lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 48

-¡Adiós!
Y Montag salió velozmente por la puerta posterior, corriendo con la maleta semivacía. Oyó que, a su espalda, los rociadores de césped se ponían en marcha, llenaban el aire oscuro con lluvia que caía suavemente y con regularidad, lavaban las aceras y corrían hasta la calle. Unas gotas de aquella lluvia mojaban el rostro de Montag.
Le pareció que el viejo le gritaba adiós, pero no estuvo seguro.
Corrió muy aprisa, alejándose de la casa, hacia el río.
Montag corrió.
Podía sentir el Sabueso, como el otoño que se acercaba, frío, seco y veloz, como un viento que no agitara la hierba, que no hiciera crujir las ventanas ni desplazara las hojas en las blancas aceras. El Sabueso no tocaba el mundo. Llevaba consigo su silencio, de modo que, a través de toda la ciudad, podía percibirse el silencio que iba creando.
Montag sintió aumentar la presión, y corrió.
Se detuvo para recobrar el aliento, camino del río. Atisbó por las ventanas débilmente iluminadas de las casas las siluetas de sus habitantes que contemplaban en los televisores murales al Sabueso Mecánico, un suspiro de vapor de neón, que corría veloz. Ahora, en Elm Terrace, Lincoln, Cak, Park, y calle arriba hacia la casa de Faber.
«Pasa de largo -pensó Montag-, no te detengas, sigue adelante, no te desvíes.»
En el televisor mural apareció la casa de Faber, con su rociador de césped que empapaba el aire nocturno.
El Sabueso hizo una pausa y se estremeció.
¡No! Montag se aferró al alféizar de la ventana. ¡Por este camino! ¡Aquí!
La aguja de procaína asomó y se escondió, asomó, se escondió. Una gotita transparente de la droga cayó de la aguja cuando ésta desapareció en el hocico de Sabueso.
Montag contuvo el aliento, y sintió una opresión en el pecho.
El Sabueso Mecánico se volvió y se alejó de la casa de Faber, calle abajo.
Montag desvió su mirada hacia el cielo. Los helicópteros estaban más próximos, como una nube de insectos que acudiesen hacia una solitaria fuente luminosa.
Con un esfuerzo, Montag recordó de nuevo que aquello no era ningún espectáculo imaginario que podía se contemplado mientras huía hacia el río; en realidad, era su propia partida de ajedrez la que estaba contemplando, movimiento tras movimiento.
Gritó para darse el impulso necesario para alejarse de la ventana de aquella última casa, y el fascinador espectáculo que había allí. ¡Diablo! ¡Y emprendió la marcha de nuevo! La avenida, una calle, otra, otra, y el olor del río. Una pierna, la otra.
Veinte millones de Montag corriendo, muy pronto, si las cámaras le enfocaban. Veinte millones de Montag corriendo, corriendo como un personaje de película cómica, policías, ladrones, perseguidores y perseguidos, cazadores y cazados. tal como lo había visto un millar de veces. Tras de él, ahora, veinte millones de silenciosos Sabuesos atravesaban los salones, de la pared derecha a la central; luego a la izquierda, desaparecían.
Montag se metió su radio auricular en una oreja.
-La policía sugiere a toda la población del sector Terrace que haga lo siguiente: en todas las casas de todas las calles, todo el mundo debe abrir la puerta delantera o trasera, o mirar por una ventana. El fugitivo no podrá escapar si, durante el minuto siguiente, todo el Mundo mira desde el exterior de su casa. ¡Preparados!
¡Claro! ¿Por qué no lo habían hecho antes? ¿Por qué, en todos los años, no habían intentado aquel juego? ¡Todos arriba, todos afuera! ¡No podía pasar inadvertido! ¡El único hombre que corría solitario por la ciudad, el único hombre que ponía sus piernas a prueba!
-¡A la cuenta de diez! ¡Uno! ¡Dos!
Montag sintió que la ciudad se levantaba.
-¡Tres!
Montag sintió que la ciudad se dirigía hacia sus millares de puertas.
¡Aprisa! ¡Una pierna, la otra!
-¡Cuatro!
La gente atravesaba sus recibidores.
-¡Cinco!
Montag sintió todas las manos en los pomos de las puertas.
El olor del río era fresco y semejante a una lluvia sólida. La garganta de Montag ardía y sus ojos estaban resecos por el viento que producía el correr. Chilló como si el grito pudiera impulsarle adelante, hacerle recorrer el último centenar de metros.
-¡Seis, siete, ocho!
Los Pomos giraron en cinco millares de puertas.
-¡Nueve!
Montag se alejó de la última fila de casas, por una pendiente que conducía a la negra y móvil superficie del río.
-¡Diez!
Las puertas se abrieron.
Montag vio en su imaginación a miles y miles de rostros escrutando los patios, las calles, el cielo, rostros ocultos por cortinas, rostros descoloridos, atemorizados por la oscuridad, como animales grisáceos que desde cavernas eléctricas, rostros con ojos grises e incoloros, lenguas grises y pensamientos grises.
Pero había llegado al río.
Lo tocó para cerciorarse de que era real. Se metió en el agua, se desnudó por completo y se roció el cuerpo, los brazos, las piernas y la cabeza con el licor que llevaba; bebió un sorbo e inspiró otro poco por la nariz. Después, se vistió con la ropa y los zapatos de Faber. Echó su ropa al río y contempló cómo se la llevaba la corriente. Luego, con la maleta en la mano, se metió agua adentro hasta perder pie, y se dejó arrastrar en la oscuridad.
Estaba a unos trescientos metros corriente abajo cuando el Sabueso llegó al río.
Arriba, las grandes aspas de los ventiladores giraban sin cesar. Un torrente de luz cayó sobre el río, y Montag se zambulló bajo la iluminación, como si el sol hubiese salido entre las nubes. Sintió que el río lo empujaba más lejos, hacia la oscuridad.
Después, las luces volvieron a desplazarse hacia tierra, los helicópteros se cernieron de nuevo sobre ciudad, como si hubieran encontrado otra pista. Se alejaron. El Sabueso se había ido. Ya sólo quedaba el helado río y Montag flotando en una repentina paz, lejos de la ciudad, de las luces y de la cacería, lejos de todo.
Montag sintió como si hubiese dejado un escenario lleno de actores a su espalda.
Sintió como si hubiese abandonado el gran espectáculo y todos los fantasmas murmuradores. Huía de una aterradora irrealidad para meterse en una realidad que resultaba irreal, porque era nueva.
La tierra oscura se deslizaba cerca de él, que se avanzando hacia campo abierto entre colinas. Por primera vez en una docena de años, las estrellas brillaban sobre su cabeza, formando una gigantesca procesión.
Cuando la maleta se llenó de agua y se hundió, Montag siguió flotando boca arriba; el río era tranquilo y pausado, mientras se alejaba de la gente que comía sombras para desayunar, humo para almorzar y vapores para cenar. El río era muy real, le sostenía cómodamente y le daba tiempo para considerar este mes, este año, y todo un transcurso de ellos. Montag escuchó el lento latir de su corazón. Sus pensamientos dejaron de correr junto con su sangre.
Vio que la luna se hundía en el firmamento. La luna allí, y su resplandor, ¿producido por qué? Por el sol, claro. ¿Y qué iluminaba al sol? Su propio fuego. Y el sol sigue, día tras día, quemando y quemando. El sol y el tiempo. El sol, el tiempo y las llamas. Llamas. El río le balanceaba suavemente. Llamas. El sol y todos los relojes del mundo. Todo se reunía y se convertía en una misma cosa en su mente. Después de mucho tiempo de flotar en el río, Montag supo por qué
nunca más volvería a quemar algo.
El sol ardía a diario. Quemaba el Tiempo. El mundo corría en círculos, girando sobre su eje, y el tiempo se ocupaba en quemar los años y a la gente, sin ninguna ayuda por su parte. De modo que si él quemaba cosas con los bomberos y el sol quemaba el Tiempo, ello significaría que todo había de arder.
Alguno de ellos tendría que dejar de quemar. El sol no, por supuesto. Según todas las apariencias, tendría que ser Montag, así como las personas con quienes había trabajado hasta unas pocas horas antes. En algún sitio habría que empezar a ahorrar y a preservar cosas para que todo tuviera un nuevo inicio, y alguien tendría que ocuparse de ello, de una u otra manera, en libros, en discos, en el
cerebro de la gente, de cualquier manera con tal de que fuese segura, al abrigo de las polillas, de los pececillos de plata, del óxido, del moho y de los hombres con cerillas. El mundo estaba lleno de llamas de todos los tipos y tamaños. Ahora, el gremio de los tejedores de asbestos tendría que abrir muy pronto su establecimiento.
Montag sintió que sus pies tocaban tierra, pisaban guijarros y piedras, se hundían en arena. El río le había empujado hacia la orilla.

