Y soy duro con los duros
,
Y ninguno en un apuro
Me ha visto andar titubiando.

13
En el peligro, ¡qué Cristos!
El corazón se me ensancha,
Pues toda la tierra es cancha,
Y de eso nadie se asombre:
El que se tiene por hombre
Donde quiere hace pata ancha.


18
Y sepan cuantos escuchan
De mis penas el relato,
Que nunca peleo ni mato
Sino por necesidad,
Y que a tanta adversidad
Sólo me arrojó el mal trato.


20
Ninguno me hable de penas,
porque yo penando vivo,
y nadie se muestre altivo
aunque en el estribo esté:
que suele quedarse a pie
el gaucho mas advertido
.

239
Para el son los calabozos,
para el las duras prisiones,
en su boca no hay razones
aunque la razón le sobre;
que son campanas de palo
las razones de los pobres.

291
Amigazo, pa sufrir
han nacido los varones;
estas son las ocasiones
de mostrarse un hombre juerte,
hasta que venga la muerte
y lo agarre a coscorrones.

302
¡Quién es de una alma tan dura
que no quiera una mujer!
Lo alivia en su padecer:
si no sale calavera
es la mejor compañera

que el hombre puede tener.

303
Si es güena, no lo abandona
cuando lo ve desgraciao,
lo asiste con su cuidao,
y con afán cariñoso,
y usté tal vez ni un rebozo
ni una pollera le ha dao.

311
No me gusta que otro gallo
le cacaree a mi gallina;
yo andaba ya con la espina,
hasta que en una ocasión
lo pillé junto al fogón
abrazándome a la china.

319
¡Es zonzo el cristiano macho
cuando el amor lo domina!
Él la miraba a la indigna,
y una cosa tan jedionda
sentí yo, que ni en la fonda
he visto tal jedentina.

321
Cuando la mula recula,
señal que quiere cociar,
ansí se suele portar
aunque ella lo disimula;
recula como la mula
la mujer, para olvidar.

322
Alcé mis ponchos y mis prendas
y me largué a padecer
por culpa de una mujer
que quiso engañar a dos;
al rancho le dije adiós,
para nunca más volver.

323
Las mujeres, dende entonces,
conocí a todas en una;
ya no he de probar fortuna
con carta tan conocida:
mujer y perra parida,
¡no se me acerca ninguna!.

358
Y dejo rodar la bola,
que algún día ha de parar
tiene el gaucho que aguantar
hasta que lo trague el hoyo,
o hasta que venga algún criollo
en esta tierra a mandar
.

365
De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pegan los gritos
y en otro tienen los güevos.

369
Dios formó lindas las flores,
delicadas como son;
le dio toda perfeción
y cuanto él era capaz,
pero al hombre le dio más
cuando le dio el corazón.

370
Le dio claridá a la luz,
juerza en su carrera al viento,
le dio vida y movimiento
desde el águila al gusano;
pero más le dio al cristiano
al darle el entendimiento.

375
Yo sé que allá los caciques
amparan a los cristianos,
y que los tratan de "hermanos"
cuando se van por su gusto.
¡A qué andar pasando sustos!
Alcemos el poncho y vamos.

378
No hemos de perder el rumbo:
los dos somos buena yunta.
El que es gaucho ve ande apunta
aunque inora ande se encuentra;
pa el lao en que el sol se entra
doblan los pastos la punta
.

388
En este punto el cantor
buscó un porrón pa consuelo,
echó un trago como un cielo,
dando fin a su argumento;
y de un golpe el instrumento
lo hizo astillas contra el suelo.

389
Rompo, dijo, la guitarra,
pa no volverme a tentar;
ninguno la ha de tocar,
por siguro tengaló;
pues naides ha de cantar
cuando este gaucho cantó.

391
Cruz y Fierro de una estancia
una tropilla se arriaron;
por delante se la echaron
como criollos entendidos,
y pronto sin ser sentidos
por la frontera cruzaron.

393
Y siguiendo el fiel del rumbo
se entraron en el desierto,
no sé si los habrán muerto
en alguna correría,
pero espero que algún día
sabré de ellos algo cierto.

394
Y ya con estas noticias
mi relación acabé;
por ser ciertas las conté,
todas la desgracias dichas:
es un telar de desdichas
cada gaucho que usté ve.

395
Pero ponga su esperanza
en el Dios que lo formó;
y aquí me despido yo
que he relatao a mi modo
MALES QUE CONOCEN TODOS,
PERO QUE NADIE CONTÓ
.

Fuente: El gaucho Martín Fierro" de José Hernández.

Continuación: "Martín Fierro" - Selección de la segunda parte

"Martín Fierro" - Selección de la segunda parte

Versos seleccionados de "La vuelta de Martín Fierro"
Nota: Algunas palabras han sido corregidas, para hacer más sencilla su lectura.
Algunas palabras gauchescas tienen su definición [] debajo del artículo.

406
Yo he conocido cantores
que era un gusto el escuchar;
mas no quieren opinar
y se divierten cantando;
pero yo canto opinando,
que es mi modo de cantar.

408
Lo que pinta este pincel
ni el tiempo lo ha de borrar;
ninguno se ha de animar
a corregirme la plana;
no pinta quien tiene gana
sino quien sabe pintar
.

409
Y no piensen los oyentes
que del saber hago alarde;
he conocido aunque tarde,
sin haberme arrepentido,
que es pecado cometido
el decir ciertas verdades
.

