lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 17

Con torpes movimientos, los hombres traspusieron la puerta. Volvieron la cabeza hacia Montag, quien permanecía cerca de la mujer.
-¡No iréis a dejarla aquí! -protestó él-.
-No quiere salir.
-¡Entonces, obligadla!
Beatty levantó una mano, en la que llevaba oculto el deflagrador.
-Hemos de regresar al cuartel. Además, esos fanáticos siempre tratan de suicidarse. Es la reacción familiar.
Montag apoyó una de sus manos en el codo de la mujer.
-Puede venir conmigo.
-No -contestó ella-. Gracias, de todos modos.
-Vamos a contar hasta diez -dijo Beatty-. Uno, Dos.
-Por favor -dijo Montag-.
-Márchese -replicó la mujer-. Tres. Cuatro.
-Vamos.
Montag tiró de la mujer.
-Quiero quedarme aquí -contestó ella con serenidad-.
-Cinco. Seis.
-Puedes dejar de contar -dijo ella-.
Abrió ligeramente los dedos de una mano; en la palma de la misma había un objeto delgado.
Una vulgar cerilla de cocina.
Esta visión hizo que los hombres se precipitaran fuera y se alejaran de la casa a todo correr. Para mantener su dignidad, el capitán Beatty retrocedió lentamente a través de la puerta principal, con el rostro quemado, brillante gracias a un millar de incendios y de emociones nocturnas. “Dios -pensó Montag-, ¡cuán cierto es! La alarma siempre llega de noche. ¡Nunca durante el día” ¿Se debe a que el fuego es más bonito por la noche? ¿Más espectacular, más llamativo? El rostro sonrojado de Beatty mostraba, ahora, una leve expresión de pánico. Los dedos de la mujer se engarfiaron sobre la cerilla.
Los vapores del petróleo la rodeaban. Montag sintió que el libro oculto latía como un corazón contra su pecho.
- Váyase -dijo la mujer-, y Montag, mecánicamente, atravesó el vestíbulo, saltó por la puerta en pos de Beatty, descendió los escalones, cruzó el jardín, donde las huellas del petróleo formaban un rastro semejante al de un caracol maligno.
En el porche frontal, a donde ella se había asomado para calibrarlos silenciosamente con la mirada, y había una condena en aquel silencio, la mujer permaneció inmóvil.
Beatty agitó los dedos para encender el petróleo.
Era demasiado tarde. Montag se quedó boquiabierto.
La mujer, en el porche, con una mirada de desprecio hacia todos, alargó el brazo y encendió la cerilla, frotándola contra la barandilla.
La gente salió corriendo de las casas a todo lo largo de la calle.
No hablaron durante el camino de regreso al cuartel, rehuían mirarse entre sí.
Montag iba sentado en el banco delantero con Beatty y con Black. Ni siquiera fumaron sus pipas. Permanecían quietos, mirando por la parte frontal de la gran salamandra mientras doblaban una esquina y proseguían avanzando silenciosamente.
-Joven Ridley -dijo Montag por último-.
-¿Qué? -Preguntó Beatty-.
-Ella ha dicho «joven Ridley»- . Cuando hemos llegado a la puerta, ha dicho algo absurdo. «Pórtate como un hombre, joven Ridley», dijo. Y no sé qué más.
-«Por la gracia de Dios, encenderemos hoy en Inglaterra tal hoguera que confío en que nunca se apagará» -dijo Beatty-.

(Ver página 18)

Fahrenheit 451 - Página 18

Stoneman lanzó una mirada al capitán, lo mismo que Montag, atónitos ambos.
Beatty se frotó la barbilla.
-Un hombre llamado Latimer dijo esto a otro, llamado Ridley mientras eran quemados vivos en Oxford por herejía, el 16 de octubre de 1555.
Montag y Stoneman volvieron a contemplar la que parecía moverse bajo las ruedas del vehículo.
-Conozco muchísimas sentencias -dijo Beatley-. Es algo necesario para la mayoría de los capitanes de bomberos. A veces, me sorprendo a mí mismo. ¡Cuidado, Stoneman!
Stoneman frenó el vehículo.
-¡Diantre! -exclamó Beatty-. Has dejado la esquina por la que debíamos doblar para ir al cuartel.

