sábado, 23 de mayo de 2009

Vidas de pibes chorros - Capítulo 5

Al fin y al cabo no era la primera vez que Matilde enfrentaba el devenir sola. En definitiva casi había nacido con ese destino: vino al mundo un día de 1957 en Mar del Plata y su padre biológico, agente raso de la policía bonaerense, murió asesinado por un malevo cuando ella aún no había cumplido un año. Por eso Matilde y su hermano mayor dejaron la ciudad para instalarse en el pueblo de la familia materna, Chillar, cerca de Azul. Allí por lo menos su madre podría trabajar de planchadora en la tintorería de unos tíos. Y mientras ella se ganaba un salario, los abuelos maternos y los tíos criaban de a turnos a los chicos. Matilde recuerda esa infancia de provincia como una etapa feliz. «Ellos incluso me mandaron a jardín, nunca me faltó nada.» Cuando tenía siete años su madre conoció a su segundo y todavía marido. Y al poco tiempo se mudaron todos a Olavarría donde él era operario de la fábrica de cemento de Amalia Lacroze de Fortabat. A Matilde y su hermano no les faltaron los zapatos, los dos fueron al secundario a sendas escuelas religiosas de Azul, adonde los llevaban cada día en carros tirados por caballos. Matilde marcaría en su vida una curva que iría, por demasiadas razones, de aquella niña mimada a una mujer al frente de un hogar de seis hijos mantenidos con el trabajo de juntar cartones en carros similares a los de antaño.
Hasta los quince estuvo con su madre y su padrastro, con quienes no recuerda mayores conflictos. Pero después de su maravillosa fiesta de quince, Matilde recibió la pésima noticia de que se venía un hermano en camino. Fue mujer y eso lo hizo un ser aún más detestable, reconoce, autocrítica después de treinta años. Luego, para colmo, vinieron los mellizos. Hacia los dieciséis, los gritos y las peleas con el hombre al que finalmente le decía papá fueron insoportables. Hizo todo lo posible para marcharse, para no vivir un segundo más en compañía de esa competencia intolerable de hijos legítimos. La única alternativa fue ingresar como niñera de una pareja de médicos de Olavarría: prestó servicios durante tres años, de los dieciséis a los diecinueve. Y otra vez volvió a sentirse ahogada. Quiso visitar a su abuelo materno en el pueblo, no la dejaron, y decidió renunciar. Encontró ayuda en una prima casada con un gitano de Mar del Plata. Para allá partió Matilde, sin saber que ella también terminaría enredada con un amigo de la pareja, también gitano. Ella se dejó llevar. Él se enamoró. Matilde tiene unas fotos maravillosas de esa época, donde ella es una reina pop con el pelo lacio y los ojos más verdes de la costa. «El problema es que según sus tradiciones cuando un gitano se enamora no hay otra salida que el casamiento, y esa idea de quedar prendida para siempre a mí no me gustó nada, así que pronto me escapé.» Partió para Morón, sola otra vez, hacia la casa de otra familia de la comunidad. Allí se quedó hasta que a los dos meses supo que no sólo su novio gitano, sino también su suegro, llegarían a buscarla. Decidió entonces apurar los planes que en secreto había logrado hacer con la dueña de casa como cómplice: huir las dos del casamiento obligatorio hacia el Tigre, donde las refugiarían en la casa de los parientes de la otra.
Llegó a vivir a la villa Garrote. Hacían la digestión de la segunda cena cuando al rancho de Tigre llegaron los hombres de la familia despechada a buscarla. «Ellos iban a pelear a morir para recuperar esa presa que se les había escapado. No teníamos salida, era por la fuerza o nada, así que a mí me hicieron saltar por el rancherío del fondo.» Cruzó un cerco como una valla de competición y se refugió a la orilla de un brazo del río Luján. No era profundo pero ella no se animaba a meterse en el agua sucia del riacho por el pánico a las anguilas. Un buen muchacho que la vio le tiró un tronco como si fuera una capa de antiguo caballero y Matilde cruzó hasta la otra orilla.
Su amiga no alcanzó a escapar. Tuvo que volver con los gitanos. Ella se quedó a vivir en el rancho de los familiares ajenos. Fue durante la mejor época de la murga en la historia de la zona norte. Por aquel entonces ardían cada verano los carnavales que sobre la avenida Avellaneda hacían bailar a todo Virreyes y aledaños. Fue en esas fiestas donde conoció a Mario Fuentes, un joven lleno de alegría que tocaba una guitarra con la que se paseaba por los patios veraniegos y los asados. Así se enamoraron; escuchando y bailando los Wawancó, Los Iracundos, Julio Jaramillo y Rosamel Araya.
Ocho meses anduvieron de novios. Hasta que Matilde quedó embarazada de Estela. Se amucharon en la casa de los padres de él y pasaron varios años hasta que nació Javier. Era un bebé cuando Fuentes comenzó a ver a otra mujer, a la salida de su trabajo como apilador de maderas en un aserradero. Matilde nunca fue una chica de humores apagados. Así que “la otra” trajo a la pareja el conflicto permanente. Él comenzó a beber más de la cuenta. Estaba borracho el día de la última pelea, el día en que ella se cansó. Él levantó la mano para azotarle la cara. Ella le hincó la tijera cerca del pulmón. Dejó a los chicos durmiendo y marchó a la Otero.
La Otero es la comisaría de San Fernando donde luego sus hijos estarían más de una vez presos. Allí se animó a hacer la denuncia por golpes, aunque ya estaba embarazada por tercera, vez. Esperaba a Manuel. Dijo que tenía miedo, pidió que la acompañaran a su casa. Fueron en una estanciera azul, se acuerda ahora Matilde. Apenas ella entró al rancho, Fuentes se le tiró encima como un animal herido y furioso. En el corto tiempo que ella había demorado en denunciarlo Fuentes se había tomado un litro de vino. Lo inmovilizaron entre varios y lo esposaron para llevárselo. Los chicos se despertaron con los ruidos. Estela recién aprendía a caminar. De la mano llevó a un policía hasta el cajón de la cómoda donde sabía que su padre escondía un arma cargada.