422
Déjenmé tomar un trago:
estas son otras cuarenta
mi garganta esta sedienta,
y de esto no me abochorno,
pues el viejo, como el horno,
por la boca se calienta.

436
Se debe ser mas prudente
cuando el peligro es mayor;
siempre se salva mejor
andando con advertencia
porque no está la prudencia
reñida con el valor
.

453
El mal es árbol que crece
y que cortado retoña;
la gente esperta o bisoña
sufre de infinitos modos;
la tierra es madre de todos,
pero también da ponzoña.

454
Mas todo varón prudente
sufre tranquilo sus males;
yo siempre los hallo iguales
en cualquier senda que elijo;
la desgracia tiene hijos,
aunque ella no tiene madre.

455
Y al que le toca la herencia,
donde quiera halla su ruina:
lo que la suerte destina
no puede el hombre evitar,
porque el cardo ha de pinchar
es que nace con espinas
.

470
En semejante ejercicio
se hace diestro el cazador:
cai el piche engordador,
cai el pájaro que trina;
todo bicho que camina
va a parar al asador
.

472
El que vive de la caza
a cualquier bicho se atreve,
que pluma o cáscara lleve,
pues, cuando la hambre se siente,
el hombre le clava el diente
a todo lo que se mueve.

474
Y aves y bichos y peces
se mantienen de mil modos:
pero el hombre, en su acomodo
es curioso de observar:
es el que sabe llorar
y es el que los come a todos
.



510
Cuando el hombre es mas salvaje
trata pior a la mujer:
yo no sé que pueda haber
sin ella dicha ni goce.
¡Feliz el que la conoce
y logra hacerse querer!

511
Todo el que entiende la vida
busca a su lao los placeres;
justo es que las considere
el hombre de corazón;
sólo los cobardes son
valientes con sus mujeres.


513
No se hallará una mujer
a la que esto no le cuadre;
yo alabo al Eterno Padre,
no porque las hizo bellas,
sino porque a todas ellas
les dió corazón de madre.


528
Quien recibe beneficios
jamás los debe olvidar
;
y al que tiene que rodar
en su vida trabajosa,
le pasan a veces cosas
que son duras de pelar.


644
¡Todo es cielo y horizonte
en inmenso campo verde!
¡Pobre de aquel que se pierde
o que su rumbo extravea!
Si alguien cruzarlo desea,
este consejo recuerde:

645
Marque su rumbo de día
con toda fidelidad;
marche con puntualidad,
siguiéndoló con fijeza,
y, si duerme, la cabeza
ponga para el lao que va
.

646
Oserve con todo esmero
adonde el sol aparece;
si hay neblina y le entorpece
y no lo puede oservar,
guárdese de caminar,
pues quien se pierde perece.

647
Dios le dió instintos sutiles
a toditos los mortales;
el hombre es uno de tales,
y en las llanuras aquellas,
lo guían el sol, las estrellas,
el viento y los animales.



656 (El hijo mayor de Martín Fierro)
Aunque el gajo se parece
al árbol de donde sale,
solía decirlo mi madre,
y en su razón estoy fijo:
"Jamás puede hablar el hijo
con la autoridad del padre"
.


670
"A la justicia ordinaria
voy a mandar a los tres."
Tenia razón aquel Juez,
y cuantos ansí amenacen;
ordinaria... Es como la hacen:
lo he conocido después.

671
Nos remitió, como digo,
a esa justicia ordinaria,
y fuimos con la sumaria
a esa cárcel de malevos
que, por un bautismo nuevo,
le llaman penitenciaria.

672
El porqué tiene ese nombre
naides me lo dijo a mí,
mas yo me lo esplico ansí:
le diran penitenciaria
por la penitencia diaria,
que se sufre estando allí.


725 (El hijo segundo de Martín Fierro)
El Juez vino sin tardanza
cuanto falleció la vieja.
"De los bienes que te deja",
me dijo, "Yo he de cuidar:
es un rodeo regular
y dos majadas de ovejas".


731
Me llevó consigo un viejo
que pronto mostró la hilacha,
dejaba ver por la facha
que era medio cimarrón,
muy renegao, muy ladrón,
y le llamaban Vizcacha.


752
Cuando mozo fué casao,
aunque yo lo desconfío,
y decía un amigo mío
que, de arrebatao y malo,
mató a su mujer de un palo
porque le dió un mate frío
.




755
siempre andaba retobao:
con ninguno solía hablar;
se divertía en escarbar
y hacer marcas con el dedo,
y en cuanto se ponía en pedo
me empezaba a aconsejar.

756 (Con el Viejo Vizcacha)
Me parece que lo veo
con su poncho calamaco,
despues de echar un güen taco,
ansí principiaba a hablar:
"Jamás llegues a parar
ande veas perros flacos."

757
"El primer cuidao del hombre
es defender el pellejo.
Lleváte de mi consejo,
fijáte bien en lo que hablo:
el diablo sabe por diablo,
pero más sabe por viejo."


758
"Hacéte amigo del Juez;
no le des de que quejarse;
y cuando quiera enojarse
vos te debés encoger,
pues siempre es güeno tener
palenque ande ir a rascarse."

759
"Nunca le llevés la contra,
porque él manda la gavilla:
allí sentao en su silla,
ningún güey le sale bravo;
a uno le da con el clavo
y a otro con la cantramilla."