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Fahrenheit 451 - Página 49

Contempló la inmensa y negra criatura sin ojos ni luz, sin forma, con sólo un tamaño que se extendía dos millares de kilómetros sin desear detenerse, con sus colinas cubiertas de hierba y sus bosques que le esperaban.
Montag vaciló en abandonar el amparo del agua. Temía que el Sabueso estuviese allí. De pronto, los árboles podían agitarse bajo las aspas de multitud de helicópteros.
Pero sólo había la brisa otoñal corriente, que discurría como otro río. ¿Por qué no andaba el Sabueso por allí? ¿Por qué la búsqueda se había desviado hacia el interior? Montag escuchó. Nada. Nada.
«Millie -pensó-. Toda esta extensión aquí. ¡Escúchala! Nada y nada. Tanto silencio, Millie, que me pregunto qué efecto te causaría. ¿Te pondrías a gritar "¡Calla, calla!" Millie, Millie?»
Y se sintió triste.
Millie no estaba allí, ni tampoco el Sabueso, pero sí el aroma del heno, que llegaba desde algún campo lejano y que indujo a Montag a subir a tierra firme.
Recordó una granja que había visitado de niño, una pocas veces en que había descubierto que, más allá de los siete velos de la irrealidad, más allá de las paredes de los salones y de los fosos metálicos de la ciudad, vacas pacían la hierba, los cerdos se revolcaban en ciénagas a mediodía y los perros ladraban a las blancas ovejas en las colinas.
Ahora, el olor a heno seco, el movimiento del agua le hizo desear echarse a dormir sobre el heno en un solitario pajar, lejos de las ruidosas autopistas, detrás de una tranquila granja y bajo un antiguo molino que susurrara sobre su cabeza como el sonido de los años que transcurrían. Permanecería toda la noche en el pajar, escarbando el rumor de los lejanos animales, de los insectos y de los árboles, así como los leves e infinitos movimientos y susurros del campo.
«Durante la noche -pensó-, bajo el cobertizo quizás oyese un sonido de pasos. Se incorporaría, lleno de tensión. Los pasos se alejarían. Volvería a tenderse y miraría por la ventana del cobertizo muy avanzada la noche, y vería apagarse las luces de la granja, hasta que una mujer muy joven y hermosa se sentaría junto a una ventana apagada, cepillándose el pelo. Resultaría difícil verla, pero su rostro sería como el de aquella muchacha que sabía lo que significaban las flores de diente de león frotadas contra la barbilla. Luego, la mujer se alejaría de la ventana, para reaparecer en el piso de arriba, en su habitación iluminada por la luna. Y entonces, bajo el sonido de la muerte, el sonido de los reactores que partían el cielo en dos, yacería en el cobertizo, oculto y seguro, contemplando aquellas extrañas estrellas en el borde de la tierra, huyendo del suave resplandor del alba.»
Por la mañana no hubiese tenido sueño, porque todos los cálidos olores y las visiones de una noche completa en el campo le hubiesen descansado aunque sus ojos hubieran permanecido abiertos, y su boca, cuando se le ocurrió pensar en ella, mostraba una leve sonrisa.
Y allí al pie de la escalera del cobertizo, esperándole, habia algo increíble. Montag descendería cuidadosamente, a la luz rosada del amanecer, tan consciente del mundo que sentiría miedo, y se inclinaría sobre el pequeño milagro, hasta que, por fin, se agacharía para tocarlo.
Un vaso de leche fresca, algunas peras y manzanas estaban al pie de la escalera.
Aquello era todo lo que deseaba. Algún signo de que el inmenso mundo le aceptaría y le concedería todo tiempo que necesitaba para pensar lo que debía ser pensado.
Un vaso de leche, una manzana, una pera.
Montag se alejó del río.
La tierra corrió hacia él como una marea. Fue devuelto por la oscuridad, y por el aspecto del campo, por el millón de olores que llevaba un viento que le helaba el cuerpo. Retrocedió ante el ímpetu de la oscuridad, del sonido y del olor; le zumbaban los oídos. Dio media vuelta. Las estrellas brillaban sobre él como meteoros llameantes. Montag sintió deseos de zambullirse de nuevo en el río y dejar que le arrastrara a salvo hasta algún lugar más lejano. Aquella oscura tierra que se elevaba era como cierto día de su infancia, en que había ido a nadar, y una ola surgida de la nada, la mayor que recordaba la Historia, le envolvió en barro salobre y en oscuridad verdosa; el agua le quemaba la boca y la nariz, alborotándole el estómago. ¡Demasiada agua! ¡Demasiada tierra!
Desde la oscura pared frente a él, una silueta. En la silueta, dos ojos. La noche, observándole. El bosque, viéndole.
¡El Sabueso!
Después de tanto correr y apresurarse, de tantos sudores y peligros, de haber llegado tan lejos, de haberse esforzado tanto, y de creerse a salvo, y de suspirar, aliviado... para salir a tierra firme y encontrarse con...
¡El Sabueso!
Montag lanzó un último grito de dolor, como si aquello fuera demasiado para cualquier hombre.
La silueta se diluyó. Los ojos desaparecieron. Las hojas secas se agitaron.
Montag estaba solo en la selva. Un gamo.
Montag olió el denso perfume almizclado y el olor a hierba del aliento del animal, en aquella noche eterna en que los árboles parecían correr hacia él, apartarse, correr, apartarse, al impulso de los latidos de su corazón.
Debía de haber billones de hojas en aquella tierra; Montag se abrió paso entre ellas, un río seco que olía a trébol y a polvo. ¡Y a otros olores! Había un aroma como a patata cortada, que subía de toda la tierra, áspero, frío y blanco debido al hecho de haber estado iluminado por el claro de luna la mayor parte de la noche.
Había un olor como de pepinillo de una botella y como de perejil de la cocina casera. Había un débil olor amarillento como a mostaza. Había un olor como de claveles del jardín vecino. Montag tocó el suelo con la mano y sintió que la maleza le acariciaba.
Se irguió jadeante, y cuanto más inspiraba el perfume de la tierra, más lleno se sentía de todos sus detalles. No estaba vacío. Allí había más de lo necesario para llenarle. Siempre habría más que suficiente.
Avanzó por entre el espesor de hojas caídas, vacilante. Y, en medio de aquel ambiente desconocido, algo familiar.
Su pie tropezó con algo que sonó sordamente.
Movió su mano por el suelo, un metro hacia aquí, un metro hacia allá.
La vía del tren.
La vía que salía de la ciudad y atravesaba la tierra, a través de bosques y selvas, desierta ahora, junto al río,
Allí estaba el camino que conducía adonde quiera se dirigiese. Aquí había lo único familiar, el mágico encanto que necesitaría tocar, sentir bajo sus pies, mientras se adentrara en las zarzas y los lagos de olor y de sensaciones, entre los susurros y la caída de las hojas.
Montag avanzó, siguiendo la vía.
Y se sorprendió de saber cuán seguro se sentía de repente de un hecho que le era imposible probar.
En una ocasión, mucho tiempo atrás, Clarisse había andado por allí, donde él andaba en aquel preciso momento.
Media hora más tarde, frío, moviéndose cuidadosamente por la vía, bien consciente de su propio cuerpo de su rostro, de su boca, con los ojos llenos de negrura, los oídos llenos de sonidos, sus piernas cubiertas de briznas y de ortigas, vio un fuego ante él.
El fuego desapareció, volvió a percibirse, como un ojo que parpadeara. Montag se detuvo, generoso de apagar el fuego con un solo suspiro. Pero el fuego estaba allí, y Montag se fue acercando cautelosamente. Necesitó casi quince minutos para estar muy próximo a él y, entonces, lo observó desde un refugio. Aquel pequeño movimiento, el color blanco y rojo, un fuego extraño, porque para él significaba algo distinto.
No estaba quemando. ¡Estaba calentando!
Montag vio muchas manos alargadas hacia su calor, manos sin brazos, ocultos en la oscuridad. Sobre las manos, rostros inmóviles que parecían oscilar con el variable resplandor de las llamas. Montag no había supuesto que el fuego pudiese tener aquel aspecto. Jamás se le había ocurrido que podía dar lo mismo que quitaba. Incluso su olor era distinto.
No supo cuánto tiempo permaneció de aquel modo, pero había sentido una sensación absurda y, sin embargo, deliciosa, en saberse como un animal surgido del bosque, atraído por el fuego. Permaneció quieto mucho rato, escuchando el cálido chisporroteo de las llamas.
Había un silencio reunido en torno a aquella hoguera, y el silencio estaba en los rostros de los hombres, y el tiempo estaba allí, el tiempo suficiente para sentarse junto a la vía enmohecida bajo los árboles, con el mundo y darle vuelta con los ojos, como si estuviera sujeto en el centro de la hoguera un pedazo de acero que aquellos hombres estaban dando forma. No solo era el fuego lo distinto. También lo era el silencio. Montag se movió hacia aquel silencio especial, relacionado con todo lo del mundo.
Y entonces empezaron a sonar voces, y estaban hablando, pero Montag no pudo oír nada de lo que decían, aunque el sonido se elevaba y bajaba lentamente, y las voces conocían la tierra, los árboles y la ciudad que se extendía junto al río, en el extremo de la vía. Las voces hablaban de todo, no había ningún tema prohibido.
Montag lo comprendió por la cadencia y el tono de curiosidad y sorpresa que había en ellas.
Entonces, uno de los hombres levantó la mirada y le vio, por primera y quizá por séptima vez, y una voz gritó a Montag:
-¡Está bien, ya puede salir!

