viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 26

Hubo un break de media hora donde se sirvieron vinos y quesos. Carmen no tomó. Era el colegio donde iban sus hijos. Tenía miedo de sí misma. El vino era un Valmont que Alfredo tenía prohibido que entrara a su bodega —"vino berreta, doce mangos para abajo es todo berreta"—. En medio de bries y roquefort, el maestro era abordado por mujeres que le mostraban dibujos a mano alzada de sus casas. Carmen pensó que el experto en Feng Shui podría acceder a una categoría aún más alta que la de un arquitecto en el ranking de amantes posibles de la zona. No por atractivo, sino por exótico. Los organizadores repartían folletos de nuevos eventos para el resto del año: "Cómo cultivar orquídeas", para el mes de septiembre; "El arte de catar vinos", para octubre; "Nieztche, una aproximación a su obra" e "Iniciación a la ópera", para noviembre; "Los límites y los hijos", como cierre del año, en la primera semana de diciembre, con la participación del mismo psicólogo que conducía el talk show donde Carmen había visto al chico que fumaba marihuana. Miró a su alrededor, la gente se movía con las copas casi sin beber. El líquido bordó se mecía al compás de risas y charlas. Y pensó que tal vez, si apenas se mojaba los labios. Pero no se atrevió. Cinco minutos antes de reanudar la conferencia los mozos empezaron a recoger las copas. Casi todas tenían restos de vino, algunas ni se habían tocado. Carmen decidió que esperaría a que entraran todos y entonces se tomaría media copa en el baño. Estaba decidida a hacerlo. Pero Teresa la agarró de un brazo y la llevó adentro del auditorio otra vez. "Interesante, ¿no?", dijo Teresa, mientras mordía un pedazo de gruyere. "Interesante", le respondió Carmen sin poder dejar de pensar en las copas a medio tomar que quedaban sobre la mesa.

En el resto del seminario el maestro de Feng Shui se dedicó a analizar supuestas casas. Con slides de última generación fue mostrando distintos planos. En todos había una leyenda inferior que decía "Orientación Pa Kua", una frase que se había repetido varias veces durante la charla y que, aunque se esforzó, Carmen no pudo recordar qué quería decir. El maestro explicaba qué representaba cada rincón de la casa, mientras señalaba en el aire con un puntero de madera. Habló del lugar reservado a la Carrera o Profesión, del rincón de los Conocimientos, del de la Familia, del de los Hijos. Cuando explicó el lugar reservado a la Riqueza, Nane dijo: "No ves que mi arquitecto era un pelotudo, y todavía se queja de que no le pagamos los adicionales. ¡Justo en el rincón de la riqueza puso un closet que está siempre cerrado con llave!, ¿podes creer?". "Lo vas a tener que tirar abajo o hacer un Ta Ta Mi en la terraza", le sugirió Lala. "¿Por qué no probas primero dejando la puerta abierta?", dijo Teresa. "Meterte a hacer obra en tu casa con lo linda que está y lo impecable que la tenés, sería una pena. ¿Les dije que a la mía le vienen a hacer fotos del suplemento de arquitectura de La Nación este viernes?” “¿En serio?”

Con el último slide, el maestro de California ilustró en detalle el rincón que el Feng Shui le atribuye a la Pareja y el Matrimonio. La parte posterior de la casa, a la derecha. Justo donde Alfredo había hecho construir la bodega. Habló de la importancia de que en ese lugar la energía sea positiva, yin y yang, pero positiva, que fluya, que no haya obstrucciones, que se neutralicen efectos negativos con espejos, caireles y cañas de bambú. Y que se evite bajo cualquier circunstancia la presencia de chi o energía vital estancada, o sea, chi que no pueda fluir, zonas donde el movimiento y la salida sean difíciles, lugares húmedos, llenos de cosas, poco aireados, con polvo, oscuros, sin vida. Como una bodega.

Cuando Teresa Scaglia la dejó en su casa eran casi las diez de la noche. El auto de Alfredo no estaba, demasiado temprano para que estuviera. Carmen sabía que sus hijos estarían encerrados en sus respectivos dormitorios chateando, y la mucama leyendo la Biblia en el cuarto de servicio. "Las empleadas evangelistas lo que tienen de bueno es que no roban, se los prohíbe su religión, ¿sabías, no?", le había dicho Teresa cuando se la recomendó unos meses atrás. Pero ella seguía prefiriendo a Gabina. Pasó por la cocina, agarró una copa y un sacacorchos y fue a la bodega. Abrió la puerta. Estaba más húmeda y fría que la noche misma. Recorrió las botellas, no daba lo mismo cualquiera. Pasó por alto el Rutini. Se detuvo en un Finca La Anita. Sacó la botella. Cosecha 95. Dudó. Lo devolvió a su lugar y seis botellas más adelante se decidió por uno de los tres Vega Sicilia Único cosecha 79 que Alfredo había traído de Madrid en su último viaje. El viaje al que quiso ir solo porque tenía que cerrar una operación muy importante y no quería distracciones. Todavía tenía la etiqueta con el precio, doscientos setenta euros. Casi tanto como aquella noche en el Sheraton, esa que quedó para siempre grabada en el resumen de la tarjeta de crédito de su marido. Aquella que pasó con alguien, tal vez con la misma con la que compró en España ese vino. Tal vez otra. Lo descorchó. Iba a servirse en la copa pero se arrepintió. Levantó la botella, brindó a la salud de los chinos y del Feng Shui, y tomó un trago que duró hasta que tuvo que respirar.

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