Matilde tardó apenas unas horas en trasladar lo poco que tenía a la casa de una vecina evangelista. Con su último sueldo de obrera en una fábrica compró los pasajes para volver a Olavarría a la casa de sus padres. Pasó casi todo el embarazo de Manuel acompañada por su familia, y el niño nació casi con la democracia, en la ciudad cementera. Fuentes se enteró, y no tardó en llegar escoltado por su propia madre y una cuñada, a buscar a su mujer y sus hijos. Se reconciliaron. Volvieron todos juntos a San Fernando. El romance duró lo que les llevó el primer enfrentamiento. Volvió a abandonarlo y en uno de esos veranos, en el carnaval de la calle Avellaneda al fondo, conoció al Pájaro Miranda. Él sería el padre de sus otros dos hijos, Daniel y Gonzalito. «Decidimos casarnos legalmente y para cobrarme lo que Fuentes me había hecho lo anoté a Manuel como hijo de Miranda. Fue una venganza”, confiesa Matilde.
Entiendo entonces por qué Manuel siempre me ha dicho que se lleva bien con su padre legítimo y que quiere recuperar su apellido, que ha intentado hacer el trámite del DNI. Entre el Pájaro y él nunca hubo sonrisas. Su padre Mario, en cambio, le despierta todas las simpatías: “A mi viejo lo sigo viendo, está todo bien, voy a la casa de él, nos llevamos bárbaro. Él es ayudante de albañil y además anda con los gallos, con los pájaros. A los gallos los cría y los hace pelear, los demás apuestan ‘y levanta la plata cuando gana el gallo de él”. Cuando Matilde se juntó con Miranda, Fuentes quiso recuperar a sus hijos, especialmente al primer varón, Javier. Matilde decidió hacerlo desaparecer del barrio: lo mandó a Olavarría. Javier vivió con un tío entre los tres y los siete años. Javier tiene un recuerdo de ensueño de ese tiempo provinciano. “Yo me acuerdo que tenía zapatillas, que tenía guardapolvos, que iba a la escuela, después tomaba la leche, salía a jugar un rato, hacía los deberes y a las ocho y media adentro, nada de andar en la calle.”
Fue avanzada la década del noventa cuando la historia de los Fuentes y los Miranda comenzó a complicarse. Hasta ese momento sostenían la casa con el sueldo de Matilde como operaria y el de Miranda que era vigilador privado y carnicero. La fábrica cerró y Miranda pronto también perdió los dos empleos. Fue la imaginación de una vecina la que les dio una alternativa. Se le ocurrió que podían comprar rejillas, trapos para lavar, a bajo costo, para revenderlos como ambulantes en las barreras de los trenes, desde Congreso hasta Sucre, en el barrio de Belgrano. Era otra época, vendían casi todo lo que llevaban hasta la Capital. Y como volvían con las manos vacías se entusiasmaban en revisar lo que los nuevos ricos y las clases medias beneficiadas por el primer impulso del menemismo tiraban a la basura. Eran épocas de recambio de muebles, de accesorios del hogar, de electrodomésticos. Ellos hurgaban en esas sobras. “Volvíamos cirujeando, al comienzo como una diversión, para aprovechar, y después ya para vivir de eso.” Matilde y sus hijos fueron de los primeros que en la villa San Francisco, cuando la calle Sarratea todavía no era calle y los ranchos se desparramaban por el campito que da ahora a un depósito, tuvieron caballos y carros para salir a cirujear. Al frente, mirando hacia lo que queda de la villa después de la urbanización, Matilde tenía el rancho, con dos piezas. Sobre los fondos había una caballeriza que más tarde se transformaría en la entrada secreta para los pibes al escapar de los tiros de la policía.
Matilde y sus hijos estuvieron en las primeras filas excluidas, desempleadas, puestas en crisis por el menemismo, cuando la devastación para las clases medias y hasta para las medias bajas se veía como un imposible tras la fortaleza imbatible del uno a uno. Cuando empezó el trabajo de ciruja dejaba como para comer, pero nunca, cuenta Matilde, para esos gustos que sus chicos veían en Belgrano darse a los hijos de las clases “pudientes”. Javier, Manuel y Simón fueron dejando la escuela a su turno cada uno. Nunca habían sido los más tranquilos. En la escuela los chicos mostraron sus personalidades. Manuel siempre más callado, a un costado, sin usurpar el protagóñico que quedaba, en principio, para el mayor. Javier, el más grande, cuando regresó de Olavarría se convirtió poco a poco en un referente de las travesuras escolares. Eran muy parecidos, más parecidos que hoy, y las maestras se confundían al culparlos por los pequeños hechos de sus tardes escolares. Era común, recuerda Matilde, que los chicos fueran juntos a la dirección, y que volvieran a casa con la oreja roja de los tirones. Sentados ante las autoridades eran obligados a confesar, como si fueran mellizos, cuál de ellos había sido el del lío a sancionar. Nunca consiguieron que se traicionaran, pero podría decirse con seguridad que esa instancia de sanciones fue la que después vieron repetirse a lo largo de la adolescencia, bajo la forma de la justicia de menores que tanto tiempo los mandó a encerrar. Pero eso fue apenas un poco más tarde, cuando Javier, Manuel y Simón ingresaron, casi sin preámbulos al asalto a mano armada que les daría dinero como para vivir ellos también, a su manera, la fiesta que los sectores más acomodados vivían a pleno con el gobierno de la corrupción, el tráfico y el robo a gran escala.

A la semana de haber conocido a Simón teníamos una cita para volver a vernos y sentarnos a hablar con tiempo. Faltaba un día para el encuentro. Era temprano. Me desperté con el sonido del teléfono. Dejé que atendiera el contestador automático. Entre sueños escuché la voz de Sabina Sotello: «Habla Sabina para dejarte el mensaje, de que... lamentablemente el hijo de Matilde tuvo un accidente, está muy mal, está en un coma profundo, en terapia. Y bueno, están tratando de que Simón pueda venir del instituto a ver al hermano, así que lo vas a encontrar muy jorobado. Llamame más tarde, un beso”.