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Fahrenheit 451 - Página 50

Montag retrocedió entre las sombras.
-No tema -dijo la voz-. Sea usted bienvenido.
Montag se adelantó lentamente hacia el fuego, y hacia los cinco viejos allí sentados, vestidos con pantalones y chaquetas de color azul oscuro. No supo qué decirles.
-Siéntese -dijo el hombre que parecía ser el jefe del pequeño grupo-. ¿Quiere café?
Montag contempló la humeante infusión que era vertida en un vaso plegable de aluminio y que seguidamente Pusieron en sus manos. Montag sorbió cautelosamente el brebaje y se dio cuenta de que los hombres le miraban con curiosidad. Se quemó los labios, pero aquello resultaba agradable. Los rostros que le rodeaban eran barbudos pero las barbas eran limpias, pulcras, lo mismo que las manos. Se habían levantado como para dar la bienvenida a un invitado y, entonces, volvieron a sentarle. Montag sorbió el café.
-Gracias -dijo-. Muchísimas gracias.
-Sea usted bien venido, Montag. Yo me llamo Granger. -El hombre alargó una botellita de líquido incoloro-. Beba esto también. Cambiará la composición química de su transpiración. Dentro de media hora olerá como otra persona. Teniendo en cuenta que el Sabueso le está buscando, lo mejor es esto.
Montag bebió el amargo líquido.
-Apestará como una comadreja, pero no tiene importancia -dijo Granger-.
-Conoce usted mi nombre -observó Montag_
Granger señaló un televisor portátil que había junto al fuego.
-Hemos visto la persecución. Nos hemos figurado que huiría hacia el Sur, a lo largo del río. Cuando le hemos oído meterse en la selva como un alce borracho, no nos hemos escondido como solemos hacer. Hemos supuesto que estaría en el río cuando los helicópteros con las cámaras se han vuelto hacia la ciudad. Allí ocurre algo gracioso. La cacería sigue en marcha, aunque en sentido opuesto.
-¿En sentido opuesto?
-Echemos una ojeada.
Granger puso el televisor en marcha. La imagen era como una pesadilla, condensada, pasando con facilidad de mano en mano, toda en colores revueltos y movedizos. Una voz gritó:
-¡La persecución continúa en el norte de la ciudad! ¡Los helicópteros de la Policía convergen en la Avenida Ochenta y Siete y en Elm Grove Park!
Granger asintió.
-Están inventándoselo. Usted les ha despistado en el río y ellos no pueden admitirlo. Saben que sólo pueden retener al auditorio un tiempo determinado. El espectáculo tendrá muy pronto un final brusco. Si empezasen a buscar por todo el maldito río, quizá necesitasen la noche entera. Así, pues, buscan alguna cabeza de turco para terminar con la exhibición. Fíjese. Pescarán a Montag durante los próximos cinco minutos.
-Pero cómo...
-Fíjese.
La cámara, sujeta a la panza de un helicóptero, descendió ahora hacia una calle vacía.
-¿Ve eso? -susurró Granger-. Ha de tratarse de usted. Al final de esa calle está nuestra víctima. ¿Ve cómo se acerca nuestra cámara? Prepara la escena. Intriga. Un plano largo. En este momento, un pobre diablo ha salido a pasear. Algo excepcional. Un tipo extraño. No se figure que la Policía no conoce las costumbres de los pajarracos como ése, de hombres que salen a pasear por las mañanas, sólo por el capricho de hacerlo, o porque sufren de insomnio. De cualquier modo, la policía le tiene fichado desde hace meses, años. Nunca se sabe cuándo puede resultar útil esa información. Y hoy, desde luego, ha de serles utilísima. Así pueden salvar las apariencias. ¡Oh, Dios, fíjese ahí!
Los hombres que estaban junto a la hoguera se inclinaron.
En la pantalla, un hombre dobló una esquina. De pronto, el Sabueso Mecánico entró en el campo visual. El helicóptero lanzó una docena de brillantes haces luminosos que construyeron como una jaula alrededor del hombre. Una voz gritó:
-¡Ahí está Montag! ¡La persecución ha terminado!
El inocente permaneció atónito; un cigarrillo ardía en una de sus manos. Se quedó mirando al Sabueso, sin saber qué era aquello. Probablemente, nunca llegó a saberlo. Levantó la mirada hacia el cielo y hacia el sonido de las sirenas. Las cámaras se precipitaron hacia el suelo. El Sabueso saltó en el aire con un ritmo y una Precisión que resultaban increíblemente bellos. Su aguja asomó. Permaneció inmóvil un momento, como para dar al inmenso público tiempo para apreciarlo todo: la mirada de terror en el rostro de la víctima, la calle vacía, el animal de acero, semejante a un proyectil alcanzando el blanco.
-¡Montag, no te muevas! -gritó una voz desde el Cielo
La cámara cayó sobre la víctima, como había hecho el Sabueso. Ambos le alcanzaron simultáneamente. El hombre fue inmovilizado por el Sabueso y la cámara chilló. Chilló. ¡Chilló!
Oscuridad.
Silencio.
Negrura.
Montag gritó en el silencio y se volvió.
Silencio.
Y, luego, tras una pausa de los hombres sentados alrededor del fuego, con los rostros inexpresivos, en la pantalla oscura un anunciador dijo:
-La persecución ha terminado, Montag ha muerto, Ha sido vengado un crimen contra la sociedad. Ahora, nos trasladamos al Salón Estelar del «Hotel Lux», para un programa de media hora antes del amanecer, emisión que...
Granger apagó el televisor.
-No han enfocado el rostro del hombre. ¿Se ha fijado? Ni su mejor amigo podría decir si se trataba de usted. Lo han presentado lo bastante confuso para que la imaginación hiciera el resto. Diablos -murmuró-. Diablos...
Montag no habló, pero, luego, volviendo la cabeza, permaneció sentado con la mirada fija en la negra pantalla, tembloroso.
Granger tocó a Montag en un brazo.
-Bienvenido de entre los muertos. -Montag inclinó la cabeza. Granger prosiguió-: Será mejor que nos conozca a todos. Este es Fred Clement, titular de la cátedra Thomas Hardigan, en Cambridge, antes de que se convirtiera en una «Escuela de Ingeniería Atómica>>,. Este otro es el doctor Simmons, de la Universidad de California en Los Ángeles, un especialista en Ortega y Gasset; éste es el profesor
West que se especializó en Ética, disciplina olvidada actualmente, en la Universídad de Columbia. El reverendo Padover, aquí presente, pronunció unas conferencias hace treinta años y perdió su rebaño entre un domingo y el siguiente, debido a sus opiniones. Lleva ya algún tiempo con nosotros. En cuanto a mí, escribí un libro titulado Los dedos en el guante; la relación adecuada entre el
individuo y la sociedad y... aquí estoy. ¡Bien venido, Montag!
-Yo no soy de su clase -dijo Montag, por último, con voz lenta-. Siempre he sido un estúpido.
-Estamos acostumbrados a eso. Todos cometimos algún error, si no, no estaríamos aquí. Cuando éramos individuos aislados, lo único que sentíamos era cólera. Yo golpeé a un bombero cuando, hace años, vino a quemar mi biblioteca. Desde entonces, ando huyendo. ¿Quiere unirse a nosotros, Montag?
-Sí.
-¿Qué puede ofrecemos?
-Nada. Creía tener parte del Eclesiastés, y tal vez un poco del de la Revelación, pero, ahora, ni siquiera me queda eso.
-El Eclesiastés sería magnífico. ¿Dónde lo tenía?
-Aquí.
Montag se tocó la cabeza.
-¡Ah! -exclamó Granger, sonriendo y asintiendo con la cabeza-.
-¿Qué tiene de malo? ¿No está bien? -preguntó Montag.
-Mejor que bien; ¡perfecto! -Granger se volvió hacia el reverendo-. ¿Tenemos un Eclesiastés?
-Uno. Un hombre llamado Harris, de Youngtown.
-Montag -Granger apretó con fuerza un hombro de Montag-. Tenga cuidado. Cuide su salud. Si algo le ocurriera a Harris, usted sería el Eclesiastés. ¡Vea lo importante que se ha vuelto de repente!
- ¡Pero si lo he olvidado!
-No, nada queda perdido para siempre. Tenemos sistemas de refrescar la memoria.
-¡Pero si ya he tratado de recordar!
-No lo intente. Vendrá cuando lo necesitemos. Dos de nosotros tenemos memorias fotográficas, pero pasamos la vida entera aprendiendo a olvidar cosas que en realidad están dentro. Simmons, aquí presente ha trabajado en ello durante veinte años, y ahora hemos perfeccionado el método de modo que podemos recordar cualquier cosa que hayamos leído una vez. ¿Le gustaría algún día, Montag, leer La República de Platón?
-¡Claro!
-Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer Marco Aurelio? Mr. Simmons es Marco.
-¿Cómo está usted? -dijo Mr. Simmons-.
-Hola -contestó Montag-.
-Quiero presentarle a Jonathan Swift, el autor de ese malicioso libro político, Los viajes de Gulliver. Este otro sujeto es Charles Darwin, y aquél es Schopenhauer, y aquél, Einstein, y el que está junto a mí es Mr. Albert Schweitzer, un filósofo muy agradable, desde luego. Aquí estamos todos, Montag, Aristófanes, Mahatma Gandhi, Gautama Buda, Confucio, Thomas Love Peacock, Thomas Jefferson y Mr. Lincoln. Y también somos Mateo, Marco, Lucas y Juan.
-No es posible -dijo Montag-.
-Sí lo es -replicó Granger, sonriendo-. También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley Internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí. Y ya va siendo tarde. Y la guerra ha empezado. Y estamos aquí, y la ciudad está allí, envuelta en su abrigo de un millar de colores. ¿En qué piensa, Montag?

