sábado, 23 de mayo de 2009

Vidas de pibes chorros - Capítulo 3

El cuerpo macizo de Víctor Vital se mecía quebrando la cintura al ritmo de la cumbia colombiana que le gustaba. Había robado, tenía dinero en los bolsillos, y nada le faltaría esa noche para iluminar la oscuridad de los quince pibes y pibas que bailaban armando una ronda. Entre todas ellas, él miraba más que a ninguna a Paola, una pelirroja de sonrisa ancha y dientes grandes, flaquita y bien formada, pero sobre todo hermosa al moverse y sonreírle cada vez de esa manera. Ella era de la villa Santa Rita, vecina de Coqui y Luisito. Había ido con sus amigas y por esos contactos conoció a Laura y a Mariela. Él esperó a que el grupo se confundiera en el marasmo de bailanteros desbocados y la agarró de las manos como sacándola a bailar. Pero el roce llama al roce, y de repente llega el empujón inapropiado, la mirada torva, la demasiado fija, y nadie sabe exactamente cómo se armó la pelea. A Víctor lo agarraron de atrás dos de seguridad y arrastrándolo de los pelos, torciéndole el brazo, lo sacaron del baile. Tras él, salieron los otros.
La discordia continuó entre los de uno y otro bando en las puertas del Elepé, una bailanta que hasta hace un tiempo estaba en la ruta 197, cerca de las vías. Y la policía se hizo presente. Paola se quedó a un costado con el resto de las chicas y terminó de fascinarse con Víctor cuando lo vio enfrentarlos. “No sé ni cuántos vigilantes lo habían fajado ese día. Pero él los invitó a pelear. Sobre todo a uno que es de por acá cerca. Le decía que le iba a romper la boca. Después salimos corriendo porque tiraban balas de goma. Y vinimos para acá”, cuenta Paola, con un bebé en los brazos. Sabina la escucha y se entera de esos pormenores que a ella le estaban vedados. “A mí esa mañana los pibes vinieron a decirme que al Frente se lo llevaron preso y yo me quedé preocupadísima, hasta que aparece por allá por la punta con Paola gritándome ‘Eh, Sotello!’. Yo lo quería matar. Pero él estaba muy contento de que había peleado y zafado. Claro, se lo quisieron llevar, pero no, porque yo lo había agarrado de la mano y se los saqué a la fuerza, hasta que pudimos salir corriendo”, se enorgullece.
Se pusieron de novios. “Pero esos noviazgos de que nos veíamos a cada rato”, ríe Paola. Él empezó a ir a su casa, a visitarla bien peinado, perfumado, en combinación de tonos. Ella lo iba a ver a la San Francisco. “Yo tenía diecisiete, y él creo que era un poco más chico que yo, dieciséis... Yo, de edad, era más grande. Y bueno, pasamos unas fiestas en mi casa, con Sabina. Y después no sé por qué nos alejamos... ¿cómo te puedo decir? Era muy mujeriego. Yo estaba acá un día y lo llamaban por teléfono, entonces una pelea va, una pelea viene, nos fuimos alejando un poco... Pero era muy bueno de corazón. Yo siempre le pregunto a la gente ‘¿de qué signo sos?’, y si me dicen ‘de Leo’, yo digo ‘el mejor signo’, a pesar de que son mujeriegos. Porque saben tratar a una mujer, en el sentido de que no van a las manos, mucho cariño, mucho amor, mucho para dar... Eso para mí valió mucho, porque fue el único novio que tuve que me supo tratar A mí me tocó mucho lo que le pasó, pero son cosas del destino. A veces pensamos en hacerla abuela a Sabina, pero éramos muy chicos...”
Laura, la mejor amiga del Frente, una de las pocas chicas del grupo que no pasó por sus brazos, se acuerda de Paola porque cuando Víctor le decía “chueca”, ella le contestaba “culo negro”. «Es que era culón”, dice María, en la misma conversación de ex novias del Frente. “Y al poco tiempo allá atrás —por la villa 25— le empezamos a decir ‘culo negro”, ríe Laura recostada sobre la mesa de la casa de Sabina donde ella, María y la Negra, una tercera ex noviecita del Frente, rememoran sus aventuras con el mismo chico.
—Y a mí me decía... ¿cómo era que me decía? —quiere acordarse Laura.
— ¡Culo-caí! —gritan todas las otras a coro.
—Yo una vez pasé toda seriecita: “Hola Frente. ¿Cómo te va?”. “Bien, ¡culo-caí! ¿Y vos?” Y ahí me quedó... O como después nos decía con la Negra, “las Melli”, las dos con el culo caído.
