sábado, 23 de mayo de 2009

Vidas de pibes chorros - Capítulo 4

Cuando conocí a Simón, ya me habían dicho varias veces que ese chico experto en asaltos y fugas había adelgazado treinta kilos en el último periodo de encierro. Pero yo, entre los nervios después de esperar un año y medio para conocerlo y mi desmemoria, lo idealizaba casi tan ancho y poderoso como en las fotos que su madre y sus hermanos me mostraron, como en ese autorretrato al óleo hecho sobre la pequeña mesa de un pabellón del Almafuerte en el que mira con un destello dibujado con precisión sobre el marrón de la pupila, él señorial y serio, un aire a Elvis Presley adolescente y desmadrado. El día en que lo vi, en una oficina despojada, hacía ya dos años y tres meses que estaba preso en un instituto de máxima seguridad, y llegar a él parecía imposible hasta que una casualidad hizo que nos encontráramos, mezclado entre sus hermanos, una amiga de su edad y su madre. Me saludó con desconfianza pero apretando la mano como a un revólver viejo. Había hablado con sus amigos, entre quienes se lo recuerda no sin cierto misticismo de pequeño antihéroe bardero. Los “maestros” —que así llaman a cualquier empleado de minoridad los chicos encerrados— y también los funcionarios hablaban de él como un líder duro, intransigente, inteligente y de trato escaso y difícil con la autoridad.
Para la mayoría de los chicos que habían estado con él en alguno de los por lo menos veinticinco lugares en los que ha sido encerrado desde los trece, Simón era algo así como un ejemplo de fortaleza, uno de los chicos más sabios en la pena de pasarse toda la adolescencia recluido. Los funcionarios de los institutos en los que estuvo preso me contaron que su fama era tal que solía haber personas que al visitar los lugares pedían verlo para ratificar el estigma que sobre él pesaba. Se sorprendían al encontrarlo en su celda concentrado en la lectura de algún libro sobre el Che, de verle la mirada tranquila de alguien que no siente deberle nada a nadie. La idea que los Otros ladrones tienen de Simón es la de alguien capaz de despreciar los beneficios mínimos con que suelen premiar a los pibes presos para desafiar a la autoridad en busca de cierta dignidad. Pude verlo levantar las cejas vehementes al contar sobre la calle, el devenir de violencia, sus ocho tiros en el cuerpo, las veces que sintió que se le nublaba la vista y que eran esos los últimos minutos de su vida, la parte en que ya no recordaba ni su nombre.
Durante su internación hubo un momento en que comenzó a engordar como si el tamaño de su humanidad lo fuera inmunizando contra las balas de la policía y los «embrollos” de la villa. Creció endureciéndose en las comisarías, los institutos de todo el conurbano y los pasillos de la San Francisco, la 25 de Mayo, Alvear Abajo, Santa Rosa, San Pablo, la Cava, La Esperanza, la Treinta, la Santa Rita, ghettos de pobreza de la zona norte. En todas tuvo un rancho de amigos que lo aguantaron más de una vez, en varias se tiroteó con los que osaron cuestionarlo, con otros que le dirigieron la mirada equivocada, o con auténticos enemigos. La primera vez que nos vimos lo único que alcanzó a contarme fue uno de sus amaneceres, una de esas veces en que de pronto, como si lo hubiesen pinchado con unas agujas de coser, sintió cierta levedad en el cuerpo, y la tibieza húmeda de la sangre empapándolo. Entonces, Simón tenía tantas caídas como para que su porte y su cara fueran para la policía, especialmente la de San Fernando, un blanco móvil interesante, un valor en sí mismo. “De repente, sin darme cuenta, empecé a sentir ‘el Simón de acá, el Simón de allá’, y la gorra te empieza a junar hasta que sos un número fijo.” Su sobrenombre, y su nombre completo, se hicieron famosos. Sus amistades también:
Simón es uno de los chicos que en la época dorada del robo callejero, cuando los pibes todavía podían dilapidar pequeñas fortunas en noche, bailanta, merca y chicas, en repartijas generosas de botines, “salía a trabajar” con Víctor “El Frente” Vital, el santo de los pibes chorros.
Al Frente ya lo habían matado de cuatro balazos de 9 milímetros que le silenciaron el grito de “no tiren, nos entregamos” cuando Simón hizo uno de esos movimientos que lo llevan a uno a no parar de cometer errores durante un par de días, hasta que se revienta algo, quizás uno mismo. Simón pasaba una tarde tranquila de viernes, pensando que se tomaría un par de pastillas apenas le terminaran de dibujar ese dragón alado en el pecho con tinta de la buena, mucho mejor que con la que le habían estampado la “M” de “MADRE” y los cinco puntos enormes que significan “muerte a la yuta”; una cobra, una hoja de marihuana, el nombre del amigo muerto con letras de molde y sombreadas: FRENTE. El sonido del motor de la máquina tatuadora de fondo, la mente en algo diferente al dolor, Simón planeaba ir esa noche con Mariela, su novia de entonces, al Tropitango. Al fin y al cabo era vecino de los muchachos de la nueva cumbia. A Pablito Lezcano lo conocía desde que era un pibe. Apenas nos vimos me contó que Pablito le había enseñado a andar en bicicleta mucho antes de convertirse en cantante millonario y él en un ladrón demasiado joven con códigos de los viejos tiempos. Entonces el Tropi era el plan de los fines de semana: solía haber dinero para colgarse una jarra de Fernet con Coca y varias pastillas de Rohipnol en el cinturón, dejar que la sed se apagara hasta que a la madrugada como a una manada mansa los de seguridad los corrieran de ese gigantesco galpón y los echaran a la cruel claridad de las calles descampadas que hay alrededor de la Panamericana, cerca de la ruta 202.