-¿Quién es?
-¿Quién podría ser? -dijo Montag, apoyándose en la oscuridad contra la puerta cerrada-.
Su mujer dijo, por fin:
-Bueno, enciende la luz.
-No quiero luz.
-Acuéstate.
Montag oyó cómo ella se movía impaciente; los resortes de la cama chirriaron.
-¿Estás borracho?
De modo que era la mano que lo había empezado. Todo. Sintió una mano y, luego, la otra que desabrochaba su chaqueta y la dejaba caer en el suelo. Sostuvo sus pantalones sobre un abismo y los dejó caer en la oscuridad. Sus manos estaban hambrientas. Y sus ojos empezaban a estarlo también, como si tuviera necesidad de ver algo, cualquier cosa, todas las cosas.
-¿Qué estás haciendo? -preguntó su esposa-.
Montag se balanceó en el espacio con el libro entre sus dedos sudorosos y fríos.
Al cabo de un minuto, ella insistió:
-Bueno, no te quedes plantado en medio de la habitación.
Él produjo un leve sonido.
-¿Qué? -preguntó Mildred-.
Montag produjo más sonidos suaves. Avanzó dando traspiés hacia la cama y metió, torpemente, el libro bajo la fría almohada. Se dejó caer en la cama y su mujer lanzó una exclamación, asustada. Él yacía lejos de ella, al otro lado del dormitorio, en una isla invernal separada por un mar vacío. Ella le habló desde lo que parecía una gran distancia, y se refirió a esto y aquello, y no eran más que palabras, como las que había escuchado en el cuarto de los niños de un amigo, de boca de un pequeño de dos años que articulaba sonidos al aire. Pero Montag no contestó y, al cabo de mucho rato, cuando sólo él producía los leves sonidos, sintió que ella se movía en la habitación, se acercaba a su cama, se inclinaba sobre él y le tocaba una mejilla con la mano. Montag estaba seguro de que cuando ella retirara la mano de su rostro, la encontraría mojada.
Más avanzada la noche, Montag miró a Mildred. Estaba despierta. Una débil melodía flotaba en el aire, Y su radio auricular volvía a estar enchufada en su oreja, mientras escuchaba a gente lejana de lugares remotos, con unos ojos muy abiertos que contemplaban las negras profundidades que había sobre ella, en el techo.
¿No había un viejo chiste acerca de la mujer que hablaba tanto por teléfono que su esposo, desesperado, tuvo que correr a la tienda más próxima para telefonearle y preguntar qué había para la cena? Bueno, entonces, ¿Por qué no se compraba él una emisora para radio auricular y hablaba con su esposa ya avanzada noche, murmurando, susurrando, gritando, vociferando? Pero, ¿qué le susurraría, qué le chillaría? ¿Qué hubiese podido decirle?
Y, de repente, le resultó tan extraña que Montag no pudo creer que la conociese.
Estaba en otra casa, esos chistes que contaba la gente acerca del caballero embriagado que llegaba a casa ya entrada la noche, abría una puerta que no era la suya, se metía en la habitación que no era la suya, se acostaba con un desconocida, se levantaba temprano y se marchaba a trabajar sin que ninguno de los dos hubiese notado nada
-Millie... -susurró-.
-¿Qué?
-No me proponía asustarte. Lo que sí quiero saber es...