Las chicas se ríen del Frente como en pequeños actos de inocente venganza. Comparten las anécdotas de sus amoríos con él sin recelo, despojadas de la envidia profunda que podría animar a las ex novias de cualquier hombre que aún estuviera vivo. Él las conoció a casi todas cuando era un nene de primaria con el brazo enyesado y fueron viéndolo crecer, hacerse de ese carácter y esa fama que lo llevó en tan poco tiempo a cierta cima dentro del barrio, a ese escalón superior en el que se ubica el que tiene vida de ladrón y logra el respeto de los vecinos con su conducta en el interior del propio territorio. Pero las chicas lo recuerdan al comienzo como “un boludo”, “un chiquilín”, como alguien que luego sorprendió al pasar al lugar de los ganadores. “Nosotras cuando empezó a irle bien con las pibas decíamos ‘mirá el boludo este, tan boludo que era y al final se las volteó a todas”, dice Laura en la reunión de compinches y las chicas festejan. Laura y Valeria eran las que aportaban las coartadas de Víctor y sus varias novias. “Él se las arreglaba para que no se le juntaran y si se juntaban se hacía bien el estúpido”, dice María.
El Frente no podía cortar fácilmente ninguna de sus relaciones. Desde los trece que se fue enganchando con diferentes chicas del barrio y de otras villas. Una de las que más lo perdió de amor fue Belén, hasta que se fue a vivir a Entre Ríos. “Acá enfrente, en uno de los pasillos de acá enfrente. Me acuerdo que los sábados hacíamos joda en la casa de la piba, y siempre pedía comer pizza... nos hacía pizza la señora. Después, cuando ya era la hora de irse a dormir cada uno a su casa, salíamos y la chica se quedaba despierta por él. Esperábamos que el padre se acueste a dormir. Ella tenía la pieza que daba al pasillo de la calle, entonces nosotros con el Frente nos quedábamos en la punta del pasillo, ella nos hacía señas y yo lo hacía entrar al Frente por la ventana para que se quede ahí... “, recuerda Valeria, la cómplice. Y Laura sostiene que Belén fue la única novia en serio: “Antes de que le pase lo que le pasó estaba por irse a Entre Ríos, le había propuesto a la madre y todo que lo acompañara. Él quería ir a los carnavales para ver a la chica”.
Esas relaciones cortas pero intensas que tuvo Víctor provocan desde ternura hasta odio en las mujeres de su vida reunidas a recordar. Una de las que peor humor les causa es la de una chica de otro barrio con la que estuvo a punto de irse a vivir cuando ella había quedado embarazada. Después de aquel fracaso Laura, María, la Negra y hasta Sabina la recuerdan con un dejo de desprecio. “Estaba muy contento, decía que quería rescatarse, se había puesto las pilas, había pintado todos los muebles, había puesto todo para tener el bebé. Me decía: ‘¿Vos querés ser la madrina? Porque yo me voy a poner las pilas para mi hijo’... Después estábamos re calientes cuando nos enteramos todo lo que hicieron. Por ahí, si hubiese... está bien, uno no tiene que echarle la culpa al pasado, ni ponerse a pensar si hubiese pasado esto, no hubiese pasado lo que pasó... pero por ahí, si no se hubiese sacado el bebé, o él hubiese sido papá, no le hubiese pasado lo que le pasó. Pero bueno, es el destino. Cuando te llega, te llega, pienso yo.”
María, es la que más enamorada, a pesar del paso del tiempo, parece aún del ídolo muerto. En ella, con su cuerpo moreno y largo, la cara angulosa, el flequillo Stone, el silencio sobre una mirada tajante, se dio la dialéctica de ser un día la novia, y al poco tiempo la novia del amigo, en este caso Chafas. Casi todas las mujeres de la villa reconocen que maliciosamente hicieron cuentas con los dedos de las manos para descartar la posibilidad de que los mellizos de María, Víctor Manuel —como el Frente— y Joel, sean en realidad hijos del ladrón santificado, y no de Chaías. Pero las cuentas no dan. María quedó embarazada un mes después del asesinato del Frente. Yo la conocí en la casa de Sabina una de las primeras noches que cenamos en esa cocina donde la televisión siempre está encendida. Ella entró con los bebés, la había llamado especialmente Chaías porque quería que conociéramos a sus hijos.
