lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 24

-Mañana. Quizá pasado mañana. A primeros de semana.
Beatty chupó su pipa.
-Tarde o temprano, a todo bombero le ocurre esto, Sólo necesita comprensión, saber cómo funcionan las ruedas. Necesitan conocer la historia de nuestra misión. Ahora, no se la cuentan a los niños como hacían antes. Es una vergüenza. -Exhaló una bocanada-. Sólo los jefes de bomberos la recuerdan ahora –Otra bocanada---. Voy a contártela.
Mildred se movió inquieta.
Beatty tardó un minuto en acomodarse y meditar sobre lo que quería decir.

-Me preguntarás, ¿cuándo empezó nuestra labor cómo fue implantada, dónde, cómo? Bueno, yo diría que, en realidad, se inició aproximadamente con el acontecimiento llamado la Guerra Civil. Pese a que nuestros reglamentos afirman que fue fundada antes. En realidad es que no anduvimos muy bien hasta que la fotografía se implantó. Después las películas, a principios del siglo XX. Radio Televisión. Las cosas empezaron a adquirir masa.
Montag permaneció sentado en la cama, inmóvil.
-Y como tenían masa, se hicieron más sencillos -prosiguió diciendo Beatty-. En
cierta época, los libros atraían a alguna gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era ancho Pero, luego, el mundo se llenó de ojos, de codos Y bocas. Población doble, triple, cuádruple. Films y dios, revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una especie de vulgar uniformidad. ¿Me sigues?
-Creo que sí.
Beatty contempló la bocanada de humo que acababa de lanzar.
-Imagínalo. El hombre del siglo XIX con sus caballos, sus perros, sus coches, sus lentos desplazamientos Luego, en el siglo XX, acelera la cámara. Los más breves, condensaciones. Resúmenes. Todo se reduce a la anécdota, al final brusco.
-Brusco final -dijo Mildred, asintiendo
-Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas en un diccionario. Claro está, exagero. Los diccionarios únicamente servían para buscar referencias. Pero eran muchos los que sólo sabían de Hamlet (estoy seguro de que conocerás el título, Montag. Es probable que, para usted, sólo constituya una especie de rumor. Mrs. Montag), sólo sabían, como digo, de Hamlet lo que había en una condensación de una página en un libro que afirmaba: Ahora, podrá leer por fin todos los clásicos. Manténgase al mismo nivel que sus vecinos. ¿Te das cuenta? Salir de la guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la guardería. Ésta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más.
Mildred se levantó y empezó a andar por la habitación, cogía objetos y los volvía a dejar. Beatty la ignoró y siguió hablando.
-Acelera la proyección, Montag, aprisa, ¿Clic? ¿Película? Mira, Ojo, Ahora, Adelante, Aquí, Allí, Aprisa, Ritmo, Arriba, Abajo, Dentro, Fuera, Por qué, Cómo, Quién, Qué, Dónde, ¿Eh? , ¡Oh! ¡Bang!, ¡Zas!, Golpe, Bing, Bong, ¡Bum! Selecciones de selecciones. ¿Política? ¡Una columna, dos frases, un titular! Luego, en pleno aire, todo desaparece. La mente del hombre gira tan aprisa a impulsos de los editores, explotadores, locutores, que la fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de tiempo.
Mildred alisó la ropa de la cama. Montag sintió que su corazón saltaba y volvía a saltar mientras ella le ahuecaba la almohada. En aquel momento, le empujaba para conseguir hacerle apartar, a fin de poder sacar la almohada, arreglarla y volverla a su sitio.
Y, quizá, lanzar un grito y quedarse mirando, o sólo alargar la mano Y decir: «¿Qué es esto?», y levantar el libro oculto con conmovedora inocencia.
-Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorado La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?
-Deja que te arregle la almohada -dijo Mildred.

