lunes, 9 de enero de 2012

Conflictos

No estaba en un geriátrico, pero Raul sabía que estaba solo.
Su hija (30) estaba a más de 1.600 Km y su hijo (18), aunque estaba cerca, estaba en la edad de la adolescencia.
Tenía miedo. No miedo por él, que había tenido tres paros cardíacos y aceptaba que el final estaba cerca.
Tenía miedo por los perros.
La adolescencia es esa edad indefinida donde el padre es un ignorante.
En los primeros años, un niño crée y dice: "Mi papá es un genio y sabe todo".
En su adolescencia, crée y dice: "Mi viejo está gagá, es un idiota".
Pasada esa etapa, el joven expresa: "Tengo un problema que no sé como resolver. Lo voy a conversar con mi viejo".
En la etapa siguiente se le escucha: "No puedo responder ahora. Si mi viejo dice que sí, será sí. Si dice que no, será no. Él sabe y me permite no equivocarme."
Luego de unos años y ante una encrucijada, piensa: "Carajo, como necesitaría a mi viejo"!

Audio de este cuento

Hacía tiempo que sus hijos no le pedían consejo, tal vez porque ya no servía lo que les decía. Sabía que a veces era reiterativo, pero no por eso dejaba de sentirse interesado por cada cosa que sucedía.
Sus fieles animales eran los únicos que lo acompañaban cada dia. Dependian unos del otro, pero no era la única razon de llegar a casa pronto. Sabia que al menos ellos lo esperaban. Se sentaba en el sillón y esperaba el sonido del teléfono. Tal vez hoy lo llamaran.
Se habia tenido que amigar con la tecnología y portaba un celular, no fuera cosa que el de línea sonara mientras regaba el jardín.
Hacía tiempo que lo acompañaba un poster de Ella Fitzgerald, que colgaba orgulloso y grasiento de la pared sur de la cocina. Cuando fue a preparar el mate para acompañar el pan dulce vencido que traía la caja del club de jubilados, la miró a los ojos y se puso a tararear aquella versión jazzera de "No puedes comprarme amor"... Añoró esa época dorada, se pasó la mano por la calva e hizo ademán de acomodarse la antigua melena que luciera tan campante en los clubes del barrio para los carnavales. El silbido de la pava lo despertó de su ensimismamiento...
Se preguntaba frecuentemente cual era la razón de haberse quedado tan solo. Muchas se le cruzaban por la mente mientras se observaba en el viejo espejo del baño, tal vez el trabajo, tal vez...
No habia coicidido en los gustos con la mujer que había elegido, le gustaba la soledad le gustaba leer historia, le gustaba la música clásica. Sabía que no era facil su carácter.
Tal vez demasiado puntilloso decían.
Esa manera de dejar todo en orden, de preparar su te dejándolo hervir solo unos segundos. Pequeños detalles. Tal vez era eso o tal vez, no sabia a esta altura, cual era la razón de que Einstein y Edisson lo acompañaran siempre.
Sacó la pava, cargó el termo ensilló el mate y fue a tomarlo a la puerta, sentándose en un banquito bajo.
El patrullero venía tocando sirena detrás de una moto. Cuando llegaron a su cuadra, estaban casi a la par y la moto siguió viaje por su vereda. El de atrás hizo dos disparon contra la patrulla y desde el auto sonaron varios hacia los motochorros.

Cuando pasaban delante suyo, sintió el impacto de algo caliente que le entraba en el pecho y se arqueó hacia adelante.
En el mismo instante, alcanzó a comprender que ya no tendría más conflictos.

Con ideas de Paola Cristina Frías, Raul Astorga y Luis Quijote