viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 40

Capítulo 31

La primera invitación formal de los Llambías a los Urovich fue poco después de que Beto Llambías se enterara de que Martín estaba desempleado y con graves problemas económicos. Los invitaron a comer un chivito que él mismo había hecho traer del campo para la ocasión. Y los Urovich fueron puntuales: nueve y media estaban tocando el timbre de una de las casas más grandes y llamativas de Altos de la Cascada, con dos grandes columnas en la entrada, escalera de mármol que se ve a través de la puerta vidriada, y balaustrada en todas las ventanas. El chivito lo hizo un asador, y durante toda la noche dos empleadas acercaron y retiraron cosas de la mesa con la naturalidad de un actor que repite la misma obra durante varias temporadas. "Mario es un fenómeno", le dijo Beto aquella vez señalando al señor que trabajaba en la parrilla, "por cincuenta pesos te hace el mejor asado que hayas comido en tu vida, y vos no te tenés que preocupar ni por prender el carbón, ¿no es cierto, Marito?". Y Llambías levantó la copa hacia la parrilla pidiendo un brindis. "Que cada uno haga lo que sepa hacer, ¿no te parece?", y esta vez brindó con Martín.

A aquella primera invitación siguieron muchas, de todo tipo y costo, todas las imaginables. Torneo de Copa Davis en el palco oficial, salir a volar en el ultraliviano de los Llambías, recital de algún cantante extranjero, el que fuera, fin de semana en Punta del Este. Martín no estaba de acuerdo en aceptar tantos programas que ellos nunca podrían retribuir, pero Lala insistía, "hay que dejarse querer", decía, y esas salidas la ponían de tan buen humor que él terminó aceptándolas casi sin cuestionar. Así fue como los Urovich experimentaron por un tiempo la fantasía no sólo de que nada había cambiado sino de que su situación estaba mejor que nunca. A los pocos meses los dos matrimonios, más que amigos, parecían parte de una misma familia. Los Llambías ya no tenían hijos pequeños que vivieran con ellos, pero nunca tuvieron problema en integrar a los hijos de los Urovich cuando el programa lo aceptaba. Siempre les sobraba alguna empleada que se podía ocupar de ellos. Hasta les habían armado en su casa un cuarto con televisión y video para que los chicos no molestaran.

Durante tres o cuatro meses los dos matrimonios cenaron juntos todos los martes, iban al cine todos los viernes, y los sábados a la noche se juntaban en casa de los Llambías a ver una película en su home theatre. Sólo seguían respetando la noche del jueves, que Martín tenía comprometida en la casa del Tano, y Lala salía con las "viudas de los jueves" al cine.

Uno de esos sábados, Lala llegó con la película que Beto le había pedido que consiguiera, Ultimo tango en París, a ella le sonaba, pero no la había visto. Le costó conseguirla; en Blockbuster no la tenían y no había muchos otros videos por la zona. Había tenido que ir hasta San Isidro. No sabía ni quién la dirigía ni quién actuaba, sólo el nombre. Y por la caja en el estante le pareció vieja y pasada de moda. Pero se lo había pedido Beto. La había llamado al celular. "Sálvame, Lala, hoy necesito ver eso." Y los Llambías eran siempre tan atentos con ellos que no se atrevió a fallarles. Dorita entró cuando Beto estaba a punto de poner la película. Fue a buscarlo y lo besó. Lo besó más efusivamente de lo que Lala estaba acostumbrada a verlos, y eso la puso incómoda. Ella y Martín no se besaban en público, y eran diez años más jóvenes y hacía mucho menos tiempo que estaban casados. Ninguno de sus amigos se besaba así en público. Vieron la película sentados en el sillón grande. Lala en una punta y Beto a su lado, demasiado pegado a ella, dejando un espacio a continuación que nadie ocupó. Martín dormitaba en un sillón reclinable, detrás de ellos. Dorita iba y venía trayendo cosas de la cocina. Café, masas, más café, licor. Era evidente que la película no le interesaba o la sabía de memoria. Mientras tanto Brando le daba placer a su compañera en la pantalla. Y ella a él. No se había equivocado cuando pensó que se trataba de una película vieja, la imagen era poco nítida, incómoda de ver. Beto se fue hundiendo en el sillón, cada vez más recostado. Cuando le hacía comentarios sobre la película, se incorporaba apenas del respaldo apoyándose sobre su pierna, y la miraba. Y ella no sabía qué le decía, pero sentía que se apoyaba. En una de esas oportunidades Beto dejó su mano en el muslo de Lala y no la sacó más. Lala no se movió, y esperó, el calor de la mano de Beto calentaba su pierna. Hasta que empezó a acariciarla, ella se puso tensa y la corrió, él se detuvo y la miró. Lala le sostuvo la mirada, simplemente porque no sabía qué decir. No quería hacer un escándalo delante de su marido, y le pareció que su mirada podía ser lo suficientemente clara. Pero no debe haber sido así, porque Beto la siguió mirando, sonrió, y sin dejar de mirarla buscó otra vez su pierna y empezó a subir por su muslo. Dorita, que todo el tiempo había parecido ausente, trajo una silla y se sentó frente a ellos, tapando la pantalla. Les sonrió, se acercó un poco más, y acompañó la mano de su marido con la suya. Lala se paró como un resorte y fue a la ventana. No se atrevía a mirarlos, ni a gritar, ni a salir corriendo. Sólo podía hacer eso, mirar por la ventana. Cuando pudo, giró apenas y los miró de reojo. Dorita y Beto se besaban exageradamente en el sillón que antes ocupaba ella. Martín seguía durmiendo en el sillón reclinable.

Capítulo 32

Romina no sabe de qué trabaja Ernesto. Le pidieron en el colegio un essay sobre la actividad o profesión paterna. Pero ella no sabe. Sabe lo que le dicen, pero eso no es cierto. Lo llama a Juani. Él tampoco sabe. Se ríe, si tuviera que escribir sobre el trabajo de su padre sería muy sencillo para él. Sólo cuatro palabras. Myfather doesn´t work. Pero no le pidieron ese essay. Se lo pidieron a Romina, y él trata de averiguar. Pero su madre, que sabe todo de todos, le contesta con evasivas. "Dale, mamá, ¿no lo tenes anotado en tu libreta roja?" Le dice que no, pero Juani no le cree. "Vos tenes anotado todo lo que pasa en La Cascada." "Sabes la cantidad de cosas que no tengo anotadas y pasan. De la droga, por ejemplo, no tengo ni un renglón escrito." Juani se enoja. "Qué jodida sos." Da un portazo y se va a lo de Romina. Le va a fallar. Había prometido que lo averiguaría, pero no pudo. Ella le pregunta a Antonia. "Tu papá trabaja mucho, ¿no viste que se va muy temprano y vuelve muy tarde?", le dice. Pero no le dice de qué trabaja. "Tu papá trabaja mucho", repite, y se va. La respuesta de Mariana ya la conoce: "Papá es abogado". Por eso no intenta preguntarle. Todos en Altos de la Cascada creen que es abogado, pero ella sabe que no. Mariana también tiene que saberlo. Es su mujer. Pero Mariana miente. En un essay no se miente. Por lo menos no se miente con mentiras de otros, para eso inventa las propias. Su padre se hace llamar "doctor". Y no es doctor, como tampoco es su padre. Si alguien le hace una consulta jurídica le tira una o dos generalidades, dice que él en ese tema específico no está, pero que se lo va a averiguar. Y se lo averigua. Nadie sospecha. Doctor Ernesto J. Andrade, dicen sus tarjetas. Pensar que apenas si terminó el secundario. Eso sí lo sabe, porque una vez se le escapó a su abuela, a la mamá de Ernesto. "Le va tan bien, tiene tan buen pasar, y pensar que no pudo terminar el secundario." Romina sabe que tiene una oficina en el centro, alguna vez fue. Con chapa de bronce en la puerta. Y una secretaria y dos abogados que trabajan para él, aunque tampoco está segura de que sean abogados. La chapa dice "Estudio Andrade y Asociados", y lo mismo dice la secretaria cuando atiende. El teléfono de Ernesto suena todo el día. Celular, la línea general de la casa, la línea reservada que tiene para "asuntos de trabajo". Un día Romina atiende la línea privada, y del otro lado le dicen: "Decile al hijo de puta de Andrade que se cuide el orto, que atrás de las barreras también se lo vamos a romper". No se lo dice, para hacerlo tendría que blanquear que atendió el teléfono que no debía. Y no cree que el orto de Ernesto esté en real peligro, por más que quieran no van a poder pasar por las barreras. Nadie puede, piensa Romina. Por un tiempo no atendió ese teléfono. Después se le pasó, o no hubo más llamados. No se acuerda.

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Las viudas de los jueves - Página 41

Romina está frente a la hoja en blanco. Juani le sugiere que mienta. Ella duda. Pinta culitos color flúo. A algunos les dibuja una florcita como saliendo de la raya, y a otros corazoncitos en los cachetes. A Juani le causa gracia. Le pide que le regale el dibujo. Romina se lo regala. "¿Querés que mienta por vos?", le pregunta Juani. Romina dice que sí. Miente la mentira que todos quieren oír para que Romina no tenga problemas en el colegio. Escribe en idioma inglés: Mi padre es un prestigioso abogado, se dedica al derecho penal, civil y comercial. Tiene un estudio que lleva casos muy renombrados. Y sigue. Uno, dos, tres párrafos más. No importa mucho qué dice, a quién nombra, qué títulos usa, ni qué palabras. Total es todo mentira. Excepto esos culitos que Romina le regaló y él ya guardó en su bolsillo.

