lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 25

-¡No! -susurró Montag-.
-El cierre de cremallera desplaza al botón y el hombre ya no dispone de todo ese tiempo para pensar mientras se viste, una hora filosófica y, por lo tanto, una hora de melancolía.
-A ver -dijo Mildred-.
-Márchate -replicó-.
-La vida se convierte en una gran carrera, Montag. Todo se hace aprisa, de cualquier modo.
-De cualquier modo -repitió Mildred, tirando de la almohada-.
-¡Por amor de Dios déjame tranquilo! -gritó Montag, apasionadamente.
A Beatty se le dilataron los ojos.
La mano de Mildred se había inmovilizado detrás de la almohada. Sus dedos seguían la silueta del libro y a medida que la forma le iba siendo familiar, su rostro apareció sorprendido Y, después, atónito. Su boca se abrió para hacer una pregunta...
-Vaciar los teatros excepto para que actúen payasos, e instalar en las habitaciones paredes de vidrio de bonitos colores que suben y bajan, como confeti, sangre, jerez o sauterne. Te gusta la pelota base, ¿verdad, Montag?
-La pelota base es un juego estupendo.
Ahora Beatty era casi invisible, sólo una voz en algún punto, detrás de una cortina de humo.
-¿Qué es esto? -preguntó Mildred, casi con alegría. Montag se echó hacia atrás y
cayó sobre los brazos de ella-. ¿Qué hay aquí?
- ¡Siéntate! -gritó Montag. Ella se apartó de un salto, con las manos vacías-.
¡Estamos hablando!
Beatty prosiguió como si nada hubiese ocurrido.
-Te gustan los bolos, ¿verdad, Montag?
-Los bolos, sí.
-¿Y el golf?
-El golf es un juego magnífico.
-¿Baloncesto?
-Un juego magnífico.
-¿Billar? ¿Fútbol?
-Todos son excelentes.
-Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar, ¿eh? Organiza y superorganiza superdeporte. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe menos Y menos impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. El refugio de la gasolina. Las ciudades se convierten en moteles, la gente siente impulsos nómadas y va de un sitio para otro, siguiendo las mareas, viviendo una noche en la habitación donde otro ha dormido durante el día y el de más allá la noche anterior.

Mildred salió de la habitación y cerró de un portazo. Las «tías» de la sala de estar empezaron a reírse de los «tíos» de la sala de estar.
-Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. En este libro, en esta obra, en este seria¡ de televisión la gente no quiere representar a ningún pintor, cartógrafo o mecánico que exista en la realidad. Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto.
Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean máquinas de escribir. Eso hicieron. Las revistas se convirtieron en una masa insulsa y amorfa. Los libros, según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que
quería, permitió la supervivencia de los libros de historietas. Y de las revistas eróticas tridimensionales, claro está. Ahí tienes, Montag. No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o periódicos profesionales.
-Sí, pero, ¿qué me dice de los bomberos?

(Ver página 26)