760
"El hombre, hasta el más soberbio,
con más espinas que un tala,
aflueja andando en la mala
y es blando como manteca:
hasta la hacienda baguala
cai al jagüel con la seca."


761
"No andés cambiando de cueva;
hacé las que hace el ratón.
Conserváte en el rincón
en que empezó tu esistencia:
vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición."

762
Y menudiando los tragos
aquel viejo, como cerro,
"No olvidés", me decía,"Fierro,
que el hombre no debe crer
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro
."

763
"No te debes afligir
aunque el mundo se desplome.
Lo que más precisa el hombre
tener, según yo discurro,
es la memoria del burro,
que nunca olvida ande come
.

764
"Deja que caliente el horno
el dueño del amasijo;
lo que es yo, nunca me aflijo
y a todito me hago el sordo:
el cerdo vive tan gordo,
y se come hasta los hijos."

765
"El zorro que ya es corrido
dende lejos la olfatea;
no se apure quien desea
hacer lo que le aproveche
la vaca que más rumea
es la que da mejor leche."

766
"El que gana su comida
bueno es que en silencio coma;
ansina, vos, ni por broma
querás llamar la atención:
nunca escapa el cimarrón
si dispara por la loma."

767
"Yo voy donde me conviene
y jamás me descarrío;
lleváte el ejemplo mío,
y llenarás la barriga:
aprendé de las hormigas:
no van a un noque vacío."

768
"A naides tengás envidia:
es muy triste el envidiar;
cuando veás a otro ganar,
a estorbarlo no te metas:
cada lechón en su teta
es el modo de mamar."


769
"Ansí se alimentan muchos
mientras los pobres lo pagan;
como el cordero hay quien lo haga
en la puntita, no niego;
pero otros, como el borrego,
todo entera se la tragan."

770
"Si buscás vivir tranquilo
dedicate a solteriar
más si te querés casar,
con esta alvertencia sea:
que es muy difícil guardar
prenda que otros codicean."

771
"Es un bicho la mujer
que yo aquí no lo destapo,
siempre quiere al hombre guapo;
mas fijate en la elección,
porque tiene el corazón
como barriga de sapo."


772
Y gangoso con la tranca,
me solia decir: "Potrillo,
recién te apunta el cormillo,
mas te lo dice un toruno:
no dejés que hombre ninguno
te gane el lao del cuchillo."

773
"Las armas son necesarias,
pero naides sabe cuándo;
ansina, si andás pasiando,
y de noche sobre todo,
debés llevarlo de modo
que al salir, salga cortando."

774
"Los que no saben guardar
son pobres aunque trabajen;
nunca, por más que se atajen,
se librarán del cimbrón:
al que nace barrigón
es al ñudo que lo fajen."


775
"Donde los vientos me llevan
allí estoy como en mi centro;
cuando una tristeza encuentro
tomo un trago pa alegrarme:
a mí me gusta mojarme
por ajuera y por adentro
."

776
"Vos sos pollo, y te convienen
toditas estas razones;
mis consejos y lecciones
no echés nunca en el olvido:
en las riñas he aprendido
a no peliar sin puyones [1]"

777
Con estos consejos y otros
que yo en mi memoria encierro,
y que aquí no desentierro,
educándome seguía,
hasta que al fin se dormía
mesturao entre los perros.


795
"Se llevaba mal con todos:
era su costumbre vieja
el mesturar las ovejas,
pues al hacer el aparte
sacaba la mejor parte,
y despues venía con quejas.
"


884
Comete un error inmenso
quien de la suerte presuma;
otro mas hábil lo fuma,
en un dos por tres lo pela,
y lo larga que no vuela,
porque le falta una pluma.

885
Con un socio que lo entiende
se arman partidas muy buenas;
queda allí la plata ajena,
quedan prendas y botones:
siempre caen a esas riuniones
zonzos con las manos llenas.

886
Hay muchas trampas legales,
recursos del jugador;
no cualquiera es sabedor
a lo que un naipe se presta:
con una cincha bien puesta
se la pega uno al mejor.

887
Deja a veces ver la boca,
haciendo el que se descuida;
juega el otro hasta la vida
y es seguro que se ensarta,
porque uno muestra una carta
y tiene otra prevenida.

888
Al monte, las precauciones
no han de olvidarse jamás;
debe afirmarse además
los dedos para el trabajo,
y buscar asiento bajo
que le dé la luz de atrás
.

889
Pa tallar, tome la luz;
dé la sombra al alversario;
acomódese al contrario
en todo juego cartiado:
tener ojo ejercitado
es siempre muy necesario.

890
El contrario abre los suyos,
pero nada ve el que es ciego:
dandole soga, muy luego
se deja pescar el tonto;
todo chapetón cree pronto
que sabe mucho en el juego.

891
Hay hombres muy inocentes
y que a las carpetas van;
cuando azariados están
-les pasa infinitas veces-
pierden en puertas y en treses,
y dándoles, mamarán.

892
El que no sabe no gana
aunque ruegue a Santa Rita;
en la carpeta a un mulita
se le conoce al sentarse,
y conmigo era matarse:
no podían ni a la manchita.

893
En el nueve y otros juegos
llevo ventaja y no poca,
y siempre que dar me toca
el mal no tiene remedio,
porque sé sacar del medio
y sentar la de la boca.

894
En el truco, al más pintao
solía ponerlo en apuro;
cuando aventajar procuro,
sé tener, como fajadas,
tiro a tiro el as de espadas,
o flor, o envite siguro.

