lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 15

Bueno, quiero decir que hubo una época...
-¡Hubo una época! -repitió Beatty-. ¿Qué manera de hablar es ésa?
«Tonto -pensó Montag-, te has delatado.» En el último fuego, un libro de cuentos de hadas, del que casualmente leyó una línea...
-Quiero decir -aclaro-, que en los viejos días, antes de que las casas estuviesen totalmente a prueba de incendios... -De pronto, pareció que una voz mucho más joven hablaba por él. Montag abrió la boca y fue Ciarisse MacCiellan la que preguntaba-: ¿No se dedicaban los bomberos a apagar incendios en lugar de provocarlos y atizarlos?
-¡Es el colmo!
Stoneman y Black sacaron su libro guía, que también contenía breves relatos sobre los bomberos de América Y los dejaron de modo que Montag, aunque familiarizado con ellos desde hacía mucho tiempo, pudiese leer:

Establecidos en 1790 para quemar los libros influencia inglesa de las colonias.
Primer bombero Benjamín Franklin.
REGLAS

1. Responder rápidamente a la alarma.
2. Iniciar el fuego rápidamente.
3. Quemarlo todo.
4. Regresar inmediatamente al cuartel.
5. Permanecer alerta para otras alarmas.


Todos observaban a Montag. Éste no se movía.
Sonó la alarma.
La campana del techo tocó doscientas veces. De pronto hubo cuatro sillas vacías.
Los naipes cayeron como copos de nieve. La barra de latón se estremeció. Los hombres se habían marchado.
Montag estaba sentado en su silla. Abajo, el dragón anaranjado tosió y cobró vida.
Montag se deslizó por la barra, como un hombre que sueña.
El Sabueso Mecánico daba saltos en su perrera con los ojos convertidos en una llamarada verde.
-¡Montag, te olvidas del casco!
El aludido lo cogió de la pared que quedaba a su espalda, corrió, saltó, y se pusieron en marcha, con el viento nocturno martilleado por el alarido de su sirena y su poderoso retumbar metálico.
Era una casa de tres plantas, de aspecto ruinoso, en la parte antigua de la ciudad, que contaría, por lo menos, un siglo de edad; pero, al igual que todas las casas, había sido recubierta muchos años atrás por una delgada capa de plástico ignífuga, y aquella concha protectora parecía ser lo que la mantuviera erguida en el aire.
-¡Aquí están!
El vehículo se detuvo. Beatty, Stoneman y Black atravesaron corriendo la acera, repentinamente odiosos y gigantescos en sus gruesos trajes a prueba de llamas.
Montag les siguió.
Destrozaron la puerta principal y aferraron a una mujer, aunque ésta no corría, no intentaba escapar. Se limitaba a permanecer quieta, balanceándose de uno a otro pie, con la mirada fija en el vacío de la pared, como si hubiese recibido un terrible golpe en la cabeza. Movía la boca, y sus ojos parecían tratar de recordar algo. y, luego, lo recordaron y su lengua volvió a moverse:
-«Pórtate como un hombre, joven Ridley. Por la gracia de Dios, encenderemos hoy en Inglaterra tal hoguera que confío en que nunca se apagará.»
-¡Basta de eso! -dijo Beatty-. ¿Dónde están.
Abofeteó a la mujer con sorprendente impasibilidad, y repitió la pregunta. La mirada de la vieja se fijó en Beatty.
-Usted ya sabe dónde están, o, de lo contrario, no habría venido -dijo-.
Stoneman alargó la tarjeta de alarma telefónica, con la denuncia firmada por duplicado, en el dorso:
“Tengo motivos para sospechar del ático. Elm, número 11 ciudad.
E. B”.

-Debe de ser Mrs. Blake, mi vecina -dijo la mujer, leyendo las iniciales-.
-¡Bueno, muchachos, a por ellos!
Al instante, iniciaron el ascenso en la oscuridad, golpeando con sus hachuelas plateadas puertas que, sin embargo, no estaban cerradas, tropezando los unos con los otros, como chiquillos, gritando y alborotando.
¡Eh!
Una catarata de libros cayó sobre Montag mientras éste ascendía vacilante, la empinada escalera. ¡Qué inconveniencia! Antes, siempre había sido tan sencillo como apagar una vela. La Policía llegaba primero, amordazaba y ataba a la víctima y se la llevaba en sus resplandecientes vehículos, de modo que cuando llegaban los bomberos encontraban la casa vacía. No se dañaba a nadie, únicamente a objetos. Y puesto que los objetos no podían sufrir, puesto que los objetos no sentían nada ni chillaban o gemían, como aquella mujer podía empezar a hacerlo en cualquier momento, no había razón para sentirse, después, una conciencia culpable. Era tan sólo una operación de limpieza. Cada cosa en su sitio. ¡Rápido con el petróleo! ¿Quién tiene una cerilla?

(Ver página 16)