lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 23

-Era tan sensata como tú y como yo, quizá más, y la quemamos
-Agua pasada no mueve molino.
-No, agua no, fuego. ¿Has visto alguna casa quemada? Humea durante días.
Bueno, no olvidaré ese incendio en toda mi vida. ¡Dios! Me he pasado la noche tratando de apartarlo de mi cerebro. Estoy loco de tanto intentarlo.
-Hubieses debido pensar en eso antes de hacerte bombero.
-¡Pensar! ¿Es que pude escoger? Mi abuelo y mi padre eran bomberos. En mi sueño, corrí tras ellos.
La sala de estar emitía una música bailable.
-Hoy es el día en que tienes el primer turno -dijo Mildred-. Hubieses debido marcharte hace dos horas. Acabo de recordarlo.
-No se trata sólo de la mujer que murió -dijo Montag-- Anoche, estuve meditando sobre todo el petróleo que he usado en los últimos diez años. Y también en los libros. Y, por primera vez, me di cuenta de que había un hombre detrás de cada uno de ellos. Un hombre tuvo que haberlo ideado. Un hombre tuvo que emplear mucho tiempo en trasladarlo al papel. Y ni siquiera se me había ocurrido esto hasta ahora.
Montag saltó de la cama.
-Quizás algún hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia, y, entonces, me presenté yo y en dos minutos, izas!, todo liquidado.
-Déjame tranquila -dijo Mildred-. Yo no he hecho nada.
-¡Dejarte tranquila! Esto está muy bien, pero, ¿cómo puedo dejarme tranquilo a mí mismo? No necesitamos que nos dejen tranquilos. De cuando en cuando, precisamos estar seriamente preocupados. ¿Cuánto tiempo hace que no has tenido una verdadera preocupación? ¿Por algo importante, por algo real?
Y luego calló, porque se acordó de la semana pasada, y las dos piedras blancas que miraban hacia el techo y la bomba con aspecto de serpiente, los dos hombres, de rostros impasibles, con los cigarrillos que se movían en su boca cuando hablaban. Pero aquélla era otra Mildred, una Mildred tan metida dentro de la otra, y tan preocupada, auténticamente preocupada, que ambas mujeres nunca habían llegado a encontrarse. Montag se volvió.
-Bueno, ya lo has conseguido -dijo Mildred Ahí, frente a la casa. Mira quién hay.
-No me interesa.
-Acaba de detenerse un automóvil «Fénix» y se acerca un hombre en camisa negra con una serpiente anaranjada dibujada en el brazo.
-¿El capitán Beatty?
-El capitán Beatty.
Montag no se movió, y siguió contemplando la fría blancura de la pared que quedaba delante de él.
-¿Quieres hacerle pasar? Dile que estoy enfermo.
-¡Díselo tú!
Ella corrió unos cuantos pasos en un sentido, otros pasos en otro, y se detuvo con los ojos abiertos, cuando el altavoz de la puerta de entrada pronunció su nombre suavemente, suavemente, «Mrs. Montag, Mrs. Montag; aquí hay alguien, aquí hay alguien, Mrs. Montag, Mrs. Montag, aquí hay alguien».
Montag se cercioró de que el libro estaba bien oculto detrás de la almohada, regresó lentamente a la cama, se alisó el cobertor sobre las rodillas y el pecho, semiincorporado; y, al cabo de un rato, Mildred se movió y salió de la habitación, en la que entró el capitán Beatty con las manos en los bolsillos.
-Ah, hagan callar a esos «parientes» -dijo Beatty, mirándolo todo a su alrededor, exceptuados Montag y su esposa-.
Esta vez, Mildred corrió. Las voces gemebundas cesaron de gritar en la sala.
El capitán Beatty se sentó en el sillón más cómodo, con una expresión apacible en su tosco rostro. Preparó y encendió su pipa de bronce con calma y lanzó una gran bocanada de humo.
-Se me ha ocurrido que vendría a ver cómo sigue el enfermo.
-¿Cómo lo ha adivinado?
Beatty sonrió y descubrió al hacerlo las sonrojadas encías y la blancura y pequeñez de sus dientes.
-Lo he visto todo. Te disponías a llamar para pedir la noche libre.
Montag se sentó en la cama.
-Bien -dijo Beatty-. ¡Coge la noche!
Examinó su eterna caja de cerillas, en cuya tapa decía GARANTIZADO: UN MILLON DE LLAMAS EN ESTE ENCENDEDOR, y empezó a frotar, abstraído, la cerilla química, a apagarla de un soplo, encenderla, apagarla, encenderla, a decir unas cuantas palabras, a apagarla. Contempló la llama. Sopló, observó el humo.
-¿Cuándo estarás bien?

(Ver página 24)