viernes, 21 de agosto de 2009

Las viudas de los jueves - Página 47

El vértigo de la década que terminaba me tenía impresionada. Cuando yo era chica la plata tardaba más tiempo en pasar de mano en mano. Había familias, conocidas nuestras, de mucho dinero, apellidos repetidos en distintas combinaciones dobles, generalmente gente con campos. Esos campos pasaban a sus hijos, que ya no los trabajaban sino que ponían peones, pero que todavía podían sacar una buena renta aunque la suma se repartiera entre varios hermanos. Pero esos hermanos también se morían algún día, entonces las tierras pasaban a los nietos, y había más peleas, más gente entre quien repartir, y menos renta. Lo que le terminaba tocando a cada uno no alcanzaba para no trabajar, y los campos se terminaban loteando o perdiendo. Pero, así y todo, aunque nadie tenga nunca asegurado nada, tenían que pasar dos o tres generaciones para que la plata que se creía segura resultara no serlo. En cambio, en los últimos años la plata cambiaba de dueño dos o tres veces dentro de una misma generación, que no terminaba de entender qué estaba pasando.

Escribí: "2001, Efecto Mate cocido, se van los Urovich, los siguen", tres puntos suspensivos.

Capítulo 41

Lala miró a su alrededor. El jarrón azul que le había regalado Teresa Scaglia, la lámpara imitación Tiffany que había comprado hacía menos de un año, el fanal de cristal en medio de la mesa ratona. A un costado Ariana peinaba casi obsesivamente una de sus Barbies. Pensó en cuando ella tenía ocho años. En esa época no existían las Barbies. Ella tenía muñecas Piel Rose. Le hubiera gustado tener ocho años ahora y preocuparse por ninguna otra cosa que peinar una muñeca. Completó el formulario y lo envió por mail. Esa misma tarde la llamaron, si era urgente podían organizar todo para el fin de semana próximo. Lala quería hacerlo cuanto antes. No la urgía el viaje, los pasajes eran recién para dentro de casi dos meses, pero si se iban a ir quería que esa casa se vaciara de una vez por todas. Mientras estuvieran sus cosas, la casa la sujetaba. Y no podía sentirse sujeta. Cada cosa alrededor de ella tenía una historia, con sólo mirarlas se le disparaba un recuerdo. Y con el recuerdo, bronca, casi odio, no podía precisarlo, ni encontrarle razón o sentido. Mucho menos evitarlo. Sólo sabía que no quería verlas más. No quería nada que le recordara la vida que había llevado los últimos años y que no podía seguir llevando. "Hace un Garage Sale, te sacas todo lo viejo en un solo día, y con esa plata compras allá lo que querés", le sugirió Teresa Scaglia, y le consiguió el número de la empresa con la que Liliana Richards había vaciado el departamento de su suegra una semana después de fallecida.

La idea de ir a vivir a Miami se le había ocurrido a su padre. Lala al principio no lo tomó en serio. Y Martín ni siquiera lo oyó. No tenían nada en Miami, ni parientes, ni amigos, ni propuesta de trabajo. Ella ni siquiera sabía hablar inglés. "¿Por qué Miami?", preguntó Martín. "Porque es una ciudad donde se pueden hacer cosas, todo funciona bien, hay oportunidades de negocios dando vueltas por todas partes, lo respiras. En Miami, con plata, tenés un futuro. Acá en poco tiempo no vamos a tener nada", repitió Lala las palabras de su padre. Después de ocho años en una empresa multinacional, Martín se había quedado sin su puesto de Director de Planeamiento por una reestructuración interna que no lo incluyó en el nuevo organigrama. El despido los golpeó, no se lo esperaban, pero Martín tenía un excelente curriculum, un MBA en una universidad americana, y muchos contactos, era sólo cuestión de tener un poco más de paciencia, pensaba Lala a medida que el tiempo pasaba. Pero aunque ella tratara de mirar para adelante y seguir viviendo como si nada hubiera pasado, la paciencia de su marido era directamente proporcional a los ahorros acumulados, y mes a mes los gastos mensuales los consumían a ambos. Una noche Martín la sentó frente a él en el escritorio y le mostró una planilla llena de números. ¿Por qué su marido hacía una cosa así? No entendía. Lala nunca fue buena para los números. Lo escrito en el papel se le aparecía confuso y hasta borroso. Martín hablaba. Que el ochenta por ciento de sus ahorros estaban en bonos de la deuda, que los bonos cada vez cotizaban más bajo. Lala no podía seguirlo; él nunca le hablaba de porcentajes o de bonos. Que lo que les quedaba, si seguían viviendo en Altos de la Cascada, mandando a Ariana al mismo colegio, pensando que Ariel el año que viene tenía que empezar la facultad, manteniendo la misma frecuencia de salidas y recambio de ropa, sin dejar de jugar al tenis, al golf, de ir a pintura y a equitación, mucama y demás gastos, se acabaría en exactamente cinco meses. Lala sintió un mareo. No había captado los detalles, pero sí lo del plazo. Cinco meses era demasiado pronto. Cinco meses era el próximo verano. Cinco meses era poco antes del cumpleaños de Ariana. "¿Y qué vamos a hacer en cinco meses?", preguntó. "No sé", le contestó él. Lala lloró. Y en medio del llanto se acordó de su padre, y se secó las lágrimas. "Vendamos la casa, y con esa plata más lo que nos queda nos vamos a Miami, y ahí intentamos algo, un negocio, lo que sea, allá la plata trae más plata, acá sólo sirve para que te la roben." Y los gastos no serían tantos. Ariana iría al colegio del Estado, "porque allá se puede, son mejores que un privado acá, y ella es dócil, se adapta bien, no le va a costar el cambio, al contrario, no sabes todo lo que va a aprender Ariana allá". Alquilarían algo chico por un tiempo, no tendrían gastos de mucamas ni ningún otro servicio, reducirían las salidas o las suspenderían por un tiempo. "¿Y si hacemos todo ese ajuste acá?", preguntó Martín. "¿Acá? ¿Qué es hoy acá? Nos caemos, Martín, no existe más acá. ¿Te imaginas viviendo en un monoambiente y mandando a Ariana al Bernasconi de Parque Patricios?" "Yo fui al Bernasconi." "No es el futuro que habíamos planeado para nuestros hijos." "Vos no hablas inglés." "En Miami no hace falta. Si todos hablan español. Va a ser como estar acá, pero mejor, va a ser como cuando todo estaba bien." Y ya no lloró.

Los empleados de la casa de remate vinieron el día anterior a la fecha publicada en el aviso y organizaron todo. "Vos marcá lo que te querés llevar, nosotros etiquetamos con precio el resto", le dijo el encargado de la feria americana que convertiría en efectivo el contenido de lo que había sido su casa los últimos once años. Ariel se había empecinado en que él no se iba y que se quedaba viviendo con sus abuelos paternos. Él y el golden retriever, que Lala nunca terminó de pagarle a Carla Masotta. Ariana sintió envidia, si tuviera edad ella también se quedaría con Ariel. Pero no tenía edad. "Yo me llevo mis Barbies", dijo. "Nadie se lleva nada", le contestó Lala. "¿Por qué?" "¿No estás un poco grande para Barbies?" Ariana no entendió. Miró a su padre. "¿Por qué, papá?" Martín no contestó. "Porque hay que aprender que nada es para siempre", dijo su madre.

La venta se iba a realizar en todos los ambientes de su casa, aunque el aviso aludiera sólo a uno, el garaje. "Garage Sale. Flia ausentand.: Carro golf batería, palos Callaway lera mano, eqs audio Marantz, Sony, dos raquetas Head Titanium, 2 PC pentium, walkm, discm, minicomp, DVD, much/más elect., lámparas, adornos, chiquitaj." Qué será "chiquitaje", se preguntó. "Lavarropas autom. carg. ftal, cortinas, toallas, manteles, ropa amb/sex. talle M, ropa chs, cinta correr, perfumes, peluches, Barbies, art. s/deter. Vení y revolvé." Lala tiró el diario sobre la mesa. Nadie les dijo que podían poner "Vení y revolvé". "Es de forma, señora, lo ponemos siempre", le contestaron. Eran las ocho de la mañana del sábado. "Unic. día Sábado 12 de 9 a 17 hs." "Mis Barbies, no", lloró Ariana cuando descubrió que le habían puesto una etiqueta con el precio en la frente a la Barbie enfermera. Lala la mandó a jugar a la casa de Sofía Scaglia. Ariel había desaparecido desde el día anterior y había avisado que no volvía hasta tarde. Martín se había ido con el Tano, lo había invitado a jugar al tenis después de años. "Acá no voy a hacer más que molestar." Fue con una raqueta prestada, la suya estaba parada junto a los palos de golf con una etiqueta en el grip que decía US$ 100. Ella no quiso irse. Quería ver quién se llevaba cada cosa, cómo las tocaban, la forma en que caminaban por su casa, cómo descartaban lo que no les interesaba, cómo regateaban un precio o pedían rebaja cuando compraban varios artículos. Finalmente no había juntado la fuerza para hacer ella la selección y la había dejado en manos de la empresa de venta. "Yo no me quiero llevar nada, lo que sirva para vender, véndanlo, y lo que no se tira." Por eso, aunque se sorprendió, no dijo nada cuando vio sobre su cama dos pilas de ropa interior usada, marcada con precio. Toda la pila de bombachas Victoria's Secret fue vendida antes del mediodía. Las nacionales las compró la nueva mujer de Insúa "para la chica que trabaja en casa, si vieras el estado en que tiene su ropa interior... Yo no sé cómo pueden".