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Fahrenheit 451 - Página 19

-Di.
-Cuándo nos encontramos. Y dónde.
-¿Cuándo nos encontramos para qué? -preguntó ella-.
-Quiero decir... por primera vez.
Montag comprendió que ella estaría frunciendo el ceño en la oscuridad.
Aclaró conceptos:
-¿Dónde y cuándo nos conocimos?
-ÍOh! Pues fue en...
La mujer calló.
-No lo sé -reconoció al fin-.
Montag sintió frío.
-¿No puedes recordarlo?
-Hace mucho tiempo.
-¡Sólo diez años, eso es todo, sólo diez!
-No te excites, estoy tratando de pensar.-Mildred emitió una extraña risita que fue haciéndose más y más aguda-. ¡Qué curioso! ¡Qué curioso no acordarse de dónde o cuándo se conoció al marido o a la mujer!
Montag se frotaba los ojos, las cejas y la nuca, con lentos movimientos. Apoyó ambas manos sobre sus ojos y apretó con firmeza, como para incrustar la memoria en su sitio. De pronto, resultaba más importante que cualquier otra cosa en su vida saber dónde había conocido a Mildred.
-No importa.
Ella estaba ahora en el cuarto de baño, y Montag oyó correr el agua y el ruido que hizo Mildred al beberla.
-No, supongo que no -dijo-.
Trató de contar cuántas veces tragaba, y pensó en la visita de los dos operarios con los cigarrillos en sus bocas rectilíneas y la serpiente de ojo electrónico descendiendo a través de capas y capas de noche y de piedra y de agua remansada de primavera, y deseó gritar a su mujer: «¿Cuántas te has tomado esta noche? ¡Las cápsulas! ¿Cuántas te tomarás después sin saberlo? ¡Y seguir así hora tras hora! ¡Y quizá no esta noche, sino mañana! ¡Y yo sin dormir esta noche, ni mañana, ni ninguna otra durante mucho tiempo, ahora que esto ha empezado!».
Y Montag se la imaginó tendida en la cama, con los dos operarios erguidos a su lado, no inclinados con preocupación, sino erguidos, con los brazos cruzados' Y recordó haber pensado entonces, que si ella moría, estaba seguro que no había de llorar. Porque sería la muerte de una desconocida, un rostro visto en la calle, una imagen del periódico; y, de repente, le resultó todo tan triste que había empezado a llorar, no por la muerte, sino el pensar que no lloraría cuando Mildred muriera, un absurdo hombre vacío junto a una absurda mujer vacía, en tanto que la hambrienta serpiente la dejaba aún más vacía.
«¿Cómo se consigue quedar tan vacío? -se preguntó Montag-. ¿Quién te vacía?
¡Y aquella horrible flor del otro día, el diente de león! Lo había comprendido todo ¿verdad? "¡Qué vergüenza! ¡No está enamorado de nadie!" y ¿ por qué no?»
Bueno, ¿no existía una muralla entre él y Mildred pensándolo bien? Literalmente, no sólo un muro,. tres, en realidad. Y, además, muy caros. Y los tíos, las tías, los primos, las sobrinas, los sobrinos que vivían en aquellas paredes, la farfullante pandilla de simios que no decían nada, nada, y lo decían a voz en grito. Desde el principio, Montag se había acostumbrado a llamarlos parientes. «¿Cómo está hoy, tío Louis?» «¿Quién?» «¿ tía Maude?» En realidad, el recuerdo más significativo que tenía de Mildred era el de una niñita en un bosque sin árboles (¡qué extraño) o, más bien, de una niñita perdida en una meseta donde solía haber árboles (podía percibirse el recuerdo de sus formas por doquier), sentada en el centro de la «sala de estar». La sala de estar ¡Qué nombre más bien escogido! Llegara cuando llegara, allí estaba Mildred, escuchando cómo las paredes le hablaban.
-¡Hay que hacer algo!