Pensé en Manuel, en libertad desde marzo. Temí que lo hubieran herido en un tiroteo, que hubiera roto la promesa de no regresar al delito. Más tarde me explicaron lo que había pasado: Daniel, el cuarto hijo de Matilde, de catorce años, volvía en el tren blanco asignado a los cartoneros para viajar desde la capital a la zona norte, cuando se asomó por una de las ventanas sin vidrios del vagón para ver si la próxima era la estación donde debían bajar. Fue un segundo: le estalló la cabeza contra una viga de hierro. Iba con Javier: alcanzó a sostenerlo, arrancándoselo a las vías y las ruedas del tren. El vagón iba como siempre lleno. Los que vieron el golpe, o lo escucharon, desesperaron para que frenaran. Estaban a punto de pasar por la estación de San Isidro. Pero el tren blanco sólo se detiene en algunas estaciones. El maquinista no quiso escuchar los gritos (“Frená hijo de puta, frená te digo!”), ni los golpes de los carros contra el piso del vagón. El tren siguió la ruta de siempre y Javier tuvo que esperar a que pasaran la estación de Béccar y llegaran a San Fernando para pedir una ambulancia. “Lo apoyamos en el piso, todavía está la marca de la sangre en el andén”, cuenta. La ambulancia tardó veinte minutos más en llegar. El único de los hijos de Matilde que no había pisado el camino del delito agonizaba por culpa un golpe de la misma exclusión que había provocado todas las balas de las que se salvaron sus hermanos.
Al día siguiente partí temprano a San Isidro. Simón tenía una audiencia en los tribunales y sabía que su familia pediría que le permitieran visitar a Daniel en el hospital de San Fernando. Fue un largo esperar en los tribunales varios trámites que Matilde y su hijo fueron haciendo en diferentes pisos y oficinas del edificio: Simón estaba en la calle desde la noche anterior porque le avisaron apenas su hermano entró en neurocirugía. No había querido volver al instituto. Su madre había pedido firmar un documento responsabilizándose de cualquier intento de fuga de su hijo. “Yo no voy a ser tan gil de querer escaparme cuando mi hermano esta así. Es solamente porque queremos estar en familia. Si yo quisiera ya me hubiera fugado, doctor”, le dijo al empleado judicial con el que habló. Su madre también pidió por él: “Tiene derecho a estar cerca en estos momentos. Su hermano iba en el tren blanco...”, alcanzó a decir, pero volver a reiterar el momento del accidente le hizo brotar las lágrimas. El muchacho que la atendía y que la conocía por sus tres hijos hacía seis años le dijo que no era necesario. Que podía evitar el episodio. «Vayan tranquilos.”
Mientras ella avanzaba en cada oficina, Simón me contaba su último robo, el que un viernes de junio del 99 ni siquiera llegó a comenzar, a un costado de la villa 25. Estaba con otro pibe y con un ladrón mayor de edad con quien solamente él, el Frente y Manuel, de entre todos los pibes del barrio, estaban habilitados para salir a robar. Eran las siete de la tarde. Parecían ratones encerrados, intranquilos, dando rodeos y saltitos sobre esas zapatillas con aire, circulando por los pasillos del rancho de uno al del otro, oteando cada tanto si afuera rondaba “la gorra” que podía llevárselos en cuanto los registrara por portación de armas de guerra. Como se retrasaba la partida, reconoce Simón, le dieron “un par de cañazos a un par de pibes de Aviación”, que es una villa de 202 y Panamericana, cercana a Don Torcuato. Con esos pocos pesos se fueron a comprar a un kiosco. Pasaron frente al rancho de una vecina amiga. “¿Cuándo vas a venir a tomar mate?”, preguntó la mujer. “Ahora vengo, ahora vengo”, le dijo él.
Caminó hacia la calle, y apenas dobló la esquina sólo supo que se caía, que volvía derrumbarse. “Pá! ¡Pá! ¡Pá!”, dice ahora que escuchó retumbar cerca. Disparó por reflejo contra la oscuridad, apenas unos tiros porque atinó a saltar con toda la fuerza que pudo hacia la casilla de una vecina, buscando refugio. Sintió, apenas caer, el calor de la sangre en la panza y en el brazo. Y que se venían encima, sin poder evitar quedar indefenso. La vista se le nubló, sintió que se le confundía la geografía del rancho, que ya no veía a la dueña de casa que les pedía llorando a los polis que no lo fusilaran.
—Váyase, porque a usted también la bajamos! —le decían los de la Brigada de San Isidro a la mujer.
Hasta que no sintió las esposas apretándole las muñecas, Simón no supo que eran uniformados que lo buscaban sin ánimo de fallar. “No veía nada, veía todo nublado, y me ahogaba con la sangre. Para colmo cuando ya me tenían en el piso uno me puso el fierro y me gatilló en la nuca.” Como el tiro de gracia no salió entonces con la misma pistola le dieron un “cañazo”, para partirle la cabeza.
—Yo sabía que iba a arrancar! —decía un policía, contento porque Simón había respondido apenas escuchó las balas y entonces había dado lugar a la ráfaga con la que atacaron.
—Yo sabía que iba a arrancar! —festejaba otro.
Con evidente alegría se lo llevaron. Pero no fue en una ambulancia que lo sacaron de la villa. Lo subieron a una camioneta. Faltaba el castigo del camino, una secuencia que suele repetirse: los policías comparten los golpes que dan como si se repartieran parte de un botín, como si cada culatazo, cada trompada o patada fuera parte de un botín simbólico que también dividen. “Ya me entraron a pegar. Y se iban rotando. De repente paraban y el que estaba manejando se pasaba para atrás y me pegaba. Cuando se cansaba pasaba el otro y así se iban desquitando.” Hasta que cuando estaban cerca de unas vías uno de los policías gritó:
—Ahora vamos a matarlo!
Simón pensó que hasta ahí había llegado. Que por la golpiza, o ajusticiado en el medio de la nada, lo eliminarían. Hasta que escuchó:
—No! ¡Dejá que este puto se muere en el hospital! ¡Este no vive más!