Un desodorante a medio usar, una botella de whisky por la mitad, cajas de tés ingleses abiertas, frascos de perfumes empezados. Amigas, vecinos, desconocidos que llegaron invocando el aviso, se llevaron todo. Dejaron una frazada que tenía una mancha de una quemadura con forma de plancha, y alguna ropa irremediablemente de otra temporada.

A la noche sólo quedaban las camas, los cepillos de dientes, la ropa que llevaban puesta, algunas bolsas de plástico con compras que por distintos motivos serían retiradas al día siguiente, y las dos valijas donde Lala había metido el único equipaje que viajaría con ellos al Norte. La camioneta estacionada al frente de la casa ya no era de ellos, la usarían hasta irse y luego serviría para cancelar una deuda con el padre de Lala. Estarían viviendo así por unos días, hasta que tuvieran que entregar la casa, después un tiempo más en la casa de los padres de Martín, y de ahí, visa mediante, directo al Norte.

"¿Quién se llevó mis Barbies?", le preguntó Ariana a su madre. "Ya no son más tus Barbies." Ariana apretó los labios y contuvo las lágrimas. "Hay que crecer, Ariana." "Podrían haberme dejado una", se quejó. "Hubiera sido peor", contestó su padre.

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Las viudas de los jueves - Página 48

Se fueron a dormir. En la mitad de la noche, Ariana despertó. Buscó a su hermano en el colchón de su cama, pero no estaba. Recorrió lo que quedaba de lo que había sido su casa. Entre las bolsas que serían retiradas al día siguiente, descubrió una en la que a través del plástico podían distinguirse sus Barbies. Sobre la bolsa anudada habían pegado un papel que decía "Rita Mansilla". Ariana la conocía, era la abuela de una de sus amigas del barrio. Se imaginó a su amiga peinando sus muñecas. Una a una, acariciándoles el pelo. Mientras ella en Miami con la plata de su abuela se compraba esas cosas mucho más interesantes que decía su mamá que había en ese lugar, cosas que no podía imaginar ni ponerles nombre. Abrió la bolsa. Eran diez. Cinco Barbies rubias, tres morochas y dos pelirrojas. La Barbie enfermera era rubia, como ella. Su preferida. Cuando fuera grande Ariana quería ser enfermera, si es que en Miami había enfermeras. Seguro que había. Y si no se volvería a La Cascada con Ariel. Con Ariel, sí, pero no a La Cascada, cierto que él tampoco va a vivir más acá, pensó. Además de las Barbies, en la bolsa había un par de botas y tres bombachas blancas de su mamá. Fue a su cuarto a buscar una tijera en la mochila del colegio y una vez de regreso se sentó en el piso, junto a la bolsa abierta, y a una por una les cortó el pelo hasta dejarlas peladas. Sobre el piso de pinotea las mechas rubias se mezclaban con las morochas y las coloradas. A su alrededor todo eran pelos muertos de colores artificiales. Se cortó ella misma un mechón de pelo del flequillo y lo mezcló con el pelo de las muñecas. Juntó todo con la mano y se metió el bollo de pelos en el bolsillo de su pijama. Miró las muñecas por última vez, las volvió a poner en la bolsa, tratando de que no tocaran las bombachas, hizo el nudo y se fue a dormir otra vez.

Capítulo 42

A partir del encuentro con Alfredo Insúa y de la viaticación, el Tano empezó a pensar más que nunca en los seguros. Y en la muerte. De alguna manera la muerte estaba instalada en el ambiente. Dos aviones habían bajado las Torres Gemelas como a un castillo de naipes, y nadie podía salir de su asombro. El día del atentado los chicos estaban en casa, la caída coincidió con el Día del Maestro así que nadie tenía clase, pero a media mañana se fueron a un cumpleaños. "Averigua si no se suspende por lo de las Torres", le dijo a Teresa. "¿Y eso qué tiene que ver?, si fue en Nueva York", preguntó ella y salió con sus hijos al cumpleaños que los esperaba. Y el Tano tuvo otra vez la casa vacía para seguir pensando.

Él tenía su póliza de vida en Troost. Pero su póliza no tenía cláusula de retiro anticipado. Era una póliza tipo que hacían en todo el mundo para los ejecutivos de esa compañía. Y él estuvo de acuerdo, nunca previo que pudiera necesitarla antes. Creyó que todo seguiría como hasta entonces. O mejor. Cada cambio de trabajo a lo largo de su vida profesional había sido para ganar un sueldo mayor y un trabajo de mayor responsabilidad y desafío. Tampoco tenía sida, ni ninguna otra enfermedad con certeza de muerte, con las que negociaba Alfredo Insúa el descuento de seguros de vida. Y si tenía, no lo sabía. Pero todas las vidas tienen certeza de muerte, pensó. Una muerte en algún momento, tal vez en el momento justo, tal vez inoportuna, pero cierta. Se sentó frente a la computadora. A través de la ventana vio llegar a Teresa, que se puso a cambiar arbustos secos en su jardín por plantas recién compradas. Las plantas todavía tenían las bolsas plásticas del vivero Green Life. "Green Life", leyó a través de la ventana. Llamó su padre, le preguntó cómo iban esos nuevos proyectos. "Óptimos", mintió. "No se puede esperar menos de vos, tenes buena escuela", le dijo, y lo invitó a viajar a Cariló en octubre para alquilar juntos sus casas de veraneo para enero. "¿Este año van a Cariló, no?" "Claro", volvió a mentir. Cortó. Entró en la página de su cuenta bancaria. Tipeó su nombre y su clave. Miró los saldos. Los anotó en su calculadora, los sumó. Sumó la plata que tenía en una cuenta afuera. Bonos, que habían perdido gran parte de su valor de cotización gracias al aumento del riesgo país. Si pudiera esperarlos, seguramente los cobraría, pero dudaba de esa espera. Buscó en la computadora su planilla Excel de presupuesto de gastos. Dividió el importe de la sumatoria de sus saldos por el de sus gastos mensuales. Quince meses. En quince meses, al mismo ritmo de gastos, empezarían a tener problemas. Todos. Él, Teresa y los chicos. Ni pensar en sacar el importe necesario para pagar la casa que alquilaban en Cariló todos los veranos. Y el verano estaba cerca. Avanzó uno a uno por los distintos renglones del presupuesto. Especuló con qué gasto podría eliminar. Podría dejar de pagar el colegio, como había hecho finalmente Martín Urovich a principios de año. O eliminar la mucama, como Ronie Guevara. Pero él no era ni Martín Urovich ni Ronie Guevara. Si dejaba de pagar las expensas aparecería en el listado de morosos. Y si seguía viviendo en Altos de la Cascada, no era viable que sus hijos no fueran a las actividades deportivas, no tomaran clases de tenis, que Teresa no fuera al gimnasio o recibiera una sesión semanal de masajes. Cine, ropa, música, vinos, todo era necesario si querían seguir manteniendo la vida que llevaban. Y el Tano no se imaginaba llevando otra vida. El exilio de Martín Urovich le parecía una estupidez, una más dentro de las muchas en las que su amigo basaba el manejo de su vida. Para salirse del sistema Martín elegía hacerlo en otro país, en otro continente, escuchando hablar otra lengua. Allí mandaría a sus hijos al colegio del Estado, no tendría mucama, alquilaría una casa mucho más chica que la suya, no iría al cine ni tomaría clases de tenis. Pero allí era Miami, lo suficientemente lejos como para que nadie viera la caída. Aunque el lugar donde terminara parando Urovich fuera más feo que La Paternal, era Miami. Una cobardía de su parte, pensó el Tano. La peor cobardía. El no podía dejar que su familia cayera ni acá ni en ningún lugar del mundo. No se trataba de que la caída no se viera sino de no dejarse caer. Él tenía que poder otra cosa. Volvió a hacer la cuenta: quince meses. Tal vez menos si los bonos seguían bajando y no se atrevía a venderlos. Quince. Con una póliza de vida de quinientos mil dólares que no se podía tocar porque el siniestro no se producía. El no valía tanto, lo sabía. Pero por política de la empresa todos los Chief General deTroost a nivel mundial debían estar asegurados en esa suma. Y el Tano, a su salida, negoció la continuidad de esa póliza por un año y medio más. El plazo estaba a punto de cumplirse. En tres meses se cumpliría un año y medio de que fuera despedido por los holandeses. Un año y medio sin trabajar. Un año y medio esperando que lo llamaran de alguna consultora, mandando currículums, esperando respuestas. Un año y medio. Quince meses. Quinientos mil dólares. Y él, sin fecha de muerte cierta.