(Ver página 20)

Fahrenheit 451 - Página 20

-Sí, hay que hacer algo.
-¡Bueno, no nos quedemos aquí hablando!
-¡Hagámoslo!
-¡Estoy tan furioso que sería capaz de escupir!
¿A qué venía aquello? Mildred no hubiese sabido decirlo. ¿Quién estaba furioso contra quién? Mildred lo sabía bien. ¿Qué haría? «Bueno -se dijo Mildred esperemos y veamos.»
Él había esperado para ver.
Una gran tempestad de sonidos surgió desde las paredes. La música le bombardeó con un volumen tan intenso, que sus huesos casi se desprendieron de los tendones; sintió que le vibraba la mandíbula, que los ojos retemblaban en su cabeza. Era víctima de una conmoción. Cuando todo hubo pasado, se sintió como un hombre que había sido arrojado desde un acantilado, sacudido en una centrifugadora y lanzado a una catarata que caía y caía hacia el vacío sin llegar nunca a tocar el fondo, nunca, no del todo; y se caía tan aprisa que se tocaban los lados, nunca, nunca jamás se tocaba nada.
El estrépito fue apagándose. La música cesó.
- Ya está -dijo Mildred-.
Y, desde luego, era notable.
Algo había ocurrido. Aunque en las paredes de la habitación apenas nada se había movido y nada se había resuelto en realidad, se tenía la impresión de que alguien había puesto en marcha una lavadora o que uno había sido absorbido por un gigantesco aspirador. Uno se ahogaba en música, y en pura cacofonía. Montag salió de la habitación, sudando y al borde del colapso.
A su espalda, Mildred estaba sentada en su butaca, y las voces volvían a sonar.
-Bueno, ahora todo irá bien -decía una «tía»-.
-Oh, no estés demasiado segura -replicaba un «primo»-.
-Vamos, no te enfades.
-¿Quién se enfada?
-¡Tú!
-¿Yo?
-¡Tú estás furioso!
-¿Por qué habría de estarlo?
-¡Porque sí!
-¡Está muy bien! -gritó Montag---. Pero, ¿por qué están furiosos? ¿Quién es esa gente? ¿Quién es ese hombre Y quién es esa mujer? ¿Son marido y mujer, están divorciados, prometidos o qué? Válgame Dios, nada tiene relación.
-Ellos... -dijo Mildred-. Bueno, ellos.... ellos han tenido esta pelea, ya lo has visto. Desde luego, discuten Mucho. Tendrías que oírlos. Creo que están casados. Sí, están casados. ¿Por qué?
Y si no se trataba de las tres paredes que pronto se convertirían en cuatro para completar el sueño, entonces, era el coche descubierto y Mildred conduciendo a ciento cincuenta kilómetros por hora a través de la ciudad, el gritándole y ella respondiendo a sus gritos, mientras ambos trataban de oír lo que decían, pero oyendo sólo el rugido del vehículo.
¡Por lo menos, llévalo el mínimo! -vociferaba Montag---.
-¿Qué? -preguntaba ella-.
-¡Llévalo al mínimo, a ochenta! -gritaba él-.
-¿Qué? -chillaba ella-.
-¡Velocidad! -berreaba él-.
Y ella aceleró hasta ciento setenta kilómetros por hora y dejó a su marido sin aliento.
Cuando se apearon del vehículo, ella se había puesto la radio auricular.
Silencio. Sólo el viento soplaba suavemente.
-Mildred.
Montag rebulló en la cama. Alargó una mano y sacó de la oreja de ella una de las diminutas piezas musicales.
-Mildred. ¡Mildred!

