lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 09

-El frasquito estaba vacío.
-Yo no haría una cosa como ésa, ¿Por qué tendría que haberlo hecho?
-Quizá te tomaste dos píldoras, lo olvidaste, volviste a tomar otras dos, y así sucesivamente hasta quedar tan aturdida que seguiste tomándolas mecánicamente hasta tragar treinta o cuarenta de ellas.
-Cuentos -dijo ella-. ¿Por qué podría haber querido hacer semejante tontería?
-No lo sé.
Era evidente que Mildred estaba esperando a que Montag se marchase.
-No lo he hecho -insistió la mujer-. No lo haría ni en un millón de años.
-Muy bien. Puesto que tú lo dices...
-Eso es lo que dice la señora.
Ella se concentró de nuevo en el guión.
-¿Qué dan esta tarde? -preguntó Montag con tono aburrido-.
Mildred volvió a mirarle.
-Bueno, se trata de una obra que transmitirán en circuito moral dentro de diez minutos. Esta mañana me han enviado mi papel por correo. Yo les había enviado varias tapas de cajas. Ellos escriben el guión con un papel en blanco. Se trata de una nueva idea. La concursante, o sea yo, ha de recitar ese papel. Cuando llega el momento de decir las líneas que faltan, todos me miran desde las tres paredes, y yo les digo. Aquí, por ejemplo, el hombre dice: «¿Qué te parece esta idea, Helen?» Y me mira mientras yo estoy sentada aquí en el centro del escenario, ¿comprendes? Y yo replico, replico... –Hizo una pausa y, con el dedo, buscó una línea del guión-.«¡Creo que es estupenda!» Y así continúan con la obra hasta que él dice: «¿Está de acuerdo con esto, Helen?», y yo «¡Claro que sí!» ¿Verdad que es divertido, Guy?
El permaneció en el vestíbulo, mirándola.
-Desde luego, lo es -prosiguió ella-.
-¿De qué trata la obra?
-Acabo de decírtelo. Están esas personas llamadas Bob, Ruth y Helen.
-¡Oh!
-Es muy distraída. Y aún lo será más cuando podamos instalar televisión en la cuarta pared. ¿Cuánto crees que tardaremos ahora para poder sustituir esa pared por otra con televisión? Sólo cuesta dos mil dólares.
-Eso es un tercio de mi sueldo anual.
-Sólo cuesta dos mil dólares -repitió ella-. Y creo que alguna vez deberías tenerme cierta consideración. Si tuviésemos la cuarta pared... ¡Oh! Sería como si esta sala ya no fuera nuestra en absoluto, sino que perteneciera a toda clase de gente exótica. Podríamos privarnos de algunas cosas.
-Ya nos estamos privando de algunas para pagar la tercera pared. Sólo hace dos meses que la instalamos. ¿Recuerdas?
-¿Tan poco tiempo hace? -se lo quedó mirando durante un buen rato-. Bueno, adiós.
-Adiós -dijo él. Se detuvo y se volvió hacia su mujer-. ¿Tiene un final feliz?
-Aún no he terminado de leerla.
Montag se acercó, leyó la última página, asintió, dobló el guión y se lo devolvió a Mildred. Salió de casa y se adentró en la lluvia.
El aguacero iba amainando, y la muchacha andaba por el centro de la acera, con la cabeza echada hacia atrás para que las gotas le cayeran en el rostro.
Cuando vio a Montag, sonrió.
-¡Hola!
Él contestó al saludo y después, dijo:
-¿Qué haces ahora?
-Sigo loca. La lluvia es agradable. Me encanta caminar bajo la lluvia.
-No creo que a mí me gustase.
-Quizá sí, si lo probara.
-Nunca lo he hecho.
Ella se lamió los labios.
-La lluvia incluso tiene buen sabor.
-¿A qué te dedicas? ¿A andar por ahí probando todo una vez? -inquirió Montag-.
-A veces, dos.
La muchacha contempló algo que tenía en una mano
-¿Qué llevas ahí?

(Ver página 10)
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