Capítulo 33

El tema de los perros cimarrones empezó a sonar a principios del 2001. En marzo de ese año apareció la primera advertencia, en el boletín semanal del barrio que se entrega todos los fines de semana en la barrera de acceso. La nota la firmaba la Comisión de Medio Ambiente. "Ante la presencia de indeseables jaurías de perros cimarrones rogamos a los vecinos de Altos de la Cascada extremen los recaudos relacionados con el depósito de basura, utilizando a tales efectos recipientes cerrados con tapas que impidan la depredación."

Para esa altura ya casi todos en La Cascada sabíamos de perros. Y mucho. Pero perros de raza. No cimarrones. Tuvimos que aprender. Algunos ni siquiera sabían con precisión qué quería decir la palabra "cimarrón". "Me suena a Martín Fierro", dijo Lala Urovich en la clase de pintura de los martes. Tampoco está hoy claro si la palabra usada era la correcta: se trataba de perros sin dueño, criados a la deriva, que entraban al barrio a buscar comida. Perros salvajes. No nuestros perros, los golden retriever, labradores de pelo corto, beagles, border collies, chow-chow, schnauzer, bichon frise, basset hound, weimaranen, las razas más vistas paseando por la vecindad con collar y chapa identificatoria con nombre y teléfono para casos de extravío. Algún dálmata comprado a fuerza de insistencia de un chico que vio la película de Disney. Pero pocos. Se sabe que los dálmatas quedan eternamente cachorros y rompen cuanto encuentran a su paso. Que los beagles machos lloran toda la noche como si le estuvieran ladrando a la luna en la campiña inglesa, y si uno no quiere problemas con los vecinos no tiene otra alternativa que cortarles las cuerdas vocales. No duele nada, dicen, un cortecito, y quedan afónicos. Que el chow chow te llena la casa de pelos. Que al bichon frise hay que cepillarle los dientes cada tanto porque te mata con el aliento. Que el schnauzer tiene mal temperamento. Y el weimaranen, ojos celestes pero un tamaño que dificulta la convivencia. Hay otras razas, pero no en La Cascada. Las que tuvimos en la infancia y olvidamos, las que pasaron de moda. Es difícil ver por la zona caniches, bull dogs, boxers. Tampoco collies como el de la serie Lassie, ni perros policías. Mucho menos salchichas, chihuahuas o pequineses. La mujer de Aliberti tenía un chihuahua que llevaba a todos lados adentro de su bolso Fendi. Probablemente no un Fendi auténtico sino esas imitaciones perfectas que trae Mariana Andrade por catálogo. Tés, torneos de burako, partidos de tenis. Un día hasta lo llevó a misa. "Pinscher enano", te corregía, "mirale los ojos, ¿no te das cuenta de que es mucho más lindo que el chihuahua?", se enojaba frente al perro asomando por el cierre abierto de su cartera.

De todos esos perros sabíamos. Y de cómo cuidarlos. Siempre alimento balanceado y de la mejor calidad. Eso garantizaba defecaciones duras como piedras, chicas, redondas, mucho más fáciles de levantar con la palita que cualquier otra. Libreta sanitaria con las vacunas al día. Garrapaticida y antipulgas. Un falso hueso de cuero para que muerdan. Un baño en la veterinaria cada quince días. Corte de uñas para que no rompan puertas o tapizados. Un entrenador por lo menos al principio, que le enseñe las reglas básicas de comportamiento. Sit, cuando tiene que sentarse. Stop, cuando tiene que detenerse. "No se sienta porque lo pronuncias mal, abuela", le dijo un día la nieta a Rita Mansilla. "No digas siiiiit, es sit, ¿entendés?, sit, cortito, sit." Y Dorita quedó asombrada de "lo bien que aprenden inglés los chicos en estos colegios". Paseo dos o tres veces por día, para mantenerlo en línea y cansado. Es raro ver en Altos de la Cascada paseadores de perros como en las plazas de Buenos Aires. Los perros acá los paseamos los dueños, o nuestras mucamas. Pero generalmente los dueños. Igual que cuando hace muchos años la gente iba a la plaza los domingos con su mejor ropa a mirar y que la vean, las tardes de Altos de la Cascada se pueblan de vecinos paseando perros en ropa de entrenamiento, con zapatillas con colchón de aire para running o línea sport brand. O hasta en rollers si están bien entrenados, los perros.

Años atrás, cuando en Altos de la Cascada casi nadie vivía en forma permanente, quienes tenían perros y los traían los fines de semana se manejaban como si los hubiesen llevado al campo. Los soltaban a pastar. Los perros corrían libres sin que nadie se quejara. Eran familias acostumbradas a los animales, gente que mal que mal había pasado temporadas en el campo propio o de amigos. Que sabían qué hacer si un animal se les acercaba. Y éramos menos. Con la afluencia masiva en los años 90, las reglas cambiaron. Hubo que empezar a pensar en los demás. Porque los demás ya no eran los mismos de antes. El lema pasó a ser: mi perro puede molestar a mi vecino y yo tengo que hacerme cargo. Y la moraleja: porque si no me hago cargo mi vecino me denuncia y me multan. Hoy, si un perro camina sin dueño por La Cascada, quien se sienta agredido o inseguro, o simplemente fastidiado, hace la denuncia y la gente de Seguridad manda a un hombre de su personal para que se ocupe de capturar el animal y llevarlo a los caniles. Cuando puede; ningún agente de seguridad ha sido entrenado para capturar perros y casi todos los perros saben por instinto cómo deshacerse de quien quiere capturarlos. Pero si lo logra, si ese señor en bicicleta que se acerca al animal sin más herramienta que una soga atada a un palo con la que trata de enlazarlo, lo atrapa, el perro es llevado a los caniles del barrio. Allí pasa todo el tiempo necesario hasta que su dueño lo reclame. Los caniles son unas enormes jaulas cerca de la zona hípica del club donde los animales reciben el mismo alimento que el que recibirían en sus casas. Antes de retirarlo el dueño debe pagar una multa de ochenta pesos, y otros cincuenta pesos por día adicionales en concepto de guardería y alimento. Ante tamaño argumento, nadie desea que su perro se escape. Pero uno no se viene a vivir a cincuenta kilómetros de Buenos Aires para que su mascota termine encerrado como en un departamento o aferrado a una cadena por muy larga que sea. Como en Altos de la Cascada no está permitido cercar las propiedades si no es con plantas, y las plantas no detienen la marcha canina, aparecieron entonces los cercos invisibles, un sistema parecido al utilizado en el campo para que no se escape la hacienda. Se entierra un cable alrededor de toda la propiedad. Ese cable genera una descarga de 6 voltios a un elemento que se coloca en el collar del perro. Durante un tiempo se entrena al animal con banderines de colores, generalmente blancos o naranjas, clavados siguiendo el perímetro. Cada vez que el animal llega cerca de los banderines con el collar de descarga, el sistema primero emite un sonido y luego, si el perro a pesar del sonido avanza, le da una patada eléctrica en el cuello. El banderín no tiene función específica más que crearle al animal el reflejo condicionado de hasta dónde puede llegar. Luego, aunque se saquen por una cuestión estética ya que a nadie le gusta tener su parque bordeado de banderines, el animal ha hecho carne la advertencia y es muy raro que intente salir a precio de otra descarga. Un sistema ingenioso que vino a solucionarnos la vida a cambio de setecientos dólares.

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Las viudas de los jueves - Página 42

De alambrados invisibles también aprendimos. Pero nos seguía faltando aprender de cimarrones. En un boletín del mes de mayo, la Comisión de Medio Ambiente fue aún más explícita. Otra vez titularon la advertencia "Perros cimarrones", pero esta vez lo escribieron con imprenta mayúsculas. "A pesar de los esfuerzos del personal de seguridad, los perros cimarrones son prácticamente imposibles de atrapar. Se movilizan en grupo, y ante la presencia del agente se escapan a gran velocidad. No se pudo determinar aún cómo se introducen dentro del ejido del barrio. Dado que no se ha encontrado pozo alguno ni alambrado averiado a lo largo del perímetro, se estima que los perros han entrado por la puerta de acceso al público general, por debajo de las barreras. Si bien sólo buscan comida y no han atacado todavía a ningún vecino, se recomienda mantenerse alejados de ellos. Por el momento, la única solución al problema es mantener la basura adecuadamente protegida, porque por ella vienen. Entran a buscar la comida que ya no encuentran en su habitat natural fuera de Los Altos. Por eso se ruega a todos los vecinos que no dejen bolsas con residuos domiciliarios al alcance de estos animales. Se recomienda el uso de canastos de hierro con tapa, en donde introducir las mencionadas bolsas. Si el tramado del canasto permite que un animal rasgue la basura y la desparrame o introduzca su hocico a tal fin, se recomienda forrarlo con una malla de menor calado o poner una media sombra del lado interno, en lo posible del mismo color que el canasto. Cuidemos nuestra basura y alejemos a los cimarrones. De nosotros depende."