895
Yo sé defender mi plata
y lo hago como el primero:
el que ha de jugar dinero
preciso es que no se atonte;
si se armaba una de monte,
tomaba parte el fondero.

896
Un pastel, como un paquete,
se llevarlo con limpieza;
dende quc a salir empiezan
no hay carta que no recuerde;
sé cuál se gana o se pierde
en cuanto cain en la mesa.

897
También por estas jugadas
suele uno verse en aprietos;
mas yo no me comprometo
porque sé hacerlo con arte,
y aunque les corra el descarte
no se descubre el secreto.

898
Si me llamaban al dao,
nunca me solía faltar
un cargado que largar,
un cruzao para el mas vivo,
y hasta atracarles un chivo
sin dejarlos maliciar.

899
Cargaba bien una taba,
porque la sé manejar;
no era manco en el billar,
y por fin de lo que esplico,
digo que hasta con pichicos
era capaz de jugar.

900
Es un vicio de mal fin
el de jugar, no lo niego;
todo el que vive del juego
anda a la pesca de un bobo,
y es sabido que es un robo
ponerse a jugarle a un ciego.

901
Y esto digo claramente
porque he dejao de jugar;
y le puedo asigurar,
como que fuí del oficio:
más cuesta aprender un vicio
que aprender a trabajar
.


961
El que sabe ser güen hijo
a los suyos se parece;
y aquel que a su lado crece
y a su padre no hace honor,
como castigo merece
de la desdicha el rigor
.


997
Y he de decir ansí mismo
porque de adentro me brota
que no tiene patriotismo
quien no cuida al compatriota
.


1057
Yo tiro cuando me tiran;
cuando me aflojan, aflojo;
no se ha de morir de antojo
quien me convide a cantar;
para conocer a un cojo
lo mejor es verlo andar
.


1091
Dende que elige a su gusto,
lo más espinoso elige;
pero esto poco me aflige
y le contesto a mi modo:
la ley se hace para todos,
mas sólo al pobre le rige.

1092
La ley es tela de araña
–en mi inorancia lo esplico–.
No la tema el hombre rico;
nunca la tema el que mande;
pues la ruempe el bicho grande
y sólo enrieda a los chicos
.


1144 (Consejos de Martín Fierro a sus hijos)
-Un padre que da consejos
más que padre es un amigo;
ansi como tal les digo
que vivan con precaución:
naides sabe en que rincón
se oculta el que es su enemigo.

1145
Yo nunca tuve otra escuela
que una vida desgraciada:
no estrañen si en la jugada
alguna vez me equivoco,
pues debe saber muy poco
aquel que no aprendió nada.

1146
Hay hombres que de su cencia
tienen la cabeza llena;
hay sabios de todas menas,
mas digo, sin ser muy ducho:
es mejor que aprender mucho
el aprender cosas gúenas
.

1147
No aprovechan los trabajos
si no han de enseñarnos nada;
el hombre, de una mirada,
todo ha de verlo al momento:
el primer conocimiento
es conocer cuándo enfada.

1148
Su esperanza no la cifren
nunca en corazón alguno;
en el mayor infortunio
pongan su confianza en Dios;
de los hombres, sólo en uno;
con gran precaución en dos
.

1149
Las faltas no tiene límites
como tienen los terrenos;
se encuentran en los mas güenos,
y es justo que les prevenga:
aquel que defetos tenga,
disimule los ajenos
.

1150
Al que es amigo, jamás
lo dejen en la estacada,
pero no le pidan nada
ni lo aguarden todo de el:
siempre el amigo más fiel
es una conducta honrada.

1151
Ni el miedo ni la codicia
es güeno que a uno le asalten,
ansi, no se sobresalten
por los bienes que perezcan;
al rico nunca le ofrezcan
y al pobre jamás le falten
.

1152
Bien lo pasa, hasta entre pampas,
el que respeta a la gente;
el hombre ha de ser prudente
para librarse de enojos:
cauteloso entre los flojos,
moderado entre valientes
.

1153
El trabajar es la ley,
porque es preciso alquirir;
no se espongan a sufrir
una triste situación:
sangra mucho el corazón
del que tiene que pedir.

1154
Debe trabajar el hombre
para ganarse su pan;
pues la miseria, en su afán
de perseguir de mil modos,
llama en la puerta de todos
y entra en la del haragán.

1155
A ningún hombre amenacen,
porque naides se acobarda;
poco en conocerlo tarda
quien amenaza imprudente:
que hay un peligro presente
y otro peligro se aguarda.

1156
Para vencer un peligro,
salvar de cualquier abismo
-por esperencia lo afirmo-,
más que el sable y que la lanza
suele servir la confianza
que el hombre tiene en si mismo
.

1157
Nace el hombre con la astucia
que ha de servirle de guía;
sin ella sucumbiría:
pero, sigún mi esperencia,
se vuelve en unos prudencia
y en los otros picardía.

1158
Aprovecha la ocasión
el hombre que es diligente;
y, tenganló bien presente:
si al compararla no yerro,
la ocasión es como el Fierro:
se ha de machacar caliente
.

1159
Muchas cosas pierde el hombre
que a veces las vuelve a hallar;
pero les debo enseñar,
y es gúeno que lo recuerden:
si la verguenza se pierde,
jamás se vuelve a encontrar
.