(Ver página 25)
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Fahrenheit 451 - Página 25

-¡No! -susurró Montag-.
-El cierre de cremallera desplaza al botón y el hombre ya no dispone de todo ese tiempo para pensar mientras se viste, una hora filosófica y, por lo tanto, una hora de melancolía.
-A ver -dijo Mildred-.
-Márchate -replicó-.
-La vida se convierte en una gran carrera, Montag. Todo se hace aprisa, de cualquier modo.
-De cualquier modo -repitió Mildred, tirando de la almohada-.
-¡Por amor de Dios déjame tranquilo! -gritó Montag, apasionadamente.
A Beatty se le dilataron los ojos.
La mano de Mildred se había inmovilizado detrás de la almohada. Sus dedos seguían la silueta del libro y a medida que la forma le iba siendo familiar, su rostro apareció sorprendido Y, después, atónito. Su boca se abrió para hacer una pregunta...
-Vaciar los teatros excepto para que actúen payasos, e instalar en las habitaciones paredes de vidrio de bonitos colores que suben y bajan, como confeti, sangre, jerez o sauterne. Te gusta la pelota base, ¿verdad, Montag?
-La pelota base es un juego estupendo.
Ahora Beatty era casi invisible, sólo una voz en algún punto, detrás de una cortina de humo.
-¿Qué es esto? -preguntó Mildred, casi con alegría. Montag se echó hacia atrás y
cayó sobre los brazos de ella-. ¿Qué hay aquí?
- ¡Siéntate! -gritó Montag. Ella se apartó de un salto, con las manos vacías-.
¡Estamos hablando!
Beatty prosiguió como si nada hubiese ocurrido.
-Te gustan los bolos, ¿verdad, Montag?
-Los bolos, sí.
-¿Y el golf?
-El golf es un juego magnífico.
-¿Baloncesto?
-Un juego magnífico.
-¿Billar? ¿Fútbol?
-Todos son excelentes.
-Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar, ¿eh? Organiza y superorganiza superdeporte. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe menos Y menos impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. El refugio de la gasolina. Las ciudades se convierten en moteles, la gente siente impulsos nómadas y va de un sitio para otro, siguiendo las mareas, viviendo una noche en la habitación donde otro ha dormido durante el día y el de más allá la noche anterior.

Mildred salió de la habitación y cerró de un portazo. Las «tías» de la sala de estar empezaron a reírse de los «tíos» de la sala de estar.
-Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. En este libro, en esta obra, en este seria¡ de televisión la gente no quiere representar a ningún pintor, cartógrafo o mecánico que exista en la realidad. Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto.
Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean máquinas de escribir. Eso hicieron. Las revistas se convirtieron en una masa insulsa y amorfa. Los libros, según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que
quería, permitió la supervivencia de los libros de historietas. Y de las revistas eróticas tridimensionales, claro está. Ahí tienes, Montag. No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o periódicos profesionales.
-Sí, pero, ¿qué me dice de los bomberos?

(Ver página 26)