Y a esa tarea nos abocamos. Si los cimarrones entraban a buscar la comida que no encontraban afuera, pues tampoco la encontrarían adentro. Los que no tenían canasto adecuado lo colocaron. Cuadrados, cilíndricos. Más chicos o más grandes. Empotrados en la misma columna que el medidor del gas. Escondidos detrás de arbustos. Verdes, negros o grises. Casi todos de malla metálica, algunos de madera, otros como urnas funerarias. Altos, para que un animal no los alcance, o bajos para no tener que elevar las pesadas bolsas. La casa de los Llambías tenía dos: uno de malla calada para las bolsas comunes, y otro de chapa lisa para la basura que no querían que nadie viera. En la proveeduría del barrio ofrecían distintas variedades de modelos y tamaños. A fines de junio salió un instructivo sobre "Lugares adecuados para instalar el canasto de residuos domiciliarios, y características del mismo".

Y teniendo tacho con tapa para nuestra basura, nos quedamos tranquilos.

Capítulo 34

Gustavo se levantó a las nueve y media, como todos los sábados. A las diez tenía partido de tenis con el Tano. Miró por la ventana y vio que la camioneta de Carla ya no estaba. Buscó la ropa de tenis en su vestidor. Estaba lavada y planchada, doblada prolijamente en el estante correspondiente. Donde Carla la dejaba todos los sábados, para que él no tuviera que ponerse a buscarla y se enojara porque llegaba tarde al partido. Se vistió. Se ató las zapatillas más ajustadas que de costumbre. Por qué se fue tan temprano si la inmobiliaria abre a la diez. Bajó a desayunar. Sobre la mesa lo esperaban el individual, la taza limpia, el termo con café, el diario, la azucarera, el dulce de durazno que comía todas las mañanas, y las tostadas en la panera de ratán, envueltas en una servilleta blanca. Abrió la servilleta, todavía estaban tibias. Con la mano apoyada sobre el pan caliente, calculó que Carla debía haberse ido no más de diez minutos antes. Lamentó no haberla oído. Ojeó el diario sin prestarle atención. Miró el reloj. Las diez menos cuarto. La llamó al celular. Estaba apagado.

Llegó a la cancha unos minutos tarde. El Tano se lo reprochó. Qué necesidad tenía ella de trabajar también los fines de semana. Qué necesidad tenía de trabajar. Si él aportaba lo que necesitaban para vivir como vivían y más. Empezó jugando de compañero con el Tano, como todos los sábados. Pero erró demasiadas pelotas. El Tano se fastidió, después del primer set pidió cambiar las parejas. Empezaron otro set. Sí, él entendía que una inmobiliaria, sobre todo de country, trabaja más el fin de semana que durante la semana. Cómo no lo iba a entender él, que tuvo que inventar todo ese cuento del celular perdido de Virginia para conseguir que ella lo atendiera un día de semana. Era urgente conseguir una casa donde mudarse cuanto antes, y las urgencias no entienden de días hábiles o feriados. No quería seguir viendo a los que lo criticaban o lo compadecían porque no podía controlarse. Le llenaban la cabeza a Carla, y así no iban a solucionar nada. Ellos lo iban a solucionar juntos, sin que nadie se metiera. Se lo había jurado a ella. Se lo había jurado a él. ¿Pero estaba mal querer que sábado y domingo la mujer de uno esté en su casa?, se preguntaba en medio de un saque que no pudo contestar. Ella tenía que entenderlo. Sonó un teléfono en medio de un tanto. Era el celular de Gustavo. Corrió al banco a atender. No era Carla. Cortó enseguida. Iba a entrar otra vez a la cancha pero volvió y chequeó los mensajes. El Tano se puso a practicar saques para sacarse el veneno por la interrupción. Gustavo perdió el siguiente set, y el siguiente. Los perdió él solo, aunque fueran dobles. El Tano casi no le habló. No se quedó a tomar una coca después del partido. "Estoy muy preocupado, hay algunos problemas en el trabajo." "Se nota", dijo el Tano, de mal humor.

Entró en la casa. Fue a la cocina. Se sirvió agua helada. Dos vasos. Tomó uno detrás del otro, casi sin respirar. Volvió a llamar a Carla. El celular seguía apagado. Llamó a la oficina de Virginia. "Carla salió a mostrarle una casa a un cliente." Carla en el auto de un cliente. Un hombre. "Sí, le digo que llamaste."

Se duchó. El agua más caliente que lo aconsejable le dolió sobre la espalda. Almorzó. Solo. Sin vestirse, con la toalla anudada en la cintura, descalzo. Puso los platos en la pileta. Subió a vestirse. Dejó otro mensaje. "Llámame." Abrió la puerta del vestidor de Carla, pero no entró. Se vistió. Prendió el televisor. Lo apagó. Bajó. Regó las plantas. Limpió la pileta. A más tardar a las cinco Carla estaría de vuelta. Habían quedado en que sólo trabajaría hasta esa hora. Cinco y media llamó otra vez al celular. Seguía apagado. Esta vez no dejó mensaje. Subió al cuarto. Otra vez prendió el televisor. Miró una película empezada. Le parecía que ya la había visto. Ya la había visto. Se metió en el vestidor de Carla. Recorrió su ropa, percha a percha. La olió. La acarició. Se quedó detenido en la pollera de seda marrón que se había puesto para su último cumpleaños. El de Gustavo. Era suave, olía a ella, hundió la cara en la tela. Con qué otro cliente estaría ahora. Suspiró sobre la seda marrón. La dejó. Jugó a deducir qué se habría puesto esa mañana. Faltaban los zapatos negros de taco que le había regalado para el último aniversario. Unos zapatos demasiado arreglados para subir y bajar de un auto mostrando casas. Y la camisa de liencillo blanca, la que le dejaba traslucir el corpiño. Revisó otra vez las perchas. No podía ser que se hubiera puesto esa camisa. Corrió las perchas con violencia. Otra camisa se deslizó por la madera y cayó al piso. La pisó y siguió buscando la de liencillo blanca. No la encontró. En el último estante, cerca de la ventana, el celular de Carla se cargaba en un enchufe.

Bajó y se preparó un café. Negro, muy cargado. Lo llenó de azúcar. El café se enfrió en la taza. No se puede haber puesto esa camisa y esos zapatos para mostrar casas y terrenos. Llamó a la inmobiliaria. Cortó. Si Virginia sabía y la estaba encubriendo lo único que faltaba era que lo tomara por pelotudo. Sonó el teléfono. Corrió a atender. Estaba cerca, pero corrió. Era el Tano. "¿Querés jugar mañana? Me quedé caliente con el partido de hoy." "Bueno, dale." "¿Te pasa algo?" "No..." "¿Seguro?" "Seguro. Mañana nos vemos a las diez." "Esta noche nos vemos en lo de Ernesto Andrade, ¿no te acordabas?" "Sí, me acordaba."

Cortó y subió otra vez. Entró en el vestidor. Encendió el teléfono de Carla, verificó las llamadas que había hecho ese día y el anterior. La inmobiliaria. Su propio celular. La casilla de mensajes. La guardia de Altos de la Cascada. La inmobiliaria otra vez. Un número desconocido. Lo marcó, esperó que atendieran. "Cines Village, buenos días..." Cortó. Otro número desconocido. Marcó, atendió una voz de hombre. Lo dejó decir hola varias veces, pero no la reconoció. Podía ser un cliente de la inmobiliaria, o no. Sólo sabía que era un hombre. Tal vez alguno de aquellos con los que chateaba Carla a la madrugada cuando se levantaba con insomnio, aunque ella negara que chateaba, aunque él le agarrara la mano sobre el mouse, la retorciera, y doblara su brazo sobre su espalda hasta que se quejara de dolor. Salió al jardín. Regó el pasto. Otra vez limpió la pileta; el viento había desparramado algunas hojas. Nunca le había gustado Virginia Guevara. Ronie sí, pero ella le daba desconfianza. Preguntó demasiadas cosas aquel día que le alquiló la casa. Hizo comentarios estúpidos. Mintió, no se acordaba en qué, pero sí que mintió. Como podría estar mintiendo ahora. "Le avisé que llamaste, ¿no te llamó? Es que sorprendentemente estamos con mucho trabajo hoy. Salió el sol y todo el mundo se quiere venir al country." Salió con el auto a dar vueltas por La Cascada. Barrió todas las calles en forma horizontal y vertical, los cul-de-sac, otra vez las calles horizontales. No la encontró. Cualquiera de esos autos estacionados frente a cualquiera de esas casas podría ser el del señor al que su mujer sonriente con los zapatos de taco negro y la camisa de liencillo transparente le estaba mostrando un dormitorio. Volvió a su casa. En una esquina casi choca con Martín Urovich, pero levantó la mano y siguió. Las siete. Entró en la cocina. Fue al bar. Se sirvió un whisky. ¿Y si en lugar de estar en La Cascada mostrando casas fue al cine con alguien? Salió al jardín otra vez. Pateó una rama caída junto al camino de quebracho. Primero al cine, ¿y después? Volvió a entrar. Subió al cuarto. Revisó las llamadas entrantes del celular de Carla. Las había borrado. ¿Por qué las borró? Se sirvió otro whisky. Salió con el vaso al jardín y se tiró en la reposera. Lo bajó de un trago. Entró a buscar la botella. Todavía quedaba para tres o cuatro whiskies más. La dejó en el piso, junto a él. ¿Y después qué? Eran las siete y media, y no lo había llamado en todo el día. Ni siquiera le importa cómo estoy, pensó. Sacudió la botella sobre el vaso, cayeron dos gotas y ya no salió más. Entró en la casa y buscó otra. La abrió. Le costó abrirla. Sintió el ruido de un motor en la entrada de la casa. Se asomó por la ventana. Alguien que usaba su entrada para hacer una maniobra. Alguien. No Carla. Recordó que Carla estaba linda ese último tiempo. Más linda que de costumbre, bronceada, dura de hacer gimnasia. Con la camisa de liencillo transparente. Salió otra vez al jardín. Caminó hacia la pileta. El agua se movía con el viento, pero no habían caído más hojas. Se tiró otra vez en la reposera. Sonó el teléfono. Se levantó a atender y en el apuro tiró la botella. Corrió a la casa. "¿Los pasamos a buscar para ir a lo de Ernesto?", dijo el Tano del otro lado. "No, deja... " "¿Vos estás bien en serio?" "Sí, quédate tranquilo." "¿Van más tarde?" "No sé." "¿Cómo que no sabes?" "No sé, Tano, todavía no sé."