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Fahrenheit 451 - Página 51

-Pienso que estaba ciego tratando de hacer las cosas a mi manera, dejando libros en las casas de los bomberos y enviando denuncias.
-Ha hecho lo que debía. Llevado a escala nacional hubiese podido dar espléndidos resultados. Pero nuestro sistema es más sencillo y creemos que mejor. Lo que deseamos es conservar los conocimientos que creernos habremos de necesitar, intactos y a salvo. No nos proponemos hostigar ni molestar a nadie.
Aún no. porque si se destruyen, los conocimientos habrán muerto, quizá para siempre. Somos ciudadanos modélicos, a nuestra manera especial. Seguimos las viejas vías, dormirnos en las colinas, por la noche, y la gente de las ciudades nos dejan tranquilos. De cuando en cuando, nos detienen y nos registran, pero en nuestras personas no hay nada que pueda comprometernos. La organización es flexible, muy ágil y fragmentada. Algunos de nosotros hemos sido sometidos a cirugía plástica en el rostro y en los dedos. En este momento, nos espera una misión horrible. Esperamos a que empiece la guerra y, con idéntica rapidez, a que termine. No es agradable, pero es que nadie nos controla. Constituimos una extravagante minoría que clama en el desierto. Cuando la guerra haya terminado, quizá podamos ser de alguna utilidad al mundo.
-¿De veras cree que entonces escucharán?
-Si no lo hacen, no tendremos más que esperar. Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente, y dejaremos que nuestros hijos esperen, a su vez. De este modo, se perderá mucho, desde luego, pero no se puede obligar a la gente a que escuche. A su debido tiempo, deberá acudir, preguntándose qué ha ocurrido y por qué el mundo ha estallado bajo ellos. Esto no puede durar.
-¿Cuántos son ustedes?
-Miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior. Al principio, no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así lo hizo. Luego, durante un período de unos veinte año, fuimos entrando en contacto, viajando, estableciendo esta organización y forzando un plan. Lo más importante que debíamos meternos en la cabeza es que no somos importantes, que no debemos de ser pedantes. No debemos sentimos superiores a nadie en el mundo. Sólo somos sobrecubiertas para libros, sin valor intrínseco. Algunos de nosotros viven en pequeñas ciudades.
El Capítulo 1 del Walden, de Thoreau, habita en Green River, el Capítulo II, en Millow Farm, Maine. Pero si hay un poblado en Maryland, con sólo veintisiete habitantes, ninguna bomba caerá nunca sobre esa localidad, que alberga los ensayos completos de un hombre llamado Bertrand Russell. Coge ese poblado y casi divida las páginas, tantas por persona. Y cuando la guerra haya terminado, algún día, los libros podrán ser escritos de nuevo. La gente será convocada una por una, para que recite lo que sabe, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Era de Oscuridad, en la que, quizá, debamos repetir toda la operación. Pero esto es lo maravilloso del hombre: nunca se desalienta o disgusta lo suficiente para abandonar algo que debe hacer, porque sabe que es importante y que merece la pena serlo.
-¿Qué hacemos esta noche? -preguntó Montag---,
-Esperar -repuso Granger-. Y desplazarnos un poco río abajo, por si acaso.
Empezó a arrojar polvo y tierra a la hoguera.
Los otros hombres le ayudaron, lo mismo que Montag, y allí, en mitad del bosque, todos los hombres movieron sus manos, apagando el fuego conjuntamente Se detuvieron junto al río, a la luz de las estrellas.
Montag consultó la esfera luminosa de su reloj sumergible. Las cinco. Las cinco de la madrugada. otro año quemado en una sola hora, un amanecer esperando más allá de la orilla opuesta del río.
-¿Por qué confían en mí? -preguntó Montag-,
Un hombre se movió en la oscuridad.
-Su aspecto es suficiente. No se ha visto usted últimamente en un espejo. Además, la ciudad nunca se ha preocupado lo bastante de nosotros como para organizar una persecución meticulosa como ésta, con el fin de encontrarnos. Unos pocos chiflados con versos en la sesera no pueden afectarla, y ellos lo saben, y nosotros también. Todos lo saben. En tanto que la mayoría de la población no ande por ahí recitando la Carta Magna y la Constitución, no hay peligro. Los bomberos eran suficientes para mantener esto a raya, con sus actuaciones esporádicas. No, las ciudades no nos preocupan. Y usted tiene un aspecto endiablado.
Se desplazaron por la orilla del río, hacia el Sur. Montag trató de ver los rostros de los hombres, los viejos rostros que recordaba a la luz de la hoguera, mustios, y cansados. Estaban buscando una vivacidad, una resolución. Un triunfo sobre el mañana que no parecía estar allí. Tal vez había esperado que aquellos rostros ardieran y brillasen con los conocimientos, que resplandeciesen como linternas, con la luz encendida. Pero toda la luz había procedido de la hoguera, y aquellos hombres no parecían distintos de cualesquiera otros que hubiesen recorrido un largo camino, una búsqueda prolongada, que hubiesen visto cómo eran destruidas las cosas buenas, y ahora, muy tarde, se reuniesen para esperar el final de la partida, y la extinción de las lámparas. No estaban seguros de que lo que llevaban en sus mentes pudiese hacer que todos los futuros amaneceres brillasen con una luz más pura, no estaban seguros de riada, excepto de que los libros estaban bien archivados tras sus tranquilos ojos, de que los libros esperaban, con las Páginas sin cortar, a los lectores que quizá se presentaran años después, unos, con dedos limpios, y otros, con dedos sucios.
Mientras andaban, Montag fue escrutando un rostro tras de otro.
-No juzgue un libro por su sobrecubierta –dijo alguien-.
Y todos rieron silenciosamente, mientras se movían río abajo.
Se oyó un chillido estridente, y los reactores de la ciudad pasaron sobre sus cabezas mucho antes de que los hombres levantaran la mirada, Montag se volvió para observar la ciudad, muy lejos, junto al río, convertida sólo en un débil resplandor.
-Mi esposa está allí.
-Lo siento. A las ciudades no les van a ir bien las cosas en los próximos días –dijo Granger-.
-Es extraño, no la echo en falta, apenas tengo sensación -dijo Montag-. Incluso aunque ella muriera me he dado cuenta hace un momento, no creo que me sintiera triste. Eso no está bien. Algo debe de ocurrirme.
-Escuche -dijo Granger, cogiéndole por un brazo y andando a su lado, mientras apartaba los arbustos para dejarle pasar-. Cuando era niño, mi abuelo murió. Era escultor. También era un hombre muy bueno, tenía mucho amor que dar al mundo, y ayudó a eliminar la miseria en nuestra ciudad; y construía juguetes para nosotros, y se dedicó a mil actividades durante su vida; siempre tenía las manos ocupadas. Y cuando murió, de pronto me di cuenta de que no lloraba por él, sino por las cosas que hacía. Lloraba porque nunca más volvería hacerlas, nunca más volvería a labrar otro pedazo do madera y no nos ayudaría a criar pichones en el patio ni tocaría el violín como él sabía hacerlo, ni nos contaría chistes. Formaba parte de nosotros, y cuando murió todas las actividades se interrumpieron, y nadie era capaz de hacerlas como él. Era individualista. Era un hombre importante. Nunca me he sobrepuesto a su muerte. A menudo, pienso en las tallas maravillosas que nunca han cobrado forma a causa de su muerte. Cuántos chistes faltan al mundo, y cuántos pichones no sido tocados por sus manos. Configuró el mundo, hizo cosas en su beneficio. La noche en que falleció, el mundo sufrió una pérdida de diez millones de buenas acciones.
Montag anduvo en silencio.
-Millie, Millie -murmuró-. Millie.
-¿Qué?
-Mi esposa, mi esposa. ¡Pobre Millie, pobre Millie! No puedo recordar nada. Pienso en sus manos, pero no las veo realizar ninguna acción. Permanecen colgando fláccidamente a sus lados, o están en su regazo, o hay un cigarrillo en ellas. Pero eso es todo.
Montag se volvió a mirar hacia atrás.
«¿Qué diste a la ciudad, Montag?»
«Ceniza.»
«¿Qué se dieron los otros mutuamente?»
«Nada.»
Granger permaneció con Montag, mirando hacia atrás.
-Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. «No importa lo que hagas -decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.»
Granger movió una mano.
-Mi abuelo me enseñó una vez, hace cincuenta años unas películas tomadas desde cohetes. ¿Ha visto alguna vez el hongo de una bomba atómica desde cientos de kilómetros de altura? Es una cabeza de alfiler, no es nada. Y a su alrededor, la soledad.
»Mi abuelo pasó una docena de veces la película tomada desde el cohete, y después manifestó su esperanza de que algún día nuestras ciudades se abrirían para dejar entrar más verdor, más campiña, más Naturaleza, que recordara a la gente que sólo disponemos de un espacio muy pequeño en la Tierra y que sobreviviremos en ese vacío que puede recuperar lo que ha dado, con tanta facilidad como echarnos el aliento a la cara o enviamos el mar para que nos diga que no somos tan importantes.
»Cuando en la oscuridad olvidamos lo cerca que estamos del vacío -decía mi abuelo- algún día se presentará y se apoderará de nosotros, porque habremos olvidado lo terrible y real que puede ser.» ¿Se da cuenta? -Granger se volvió hacia Montag-. El abuelo lleva muchos años muerto, pero si me levantara el cráneo, ¡por Dios!, en las circunvoluciones de mi cerebro encontraría las claras huellas de sus dedos. Él me tocó. Como he dicho antes, era escultor. «Detesto a un romano llamado Statu Quo», me dijo. «Llena tus ojos de ilusión -decía-. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que, cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca abajo de un árbol, y todos y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con esto -dijo-, sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.»
-¡Mire! -exclamó Montag-.