Fahrenheit 451 - Página 26

-Ah. -Beatty se inclinó hacia delante entre la débil neblina producida por su pipa.-¿Qué es más fácil de explicar y más lógico? Como las universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios, y creadores, la palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme lo desconocido. Sin duda, te acordarás del muchacho de tu clase que era excepcionalmente «inteligente», que recitaba la mayoría de las lecciones y daba las respuestas, en tanto que los demás permanecían como muñecos de barro, y le detestaban. ¿Y no era ese muchacho inteligente al que escogían para pegar y atormentar después de las horas de clase? Desde luego que sí. Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces todo son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. ¡Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho? ¿Yo? No los resistiría ni un minuto. Y así, cuando, por último, las casas fueron totalmente inmunizadas contra el fuego, en el mundo entero (la
otra noche tenías razón en tus conjeturas) ya no hubo necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo.
La puerta que comunicaba con la sala de estar se abrió y Mildred asomó, miró a los dos hombres y se fijó en Beatty y, después, en Montag. A su espalda, las paredes de la pieza estaban inundadas de resplandores verdes, amarillos y anaranjados que oscilaban y estallaban al ritmo de una música casi exclusivamente compuesta por baterías, tambores y címbalos. Su boca se movía y estaba diciendo algo, pero el sonido no permitía oírla.
Beatty vació su pipa en la palma de su mano sonrosada, examinó la ceniza como si fuese un símbolo que había que examinar en busca de algún significado.
-Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. Pregúntate a ti mismo: ¿Qué queremos en esta nación, por encima de todo? La gente quiere ser feliz, no es así? ¿No lo has estado oyendo toda tu vida? «Quiero ser feliz», dice la gente.
Bueno, ¿no lo son? No les mantenemos en acción, no les proporcionamos diversiones? Eso es para lo único que vivimos, ¿no? ¿Para el placer y las emociones? Y tendrás que admitir que nuestra civilización se lo facilita en abundancia.
-Sí.
Montag pudo leer en los labios de Mildred lo que ésta decía desde el umbral. Trató de no mirarla a ella porque, entonces, Beatty podía volverse y leer también lo que decía.
-A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo. Escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro. Serenidad, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador, ¿Los funerales son tristes y paganos? Eliminémoslos también, cinco minutos después de la muerte de una persona en camino hacia la
Gran Chimenea, los incineradores son abastecidos por helicópteros en todo el país. Diez minutos después de la muerte, un hombre es una nube de polvo negro. No sutilicemos con recuerdos acerca de los individuos. Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio.

Los fuegos artificiales se apagaron en la sala de estar, detrás de Mildred. Al mismo tiempo, ella había dejado de hablar; una coincidencia milagrosa. Montag contuvo el aliento.
-Había una muchacha, ahí, al lado -dijo con lentitud-. Ahora se ha marchado, creo que ha muerto Ni siquiera puedo recordar su rostro. Pero era distinta ¿Cómo... cómo pudo llegar a existir?
Beatty sonrió.
-Aquí o allí, es fatal que ocurra. ¿Clarisse McClellan? Tenemos ficha de toda su familia. Les hemos vigilado cuidadosamente. La herencia y el medio ambiente hogareño puede deshacer mucho de lo que se inculca en el colegio. Por eso hemos ido bajando, año tras año la edad de ingresar en el parvulario, hasta que, ahora, casi arrancamos a los pequeños de la cuna. Tuvimos falsas alarmas con los McClellan cuando vivían en Chicago. Nunca les encontramos un libro. El historial confuso, es antisocial. ¿La muchacha? Es una bomba de relojería. La familia había estado influyendo en su subconsciente, estoy seguro, por lo que pude ver en su historial escolar. Ella no quería saber cómo se hacía algo, sino por qué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de cosas y se termina sintiéndose muy desdichado. Lo mejor que podía pasarle a la pobre chica era morirse.
-Sí, morirse.

(Ver página 27)
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Fahrenheit 451 - Página 27

-Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en embrión No se puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo lowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado ¡Al diablo con ello! Así, pues, adelante con los clubs, las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo.

Beatty se puso en pie.
-He de marcharme. El sermón ha terminado. Espero haber aclarado conceptos. Lo que importa que recuerdes, Montag, es que tú, yo y los demás somos los Guardianes de la Felicidad. Nos enfrentamos con la pequeña marea de quienes desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios. Tenemos nuestros dedos en el dique. Hay que aguantar firme. No permitir que el torrente de melancolía y la funesta Filosofía ahoguen nuestro mundo. Dependemos de ti. No creo que te des cuenta de lo importante que eres para nuestro mundo feliz, tal como está ahora organizado.

Beatty estrechó la fláccida mano de Montag. Éste permanecía sentado, como si la casa se derrumbara a su alrededor y él no pudiera moverse. Mildred había desaparecido en el umbral.