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Las viudas de los jueves - Página 43

Subió otra vez al cuarto, se metió en el vestidor de Carla. Se sentó en el piso. Se quedó mirando sus ropas, sospechó que la combinación de colores y texturas colgando de las perchas escondía un mensaje a descifrar. Habló con ellas. Por qué me hace esto. Estrujó un vestido de flores amarillas. Vació el vaso en su garganta. Yo no me lo merezco. Desabrochó una camisa negra haciendo saltar todos los botones. Agarró las perchas, cualquiera, de a dos, de a tres, y las estampó contra la pared del fondo. Los caños y los estantes quedaron vacíos, y en el medio de ese vestidor angosto, él, solo, borracho, rodeado de telas de colores y perchas. Lloró. Se arrodilló y lloró abrazado al vestido floreado. Cuando no tuvo más lágrimas, se secó la cara con el mismo vestido. Abrió la puerta del vestidor de una patada que quedó marcada en la pared y salió. Al parque. Los grillos de la noche lo aturdieron. El cielo, más lleno de estrellas que nunca, le pesaba sobre la frente. Un motor sonaba en la entrada de la casa. Pero esta vez no fue a ver, intentó levantarse de la reposera pero le llevó demasiado tiempo. El motor se detuvo. Se oyó el golpe de la puerta del auto al cerrarse y enseguida apareció Carla por el camino de listones de quebracho. Apurada. Linda. Dura de tanta gimnasia. Despeinada. ¿Por qué está despeinada? Pisaba sobre la madera para que los tacos de los zapatos negros no se le hundieran en el pasto recién regado. Primero al cine, ¿y después? No llevaba la camisa de liencillo. Llevaba otra, de color fuerte, amarilla o naranja, que la oscuridad de la noche no dejaba ver bien. "Hola", dijo. La miró avanzar parado junto a la reposera. "Se me hizo un poco tarde." La miró avanzar. "¿Hoy tenemos lo de Andrade, no?" Gustavo avanzó hacia ella. Lento, tambaleándose un poco. "Me olvidé el celular." Se detuvo frente a ella. Linda. Bronceada. Despeinada. ¿Y después? Ella amagó darle un beso en la mejilla, pero un instante antes de hacerlo, Gustavo, con el puño cerrado, le acertó un golpe en la mandíbula. De abajo hacia arriba.

Capítulo 35

El Comité de Disciplina cita a Mavi y a Ronie. No por ellos. Por Juani. Nadie menciona la droga. Ni la lista. Ni los fumancheros. La carpeta está caratulada "Exhibicionismo en lugares de uso común". Con otros dos amigos se habían bajado los pantalones frente al mástil. El sábado a la madrugada, después de una fiesta. Y había chicas, aclara el informe. "Chicas que aplaudían", dice Juani más tarde, cuando Mavi y Ronie le piden explicaciones. "Ni se te ocurra contestar eso cuando te pregunten", advierte Ronie. El Comité les tomaría declaración, y si los encontraran culpables aplicarían la sanción correspondiente. "¿Culpables de bajarnos los pantalones? ¿Entre nosotros? ¿Es una joda, o me están hablando en serio?" "Parece que no sólo estaban ustedes, porque alguien los denunció." "Hay que estar al pedo en la vida." "Eso tampoco lo digas cuando declares." "¿Y qué tengo que decir?"

En una semana los citan. Los escuchan. Evalúan el caso. Si el comité los declara culpables, tiene que definir una sanción y proponer dos opciones: opción uno, suspensión, el infractor no puede hacer deporte ni usar las instalaciones comunes por el tiempo determinado; opción dos, pagar una multa y mantener el libre acceso a las instalaciones sociales y deportivas "para que el sancionado y sus amigos no anden vagando por ahí con los problemas que el ocio trae". Si se elige la opción dos, entonces, el padre paga la multa y el hijo evita la suspensión.

Mavi y Ronie hablan con Juani varias veces antes del día del interrogatorio. Lo interrogan ellos antes para evitarle dudas, vacilaciones. Practican, le dan indicaciones. "Fue una broma, no sabías que había chicas, no quisiste molestar a nadie", recita Ronie. "¿Habías tomado algo? ¿Habías fumado algo?", pregunta Mavi. Ronie la mira mal, Juani no contesta. Ella repite la pregunta a pesar de ellos, ella sabe qué van a preguntar. "Cerveza", dice Juani, de mal humor, "pero no estaba borracho". Mavi llora. "¿Mamá, nunca tomaste cerveza?" "Nunca me bajé los pantalones delante de nadie." "Yo sí", dice Ronie, y ahora es ella la que lo mira mal. "Habías fumado", vuelve a decir, como si lo anterior no hubiera existido. "Mamá, era una joda, ¿nadie puede entender eso?" Y ella no entiende. Ni escucha. Ni sabe ya nada.

El Comité de Disciplina lo componen tres socios. Se ocupan de cualquier infracción denunciada que se cometa dentro del barrio. Y siempre se habla de infracciones y no de delitos. Porque, técnicamente, en Altos de la Cascada no los hay. Excepto que fuera cometido por personal de maestranza, domésticas u otro tipo de trabajadores, pero entonces la cosa va por otros carriles. Si se trata de los socios de La Cascada, si alguno de ellos, o sus hijos, o parientes o amigos comete un delito, no se hace denuncia formal ante ninguna autoridad fuera de las barreras del barrio. Se trata de resolver lo que sea puertas adentro. Barreras adentro. Robos, choques, agresiones, por el Comité de Disciplina pasan todo tipo de infracciones. Y siempre se resuelven, porque hay buena voluntad. Si uno se trenza en una pelea con alguien cualquiera en una calle, un bar, un cine, y lo lastima, puede terminar en la cárcel. Pero si la pelea es con un hermano, en el jardín de su casa, seguramente no, a nadie se le ocurriría resolver el asunto fuera de los límites de esa casa y esa familia. Funciona de la misma manera. Altos de la Cascada es una gran familia con un gran jardín. Y como tal, la misma familia juzga la infracción y pone el castigo. A través de la Comisión de Disciplina. La justicia del país, la externa, la que está afuera, en los tribunales, en el Palacio de Justicia, casi nunca llega a intervenir. En los delitos de acción privada, al no haber denuncia, no hay delito. Y en los de acción pública, el que podría ejercer la acción no se entera. O no se da por enterado. En Altos de la Cascada nadie denuncia nada en una comisaría. No sólo no es costumbre, sino que está muy mal visto. Se arregla todo rejas adentro. Se denuncia en la administración del country, juzga el country, sanciona el country o perdona el country. La policía tampoco entra, la de verdad, ni la Bonaerense ni la Federal, sólo entran los vigiladores que pagan los socios. Eso también tiene sus contras, los chicos se sienten con demasiada libertad y fuman marihuana en el salón de los jóvenes o en las canchas del fondo. No necesitan esconderse más que de sus padres. A veces ni siquiera eso. Ellos, como los adultos, saben que lo peor que les puede pasar, hagan lo que hagan, es que les labren un acta y tengan que declarar en la Comisión de Disciplina. Como le va a pasar a Juani por bajarse los pantalones. "¿En serio voy a tener que ir a declarar?", pregunta. "Sí." "Qué manga de farsantes... " "Acá no se trata de ellos sino de vos", le dice la madre y llora. "Se trata de todos", dice el padre. "¿Y qué es lo que quieren que les diga?", pregunta él y en un mismo acto se responde, "me bajé el pantalón, sí, okey, eso tengo para decir, pero no puedo decir ninguna otra cosa que esos tres viejos pelotudos puedan entender". Juani va y declara. Sus amigos también. A Juani lo suspenden. Nadie lo dice, pero en su carpeta hay una copia de la lista de Chicos en Riesgo. El padre de Marcos prefiere pagar la multa. A Tobías no le aplican ni sanción ni multa, negó que hubiera estado esa noche en el country y presentó tres testigos. Su padre es abogado.

Capítulo 36

Un jueves, uno de esos jueves en que por la noche nuestros maridos se juntaban a jugar a las cartas y a comer, el Tano llamó. Pero no pidió hablar con Ronie sino conmigo. Me invitaba a cenar con ellos a su casa. A mí, a Carla Masotta y a Lala Urovich. Con Teresa, obviamente. "Las viudas de los jueves", como él nos llamaba. En tantos años, era la primera vez que íbamos a compartir una noche de jueves de nuestros maridos. Le conté a Ronie y se sorprendió, él tampoco sabía. "Está medio raro el Tano últimamente", dijo. No lo había notado, desde hacía un tiempo toda mi atención estaba puesta en Juani y el resto del mundo se me había convertido en fantasmas que pasaban a mi lado, incorpóreos. Gracias a Ronie había pasado de la agresión desenfrenada a una conmiseración de mí misma, que tampoco sabía si era lo mejor para mi hijo, pero que podía disimular mejor. Lo que todavía no lograba controlar era mi compulsión a espiarlo y a revisar sus cosas. Tampoco tenía claro si no estaba bien que lo hiciera. "¿No viste que el Tano se dejó la barba candado?" "¿Y eso qué tiene que ver?" "Y toma sol." "Querrá verse bien." "Eso es lo raro, si él siempre se vio bien", concluyó mi marido.