(Ver página 21)
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Fahrenheit 451 - Página 21

- Sí.
La voz de ella era débil.
Montag sintió que era una de las criaturas insertadas electrónicamente entre las ranuras de las paredes de fonocolor, que hablaba, pero que sus palabras no atravesaban la barrera de cristal. Sólo podía hacer una pantomima, con la esperanza de que ella se volviera y viese. A través del cristal, les era imposible establecer contacto.
-Mildred, ¿te acuerdas de esa chica de la que he hablado?
-No.
-Quería hablarte de ella. Es extraño.
-Oh, sé a quién te refieres.
-Estaba seguro de ello.
-Ella -dijo Mildred, en la oscuridad-.
¿Qué sucede? -preguntó Montag-.
-Pensaba decírtelo. Me he olvidado. Olvidado.
-Dímelo ahora. ¿De qué se trata?
-Creo que ella se ha ido.
-¿Ido?
-Toda la familia se ha trasladado a otro sitio. Pero ella se ha ido para siempre, creo que ha muerto.
-No podemos hablar de la misma muchacha.
-No. La misma chica. McClellan. McClellan. Atropellada por un automóvil. Hace cuatro días. No estoy segura. Pero creo que ha muerto. De todos modos, la familia se ha trasladado. No lo sé. Pero creo que ella ha muerto.
-¡No estás segura de eso!
-No, segura, no. Pero creo que es así.
-¿Por qué no me lo has contado antes?
-Lo olvidé.
-¡Hace cuatro días!
-Lo olvidé por completo.
-Hace cuatro días -repitió él, quedamente, tendido en la cama-.
Permanecieron en la oscura habitación, sin moverse.
-Buenas noches -dijo ella-.
Montag oyó un débil roce. Las manos de la mujer se movieron El auricular se movió sobre la almohada como una mantis religiosa, tocado por la mano de ella.
Después volvió a estar en su oído, zumbando ya.
Montag escuchó y su mujer canturreaba entre dientes.
Fuera de la casa una sombra se movió, un viento otoñal sopló y amainó en seguida. Pero había algo más en el silencio que él oía. Era como un aliento exhalado contra la ventana. Era como el débil oscilar de un humo verdoso luminiscente, el movimiento de una gigantesca hoja de octubre empujada sobre el césped y alejada.
«El Sabueso -pensó Montag- esta noche, está, fuera. Ahora está ahí fuera. Si abriese la ventana...
Pero no la abrió.
Por la mañana, tenía escalofríos y fiebre.
-No es posible que estés enfermo -dijo Mildred
Él cerró los ojos.
-Sí.
-¡Anoche estabas perfectamente!
-No, no lo estaba.

(Ver página 22)

