lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 19

-Di.
-Cuándo nos encontramos. Y dónde.
-¿Cuándo nos encontramos para qué? -preguntó ella-.
-Quiero decir... por primera vez.
Montag comprendió que ella estaría frunciendo el ceño en la oscuridad.
Aclaró conceptos:
-¿Dónde y cuándo nos conocimos?
-ÍOh! Pues fue en...
La mujer calló.
-No lo sé -reconoció al fin-.
Montag sintió frío.
-¿No puedes recordarlo?
-Hace mucho tiempo.
-¡Sólo diez años, eso es todo, sólo diez!
-No te excites, estoy tratando de pensar.-Mildred emitió una extraña risita que fue haciéndose más y más aguda-. ¡Qué curioso! ¡Qué curioso no acordarse de dónde o cuándo se conoció al marido o a la mujer!
Montag se frotaba los ojos, las cejas y la nuca, con lentos movimientos. Apoyó ambas manos sobre sus ojos y apretó con firmeza, como para incrustar la memoria en su sitio. De pronto, resultaba más importante que cualquier otra cosa en su vida saber dónde había conocido a Mildred.
-No importa.
Ella estaba ahora en el cuarto de baño, y Montag oyó correr el agua y el ruido que hizo Mildred al beberla.
-No, supongo que no -dijo-.
Trató de contar cuántas veces tragaba, y pensó en la visita de los dos operarios con los cigarrillos en sus bocas rectilíneas y la serpiente de ojo electrónico descendiendo a través de capas y capas de noche y de piedra y de agua remansada de primavera, y deseó gritar a su mujer: «¿Cuántas te has tomado esta noche? ¡Las cápsulas! ¿Cuántas te tomarás después sin saberlo? ¡Y seguir así hora tras hora! ¡Y quizá no esta noche, sino mañana! ¡Y yo sin dormir esta noche, ni mañana, ni ninguna otra durante mucho tiempo, ahora que esto ha empezado!».
Y Montag se la imaginó tendida en la cama, con los dos operarios erguidos a su lado, no inclinados con preocupación, sino erguidos, con los brazos cruzados' Y recordó haber pensado entonces, que si ella moría, estaba seguro que no había de llorar. Porque sería la muerte de una desconocida, un rostro visto en la calle, una imagen del periódico; y, de repente, le resultó todo tan triste que había empezado a llorar, no por la muerte, sino el pensar que no lloraría cuando Mildred muriera, un absurdo hombre vacío junto a una absurda mujer vacía, en tanto que la hambrienta serpiente la dejaba aún más vacía.
«¿Cómo se consigue quedar tan vacío? -se preguntó Montag-. ¿Quién te vacía?
¡Y aquella horrible flor del otro día, el diente de león! Lo había comprendido todo ¿verdad? "¡Qué vergüenza! ¡No está enamorado de nadie!" y ¿ por qué no?»
Bueno, ¿no existía una muralla entre él y Mildred pensándolo bien? Literalmente, no sólo un muro,. tres, en realidad. Y, además, muy caros. Y los tíos, las tías, los primos, las sobrinas, los sobrinos que vivían en aquellas paredes, la farfullante pandilla de simios que no decían nada, nada, y lo decían a voz en grito. Desde el principio, Montag se había acostumbrado a llamarlos parientes. «¿Cómo está hoy, tío Louis?» «¿Quién?» «¿ tía Maude?» En realidad, el recuerdo más significativo que tenía de Mildred era el de una niñita en un bosque sin árboles (¡qué extraño) o, más bien, de una niñita perdida en una meseta donde solía haber árboles (podía percibirse el recuerdo de sus formas por doquier), sentada en el centro de la «sala de estar». La sala de estar ¡Qué nombre más bien escogido! Llegara cuando llegara, allí estaba Mildred, escuchando cómo las paredes le hablaban.
-¡Hay que hacer algo!

(Ver página 20)