Estaban por terminarle el tatuaje cuando llegó Adrián “El Cabezón” Manso. Más que robusto, cuello y puños de piedra, maestro en la pelea cuerpo a cuerpo, en la manera de hacerse grande de repente, se habían conocido con Simón en la comisaría de Talar, cuando esa seccional era sólo para menores. El Cabezón, “el Cabe”, se convertiría con imparables internaciones en uno de los pibes más demonizados por la máquina estatal de la minoridad, castigados, temidos a raíz de ese estigma que una vez instalado no se detiene con palabras lóbregas.
En palabras del propio Simón, el Cabe siempre fue un pibe que anduvo en “problemas”. “Lo conocí preso, en comisaría y después en instituto. Él es más chico que yo. Cuando laburaba con él, él tenía trece y yo dieciséis. Ahora debe tener diecisiete. ¿Cómo era? El era entonces como siempre, loco. Es loco el pibe, mucho más cuando está empastillado. Yo a veces lo llevaba para mi casa y le pedía que dejara los fierros porque no daba que los llevara todo el tiempo y él ‘pero no, porque por ahí pinta embrollo’. Porque el chabón ya tiene esa mentalidad de que pinta embrollo en cualquier lado, porque el chabón ya tiene un par de broncas largas. Y él va re seguro con los fierros en la mano adonde vaya, no le queda otra, dice.” Simón reconoce que Manso se ha visto cautivo del mismo sino: permanecer la mayor parte del tiempo preso. “En eso éramos iguales”, dice Simón. “En esa época se escapaba un lunes del instituto y a la semana, caía otra vez. Siempre”, repasa su madre.
Por eso, el día que llegó a la casa del tatuador en la villa, el Cabe le dijo, apenas lo vio sentado, que andaba en problemas. “Prestame un par de fierros”, le pidió agitado. “Llevate tres revólveres”, le dijo Simón y siguió con ese leve ardor en el pecho que le iba creciendo con los minutos. No pasó ni una hora hasta que Manso volvió. Estaba más desesperado. Allá afuera tenía una breve pero contundente lista de enemigos casuales, y a los catorce, incluso ya un par de históricos rivales, amén de la Policía Bonaerense. Ese día regresó a buscar también a Simón para que lo bancara, para que le consiguiera más fierros y lo acompañase. Andaba en un auto robado, unAudi. Hacía dos días que no dormía y las pastillas le habían convertido la ansiedad en una herida ácida, acuciante. Salieron juntos, Simón con el dragón fresco bajo una remera negra. Cuando llegaron al barrio a buscar las armas en una de ésas quedó solo esperando al Cabe sentado en el lugar del acompañante. Miraba por el espejo retrovisor, miraba hacia los costados cada tanto y vigilaba que la calle estuviera tranquila. Al rato vio que se acercaba un pibe; alguna vez había tenido con él un entredicho, ni siquiera recordaba cuál. «El pibe se acercó al auto a correrla de loco”, que es ni más ni menos que «hacerse el loco”, exagerar la valentía, el arrojo, mostrarse como un jefe sin serlo, abundar en insultos, en amenazas, jugarse la vida.
El pibe traía un ladrillo en la mano, hablaba, no paraba de balbucear fuera de sí que él tenía respeto, que venía de estar preso, que se la bancaba.
—Aguantá guacho! ¡Pará un cacho! ¡¿Qué, te pasa?! ¡Andá p’allá!
Pero el pibe avanzó, cuenta Simón, y por allá vino corriendo el Cabezón Manso con las dos pistolas que habían ido a buscar, recién cargadas. Apenas alcanzó a escuchar los tiros, que el Cabezón ya tenía el pie a fondo en el acelerador y las ruedas del Audi escarbaron en el barro de la villa, justo donde empiezan cuatro pasillos juntos, como un abanico hacia adentro de los ranchos. En menos de un cargador el pibe quedó tirado. Pasaron varias horas y unas cuantas pastillas hasta que se enteraron que en el tiroteo una de las balas, perdida, rebotando en el revoque grueso de las paredes y en alguna chapa que otra, maté a una nena que jugaba a la mamá en un rancho cercano. La familia de la niña acusó a los chicos ante la justicia. Ese homicidio le significó no pocos problemas a Simón y persigue todavía hoy a Manso. Cuando me lo contaba, así al pasar, así sin más que una indicación breve sobre el “par de tiros” percutados, recordé las veces que Mati, su madre, y Estela, su hermana, me hablaron sin dar detalles del «dt de la nena”.
Simón dice que nada les hizo pensar después de ese breve tiroteo que había algún herido. Por eso él, con las primeras pastillas de la noche encima, volvió a la villa 25. Lo llevó en el caño de una bicicleta uno de los siete hermanos de Manso a la casa de una mujer que desde que era casi un niño le daba protección. En el camino habló con Mariela y quedaron en verse a la noche para ir al Tropi. Pero cuando llegó al rancho una de las hijas de Marga, Bety, madrina de Simón, lo vio tan doblado y con las armas en la cintura que lo convenció de que se tirara un rato en la cama. Se quedó dormido. Cuando se despertó eran como las cinco de la mañana. Mariela y dos amigas estaban alrededor de la mesa de la cocina hablando con la madrina. Simón pensó que saldrían para el Tropi pero era muy tarde, las cinco y media. Los del barrio se habían vuelto. Se enojó. No pasaba demasiado tiempo afuera desde que comenzó a caer preso, así que perder una noche deseada, con su chica, con los amigos, le causaba el malestar de una pérdida difícil de medir para quien no sabe lo que es ser un reo. “Estaba enojado, muy embroncado porque no íbamos y me había dormido la noche del viernes, con todo lo que había flasheado que íbamos a hacer. Y como a las seis de la mañana la prima de Mariela me viene a avisar que la habían llevado presa por el hecho de la nena, sospechaban que ella estaba conmigo cuando la criatura murió.” Era un aviso suficiente para no instalarse en la casa de siempre, en el rancho de su madre o en la casa de un hermano. Salió de gira, a robar.