Cuando llegaron al hospital lo pusieron en el piso de la guardia, hasta que los médicos lo trasladaron a una camilla. «Después no me acuerdo más nada. Lo único que me acuerdo es que vino un señor, un enfermero que me dijo: ‘Negro, quedate tranquilo que Dios te ama’, y me palmeó la espalda.”
Cuando Simón terminó de hablar de esa noche casi fatal, y porque el consuelo del enfermero me hizo recordar al Frente y los poderes de salvación que muchos le otorgan, le pregunté si había pensado en su amigo, ahora convertido en un pequeño santo. “Yo estaba ahí, y te digo la verdad, yo estaba mal, yo estaba muerto. Me dieron dos”, dijo él y me mostró la marca del tiro en el brazo y levantándose la camisa a cuadros la cicatriz que le quedó cinco centímetros abajo del esternón como si fuera un ombligo deforme y no el lugar por donde pudo haber entrado la muerte.
— ¿Cuántos tiros tenés en realidad? —le preguntó su propia madre.
—Ocho —le contestó él.
—¿Te han quedado balas en el cuerpo? —quise saber.
—Y... la que tiene en el hígado —contestó Matilde.
Ese día —con Daniel en terapia intensiva— Matilde y Simón, Estela, Javier, Manuel, y buena parte de la villa no habían dormido. Cuando los vi en los tribunales Matilde tenía los ojos rojos y la piel de Simón era de una palidez rusa. A Daniel lo habían operado la noche anterior. Habían sido tres horas de espera. Matilde había tenido que firmar un documento antes de la cirugía en el que asumía la responsabilidad de que algo fallara: “El papel decía que podía quedar inválido, o vegetal, o ciego, o directamente morirse”. Matilde dice que ella no quería firmar, que se sentía confundida, no lograba razonar si era correcto asumir el riesgo pero tampoco encontraba alternativa. Lo miró desde sus ojos verdes hermosos a los ojos verdes hermosos de su hijo mayor, y Javier bajó los párpados diciéndole que sí. Los rezos se multiplicaron en la villa. Hubo quienes partieron a la tumba del Frente Vital a hacer por la vida de Daniel las ofrendas que casi siempre son para pedir que las balas de la Bonaerense doblen; hubo otros que prendieron velas en sus casas; muchos pusieron lo único que tienen, el cuerpo, para acompañar en la incomodidad de la sala de espera a los familiares.
Sin que mediara plan alguno, en el primer piso del hospital se fue armando una ranchada: durante los días siguiente jamás hubo menos de cuatro personas haciendo guardia por las malas noticias. Y a la hora de las visitas llegaron a juntarse hasta veinte. Ninguno de los hermanos de Daniel, ni su madre, pueden contar cuántos fueron los que los acompañaron. Entre ellos conocí esa tarde a tres mujeres que eran cruciales en la vida de Simón: “la abuela” Marga y sus hijas Emilia y Graciela. Marga no era en realidad su abuela, sino que en la villa la conocían así, como “la abuela”, y en su casa había vivido Simón los últimos meses que estuvo en libertad. Emilia era la madrina de Simón, y la primer mujer de Mauro, el ladrón de códigos que ofició de maestro del Frente Vital. Graciela era la madre de Facundo, el cuarto miembro de la banda cuando eran un grupo inseparable de corridas, robos, fiestas y aguantes. Supe entonces que Marga era además la Mai umbanda del barrio. Cuando nos presentaron me invitó a su casa.
Entre los trámites que Matilde había hecho en tribunales, además de conseguir que una jueza autorizara a Simón a no volver al encierro del instituto duránte algunos días, había pedido que el estado provincial asumiera los gastos de la internación de Daniel. Apenas había reunido el dinero para comprar los pañales que necesitaba. Era fin de mes y tampoco yo tenía un centavo para ayudar. Lo mismo le pasaba a la mayoría de los que se acercaban a poner el hombro. Lo único que no había faltado, contaban en la sala de espera, eran los cigarrillos. Pero comida no había. El hambre tampoco se había hecho sentir aplacada por la angustia, la ansiedad y los nervios. Esperamos todos a que llegaran las cinco de la tarde, la hora de la única visita diaria a los pacientes de terapia. Yo no sabía por qué motivo tenía que entrar, pero como si cayera de maduro que así debía hacer, Estela y Matilde me indicaron que me pusiera en la fila. En un pasillo interior se amontonaban los familiares de los enfermos: caras desencajadas, murmullos sobre los últimos diagnósticos, el silencio hospitalario quebrado por el respetuoso sonido de la pena. Entramos de a uno.
Matilde salió después de diez minutos. Fueron entrando los hermanos. Simón estuvo apenas unos minutos. Luego me confesó que no pudo, no supo qué hacer allí, al lado de esa cama alta, ante el cuerpo empequeñecido de Daniel conectado a todo tipo de tubos, sondas y máquinas, con la cabeza hinchada como un fruto demasiado maduro. A mí me pasó lo mismo. Nos habían dicho que podíamos hablarle, que quizás nos escuchaba. Era imposible reconocer en él la cara del chico que había sido. Atiné a decirle que lo amaban, que afuera había tanta gente como la que nunca había imaginado podía visitar a un enfermo.
En la sala de espera, los vecinos y los parientes le preguntaban a Simón por el estado de su hermano:
“Depende de él”, les contestaba a cada uno. Y ante cada nuevo personaje que llegaba se repetía la escena: el personaje saludaba a Matilde, a Estela, a Manuel; a Javier, y se quedaba en un rincón en silencio. Hasta que alguno de ellos les decía “este es el Simón” y entonces caían en la cuenta de que era el chico internado en el Almafuerte que allí estaba, tan cambiado, al final de su adolescencia, después de dos años y tres meses. Simón disfrutaba de ese desconcierto que producía. Y apenas los saludaba les largaba frases irónicas sobre su estado físico. “Qué hecho mierda que estás negro, eh!” O:
“Qué gorda que estás Mary!”. O: “Qué viejo que estás vos, eh! “. Simón estaba, sin haberlo imaginado, a raíz de la tragedia de Daniel, volviendo al barrio. Y desde esa sala de hospital comenzaba a percibir los cambios ocurridos durante su internación. Nos quedamos allí durante una hora más. Hasta que Simón quiso ir a bañarse a la villa para volver a la guardia permanente frente a la terapia intensiva del hospital.