-Una cosa más -dijo Beatty-. Por lo menos, una vez en su carrera cada bombero siente esa
comezón. Empieza a preguntarse qué dicen los libros. Oh, hay que aplacar esa comezón, ¿eh? Bueno, Montag, puedes creerme, he tenido que leer algunos libros en mi juventud, para saber de qué trataban. Y los libros no dicen nada. Nada que pueda enseñarse o creerse. Hablan de gente que existe, de entes imaginarios, si se trata de novelas. Y si no lo son, aún peor: un profesor que llama idiota a otro filósofo que critica al de más allá. Y todos arman jaleo, apagan las estrellas y extinguen el sol. Uno acaba por perderse.
-Bueno, entonces, ¿qué ocurre si un bombero accidentalmente, sin proponérselo en realidad, se lleva un libro a su casa?
Montag se crispó. La puerta abierta le miraba con su enorme ojo vacío.
-Un error lógico. Pura curiosidad -replicó Beatty- No nos preocupamos ni enojamos en exceso. Dejamos que el bombero guarde el libro veinticuatro horas. Si para entonces no lo ha hecho él, llegamos nosotros y lo quemamos
-Claro.
La boca de Montag estaba reseca.
-Bueno, Montag. ¿Quieres coger hoy otro turno? ¿Te veremos esta noche?
-No lo sé -dijo Montag-.
-¿Qué?
Beatty se mostró levemente sorprendido.
Montag cerró los ojos.
-Más tarde iré. Quizá.
-Desde luego, si no te presentaras, te echaríamos en falta -dijo Beatty, guardándose la pipa en un bolsillo con expresión pensativa-.
«Nunca volveré a comparecer por allí», pensó Montag.
-Bueno, que te alivies -dijo Beatty-.
Dio la vuelta y se marchó.

Montag vigiló por la ventana la partida de Beatty en su vehículo de brillante color amarillo anaranjado, con los neumáticos negros como el carbón.
Al otro lado de la calle, hacia abajo, las casas se erguían con sus lisas fachadas.
¿Qué había dicho Clarisse una tarde? «Nada de porches delanteros. Mi tío dice que antes solía haberlos. Y la gente, a veces, se sentaba por las noches en ellos, charlando cuando así lo deseaba, meciéndose y guardando silencio cuando no quería hablar. Otras veces permanecían allí sentados, meditando sobre las cosas. Mi tío dice que los arquitectos prescindieron de los porches frontales porque estéticamente no resultaban. Pero mi tío asegura que éste fue sólo un pretexto. El verdadero motivo, el motivo oculto, pudiera ser que no querían que la gente se sentara de esta manera, sin hacer nada, meciéndose y hablando. Éste era el aspecto malo de la vida social. La gente hablaba demasiado. Y tenía tiempo para pensar. Entonces, eliminaron los porches. Y también los jardines. Ya no más jardines donde poder acomodarse. Y fíjese en el mobiliario. Ya no hay mecedoras. Resultan demasiado cómodas. Lo que conviene es que la gente se levante y ande por ahí. Mi tío dice...
Y mi tío... Y mi tío... »
La voz de ella fue apagándose.

(Ver página 28)