Mi temor era que la cena fuera de desagravio por "la vergüenza no sólo de cargar con un hijo drogadicto, sino de que para colmo lo sepamos todos", como se había compadecido Teresa cuando se me apareció en la inmobiliaria a los dos o tres días de su inolvidable llamado telefónico para ponerme al tanto de la situación de riesgo en que se encontraba mi hijo. La llamé, si iba a ser así prefería mentir una enfermedad a terminar padeciéndola. Ella tampoco sabía nada, estaba tan sorprendida como nosotros. "Dice que tiene algo que quiere compartir conmigo y con ustedes, pero no larga prenda." Me sentí aliviada, sabía que mis penas no eran prenda para compartir en una cena de amigos, si es que eso éramos.

A las nueve en punto llamamos a la puerta. Nos abrió Teresa, llevaba un vestido de seda negro, casi largo hasta el piso, y el collar de perlas españolas que el Tano le había regalado para el último aniversario. "No sabía que era de gala", dije, sorprendida, metida dentro de mi jean y mi twin setde hilo de dos temporadas anteriores. "Yo tampoco, el Tano me eligió la ropa, y no aceptó ningún cambio. Estoy empezando a preocuparme", bromeó.

Ronie avanzó hacia la cocina con las botellas de vino que habíamos llevado. Nosotras lo seguimos unos pasos atrás. "Syrah", le oí decir cuando le entregó las botellas al Tano. "Se me hace que viene de anuncio de viaje o algo así", me susurró Teresa confidente, "estuvimos hablando de ir a Maui, pero para mí que armó algo más gordo, puede ser, ¿no?". Le contesté que sí, pero sin mucha convicción. Me resulta fácil meterme en la cabeza de alguien, adivinar qué piensa o qué siente. Es algo que en mi profesión me ayudó mucho. "Entender qué casa quiere comprar un cliente, y que esa casa no tiene que ser la misma que yo compraría, ahorra tiempo y malos entendidos", anoté en mi libreta roja después de padecer una venta. Pero el Tano siempre me resultó inexpugnable, casi tanto como mi Juani, y aunque por momentos me parecía que podía entenderlo, enseguida sospechaba que hasta esa supuesta empatía era producto de su deliberado engaño.

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Las viudas de los jueves - Página 44

En la cocina el Tano preparaba tandoori chicken para sus invitados. Se había puesto delantal blanco y gorro de cocinero. Tenía razón Ronie, estaba raro. Pero no era la barba candado, ni el bronceado. Era la exageración de sus gestos. Por momentos parecía que hasta contaba sus propios pasos. El Tano, aunque contundente y firme, siempre fue un tipo medido, contenido. Si quería imponerse lo hacía en voz baja, no necesitaba gritar. No necesitó gritar el día que llegó a La Cascada y dijo "quiero ese terreno". Si estaba feliz, compartía un Pomery con sus amigos, y si estaba mal los dejaba plantados. O los humillaba. Pero no se reía a las carcajadas, ni los abrazaba, ni lloraba. Y esa noche parecía que podía terminar haciendo cualquiera de las tres cosas.

Esperamos que llegaran todos para pasar al comedor. Nos habían servido champán y el alcohol con el estómago vacío me produjo un mareo. Me acerqué al ventanal. Un relámpago atravesó el cielo y unas gotas pesadas rompieron la serenidad del agua de la pileta. El deck de madera se llenó de manchas húmedas. El olor a tierra mojada se mezclaba con el aroma que llegaba desde la cocina. La empleada terminaba de acomodar la entrada sobre la mesa. Unas copas de centolla y langostinos con palta que también había preparado el Tano. "No insistan, no doy recetas", dijo y le hizo una seña a la empleada que no entendí, pero ella sí, porque se fue rápidamente y con la cabeza gacha. Aunque el jueves era su día de franco, el Tano le había pedido que se quedara porque "vienen las viuditas", aunque no creo que la mujer haya entendido el chiste. Las famosas viudas del barrio son las "viudas del golf", a las que sus maridos abandonan todos los fines de semana por lo menos cuatro horas para hacer los dieciocho hoyos de la cancha. Nuestro apodo, inspirado en ellas, era algo más privado, y no habría salido nunca de nuestro propio círculo si no hubiera sido profético.

Como siempre, las mujeres nos ubicamos todas juntas en una mitad de la mesa y dejamos la otra mitad para ellos. La mesa de cerezo del Tano es la mesa más grande que vi en mi vida. Normalmente entran doce personas, pero pueden apretarse y entrar hasta dieciséis. "Esta vez los quiero mezclados", dijo el Tano. Ronie me miró con complicidad. Que el Tano estuviera dispuesto a conversar con alguna de nosotras no dejaba duda de que nada era como hasta entonces. "Un aplauso para el asador", bromeó Gustavo cuando promediaba el segundo plato, sin que el Tano hubiera hecho ningún anuncio. "¿ Tandoori es el nombre de alguna especie?", preguntó Lala. "Especia", corrigió Ronie por lo bajo, pero no le contestó. Ni él ni nadie. Algunos porque no sabíamos, otros no la habrán escuchado. El Tano seguramente porque lo fastidiaba. De todas las mujeres, a la que él menos respetaba era a Lala. "¿Puede haber tanta idiotez en el cerebro de una sola persona?", le había dicho el Tano una noche a Ronie, cuando ella intentó participar de una asamblea donde discutían las prioridades a asignar en el presupuesto del año entrante e insistía con darle una partida significativa a la erradicación del clavel del aire. "Debe ser una especie, ¿no?", se contestó ella misma. Carla casi no habló en toda la noche. Había estado faltando a la inmobiliaria. Hacía más de una semana que no venía. Insistía que había tenido una gripe mortal y que todavía se sentía débil, pero no le creí. Parecía triste, apagada. "Cansada", me contestó cuando le pregunté si se sentía bien. Pero el tapaojeras que usaba sobre los pómulos no alcanzaba a disimular del todo la carne morada.

Antes del postre el Tano se paró en la cabecera de la mesa y con el tenedor golpeó su copa. "Qué poco respeto", se quejó, "en las películas, cuando alguien hace esto se callan todos". "¿Y vos le crees a las películas, Tano?", preguntó Gustavo, "this is real Life, Tanito, real Life". Se rió, todos nos reímos sin saber muy bien de qué. "Amigos, amor", le dijo a Teresa, "quiero compartir con ustedes una decisión muy importante que tomé". "Dejas el tenis...", bromeó Ronie. "Eso nunca. Dejo Troost", contestó él. Y hubo un silencio. El Tano mantuvo su sonrisa. Teresa la suya, pero hueca y con los ojos exageradamente abiertos. Los demás no sé, estaba demasiado preocupada por mí misma, me costaba entender, fue un instante en que mis neuronas buscaron entre las burbujas de champán qué era ese Troost que había dejado a todos paralizados como si el Tano fuera cura y hubiera dicho que dejaba los hábitos. "Te ofrecieron otra cosa...", logró decir Teresa, todavía sonriente, asumiendo que su marido daría un nuevo salto en la pirámide laboral. "No, no", contestó él muy tranquilo. "Me harté de la relación de dependencia. Soy un desocupado más", se rió. A Teresa no le causó gracia el chiste. "Cuídate, Gustavito, que parece que el tema es contagioso", le advirtió el Tano. Martín Urovich pareció sonrojarse, pero no sé, tal vez me pareció a mí, tal vez sentí que debía haberlo hecho, que yo me hubiera sonrojado en su lugar. Tal vez me sonrojé yo por él. O por Ronie, que también era un desocupado, aunque se engañara pensando que vivía de rentas, cuando esas rentas eran muy inferiores a los gastos que producían. "No, por favor, que yo fuera de una corporación no existo, necesito mi big father” contestó Gustavo tardíamente. Y Martín Urovich dijo: "Nosotros estamos evaluando irnos a Miami". "¡Déjate de boludeces!", le contestó el Tano. "Nosotros nos vamos a Miami", dijo Lala. El Tano, sin mirarla, le dijo a Martín: "¿Estás hablando en serio?". Martín negó con la cabeza. A Lala se le llenaron los ojos de lágrimas y se fue al baño. "¿Alquien quiere más tandoori", preguntó Teresa. "¿Estás contento?", le pregunté a Martín, pero me contestó el Tano. "Feliz", me dijo. "Hace tiempo que lo vengo planeando, estoy harto de hacerle ganar plata a otros, la quiero toda para mí." "¿Y qué pensás hacer?", le preguntó Ronie. "Todavía no sé, tengo muchos proyectos, y por suerte me dieron una muy buena gratificación de salida, así que con plata en el bolsillo pensaré tranquilo en cuál me meto primero." "Estaba todo fríamente calculado...", dijo Gustavo. "Fríamente calculado", le contestó. "Antes de ningún proyecto, acordate de nuestro viaje a Maui", le recordó Teresa. "Ése va a ser mi primer proyecto", dijo el Tano, y la besó. Fue la primera vez que vi al Tano besar en público a su mujer. A ella también la sorprendió, estoy segura. Y luego pidió un brindis. Levantamos las copas y esperamos que el Tano dijera en nombre de qué las chocaríamos. El tiempo de silencio con las copas en alto pareció demasiado largo. "Brindemos... por la libertad", dijo, pero enseguida se corrigió. "No, no, mejor brindemos por la real life... Eso, por the real life." Y los cristales se encontraron en medio de la mesa. Los mismos cristales que aparecieron junto a la pileta, esa noche de septiembre en que la profecía de las viudas de los jueves se cumpliera para tres de nosotras. Las copas que el Tano sólo usaba para ocasiones especiales. Como ésa.