María es una mujer de genio corto, de manos fáciles. Del rancho en el que vivía con Chafas y su familia María se volvió al de su madre y su padrastro, Chano, el dealer que siempre detestó que se juntara con el Frente. El verdadero padre de María sí lo estimaba y con él solían pasar largas tardes de charla. El padre biológico de María es, en realidad, el hermano de su padrastro. Su madre pasó a casarse con el hermano del que era su marido durante una larga estadía en la cárcel. Silenciosamente, María no parece hacer más que reiterar esa vieja traición.
María es una chica dulce cuando habla pero en ese tono casi lúdico que asume resuena cada tanto una anécdota en la que la violencia llega como un ramalazo irrefrenable. Hace algunos meses Chaías tuvo que quedarse varios días en su casa, con algunas huellas moradas de lo que fue la última gran pelea con María. El le mintió, le dijo que no saldría. No faltó quien le contara que lo habían visto con otra. Los encontró en la cama que habían compartido. Y se ensañó con los dos. “Ya nos separamos otra vez. Somos así, que nos peleamos, nos arreglamos. Anoche me fui al baile y él no estaba, pero me da igual a mí si está todo bien o todo mal. Aparte él está en el baile y yo hago de cuenta que no está, porque yo ni hola le digo cuando paso por al lado. Como que ni lo conozco. Anoche no fue y ahora no va a ir por un par de meses... porque el otro día le pegué. Lo que pasa es que yo soy buena, todo lo que quieras, pero donde me buscaste... aguantátela. Me traicionó y lo cagué a palos. Por atrevido.”
«Ella se dio como ocho puñaladas en la panza la última vez que yo la dejé”, me contó Chaías. “Y si agarra a alguna piba que anda conmigo ya la quiere agarrar para pegarle, es así ella.” Entre las chicas con las que tuvo que competir, la que más repulsión le causó fue Belén, esa idealizada novia en serio que le adjudican a Víctor, con quien se vio hasta último momento. “Yo ya tenía ganas de darle una paliza, hasta que un día pasaba por el frente de su casa, a la vuelta de la mía, y ella me burló desde adentro. Como no le podía pegar porque había rejas, le tiré un piedrazo y le rompí el vidrio. Después al tiempo le pegué. La dejé caminar, tranquilita. Ella empezó a andar por la calle, y ahí, cuando ni se la pensaba, le di. Se confió y perdió.”
María comenzó su historia con Víctor como una pequeña heroína. Se conocieron una noche de domingo en el Tropitango y al día siguiente Víctor caía preso. Sentía que no habría otro amor así por entonces, y decidió escaparse de su padrastro, para ir a visitarlo al instituto de máxima seguridad de Mercedes, una de la veintena de veces que él fue detenido y encerrado. “Encima, yo pensé que íbamos a volver más temprano, salimos como a las ocho de la mañana y vinimos como a las nueve de la noche... y mi mamá entreteniéndolo al marido, diciéndole que me fui para acá, que después venía, y que esto y que el otro. ‘Sí, pero no viene, mirá la hora que es.’ Y yo ya venía re contenta, una vez que lo vi, ¿sabés qué?... después lo que me dijeran no me importaba”.
El Frente tenía un humor negro a prueba de tiros. Nadie lo recuerda deprimido, triste, malhumorado. No abandonó jamás el talante de gastador, de subrayador de defectos, refregador de conquistas. No perdonaba ni a los más amigos ni a la policía a la hora de dejarlos en ridículo. “Él era más cercano a Gastón, el hermano del Chafas, al comienzo, pero después cuando yo me fui a vivir para lo del Chafas ahí empezó a hablar más con él. Para colmo lo cargaba: le decía ‘qué, te tienen atado, no te dejan salir...’, y yo estaba ahí y me quedaba así —con la mano en el mentón—, mirando la tele, y no le contestaba nada... Le decía todo para pelear. O por ahí yo lo llamaba para hablar por teléfono, porque no me aguantaba las ganas de hablar con él, y él hacía como que abría la puerta, y gritaba para afuera: ‘¡Eh, Chafas, mirá tu mujer, me llama por teléfono!’.” Y lo peor es que lo llamaba todo el tiempo. Sabina dice que la enloquecía llamando y cortando cuando no era él el que atendía. Sabina se persiguió, le dio miedo, creyó que podía ser el padre del Frente que cada tanto volvía con alguna escena, y se compró un detector de llamadas.