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Fahrenheit 451 - Página 52

Y la guerra empezó y terminó en aquel instante.
Posteriormente, los hombres que estaban con Montag no fueron capaces de decir si en realidad habían visto algo. Quizás un leve resplandor y movimiento en el cielo
Tal vez las bombas estuviesen allí, y los reactores veinte kilómetros, diez kilómetros, dos kilómetros cielo arriba durante un breve instante, como grano arrojado desde lo alto por la enorme mano del sembrador, y las bombas cayeron con espantosa rapidez y, sin embargo con una repentina lentitud, sobre la ciudad que habían dejado atrás. El bombardeo había terminado para todos los fines y propósitos, así que los reactores hubieron localizado su objetivo, puesto sobre aviso a sus apuntadores a ocho mil kilómetros por hora; tan fugaz corno el susurro de una guadaña, la guerra había terminado. Una vez soltadas las bombas, ya no hubo nada más. Luego, tres segundos completos, un plazo inmenso en la Historia, antes de que las bombas estallaran, las naves enemigas habían recorrido la mitad del firmamento visible, como balas en las que un salvaje quizá no creyese, porque eran invisibles; sin embargo, el corazón es destrozado de repente, el cuerpo cae despedazado y la sangre se sorprende al verse libre en el aire; el cerebro desparrama sus preciosos recuerdos y muere.
Resultaba increíble. Sólo un gesto. Montag vio el aleteo de un gran puño de metal sobre la ciudad, y conocía el aullido de los reactores que le seguirían diciendo, tras de la hazaña: Desintégrate, no dejes piedra sobre piedra, perece. Muere.
Montag inmovilizó las bombas en el cielo por un breve momento, su mente y sus manos se levantaron desvalidamente hacia ellas.
-¡Corred! -gritó a Faber, a Clarisse-. ¡Corred! -a Mildred-. ¡Fuera, marchaos de ahí!
Pero Clarisse, recordó Montag, había muerto. Y Faber se había marchado; en algún valle profundo de la región, el autobús de las cinco de la madrugada estaba en camino de una desolación a otra. Aunque la desolación aún no había llegado, todavía estaba en el aire, era tan cierta como el hombre parecía hacerla. Antes de que el autobús hubiera recorrido otros cincuenta metros por la autopista, su destino carecería de significado, su punto de salida habría pasado a ser de metrópoli a montón de ruinas.
Y Mildred...
¡Fuera, corre!
Montag la vio en la habitación de su hotel, durante el medio segundo que quedaba, con las bombas a un metro, un palmo, un centímetro del edificio. La vio inclinada hacia el resplandor de las paredes televisivas desde las que la «familia» hablaba incesantemente con ella, desde donde la familia charlaba y discutía, y pronunciaba su nombre, y le sonreía, y no aludía para nada a la bomba que estaba a un centímetro, después, a medio centímetro, luego, a un cuarto de centímetro del tejado del hotel. Absorta en la pared, como si en el afán de mirar pudiese encontrar el secreto de su intranquilidad e insomnio. Mildred, inclinada ansiosa, nerviosamente, como para zambullirse, caer en la oscilante inmensidad de color, para ahogarse en su brillante felicidad.
La primera bomba estalló.
-¡Mildred!
Quizá, ¿quién lo sabría nunca? Tal vez las estaciones emisoras, con sus chorros de color, de luz y de palabras, fueron las primeras en desaparecer.
Montag, cayendo de bruces, hundiéndose, vio o sintió, o imaginó que veía o sentía, cómo las paredes se oscurecían frente al rostro de Millie, oyó los chillidos de ella, porque, en la millonésima de segundo que quedaba, ella vio su propio rostro reflejado allí, en un espejo en vez de en una bola de cristal, y era un rostro tan salvajemente vacío, entregado a sí mismo en el salón, sin tocar nada, hambriento y saciándose consigo mismo que, por fin, lo reconoció como el suyo propio y levantó rápidamente la mirada hacia el techo cuando éste y la estructura del hotel se derrumbó sobre ella, arrastrándole con un millón de kilos de ladrillos, de metal, de yeso, de madera, para reunirse con otras personas las colmenas de más abajo, todos en rápido descenso hacía el sótano, donde finalmente la explosión le libraría de todo a su manera irrazonable.
Recuerdos. Montag se aferró al suelo. Recuerdos. Chicago. Chicago, hace mucho tiempo, Millie y yo. ¡Allí fue donde nos conocimos! Ahora lo recuerdo. Chicago.
Hace mucho tiempo.
La explosión sacudió el aire sobre el río, derribó a los hombres como fichas de dominó, levantó el agua de su cauce, aventó el polvo e hizo que los árboles se inclinaran hacia el Sur. Montag, agazapado, haciéndose todo lo pequeño posible, con los ojos muy apretados. Los entreabrió por un momento y, en aquel instante, vio la ciudad, en vez de las bombas, en el aire. Habían permutado sus posiciones.
Durante otro de esos instantes imposibles, la ciudad se irguió, reconstruida e irreconocible, más alta de lo que nunca había esperado ser, más alta de lo que el hombre la había edificado, erguida sobre pedestales de hormigón triturado y briznas de metal desgarrado, de un millón de colores, con un millón de fenómenos, una puerta donde tendría que haber habido una ventana, un tejado en el sitio de un cimiento, y, después, la ciudad giró sobre sí misma y cayó muerta.