Fahrenheit 451 - Página 22

Montag oyó cómo «los parientes» gritaban en la sala de estar.
Mildred se inclinó sobre su cama, llena de curiosidad. Él percibió su presencia, la vio sin abrir los ojos, Vio su cabello quemado por los productos químicos hasta adquirir un color de paja quebradiza, sus ojos con una especie de catarata invisible pero que se podía adivinar muy detrás de las pupilas, los rojos labios, el cuerpo tan delgado como el de una mantis religiosa, a causa de la dieta, y su
carne como tocino blanco. No podía recordarla de otra manera.
-¿Querrás traerme aspirinas y agua?
-Tienes que levantarte -replicó ella-. Son las doce del mediodía. Has dormido cinco horas más de lo acostumbrado.
-¿Quieres desconectar la sala de estar? -solicitó Montag-.
-Se trata de mi familia.
-¿Quieres desconectarla por un hombre enfermo?
-Bajaré el volumen del sonido.
Mildred salió de la habitación, no hizo nada en la sala de estar y regresó.
-¿Está mejor así?
-Gracias.
-Es mi programa favorito –explicó ella.
-¿Y la aspirina?
-Nunca habías estado enfermo.
Volvió a salir.
-Bueno, pues ahora lo estoy. Esta noche no iré a trabajar. Llama a Beatty de mi parte.
-Anoche te portaste de un modo muy extraño.
Mildred regresó canturreando.
-¿Dónde está la aspirina?
_¡Oh! -La mujer volvió al cuarto de baño-. ¿Ocurrió algo?
-Sólo un incendio.
-Yo pasé una velada agradable -dijo ella, desde el cuarto de baño-.
-¿Haciendo qué?
-En la sala de estar.
-¿Qué había?
-Programas.
-¿Qué programas?
-Algunos de los mejores.
-¿Con quién?
-Oh, ya sabes, con todo el grupo.
-Sí, el grupo, el grupo, el grupo.
El se oprimió el dolor que sentía en los ojos y, de repente, el olor a petróleo le hizo vomitar.
Mildred regresó, canturreando. Quedó sorprendida.
-¿Por qué has hecho esto?
Montag miró, abatido el suelo.
-Quemamos a una vieja con sus libros.
-Es una suerte que la alfombra sea lavable. -Cogió una escoba de fregar y limpió
la alfombra-. Anoche fui a casa de Helen.
--¿No podías ver las funciones en tu propia sala de estar?
-Desde luego, pero es agradable hacer visitas.
Mildred volvió a la sala. El la oyó cantar.
-¡Mildred! -llamó-.
Ella regresó, cantando, haciendo chasquear suavemente los dedos.
-¿No me preguntas nada sobre lo de anoche? -dijo-.
-¿Sobre qué?
-Quemamos un millar de libros. Quemamos a una mujer.
-¿Y qué?
La sala de estar estallaba de sonidos.
-Quemamos ejemplares de Dante, de Swift y de Marco Aurelio.
-¿No era éste un europeo?
-Algo por el estilo.
-¿No era radical?
-Nunca llegué a leerlo.
-Era un radical. -Mildred jugueteó con el teléfono-. ¿No esperarás que llame al capitán. Beatty, verdad?
-¡Tienes que hacerlo!
-¡No grites!
-No gritaba. -Montag se había incorporado en la cama, repentinamente enfurecido, congestionado, sudoroso. La sala de estar retumbaba en la atmósfera caliente-. No puedo decirle que estoy enfermo.
-¿Por qué?
«Porque tienes miedo», pensó él. Un niño que se finge enfermo, temeroso de llamar porque, después de una breve discusión, la conversación tomaría este giro «Sí, capitán, ya me siento mejor. Estaré ahí esta noche a las diez.»
-No estás enfermo -insistió Mildred-.
Montag se dejó caer en la cama. Metió la mano bajo la almohada. El libro oculto seguía allí.
-Mildred, ¿qué te parecería si, quizá, dejase mi trabajo por algún tiempo?
-¿Quieres dejarlo todo? Después de todos esos años de trabajar, porque, una noche, una mujer, y sus libros....
-¡Hubieses tenido que verla, Millie!
-Ella no es nada para mí. No hubiese debido tener libros Ha sido culpa de ella, hubiese tenido que pensarlo antes. La odio. Te ha sacado de tus casillas y antes de que te des cuenta, estaremos en la calle, sin casa, sin empleo, sin nada.
-Tú no estabas allí, tú no la viste -insistió él-. Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar para hacer que una mujer permanezca en una casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada.
-Esa mujer era una tonta.

(Ver página 23)
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Fahrenheit 451 - Página 23

