lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 30

Mildred se echó a reír.
-¡No es más que un perro! ¿Quieres que lo ahuyente?
-¡Quédate donde estás!
Silencio. La fría lluvia caía. Y el olor a electricidad azul soplando por debajo de la puerta cerrada.
-Sigamos trabajando -dijo Montag-.
Mildred pegó una patada a un libro.
-Los libros no son gente. Tú lees y yo estoy sin hacer nada, pero no hay nadie.
Montag contempló la sala de estar, totalmente apagada y gris como las aguas de un océano que podían estar llenas de vida si se conectaba el sol electrónico.
-En cambio -dijo Mildred-, mi «familia» si es mi gente. Me cuentan cosas. ¡Me río y ellos se ríen' ¡Y los colores!
-Si, lo sé
-Y, además, si el capitán Beatty se enterase de lo de esos libros... –Mildred recapacitó. Su rostro mostró sorpresa y, después, horror-. ¡Podría venir y quemar la casa y la «familia»! ¡Esto es horrible! Piensa en nuestra inversión. ¿Por qué he de leer yo? ¿Para qué?
-¡Para qué! ¡Por qué! -exclamó Montag-. La otra noche vi la serpiente más terrible del mundo. Estaba muerta y, al mismo tiempo, viva. Fue en el Hospital de Urgencia donde llenaron un informe sobre todo lo que la serpiente sacó de ti. ¿Quieres ir y comprobar su archivo? Quizás encontrases algo bajo Guy Montag o tal vez bajo Miedo o Guerra. ¿Te gustaría ir a esa casa que quemamos anoche? ¡Y remover las cenizas buscando los huesos de la mujer que prendió fuego a su propia casa! ¿Qué me dices de Clarisse McCIellan? ¿Dónde hemos de buscarla? ¡En el depósito! ¡Escucha!
Los bombarderos atravesaron el cielo, sobre la casa, silbando, murmurando, como un ventilador inmenso e invisible que girara en el vacío.
-¡Válgame Diosl -dijo Montag-. Siempre tantos chismes de ésos en el cielo. ¿Cómo diantres están esos bombarderos ahí arriba cada segundo de nuestras vidas? ¿Por qué nadie quiere hablar acerca de ello? Desde 1960, iniciamos y ganamos dos guerras atómicas. ¿Nos divertirnos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? ¿Acaso somos tan ricos y el resto del mundo tan pobre que no nos preocupamos de ellos? He oído rumores. El mundo padece hambre, pero nosotros estamos bien alimentados. ¿Es cierto que el mundo trabaja duramente mientras nosotros jugamos? ¿Es por eso que se nos odia tanto? También he oído rumores sobre el odio, hace muchísimo tiempo. ¿Sabes tú por qué? ¡Yo no, desde luego! Quizá los libros puedan sacarnos a medias del agujero. Tal vez pudieran impedirnos que cometiéramos los mismos funestos errores. No esos estúpidos en tu sala de estar hablando de, Dios, Millie, ¿no te das cuenta? Una hora al día, horas con estos libros, y tal vez...
Sonó el teléfono. Mildred descolgó el aparato.
-¡Ann! -Se echó a reír.- ¡Sí, el Payaso Blanco actúa esta noche!
Montag se encaminó a la cocina y dejó el libro abajo.
«Montag -se dijo-, eres verdaderamente estúpido ¿Adónde vamos desde aquí?
¿Devolveremos los libros, los olvidamos?»
Abrió el libro, no obstante la risa de Mildred.
«¡Pobre Millie! -pensó-. ¡Pobre Montag! También para ti carece de sentido. Pero, ¿dónde puedes conseguir ayuda, dónde encontrar a un maestro a estas alturas?»
Aguardó. Montag cerró los ojos. Sí, desde luego. Volvió a encontrarse pensando en el verde parque un año atrás. Últimamente, aquel pensamiento había acudido muchas veces a su mente pero, en aquel momento, recordó con claridad aquel día en el parque de la ciudad, cuando vio a aquel viejo vestido de negro que ocultaba algo, con rapidez, bajo su chaqueta.
El viejo se levantó de un salto, como si se dispusiese a echar a correr. Y Montag dijo:
-¡Espere!

(Ver página 31)
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