El sonido de su muerte llegó más tarde.
Tumbado, con los ojos cubiertos de polvo, con una fina capa de polvillo de cemento en su boca, ahora cerrada, jadeando y llorando, Montag volvió a pensar: recuerdo, recuerdo, recuerdo algo más. ¿Qué es? Sí, sí, Parte del Eclesiastés y de la Revelación. Parte de ese libro, Parte de él, aprisa, ahora, aprisa, antes de que se me escape, antes de que cese el viento. El libro del Eclesiastés. Ahí va. Lo recitó para sí mismo, en silencio, tumbado sobre la tierra temblorosa, repitió muchas veces las palabras, y le salieron perfectas sin esfuerzo, y por ninguna parte había «Dentífrico Denharn», era tan sólo el Predicador entregado a sí mismo, erguido allí en su mente, mirándole...
-Allí -dijo una voz-.
Los hombres yacían boqueando como peces fuera fue del agua. Se aferraban a la tierra como los niños se aferran a los objetos familiares, por muy fríos y muertos que estén, sin importarles lo que ha ocurrido o lo que puede ocurrir; sus dedos estaban hundidos en el polvo y todos gritaban para evitar la rotura de sus tímpanos, para evitar el estallido de su razón, con las bocas abiertas, y Montag gritaba con ellos, una protesta contra el viento que les arrugaba los rostros, les desgarraba los labios y les hacía sangrar las narices.
Montag observó cómo la inmensa nube de polvo iba posándose, y cómo el inmenso silencio caía sobre el mundo. Y allí, tumbado, le pareció que veía cada grano de polvo y cada brizna de hierba, y que oía todos los gritos y voces y susurros que se elevaban en el mundo. El silencio cayó junto con el polvo, y sobre todo el tiempo que necesitarían para mirar a su alrededor, para conseguir que la realidad de aquel día penetrara en sus sentidos.
Montag miró hacia el río. «Iremos por el río. -Miró la vieja vía ferroviaria-. O iremos por ella. O caminaremos por las autopistas y tendremos tiempo de asimilarlo todo.
Y algún día, cuando lleve mucho tiempo sedimentado en nosotros, saldrá de nuestras manos Y nuestras bocas. Y gran parte de ella estará equivocado, pero otra será correcta. Hoy empezaremos a andar y a ver mundo, y a observar cómo la gente anda por ahí Y habla, el verdadero aspecto que tiene. Quiero verlo todo.
Y aunque nada de ello sea yo cuando entren, al cabo de un tiempo, todo se reunirá en mi interior, y será yo. Fíjate en el mundo, Dios mío, Dios mío. Fíjate en el, mundo, fuera de mí, más allá de mi rostro, y el único medio de tocarlo verdaderamente es ponerlo allí donde por fin sea yo, donde estén la sangre, donde recorra mi cuerpo cien mil veces al día. Me apoderaré de ella de manera que nunca podrá escapar. Algún día, me aferraré con fuerza al mundo. Ahora tengo un dedo apoyado en él. Es un principio.»
El viento cesó.
Los otros hombres permanecieron tendidos, no preparados aún para levantarse y empezar las obligaciones del día, las hogueras y la preparación de alimentos, los miles de detalles para poner un pie delante de otro pie y una mano sobre otra mano. Permanecieron parpadeando con sus polvorientas pestañas. Se les podía oír respirando aprisa; luego, más lentamente...
Montag se sentó.
Sin embargo, no se siguió moviendo. Los otros hombres le imitaron. El sol tocaba el negro horizonte con una débil pincelada rojiza. El aire era fresco y olía a lluvia inminente.
En silencio, Granger se levantó, se palpó los brazos, las piernas, blasfemando, blasfemando incesantemente entre dientes, mientras las lágrimas le corrían por el rostro. Se arrastró hacia el río para mirar aguas arriba.
-Está arrasada -dijo mucho rato después-. La ciudad parece un montón de polvo.
Ha desaparecido. -Y al cabo de una larguísima pausa se preguntó-¿Cuántos sabrían lo que iba a ocurrir? ¿Cuántos se llevarían una sorpresa?
«Y en todo el mundo -pensó Montag-, ¿cuántas ciudades más muertas? Y aquí, en nuestro país, ¿cuántas? ¿Cien, mil?»
Alguien encendió una cerilla y la acercó a un pedazo de papel que había sacado de un bolsillo. Colocaron el papel debajo de un montoncito de hierbas y hojas, y, al cabo de un momento, añadieron ramitas húmedas que chisporrotearon, pero prendieron por fin, y la hoguera fue aumentando bajo el aire matutino, mientras el sol se elevaba y los hombres dejaban lentamente de mirar al río y eran atraídos por el fuego, torpemente, sin nada que decir, y el sol iluminó sus nucas cuando se inclinaron.
Granger desdobló una lona en cuyo interior había algo de tocino.
-Comeremos un bocado. Después, daremos media vuelta y nos dirigiremos corriente arriba. Tal vez nos necesiten por allí.
Alguien sacó una pequeña sartén, y el tocino fue a parar a su interior, y empezó a tostarse sobre la hoguera. Al cabo de un momento, el aroma del tocino impregnaba el aire matutino. Los hombres observaban el ritual en silencio.
Granger miró la hoguera.
-Fénix.
-¿Qué?