-Era tan sensata como tú y como yo, quizá más, y la quemamos
-Agua pasada no mueve molino.
-No, agua no, fuego. ¿Has visto alguna casa quemada? Humea durante días.
Bueno, no olvidaré ese incendio en toda mi vida. ¡Dios! Me he pasado la noche tratando de apartarlo de mi cerebro. Estoy loco de tanto intentarlo.
-Hubieses debido pensar en eso antes de hacerte bombero.
-¡Pensar! ¿Es que pude escoger? Mi abuelo y mi padre eran bomberos. En mi sueño, corrí tras ellos.
La sala de estar emitía una música bailable.
-Hoy es el día en que tienes el primer turno -dijo Mildred-. Hubieses debido marcharte hace dos horas. Acabo de recordarlo.
-No se trata sólo de la mujer que murió -dijo Montag-- Anoche, estuve meditando sobre todo el petróleo que he usado en los últimos diez años. Y también en los libros. Y, por primera vez, me di cuenta de que había un hombre detrás de cada uno de ellos. Un hombre tuvo que haberlo ideado. Un hombre tuvo que emplear mucho tiempo en trasladarlo al papel. Y ni siquiera se me había ocurrido esto hasta ahora.
Montag saltó de la cama.
-Quizás algún hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia, y, entonces, me presenté yo y en dos minutos, izas!, todo liquidado.
-Déjame tranquila -dijo Mildred-. Yo no he hecho nada.
-¡Dejarte tranquila! Esto está muy bien, pero, ¿cómo puedo dejarme tranquilo a mí mismo? No necesitamos que nos dejen tranquilos. De cuando en cuando, precisamos estar seriamente preocupados. ¿Cuánto tiempo hace que no has tenido una verdadera preocupación? ¿Por algo importante, por algo real?
Y luego calló, porque se acordó de la semana pasada, y las dos piedras blancas que miraban hacia el techo y la bomba con aspecto de serpiente, los dos hombres, de rostros impasibles, con los cigarrillos que se movían en su boca cuando hablaban. Pero aquélla era otra Mildred, una Mildred tan metida dentro de la otra, y tan preocupada, auténticamente preocupada, que ambas mujeres nunca habían llegado a encontrarse. Montag se volvió.
-Bueno, ya lo has conseguido -dijo Mildred Ahí, frente a la casa. Mira quién hay.
-No me interesa.
-Acaba de detenerse un automóvil «Fénix» y se acerca un hombre en camisa negra con una serpiente anaranjada dibujada en el brazo.
-¿El capitán Beatty?
-El capitán Beatty.
Montag no se movió, y siguió contemplando la fría blancura de la pared que quedaba delante de él.
-¿Quieres hacerle pasar? Dile que estoy enfermo.
-¡Díselo tú!
Ella corrió unos cuantos pasos en un sentido, otros pasos en otro, y se detuvo con los ojos abiertos, cuando el altavoz de la puerta de entrada pronunció su nombre suavemente, suavemente, «Mrs. Montag, Mrs. Montag; aquí hay alguien, aquí hay alguien, Mrs. Montag, Mrs. Montag, aquí hay alguien».
Montag se cercioró de que el libro estaba bien oculto detrás de la almohada, regresó lentamente a la cama, se alisó el cobertor sobre las rodillas y el pecho, semiincorporado; y, al cabo de un rato, Mildred se movió y salió de la habitación, en la que entró el capitán Beatty con las manos en los bolsillos.
-Ah, hagan callar a esos «parientes» -dijo Beatty, mirándolo todo a su alrededor, exceptuados Montag y su esposa-.
Esta vez, Mildred corrió. Las voces gemebundas cesaron de gritar en la sala.
El capitán Beatty se sentó en el sillón más cómodo, con una expresión apacible en su tosco rostro. Preparó y encendió su pipa de bronce con calma y lanzó una gran bocanada de humo.
-Se me ha ocurrido que vendría a ver cómo sigue el enfermo.
-¿Cómo lo ha adivinado?
Beatty sonrió y descubrió al hacerlo las sonrojadas encías y la blancura y pequeñez de sus dientes.
-Lo he visto todo. Te disponías a llamar para pedir la noche libre.
Montag se sentó en la cama.
-Bien -dijo Beatty-. ¡Coge la noche!
Examinó su eterna caja de cerillas, en cuya tapa decía GARANTIZADO: UN MILLON DE LLAMAS EN ESTE ENCENDEDOR, y empezó a frotar, abstraído, la cerilla química, a apagarla de un soplo, encenderla, apagarla, encenderla, a decir unas cuantas palabras, a apagarla. Contempló la llama. Sopló, observó el humo.
-¿Cuándo estarás bien?

(Ver página 24)