Llegamos al barrio en un remise y no fuimos a la casa de su madre sino directamente a la de la abuela. Matilde y Estela pasarían más tarde por ahí: tenían que ver a la Mai para pedirle que intercediera por la vida de Daniel.
Yo no sabía que era la primera vez que Simón volvía a pisar el hogar que había tenido que dejar. En la mesa de la cocina estaban sentadas Emilia y Graciela con el televisor encendido en el programa de Moria Casán. En la pantalla se peleaban una morocha y su sobrina adolescente acusada de haberle robado el marido en sus narices. “Mi bebé ya tiene cara de grande”, le dijo Marga a Simón acariciándole el mentón. Las mujeres parecían felices de su regreso. Como si se tratara de una ceremonia fueron deshilvanando recuerdos de cuando Simón estaba en la calle y les alegraba los días. “Es que vos viste que Facundo está ahora adentro. Bueno, cuando empezaron a caer por ahí caía mi sobrino y nosotras nos aferrábamos todas de Simón, que había quedado afuera”, contó Emilia, la peluquera de rubio intenso y pelo corto: había sido la mujer de Mauro cuando eran adolescentes, y luego se juntó con otro ladrón de carrera que continuaba preso en Olmos por un robo nada menor. “Viste cómo es. Tanto esperar para que saliera y al final estuvo un par de semanas en la calle y ya volvió a caer.” Graciela, una mujer más delicada que su madre y su hermana, recordó: “Yo ya lo conocí atorrantón. Facundo tenía unos quince y él era un poco más chico. La primera vez cayeron acusados de robar una bici, una historia que una vieja de por acá inventó. Cuando fuimos a la comisaría con Matilde y lo vi esposado me quería morir. Porque al principio yo no sabía cómo hacer, después uno se va entrenando y se va acostumbrando”.
Aquella vez Graciela fue a rescatarlos de la seccional con Matilde, que para entonces ya estaba entrenada en el combate con la policía cada vez que alguno de sus chicos iba preso. “Traeme a la que denunció!”, le gritaba Matilde a un oficial. Graciela dice que la sorprendía cómo Matilde podía discutir y defender a su hijo frente a la policía. Fue junto a ella que aprendió. A partir de aquella bicicleta que no habían robado, nunca dejarían de ir presos cada semana, cada dos. “En todas las causas caían juntos. Hasta se hacían llevar cuando uno había zafado para estar con los otros.” Simón se ríe de que sí, de que una vez fue él mismo el que le pidió a los de la comisaría de Pacheco que lo metieran preso. “Eh, oficial, pero yo robé con ellos. Lléveme, le decía al chabón. Y él: ‘Que no, pibe, vos tomátelas, no estás en ésta’. Y yo: ‘Pero mire que yo estaba ahí, y si no robo ahora y me lleva, dele’. Tanto lo jodí que al final me dijo: ‘Bueno, querés ir adentro, vení’.”
Le iba. a hacer una entrevista a la abuela. Ella daba vueltas por la cocina preparando algo en una botella cuadrada recubierta de pársec y llena de chucherías, de amuletos y cadenas, diminutas formas en arcilla, cascabeles. Esperaba a una mujer que tenía cita con la Mai y no llegaba. “Si usted no está apurado, me puede esperar, porque yo primero tengo que hacer un trabajito”, dijo y desapareció por un pasillo vestida con una remera blanca y una pollera larga con volados. “Es que está por venir la Africana”, comentaron varias veces Graciela y Emilia mientras hacían girar la ronda del mate. Pensé que había alguien a quien le decían así. Simón pidió un papel y lapicera, Se puso a escribir una carta a Facundo, su más entrañable amigo preso. Mientras las mujeres y yo seguíamos hablando del tiempo ido y del espectáculo de Moria Casán, dos nenas jugaban entre el patio y la cocina riéndose de algo que no terminaba de comprender. La abuela trabajaba en la habitación contigua en algo. No sabía en qué, aunque sospechaba que era una ceremonia Umbanda.
Desde la habitación comenzaron a llegar frases en portuñol dichas con una voz mucho más cascada que la que había escuchado recién en la abuela. Descubrí girando en la silla que lo que separaba la cocina del otro cuarto era sólo una cortina blanca colocada a manera de muro. A través de la tela levemente traslúcida se distinguía la silueta de Marga con su abultada y larga pollera de Mai. Se había puesto además un sombrero de paja, con la forma de una capelina deshilachada, que había llenado de flores secas, pañuelos y talismanes. Acomodándoselo cada tanto con las dos manos, como una campesina graciosa, se movía con agilidad frente a un altar atiborrado de santos de yeso y velas encendidas. «Procure o minino”, decía de repente. “Vocé no sabi qui é el amor de muiher”, escupía. Afuera la tarde luminosa desaparecía poco a poco. Por la puerta de la cocina se podía ver el patio con unas sillas oxidadas alrededor de una vieja mesa de jardín y más allá la línea del horizonte sobre un descampado. El crepúsculo daba lugar a las luces pobres de la villa. Simón terminó su carta, unos párrafos gordos de letra prolija, y llegó Chaías, a pedirle una cura a la Mai. Los invitaron a pasar al templo. Y luego a mí. La Mai hablaba en portugués con la propiedad de un turista que recién llega a Florianópolis, pero con la soltura de una niña que se divierte haciendo jugar las palabras para darles siempre el tono indicado para el personaje que encarna al jugar con sus muñecas: una mamá mala, severa, una abuelita dulce y buena. La Mai no era otra que la abuela de hacía un rato pero poseída ahora por el espíritu de “la Africana”, una viejecita llena de picardía.
