lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 39

Mildred anticipó esto con voz temblorosa.
-Amigas, una vez al año, cada bombero está autorizado para llevarse a casa un libro de los viejos tiempos, a fin de demostrar a su familia cuán absurdo era todo, cuán nervioso puede poner a uno esas cosas, cuán demente. La sorpresa que Guy nos reserva para esta noche es leeros una muestra que revela lo embrolladas que están las cosas. Así pues, ninguna de nosotras tendrá que preocuparse nunca más acerca de esa basura, ¿no es verdad?
-Diga «sí».
Su boca se movió como la de Faber:
-Sí.
Mildred se apoderó del libro, al tiempo que lanzaba una carcajada.
-¡Dame! Lee éste. No, ya lo cojo yo. Aquí está ese verdaderamente divertido que has leído en voz alta hace un rato. Amigas, no entenderéis ni una palabra. Sólo dice despropósitos. Adelante, Guy, es en esta página. Montag miró la página abierta. Una mosca agitó levemente las alas dentro de su oído.
-Lea.
-¿Cómo se titula?
-Paloma en la playa.
Tenía la boca insensible.
-Ahora, léelo en voz alta y clara, y hazlo lentamente.
En la sala, hacía un calor sofocante; Montag se sentía lleno de fuego, lleno de frialdad; estaban sentados en medio de un desierto vacío, con tres sillas y él en pie, balanceándose mientras esperaba a que Mrs. Phelps terminara de alisarse el borde de su vestido, y Mrs. Bowles apartara los dedos de su cabello. Después empezó a leer con voz lenta y vacilante, que fue afirmándose a medida que progresaba de línea. Y su voz atravesó un desierto, la blancura, y rodeó a las tres mujeres sentadas en aquel gigantesco vacío.

El Mar es Fe
Estuvo una vez lleno, envolviendo la tierra.
Yacía como los pliegues de un brillante manto dorado
Pero, ahora, sólo escucho
Su retumbar melancólico, prolongado, lejano,
En receso, al aliento
Del viento nocturno, junto al melancólico borde
De los desnudos guijarros del mundo.
Los sillones en que se sentaban las tres mujeres crujieron.
Montag terminó:
Oh, amor, seamos sinceros
El uno con el otro. Por el mundo que parece
Extenderse ante nosotros como una tierra de ensueños,
Tan diversa, tan bella, tan nueva,
Sin tener en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,
Ni certidumbre, ni sosiego, ni ayuda en el dolor;
Y aquí estamos nosotros como en lóbrega llanura,
Agitados por confusos temores de lucha y de huida
Donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.


Mrs. Phelps estaba llorando.
Las otras, en medio del desierto, observaban su llanto que iba acentuándose al mismo tiempo que su rostro se contraía y deformaba. Permanecieron sentadas, sin tocarla, asombradas ante aquel espectáculo. Ella sollozaba inconteniblemente.
El propio Montag estaba sorprendido Y emocionado.
-Vamos vamos -dijo Mildred-. Estás bien, Clara, deja de llorar. Clara, ¿qué ocurre?
- Yo... yo -sollozó Mrs. Phelps-. No lo sé, no lo sé, es que no lo sé. ¡Oh, no... Mrs. Bowles se levantó y miró, furiosa, a Montag.
-¿Lo ve? Lo sabía, eso era lo que quería demostrar. Sabía que había de ocurrir. Siempre lo he dicho, poesía y lágrimas, poesía y suicidio y llanto y sentimientos terribles, poesía y enfermedad. ¡Cuánta basura! Ahora acabo de comprenderlo. ¡Es usted muy malo, Mr. Montag, es usted muy malo!
Faber dijo:
-Ahora...
Montag sintió que se volvía y, acercándose a la abertura que había en la pared, arrojó el libro a las llamas que aguardaban.
-Tontas palabras, tontas y horribles palabras, que acaban por herir -dijo Mrs. Bowles-. ¿Por qué querrá la gente herir al prójimo? Como si no hubiera suficiente maldad en el mundo, hay que preocupar a la gente con material de este estilo.
-Clara, vamos, Clara -suplicó Mildred, tirando de un brazo de su amiga-. Vamos, mostrémonos alegres, conecta ahora la
-No -dijo Mrs. Bowles-. Me marcho directamente a casa. Cuando quieras visitar mi casa y mi «familia», magnífico. ¡Pero no volveré a poner los pies en esta absurda casa?
-Váyase a casa. -Montag fijó los ojos en ella, serenamente-. Váyase a casa y piense en su primer marido divorciado, en su segundo marido muerto en un reactor Y en su tercer esposo destrozándose el cerebro. Váyase a casa y piense en eso, y en su maldita cesárea también, y en sus hijos, que la odian profundamente, Váyanse a casa y piensen en cómo ha sucedido todo, en si han hecho alguna vez algo para impedirlo ¡Acasa, a casa! -vociferó Montag-. Antes de que las derribe de un puñetazo y las eche a patadas.
Las puertas golpearon y la casa quedó vacía. Montag se quedó solo en la fría habitación, cuyas paredes tenían un color de nieve sucia.
En el cuarto de baño se oyó agua que corría. Montag escuchó cómo Mildred sacudía en su mano las tabletas de dormir.
-Tonto, Montag, tonto. ¡Oh, Dios, qué tonto! -repetía Faber en su oído-.
-¡Cállese!

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