Capítulo 37

En La Cascada Romina se siente una extraña. Juani también se siente un extraño. Por eso debe ser que se sienten tan bien el uno con el otro. Y que planean irse juntos a recorrer el mundo, algún día, cuando terminen el colegio. A él no le gusta el deporte, se pasa horas encerrado escuchando música o leyendo o vaya a saber haciendo qué. Y para los adultos de Altos de la Cascada eso es extraño. Romina también pasa mucho tiempo encerrada en su cuarto. Pero además ella tiene la piel oscura. Es inútil negarlo. Ni siquiera Mariana lo niega, se lo dice a quien quiera escucharla. Es adoptada. La obliga a tomar sol con protección cincuenta. "Aunque sea en las rodillas, si parecen dos carbones a esta altura del año qué te espera para el verano." Pedro también es oscuro, pero no tanto como ella, a veces Romina sospecha que Mariana le dio algo para blanquearle la piel. Una vez descubrió que le lavaba el pelo con manzanilla y desde entonces le prohibió que entrara al baño de su hermano. Pedro se viste como a Mariana le gusta, y habla como ella quiere que hable. Entonces Mariana actúa como si Pedro hubiera sido engendrado en su cuerpo, como si nunca nadie le hubiera dicho que sus huevos estaban vacíos. Y Romina la odia por eso, porque con esa mentira le roba mucho más que un hermano.

Romina y Juani se encuentran todas las noches. Después de comer se van a sus respectivos cuartos, cierran la puerta y se escapan por la ventana. Desde que Romina se cortó la pierna con aquella botella de cerveza tiene que dar demasiadas explicaciones cada vez que quiere salir con Juani de noche. Por eso se escapa, sin decirle a nadie. Se juntan a mitad de camino. A veces en el paso peatonal del hoyo 12. A veces frente a la araucaria de la rotonda. Salen a dar una vuelta. A través de la ventana de sus cuartos la noche quieta, cuando nadie anda dando vueltas por las calles de Altos de la Cascada, se ve demasiado linda. Da pena irse a dormir. Los días de luna llena se ilumina de plata la copa de los árboles más altos, se pintan. Parece que la luna brillara más que en la ciudad. El aire se siente menos contaminado. Y el silencio. Lo que más les gusta a Romina y a Juani de sus salidas nocturnas es el silencio. El único ruido que se escucha es el canto de los grillos y las ranas. Unas ranas diminutas y casi transparentes que no dejan de croar en toda la noche. A los dos les gusta el verano. Y los jazmines. A Romina más que a Juani, es su flor preferida y ella le enseñó a descubrirla entre los aromas nocturnos.

Caminan. Patinan. Espían. Romina y Juani salen a rondar de noche. Llevan sus linternas. Lo hacen desde chicos, y es una de las pocas cosas que los sigue entusiasmando a sus diecisiete años. Eligen una casa, un árbol y una ventana. Y espían. Ya no se asombran tanto como al principio. Confirman lo que ya saben. Saben que el marido de Dorita Llambías se acuesta con Nane Pérez Ayerra. Los vieron la noche de la fiesta aniversario del club. En la cama de ella. Todos los adultos estaban bailando en el salón de fiestas. Menos ellos. Al rato se vistieron y cada uno salió en su camioneta, seguramente a juntarse con el resto. Saben que Carla Masotta llora por las noches y que Gustavo estalla botellas de vidrio o platos contra la pared cuando se enoja. Saben que es mentira que el hijo más chico de los Elizondo se rompió el brazo cayéndose de un árbol. Ellos vieron cuando una noche, después de llorar y llorar porque sus papas lo habían encerrado en el cuarto, abrió la ventana, sacó el mosquitero y empezó a caminar por el techo de tejas. Tres pasos apenas y se cayó. También ven gente que duerme tranquila. Familias que cenan en aparente cordialidad. Chicos en la computadora o mirando televisión. Pero eso no los entretiene, no es eso lo que buscan. Porque no les creen. O les creen, pero no los entienden. Hay noches en que espiar una sola casa ya es suficiente, y noches en que van de árbol en árbol sin encontrar lo que buscan. Romina y Juani no saben qué buscan, pero sí que en un momento, en una rama, mirando a través de una ventana, el juego se acaba, ya está por esa noche, ya no hace falta seguir mirando.

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Las viudas de los jueves - Página 45

Caminan. En la casa de Willy Quevedo se escucha música. Él también debe estar despierto. La luz de su cuarto está apagada pero hay un resplandor. La pantalla de la computadora seguramente. Debe estar chateando. Romina se quiere quedar a mirarlo; le gusta Willy, todavía piensa en él a pesar de lo que le hizo. Transó con Natalia Berardi mientras salía con ella. Pero Juani se la lleva para otra parte. Doblan en la primera esquina. Se suben a otro árbol. El papá de Malena Gómez se pone horquillas en el pelo para dormir. Lo descubre Romina por la ventana de su baño en suite. Y redecilla. Juani al principio no lo cree. Pero se acercan con el zoom de la cámara que Romina le roba todas las noches de ronda a su padre. Romina lo obliga a mirar. Usa redecilla. El papá de Malena entra al baño y se pone a mear, con la ventana abierta y la luz prendida. Con redecilla y horquillas. En Altos de la Cascada nadie se cuida de que lo vean los vecinos. Los vecinos están muy lejos. En algún sitio detrás de aquellos árboles. Quién se va a imaginar que hay alguien espiándolo desde el roble de su propia casa.

Capítulo 38

Cada uno pegó, a su turno, con su madera 1 en la salida del hoyo 9. El último hoyo que iban a jugar esa mañana, un hoyo par cuatro. Hasta esa salida llevaban los dos la misma cantidad de golpes anotados en su tarjeta. Una semana atrás Alfredo Insúa había invitado al Tano a jugar al golf. Y el Tano había aceptado. Era un deporte que no le gustaba demasiado y en el que no se destacaba como en el tenis, pero Insúa era un compañero de línea que nadie que valorara los buenos contactos se atrevería a despreciar. Hacía tiempo había superado el episodio del plato con mierda que le había dejado su mujer anterior, y se pavoneaba tranquilo con la nueva los fines de semana. "Sólo nueve hoyitos, Tano", le había dicho, "porque a media mañana tengo que estar en la oficina". Tener algo más de dos horas para charlar con el dueño de una compañía financiera era una oportunidad que más de uno le habría envidiado. Le extrañaba qué sería lo que Alfredo Insúa necesitaba de él. No eran amigos, apenas conocidos, aunque había estado en casi todos sus cumpleaños, y viceversa, pero era sabido que una invitación de Insúa siempre tenía contrapartida, aunque el invitado no tuviera conciencia de qué era lo que estaba dando a cambio. Sin embargo, ya habían jugado ocho hoyos y más allá de hablar de economía o finanzas en general, no había aparecido tema alguno del que ninguno de los dos pudiera sacar provecho.

La pelota del Tano fue a dar contra la copa de un árbol y quedó a medio camino entre la salida y la pelota de Alfredo. De todos modos tenían unas cien yardas de caminata antes de que el Tano volviera a golpear. Cada uno agarró su carro y avanzaron. Esa vez sí hablaron de negocios. Tal vez Alfredo había estado esperando exactamente eso: estar a un golpe de ventaja. "¿Cómo anda Troost, Tano?" Y al Tano ya casi no le molestaba la pregunta. Había pasado más de un año desde su despido, y el Tano había armado la cosa lo suficientemente bien como para saber qué contestar. "Bien, supongo..." "¿Cómo supongo?" "Estoy afuera, trabajo con ellos pero no estoy más en relación de dependencia..." "No te puedo creer..." A pesar del tono de asombro, era imposible creer que Alfredo Insúa no supiera de su desvinculación. El "mercado" es chico, y La Cascada, más chica aún. "¿Pero la empresa está bien? ¿O te fuiste porque los holandeses están manejando mal el riesgo?" "No, me fui porque me harté..." Alfredo se detuvo un instante a quitar una rama que se había enredado en el carro que llevaba sus palos Callaway de grafito último modelo. "Te entiendo, ¿sabes las veces que me pregunto qué estoy haciendo yo, trabajando veinte horas por día, en el microcentro? Sobre todo cuando ves esta otra realidad", dijo y barrió con la mirada la cancha de golf frente a él. Llegaron a la pelota del Tano. No era una pelota fácil, estaba detrás de la línea de árboles, tenía que pasarla por encima de las copas si no quería arriesgarse a dejarla colgada en alguna rama. Las cotorras gritaban y confirmaban el silencio de la cancha. Eligió el palo, practicó el swing, se perdió con la vista arriba de la hilera de árboles, se acomodó otra vez, probó una vez más, y recién después golpeó. La pelota se elevó, pasó por encima de los eucaliptos y cayó a dos metros de la de Alfredo, pero detrás de ella, así que otra vez pegaba él. "Buen golpe, Tano", dijo Alfredo, y avanzó hacia las pelotas. "Apenas como para corregir el error anterior", minimizó el Tano, y lo siguió. "¿Y qué andas haciendo ahora?", preguntó cuando sólo quedaban tres hoyos por recorrer. "Me fui muy bien, y sigo vinculado con ellos, les doy una mano con temas de consultoría. Bien, tranquilo, buena guita. No podría estar jugando golf un miércoles a esta hora si siguiera trabajando como antes." "Tal cual, a mí en cualquier momento me suena el celular, y te dejo colgado. Aunque ganes un poco menos, Tano, a nuestra edad la calidad de vida no tiene precio..."

