lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 21

- Sí.
La voz de ella era débil.
Montag sintió que era una de las criaturas insertadas electrónicamente entre las ranuras de las paredes de fonocolor, que hablaba, pero que sus palabras no atravesaban la barrera de cristal. Sólo podía hacer una pantomima, con la esperanza de que ella se volviera y viese. A través del cristal, les era imposible establecer contacto.
-Mildred, ¿te acuerdas de esa chica de la que he hablado?
-No.
-Quería hablarte de ella. Es extraño.
-Oh, sé a quién te refieres.
-Estaba seguro de ello.
-Ella -dijo Mildred, en la oscuridad-.
¿Qué sucede? -preguntó Montag-.
-Pensaba decírtelo. Me he olvidado. Olvidado.
-Dímelo ahora. ¿De qué se trata?
-Creo que ella se ha ido.
-¿Ido?
-Toda la familia se ha trasladado a otro sitio. Pero ella se ha ido para siempre, creo que ha muerto.
-No podemos hablar de la misma muchacha.
-No. La misma chica. McClellan. McClellan. Atropellada por un automóvil. Hace cuatro días. No estoy segura. Pero creo que ha muerto. De todos modos, la familia se ha trasladado. No lo sé. Pero creo que ella ha muerto.
-¡No estás segura de eso!
-No, segura, no. Pero creo que es así.
-¿Por qué no me lo has contado antes?
-Lo olvidé.
-¡Hace cuatro días!
-Lo olvidé por completo.
-Hace cuatro días -repitió él, quedamente, tendido en la cama-.
Permanecieron en la oscura habitación, sin moverse.
-Buenas noches -dijo ella-.
Montag oyó un débil roce. Las manos de la mujer se movieron El auricular se movió sobre la almohada como una mantis religiosa, tocado por la mano de ella.
Después volvió a estar en su oído, zumbando ya.
Montag escuchó y su mujer canturreaba entre dientes.
Fuera de la casa una sombra se movió, un viento otoñal sopló y amainó en seguida. Pero había algo más en el silencio que él oía. Era como un aliento exhalado contra la ventana. Era como el débil oscilar de un humo verdoso luminiscente, el movimiento de una gigantesca hoja de octubre empujada sobre el césped y alejada.
«El Sabueso -pensó Montag- esta noche, está, fuera. Ahora está ahí fuera. Si abriese la ventana...
Pero no la abrió.
Por la mañana, tenía escalofríos y fiebre.
-No es posible que estés enfermo -dijo Mildred
Él cerró los ojos.
-Sí.
-¡Anoche estabas perfectamente!
-No, no lo estaba.

(Ver página 22)