Con Paola, después de que ella pasó a tener un nuevo novio, tampoco se decidió a terminar. “A veces cuando él me llamaba atendía el papá del nene, y le decía ‘hola, ¿me das con Paola?’ y yo colorada, no sabía qué hacer, atendía el teléfono y le decía ‘hola, Víctor, ¿cómo andás?’, y me decía ‘eh, ¿por qué ese gil de mierda atiende el teléfono?’, y el papá del nene estaba escuchando por el otro teléfono. Y bueno, un montón de veces se putearon y todo, pero nunca llegaron a los tiros. A veces iba a mi casa, y abría la puerta el otro. Una vez yo había venido para acá, porque yo tenía una moto grande, y a él le encantaban las motos, me vine a buscarlo a él. Nos fuimos a dar un montón de vueltas. Lo dejé y me invitó a bailar a la noche, era un viernes. ‘Bueno, sí.’ El me pasaba a buscar por mi casa. Y no llegué a mi casa, porque choqué con la moto y mi prima llamó a mi novio. ‘¿Para qué lo llamaste? ¿No ves que ahora va a venir Víctor?’, vino Sergio, mi novio, que le dicen también Bolero, y al rato vino Víctor con Manuel ¡ay, no lo podía creer, yo! Salí toda torcida a atenderlo en la puerta, y Sergio con una cara... Y Víctor ‘hola, Pao, ¿qué te pasó? Al final no vamos a poder ir a bailar’. Hablaba fuerte a propósito. Sabía que estaba Sergio adentro. Me dijo: ‘Qué lástima, no vamos a poder ir al Tropi, ¿por qué no me dejaste manejar a mí la moto? Al final manejaste vos la moto y te caíste’. En un ratito dijo que yo había estado andando con él en la moto, yo no lo podía creer. Después Sergio abrió la puerta y se fue. Yo me quedé hablando con ellos afuera, estaba toda raspada. Conmigo estaba mi hermanito arriba de la moto, así que lo hice pelota. Sergio se fue a la casa de mi abuela, en la ruta, se quedó sentado ahí con una cara de traste terrible y ellos salieron en remise y él pasó a gritarle: ‘Eh!, Bolero cornudo, tu novia estaba conmigo en la moto. Tu novia es mía’, le decía.”
Paola sueña todavía con el Frente. Sueña que ella baila en el Tropitango mezclada en la multitud, pensando en que están peleados, y de pronto por los altoparlantes se escucha: “Paola, que te presentes en la puerta que te espera Víctor”, y ella sale, pero afuera no hay nadie. Y entonces, al rato, ella sigue bailando, y otra vez; “Paola, dice el Frente que te apures”, entonces ella sale, temerosa de que la espera para pelearse, para recriminarle que se fue a bailar sin él, y él está con las manos en los bolsillos y una sonrisa enorme: “¿Viste la joda que te hice? ¿Te asustaste, no?”. Paola sueña con que se van a comer un pancho juntos y después vuelven al baile de la mano, de novios. “Sueño con él, la otra vez soñé, y yo le conté a Sabina. Y mi mamá me dijo que cuando soñás con un fallecido es porque quiere que lo vayas a ver, entonces yo le dije que para el cumpleaños le voy a llevar flores. Soñé que yo iba a verlo al cementerio y él estaba parado y me decía que le gustaban las rosas amarillas, que quería que le llevara una rosa amarilla. Yo le decía ‘¿cómo vos estás acá, si vos...?’. Y me decía: ‘Siempre voy a estar, siempre estoy’. No sé si será verdad, pero a veces estoy en mi casa y se escuchan ruidos, se escuchan cosas, entonces pienso ‘ahí está’. O creo que es mi primo, porque a mi primo también lo mató la policía. Pero más que nada pienso que puede ser Víctor, porque yo soñé que él me dijo que siempre va a estar. O capaz que siempre va a estar porque siempre soñaré con él. Yo creo que él puede ser una presencia especial, alguien capaz de aparecerse, o de cuidarte, de ser alguien superior por la manera superior que tenía de ser en vida. Él, aunque ladrón, siempre tuvo un corazón groso. Esa vez que con Manuel y Simón se robaron el camión de La Serenísima y se lo regalaron a la villa me lo acuerdo a él que también se había agarrado un yogur y se sentó ahí en la esquina. Miraba cómo los chicos se tomaban los yogures, y él se tomaba un bebible, y decía ‘esto es vida’.” [1].

[1]. Paola fue detenida por orden de un juez de San Isidro a comienzos de abril. Se la acusa del homicidio de su madre, asesinada mientras dormía de un tiro en la cabeza.

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