lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 17

Con torpes movimientos, los hombres traspusieron la puerta. Volvieron la cabeza hacia Montag, quien permanecía cerca de la mujer.
-¡No iréis a dejarla aquí! -protestó él-.
-No quiere salir.
-¡Entonces, obligadla!
Beatty levantó una mano, en la que llevaba oculto el deflagrador.
-Hemos de regresar al cuartel. Además, esos fanáticos siempre tratan de suicidarse. Es la reacción familiar.
Montag apoyó una de sus manos en el codo de la mujer.
-Puede venir conmigo.
-No -contestó ella-. Gracias, de todos modos.
-Vamos a contar hasta diez -dijo Beatty-. Uno, Dos.
-Por favor -dijo Montag-.
-Márchese -replicó la mujer-. Tres. Cuatro.
-Vamos.
Montag tiró de la mujer.
-Quiero quedarme aquí -contestó ella con serenidad-.
-Cinco. Seis.
-Puedes dejar de contar -dijo ella-.
Abrió ligeramente los dedos de una mano; en la palma de la misma había un objeto delgado.
Una vulgar cerilla de cocina.
Esta visión hizo que los hombres se precipitaran fuera y se alejaran de la casa a todo correr. Para mantener su dignidad, el capitán Beatty retrocedió lentamente a través de la puerta principal, con el rostro quemado, brillante gracias a un millar de incendios y de emociones nocturnas. “Dios -pensó Montag-, ¡cuán cierto es! La alarma siempre llega de noche. ¡Nunca durante el día” ¿Se debe a que el fuego es más bonito por la noche? ¿Más espectacular, más llamativo? El rostro sonrojado de Beatty mostraba, ahora, una leve expresión de pánico. Los dedos de la mujer se engarfiaron sobre la cerilla.
Los vapores del petróleo la rodeaban. Montag sintió que el libro oculto latía como un corazón contra su pecho.
- Váyase -dijo la mujer-, y Montag, mecánicamente, atravesó el vestíbulo, saltó por la puerta en pos de Beatty, descendió los escalones, cruzó el jardín, donde las huellas del petróleo formaban un rastro semejante al de un caracol maligno.
En el porche frontal, a donde ella se había asomado para calibrarlos silenciosamente con la mirada, y había una condena en aquel silencio, la mujer permaneció inmóvil.
Beatty agitó los dedos para encender el petróleo.
Era demasiado tarde. Montag se quedó boquiabierto.
La mujer, en el porche, con una mirada de desprecio hacia todos, alargó el brazo y encendió la cerilla, frotándola contra la barandilla.
La gente salió corriendo de las casas a todo lo largo de la calle.
No hablaron durante el camino de regreso al cuartel, rehuían mirarse entre sí.
Montag iba sentado en el banco delantero con Beatty y con Black. Ni siquiera fumaron sus pipas. Permanecían quietos, mirando por la parte frontal de la gran salamandra mientras doblaban una esquina y proseguían avanzando silenciosamente.
-Joven Ridley -dijo Montag por último-.
-¿Qué? -Preguntó Beatty-.
-Ella ha dicho «joven Ridley»- . Cuando hemos llegado a la puerta, ha dicho algo absurdo. «Pórtate como un hombre, joven Ridley», dijo. Y no sé qué más.
-«Por la gracia de Dios, encenderemos hoy en Inglaterra tal hoguera que confío en que nunca se apagará» -dijo Beatty-.

(Ver página 18)