Capítulo 43

Después de la caída en la escalera, aquella noche en que sólo importaban sus amigos nadando en la pileta del Tano Scaglia, Ronie tuvo que quedarse internado. Lo llevaron al laboratorio y a rayos a hacerle unos estudios. Llamé a casa para avisarle a Juani, nos demoraríamos más de lo pensado y la nota apurada que había garabateado en medio de los gritos de su padre "Nos fuimos con papá a hacer algo pero enseguida volvemos, cualquier cosa llámame al celular. Está todo bien. Espero que vos también. Un beso. Mamá", ya no resultaba suficiente. Sobre todo para mí. Juani no me llamaría y yo quería saber de él. Tenía que saber de él si quería estar tranquila para poder ocuparme de Ronie como su pierna rota lo merecía. Me atendió el contestador. Corté. Me pregunté si a esa altura de la noche seguiría corriendo descalzo con Romina como cuando los cruzamos antes de salir de La Cascada. O si se habrían puesto otra vez los patines. Hacia dónde correrían. Por qué. Si huirían de algo o de alguien. O si ellos serían los perseguidores. Si simplemente corrían porque sí, hacia ninguna parte. Traté de sacármelo de la cabeza. Busqué un cigarrillo en la cartera, pero no tenía. Empecé a dar unos pasos buscando un quiosco. Por el mismo pasillo, tres hombres de blanco avanzaban en dirección contraria a la mía. Reconocí al médico de guardia, luego supe que venía con un traumatólogo y el cirujano que iba a operar a Ronie. Se detuvieron frente a mí. Sola junto a ellos, tres extraños en guardapolvo blanco, sentí por primera vez que todo lo que estaba pasando a mi alrededor era mucho más grande de lo que podía imaginar. Y que ese sentimiento no se limitaba a la pierna rota de mi marido. Pero entonces no sospeché cuánto. Los hombres trataban de ser didácticos y explicaban lo que tenían que hacer con parsimonia y demasiado detalle. No se trataba sólo de enyesar la pierna quebrada y coser la herida. Era fractura expuesta, habría que operar, darle anestesia total, acomodar los huesos. Y poner clavos. Me impresioné cuando nombraron los clavos. Fruncí la cara y se me aflojaron las piernas. El cirujano siguió hablando una palabra detrás de la otra, tibia, peroné, articulación comprometida, pero el traumatólogo se dio cuenta de que algo me pasaba e intentó tranquilizarme. "Es una intervención casi de rutina, algo muy sencillo, no se preocupe." Asentí sin aclarar que mi cara no tenía que ver ni con la operación, ni con el dolor ajeno, ni siquiera con el riesgo quirúrgico. Eran los clavos. Me impresiona lo que se mete dentro del cuerpo y no corre la suerte de degradación del resto. Siempre me impresionó. Cuerpos extraños que nos sobreviven. Pedazos de metal, cerámica o goma que resistirán a pesar de haber perdido la razón de estar allí. Mientras que lo que está a su alrededor es descompuesto y consumido. El día que falleció mi padre, mi mamá se encaprichó en sacarle la dentadura postiza y yo me opuse. "No le podes sacar los dientes a papá", dije. "No es papá, es el cadáver de papá", me contestó. Discutimos ferozmente. Casi no importaba ya que mi padre hubiera muerto de un día para otro, sino qué se haría con sus dientes postizos. "¿Para qué los querés?", le grité. "De recuerdo", me dijo, sorprendida de que no entendiera. "Sos una asquerosa", le grité. "Más asco va a ser un día levantar sus huesos llenos de tierra y encontrarte en el medio con su dentadura", dijo. Y agregó una maldición: "Ojalá te toque desenterrarlos a vos y no a mí". Y así fue. Una tarde llamaron del cementerio de Avellaneda. Tenía que ir alguien de la familia a autorizar que levantaran los restos de mi padre para reducirlos. Yo ya vivía en Altos de la Cascada y Avellaneda quedaba demasiado lejos en tiempo y espacio. Casi no había vuelto desde que nos instalamos en la nueva casa. La que le compramos a la viuda de Antieri. La casa en la que vivimos ahora. Un familiar tenía que estar presente cuando lo hicieran. Fui yo, mi mamá para ese entonces había sido esparcida en cenizas según su voluntad. Mi padre descansaba en tierra. Hasta ese día. Los dientes agarrados a esa quijada de metal a pesar de la acción de los años y los gusanos, más que a mi padre me evocaron la irónica risa de mi madre. Los clavos, como los dientes, resistirían. Y allí estarían, esperando a quien se atreviera a desenterrarlos. Aunque ni Ronie, ni yo, ni nuestros conocidos de Altos de la Cascada iríamos a parar al cementerio de Avellaneda, ni a ningún otro cementerio municipal. En los cementerios privados no hay que reducir huesos para ganarle espacio a la muerte. Se compra otra parcela. Se lotea otro cementerio parque. Se inventa otro negocio. Hay suficiente terreno en los alrededores para seguir loteando. Pero si así fuera, si algún día hubiera que ganar espacio a la muerte también en los cementerios privados, o si algún día no pudiéramos pagar las expensas y se perdiera la parcela, si alguien llamara una mañana pidiendo que algún familiar se hiciera presente para reducir lo que hubiera quedado de Ronie, quien fuera, Juani, o yo, o mis nietos, se encontrarían con clavos.

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Las viudas de los jueves - Página 49

Intrusos sobrevivientes, pensaba, mientras esperaba fuera de la sala de operaciones. Y se me ocurrían otros. Jugaba a que se me ocurrieran otros. Para no pensar en la operación de Ronie, ni en Juani que seguía sin atender el teléfono. Un stent, un marcapasos, alguna prótesis sofisticada traída especialmente de los Estados Unidos o de Alemania. Un DIU. No, un DIU no, porque en caso de ser una mujer mayor no tendría puesto uno, y en caso de ser una mujer en edad fértil me daba tanta impresión pensarla dentro de una tumba que rechacé el ejemplo. Me preguntaba si siendo cosas de valor como un marcapasos o un stent, antes de enterrar al muerto se los quitarían. Una especie de reciclado. Me extrañaba que nadie me hubiera mencionado ese negocio en La Cascada. Yo no dejaría que le quitaran los clavos a Ronie. Las siliconas también, me di cuenta. Las siliconas son intrusos con posibilidades de supervivencia. Resistirían el entierro, el cuerpo que se vacía de carne, la tierra húmeda, los gusanos. En mi tumba alguien va a encontrar algún día dos globos de silicona. Para lo que sirvieron... En las de casi todas mis vecinas van a encontrar globos también. Me imaginé el cementerio privado donde enterraran a las mujeres de Altos de la Cascada, sembrado de globos de silicona huérfanos de pechos, a unos pocos metros bajo ese césped inmaculado. Huesos, barro y silicona. Y dientes. Y clavos.

Salí al jardín a fumar. Prendí un cigarrillo. Otro. Y otro. Uno más. Llamé otra vez a Juani. No atendió. Tenía que estar en casa. Estará profundamente dormido y no escucha el teléfono, pensé. Quería pensar que estaba profundamente dormido. Pero también podía estar todavía dando vueltas. O estar tirado en alguna parte. O haber llegado y dormir pesadamente, pero no de sueño. De alcohol. O de aquello otro. Me cuesta nombrarla. Marihuana. Cannabis, decía en el informe del American Health and Human Service Department que me acercó Teresa Scaglia al poco tiempo que supo "del difícil momento por el que están pasando". No, eso no, él me había prometido que no y yo "tengo que creer en mi hijo, porque él puede lograrlo". Eso dijeron los especialistas que contrataron en Altos de la Cascada para apoyar a las familias con "hijos en riesgo", que teníamos que creer en nuestros hijos. Pero ése no era el problema, ellos qué saben. El problema era creer en nosotros mismos.