Llegaron a la pelota del Tano. Se detuvieron. El Tano frente a ella y Alfredo dos metros detrás de él. El Tañó golpeó. Avanzó Alfredo y golpeó su pelota. Las dos cayeron dentro del green, pero desde esa distancia no podía saberse cuál se acercaba más al hoyo. Otra vez avanzaron juntos. Alfredo usaba zapatos con clavos que se hundían en el pasto a cada paso. "Qué raro que te dejaron salir con zapatos con clavos. Yo creía que en esta cancha seguían prohibidos." "Siguen. Pero, como decía mi viejo, es más fácil obtener el perdón que el permiso. Aunque te soy sincero, a mí no me gusta pedir ninguna de las dos cosas, Tanito." Una liebre se cruzó delante de ellos como escapando y se perdió detrás de una laguna. "Che, ¿pero entonces andan bien los de Troost?", insistió. "Perfecto, como siempre. ¿Por qué te interesa tanto?" "Porque estoy haciendo algo con ellos, en realidad no con ellos sino con sus pólizas. Estoy viaticando seguros de vida." "¿Y eso qué es?" "Descontarlos. Le das la guita contra la póliza endosada a tu nombre, vos pasas a ser el beneficiario, es un procedimiento administrativo muy sencillo. Lo haces en dos minutos. Solamente lo hacemos con pólizas de aseguradoras serias y Troost siempre fue primera línea. Claro que hemos visto caer cada gigante que uno está curado de espanto, ¿no, Tanito?" "¿Y vos cuándo cobras?", preguntó el Tano. "Cuando se cobra cualquier póliza de seguro de vida, cuando el ñato se muere." A Alfredo le sonó el teléfono, se detuvo un instante, dio dos o tres instrucciones y cortó. "Y lo que tiene de bueno el sistema es que la guita la llega a disfrutar el que pagó la póliza y no los parientes. Apareció con el tema del sida, que a estos tipos le chupaba toda la guita el tratamiento... entonces, si tenían una póliza preexistente a la enfermedad, y estaba claro que ya no había vuelta de hoja, ¿me entendés?, vos le dabas la guita, el tipo vivía ese tiempo mejor, y después vos cobrabas el seguro taca taca." "No conocía el negocio." "Y, el mercado financiero es así, un flash, hay que estar buscando todo el tiempo cosas nuevas. Cuando sabes mirar, siempre aparece un nuevo nicho." "Se pudre algo y aparece otra cosa." "Tal cual, Tanito, hay que estar atento, y si es posible pegar primero. Esto de la viaticación es un negocio de esos redonditos, que si está bien evaluado no tiene riesgo. Mejor que descontar hipotecas. Le tomas la póliza al 80 por ciento y cobras al toque. Imaginate que te rinde un 20 por ciento muchas veces antes de que se cumpla un año del endoso, una tasa de la puta madre, y en dólares, Tano." "Impresionante." "Impresionante." "¿Y se lo haces sólo a gente con sida?" "No, al contrario. Ahora en ese segmento se pudrió un poco la cosa por el tema de las drogas nuevas, que les terminan alargando la vida a los pibes. Al pedo, pobres, si morirse se van a morir igual. Pero se alargó el plazo, y eso te complica mucho para fijar una tasa que rinda. El mercado está un poco enrarecido, le podes pifiar fiero. Nosotros estamos pagando mejor otro tipo de siniestros." "¿Como cuáles?" "Otras enfermedades... de ésas que nadie quiere nombrar... qué sé yo, cáncer de pulmón, hepatitis fulminante, tumores cerebrales... No sé bien, a mí esa parte del negocio me da un poco de impresión, y para eso están los asesores médicos que estudian el caso y nos pasan un informe... A mí no me saques de los números, Tanito..."

Llegaron al green. Alfredo se agachó para ver hacia dónde caía la pendiente. Estudió la caída desde distintos ángulos. El Tano lo observó y no necesitó agacharse, confió en la evaluación de su compañero de línea. Sacó su putter y avanzó hacia la pelota. "Che, Tano, ¿y vos no te quedaste con ningún listado de clientes de Troost? Porque si vos podes acercarnos pólizas para descontar, yo te puedo habilitar un porcentaje. El problema de crecimiento que tiene este negocio es que uno no lo puede salir a ofrecer masivamente, ¿me entendés?, la gente se impresiona, hasta que entra, fíjate con el tema de las parcelas de los cementerios privados, al principio te daba impresión y hoy quién no tiene una..." "Listado no, pero tengo buena memoria, y parcela en el Memorial." Alfredo festejó el chiste. "Bueno, si te interesa, avísame. Vos podrías manejar el producto de taquito, y en todo caso te damos un cursito de capacitación; como es un tema delicado hay que saber qué palabras usar para venderlo, ¿sabes? Nosotros capacitamos con gente de neurolingüística, que te ponen la palabra justa. Avísame." "Te aviso."

Alfredo pegó, suave, como correspondía según la distancia. La pelota pasó por al lado de la del Tano y entró. Un golpe menos que el par del hoyo, lo suficiente como para sentirse más que la media. Lo suficiente como para que el Tano ya no tuviera chance de ganarle. Fue hasta el hoyo y levantó su pelotita. El Tano sacó su puttery se paró frente a la suya sabiendo que ya había perdido. Aflojó las rodillas, elongó el cuello a un lado y al otro, se balanceó levemente. Estaba a punto de pegar, pero antes preguntó. "¿Che, y te acordás de quién son las pólizas de Troost que descontaste?" "No, pero las tengo anotadas en la agenda, después te digo." El Tano pegó y la pelota también entró, pero para él no fue suficiente, había perdido un golpe en la copa de los árboles. Su adversario ya le había ganado por un golpe.

Tomaron algo juntos en el bar antes de irse. Alfredo buscó en su agenda los datos de las pólizas de Troost. "Una es de una tal Margarita Lapisarreta... Y la otra de Oliver Candileu." "A Oliver lo conozco bien, es el ex marido de una mujer que trabaja en Troost." "Ojo que es confidencial, Tano, mira que es un tema... sensible." "¿Qué tiene Oliver?" "Póliza muy buena, sobre Londres, con una prima de trescientos mil dólares, pero con una cláusula de retiro anticipado muy leonina, le sacaban casi la mitad de la guita." Alfredo puso sobre la mesa la plata para pagar lo que habían tomado los dos y se levantó. "Pero él, ¿qué tiene? ¿De qué se va a morir?" "No me acuerdo, pero debe ser algo bien fulminante porque se llevó el 83 por ciento, imaginate... El descuento más alto que dimos hasta ahora. ¿Es amigo, che, te jode?" "No, no es amigo." Alfredo se cargó la bolsa de palos al hombro. "¿Me avisas, entonces?" "Te aviso." Le palmeó el hombro y se fue. El Tano se quedó un rato más en el bar, con la vista perdida en el verde inmaculado de la cancha de golf, pensando en por qué lo habrían llamado viaticación.

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Las viudas de los jueves - Página 46