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Fahrenheit 451 - Página 53

-Hubo un pajarraco llamado Fénix, mucho antes de Cristo. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debía de ser primo hermano del Hombre. Pero, cada vez que se quemaba, resurgía de las cenizas, conseguía renacer. Y parece que nosotros hacemos lo mismo, una y otra vez, pero tenemos algo que el Fénix no tenía. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer. Conocemos todas las tonterías que hemos cometido durante un millar de años, y en tanto que recordemos esto y lo conservemos donde podamos verlo, algún día dejaremos de levantar esas malditas piras funerarias y a arrojamos sobre ellas. Cada generación habrá más gente que recuerde.
Granger sacó la sartén del fuego, dejó que el tocino se enfriara, y se lo comieron lenta, pensativamente.
-Ahora, vámonos río arriba -dijo George- Y tengamos presente una cosa: no somos importantes. No somos nada. Algún día, la carga que llevamos con nosotros puede ayudar a alguien. Pero incluso cuando teníamos los libros en la mano, mucho tiempo atrás, no utilizamos lo que sacábamos de ellos. Proseguimos impertérritos insultando a los muertos. Proseguimos escupiendo sobre las tumbas de todos los pobres que habían muerto antes que nosotros. Durante la próxima semana, el próximo mes y el próximo año vamos a conocer a mucha gente solitaria. Y cuando nos pregunten lo que hacemos, podemos decir: «Estamos recordando.» Ahí es donde venceremos a la larga. Y, algún día, recordaremos tanto, que construiremos la mayor pala mecánica de la Historia, con la que excavaremos la sepultura mayor de todos los tiempos, donde meteremos la guerra y la enterraremos. Vamos, ahora. Ante todo, deberemos construir una fábrica de espejos, y durante el próximo año, sólo fabricaremos espejos y nos miraremos prolongadamente en ellos.
Terminaron de comer y apagaron el fuego. El día empezaba a brillar a su alrededor, como si a una lámpara rosada se le diera más mecha.
En los árboles, los pájaros que habían huido regresaban y proseguían su vida. Montag empezó a andar, y, al cabo de un momento, se dio cuenta de que los demás le seguían, en dirección norte. Quedó sorprendido y se hizo a un lado, para dejar que Granger pasara; pero Granger le miró y, con un ademán, le pidió que prosiguiera. Montag continuó andando. Miró el río, el cielo y las vías oxidadas que se adentraban hacia donde estaban las granjas, donde los graneros estaban llenos de heno, donde una serie de personas habían llegado por la noche, fugitivas de la ciudad. Más tarde, al cabo de uno o de seis meses, y no menos de un año, Montag volvería a andar por allí solo, Y seguiría andando hasta que alcanzara a la gente.
Pero, ahora, le esperaba una larga caminata hasta el mediodía, y si los hombres guardaban silencio era porque había que pensar en todo, y mucho que recordar.
Quizá más avanzada la mañana, cuando el sol estuviese alto Y les hubiese calentado, empezarían a hablar, o sólo a decir las cosas que recordaban, para estar seguros de que seguían allí, para estar completamente ciertos de que aquellas cosas estaban seguras en su interior, Montag sintió el leve cosquilleo de las palabras, su lenta ebullición. Y cuando le llegara el turno, ¿qué podría decir, qué podría ofrecer en un día como aquél, para hacer el viaje algo más sencillo?
Hay un tiempo para todo. Sí. Una época para derrumbarse, una época para construir. Sí. Una hora para guardar silencio y otra para hablar. Sí, todo. Pero, algo más. ¿Qué más? Algo, algo...
Y, a cada lado del río, había un árbol de la vida,,,, con doce clases distintas de frutas, y cada mes entregaban su cosecha; y las hojas de los árboles servían para curar a las naciones.

«Sí -pensó Montag-, eso es lo que guardaré para mediodía.
Para mediodía...»
«Cuando alcancemos la ciudad.»


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sábado, 25 de julio de 2009

El uno para el otro

Salir de casa para cenar con gente implica una serie de actividades molestas: bañarse, vestirse, perderse un partido de la Eurocopa, comprar un vino caro, sonreír dos horas sin ganas, a veces tres. Que te acompañen por las habitaciones para que veas una casa que no te importa. Dejar a tu hija con los abuelos, extrañarla. Cenar sin tele, sin cocacola, comer ensalada de primer plato, no desentonar, no fumar si no hay ceniceros a la vista. Muchísimo menos sacar la bolsita feliz. Son demasiadas cosas para la edad que tengo.

El viernes padecí una de estas cenas absurdas que ocurren cuando estás en pareja: Cristina tiene una amiga íntima que se fue a vivir con un señor. Hasta ahí todo bien. El problema empezó cuando entre las dos organizaron una cena. Corrijo: el problema empezó cuando me incluyeron en la cena.

Porque hasta entonces Cristina tenía una amiga soltera con la que almorzaba o cenaba cada tanto, pero ellas solas: yo no participaba en la relación. Pero ahora, que la amiga vive en pareja con alguien, me invitan. Supongo que por una cuestión de simetría.

—Quieren que conozcamos la casa —me dice Cristina—. Además él parece majo.

—Ningún hombre que acepta cenar a la misma hora que se juega la Eurocopa es majo —sentencié—. Es puto.

Llegamos a las nueve en punto, con un vino en la mano. Mireia, la amiga de Cristina, estaba radiante, colgada del brazo de este buen hombre, al que no conocíamos. La casa era la de él. Una casa moderna, en las afueras de Barcelona.

—Él es Pol —dijo Mireia.

—El famoso Pol —dijo Cristina, y le dio dos besos. Yo le di la mano y sonreí.

Pol era de esos tipos más jóvenes que yo, tres o cuatro años menos, pero que me generan el mismo respeto abismal que si tuviera veinte años más. La ropa le quedaba bien, estaba afeitado y se movía como si fuera grande. Esa clase de gente pulcra por convicción, no por mandato de la mujer o la madre. A Pol, con toda seguridad, nadie le dijo aquella tarde que se bañara y se pusiera perfume a los costados del cogote. Lo hizo solo, lo hizo por gusto. Era esa clase de gente incomprensible.

La cena, como es lógico, transcurrió por el andarivel de los lugares comunes. Una charla lánguida en la que se escuchaban los ruiditos de los tenedores contra los platos. Se notaba que ellas —Cristina y Mireia— tenían muchas ganas de hablar a calzón quitado sobre temas propios de mujeres; se notaba también que no lo hacían por culpa de nuestras presencias masculinas. ¿Por qué entonces habían organizado una cena de cuatro?

Más tarde entendí que ésa era la única manera de que Cristina pudiera conocer a Pol sin apuros —conocerlo de un modo social, quiero decir— para así después, a solas con su amiga, sacar conclusiones. Nosotros éramos muebles en la reunión, elementos anecdóticos. Y yo más que nadie.

Tuve una breve presencia discursiva durante la cena. Fue cuando el tema fue nuestra hija. No me cuesta hablar sobre esa cuestión y además los anfitriones parecían estar muy interesados en ella, aunque no tanto como para haberla invitado. Todo hubiera sido diferente con Nina en la mesa: yo habría podido hablar con alguien de mi edad.

En general la charla la llevaban las mujeres. Pol y yo nos sonreímos, en silencio, un par de veces. Al principio de la noche intenté sacar el tema futbolístico, pero no encontré respuesta por su parte. Él después me tanteó en cuestiones de negocios, pero yo bajé la vista y mordí una aceituna. No tardamos más de un minuto en sabernos incompatibles, y desistimos con hidalguía.