1160
Los hermanos sean unidos
porque ésa es la ley primera
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea,
porque, si entre ellos pelean,
los devoran los de ajuera
.

1161
Respeten a los ancianos:
el burlarlos no es hazaña;
si andan entre gente estraña
deben ser muy precavidos,
pues por igual es tenido
quien con malos se acompaña
.

1162
La cigüeña, cuando es vieja,
pierde la vista, y procuran
cuidarla en su edá madura
todas sus hijas pequeñas:
apriendan de las cigüeñas
este ejemplo de ternura.

1163
Si les hacen una ofensa,
aunque la echen en olvido,
vivan siempre prevenidos;
pues ciertamente sucede
que hablará muy mal de ustedes
aquel que los ha ofendido
.

1164
El que obedeciendo vive
nunca tiene suerte blanda,
mas con su soberbia agranda
el rigor en que padece:
obedezca al que obedece
y será gúeno el que manda.

1165
Procuren de no perder
ni el tiempo ni la vergüenza;
como todo hombre que piensa,
procedan siempre con juicio;
y sepan que ningún vicio
acaba donde comienza
.

1166
Ave de pico encorvado
le tiene al robo afición;
pero el hombre de razón
no roba jamás un cobre,
pues no es vergúenza ser pobre
y es vergúenza ser ladrón
.

1167
El hombre no mate al hombre
ni pelé por fantasía;
tiene en la desgracia mía
un espejo en que mirarse;
saber el hombre guardarse
es la gran sabiduría.

1168
La sangre que se redama
no se olvida hasta la muerte;
la impresión es de tal suerte,
que, a mi pesar, no lo niego,
cai como gotas de juego
en la alma dei que la vierte.

1169
Es siempre, en toda ocasión,
el trago el pior enemigo;
con cariño se los digo,
recuérdenlo con cuidado:
aquel que ofiende embriagado
merece doble castigo
.

1170
Si se arma algun revolutis,
siempre han de ser los primeros,
no se muestren altaneros,
aungue la razón les sobre:
en la barba de los pobres
aprienden pa ser barberos.

1171
Si entriegan su corazón
a alguna mujer querida,
no le hagan una partida
que la ofienda a la mujer:
siempre los ha de perder
una mujer ofendida.

1172
Procuren, si son cantores,
el cantar con sentimiento,
ni tiemplen el estrumento
por sólo el gusto de hablar,
y acostúmbrense a cantar
en cosas de jundamento.

1173
Y les doy estos consejos
que me ha costado alquirirlos,
porque deseo dirigirlos;
pero no alcanza mi cencia
hasta darles la prudencia
que precisan pa seguirlos.

1174
Estas cosas y otras muchas
medité en mis soledades;
sepan que no hay falsedades
ni error en estos consejos:
es de la boca del viejo
de ande salen las verdades
.


1184
Mas Dios ha de permitir
que esto llegue a mejorar;
pero se ha de recordar,
para hacer bien el trabajo,
que el juego, pa calentar,
debe ir siempre por abajo.


1192
Es la memoria un gran don,
calidá muy meritoria;
y aquellos que en esta historia
sospechen que les doy palo
,
sepan que olvidar lo malo
también es tener memoria.

1193
Mas naides se crea ofendido
pues a ninguno incomodo,
y si canto de este modo,
por encontrarlo oportuno,
no es para mal de ninguno
sino para bien de todos
.




Aclaraciones:
[1] Puyones: Espolones artificiales de plástico, carey, hueso de pescado, acero, etc. que se coloca a los gallos de riña.


Fuentes:El gaucho Martín Fierro
Diccionario Gaucho

lunes 24 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Texto completo

Las viudas de los jueves” nos muestra las rutinas de “gente bien”; ese tipo de personas que tiene la posibilidad de disfrutar los privilegios de un country, y que se empeña en mantener su status social a cualquier costo.

Resguardados por los inmensos muros perimetrales y las garitas de vigilancia, la realidad se empeña en modificar los planes y quedan al descubierto las miserias de ese estilo de vida, que más de uno envidia por considerarlo perfecto.

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sábado 22 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Claudia Piñeiro


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¡Que lo disfruten!

viernes 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 01

Las Viudas De Los Jueves - Claudia Piñeiro

Capítulo 1

Abrí la heladera, y me quedé así, descansando con la mano apoyada en la manija, frente a esa luz fría que iluminaba los estantes, con la mente en blanco y la mirada inútil. Hasta que la alarma que indicaba que la puerta abierta dejaba escapar el frío empezó a sonar, y me recordó por qué estaba ahí, parada frente a la heladera. Busqué algo que comer. Junté en un plato algunas sobras del día anterior, las calenté en el microondas y las llevé a la mesa. No puse mantel apenas un individual de rafia de aquellos que había traído hacía un par de años de Brasil, de las últimas vacaciones que pasamos los tres juntos. En familia. Me senté frente a la ventana, no era mi lugar habitual en la mesa, pero me gustaba comer mirando el jardín cuando estaba sola. Ronie esa noche, la noche en cuestión, cenaba en la casa del Tano Scaglia. Como todos los jueves. Aunque ese jueves fuera distinto. Un jueves de septiembre de 2001. Veintisiete de septiembre de 2001. Ese jueves, todavía seguíamos espantados por la caída de las Torres Gemelas, y abríamos las cartas con guantes de goma por temor a encontrarnos con un polvo blanco. Juani había salido. No le había preguntado con quién ni adonde. A Juani no le gustaba que le preguntara. Pero igual yo sabía. O me imaginaba, y entonces creía que sabía.

