lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 50

Montag retrocedió entre las sombras.
-No tema -dijo la voz-. Sea usted bienvenido.
Montag se adelantó lentamente hacia el fuego, y hacia los cinco viejos allí sentados, vestidos con pantalones y chaquetas de color azul oscuro. No supo qué decirles.
-Siéntese -dijo el hombre que parecía ser el jefe del pequeño grupo-. ¿Quiere café?
Montag contempló la humeante infusión que era vertida en un vaso plegable de aluminio y que seguidamente Pusieron en sus manos. Montag sorbió cautelosamente el brebaje y se dio cuenta de que los hombres le miraban con curiosidad. Se quemó los labios, pero aquello resultaba agradable. Los rostros que le rodeaban eran barbudos pero las barbas eran limpias, pulcras, lo mismo que las manos. Se habían levantado como para dar la bienvenida a un invitado y, entonces, volvieron a sentarle. Montag sorbió el café.
-Gracias -dijo-. Muchísimas gracias.
-Sea usted bien venido, Montag. Yo me llamo Granger. -El hombre alargó una botellita de líquido incoloro-. Beba esto también. Cambiará la composición química de su transpiración. Dentro de media hora olerá como otra persona. Teniendo en cuenta que el Sabueso le está buscando, lo mejor es esto.
Montag bebió el amargo líquido.
-Apestará como una comadreja, pero no tiene importancia -dijo Granger-.
-Conoce usted mi nombre -observó Montag_
Granger señaló un televisor portátil que había junto al fuego.
-Hemos visto la persecución. Nos hemos figurado que huiría hacia el Sur, a lo largo del río. Cuando le hemos oído meterse en la selva como un alce borracho, no nos hemos escondido como solemos hacer. Hemos supuesto que estaría en el río cuando los helicópteros con las cámaras se han vuelto hacia la ciudad. Allí ocurre algo gracioso. La cacería sigue en marcha, aunque en sentido opuesto.
-¿En sentido opuesto?
-Echemos una ojeada.
Granger puso el televisor en marcha. La imagen era como una pesadilla, condensada, pasando con facilidad de mano en mano, toda en colores revueltos y movedizos. Una voz gritó:
-¡La persecución continúa en el norte de la ciudad! ¡Los helicópteros de la Policía convergen en la Avenida Ochenta y Siete y en Elm Grove Park!
Granger asintió.
-Están inventándoselo. Usted les ha despistado en el río y ellos no pueden admitirlo. Saben que sólo pueden retener al auditorio un tiempo determinado. El espectáculo tendrá muy pronto un final brusco. Si empezasen a buscar por todo el maldito río, quizá necesitasen la noche entera. Así, pues, buscan alguna cabeza de turco para terminar con la exhibición. Fíjese. Pescarán a Montag durante los próximos cinco minutos.
-Pero cómo...
-Fíjese.
La cámara, sujeta a la panza de un helicóptero, descendió ahora hacia una calle vacía.
-¿Ve eso? -susurró Granger-. Ha de tratarse de usted. Al final de esa calle está nuestra víctima. ¿Ve cómo se acerca nuestra cámara? Prepara la escena. Intriga. Un plano largo. En este momento, un pobre diablo ha salido a pasear. Algo excepcional. Un tipo extraño. No se figure que la Policía no conoce las costumbres de los pajarracos como ése, de hombres que salen a pasear por las mañanas, sólo por el capricho de hacerlo, o porque sufren de insomnio. De cualquier modo, la policía le tiene fichado desde hace meses, años. Nunca se sabe cuándo puede resultar útil esa información. Y hoy, desde luego, ha de serles utilísima. Así pueden salvar las apariencias. ¡Oh, Dios, fíjese ahí!
Los hombres que estaban junto a la hoguera se inclinaron.
En la pantalla, un hombre dobló una esquina. De pronto, el Sabueso Mecánico entró en el campo visual. El helicóptero lanzó una docena de brillantes haces luminosos que construyeron como una jaula alrededor del hombre. Una voz gritó:
-¡Ahí está Montag! ¡La persecución ha terminado!
El inocente permaneció atónito; un cigarrillo ardía en una de sus manos. Se quedó mirando al Sabueso, sin saber qué era aquello. Probablemente, nunca llegó a saberlo. Levantó la mirada hacia el cielo y hacia el sonido de las sirenas. Las cámaras se precipitaron hacia el suelo. El Sabueso saltó en el aire con un ritmo y una Precisión que resultaban increíblemente bellos. Su aguja asomó. Permaneció inmóvil un momento, como para dar al inmenso público tiempo para apreciarlo todo: la mirada de terror en el rostro de la víctima, la calle vacía, el animal de acero, semejante a un proyectil alcanzando el blanco.
-¡Montag, no te muevas! -gritó una voz desde el Cielo
La cámara cayó sobre la víctima, como había hecho el Sabueso. Ambos le alcanzaron simultáneamente. El hombre fue inmovilizado por el Sabueso y la cámara chilló. Chilló. ¡Chilló!