Capítulo 39

Ernesto quiere que Romina estudie abogacía. El año que viene, cuando termine el secundario. Pero ella no se anota. Entonces amenaza con que, si no se decide, la decisión la va a tomar él. Y Romina está decidida, pero él no la escucha. No quiere estudiar el año que viene. Quiere dejar pasar un año. Aunque se lo dijo, la secretaria de Ernesto le mandó hoy todos los papeles, "con la indicación del doctor Andrade de que los llene para esta tarde a última hora, ¿okey?". "¿Doctor?" "¿Cómo?" "Nada." "Te corre el reloj, Romina, la inscripción cierra la semana que viene", había dicho él. Y Romina se imaginó el Rolex de su papá corriéndola por las calles de Altos de la Cascada, derretido como esos relojes que había visto en el cuadro de Dalí que tuvieron que copiar en el colegio. Ernesto dijo que no estaba dispuesto a que perdiera un año entero de su vida. Y ella pensó cuál era la verdadera pérdida, porque sabía que de su vida había perdido mucho. Todos esos años de los que casi no se acuerda. Había perdido su nombre, Ramona. El padre que nunca conoció. Los olores. La cara de aquella otra madre que ya no recuerda. Aquel hermano que podría haber sido distinto pero desapareció de la mano de Mariana. Los formularios respondían a dos opciones de universidad privada, la San Andrés o la Di Telia. "Menos que eso no acepto. Es una cuestión de excelencia", le dice. Excelencia. Pero Romina no quiere ser excelente. Lo que quiere es viajar. El próximo año, no pide más, no pide toda la vida, sólo el primer impulso después del secundario, un viaje de iniciación, agarrar una mochila y ver qué surge, sin rumbo fijo. En el país o afuera. Ernesto se burla, dice que cómo se le puede ocurrir viajar por el mundo a una persona que no sabe tomar el 57 para ir a Capital. Y lo dice aunque él tampoco sabría tomarlo, ni ese ni ninguno con máquina expendedora de boletos. La última vez que viajó en colectivo todavía se le pagaba al chofer con el billete que sea, y el chofer te daba el vuelto. Es cierto que ella ni siquiera subió alguna vez a un colectivo. Pero Juani sabe. Es uno de los pocos chicos de su edad que sabe. Los demás se manejan en combi o remís, o los llevan los padres. Y se apuran a sacar el registro en cuanto cumplen diecisiete años. No es raro encontrar en la zona chicos de esa edad que sepan manejar y no sepan viajar en colectivo. En donde viven todo queda lejos, el cine, el shopping, el colegio, la casa de sus compañeros. No se puede llegar caminando a ninguna parte. Ella piensa ir con él. Si es que logran juntar la plata para Juani. Romina ya tiene la suya. La fue ahorrando todos estos años. Y llegado el momento, Ernesto le va a dar más. Él siempre lo hace, le da seguridad que ella tenga plata encima. "Por lo que pueda pasar." Pero no le quiere contar a su padre que piensa ir con Juani. Tiene miedo de que eso sea un obstáculo más. Y entonces le dice: "No puede ser tan difícil tomar el 57, ni usar una máquina expendedora de boletos, debe ser más o menos como la que te vende preservativos o tampones en el baño de los boliches". Y Ernesto le levanta la mano para darle una cachetada pero ella se lo impide, sostiene su brazo en el aire, y le dice: "No vuelvas a hacerlo", mirándolo con furia a los ojos, y enseguida sale corriendo, a su cuarto, porque tiene miedo de no ser lo suficientemente fuerte para impedírselo. Si pudiera entender a Ernesto. Le extraña que no se le ocurra, como a los padres de Willy Quevedo, que "aplique" para ir a una universidad en los Estados Unidos. Él pide otra cosa, aunque podría pagar también la de los Estados Unidos. Los padres de Willy no se sentían seguros de poder afrontar el gasto y hace años que vienen pagando una especie de ahorro previo para asegurarse la plata que necesitan para mandarlo a estudiar a donde ellos eligieron. Ernesto no menciona los Estados Unidos. Ella no sabe si para no darle el gusto porque de alguna manera ir allí sería viajar, o porque tiene miedo de que del exterior no vuelva. No, no cree que eso le dé miedo a Ernesto. Ni siquiera cree que la extrañe. O tal vez él sí, pero Mariana... Mariana festejaría. Tal vez elige la opción local porque ahí es más fácil hacer contactos que a él le sirvan. O porque él no podría ir a su graduación si no le levantan la inhibición para salir del país. Pero eso tampoco, porque Ernesto está tranquilo, ya le dijo alguno de sus amigos "del ministerio" que es una cuestión de forma, que el juez aceptó levantársela, que es cuestión de días. Romina no sabe por qué no puede salir de país y no pregunta, porque sabe lo que le respondería. "Porque en este país no se ocupan de meter presos a los chorros sino de jodernos la vida a gente como nosotros." Y tampoco sabe lo que es "gente como nosotros", pero se lo imagina. Lo único que sabe es que San Andrés o Di Telia son dos palabras que a Ernesto lo tranquilizarían. Hay palabras que en los padres surten cierto efecto balsámico. Por la palabra misma, sin mayor análisis. Sustantivos propios y comunes que calman padres. Juani y ella tienen una lista. Nombres de algunas universidades. Nombres de algunos bancos. Nombres de algunos lugares de veraneo "familiares". Nombres de algunos amigos, pocos. Nombres de algunos colegios que garantizan el mejor nivel de inglés de la zona y te hacen dar el "IB", aunque la mayoría de los padres no sepan lo que IB significa, pero sí que marca la diferencia entre un colegio y otro. Palabras que tranquilizan. Deporte. Un chico que haga mucho deporte seguro "es sano y no está metido en la droga". El deporte que se les ocurra, mientras haya una pelota, la que sea, de felpa verde, de cuero número cinco, Slazenger o Nike, un instrumento con el cual golpearla (pie, raqueta, palo de golf, mano), y un agujero donde meterla (arco, hoyo, línea de saque, aro de básquet).

Romina está en su escritorio frente a los formularios de ingreso que le mandó su padre. Los llena de culitos. Adentro de cada cachete pinta otro culito, y dentro de ellos otros, y otros, y otros hasta el infinito. El cuadro dentro del cuadro. Mis en abime. Eso también lo vio en las clases de arte en su colegio. Lo único que disfruta de su colegio son las clases de arte. Mis en abime. Ubicado en el abismo. Los ensobra. En una hora pasa un cadete a buscarlos para llevarlos a la universidad.

Capítulo 40

A mediados de 2001 los Urovich anunciaron oficialmente que se irían a vivir a Miami. "No son los primeros ni van a ser los últimos", anoté en mi libreta roja como título general del nuevo capítulo. Y un poco más abajo: "Junio de 2001, los Urovich dejan Altos de la Cascada, 'Efecto XX' a bautizar". Porque yo no sabía el nombre, si es que ya lo tenía. Pero en mi libreta, en páginas anteriores, figuraban uno a uno los nombres de los distintos efectos económicos de los últimos años. Quién les pondría nombre, me preguntaba. No me imaginaba un señor serio, economista, poniendo nombres tan creativos, y esperaba ansiosa el nuevo bautismo como quien en el Caribe espera el que le pondrán al huracán que se avecina. Revisé cuidadosamente las páginas anteriores de mi libreta. "1994, Efecto Tequila, venden sus casas Salaberry, Augueda y Tempone, los tres dueños de financieras del microcentro, desconozco los nombres de sus financieras. También vende su casa Pablo Díaz Batán, empresario retirado que tenía toda su plata puesta en la financiera de Tempone." Díaz Batán había hecho su fortuna a partir de una idea que muchos en La Cascada consideraban "brillante". Desde principios de los noventa venía registrando en el país la marca de cuanta cadena americana (americana de los Estados Unidos) aún no hubiera puesto sus pies en la Argentina. Ann Taylor, Starbuck's Café, Seven Eleven, Macy's, no importaba el rubro, lo que importaba era que la empresa no estuviera ya instalada, o registrada, en nuestro país, y que hubiera altas posibilidades de que en algún próspero momento decidiera estarlo. Y cuando ese momento próspero llegaba, Díaz Batán presentaba su marca registrada, la de ellos, la de los que querían registrarse, pero que legalmente le pertenecía a él. Y aunque planteado un juicio era imposible que lo ganara, la celeridad de estas empresas no resistía los tiempos de la justicia argentina, por lo que transaban para acelerarlos y, en definitiva, ahorrar plata. "Es un tipo muy hábil", dijo Andrade cuando le contaron en una cena en lo de Scaglia cómo había hecho su pequeña fortuna Díaz Batán. "Para mí hábil es Housemann", acotó Ronie y yo apenas sabía que Housemann había sido jugador de algún club de fútbol, pero entendí perfectamente qué intentaba decir mi marido. La casa de Salaberry se vendió a un setenta por ciento de su verdadero valor y la de Tempone a un ochenta. La de Augueda resultó no ser de él sino de su suegro. Y la de Díaz Batán fue a remate judicial, donde él mismo la compró a menos de la mitad, testaferro mediante.

Avancé diez páginas en mi libreta roja. "1997, crisis asiática. Caen Juan Manuel Martínez y Julio Campinella." La casa de Campinella la compra Ernesto Andrade, que ese año despegó definitivamente, cambió su Ford Mondeo por un Alfa Romeo, compró una Van para Mariana, y un carrito de golf para la empleada y los chicos. Dicen que hizo no sé qué operación con no sé qué bonos. O que se quedó con unos bonos de una operación. O que fue a juicio por unos bonos. No entendí, pero a mí la comisión me la pagó en efectivo.

Unas cinco páginas después, "1998, Efecto Vodka". Y dos páginas más adelante, "1999, Efecto Caipirinha". Parecía que la cosa venía por el lado de la bebida, volví a la página de Urovich y donde había dejado el blanco, junto a la palabra "Efecto" escribí: "Mate cocido". No se me ocurría una bebida alcohólica auténticamente nuestra. Y no sé por qué cocido, pero mate solo me sonaba a poco. Volví a la página de la Caipirinha, el último efecto al que se le había puesto nombre. El banco donde trabajaba Roberto Quevedo se iba del país y él se había quedado sin trabajo. Todavía no ponía la casa en venta pero lo estaba evaluando. El fondo que había comprado la empresa de retail donde Lalo Richards era gerente de operaciones había sacado ya del país una rentabilidad más que satisfactoria y se iba. La empresa estaba a la venta, pero tan endeudada que era improbable que alguien quisiera comprarla. Lalo había hecho tasar su casa porque sospechaba que se presentarían en concurso de acreedores y ni siquiera recibiría una indemnización. El caso de Pepe Montes, similar a los anteriores. Y el de los Ledesma, igual. Y los Trevisanni. Es que el error de muchos de nuestros vecinos fue creer que se podía vivir eternamente gastando tanto como se ganaba. Y lo que se ganaba era mucho, y parecía eterno. Pero algún día se corta el chorro, aunque nadie lo hubiera sospechado hasta no verse enjabonado en medio de la bañadera, mirando hacia la flor de la ducha de donde no cae ya ni una gota de agua.

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