Fahrenheit 451 - Página 28

Montag se volvió y miró a su esposa, quien, sentada en medio de la sala de estar, hablaba a un presentador quien, a su vez, le hablaba a ella.
-Mrs. Montag -decía él. Esto, aquello y lo más allá-. Mrs. Montag...
Algo más, y vuelta a empezar. El aparato conversor, que les había costado un
centenar de dólares, suministraba automáticamente el nombre de ella siempre que el presentador se dirigía a su auditorio anónimo dejando un breve silencio para que pudieran encajar, las sílabas adecuadas. Un mezclador especial conseguía, también, que la imagen televisada del presentador en el área inmediata a sus labios, articulara, magníficamente, las vocales y consonantes.
Era un amigo, no cabía la menor duda de ello, un buen amigo.
-Mrs. Montag, ahora mire hacia aquí.
Mildred volvió la cabeza. Aunque era obvio que no estaba escuchando.
-Sólo hay un paso entre no ir a trabajar hoy, no ir a trabajar mañana y no volver a trabajar nunca en el cuartel de bomberos -dijo Montag-.
-Pero esta noche irás al trabajo, ¿verdad? preguntó Mildred-.
-Aún no estoy decidido. En este momento tengo la horrible sensación de que deseo destrozar todas las cosas que están a mi alcance.
-Date un paseo con el auto.
-No, gracias.
-Las llaves están en la mesilla de noche. Cuando me siento de esta manera, siempre me gusta conducir aprisa. Pones el coche a ciento cincuenta por hora y experimentas una sensación maravillosa. A veces conduzco toda la noche, regreso al amanecer y tú ni te has enterado. Es divertido salir al campo. Se aplastan conejos. A veces, perros. Ve a coger el auto.
-No, ahora no me apetece. Quiero estudiar esta sensación tan curiosa. ¡Caramba! ¡Me ha dado muy fuerte! No sé lo que es. ¡Me siento tan condenadamente infeliz, tan furioso! E ignoro por qué tengo la impresión de que estuviera ganando peso. Me siento gordo. Como si hubiese estado ahorrando una serie de cosas, y ahora no supiese cuáles. Incluso sería capaz de leer.
-Te meterían en la cárcel, ¿verdad?
Ella le miró como si Montag estuviese detrás de la pared de cristal.
Montag empezó a ponerse la ropa; se movía intranquilo por el dormitorio.
-Si, y quizá fuese una buena idea. Antes de que cause daño a alguien. ¿Has oído a Beatty? ¿Le has escuchado? Él sabe todas las respuestas. Tienes razón. Lo importante es la felicidad. La diversión lo es todo. Y sin embargo, sigo aquí sentado, diciéndome que no soy feliz, que no soy feliz.
-Yo sí lo soy. -Los labios de Mildred sonrieron Y me enorgullezco de ello.
-He de hacer algo -dijo Montag-. Todavía no qué, pero será algo grande.
-Estoy cansada de escuchar estas tonterías -dijo Mildred, volviendo a concentrar su atención en el presentador-.
Montag tocó el control de volumen de la pared y el presentador se quedó sin voz.
-Millie. -Hizo una pausa.- Ésta es tu casa lo mismo que la mía. Considero justo decirte algo. Hubiera debido hacerlo antes, pero ni siquiera lo admitía interiormente. Tengo algo que quiero que veas, algo que he separado y escondido durante el año pasado, de cuando, en cuando, al presentarse una oportunidad, sin saber por qué, pero también sin decírtelo nunca.
Montag cogió una silla de recto respaldo, la desplazó lentamente hasta el vestíbulo, cerca de la puerta del entrada, se encaramó en ella, y permaneció por un momento como una estatua en un pedestal, en tanto que su esposa, con la cabeza levantada, le observaba. Entonces Montag levantó los brazos, retiró la reja del sistema de acondicionamiento de aire y metió la mano muy hacia la derecha hasta mover otra hoja deslizante de metal; después, sacó un libro. Sin mirarlo, lo dejó caer al suelo. Volvió a meter la mano y sacó dos libros, bajó la mano y los dejó caer al suelo. Siguió actuando Y dejando caer libros pequeños, grandes, amarillos, rojos, verdes. Cuando hubo terminado, miró la veintena de libros que yacían a los pies de su esposa.

-Lo siento -dijo-. Nunca me había detenido meditarlo. Pero ahora parece como si ambos estuviésemos metidos en esto.