La operación fue un éxito, según me informó el cirujano. Me habló en el mismo pasillo, con la bata puesta, mientras se quitaba los guantes de látex. Esperé que trajeran a Ronie a la habitación y que volviera de la anestesia. Llamé a casa y esta vez atendió Juani. Le expliqué. Se notaba raro, alerta, era evidente que no dormía. "¿Pasa algo?", le pregunté. "Nada, me duele la cabeza." "¿Qué pasó? ¿Comiste algo que te cayó mal?..." No contestó. "O tomaste algo..." "¿A qué hora volviste?" "Basta, mamá", me interrumpió. "Cualquier cosa, llámame." No llamó.

Entre la anestesia y los calmantes Ronie durmió el resto de la mañana. Yo dormité en un sillón junto a él. Pasado el mediodía bajé a almorzar algo. No llamé a nadie para avisar lo que había pasado. Ni a un cliente. Ni a un amigo. Sonó mi celular varias veces pero verifiqué que no era Juani y no atendí. En un momento pensé en llamar a la guardia del club para avisar dónde estábamos, pero enseguida me di cuenta del sinsentido. Tal vez más que un sinsentido fue un presentimiento. Porque cuando estaba terminando mi almuerzo entró al bar del sanatorio Dorita Llambías, que acababa de visitar a una amiga. Se acercó a mi mesa meneando la cabeza. "¡Qué barbaridad lo que pasó, Virginal ¡Qué me contás!" Agarró mi mano por encima de la mesa y la apretó fuerte. Me di cuenta de que no estaba hablando del accidente de Ronie. "¿De qué me estás hablando, Dorita?" "¿Cómo, vos no sabes nada?", dijo y noté en su voz cierta excitación por ser la portadora de la noticia. Se acercó para hablar. "Anoche hubo un accidente en casa de los Scaglia, un problema eléctrico. El Tano, Gustavo Masotta y Martín Urovich aparecieron ahogados en la pileta. Ahogados no, en realidad electrocutados. Parece que se electrocutaron con un alargue." No terminé de decodificar sus palabras, parecía como si todo lo que nos rodeara se estuviera moviendo alrededor de nosotros. Me agarré de la silla para no caerme. "¡Vos podes creer, gente grande, mojados, andar agarrando cables!" "¿Se electrocutaron los tres?" "Sí, parece que el cable cayó en la pileta y murieron al instante." Como una película en cámara rápida, pasaron por delante de mí las escenas de la noche anterior. La heladera abierta frente a mí, Ronie entrando a casa después de abandonar la cena de todos los jueves en lo del Tano, la escalera, la terraza, la reposera junto a la baranda, mi reposera junto a la de él, el silencio, las luces en la pileta de los Scaglia, los hielos que se caen al piso y se deslizan, el jazz que suena entre el llanto de los álamos, más de su silencio, mi fastidio, su enojo, la caída en la escalera, su llanto. "Pobre Teresa, y los chicos, ¡quién se vuelve a meter en esa pileta ahora!", dijo Dorita. Pensé en Ronie huyendo de esa casa esa noche como si intuyera la tragedia. Ronie, otro intruso sobreviviente. Ronie como sus clavos. "Cuando Dios no está presente, no está, no hay nada que hacerle, mira qué forma estúpida de venir a morirse, ¿no?" "Muy estúpida", le contesté, y me fui a buscar a mi marido.

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Las viudas de los jueves - Página 50

Capítulo 44

A Ronie le dieron el alta a la misma hora en que los cadáveres de sus amigos marchaban en caravana por la Panamericana hacia el cementerio privado. Por los pasillos del sanatorio Virginia arrastraba sin ayuda la silla de ruedas sobre la que trasladaba a su marido enyesado. Así lo había pedido, que nadie los acompañara. Los caminos del jardín del sanatorio hasta el coche le servirían para prepararse a enfrentar lo que se venía, pensó. Cuando estuvieron delante del auto trabó la silla, se puso delante de Ronie, se agachó de cuclillas frente a él y le agarró las manos. "Tengo que decirte algo." Ronie escuchaba sin decir nada. "Anoche hubo un accidente en la casa de los Scaglia." Ronie negó con la cabeza. "El Tano, Gustavo y Martín murieron electrocutados." "No", dijo Ronie. "Fue un accidente lamentable." "No, no fue..." Ronie intentó pararse, pero cayó inmediatamente sobre la silla. "Tranquilízate, Ronie." "No, no es así, yo sé que no es así." Lloró. "El jardinero los descubrió ayer a la mañana en el fondo de la pileta." Ronie intentó pararse otra vez, Virginia se lo impidió. "Ronie, no podes apoyar la pierna, por la..." "Llévame al cementerio", la interrumpió. "No te va a hacer bien." "Llévame al cementerio o voy caminando." Esta vez se paró. Virginia apenas pudo conseguir que no caminara. "¿Estás seguro de que querés ir?" "Muy seguro." "Entonces vamos juntos", dijo. Ayudó a subir a su marido al auto, luego metió la silla en el baúl, se sentó al volante junto a Ronie, lo miró, le acarició la cara y arrancó a cumplir con su pedido.

Capítulo 45

Era un día de sol. La primavera se había instalado en los tulipaneros todavía sin hojas pero repletos de grandes flores violeta. Algunos estacionamos sobre la banquina. Quince minutos antes de la hora anunciada el estacionamiento interno ya estaba completo, por lo que habían dispuesto guardias al costado de la ruta para que pudiéramos dejar nuestros autos con tranquilidad. "No te había reconocido. ¿Cambiaste la camioneta?" Estábamos todos. Si es por nombrar, es más fácil enumerar a los ausentes. Los Laurido, de viaje por Europa, "encontras ofertas tiradas con esto que pasó con las Torres Gemelas, la gente quedó paranoica, te tiran los hoteles a precios increíbles, hay que aprovechar"; los Ayala, de visita en lo de su hijo, en Bariloche; Clarita Buzzette, que acababa de salir de una neumonía. Había ido también el plantel completo del personal administrativo de Altos de la Cascada, los profesores de tenis, el starter de golf. Nunca nos había pasado algo semejante. Nunca tanta desgracia junta adentro. "No se puede creer..." "Pobre Teresa..." "Fue una descarga eléctrica, ¿no?"

Esperamos junto a la capilla que llegaran los cuerpos. Nos mirábamos unos a otros sin saber qué decir. Pero todos decíamos algo. "Meses que no nos veíamos." "Esperemos la próxima encontrarnos en circunstancias más alegres." Alguien preguntó por Ronie y Virginia Guevara. Alguien dijo que esa mañana le daban el alta en el hospital. Especulamos acerca de si Ronie vendría o no al entierro. "No, no creo, sería una experiencia muy traumática para él." "Pobre, ya bastante tuvo." "¿Con quién quedaron tus chicos?"

La policía entregó los cuerpos en el menor tiempo posible. Aguirre, el jefe de seguridad de Altos de la Cascada, habló directamente con el comisario. "A su línea privada, es amigo." No era cuestión de sumarles más dolor a las viudas. El doctor Pérez Bran, un vecino de toda la vida, se ofreció a hablar con el juez interviniente. "¿Y por qué tuvo que intervenir un juez?" "Es lo habitual, hubo tres muertos." Lo conocía, tenía varias causas tramitándose en su juzgado. Le aseguró que sería un expediente rápido, lo imprescindible en estos casos. La policía hizo las inspecciones de rutina. "¿Homicidio culposo? ¿Pero si no fue culpa de nadie?" Homicidio "sin intención" debería llamarse, la palabra culposo confunde a más de uno. "¿Y por qué homicidio? Tendrían que poner accidente." "No existe esa figura en el Código." "¿Qué código?" "Penal." "Tendrían que agregarla, si es un accidente, es un accidente, ¿por qué no llaman a las cosas por su nombre en este país?" "¿Ésa será la madre del Tano?" "Ni idea."

Querían escuchar música. Estuvieron escuchando música. Diana Krall, dicen. Pero el Tano la quería más cerca, tiró del cable, el aparato se soltó y el alargue cayó a la pileta. "¿No saltó el disyuntor? ¿Ves que a esos aparatos hay que probarlos como mínimo una vez por año?" "Saltó la térmica, pero cuando ya estaban fulminados." "¿Qué es la térmica?" "Y uno confiado de que tiene disyuntor..." "Sabes que debe ser la madre, tiene algo del Tano en la cara..." "¿Querés que te diga qué los mató, para mí?" "¿Qué?" "El trabajo ese que hizo Carmen Insúa con las fotos." "Ay, no seas hija de puta que me haces poner la piel de gallina."

A las once en punto llegaron los tres cajones. El del Tano, el de Gustavo y el de Martín. Dicen que fue a Teresa a quien se le ocurrió enterrar a los tres en línea. En su ley, dijo. Habían pasado su última noche juntos, como solían hacerlo todos los jueves. Ronie Guevara se había salvado de milagro. Se había ido antes, unos decían que porque se sintió mal, otros que había discutido con el Tano. Fuera cual fuese el motivo, lo cierto es que el destino no lo había elegido para morir esa noche con ellos. "Nadie muere en las vísperas." "¿De dónde me suena eso?" "Es tal cual.