Al salón no se accedía por la cortina, sino por una puerta en un pasillo lateral. Apenas entrar y allí estaba la Mai junto a Graciela, que dulcemente se ocupaba de traducir sus frases, sus preguntas. Y de explicar los códigos al novato. Ce La Mai dice que podés preguntar algo, pedir por algún problema.” No supe qué contestar. “La Mai dice que puede ser que haya personas malas a las que les hiciste daño que quieren hacerte mal ahora a vos.” Entonces la Africana dijo que podía hacer algo por la supuesta venganza si conseguía siete piedras de colores y una larga lista de ofrendas. “La Mai dice que después mi mamá, la abuela de Simón —la dueña del cuerpo poseído por la Africana—, te va a decir bien qué es lo que necesitás para que ella haga un trabajo de protección.” La Mai volvió a interesarse en Simón, su preferido. Simón buscaba complicidad en las mujeres de la casa para que lo alentaran a volver a ver a Mariela, la chica que fue su novia hasta que la estadía en el -Alma- fuerte se hizo demasiado larga. Después de tanto tiempo Mariela ya vivía con otro. Por la tarde, en el hospital los otros pibes de la villa 25 hablaban de un hipotético tiroteo entre estos dos rivales amorosos. Resultaba hasta tierno escuchar los murmullos sobre esa historia de amor porque no había quién tomara partido en el asunto: sobre todo viéndolo a Simón, que lejos de parecer agresivo, era un chico de mirada descansada, una especie de pichón en un cuerpo desarrollado. La Mai, en ese sentido, era una de las más terminantes. Como abuela, antes de incorporar el espíritu, sin sombrero pernambucano en la cabeza ya le había dicho a Simón: “No podés!”. Y él, agarrándose la tela de la camisa ancha sobre el pecho, agachando la cabeza en signo de constricción, le había contestado:
—El corazón lo tengo que pegar con cintas, todavía.
Y la abuela, impasible, para cerrarle la idea, en el lenguaje de los pibes:
—Ya fue.
Como Mai se lanzó a combatir esa esperanza en Simón, que no dudó en consultarla al respecto.
—Mulher fica como una putana. Mulher vai fifar con vocé y depois fazfa con outros mininos. Despois fica con outro homi. Muiher no sirve para corazao de vocé. Ela pogi traer problema para vocé.
Lo dijo con esas voces cascadas que supuestamente tienen las magas de nuestros pagos, algo así como la machi que aparece en Nazareno Cruz y el lobo, pero en ese portuñol nada fácil, único.
—Pero yo por lo menos quiero estar una noche con ella Mai, no me importa después.
—¡Si a vocé no importa vai! ¡Vai! ¡Vai ¡Vai! ¡Vocé es duro de matera! —dijo la Mai y con la mano al viento, hizo ese gesto que puede significar andate al carajo, o hacé lo que quieras, o me doy por vencido ante tu deseo.
Luego hicieron pasar a Matilde. Le besó la mano y le habló del niño agonizante. Fue hacia el altar, hizo un rezo, prendió una vela más y buscó entre sus cosas. Tenía repisas de donde sacaba más velones, collares, amuletos. Sobre una pequeña mesa había un frasco de colonia. Cuando llegó una octava persona —ya estábamos allí Simón, las dos nenas que seguían riéndose pero entre dientes, Graciela, Chaías, Matilde— la Mai nos hizo pasar al templo, o sea distribuirnos en las sillas que rodeaban el salón decorado en versión umbanda. La Mai había colgado de las paredes todos los objetos folclóricos que había encontrado y que le habían regalado a lo largo de una extensa carrera como médium umbanda. Sobre un lado había bombos del norte, sobre el otro sombreros mexicanos, y más allá máscaras de alguna tribu meridional. La Mai de pronto prendió un cigarro, un cigarro de verdad, al que en el extremo, como un toque de sofisticación, le colocó una boquilla. Cuando estuvimos todos sentados ella hizo lo propio sobre el piso. Como una niña, o como un niño vestido de niña, ella se acomodó la pollera arrepollada que se había hecho con una tela de un estampado geométrico pero sumamente pálido, y la puso entre las piernas abiertas en posición de indiecita. En las manos batía como si fuera una maraca la botella bañada en pársec. Cada tantas pitadas tomaba un trago.
A Matilde le recomendó que consiguiera una gallina «bermella o amarela”, pero que de ninguna manera fuera “preta”. “Una mulber que habita perto tua morada, ela tein muitas como la que vocé necesita”, instruyó la Mai. “Justamente —me comentó Matilde al oído—, en mi cuadra hay una vieja que tiene un montón de gallinas.” “Nosi preocupi, si e afanada, melhor”, dijo la Mai, en lo que creí que era el nudo de la información que sentado ante la Africana debía recibir.
Graciela quiso traducirla.
—La Mai considera que robar no siempre es malo. Porque cuando ella era una mujer africana hace cinco mil años atrás, su gente se alimentaba de cualquier cosa, de raíces, de frutos, y había quienes se los querían apropiar, entonces ellos robaban. Por eso es que no siempre es malo robar.
Graciela, una mujer muy suave, hacía esfuerzos por mantener el diálogo entre nosotros los creyentes y la Mai que por momentos se desbocaba. De pronto tomó un largo sorbo del licor, dio una pitada profunda a su cigarro y me miró, detrás del ala del sombrero:
—Vocé tein um problema.
La Mai, hizo, a partir de esa sentencia, un diagnóstico según el cual yo tenía enemigos malos a los que les había hecho daño, y estaba además agotado de escuchar historias sobre muertes, cargado. Después de ese dictamen, tras curar el cuerpo de Simón y de Matilde, lo hizo conmigo. Me paró descalzo en el medio del pequeño altar y comenzó a frotarme con velas de colores. Lo hizo con diez velas, que sucesivamente se fueron trizando a medida que las hacía rodar sobre mi ropa. Ella respiraba fuerte y en un momento se dio vuelta para mirar al resto que hacía de espectador frente a los acontecimientos.
—Muito forchi, muito cargado —dijo.
