viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 06

Vendimos una casa de fin de semana que habíamos heredado de la familia de Ronie, una de las pocas cosas de esa herencia que nos quedaba por vender, y compramos la casa de los Antieri. Fue, como me gusta decir a mí, "un negocio redondo". Y el primer indicio de que la cosa de comprar y vender casas me gustaba, lo llevaba adentro. Aunque por ese entonces no sabía tanto del negocio como ahora. Antieri se había suicidado dos meses atrás. La viuda estaba desesperada por dejar cuanto antes la casa donde su marido, y padre de sus cuatro hijas, se había volado los sesos. En el living. Un living chico, con el comedor incorporado en ele. Casi todas las casas de las primeras épocas en Altos de la Cascada y en otros countries similares tenían livings pequeños. Es que en aquella época, hablemos de los 50, los 60 o hasta los 70, no se tenía una casa tan lejos de Buenos Aires para recibir gente y hacer reuniones sociales. La Panamericana como la conocemos hoy, con su doble carril y asfalto impecable, no existía ni en sueños. Si se invitaba a amigos o parientes, era a la aventura de pasar un día de campo, se aprovechaba el jardín, la zona de deportes, se los llevaba a andar a caballo o a jugar al golf. La época de mostrar alfombras importadas y sillones comprados en las mejores casas de Buenos Aires llegaría varios años después. Nosotros nos mudamos en un tiempo intermedio, no eran los 60, pero tampoco se habían instalado los 90. Aunque era fácil darse cuenta de que estábamos mucho más cerca de éstos que de aquéllos, no sólo por una cuestión cronológica. Terminamos tirando una pared y agrandamos unos metros el living aprovechando un escritorio que sabíamos que no íbamos a utilizar.

Lo de Antieri fue un domingo al mediodía. Los gritos de la mujer se escucharon desde la cancha de golf. La casa está casi frente a la salida del hoyo 4, y todavía hoy Paco Pérez Ayerra, en aquella temporada capitán de la cancha, cuenta cada tanto la historia del long drive que tiró fuera de límite porque los gritos estallaron justo cuando su madera 1 impactaba en la pelota. Decían que Antieri había sido militar o de la marina, o algo así. Nadie sabía muy bien qué. Pero de uniforme. No se daban mucho con sus vecinos, no hacían deporte, no iban a las fiestas. Sus nenas sí, poco, cada tanto se las veía. Pero ellos no tenían vida social. Venían los fines de semana y se encerraban en esa casa. Los últimos tiempos él se quedaba toda la semana, solo, con las persianas bajas, dicen que limpiando su colección de armas. No hablaba con nadie. Por eso no creo que haya que buscar motivos concretos ni darle demasiado crédito a esa versión que corrió por el barrio que cuenta que Antieri había amenazado volarse los sesos según el resultado de las elecciones del 89. Esa amenaza la había hecho un actor y la había cumplido, salió en todos los noticieros; alguien juntó una anécdota con la otra y echó a andar el rumor.

Cuando vi la casa por primera vez, lo que más me llamó la atención fue el escritorio de Antieri, ese que después terminamos tirando. El orden y la limpieza que había ahí adentro me intimidaban. Una biblioteca llena de libros forraba todas las paredes. Lomos perfectos, intactos, de cuero color bordó o verde. Y dos vitrinas donde guardaba sus armas, de distintos calibres y modelos. Lustradas, sin un resto de polvo, brillantes. Mientras recorríamos el escritorio, Juani, que tenía apenas cinco años, se acercó a la biblioteca, sacó un libro, lo tiró al piso y se paró encima. El lomo del libro se venció. Ronie lo corrió de un tirón de pelo. Se lo llevó afuera a retarlo sin testigos, estaba furioso. Yo me ocupé del libro, le sacudí la huella del zapato de Juani. Traté de acomodarlo, lo sentí liviano y lo di vuelta. Era hueco. No había páginas adentro, sólo las tapas duras, una caja de falsa literatura. Leí sobre el lomo Fausto de Goethe. Lo dejé en su lugar. Entre La vida es sueño, de Calderón de la Barca, y Crimen y castigo, de Dostoievski. Todos huecos. Hacia la derecha seguían dos o tres clásicos más, y luego se repetía, La vida es sueño, Fausto, Crimen y castigo, en letras doradas de filigrana. La misma serie en todos los estantes.

La casa la sacamos por nada. Las ofertas de varios interesados anteriores se fueron cayendo a medida que se enteraban de que alguien se había pegado un tiro ahí. La viuda no lo decía, ni la persona de la inmobiliaria preocupada por venderla. Pero el rumor corría y por algún lado llegaba. A mí, de verdad, no me importó; yo no soy supersticiosa. Y para colmo, en el momento de firmar aparecieron algunos problemas de papeles en la sucesión, así que la viuda corrió con todos los gastos, incluidos los que nos correspondían a nosotros, los Guevara. Hasta recuperé doscientos pesos más cuando le vendí a Rita Mansilla los lomos de libros huecos que la viuda no se había querido llevar y que no hacían más que juntar polvo en el depósito del fondo.

Finalmente la casa nos terminó costando apenas unos quince mil dólares más que la de fin de semana que vendimos, y la nueva tenía dos mil metros de terreno, con doscientos cincuenta metros cubiertos, tres baños en suite, dependencias de servicio. Luminosa, si no fuera porque Antieri cerraba todas las persianas. Antes de mudarnos pintamos los ambientes de blanco para que pareciera más luminosa todavía. Un truco de inmobiliaria de Buenos Aires; con el tiempo supe que en La Cascada no hacían falta esos artilugios. En La Cascada el sol entra en la casa por las ventanas abiertas, no hay edificios que hagan sombra, ni medianeras que no dejen llegar la luz. Sólo en parques muy arbolados puede haber problemas de luz y sombra, pero no era el caso.

Fue el primer buen negocio inmobiliario que concreté en mi vida. Y desde entonces me fui entusiasmando con el tema. Casi como un juego. Si me enteraba de que alguien andaba mal de dinero, que alguna pareja se separaba o que a algún marido desocupado le salía un trabajo en el exterior y emigraban, o que emigraban aunque no le hubiera salido ningún trabajo, cansado de ser un desocupado con cancha de golf y pileta que mantener, enseguida pensaba a quién le podía interesar esa casa y los contactaba.

Fue así como dos años más tarde les vendía el terreno a los Scaglia. A los pocos días de que el ministro, que había sido de Relaciones Exteriores, ocupara el sillón de Economía, para el que verdaderamente lo habían convocado, y consiguiera que el Congreso le aprobara la ley de convertibilidad. Un dólar, un peso. El famoso "uno a uno" que nos hizo creer que otra vez podíamos, y facilitó el éxodo a lugares como Altos de la Cascada.

Hay hechos, sólo algunos, menos de los que uno cree, que de no haber ocurrido, nuestras historias serían otras. Haberle vendido ese terreno a los Scaglia, en aquel marzo de 1991, fue sin lugar a duda uno de ellos.

(Ver página 07)
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