Teresa se ocupó de todos los arreglos. Antes y durante la ceremonia. Debía estar medicada. Se la veía mal pero serena. Manejaba la situación razonablemente. Dicen que ella pagó la parcela de Martín Urovich. Lala no hubiera podido afrontar ese gasto. Hubo algún cuchicheo entre gente que no era de La Cascada cuando entraron los tres cajones a la capilla. Dicen que eran familiares de Martín, de la rama judía, asombrados por quién había sido elegido para bendecir su paso al otro mundo. Pero nadie dijo nada. Ni siquiera sus padres, que lloraban abrazados. Las tres viudas se sentaron en el primer banco. Teresa y Lala agarradas del brazo. Carla un poco más alejada. Desde el banco de atrás, una amiga que nadie conocía le acariciaba la espalda. Los hijos del Tano y los de Martín lloraban sostenidos por algún pariente o amigo. El cura habló del llamado del Señor, de lo difícil que es entender cuando llama a gente tan joven, y de saber aceptar su sabiduría. Invitó a decir el Padre Nuestro. Lo seguimos quienes pudimos. Pocos, para la cantidad de gente que había ahí adentro. En la parte de "y perdónanos nuestras ofensas...", varios recitaron a la vieja usanza "y perdónanos nuestras deudas...". Y en el murmullo de la plegaria las ofensas se mezclaron con las deudas y quienes nos ofenden con nuestros deudores. Nos santiguamos. Sonó un celular, varios tantearon carteras y bolsillos, pero el timbre siguió sonando. "Hola, estoy en un entierro... te llamo." Que el Señor reciba a Martín, Gustavo y Alberto en su gloria, dijo el cura. Nos miramos. Alberto no era nadie para nosotros. Dios tenía que recibir al Tano en su gloria. El Tano Scaglia. Después dio los horarios de la misa en su capilla los fines de semana. "La del sábado a las 19 sirve para el domingo, recuerden." Y acompañó el dolor de los familiares, amigos y deudos. Fue breve. Siempre son breves en esos lugares. Y monocorde, sin entonación, como un juez celebrando el último casamiento del día de su registro. Nadie hubiera soportado mucho más tiempo ahí adentro. Las capillas de los cementerios son muy pequeñas. Y había adentro tres cajones, tres viudas, demasiada gente que no sabía el Padre Nuestro, olor a flores y llantos.

Avanzamos en grupo por el camino de adoquines. A nuestro costado el verde inmaculado del pasto recién cortado. En la marcha se iba agregando gente que había llegado tarde. Todos en silencio. Todos con anteojos negros. Los pasos arrastrados marcaban el sonido que acompañaba a los féretros. Su marcha fúnebre. Algún llanto más agudo que otro. Algún llanto más joven. Llantos de niños. Al final del camino esperaban los tres pozos en el piso. A su costado, las alfombras verdes. Los empleados del cementerio parados junto al mecanismo que bajaría los cajones. Nos fuimos poniendo en círculo alrededor de los pozos abiertos en la tierra. Los administrativos de Altos de la Cascada, los profesores de tenis y el starter se mantuvieron un poco más alejados. Alfredo Insúa dijo unas palabras. "No hablo como presidente de Altos de la Cascada, sino como amigo." Era su primer discurso público después de las elecciones que lo habían consagrado presidente del Consejo de Administración del lugar donde vivíamos. Habló parado junto a Teresa, le agarraba la mano. La madre del Tano gritó en medio de su propio llanto. Y la de Urovich se agachó a abrazar el cajón de su hijo. Habló del dolor que quedaría en La Cascada, "pero también del orgullo de haberlos conocido, de que hubieran sido nuestros vecinos y amigos, de haber compartido con ellos tenis, charlas, caminatas. La historia de Altos de la Cascada lleva impresos sus nombres", dijo. Alguien aplaudió el discurso automáticamente, se sumaron algunas palmas, otros lo siguieron más tímidamente, otros dudaron si en un entierro se aplaude, y al poco rato el aplauso quedó trunco. Los empleados del cementerio giraron las manivelas y los tres cajones bajaron juntos. Otra vez gritó la madre del Tano. Carla se acercó a tirar tierra sobre la tumba de su marido. Los chicos del Tano tiraron las flores que les acercó la nueva mujer de Insúa. La hija de Urovich se abrazó a las piernas de su madre y no quiso mirar mientras el ataúd de su padre bajaba. Alguien se llevó a la madre del Tano. Lala se arrodilló a llorar abrazada a su hija. Dieron unos segundos más para los llantos y luego extendieron las alfombras verdes sobre los pozos abiertos en la tierra. Nos fuimos acercando a besar a las viudas. Primero los más corajudos. Luego a los hijos. Nos abrazábamos entre nosotros. "No se puede creer", decía alguien. "No se puede creer", le respondían.

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Las viudas de los jueves - Página 51

Poco a poco las tumbas fueron quedando solas. Hicimos el camino de regreso hacia los autos. Teresa se subió con sus hijos al Land Rover del Tano, pero no manejaba ella, sería un hermano o un cuñado, alguien de la familia sin duda, porque no lo conocíamos. Carla se fue con una amiga. Y Lala con los padres de Martín. Quedábamos unos pocos terminando de despedirnos en el estacionamiento cuando llegó Ronie. En una silla de ruedas que arrastraba su mujer. Llevaba un yeso en la pierna. No lloraba. Ella tampoco. Pero sus caras desgarraban a quien se atreviera a mirarlos. Ronie llevaba la vista fija hacia adelante, como si no quisiera que nadie se detuviera a decirle nada. Fue inútil. Dorita Llambías se acercó y le apretó la mano. "Fuerza, Ronie." Y Tere Saldívar la tomó del hombro a Virginia, "Estamos para lo que necesites". Ella asintió con la cabeza, pero no se detuvo. "Es al lado del cantero de violetas de los Alpes fucsias", le indicó alguien cuando ya seguían su marcha como si supieran adonde ir. El mismo camino que acabábamos de desandar nosotros. Las ruedas de la silla se trababan cada tanto en el adoquín, y Mavi agitaba la silla hacia adelante y hacia atrás para destrabarlas, pero no se detenía. Los mirábamos alejarse. No se detuvieron hasta que llegaron a los tres pozos abiertos cubiertos con la alfombra verde. Entonces Mavi colocó la silla de su marido junto a ellos y se alejó unos pasos. Ronie, de espaldas a nosotros, en línea con las tres tumbas, completaba la que habría sido suya.

Capítulo 46

Llegamos a casa cerca del mediodía. Juani no estaba y eso sumaba una preocupación más. Acomodé a Ronie con su silla en el living, frente a la ventana que da al parque. "¿Querés un té?" Dijo que sí y fui a la cocina a preparárselo. Tomé coraje y llamé a lo de Andrade. Juani estaba ahí, con Romina, y en cierta forma eso me dejó tranquila. Serví dos tés en una bandeja y fui al living otra vez. Me encontré con la silla de ruedas vacía. "Ronie", grité. Lo busqué en toda la planta baja. Salí al jardín, fui hasta la calle, miré a un lado y al otro. No podía haber llegado muy lejos con la pierna enyesada. Volví a entrar en la casa. Volví a gritar su nombre. No entendí. Hasta que vi la escalera. Ronie estaba en la terraza, agarrado de la baranda, con la pierna enyesada en el aire, agitado por el esfuerzo de haber subido saltando sobre la pierna sana. Miraba la pileta de los Scaglia, detrás de los álamos. Me acerqué despacio, casi sin hacer ruido. Lo abracé. No recordaba cuánto hacía que no abrazaba a mi marido. Me agarró la mano y la apretó fuerte. Lloró, apenas, después más intenso. Trató de calmarse. Giró hacia mí, me miró, y así de la mano me llevó directo a aquella noche, la del 27 de septiembre de 2001, cuando junto a sus amigos comía en la casa del Tano.