Mildred retrocedió como si, se viese de repente, delante de una bandada de ratones que hubiese surgido de improviso del suelo.
Montag oyó la rápida respiración de ella, vio la palidez de su rostro y cómo sus ojos se abrían de par en par. Ella pronunció su nombre, dos, tres veces. Luego, exhalando un gemido, se adelantó corriendo, cogió un libro y se precipitó hacia el incinerador de la cocina.
Montag la detuvo, mientras ella chillaba. La sujetó y Mildred trató de soltarse, arañándole.
-¡No, Millie, no! ¡Espera! ¡Deténte! Tú no sabes...
-¡Cállate!
La abofeteó, la cogió de nuevo y la sacudió.
Ella pronunció su nombre y empezó a llorar.
-¡Millie! -dijo Montag-. Escucha. ¿Quieres concederme un segundo? No podemos hacer nada. No podemos quemarlos. Quiero examinarlos, por lo menos, una vez. Luego, si lo que el capitán dice es cierto, los quemaremos juntos, créeme, los quemaremos entre los dos. Tienes que ayudarme. -Bajó la mirada hacia el rostro de ella y, cogiéndole la barbilla, la sujetó con firmeza. No sólo la miraba, sino que, en el rostro de ella, se buscaba a sí mismo e intentaba averiguar también lo que debía hacer-. Tanto si nos gusta como si no, estamos metidos en esto. Durante estos años no te he pedido gran cosa, pero ahora te lo pido, te lo suplico. Tenemos que empezar en algún punto, tratar de adivinar por qué sentimos esta confusión, tú y la medicina por las noches, y el automóvil, y yo con mi trabajo. Nos encaminamos directamente al precipicio, Mildred. ¡Dios mío, no quiero caerme! Esto no resultará fácil. No tenemos nada en que apoyarnos, pero quizá podamos analizarlo, intuirlo
Y ayudarnos mutuamente. No puedes imaginar cuánto te necesito en este momento. Si me amas un poco admitirás esto durante veinticuatro, veintiocho horas es todo lo que te pido. Y luego habrá terminado. ¡Te lo prometo te lo juro! Y si aquí hay algo, algo posible en toda esta cantidad de cosas, quizá podamos transmitirlo a alguien.

Ella ya no forcejeaba; Montag la soltó. Mildred retrocedió tambaleándose, hasta llegar a la pared. Y una vez allí se deslizó y quedó sentada en el suelo, contemplando los libros. Su pie rozaba uno y, al notarlo, se apresuró a echarlo hacia atrás.
-Esa mujer de la otra noche, Millie... Ya no esta, viste allí. No viste su rostro. Clarisse. Nunca llegaste a hablar con ella. Yo sí. Y hombres como Beatty le tienen miedo. No puedo entenderlo. ¿Por qué han de sentir tanto temor por alguien como ella? Pero yo seguía colocándola a la altura de los bomberos en el cuartel, cuando anoche comprendí, de repente, que no me gustaba, nada en absoluto, y que tampoco yo mismo me gustaba. Y pensé que quizá fuese mejor que quienes
ardiesen fueran los propios bomberos.
-¡Guy!
El altavoz de la puerta de la calle dijo suavemente:
-Mrs. Montag, Mrs. Montag, aquí hay alguien, hay alguien, Mrs. Montag, Mrs. Montag, aquí hay alguien.

(Ver página 29)
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Fahrenheit 451 - Página 29

Ambos se volvieron para observar la puerta. Y los libros estaban desparramados por doquier, formando, incluso; montones.
-¡Beatty! -susurró Mildred-.
-No puede ser él.
-¡Ha regresado! -susurró ella-.
La voz volvió a llamar suavemente:
-Hay alguien aquí...
-No contestaremos.
Montag se recostó en la pared, y, luego, con lentitud, fue resbalando hasta quedar en cuclillas. Entonces empezó a acariciar los libros, distraídamente, con el pulgar y el índice. Se estremecía y, por encima de todo, deseaba volver a guardar los libros en el hueco del ventilador, pero comprendió que no podría enfrentarse de nuevo con Beatty. Montag acabó por sentarse, en tanto que la voz de la puerta de la calle volvía a hablar, con mayor insistencia. Montag cogió del suelo un volumen
pequeño.
-¿Por dónde empezamos? -Abrió a medias un libro y le echó una ojeada-.
Supongo que tendremos que empezar por el principio.
-El volverá -dijo Mildred-, y nos quemará a nosotros y a los libros.