“Me fui para Santa Rita. De Santa Rita me fui a la Cava, y de la Cava a la Santa Rosa. Y ahí estuve como dos días. A esta altura yo andaba como si nada, como si nunca nada”, dice relajado, con su hermano menor, el de ocho, en los brazos, sentado en el banco de un edificio de tribunales. El lugar se viene abajo de expedientes de menores, la inmensa mayoría no por los delitos que cometieron, sino por haberse quedado sin el sostén de ningún adulto antes de tener edad para trabajar. Javier, ojos de un verde esmeralda sobre una cara angulosa, es el hermano mayor de Simón y lo visita en estas instancias en que por una u otra cosa tiene que “bajar” a un juzgado desde el instituto en las afueras de La Plata. Javier también conoció tantos institutos como chicas hermosas de la 25. El también deambuló por calabozos de la zona norte, y robó más de lo que puede recordar en media hora de una mañana fría esperando a Simón en un salón repleto de mujeres ansiosas por cruzar una palabra con el empleado de un juzgado de menores.
Aquel día en que Simón deambulaba junto al Cabezón, Javier también estuvo con ellos. Juntos asaltaron un supermercado pegado a la estación de La Lucila y sacaron, se acuerda muy bien, ochocientos sesenta pesos para cada uno. Por eso fueron a la Santa Rosa. En el rancho de unos amigos tenían ropa limpia para cambiarse y salir a una bailanta de la Capital. Tenían plata como para comprar lo que se les diera la gana. Al Cabezón le dio ansiedad por “rescatarse” de las pastillas y calarse unos tiros de la cocaína que en uno de los ranchos de los Toros se compra día y noche.
Los chicos de la 25 y la San Francisco y los Toritos de Santa Rosa se conocían hacía ya tiempo. Entre ellos no había habido tiros, pero esa circunstancia azarosa no responde sólo a la parsimonia con que cada uno trate al otro, sino a los reveses de ser unos ladrones y los otros transas, dealers, distribuidores locales de “merca”. Ésa es una antinomia extraña en la que de fondo se juega el resentimiento del consumidor que pone el cuerpo, arriesgando la vida, para conseguir la liquidez que requiere comprar la droga, cuya ganancia entonces es sólo del transa y de la policía que lo protege. Esa noche, varias de estas rivalidades estructurales se jugaron cuando el Cabezón se paró en la puerta del rancho y escuchó que de adentro le decían que no, que no les iban a vender nada. “Los Toritos siempre fueron transas y a los transas no se les tiene ningún respeto. Ellos que podrían hacer la plata robando, poniendo caño, se quedan ahí vendiendo porquería que le arruina la vida a la gente. Yo no digo nada, que cada uno haga lo que haga, pero no es algo que yo haría porque sería pasarte de bando, ya no ser el que eras”, dice Javi, alejado del delito desde que salió de la cárcel, cartonero como su madre.
Como esa noche los Toritos no quisieron venderles, el Cabezón los amenazó. Les vendían o les bajaban el rancho a tiros. Los Toritos no tuvieron tiempo de discutir. Les vaciaron los cargadores a los dos revólveres, sin ton ni son. Las balas silbaron cerca de las hermanas de los Toritos, las Toras. “Les dejamos lleno de agujeros el rancho”, se acuerda Simón. Después, menos furiosos, se fueron a dormir. Pero los Toritos esa noche no durmieron. Se quedaron tomando de su propia mercancía y cuando amaneció ya habían juntado suficiente rabia como para darle curso a la venganza.
Del rancho en el que paraban Simón y el Cabezón salió uno de los dueños de casa. Apenas pisó el pasillo, uno de los Toritos lo encañonó en la sien. Detrás de él, el resto de la familia apuntaba como un pelotón de fusilamiento caótico. Simón escuchó los gritos y salió a negociar. “¿Qué pasa? No, no pasa nada. Flashearon”, les dijo. Simón tenía un 38 y un 32 en la cintura. Detrás de él varios preparaban las armas. El tiroteo podía dejar bajas en ambos bandos, estaban a pocos metros. Los Toritos decidieron simular una tregua y se alejaron.
Los dos amigos creyeron en la paz negociada. Les dio hambre. Simón y un amigo fueron a buscar comida. Caminaron uno tomando un yogur líquido, el otro masticando un sándwich, hacia un rancho en el que les iban a prestar una Itaka para un robo que querían hacer a la tarde. Y sin pensarlo pasaron por el pasillo de los Toros.
—Eh, vos sos el Manso! —le dijo uno a Simón, confundido. Y le puso un fierro en la boca.
—¿Vos sos el Manso? ¿Vos sos el más guapo? ¿Sabés quién soy yo? ¡Yo soy de la hinchada de Tigre!
Le corrió apenas el caño del arma.
Entre dientes, Simón dijo:
—jQué me importa a mí! ¡Si vas a arrancar, arrancá y tirá, ¡¿Qué vas a hacerte ver!?
El que apuntaba a Simón estaba por callarlo de un tiro cuando en la punta del pasillo, desde adentro de la villa, otro gritó.
—Ése no es el Manso! ¡Ése.es el Simón!