Comieron fideos cortados a cuchillo, amasados por el propio Tano. Con tomate y albahaca. Después jugaron al truco, una partida, dos, tres. Y bebieron, mucho. Ronie no se acuerda de quién estaba ganando. Sí cómo habían formado las parejas: Martín y Gustavo contra el Tano y él. Mientras jugaban salió el tema de la mudanza de Martín a Miami. No se acuerda cómo, pero el tema lo había sacado el Tano. Te tenes que quedar, dijo. ¿A qué? A morir con dignidad. Hace rato que dejé de sentirme digno. Porque no estás haciendo las cosas bien. Estoy meado por los perros, decido ir a Miami y vuelan las Torres Gemelas. ¿Tenes para el truco? ¿A qué vas a Miami?, ¿a que te llenen el agua de ántrax? Truco. ¿A consumir el poco ahorro que te queda? Dame más vino. Vas a terminar trabajando de cualquier cosa, y tu mujer limpiando tu casa. Quiero. Y si te descuidas alguna otra casa más para sacar unos mangos. No tengo opción. Sí que tenes. Cuál. Quedarte. Acá ya no se puede vivir. ¿Y quién habla de vivir? ¿A quién le sirvo más vino? Si no podes vivir con dignidad, morí con dignidad. Silencio. ¿Quién da? Los cuatro tenemos la oportunidad de salir por la puerta grande. ¿Salir de dónde? Salir de esto. No te entiendo. Yo voy a salir de esto por la puerta grande y les estoy dando la oportunidad de seguirme. Che, yo tengo trabajo, se ríe Gustavo. ¿Y dignidad?, pregunta el Tano. Envido. Envido. ¿Por qué lo decís? Veintinueve. Son buenas. Por nada lo digo. ¿Qué sabes? ¿Yo de vos? Lo importante es lo que cada uno sabe de sí mismo. Voy callado. Y qué hace cada uno cuando nadie lo ve. Truco. O cuando cree que nadie lo ve. Quiero retruco. ¿Por qué lo decís? Yo voy a morir con dignidad, esta noche, solo o con ustedes. ¿Tano, estás jodiendo, no? ¿Yo?, no, Ronie. Parda la primera. A nadie de los presentes le falta motivo para hacer lo mismo. Silencio. Sos mano vos, Tano. ¿Fue parda? Tengo un seguro de vida por quinientos mil dólares. Silencio. Si eso no es digno... Truco. Si muero, mi familia cobra la prima y sigue viviendo como hasta ahora, exactamente como hasta ahora. No quiero. Previsor, Tano. Vos también tenés un seguro de vida, Martín, por menos guita, pero más que suficiente. Estás equivocado, yo no tengo seguro. Sí tenés, lo pago yo con tu obra social. Maldon. Silencio. ¿Por cuánto me lo sacaste? Che, ¿por qué no se dejan de joder? Envido. Nunca hablé más en serio en la vida. Real envido. ¿Tenés? No. No queremos. Lo importante es que nadie sospeche. ¿Qué cosa? Que fue un suicidio, si no, no pagan. ¿Canto algo chiquito? Tiene que parecer un accidente. Hasta truco canto. No, nos vamos al mazo. ¿A mí también me pagaste un seguro?, pregunta Gustavo. No, en tu caso mejor es no tener seguro. ¿Ustedes están jodiendo? ¿Cuál es mi caso? Darle en serio un golpe a tu mujer. Silencio. Ronie bebe. Pegarle como le pegas es al pedo, golpéala en serio, donde le duele, en el bolsillo. Gustavo tira las cartas sobre la mesa. Se levanta, camina alrededor de la mesa. Vuelve a sentarse. Lo sabe todo el club, Gustavo, tus vecinos hicieron una denuncia en la guardia la última vez, por los gritos. Levanta las cartas y repartí, dale. Reparto yo. Corto. Yo no le pego. Envido y truco. No quiero el primero, quiero el segundo. Quiero retruco. Yo no le pego. Quiero. Fue una vez, que me saqué, pero yo no le pego. Quiero vale cuatro. En la guardia tienen asentadas más de cinco denuncias off the record. Yo no soy eso, yo no, es ella que me saca... ¿El ancho también lo tenés? Qué lo parió. Dame vino. ¿Y cómo sería? Che, déjense de joder, insiste Ronie. Yo no me quiero ir a Miami, lo hago por ellos. Por ellos matate, y dejale más dinero del que harías en el resto de tu vida en Miami o donde sea. Gustavo bebe, una copa, otra. Vamos por el bueno, dice el Tano. Baraja. No me gusta que jodan con esas cosas. No es joda, Ronie. No te creo. ¿Y cómo sería? Morimos electrocutados, en la pileta, primero nadamos, borrachos, escuchamos música y cuando quiero acercar el equipo, desde el agua, el alargue se desprende y cae a la pileta. 220 voltios que recorren el agua a la velocidad de un rayo. Nos fulminan. Todos tenemos que estar tocando algún borde para hacer masa. Anulé el disyuntor, para cuando salte la térmica del circuito externo vamos a estar secos. ¿En la pileta y secos?, se ríe Urovich. Están locos. No te equivoques, Ronie. Y vos el más loco de todos. El más loco es el más cuerdo, Ronie, a veces sólo algunos vemos la realidad, las empresas cierran, los capitales extranjeros se van, cada vez se pelea más gente por un mismo puesto gerencial, y yo soy el loco. Bebe. Tendrías que leer algo de la cultura oriental, los chinos, los japoneses, esos sí saben del valor de quitarse la vida a tiempo. ¿Y vos desde cuándo lees cultura oriental, Tano? Desde que se dejó la barba candado, bromea alguno que no es Ronie. A lo mejor algún día, algún año, cuando manejen este país otros, algo cambie y seamos un país en serio, pero va a ser tarde, nosotros no vamos a tener edad para disfrutarlo, ni esta casa, ni este auto, pero nosotros podemos salvar a nuestra familia de la caída. Yo no estoy cayendo. Vos ya estás estrellado, Gustavo. ¿Doy? Yo no juego más. No nos podes plantar, Ronie. Una mano más, dale. Corta. ¿Y si sale mal? ¿Si se dan cuenta? Flor. ¿De qué? Del engaño. Cuatro electrocutados no pueden ser sospechados de suicidio. Además de loco te crees mucho más inteligente que el resto, dice Ronie. No sé si inteligencia es la palabra, pero esto no es Guyana ni yo Jim Jones, nadie va a sospechar. Truco. ¿Te prendes o no, Ronie? Estás mal de la cabeza, Tano. ¿Es eso, o que no querés ver cuál es tu motivo para suicidarte? A mí caer no me asusta como a vos, Tano. No, ya lo creo que la caída a vos no te preocupa, por eso no querés ver tu verdadero motivo para matarte. Sería tu motivo, no el mío, no me interesa. Debería interesarte. Estás loco. Hacelo por tu hijo, Ronie. No metas a mi hijo en esta mierda. Tu hijo ya está metido en la mierda. Ronie se levanta, lo agarra del cuello de la camisa. Martín y Gustavo, como pueden, los separan. Los sientan. El Tano y Ronie se miran. Sos un fracasado, Ronie, por eso tu hijo se droga. Ronie otra vez se va a las manos. Y vos un reverendo hijo de puta. Soltalo, Ronie. Te voy a cagar a trompadas. Basta. No se te ocurra volver a mencionar a mi hijo. Lo suelta. ¿Hasta dónde pensás llegar para mantener todo esto, Tano? Yo ya llegué, no te confundas, Ronie. Vos no tenés límite. La verdad que no. Sos un hijo de puta. Yo no le vendo la droga a tu hijo. Yo tampoco. Pero le marcas el camino hacia el fracaso. ¿Y qué es el fracaso, Tano?, ¿yo soy el fracaso?, ¿y vos qué?, ¿electrocutarse te va a salvar de ser un fraude? Mira a los otros dos. ¿Y ustedes, qué clase de fracasados son, de la mía o de la del Tano? Mejor ándate, Ronie, le dice Martín. Va a ser lo mejor, Ronie, dice Gustavo. Anda tranquilo, Ronie, le dicen. Ya te contestaron. Ya me contestaron. No estás a la altura de las circunstancias. No, no estoy. ¿Ustedes dos? Anda tranquilo, Ronie, en serio, le dice Gustavo, y lo acompaña a la puerta. Ronie se va. A su casa, a su terraza. La nuestra. Convencido de que están locos, borrachos, idiotas, pero que finalmente no van a hacerlo, que va a terminar siendo pura chachara, que llegado el momento primará un resto de cordura y no habrá pileta, ni música, no habrá cable, no habrá electricidad, no habrá suicidio. Está seguro. Hicieron bien en pedirle que se vaya, Gustavo y Martín lo van a manejar al Tano mejor que él. O a lo mejor se pusieron de acuerdo los tres para tomarle el pelo y ahora se ríen mientras toman un poco más de vino. Ronie llega a casa y sube la escalera, se sienta a esperar que no pase lo anunciado al otro lado de la calle. Sin embargo, arriba, en su terraza, mientras bebe y los hielos se resbalan por el piso de baldosas, mientras Virginia le habla y no la escucha, mientras suena ese jazz contemporáneo y triste, lo que ve a través de los álamos que apenas se agitan en el aire pesado de esa noche le demuestra que se había equivocado.