Casi no ensucié platos. Ya hacía unos años había aceptado que no podíamos pagar más personal doméstico de jornada completa, y sólo venía una mujer dos veces por semana a hacer el trabajo grueso. Desde entonces aprendí a ensuciar lo mínimo posible, aprendí a no arrugarme, a casi no desarmar la cama. No por la carga de la tarea en sí misma, sino porque lavar los platos, hacer las camas o planchar la ropa me recordaban lo que alguna vez había tenido, y ya no tenía más.

Pensé en salir a caminar, pero me detenía el temor de cruzarme con Juani y que él creyera que lo estaba espiando. Hacía calor, era una noche estrellada y luminosa. No tenía ganas de acostarme y empezar a dar vueltas en la cama, sin sueño, pensando en alguna operación inmobiliaria que no terminaba de poder concretar. Por aquel entonces parecía que todas las operaciones estaban destinadas a caerse antes de que yo pudiera cobrar una comisión. Veníamos de varios meses de crisis económica, algunos lo disimulaban mejor que otros, pero a todos de una manera u otra nos había cambiado la vida. O nos estaba por cambiar. Fui a mi cuarto a buscar un cigarrillo, iba a salir a pesar de Juani, y me gustaba caminar fumando. Cuando pasé frente al dormitorio de mi hijo pensé en entrar y buscar ahí un cigarrillo. Pero sabía que no habría encontrado lo que buscaba, que hubiera sido sólo una excusa para entrar y mirar, y ya había estado mirando esa mañana cuando había hecho su cama y ordenado su cuarto, y tampoco entonces había encontrado lo que buscaba. Seguí, en mi mesa de luz tenía un atado nuevo, lo abrí, saqué un cigarrillo, lo prendí y bajé la escalera dispuesta a salir. En ese momento entró Ronie, y mis planes cambiaron. Esa noche todo fue distinto de lo planeado. Ronie fue directo al bar. "Qué raro tan temprano...", le dije al pie de la escalera. "Sí", dijo él y subió con un vaso y la botella de whisky. Esperé un momento, parada ahí, y luego lo seguí. Pasé por nuestro dormitorio, pero no estaba. Tampoco en el baño. Había ido a la terraza y se había instalado ahí, en una reposera, dispuesto a beber. Me acerqué una silla, me senté junto a él, y esperé mirando en la misma dirección, callada.

Quería que me contara algo. Nada importante, ni divertido, ni siquiera necesitaba que me dijera algo con sentido, sólo que me hablara, que hiciera la parte que le correspondía en esa charla mínima en la que se habían convertido nuestras conversaciones con el paso del tiempo. Un pacto tácito de frases hechas encadenadas, palabras que iban llenando el silencio, con el propósito de ni siquiera tener que hablar del silencio. Palabras huecas, caparazones de palabras. Cuando me quejaba, Ronie argumentaba que hablábamos poco porque pasábamos demasiado tiempo juntos, que no podía haber mucho que contar si no nos separábamos durante buena parte del día. Y eso era así desde que Ronie se había quedado sin trabajo seis años atrás, y no había vuelto a tener otra ocupación, a excepción de un par de proyectos que nunca terminaban de concretarse. A mí no me importaba tanto descubrir por qué la relación se había ido descascarando de palabras, sino por qué yo recién me di cuenta cuando el silencio se había instalado en la casa, como un pariente lejano al que no queda más remedio que hospedar y atender. Y por qué no me dolía. Tal vez porque el dolor fue ganando su lugar de a poco, en silencio. Igual que el silencio. "Me voy a buscar un vaso", dije. "Trae hielo, Virginia", me gritó Ronie cuando ya había salido.

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Las viudas de los jueves - Página 02

Fui a la cocina y mientras cargaba la hielera, especulé con distintas alternativas acerca del regreso temprano de Ronie. Me incliné por la alternativa de que habría discutido con alguien. Con el Tano Scaglia, o con Gustavo seguramente. Con Martín Urovich no, Martín hacía rato que había dejado de pelear con nadie, ni siquiera con él mismo. Cuando volví a la terraza se lo pregunté directamente, no quería enterarme al día siguiente en un partido de tenis, y por la mujer de otro. Desde que se había quedado sin trabajo, Ronie guardaba cierto resentimiento que afloraba en el momento menos oportuno. Ese mecanismo de adaptación social que hace que no digamos lo que no tenemos que decir, en mi marido hacía rato que fallaba. "No, no me peleé con nadie." "¿Y por qué volviste tan temprano? Nunca venís un jueves antes de las tres de la mañana." "Hoy sí", dijo. Y ya no dijo otra cosa ni dejó lugar para que yo dijera. Se levantó y acomodó la reposera más cerca de la baranda, casi dándome la espalda. No fue un desaire sino la actitud de un espectador que está buscando el mejor lugar desde donde ver un escenario. Nuestra casa está ubicada en diagonal a la de los Scaglia, enfrentada, con dos o tres casas de por medio, pero como la nuestra es más alta, y a pesar de los álamos de los Iturria que entorpecían la visión, desde esa ubicación se podían ver los techos, el parque y la pileta casi en su totalidad. Ronie miraba hacia la pileta. Las luces estaban apagadas y no se veía gran cosa. Sí las formas, el contorno; se podía adivinar el agua moviéndose y dibujando distintas sombras sobre los azulejos turquesa.