Sin darles tiempo a rectificarse antes de matar a uno que no era el Manso, apareció por un costado del pasillo, como si hubiera estado allí agazapado. Disparaba con dos pistolas al mismo tiempo. En ese instante Simón midió la distancia entre su mano y la pistola apretada entre el jean y la cintura. Pero lo habían agarrado desde atrás, como escudo humano. Después lo tiraron al piso. Simón dibuja en un papel el mapa de la villa Santa Rosa, frente al cementerio de San Fernando, tan cerca de la tumba del Frente. Dibuja la esquina, los senderos, el camposanto, los hombrecitos pequeños que se cruzan, la dirección de las balas, la posición de Manso, él en el piso, las balas que le cruzaron las piernas. Fueron tres tiros. Otra vez no sintió que lo habían herido, no se dio cuenta. En el desbande que produjo Manso, Simón quedó en el suelo. Manoteó el revólver, se paró, y empezó a disparar buscando una salida. “Me mandé para un pasillo. Ellos salieron corriendo a una casa. Yo seguí caminando por un pasillo largo, pero sin darme cuenta que me habían dado. Llegando a la casa empecé a caer, me vi todo sangre en los pies. Yo en ese momento no estaba drogado, porque era a la mañana, apenas me levantaba. Sentí que tiraron pero no sentí que me dieron.” Cuando iba por la mitad del pasillo ya no pudo caminar. “Las piernas,... no las sentía, era como si no las tuviera.” Simón no recuerda cómo fue que lo rescataron. Terminó refugiado en un rancho, recostado sobre una cama, rogándole al Frente Vital que no dieran con él, que no entraran a buscarlo.
«A mí me fue a buscar la madre de Manso —cuenta Matilde—. Yo estaba adentro, en la casa de la Estela.
La mujer venía preguntando por mí, pero nadie le quería decir nada, porque es así, nadie te va a mandar al frente. En la esquina empezó a llorar que me quería encontrar porque lo habían matado al Simón.”
Por fin un pibe le dijo dónde vivía la hermana. La mujer golpeó las manos a la entrada del pasillo que termina en la casa de Estela, en la villa La Esperanza. Salió a atenderla Javier. “Mataron a tu hermano en la Santa Rosa”, escuchó. Sin decir palabra Javier volvió al rancho. Entró a la pieza, buscó las armas. Las cargó. Matilde le preguntó qué pasaba. “Nada, mami, nada”, le dijo y se fue corriendo, con la cara roja. No quería creer que la noticia era cierta.
Matilde y Estela salieron a la vereda. Los vecinos les contaron. “Cuando escucho que lo habían matado allá en la Santa Rosa, ahí salimos nosotras hechas unas locas. Yo estaba lavando, ni siquiera me cambié de ropa”, cuenta Estela. Hay todo un no alcanzar a cambiarse la ropa entre las mujeres de la villa cuando salen a rescatar a sus hombres o a sus niños. Lo imaginaron otra vez muerto, esta vez definitivamente muerto. Subieron a un remise, y salieron a rescatar a Simón del peligro, del derrame de sangre, a Simón, tan sentenciado en esos días por enemigos de otras bandas y por la policía. Entraron a la villa en chancletas, enfilaron por el primer pasillo que vieron, sin importarles lo ajeno del terreno, el atrevimiento de meterse en territorio de otros, dispuestas como siempre a salvarlo a punta de empujones, de insultos, de gritos escupidos. No sabían cómo encontrarlo. No tenían idea sobre la manera de desandar los pasillos que habían transitado. En el laberinto por el que buscaban sin que nadie les diera una pista descubrieron una huella de manchas de sangre. Las siguieron hasta dar con el rancho. “Ahí estaba éste, que no se podía levantar.”
Simón no se quejaba del dolor. Apenas si podía hablar. Seguía más preocupado por cómo escapar de ahí y de la furia de los Toros que en curarse las heridas para detenerle la hemorragia. Podía escuchar las amenazas que venían de afuera. Eran voces de mujeres.
—Las Bersas, vayan a buscar las Bersas que vamos a hacer mierda todo! —gritaban las Toras pidiendo que las segundonas fueran por las ametralladoras.
De pronto entró un patrullero hasta la esquina del rancho: había venido por otro tema, una pelea menos violenta que la de ellos, pero por la que alguien había llamado a la comisaría. Siempre Matilde los había combatido, siempre había sido el enemigo uniformado el único al que no se le pediría jamás compasión, al que antes de rogarle se le vomitaría la tumba. Pero en esa situación, encerrada, Matilde no vio más salida que salir protegida por la ley. La idea del final no era desconocida para ellas. La idea de que con el Simón, con Javi y con Manuel en algún momento podrían enfrentarse a sus cuerpos yacentes, estaba asumida como estaba asumido que los chicos eran ladrones. Era mejor ayudarlos que combatir la práctica del robo, que al mismo tiempo es un impulso hacia delante, un incremento del riesgo, la posibilidad de morir en un instante junto a un amigo en un asalto, y de morir en cualquier otro por una insignificancia, por un desacuerdo, por una venganza.
Matilde enfrentó al policía. Las Toras miraban desde un poco más allá.
—Lo llevamos en el patrullero! —dijo entre dientes, como dándole una orden al bonaerense.
Nunca se había imaginado que pediría por favor que la subieran a un patrullero, dice, llena de risa por lo que ahora cuenta como una aventura. Y entró por su hijo. Entraron. El lugar era oscuro, una cueva estrecha repleta de trastos. Dos mujeres le daban agua, intentaban asistir al herido, y afuera los Toritos caminaban de acá para allá, haciendo del pasillo su sitio, marcando el lugar, diciendo que si se les antojaba hacían boleta a cualquiera. Matilde quiso cargarlo junto a Estela, entre las dos, pero Simón pesaba demasiado. Lo agarraron primero de la espalda como para arrastrarlo. Pero cuando intentó sostenerse él mismo, no pudo. Las ayudó un muchacho. Lo izaron como a una bandera de hierro, como a un madero viejo hinchado por la humedad y la lluvia. Entre quejidos lo acercaron al auto policial. Lo tiraron atrás. Matilde le acariciaba la cabeza. Y entre los mimos, y la mano suave tranquilizándolo porque no moriría en esa ocasión, le daba unos buenos y sonoros cachetazos para que no se durmiera y no la dejara. Mientras tanto en la otra punta Javier peleaba por su hermano, intentaba rescatarlo a su manera, a los tiros, sin saber que su madre y su hermana lo estaban salvando solas.