La voz de la puerta de la calle fue apagándose por fin. Reinó el silencio. Montag sentía la presencia de alguien al otro lado de la puerta, esperando, escuchando.
Luego, oyó unos pasos que se alejaban.
-Veamos lo que hay aquí -dijo Montag-.
Balanceó estas palabras con terrible concentración. Leyó una docena de páginas salteadas y, por último, leyó en voz alta:
-Se ha calculado que, en épocas diversas, once mil personas han preferido morir que someterse a romper los huevos por su extremo más afilado.
Mildred se le quedó mirando desde el otro lado del vestíbulo.
-¿Qué significa esto? ¡Carece de sentido! ¡El capitán tenía razón!
-Bueno, bueno -dijo Montag-. Volveremos a empezar. Esta vez por el principio.

Segunda Parte: La Criba y la Arena

Ambos leyeron durante toda la larga tarde, mientras la fría lluvia de noviembre caía sobre la silenciosa casa. Permanecieron sentados en el vestíbulo, porque la sala de estar aparecía vacía y poco acogedora en sus paredes iluminadas de confeti naranja y amarillo, y cohetes, y mujeres en trajes de lamé dorado, y hombres de frac sacando conejos de sombreros plateados. La sala de estar resultaba muerta, y Mildred le lanzaba continuas e inexpresivas miradas, en tanto que Montag andaba de un lado al otro del vestíbulo para agacharse y leer una página en voz alta.
No podemos determinar el momento concreto en que nace la amistad. Como al llenar un recipiente gota a gota, hay una gota final que lo hace desbordarse, del mismo modo, en una serie de gentilezas hay una final que acelera los latidos del corazón.
Montag se quedó escuchando el ruido de la lluvia.
-¿Era eso lo que había en esa muchacha de al lado? ¡He tratado de comprenderlo!
-Ella ha muerto. Por amor de Dios, hablemos de alguien que esté vivo.
Montag no miró a su esposa al atravesar el vestíbulo y dirigirse a la cocina, donde permaneció mucho rato, observando cómo la lluvia golpeaba los cristales.
Después, regresó a la luz grisácea del vestíbulo y esperó a que se calmara el temblor que sentía en todo su cuerpo.
Abrió otro libro.
-El tema favorito, yo.
Miró de reojo a la pared.
-El tema favorito, yo.
-Eso sí que no lo entiendo -dijo Mildred-,
-Pero el tema favorito de Clarisse no era ella. Era cualquier otro, y yo. Fue la primera persona que he llegado a apreciar en muchos años. Fue la primera persona que recuerde que me mirase cara a cara, como si fuese importante. -Montag cogió los dos libros-. Esos hombres llevan muertos mucho tiempo, pero yo sé que sus palabras señalan, de una u otra manera, a Clarisse.
Por el exterior de la puerta de la calle, en la lluvia, se oyó un leve arañar.
Montag se inmovilizó. Vio que Mildred se echaba hacia atrás, contra la pared, y lanzaba una exclamación ahogada.
-Está cerrada.
-Hay alguien... La puerta... ¿Por qué la voz no nos dice... ?
Por debajo de la puerta, un olfateo lento, una exhalación de corriente eléctrica.


