lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 29

Ambos se volvieron para observar la puerta. Y los libros estaban desparramados por doquier, formando, incluso; montones.
-¡Beatty! -susurró Mildred-.
-No puede ser él.
-¡Ha regresado! -susurró ella-.
La voz volvió a llamar suavemente:
-Hay alguien aquí...
-No contestaremos.
Montag se recostó en la pared, y, luego, con lentitud, fue resbalando hasta quedar en cuclillas. Entonces empezó a acariciar los libros, distraídamente, con el pulgar y el índice. Se estremecía y, por encima de todo, deseaba volver a guardar los libros en el hueco del ventilador, pero comprendió que no podría enfrentarse de nuevo con Beatty. Montag acabó por sentarse, en tanto que la voz de la puerta de la calle volvía a hablar, con mayor insistencia. Montag cogió del suelo un volumen
pequeño.
-¿Por dónde empezamos? -Abrió a medias un libro y le echó una ojeada-.
Supongo que tendremos que empezar por el principio.
-El volverá -dijo Mildred-, y nos quemará a nosotros y a los libros.

La voz de la puerta de la calle fue apagándose por fin. Reinó el silencio. Montag sentía la presencia de alguien al otro lado de la puerta, esperando, escuchando.
Luego, oyó unos pasos que se alejaban.
-Veamos lo que hay aquí -dijo Montag-.
Balanceó estas palabras con terrible concentración. Leyó una docena de páginas salteadas y, por último, leyó en voz alta:
-Se ha calculado que, en épocas diversas, once mil personas han preferido morir que someterse a romper los huevos por su extremo más afilado.
Mildred se le quedó mirando desde el otro lado del vestíbulo.
-¿Qué significa esto? ¡Carece de sentido! ¡El capitán tenía razón!
-Bueno, bueno -dijo Montag-. Volveremos a empezar. Esta vez por el principio.

Segunda Parte: La Criba y la Arena

Ambos leyeron durante toda la larga tarde, mientras la fría lluvia de noviembre caía sobre la silenciosa casa. Permanecieron sentados en el vestíbulo, porque la sala de estar aparecía vacía y poco acogedora en sus paredes iluminadas de confeti naranja y amarillo, y cohetes, y mujeres en trajes de lamé dorado, y hombres de frac sacando conejos de sombreros plateados. La sala de estar resultaba muerta, y Mildred le lanzaba continuas e inexpresivas miradas, en tanto que Montag andaba de un lado al otro del vestíbulo para agacharse y leer una página en voz alta.
No podemos determinar el momento concreto en que nace la amistad. Como al llenar un recipiente gota a gota, hay una gota final que lo hace desbordarse, del mismo modo, en una serie de gentilezas hay una final que acelera los latidos del corazón.
Montag se quedó escuchando el ruido de la lluvia.
-¿Era eso lo que había en esa muchacha de al lado? ¡He tratado de comprenderlo!
-Ella ha muerto. Por amor de Dios, hablemos de alguien que esté vivo.
Montag no miró a su esposa al atravesar el vestíbulo y dirigirse a la cocina, donde permaneció mucho rato, observando cómo la lluvia golpeaba los cristales.
Después, regresó a la luz grisácea del vestíbulo y esperó a que se calmara el temblor que sentía en todo su cuerpo.
Abrió otro libro.
-El tema favorito, yo.
Miró de reojo a la pared.
-El tema favorito, yo.
-Eso sí que no lo entiendo -dijo Mildred-,
-Pero el tema favorito de Clarisse no era ella. Era cualquier otro, y yo. Fue la primera persona que he llegado a apreciar en muchos años. Fue la primera persona que recuerde que me mirase cara a cara, como si fuese importante. -Montag cogió los dos libros-. Esos hombres llevan muertos mucho tiempo, pero yo sé que sus palabras señalan, de una u otra manera, a Clarisse.
Por el exterior de la puerta de la calle, en la lluvia, se oyó un leve arañar.
Montag se inmovilizó. Vio que Mildred se echaba hacia atrás, contra la pared, y lanzaba una exclamación ahogada.
-Está cerrada.
-Hay alguien... La puerta... ¿Por qué la voz no nos dice... ?
Por debajo de la puerta, un olfateo lento, una exhalación de corriente eléctrica.


(continuará)




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