La idea de que Víctor Vital puede proteger de las balas se confirmó para los creyentes con aquel incidente en la Santa Rosa. Por la calle que hace de costado izquierdo del cementerio de San Fernando entró Javier. Iba armado con un revólver que tenía un defecto, debía correrle el tambor después de cada disparo. Manso y otro pibe de la 25 lo secundaban con dos revólveres.
Andaban en un Falcon verde. Los Toritos y su gente se habían reagrupado en la cancha del barrio jugando al fútbol, como si no sospecharan que ellos iban a volver por Simón. Gambeteaban con un ojo en la pelota y el otro en la calle. Javier se bajó antes del auto y caminó hacia el campito. En el auto avanzaba más atrás el Cabezón. Cuando aparecieron desde el extremo de la calle salió el Falcon rojo de uno de los Toros. Javier les vio las armas fuera de la ventanilla. Les disparó dos veces. En la cancha los jugadores corrieron a sus Itakas. Habían preparado un arsenal.
A Manso y al otro de un escopetazo les bajaron el vidrio trasero del Falcon. Javier corrió hacia el cementerio. Alcanzó a andar unos diez metros entre las tumbas. Y se tiró detrás de una lápida. Las balas repicaban en el mármol, en las criptas vecinas, pasaban cerca de Javier pero no le dieron una sola vez. “Le tiré al Toro un par y ahí ellos se escondieron. Como dos o tres les tiré y se quedaron en el piso.” Javier pensó que nunca podría escapar hasta que se dio cuenta que estaba ante la tumba del Frente. Pasaron eternos segundos hasta que, contra un alambrado al costado de la salida a la calle, detectó una bicicleta como puesta allí para él. “Corrí, manoteé la bici y salí.” Pedaleaba desesperado pensando en el milagro que volvería a agradecer a su amigo muerto cuando vio a los patrulleros con las luces y las sirenas encendidas. Se acercaban levantando polvo para reprimir el tiroteo. Así que, para colmo, por si lo paraban, tuvo que descartar el revólver en unos pastizales. Al día siguiente, con Simón en el hospital recuperándose de los tres tiros en las piernas, volvió a buscarlo.

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Vidas de pibes chorros - Capítulo 5

Al fin y al cabo no era la primera vez que Matilde enfrentaba el devenir sola. En definitiva casi había nacido con ese destino: vino al mundo un día de 1957 en Mar del Plata y su padre biológico, agente raso de la policía bonaerense, murió asesinado por un malevo cuando ella aún no había cumplido un año. Por eso Matilde y su hermano mayor dejaron la ciudad para instalarse en el pueblo de la familia materna, Chillar, cerca de Azul. Allí por lo menos su madre podría trabajar de planchadora en la tintorería de unos tíos. Y mientras ella se ganaba un salario, los abuelos maternos y los tíos criaban de a turnos a los chicos. Matilde recuerda esa infancia de provincia como una etapa feliz. «Ellos incluso me mandaron a jardín, nunca me faltó nada.» Cuando tenía siete años su madre conoció a su segundo y todavía marido. Y al poco tiempo se mudaron todos a Olavarría donde él era operario de la fábrica de cemento de Amalia Lacroze de Fortabat. A Matilde y su hermano no les faltaron los zapatos, los dos fueron al secundario a sendas escuelas religiosas de Azul, adonde los llevaban cada día en carros tirados por caballos. Matilde marcaría en su vida una curva que iría, por demasiadas razones, de aquella niña mimada a una mujer al frente de un hogar de seis hijos mantenidos con el trabajo de juntar cartones en carros similares a los de antaño.
Hasta los quince estuvo con su madre y su padrastro, con quienes no recuerda mayores conflictos. Pero después de su maravillosa fiesta de quince, Matilde recibió la pésima noticia de que se venía un hermano en camino. Fue mujer y eso lo hizo un ser aún más detestable, reconoce, autocrítica después de treinta años. Luego, para colmo, vinieron los mellizos. Hacia los dieciséis, los gritos y las peleas con el hombre al que finalmente le decía papá fueron insoportables. Hizo todo lo posible para marcharse, para no vivir un segundo más en compañía de esa competencia intolerable de hijos legítimos. La única alternativa fue ingresar como niñera de una pareja de médicos de Olavarría: prestó servicios durante tres años, de los dieciséis a los diecinueve. Y otra vez volvió a sentirse ahogada. Quiso visitar a su abuelo materno en el pueblo, no la dejaron, y decidió renunciar. Encontró ayuda en una prima casada con un gitano de Mar del Plata. Para allá partió Matilde, sin saber que ella también terminaría enredada con un amigo de la pareja, también gitano. Ella se dejó llevar. Él se enamoró. Matilde tiene unas fotos maravillosas de esa época, donde ella es una reina pop con el pelo lacio y los ojos más verdes de la costa. «El problema es que según sus tradiciones cuando un gitano se enamora no hay otra salida que el casamiento, y esa idea de quedar prendida para siempre a mí no me gustó nada, así que pronto me escapé.» Partió para Morón, sola otra vez, hacia la casa de otra familia de la comunidad. Allí se quedó hasta que a los dos meses supo que no sólo su novio gitano, sino también su suegro, llegarían a buscarla. Decidió entonces apurar los planes que en secreto había logrado hacer con la dueña de casa como cómplice: huir las dos del casamiento obligatorio hacia el Tigre, donde las refugiarían en la casa de los parientes de la otra.