Tomó el frasco de perfume y echándoselo primero sobre las manos me restregó la cara, el cuello, las manos. La evaporación de ese aroma barato usado para la ceremonia me estremeció, y cuando salí de allí y volví a colocarme los zapatos Simón y Matilde me miraron y me dijeron que ya se me veía cambiado. Ellos, coincidieron, se sentían mucho mejor, se les había disipado el cansancio de no dormir durante dos días enteros esperando noticias sobre Daniel.
Nos despedimos y la Mai continuaba con su ceremonia. Atravesamos la frontera entre la villa 25 y La Esperanza: en la esquina de la casa del Frente Vital paramos a saludar a los pibes reunidos en la esquina porque entre ellos estaba el Pierna, el increíble apodo de un pibe grande sin piernas sentado en una reluciente silla de ruedas nueva. Nos saludó con toda educación y dejó que el porro que tenía en la mano se consumiera medio oculto por el doblés de los dedos quemándose por respeto a Matilde. El respeto en la villa es así: no importa que Matilde haya visto fumar a cientos, ni que sea obvio que no sancionaría nunca a alguien por eso, simplemente es la mamá de Simón y una señora. “¿Cómo está el nene señora?”, le preguntó el Pierna. “Sigue igual”, contestó Matilde y les contó sobre los abogados de la empresa de trenes que los visitaron en la sala de espera del hospital y de los otros que después aparecieron ofreciendo sus servicios especializados en accidentología y juicios civiles de resarcimiento. “Si los de la empresa le vienen a ofrecer dos mil, diez mil dólares, usted no acepte porque ellos van a tener que pagar mucho más”, le dijeron dos mujeres que le dejaron un volante a todo color promocionando su labor. “No le pegué porque estábamos en el hospital, pero les dije que si creían que ser cartonera era ser analfabeto o ignorante se habían equivocado. Porque yo sé muy bien lo que vale la vida de mi hijo y si hacemos algo en la justicia es para que haya justicia para todos, para que no le vuelva a pasar a otro más.”
Matilde no encegueció ante la agonía de su hijo. Como si un aprendizaje de años la guiara desde el día del accidente planteó como eje central de lo que había ocurrido la certeza de que sólo fue posible porque el tren blanco estaba hecho para los privados de todo derecho. El vagón en el que viajan pagando sin excepción cada uno su boleto es un desperdicio de los viejos trenes al que se le quitaron los asientos para convertirlo en un depósito de los indeseables que de otra manera molestarían con sus carros a cuesta a los pasajeros. Sin vidrios en las ventanas, sin luz, los vagones funcionan, al decir de los maquinistas, fuera de toda legalidad. “No deberían estar sobre las vías”, asumen. El tren en el que iba Daniel no frenó a pesar de los gritos de los cartoneros porque ni siquiera tiene freno de mano. Daniel chocó contra una estructura metálica que rodea la estación diseñada para que nadie pueda colar el cuerpo en el andén sin pagar el boleto.
Seguimos hacia la casa de Estela. En la esquina de su cuadra había otro grupo de pibes. Allí nos paramos con Simón. Sonaba en toda la cuadra una batería nada prodigiosa. Era el ensayo de alguno al que los pibes no le daban entidad. Pensé que podían ser los Jedientos del Rock, vecinos de Estela y Manuel, o Pablito Lezcano, el millonario que nunca se fue de la villa y se hizo construir un estudio de grabación en la casa de siempre. Pero cuando Simón preguntó balbucearon que era algún gil. Eran unos siete pibes amurados contra el paredón y una chica sentada en un cordón que pasaba con prolijidad la letra de lo que parecían canciones o poemas a una hoja en blanco. Entre ellos estaba el Chicote, un amigo de la familia de los que todos los días marcaban presencia en el hospital, un pibe más chico que el resto, que a los dieciséis alternaba el robo a mano armada con el box en el que de vez en cuando competía como peso pluma. “Te fui a esperar y no estabas”, me cobró porque acordamos temprano que lo entrevistaría en el hospital pero la ceremonia de la Mai me había cautivado hasta hacerme olvidar de él y del tiempo. “Vení, saludame, que ahora no saludás”, le disparó la morocha que escribía. Él no le contestó, la miró riendo y calló. Pasó un rato sin que nadie iniciara una conversación. Simón era casi el único que hablaba: “Mirá éste, qué grande que está, con arito y todo”, criticó a uno de los más chicos que se había desarrollado en su ausencia. “Y éste qué gordo que está.” Un flaco de pelo largo saludó a uno por uno y puso cara de quién sos cuando le estiró la mano a Simón. Simón disfrutaba de ese anonimato. “El chabón mira tipo quién es este nuevo”, se burló cuando el chico se fue.
Los dejé para avanzar media cuadra hasta la entrada al pasillo de Estela donde ella y Matilde charlaban con varias mujeres amigas. En la puerta de su casa estaba Elsa, una vecina a la que Simón saludó como tía. Nos quedamos allí como media hora. Repitiendo los comentarios sobre el estado de Daniel. Simón entró a la casa de Elsa a saludar al tío que estaba enfermo en la cama. Y Elsa salió de su casa con una fuente en la que había puesto algunas milanesas preparadas. Después volvió a entrar y trajo cuatro huevos frescos. El mercadito que le da fiado a Estela había cerrado. Nadie había mencionado el tema pero en ese momento quedó claro que lo que Elsa les regalaba era lo único que podrían comer esa noche. Matilde desapareció: en silencio, después de cuarenta y ocho horas sin dormir salió a hacerse de la gallina amarilla que le había sugerido la Mai que robase.
La casa de Estela es la última de un largo pasillo que se incrusta en la manzana como si fuera la entrada a una sola casa. A lo largo del sendero hay decenas de ranchos desde los que sale el ruido de los televisores, la cumbia a todo dar, el olor a guiso, las carcajadas que suceden a los chistes de siempre, algún insulto, el silencio. Estela es dueña de dos piezas de paredes descascaradas. En la cocina hay un televisor que estaba encendido en Pop Stars, el programa elegido por sus hijos de entre dos y siete años. Simón tomó el mando, se sentó frente al aparato y puso una película de canal de cine yanqui sobre una banda de ladrones negros que se eliminan entre ellos a medida que se acerca el final. “Yo en el instituto me la paso mirando películas, no paro”, me contó. Y después se puso a hablar de fútbol, de cómo le gustan los programas deportivos en los que los comentaristas se la pasan discutiendo.