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Las viudas de los jueves - Página 52

Capítulo 47

Una semana después del entierro, Ronie y Virginia citan a las viudas a su casa. Fue el tiempo que necesitaron para prepararse antes del encuentro. Carla y Teresa son puntuales. Lala llega unos veinte minutos después. Las primeras miradas son difíciles, casi imposibles, las primeras palabras, los primeros silencios. Virginia sirve café. Las mujeres preguntan por el yeso. Ronie les cuenta, de la operación, del tratamiento, de la rehabilitación. De la caída. Les cuenta la caída sin contarles todavía por qué cayó. Pero alcanza para introducirlas en esa noche, es el momento, y empieza, apenas termina con el hueso roto y la sangre que no para, apenas termina de contar cómo Virginia lo subió a la camioneta, y que camino a la salida se cruzaron con Teresa. "Yo no los creí capaces", dice, "no creí que lo fueran a hacer." Y ellas no entienden. Ronie les cuenta, como puede, del plan del Tano, de la depresión de Martín Urovich, de cómo el Tano fue contando una historia, la historia de su propia muerte, que Ronie no terminaba de creer. No menciona los motivos con los que convenció a Gustavo. No hace falta. Carla llora. Lala repite varias veces "hijo de puta", y no aclara si se refiere a su marido o al Tano. O a Ronie. Teresa no termina de entender. "¿Pero entonces no fue un accidente?" "Creo que no." "¿Se suicidaron?" "Se suicidaron." "No puede ser, él nunca me dijo nada", dice Teresa. "Hijo de puta", vuelve a decir Lala. "Debe haber pensado que iba a ser lo mejor para vos y los chicos", dice Virginia. "Él no pensó, el que piensa es el Tano", dice Lala en presente como si el Tano aún estuviera vivo. "Me parece que ninguno de nosotros nos dimos cuenta a tiempo de lo mal que estaba el Tano", trata de explicar Ronie. "Pero si no estaba mal, teníamos proyectos, estábamos por viajar", sigue sin entender Teresa. "¿Y yo?", pregunta Carla. Nadie contesta. "¿Cómo convenció el Tano a Gustavo?", otra vez pregunta. "No sé", dice Ronie, "yo creí que no lo había convencido". "Dios mío", dice ella, y llora. "Perdón, hubiera querido evitarles otro mal momento, pero tenían que saberlo", justifica Ronie. "¿Quién dijo que teníamos que saberlo?", dice Lala. Carla no puede parar de llorar, Virginia se acerca y le agarra la mano. Se abrazan. Lala se va dando un portazo. Teresa no logra terminar de acomodar las piezas, "no estaba mal, te juro que el Tano no estaba mal". Los cuatro quedan en un largo silencio que sólo interrumpe el sollozo de Carla. Y luego: "¿Estás seguro de lo que estás diciendo?", pregunta Teresa. "Muy seguro." Otra vez el silencio y después: "¿Y esto cambia en algo algo?", quiere saber la viuda del Tano. "Ésta es la verdad", contesta Ronie, "nada más que eso cambia, que ahora saben la verdad".

No pasan dos horas desde la reunión en la que Ronie les contara a las viudas lo que sucedió esa noche, cuando aparecen en su casa Ernesto Andrade y Alfredo Insúa. Quieren hablar con él a solas. No lo dicen abiertamente, pero es evidente y Virginia va a la cocina a preparar café y se demora más de lo necesario para evitarse el desagradable pedido de "mujeres afuera". Empiezan hablando de otra cosa. "¿Alguien sabe a cuánto llegó el riesgo país hoy?" Nadie sabía. "Se está poniendo difícil la cosa; si tenés plata en el banco sácala, Ronie, te lo digo de buena fuente." "En el banco tengo deudas." "Espero que sean en pesos." "¿Escuchaste algo sobre las cajas de seguridad?" Hasta que llegaron a lo que habían venido. "¿Alguien más está al tanto, aparte de vos y Virginia, del tema ese del supuesto suicidio?", pregunta Andrade. "Yo hasta ahora sólo hablé con Lala, Carla y Teresa." "¿Por qué decís hasta ahora?" "No sé, porque sí, porque fue lo que hice hasta ahora." "Ronie, no pudo haber suicidio." "Sí, yo sé que es difícil de entender." "No se trata de entender, Ronie, se trata de que no, simplemente no hubo suicidio." "Pero yo estuve ahí, yo los escuché planearlo, sólo que no les creí, si no..." "No lo creas ahora entonces, ese suicidio no le conviene a nadie. Decime, ¿vos te das cuenta de que si hubo suicidio estas mujeres se quedan en la calle?", pregunta Insúa. Ronie no contesta. "¿Entendés de lo que hablo, no?" "Cómo no voy a entender si me lo explicó el mismo Tano." "Ahí está, tenés razón. Nosotros les estamos dando una mano a las viudas con todo este quilombo que se les vino encima. Ernesto con el tema legal, y yo con el tema de los seguros", le cuenta. "A Carla no, porque ella es muy distante y no se deja ayudar", aclara Insúa. "Neto, neto, si no cobran el seguro se quedan absolutamente en bolas, Ronie", resume Andrade. "Si hubiera una mínima sospecha de suicidio, por boluda que sea, la compañía va a empezar a averiguar, se va a embarrar la cancha y las pobres no cobran ni el día del arquero." "Yo ni pensé en el seguro." "Está bien, vos estás muy tocado por todo este asunto, es entendible que no estés con todas las luces; pero hay que pensar y por suerte estamos nosotros para eso." Virginia entra con el café. Los tres hombres se quedan mudos. Ella le acerca a cada uno su pocillo, cruza una mirada con su marido y vuelve a salir con la bandeja vacía. "¿Entendés, Ronie?" "Sólo quería que supieran la verdad." "Sí, ya sabemos, pero el mundo está lleno de buenas intenciones al repedo, Ronie, y más allá de si hiciste bien o mal, porque en definitiva qué sé yo si para estas mujeres es mejor pensar que se electrocutaron sin querer o a propósito, ¿no?, pero más allá de eso... no me acuerdo qué iba a decir más allá... Ya me va a salir." "Que cobren el seguro hoy es primordial, Ronie." "Eso era lo que iba a decir." "Yo creía que ellas se merecían saber la verdad." "A lo mejor sí, qué sé yo, yo de psicología mucho no entiendo pero, es más, a lo mejor con esta verdad hasta puedan dar una vuelta de rosca a lo incomprensible de esta desgracia y darse cuenta de que sus maridos eran casi... héroes, ¿no?" "¿Qué decís?", se asombra Ronie. "Hay que tener huevos para hacer lo que hicieron estos muchachos." "Se mataron para dejarles algo, ¿no tiene algo de heroico eso?" Ronie escucha a uno y a otro decir más o menos lo mismo, repetirse. No contesta. Revuelve el azúcar en su café y piensa. Piensa: yo no fui heroico, yo fui cobarde, o cobardes fueron ellos, se corrige, pero entonces yo qué, otra clase de cobarde, o un fracasado, como me dijo el Tano, alguien demasiado aferrado a la vida, o qué, todo eso junto, nada de eso. "Necesitamos contar con tu silencio", dice Andrade con firmeza. Ronie levanta la mirada de su taza y alcanza a ver a Juani que lo mira desde el descanso de la escalera. Los hombres miran en esa dirección y también lo ven. "Y con el silencio de toda tu familia." "Las viudas lo necesitan, no les podemos fallar." "Lo único que falta es que se hayan inmolado al pedo." Ronie se para sobre su yeso como puede. Mira a Juani en la escalera y luego a los hombres frente a él. "Ya me quedó claro el mensaje, ahora quiero descansar", les dice. "Contamos con vos, entonces." Ronie no contesta, los hombres no se mueven. Juani baja unos escalones más. "¿Nos podemos ir tranquilos, entonces?" Juani va hacia su padre. Ronie trata de avanzar sobre su pierna enyesada para guiarlos hacia la salida. Trastabilla, Juani lo sostiene. Los hombres todavía no se mueven. "Vayanse, ¿no escucharon a mi papá?", dice Juani. Andrade e Insúa lo miran, y luego miran a Ronie. "Pensalo, Ronie, ventilando detalles no vas a ganar nada." "No estoy buscando ganar nada, me parece que eso es lo que ustedes no terminan de entender." "Pensalo." Los hombres salen, nadie los acompaña. Juani no se mueve de al lado de su padre. Virginia los mira desde la puerta de la cocina.

Capítulo 48

Miré a mi marido y a mi hijo, uno junto al otro. "¿Qué vamos a hacer?", pregunté. "Lo que teníamos que hacer ya está hecho", contestó Ronie. Pero Juani nos miró: "¿Y si esa no fuera la verdad?". No entendimos. "Suban, tengo que mostrarles algo", dijo.