Llegó a vivir a la villa Garrote. Hacían la digestión de la segunda cena cuando al rancho de Tigre llegaron los hombres de la familia despechada a buscarla. «Ellos iban a pelear a morir para recuperar esa presa que se les había escapado. No teníamos salida, era por la fuerza o nada, así que a mí me hicieron saltar por el rancherío del fondo.» Cruzó un cerco como una valla de competición y se refugió a la orilla de un brazo del río Luján. No era profundo pero ella no se animaba a meterse en el agua sucia del riacho por el pánico a las anguilas. Un buen muchacho que la vio le tiró un tronco como si fuera una capa de antiguo caballero y Matilde cruzó hasta la otra orilla.
Su amiga no alcanzó a escapar. Tuvo que volver con los gitanos. Ella se quedó a vivir en el rancho de los familiares ajenos. Fue durante la mejor época de la murga en la historia de la zona norte. Por aquel entonces ardían cada verano los carnavales que sobre la avenida Avellaneda hacían bailar a todo Virreyes y aledaños. Fue en esas fiestas donde conoció a Mario Fuentes, un joven lleno de alegría que tocaba una guitarra con la que se paseaba por los patios veraniegos y los asados. Así se enamoraron; escuchando y bailando los Wawancó, Los Iracundos, Julio Jaramillo y Rosamel Araya.
Ocho meses anduvieron de novios. Hasta que Matilde quedó embarazada de Estela. Se amucharon en la casa de los padres de él y pasaron varios años hasta que nació Javier. Era un bebé cuando Fuentes comenzó a ver a otra mujer, a la salida de su trabajo como apilador de maderas en un aserradero. Matilde nunca fue una chica de humores apagados. Así que “la otra” trajo a la pareja el conflicto permanente. Él comenzó a beber más de la cuenta. Estaba borracho el día de la última pelea, el día en que ella se cansó. Él levantó la mano para azotarle la cara. Ella le hincó la tijera cerca del pulmón. Dejó a los chicos durmiendo y marchó a la Otero.
La Otero es la comisaría de San Fernando donde luego sus hijos estarían más de una vez presos. Allí se animó a hacer la denuncia por golpes, aunque ya estaba embarazada por tercera, vez. Esperaba a Manuel. Dijo que tenía miedo, pidió que la acompañaran a su casa. Fueron en una estanciera azul, se acuerda ahora Matilde. Apenas ella entró al rancho, Fuentes se le tiró encima como un animal herido y furioso. En el corto tiempo que ella había demorado en denunciarlo Fuentes se había tomado un litro de vino. Lo inmovilizaron entre varios y lo esposaron para llevárselo. Los chicos se despertaron con los ruidos. Estela recién aprendía a caminar. De la mano llevó a un policía hasta el cajón de la cómoda donde sabía que su padre escondía un arma cargada.
Matilde tardó apenas unas horas en trasladar lo poco que tenía a la casa de una vecina evangelista. Con su último sueldo de obrera en una fábrica compró los pasajes para volver a Olavarría a la casa de sus padres. Pasó casi todo el embarazo de Manuel acompañada por su familia, y el niño nació casi con la democracia, en la ciudad cementera. Fuentes se enteró, y no tardó en llegar escoltado por su propia madre y una cuñada, a buscar a su mujer y sus hijos. Se reconciliaron. Volvieron todos juntos a San Fernando. El romance duró lo que les llevó el primer enfrentamiento. Volvió a abandonarlo y en uno de esos veranos, en el carnaval de la calle Avellaneda al fondo, conoció al Pájaro Miranda. Él sería el padre de sus otros dos hijos, Daniel y Gonzalito. «Decidimos casarnos legalmente y para cobrarme lo que Fuentes me había hecho lo anoté a Manuel como hijo de Miranda. Fue una venganza”, confiesa Matilde.
Entiendo entonces por qué Manuel siempre me ha dicho que se lleva bien con su padre legítimo y que quiere recuperar su apellido, que ha intentado hacer el trámite del DNI. Entre el Pájaro y él nunca hubo sonrisas. Su padre Mario, en cambio, le despierta todas las simpatías: “A mi viejo lo sigo viendo, está todo bien, voy a la casa de él, nos llevamos bárbaro. Él es ayudante de albañil y además anda con los gallos, con los pájaros. A los gallos los cría y los hace pelear, los demás apuestan ‘y levanta la plata cuando gana el gallo de él”. Cuando Matilde se juntó con Miranda, Fuentes quiso recuperar a sus hijos, especialmente al primer varón, Javier. Matilde decidió hacerlo desaparecer del barrio: lo mandó a Olavarría. Javier vivió con un tío entre los tres y los siete años. Javier tiene un recuerdo de ensueño de ese tiempo provinciano. “Yo me acuerdo que tenía zapatillas, que tenía guardapolvos, que iba a la escuela, después tomaba la leche, salía a jugar un rato, hacía los deberes y a las ocho y media adentro, nada de andar en la calle.”
Fue avanzada la década del noventa cuando la historia de los Fuentes y los Miranda comenzó a complicarse. Hasta ese momento sostenían la casa con el sueldo de Matilde como operaria y el de Miranda que era vigilador privado y carnicero. La fábrica cerró y Miranda pronto también perdió los dos empleos. Fue la imaginación de una vecina la que les dio una alternativa. Se le ocurrió que podían comprar rejillas, trapos para lavar, a bajo costo, para revenderlos como ambulantes en las barreras de los trenes, desde Congreso hasta Sucre, en el barrio de Belgrano. Era otra época, vendían casi todo lo que llevaban hasta la Capital. Y como volvían con las manos vacías se entusiasmaban en revisar lo que los nuevos ricos y las clases medias beneficiadas por el primer impulso del menemismo tiraban a la basura. Eran épocas de recambio de muebles, de accesorios del hogar, de electrodomésticos. Ellos hurgaban en esas sobras. “Volvíamos cirujeando, al comienzo como una diversión, para aprovechar, y después ya para vivir de eso.” Matilde y sus hijos fueron de los primeros que en la villa San Francisco, cuando la calle Sarratea todavía no era calle y los ranchos se desparramaban por el campito que da ahora a un depósito, tuvieron caballos y carros para salir a cirujear. Al frente, mirando hacia lo que queda de la villa después de la urbanización, Matilde tenía el rancho, con dos piezas. Sobre los fondos había una caballeriza que más tarde se transformaría en la entrada secreta para los pibes al escapar de los tiros de la policía.