Sin embargo ocurrió algo que me reconcilió un poco con él. En cierto momento, a los postres creo, me hizo una mueca leve: entornó los párpados, levantó las cejas y movió la cabeza de arriba a abajo. Era el gesto masculino universal, el que dice: Hermano, aguantemos que falta poco. Me hizo bien saber que no era yo el único que llevaba el peso del aburrimiento en la mesa.

Cuando llegaron los cafés Mireia nos contó cómo se conocieron, ella y Pol. No podía faltar la minucia romanticona. Por lo que oí, ambos trabajan en la misma multinacional, ella de secretaria ejecutiva y él como responsable de recursos humanos. Aburridísima anécdota. El amor empezó a cuajar, por lo visto, en los pasillos de la empresa.

—De a poco —nos contaba Mireia, con una sonrisa gigante de mujer enamorada—, Pol empezó a hacerme obsequios imprevistos. Primero una flor, después un libro. Más tarde unas sandalias.

Pol sonreía, incómodo. Yo intentaba no mirarlo.

—Qué galán —dijo Cristina.

—Pero lo increíble de sus regalos —siguió Mireia—, es que nunca falló con mis gustos. La flor, una orquídea; el libro, de Coelho; las sandalias, de Koh-Tao…

—Como si te conociera de toda la vida —dijo Cristina, emocionada, y me miró con asco, posiblemente recordando el long play de Pappo’s Blues que le regalé para nuestro aniversario.

—Sí —aceptó Mireia, tomando la mano de su media naranja, y mirándolo a los ojos—, como si fuésemos almas gemelas.

Pol parecía intranquilo. No porque Cristina conociese esas intimidades rococó, sino por mi presencia observadora. A ningún hombre le gusta que otro escuche los detalles melosos de sus galanterías.

Hice un esfuerzo inhumano en favor de la raza:

—Pol —le dije, levantándome—, ¿me indicás dónde hay una terracita o algo, para fumar un cigarro?

Nos fuimos escaleras arriba, con dos cervezas. Todavía no habían desaparecido nuestros talones del comedor cuando las voces de Cristina y Mireia se convirtieron en murmullo cómplice y en risa ahogada: ya estaban hablando, por fin sin testigos, en el tono con que ellas solían hablar a solas.

—Disculpa lo del cigarro —me dijo Pol, ya acomodados en un balcón inmenso—, pero prefiero que los invitados fumen fuera.

—No quería fumar —mentí a medias—, quería salvarte de la charla cursi. Y salvarme yo también de tener que escucharla… Las intimidades me ponen nervioso.

—A veces conocer los secretos de los demás puede ser muy útil —me dijo con misterio, y bebió su cerveza.

Había cambiado la voz. De repente, al aire libre y con la luz de la luna, era otra clase de hombre, distinto al que había sido durante la cena. O eso me pareció.

—¿Quieres que te cuente, de verdad, cómo conocí a Mireia? —me preguntó, y aquí viene el motivo por el que estoy escribiendo esto.

—Contame, claro —y prendí un cigarro.

—Yo trabajo en tecnología, y aparte de que mis tareas incluyen controlar lo que hacen en Internet los cuatro mil empleados de la compañía, hace un año activé un sistema que me permite ver qué buscan los empleados en el Google.

—¿Eso no es ilegal?

—Es útil, lo útil nunca es ilegal —me dijo—. Google es una herramienta increíble. Las personas acuden a él como hace mil años acudían a los brujos, o al oráculo… La gente hace las preguntas más inverosímiles, pero son también preguntas decisivas. El buscador es una especie de Dios personal que no juzga, que solamente ofrece respuestas aleatorias, en general muy malas respuestas. Pero qué importa…

—Lo importante en tu trabajo no son las respuestas —intuí.

—Exacto —dijo Pol—. Lo que importa son las preguntas, las búsquedas en sí mismas. Un empleado con acceso a Internet busca cosas veinte o treinta veces por día…, diferentes cosas, siempre según su estado de ánimo y su necesidad vital. Si tú pones en papel las búsquedas que hace una persona en un año, tendrás el verdadero diario íntimo de quien quieras. El diario íntimo que nadie se atrevería a escribir.

Pensé en mis búsquedas privadas de Google. Me avergoncé tímidamente y le di la razón en silencio.

—La gente tiene inquietudes muy curiosas —me dijo Pol—. Ciertos gerentes de mi empresa, en apariencia muy seguros de sí mismos, buscan perfumes con feromonas para atraer mujeres. Por ejemplo. Algunas administrativas veteranas, con hijos ya adolescentes, ésas que se desviven hablando de su familia y tal, buscan todas las tardes videos de mujeres besándose. Hay un cadete al que le gusta ver fotos de viejas desnudas, ancianas de noventa años con las tetas por las rodillas, como uvas pasas, cosas por el estilo. Y así te podría contar la historia secreta de la Humanidad, a escala. Lo que hacen cuatro mil personas en una empresa no es muy diferente a los que hacen seis mil millones en el mundo entero.

Me vino a la cabeza, inmediatamente, aquel cuento de Borges en donde un cartógrafo decide componer un mapa que lo incluya todo y que, después de muchos años de trabajo, descubre que el mapa tiene la forma de su propio rostro. Estuve a punto de comentar esto, pero me interesaba mucho más que Pol siguiera con su monólogo.

— Desde hace un año, las búsquedas de todos mis empleados quedan guardadas en inmensos data warehouses —lo dijo en perfecto inglés—. Con esa información yo saco conclusiones a nivel management, claro. Pero también puedo saber, por ejemplo, qué tipo de flor le gusta a la nueva secretaria.

—O qué libro de Coelho.

Él rió.

—O qué marca de sandalia —me dijo entonces, con su verdadera sonrisa, que era una muy diferente a sus sonrisas de la mesa—… Mireia primero me entró por los ojos, desde el primer día que la vi aparecer por la puerta. Pero desde entonces mi trabajo fue minucioso: empecé a saber qué quería, qué temía, qué cosas la motivaban, qué compraba y qué vendía. En qué creía y, sobre todo, qué estaba dispuesta a creer. Con la mitad de esos datos, te follas a cualquier mujer en hora y media de charla. Imagina entonces lo que puede hacer un gobierno con las búsquedas de un pueblo entero.

Me lo imaginé y me dio asco. No el mundo, sino el nuevo Pol, el Pol de la terraza. Preferí mil veces al otro, al tímido que tomaba de la mano a su novia y la miraba a los ojos en la sobremesa. Pero ya no vería más a aquél, porque había conocido a éste. Y éste mataba al anterior.

El otro, el Pol galante y primerizo, seguramente era ahora mismo el tema de conversación en la charla femenina del comedor. Mireia le estaría confesando a Cristina que su novio nuevo era perfecto y sensible, que conocía mágicamente sus preferencias en la cocina y en la cama. Que le gustaban las mismas canciones, los mismos libros, que hacían el mismo zapping, que planeaban sus viajes con certeza telepática.

—Ahora estoy investigando a una tetona que entró hace dos meses al departamento de prensa —me decía Pol, pero yo casi no lo escuchaba—. Una rubia hermosa: le gusta ver fotos de gente atropellada. La semana pasada me le aparecí fingiendo una muñeca fracturada y me comió con los ojos. La tengo ahí, pidiéndome por favor.

Pero yo no estaba más en el balcón. Seguía pensando en la conversación de abajo. En la pobre Cris, escuchando y quizás envidiando todas aquellas maravillas sobre las parejas ideales y los varones perfectos. La idealización del amor, los hombres que usan la camisa adentro, los hogares libres de humo, la íntima sensación de haber dado con la persona correcta… El uno para el otro, siempre. ¿Por qué le regalé a Cristina ese long play para nuestro aniversario? ¿Qué buscará ella en Google? ¿Cómo se me ocurre pensar que a una catalana le puede gustar Pappo’s Blues? No. No hay respuestas para todo. No es bueno que las haya.