Me paré y me apoyé detrás de la reposera de Ronie. El silencio de la noche era confirmado por el ruido de los álamos de los Iturria, que se movían cada tanto con el viento caliente y sonaban como si estuviera lloviendo en medio de esa noche estrellada. Dudé de si quedarme o irme porque, más allá de su actitud ausente, Ronie no había insinuado que me fuera, y eso para mí ya era mucho. Lo observaba desde atrás, por sobre el respaldo de madera. Se movía cada tanto en la reposera sin encontrar la posición adecuada, estaba nervioso. Más tarde supe que no eran nervios sino miedo, pero entonces no lo sabía. Y era difícil sospecharlo, Ronie nunca le había tenido miedo a nada. Ni siquiera a lo que yo le tenía miedo, al miedo que había aparecido hacía unos meses y que no me dejaba ni de día ni de noche. Ese que hacía que parada frente a la heladera me olvidara de lo que estaba haciendo. El miedo que me acompañaba siempre aunque fingiera, aunque me riera, aunque hablara de lo que fuera, aunque jugara al tenis o estuviera firmando una escritura. El que esa noche, y a pesar de la distancia que había impuesto Ronie, me hizo decir con fingida naturalidad: "Juani salió". "¿Con quién?", quiso saber. "No le pregunté." "¿A qué hora vuelve?" "No sé. Se fue en los rollers." Otra vez el silencio, y luego dije: "Había un mensaje de Romina en el contestador, decía que lo esperaba para salir de ronda. ¿Ronda será alguna palabra clave de ellos?". "Ronda es ronda, Virginia." "¿No me preocupo entonces?" "No." "Estará con ella." "Estará con ella." Y otra vez los dos quedamos en silencio.

Después hubo más palabras, creo, pero que no recuerdo. Fórmulas repetidas del pacto tácito. Ronie se sirvió otro whisky, le acerqué el hielo. El agarró un puñado de cubitos y algunos se cayeron al piso y resbalaron hasta la baranda. Los siguió con la mirada, parecía como si por un instante se hubiera olvidado de la casa de enfrente. Él miraba los hielos, y yo lo miraba a él. Y tal vez hubiéramos seguido así, encadenando miradas, pero en ese mismo momento se encendieron las luces en la pileta de los Scaglia y se oyeron voces en medio de la lluvia de álamos. La risa del Tano. Música; sonaba algo así como un jazz contemporáneo y triste. "¿Diana Krall?", pregunté, pero Ronie no contestó. Se puso tenso otra vez, se paró, pateó los hielos, se volvió a sentar, se llevó los puños cerrados a la boca, apretó los dientes. Supe que me ocultaba algo, lo que apretaba en esa boca para que no saliera. Algo que tenía que ver con lo que no podía dejar de mirar. Una discusión, celos, algún desprecio que no pudo tolerar. Una humillación disfrazada de chiste; la especialidad del Tano, pensé. Ronie se paró otra vez y fue a la baranda para ver mejor. Vació su whisky. Parado entre los álamos, miraba y no dejaba que yo pudiera ver. Pero oí un chapuzón, e imaginé que alguien se había zambullido en la pileta de los Scaglia. "¿Quién se tiró?", pregunté. No hubo respuesta. Y no me importaba quién se hubiera tirado sino el silencio, una pared contra la que chocaba cada vez que quería acercarme. Harta de esfuerzos inútiles, bajé. No estaba enojada, pero era evidente que Ronie no estaba ahí conmigo sino allá, calle por medio, zambulléndose en la pileta de los Scaglia con sus amigos. Apenas empecé a bajar la escalera, el jazz que llegaba desde la casa del Tano dejó de sonar partiendo al medio un compás, dejándolo quebrado.

Bajé a la cocina y enjuagué el vaso con más detenimiento del necesario, otra vez mi cabeza se llenaba de pensamientos que parecían no caber en ella. Pensaba en Juani, no en Ronie. Aunque trataba de no hacerlo y buscaba artilugios. Como esa gente que cuenta ovejas para dormirse, traía a mi mente las operaciones inmobiliarias pendientes, a quién le mostraría la casa de los Gómez Pardo, cómo lograría que le financiaran la compra a los Canetti, el depósito que me había olvidado de cobrarle a los Abrevaya. Y otra vez aparecía Juani, no Ronie. Juani más nítido, más intenso. Sequé el vaso y lo guardé, pero lo volví a sacar para cargarlo con agua, iba a necesitar tomar algo para dormir esa noche. Algo que me desplomara sobre la cama. En mi botiquín debía haber una pastilla que sirviera. Por suerte no llegué a tomar nada porque fue entonces cuando sentí los pasos apurados en la escalera, y luego el grito y el golpe, seco, duro, contra la madera. Salí corriendo y me encontré con mi marido caído, con un hueso de la pierna saliendo a través de la carne, envuelto en sangre. Me mareé, sentí que todo daba vueltas a mi alrededor, pero tenía que recuperar el control porque estaba sola, y tenía que atenderlo, y agradecí no haber tomado nada, porque también tenía que hacerle un torniquete, y no sabía cómo se hace un torniquete, atarle un trapo aunque sea, una servilleta limpia, parar la sangre, y llamar a una ambulancia; no, ambulancia no porque tarda mucho, mejor directo al sanatorio, y dejarle una nota a Juani. "Nos fuimos con papá a hacer algo pero enseguida volvemos, cualquier cosa llámame al celular. Está todo bien. Espero que vos también. Un beso. Mamá.