Ayudamos a Ronie en la escalera. En el cuarto de Juani estaba Romina, sentada en el marco de la ventana, esperándonos. No sabía que ella estaba ahí. Tenía la fumadora digital de su padre. Juani nos pidió que nos sentáramos en la cama. El televisor estaba encendido, un noticiero informaba el inminente ataque de los Estados Unidos al país que suponía responsable del atentado a las Torres. "Nuestros militares están listos y nos harán sentir orgullosos", dijo en la pantalla su presidente. Juani acercó la cámara de video al aparato. En segundos desenchufó cables, enchufó otros, apretó botones y logró que la imagen filmada apareciera en la televisión y desapareciera la de aquel presidente. Romina hacía de asistente alcanzándole los cables necesarios. Yo estaba tan sorprendida por la destreza tecnológica de mi hijo que al principio no me di cuenta de qué nos estaban mostrando. A mí, hacer esa conexión, me habría llevado el día entero, suponiendo que lo hubiera logrado. Ronie se agarró la cabeza y su expresión, con la mirada clavada en la pantalla del televisor, me hizo ver la imagen que yo también tenía ante mis ojos. Era una filmación algo oscura, pero no había duda de que era la pileta de los Scaglia.

Estaba filmada desde arriba, como si quien llevara la cámara se hubiera trepado a algún lugar. "Nos subimos a los árboles", dijo Juani, y entonces me di cuenta de que esas sombras que molestaban eran hojas. Martín Urovich ya estaba dentro del agua, se dejaba flotar, hacía la plancha agarrado a un flota-flota. Con una mano se agarraba del flota-flota y con la otra del borde de la pileta. El Tano acomodaba un equipo de música cerca de la escalera, sobre el piso de Travertilit. "El equipo de música", me dijo Ronie y los dos sabíamos de qué se trataba. El alargue venía arrastrando por el piso desde algún enchufe de la galería. El Tano pasó la palmeta con la que se sacan las hojas de la pileta por debajo del cable, la enroscó, y dejó el extremo del mango muy cerca del borde. Muy cerca de él. Gustavo estaba sentado al lado, con los pies dentro del agua. La distancia no permitía asegurar que estaba llorando, pero la posición de su cuerpo, un leve temblor, ciertos espasmos casi imperceptibles, eran claras señales de que lo hacía. Cuando el Tano terminó de acomodar todo, se metió en el agua, bebió de una de las tres copas que estaban en el borde de la pileta. Una rama se movió y tapó un instante la lente de la cámara. Enseguida apareció otra vez el Tano, le hablaba a Gustavo, no escuchábamos qué decía. Pero Gustavo negaba con la cabeza. El Tano hablaba cada vez más enérgicamente y frente a la negativa del otro lo agarró con fuerza de un brazo. Gustavo se deshizo de él. Otra vez lo quiso agarrar y Gustavo se deshizo otra vez. El Tano lo retó como a un chico, no se oía, pero sus gestos eran inconfundibles. Gustavo se quebró, lloró con los codos apoyados en los muslos y las manos tapándose la cara. Ya no era imperceptible su llanto. Movía su cuerpo arriba y abajo al compás de los suspiros entrecortados. Entonces el Tano se le colgó del cuello, lo tiró a la pileta, e inmediatamente, casi como parte de un mismo movimiento, empujó el alargue del equipo con la palmeta. Urovich seguía flotando. Gustavo asomó en la superficie a pesar de que el Tano intentaba sumergirle la cabeza adentro con su mano libre. Pero Gustavo era más fuerte y más joven que el Tano y pudo deshacerse de él otra vez, y tratar de llegar al borde. Se agarró del borde. Fue tarde, no alcanzó a salir. El Tano, con la otra mano, la que no había tirado a Gustavo ni había sostenido su cabeza dentro del agua, sumergía la punta del alargue vacío junto a él para que la electricidad inundara el agua. Los cuerpos se pusieron tensos, y luego se hundieron. El agua se agitó. Y fue la oscuridad total. Todas las luces externas de la casa de apagaron y la música se detuvo. Entonces la cámara empezó a devolver imágenes enloquecidas, muy oscuras, apenas visibles, pero más cercanas, las hojas del árbol del que Romina y Juani bajaban, el piso bajo sus pies en carrera. "¿Qué hacemos?", se escuchaba la voz de Romina en la cinta. Otra vez el piso oscuro, ruido de carrera, respiración agitada. Fondo negro.

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Las viudas de los jueves - Página 53

Ronie y yo nos quedamos quietos, sin qué decir. Juani y Romina esperaban. "¿Podríamos haberlos salvado?", preguntó Juani. "Lo mató", dijo Ronie, con estupor. "¿Podríamos?", insistió mi hijo. Miré a Ronie. Sabía lo que se estaba preguntando y me apuré a decir: "Nadie habría podido". Ronie miró a Romina. "¿Tu padre vio esto?" "¿Para qué?", dijo ella, "lo ocultaría igual que el suicidio, la viuda de un asesino tampoco cobra seguro". Otra vez quedamos en silencio, ninguno de los cuatro se animaba a decir lo que pensaba. "¿Qué se hace ahora, papá?", preguntó al rato mi hijo: "¿Ir a la policía?", tanteó. "No nos lo van a perdonar nunca", se apuró a decir Ronie. "¿Quiénes?", preguntó Juani. "Nadie", le contestó. "¿Nadie quiénes?", insistió Juani. "Nuestros amigos, la gente que nos conoce", contesté yo. "¿Tanto importa?", preguntó mi hijo. "Tengo miedo de lo que nos pueda pasar", le respondió su padre. "Lo que nos tenía que pasar ya nos pasó, papá", dijo Juani y se le llenaron los ojos de lágrimas. Romina dio un paso y quedó pegada a él, tocándolo con todo el cuerpo. "Entonces, ¿qué hacemos?", dijo otra vez. "No sé", respondió Ronie. Juani me miró, esperaba que yo dijera algo. Los ojos de Juani, húmedos, clavados en los míos. Bajé la mirada, me sentí huérfana, sola. Viuda sin serlo.

"No sé", volvió a decir Ronie. Y Juani le dijo: "¿No sabes? Hay veces en que uno sí o sí tiene que saber. Sabes aunque no quieras. Estás de un lado o del otro. No hay otra. De un lado o del otro".

Ronie no pudo decir nada. Entonces dije yo. Le pedí a Juani que ayudara a su padre a bajar la escalera. Romina nos siguió. Lo subimos a la camioneta. Entre los tres. Extendí con cuidado su pierna enyesada y la volví a doblar antes de cerrar la puerta. Di la vuelta y me senté al volante. Miré a Ronie, tenía la vista perdida en algún lugar, adelante. Ni él ni yo estábamos convencidos de lo que estábamos por hacer, pero Juani sí, y que fuera solo no me dejaba tranquila.

Miré por el espejo retrovisor, Juani llevaba la cámara colgada del cuello y tenía a Romina agarrada de la mano. Giré la llave y el motor se encendió, moví la palanca de cambios y nos pusimos en marcha, hacia la barrera. Mirar a los costados me producía una sensación extraña, avanzaba octubre del año uno del nuevo siglo y la primavera se sentía rara. Habían desaparecido las coronitas de novia que suelen durar hasta entrado noviembre, y azucenas y jazmines manchaban de otro blanco algunas casas. Era raro, no se suelen ver esas flores sino más adelante, casi entrado el verano. Pero ahí estaban. Como si la naturaleza hubiera intuido que diciembre ya estaba en el aire.

Cuando llegué a la barrera, mis manos transpiraban. Me sentía en una de esas películas donde los ilegales tienen que cruzar una frontera. Ronie estaba pálido. El guardia nos advirtió: "Vayan directo a la ruta sin pasar por Santa María de los Tigrecitos; no hay que agarrar ese camino, hay un informe de seguridad". "¿Qué pasa?", pregunté. "Está feo el clima." "¿Cortaron la ruta?" "No sabría decirle, pero hasta la misma gente de los Tigrecitos está haciendo barricadas, tienen miedo de que vengan." "¿Quiénes?", le dije. "Los de las villas supongo, dicen que están saqueando del otro lado de la ruta. Pero no se preocupe, acá estamos preparados. Si vienen, los vamos a estar esperando." Y cabeceó hacia otros dos guardias parados a un costado, junto al cantero de azaleas, armados con fusiles.

Miré hacia adelante por el camino que llevaba a la ruta, estaba desierto. Pasé la tarjeta por el lector y la barrera se levantó. En el espejo retrovisor estaban los ojos de Juani y Romina, observando los míos. Ronie me golpeó el muslo para que lo mirara. Parecía asustado.

Le pregunté:

"¿Te da miedo salir?"


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