Matilde y sus hijos estuvieron en las primeras filas excluidas, desempleadas, puestas en crisis por el menemismo, cuando la devastación para las clases medias y hasta para las medias bajas se veía como un imposible tras la fortaleza imbatible del uno a uno. Cuando empezó el trabajo de ciruja dejaba como para comer, pero nunca, cuenta Matilde, para esos gustos que sus chicos veían en Belgrano darse a los hijos de las clases “pudientes”. Javier, Manuel y Simón fueron dejando la escuela a su turno cada uno. Nunca habían sido los más tranquilos. En la escuela los chicos mostraron sus personalidades. Manuel siempre más callado, a un costado, sin usurpar el protagóñico que quedaba, en principio, para el mayor. Javier, el más grande, cuando regresó de Olavarría se convirtió poco a poco en un referente de las travesuras escolares. Eran muy parecidos, más parecidos que hoy, y las maestras se confundían al culparlos por los pequeños hechos de sus tardes escolares. Era común, recuerda Matilde, que los chicos fueran juntos a la dirección, y que volvieran a casa con la oreja roja de los tirones. Sentados ante las autoridades eran obligados a confesar, como si fueran mellizos, cuál de ellos había sido el del lío a sancionar. Nunca consiguieron que se traicionaran, pero podría decirse con seguridad que esa instancia de sanciones fue la que después vieron repetirse a lo largo de la adolescencia, bajo la forma de la justicia de menores que tanto tiempo los mandó a encerrar. Pero eso fue apenas un poco más tarde, cuando Javier, Manuel y Simón ingresaron, casi sin preámbulos al asalto a mano armada que les daría dinero como para vivir ellos también, a su manera, la fiesta que los sectores más acomodados vivían a pleno con el gobierno de la corrupción, el tráfico y el robo a gran escala.

A la semana de haber conocido a Simón teníamos una cita para volver a vernos y sentarnos a hablar con tiempo. Faltaba un día para el encuentro. Era temprano. Me desperté con el sonido del teléfono. Dejé que atendiera el contestador automático. Entre sueños escuché la voz de Sabina Sotello: «Habla Sabina para dejarte el mensaje, de que... lamentablemente el hijo de Matilde tuvo un accidente, está muy mal, está en un coma profundo, en terapia. Y bueno, están tratando de que Simón pueda venir del instituto a ver al hermano, así que lo vas a encontrar muy jorobado. Llamame más tarde, un beso”.
Pensé en Manuel, en libertad desde marzo. Temí que lo hubieran herido en un tiroteo, que hubiera roto la promesa de no regresar al delito. Más tarde me explicaron lo que había pasado: Daniel, el cuarto hijo de Matilde, de catorce años, volvía en el tren blanco asignado a los cartoneros para viajar desde la capital a la zona norte, cuando se asomó por una de las ventanas sin vidrios del vagón para ver si la próxima era la estación donde debían bajar. Fue un segundo: le estalló la cabeza contra una viga de hierro. Iba con Javier: alcanzó a sostenerlo, arrancándoselo a las vías y las ruedas del tren. El vagón iba como siempre lleno. Los que vieron el golpe, o lo escucharon, desesperaron para que frenaran. Estaban a punto de pasar por la estación de San Isidro. Pero el tren blanco sólo se detiene en algunas estaciones. El maquinista no quiso escuchar los gritos (“Frená hijo de puta, frená te digo!”), ni los golpes de los carros contra el piso del vagón. El tren siguió la ruta de siempre y Javier tuvo que esperar a que pasaran la estación de Béccar y llegaran a San Fernando para pedir una ambulancia. “Lo apoyamos en el piso, todavía está la marca de la sangre en el andén”, cuenta. La ambulancia tardó veinte minutos más en llegar. El único de los hijos de Matilde que no había pisado el camino del delito agonizaba por culpa un golpe de la misma exclusión que había provocado todas las balas de las que se salvaron sus hermanos.
Al día siguiente partí temprano a San Isidro. Simón tenía una audiencia en los tribunales y sabía que su familia pediría que le permitieran visitar a Daniel en el hospital de San Fernando. Fue un largo esperar en los tribunales varios trámites que Matilde y su hijo fueron haciendo en diferentes pisos y oficinas del edificio: Simón estaba en la calle desde la noche anterior porque le avisaron apenas su hermano entró en neurocirugía. No había querido volver al instituto. Su madre había pedido firmar un documento responsabilizándose de cualquier intento de fuga de su hijo. “Yo no voy a ser tan gil de querer escaparme cuando mi hermano esta así. Es solamente porque queremos estar en familia. Si yo quisiera ya me hubiera fugado, doctor”, le dijo al empleado judicial con el que habló. Su madre también pidió por él: “Tiene derecho a estar cerca en estos momentos. Su hermano iba en el tren blanco...”, alcanzó a decir, pero volver a reiterar el momento del accidente le hizo brotar las lágrimas. El muchacho que la atendía y que la conocía por sus tres hijos hacía seis años le dijo que no era necesario. Que podía evitar el episodio. «Vayan tranquilos.”