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Las viudas de los jueves - Página 03

"Mientras lo arrastraba hasta el auto, Ronie gritó del dolor, y ese grito me despabiló. "Virginia, llévame a lo del Tano", gritó. No le hice caso, supuse que era una especie de delirio por la situación y lo subí al asiento de atrás como pude. "Llévame a lo del Tano, la puta madre", volvió a gritar y después se desmayó. Del dolor, me dijeron más tarde en el sanatorio, pero no. Manejé a toda velocidad, de la peor manera, sin respetar carteles de "Cuidado. Niños jugando", ni lomos de burro. Ni siquiera me detuve cuando vi cruzar por una calle transversal a Juani a toda velocidad corriendo descalzo. Detrás de él, Romina. Como huyendo de algo, esos dos siempre huyendo de algo, pensé. Y olvidando en alguna parte sus patines. Juani siempre pierde sus cosas. Pero no podía ocuparme de pensar en Juani. Esa noche no. En el camino hacia la entrada, Ronie se despertó. Todavía mareado, miró por la ventana tratando de ver dónde estaba, pero parecía no terminar de entender. Ya no gritaba. Dos calles antes de salir de La Cascada nos cruzamos con la camioneta de Teresa Scaglia. "¿Esa es Teresa?", preguntó Ronie. "Sí." Ronie se agarró la cabeza y empezó a llorar, primero bajo, como un lamento, y después ahogado. Lo miré por el espejo retrovisor, acurrucado, lastimado. Intenté calmarlo con palabras, pero no fue posible, y me fui acostumbrando a su letanía. Como al dolor que se instala de a poco, como a las conversaciones llenas de palabras huecas. Cuando llegué al sanatorio ya no escuchaba el llanto de mi marido. Pero el llanto estaba. "¿Por qué llora así?", le preguntó el médico de guardia. "¿Duele mucho?" "Tengo miedo", respondió Ronie.

Capítulo 2

Virginia siempre decía que aunque la casa de los Scaglia no era la mejor de Altos de la Cascada, era la que más llamaba la atención de los clientes de su inmobiliaria. Y si había alguien que sabía de mejores y peores casas en nuestro barrio, esa era ella. Sin duda la casa del Tano era una de las más grandes del country, y eso también marcaba una diferencia. Muchos de nosotros la mirábamos con cierta envidia, aunque ninguno se atrevería a confesarlo. De ladrillo enrasado, con techo de teja pizarra negra a varias aguas y carpintería de madera blanca, tenía dos plantas, seis dormitorios, ocho baños, sin contar el de la pieza de servicio. Salió en dos o tres revistas de decoración gracias a los contactos del arquitecto que la construyó. En la planta alta funcionaba un home theatre, y junto a la cocina, un family con muebles de ratán y una mesa de madera y hierro patinado color óxido. El living estaba frente a la pileta de natación y desde los sillones color arena, frente al ventanal que iba de pared a pared y del piso al techo, uno tenía la sensación de que estaba en el deck de madera que se extendía en cuanto terminaba la galería.

En el jardín cada arbusto había sido puesto en un lugar predeterminado de acuerdo con su color, altura, espesor, movimiento. "Es mi carta de presentación", decía Teresa, que al poco tiempo de mudarse a La Cascada abandonó grafología para empezar a estudiar paisajismo y, aunque no necesitaba trabajar, siempre parecía a la búsqueda de nuevos clientes, como si conquistarlos representara para ella mucho más que un nuevo jardín que atender. En su casa no había plantas marchitas ni apestadas, no había plantas que hubieran nacido porque sí, porque voló una semilla y allí cayó, no se veían hormigueros ni babosas. El pasto era como una alfombra de un verde intenso, inmaculado, sin matices. En una línea imaginaria, en el punto exacto donde cambiaba el color del pasto, terminaba el jardín y comenzaba la cancha de golf, el hoyo 17; un bunker de arena sobre el costado izquierdo, y un hazard, un pequeño espejo de agua artificial, sobre la derecha, completaban la vista desde la casa.

Teresa entró por la puerta que da al estacionamiento. No necesitó usar llaves, en Altos de la Cascada no echamos llave a las puertas. Dice que le llamó la atención no oír las risotadas típicas de su marido y sus amigos. Nuestros amigos. Risotadas ahogadas en alcohol. Y se alegró de no tener que ir a saludarlos, estaba demasiado cansada como para tolerar los mismos chistes de siempre, dijo. Como todos los jueves, se habían juntado a comer y a jugar a las cartas y por tradición, desde tiempo atrás, ese día sus mujeres tenían que ir al cine. Excepto Virginia, que hacía tiempo había dejado de ir con excusas de distinto tipo que nadie se molestaba en analizar demasiado, y en voz baja todos atribuíamos su alejamiento a sus problemas económicos. Los hijos de los Scaglia tampoco estaban esa noche; Matías dormía en casa de los Florín, y Sofía, muy a su pesar, por la insistencia de su padre había ido a dormir a la casa de sus abuelos maternos. Y la mucama de franco, el propio Tano había establecido que se tomara su descanso los jueves para que ese día nadie en la casa pudiera molestarlo ni a él ni a sus amigos, interrumpiendo por lo que fuera su partida de cartas.

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