Oscuridad.
Silencio.
Negrura.
Montag gritó en el silencio y se volvió.
Silencio.
Y, luego, tras una pausa de los hombres sentados alrededor del fuego, con los rostros inexpresivos, en la pantalla oscura un anunciador dijo:
-La persecución ha terminado, Montag ha muerto, Ha sido vengado un crimen contra la sociedad. Ahora, nos trasladamos al Salón Estelar del «Hotel Lux», para un programa de media hora antes del amanecer, emisión que...
Granger apagó el televisor.
-No han enfocado el rostro del hombre. ¿Se ha fijado? Ni su mejor amigo podría decir si se trataba de usted. Lo han presentado lo bastante confuso para que la imaginación hiciera el resto. Diablos -murmuró-. Diablos...
Montag no habló, pero, luego, volviendo la cabeza, permaneció sentado con la mirada fija en la negra pantalla, tembloroso.
Granger tocó a Montag en un brazo.
-Bienvenido de entre los muertos. -Montag inclinó la cabeza. Granger prosiguió-: Será mejor que nos conozca a todos. Este es Fred Clement, titular de la cátedra Thomas Hardigan, en Cambridge, antes de que se convirtiera en una «Escuela de Ingeniería Atómica>>,. Este otro es el doctor Simmons, de la Universidad de California en Los Ángeles, un especialista en Ortega y Gasset; éste es el profesor
West que se especializó en Ética, disciplina olvidada actualmente, en la Universídad de Columbia. El reverendo Padover, aquí presente, pronunció unas conferencias hace treinta años y perdió su rebaño entre un domingo y el siguiente, debido a sus opiniones. Lleva ya algún tiempo con nosotros. En cuanto a mí, escribí un libro titulado Los dedos en el guante; la relación adecuada entre el
individuo y la sociedad y... aquí estoy. ¡Bien venido, Montag!
-Yo no soy de su clase -dijo Montag, por último, con voz lenta-. Siempre he sido un estúpido.
-Estamos acostumbrados a eso. Todos cometimos algún error, si no, no estaríamos aquí. Cuando éramos individuos aislados, lo único que sentíamos era cólera. Yo golpeé a un bombero cuando, hace años, vino a quemar mi biblioteca. Desde entonces, ando huyendo. ¿Quiere unirse a nosotros, Montag?
-Sí.
-¿Qué puede ofrecemos?
-Nada. Creía tener parte del Eclesiastés, y tal vez un poco del de la Revelación, pero, ahora, ni siquiera me queda eso.
-El Eclesiastés sería magnífico. ¿Dónde lo tenía?
-Aquí.
Montag se tocó la cabeza.
-¡Ah! -exclamó Granger, sonriendo y asintiendo con la cabeza-.
-¿Qué tiene de malo? ¿No está bien? -preguntó Montag.
-Mejor que bien; ¡perfecto! -Granger se volvió hacia el reverendo-. ¿Tenemos un Eclesiastés?
-Uno. Un hombre llamado Harris, de Youngtown.
-Montag -Granger apretó con fuerza un hombro de Montag-. Tenga cuidado. Cuide su salud. Si algo le ocurriera a Harris, usted sería el Eclesiastés. ¡Vea lo importante que se ha vuelto de repente!
- ¡Pero si lo he olvidado!
-No, nada queda perdido para siempre. Tenemos sistemas de refrescar la memoria.
-¡Pero si ya he tratado de recordar!
-No lo intente. Vendrá cuando lo necesitemos. Dos de nosotros tenemos memorias fotográficas, pero pasamos la vida entera aprendiendo a olvidar cosas que en realidad están dentro. Simmons, aquí presente ha trabajado en ello durante veinte años, y ahora hemos perfeccionado el método de modo que podemos recordar cualquier cosa que hayamos leído una vez. ¿Le gustaría algún día, Montag, leer La República de Platón?
-¡Claro!
-Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer Marco Aurelio? Mr. Simmons es Marco.
-¿Cómo está usted? -dijo Mr. Simmons-.
-Hola -contestó Montag-.
-Quiero presentarle a Jonathan Swift, el autor de ese malicioso libro político, Los viajes de Gulliver. Este otro sujeto es Charles Darwin, y aquél es Schopenhauer, y aquél, Einstein, y el que está junto a mí es Mr. Albert Schweitzer, un filósofo muy agradable, desde luego. Aquí estamos todos, Montag, Aristófanes, Mahatma Gandhi, Gautama Buda, Confucio, Thomas Love Peacock, Thomas Jefferson y Mr. Lincoln. Y también somos Mateo, Marco, Lucas y Juan.
-No es posible -dijo Montag-.
-Sí lo es -replicó Granger, sonriendo-. También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley Internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí. Y ya va siendo tarde. Y la guerra ha empezado. Y estamos aquí, y la ciudad está allí, envuelta en su abrigo de un millar de colores. ¿En qué piensa, Montag?

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