(continuará)




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Fahrenheit 451 - Página 30

Mildred se echó a reír.
-¡No es más que un perro! ¿Quieres que lo ahuyente?
-¡Quédate donde estás!
Silencio. La fría lluvia caía. Y el olor a electricidad azul soplando por debajo de la puerta cerrada.
-Sigamos trabajando -dijo Montag-.
Mildred pegó una patada a un libro.
-Los libros no son gente. Tú lees y yo estoy sin hacer nada, pero no hay nadie.
Montag contempló la sala de estar, totalmente apagada y gris como las aguas de un océano que podían estar llenas de vida si se conectaba el sol electrónico.
-En cambio -dijo Mildred-, mi «familia» si es mi gente. Me cuentan cosas. ¡Me río y ellos se ríen' ¡Y los colores!
-Si, lo sé
-Y, además, si el capitán Beatty se enterase de lo de esos libros... –Mildred recapacitó. Su rostro mostró sorpresa y, después, horror-. ¡Podría venir y quemar la casa y la «familia»! ¡Esto es horrible! Piensa en nuestra inversión. ¿Por qué he de leer yo? ¿Para qué?
-¡Para qué! ¡Por qué! -exclamó Montag-. La otra noche vi la serpiente más terrible del mundo. Estaba muerta y, al mismo tiempo, viva. Fue en el Hospital de Urgencia donde llenaron un informe sobre todo lo que la serpiente sacó de ti. ¿Quieres ir y comprobar su archivo? Quizás encontrases algo bajo Guy Montag o tal vez bajo Miedo o Guerra. ¿Te gustaría ir a esa casa que quemamos anoche? ¡Y remover las cenizas buscando los huesos de la mujer que prendió fuego a su propia casa! ¿Qué me dices de Clarisse McCIellan? ¿Dónde hemos de buscarla? ¡En el depósito! ¡Escucha!
Los bombarderos atravesaron el cielo, sobre la casa, silbando, murmurando, como un ventilador inmenso e invisible que girara en el vacío.
-¡Válgame Diosl -dijo Montag-. Siempre tantos chismes de ésos en el cielo. ¿Cómo diantres están esos bombarderos ahí arriba cada segundo de nuestras vidas? ¿Por qué nadie quiere hablar acerca de ello? Desde 1960, iniciamos y ganamos dos guerras atómicas. ¿Nos divertirnos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? ¿Acaso somos tan ricos y el resto del mundo tan pobre que no nos preocupamos de ellos? He oído rumores. El mundo padece hambre, pero nosotros estamos bien alimentados. ¿Es cierto que el mundo trabaja duramente mientras nosotros jugamos? ¿Es por eso que se nos odia tanto? También he oído rumores sobre el odio, hace muchísimo tiempo. ¿Sabes tú por qué? ¡Yo no, desde luego! Quizá los libros puedan sacarnos a medias del agujero. Tal vez pudieran impedirnos que cometiéramos los mismos funestos errores. No esos estúpidos en tu sala de estar hablando de, Dios, Millie, ¿no te das cuenta? Una hora al día, horas con estos libros, y tal vez...
Sonó el teléfono. Mildred descolgó el aparato.
-¡Ann! -Se echó a reír.- ¡Sí, el Payaso Blanco actúa esta noche!
Montag se encaminó a la cocina y dejó el libro abajo.
«Montag -se dijo-, eres verdaderamente estúpido ¿Adónde vamos desde aquí?
¿Devolveremos los libros, los olvidamos?»
Abrió el libro, no obstante la risa de Mildred.
«¡Pobre Millie! -pensó-. ¡Pobre Montag! También para ti carece de sentido. Pero, ¿dónde puedes conseguir ayuda, dónde encontrar a un maestro a estas alturas?»
Aguardó. Montag cerró los ojos. Sí, desde luego. Volvió a encontrarse pensando en el verde parque un año atrás. Últimamente, aquel pensamiento había acudido muchas veces a su mente pero, en aquel momento, recordó con claridad aquel día en el parque de la ciudad, cuando vio a aquel viejo vestido de negro que ocultaba algo, con rapidez, bajo su chaqueta.
El viejo se levantó de un salto, como si se dispusiese a echar a correr. Y Montag dijo:
-¡Espere!

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