Estela primero preparó el baño para Simón. Calentó el agua del calefón, le dio una toalla y le dijo que podía desvestirse en la pieza, que no se hiciera drama. Simón prefirió pasar sin desnudarse hasta el baño, y al cabo de unos minutos gritó con culpa que la toalla se le había caído al piso todo meado. Estela le acercó otra. Le dio un pantalón azul, nuevo, con bolsillos laterales. Y Simón se probó un par de buzos hasta qué uno lo conformó. Estaba pálido, más pálido que por la mañana. Tiene una piel blanca que ha empalidecido hasta dejar que se noten las venas como hilos azules en el costado de la sien. La cárcel, pero sobre todo los oscuros calabozos de las comisarías y los pabellones de los institutos de máxima seguridad, vuelven translúcida la cara de los reos. Al salir, ése es el síntoma más evidente del encierro del que vienen. Aunque no sea por eso que quienes ven a Simón regresar después de tanto lo desconozcan o lo miren como a un fantasma que no esperaban encontrarse otra vez caminando por las calles apagadas del barrio, tan sombrías como su rostro. Es simplemente que el tiempo que parecía muerto resulta inevitable al volver, irreparable en su repentina marca de la ausencia, del confinamiento, del exilio que significa la prisión.
Estela preparó las milanesas y armó con pan duro recalentado en una sartén sándwiches para todos, sus cuatro hijos y nosotros tres. A Simón y a mí nos tocó uno más grande que el de los niños, con un huevo frito como refuerzo. Fue la primera vez en el día, nos habíamos encontrado a media mañana, que comimos. A esa altura teníamos hambre, un hambre al que yo mismo había aprendido a controlar a lo largo de la jornada sólo con saber tajantemente que no había qué llevarse a la boca. Cenamos nuestro bocado con una lentitud que disimulaba nuestra voracidad. “¿Está bueno?”, preguntó Estela. Y rió ante nuestro atorado sí. “Bueno, más vale que no quieran más porque no hay.” Sin embargo nos sorprendió con dos últimos pequeños sándwiches de premio. Recién comidos salimos los dos otra vez hacia el hospital. Simón quiso pasar antes por la casa del Cachi, uno de los transas históricos de la villa. “Le voy a pedir unos pesos y vemos si nos da unos tiros. No tiene drama el chabón, siempre fue gamba”, dijo.
Hicimos apenas dos cuadras hasta lo de Cachi. En el camino no nos cruzamos con nadie. Las calles del barrio, lo profundo de los pasillos, parecían apenas una escenografía de la pobreza deshabitada. “Esto está muerto”, me dijo Simón. En la casa del transa nos atendió su mujer que sí reconoció a Simón sin hacerle un solo comentario sobre su regreso. “¿Querés hablar con el Adrián?”, le preguntó. Esperamos dos minutos en la vereda hasta que salió un hombre de cara consumida de unos treinta y cinco años mal llevados. “Qué hacés Simón, ¿cómo va?” “Acá andamos”, dijo Simón y comenzó un diálogo de rodeos y convenciones propio de dos personas que se vuelven a ver sin tener nada que los vincule después de años. Simón apuró el objetivo y sin preámbulos le pidió algo de dinero para tomar un remise hasta el hospital. «Sí, todo bien”, dijo el dealer y entró a buscar. Volvió y le dio diez pesos. Entonces, acodado contra la pared, hizo un diagnóstico crudo de la nueva vida en la villa. “Acá todo está muerto. No quedan ni ladrones”, lanzó. «Ahora por ahí se mueve algo, muy poco, pero no sabés lo que fue esto en enero y febrero... Nadie tenía un mango. No sé cómo hicimos para zafar.” “Pero la plata está en la calle”, dijo Simón, aferrado a la fantasía de volver a robar chalets de ricos que guardan efectivo en el placard. “No, eso fue. Ahora para colmo la gorra está más maldita que nunca. Hacen lo que quieren, te matan como a un perro. Digamos que la verdad es que tienen carta blanca, esa es la verdad.”
Fue tan lapidaria la descripción de la debacle en la villa en la que Simón había dejado los equipos retumbando cumbias día y noche que ni siquiera se animó a pedirle al dealer que le convidara un resto de cocaína para remontar el agotamiento. Cruzamos la calle hacia una remisería ubicada en los monoblocks cercanos. Fue en vano: no hubo manera de convencer al viejo cara de perro que atendía de que nos aceptara como pasajeros. No le sirvieron ni mis documentos ni mis credenciales de prensa. “Aunque yo les, pida ningún chofer los va a querer llevar”, explicó sin inmutarse al lado de una morocha llena de rabia que también sufría la discriminación de la sospecha. Tuvimos que buscar otra remisería donde finalmente nos aceptaron cuando el chico que atendía reconoció en Simón al mismo pibe que hacía años iba a su casa de visita. “Eh, ¿no te acordás de mí? Yo estuve en tu casa, mi hermano salía con tu hermana”, le refrescó. El pibe sonrió cuando terminó de ubicarlo. Y dejó de anotar el número de mi DNI en la planilla donde asienta a cada cliente desconocido. Subimos al auto de un chofer de todas maneras atemorizado. Pasamos antes de salir del barrio por la casa de la Mai. Habíamos quedado en que la entrevistaría. Bajé a despedirme. Era otra vez la abuela Marga. Antes de darme un abrazo me entregó un papel en el que había anotado todo lo que necesitaba para hacer el trabajo de limpieza y protección contra mis supuestos enemigos. “Diez velas rojas y blancas. Siete velas de cualquier otro color. Cinco metros de cinta bebé verde, roja y amarilla. Una lata de dulce de batata vacía. Siete piedras de diferentes colores. Siete claveles blancos y siete claveles rojos. Un ladrillo (robado).”

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