Mientras ella avanzaba en cada oficina, Simón me contaba su último robo, el que un viernes de junio del 99 ni siquiera llegó a comenzar, a un costado de la villa 25. Estaba con otro pibe y con un ladrón mayor de edad con quien solamente él, el Frente y Manuel, de entre todos los pibes del barrio, estaban habilitados para salir a robar. Eran las siete de la tarde. Parecían ratones encerrados, intranquilos, dando rodeos y saltitos sobre esas zapatillas con aire, circulando por los pasillos del rancho de uno al del otro, oteando cada tanto si afuera rondaba “la gorra” que podía llevárselos en cuanto los registrara por portación de armas de guerra. Como se retrasaba la partida, reconoce Simón, le dieron “un par de cañazos a un par de pibes de Aviación”, que es una villa de 202 y Panamericana, cercana a Don Torcuato. Con esos pocos pesos se fueron a comprar a un kiosco. Pasaron frente al rancho de una vecina amiga. “¿Cuándo vas a venir a tomar mate?”, preguntó la mujer. “Ahora vengo, ahora vengo”, le dijo él.
Caminó hacia la calle, y apenas dobló la esquina sólo supo que se caía, que volvía derrumbarse. “Pá! ¡Pá! ¡Pá!”, dice ahora que escuchó retumbar cerca. Disparó por reflejo contra la oscuridad, apenas unos tiros porque atinó a saltar con toda la fuerza que pudo hacia la casilla de una vecina, buscando refugio. Sintió, apenas caer, el calor de la sangre en la panza y en el brazo. Y que se venían encima, sin poder evitar quedar indefenso. La vista se le nubló, sintió que se le confundía la geografía del rancho, que ya no veía a la dueña de casa que les pedía llorando a los polis que no lo fusilaran.
—Váyase, porque a usted también la bajamos! —le decían los de la Brigada de San Isidro a la mujer.
Hasta que no sintió las esposas apretándole las muñecas, Simón no supo que eran uniformados que lo buscaban sin ánimo de fallar. “No veía nada, veía todo nublado, y me ahogaba con la sangre. Para colmo cuando ya me tenían en el piso uno me puso el fierro y me gatilló en la nuca.” Como el tiro de gracia no salió entonces con la misma pistola le dieron un “cañazo”, para partirle la cabeza.
—Yo sabía que iba a arrancar! —decía un policía, contento porque Simón había respondido apenas escuchó las balas y entonces había dado lugar a la ráfaga con la que atacaron.
—Yo sabía que iba a arrancar! —festejaba otro.
Con evidente alegría se lo llevaron. Pero no fue en una ambulancia que lo sacaron de la villa. Lo subieron a una camioneta. Faltaba el castigo del camino, una secuencia que suele repetirse: los policías comparten los golpes que dan como si se repartieran parte de un botín, como si cada culatazo, cada trompada o patada fuera parte de un botín simbólico que también dividen. “Ya me entraron a pegar. Y se iban rotando. De repente paraban y el que estaba manejando se pasaba para atrás y me pegaba. Cuando se cansaba pasaba el otro y así se iban desquitando.” Hasta que cuando estaban cerca de unas vías uno de los policías gritó:
—Ahora vamos a matarlo!
Simón pensó que hasta ahí había llegado. Que por la golpiza, o ajusticiado en el medio de la nada, lo eliminarían. Hasta que escuchó:
—No! ¡Dejá que este puto se muere en el hospital! ¡Este no vive más!
Cuando llegaron al hospital lo pusieron en el piso de la guardia, hasta que los médicos lo trasladaron a una camilla. «Después no me acuerdo más nada. Lo único que me acuerdo es que vino un señor, un enfermero que me dijo: ‘Negro, quedate tranquilo que Dios te ama’, y me palmeó la espalda.”
Cuando Simón terminó de hablar de esa noche casi fatal, y porque el consuelo del enfermero me hizo recordar al Frente y los poderes de salvación que muchos le otorgan, le pregunté si había pensado en su amigo, ahora convertido en un pequeño santo. “Yo estaba ahí, y te digo la verdad, yo estaba mal, yo estaba muerto. Me dieron dos”, dijo él y me mostró la marca del tiro en el brazo y levantándose la camisa a cuadros la cicatriz que le quedó cinco centímetros abajo del esternón como si fuera un ombligo deforme y no el lugar por donde pudo haber entrado la muerte.
— ¿Cuántos tiros tenés en realidad? —le preguntó su propia madre.
—Ocho —le contestó él.
—¿Te han quedado balas en el cuerpo? —quise saber.
—Y... la que tiene en el hígado —contestó Matilde.
Ese día —con Daniel en terapia intensiva— Matilde y Simón, Estela, Javier, Manuel, y buena parte de la villa no habían dormido. Cuando los vi en los tribunales Matilde tenía los ojos rojos y la piel de Simón era de una palidez rusa. A Daniel lo habían operado la noche anterior. Habían sido tres horas de espera. Matilde había tenido que firmar un documento antes de la cirugía en el que asumía la responsabilidad de que algo fallara: “El papel decía que podía quedar inválido, o vegetal, o ciego, o directamente morirse”. Matilde dice que ella no quería firmar, que se sentía confundida, no lograba razonar si era correcto asumir el riesgo pero tampoco encontraba alternativa. Lo miró desde sus ojos verdes hermosos a los ojos verdes hermosos de su hijo mayor, y Javier bajó los párpados diciéndole que sí. Los rezos se multiplicaron en la villa. Hubo quienes partieron a la tumba del Frente Vital a hacer por la vida de Daniel las ofrendas que casi siempre son para pedir que las balas de la Bonaerense doblen; hubo otros que prendieron velas en sus casas; muchos pusieron lo único que tienen, el cuerpo, para acompañar en la incomodidad de la sala de espera a los familiares.
Sin que mediara plan alguno, en el primer piso del hospital se fue armando una ranchada: durante los días siguiente jamás hubo menos de cuatro personas haciendo guardia por las malas noticias. Y a la hora de las visitas llegaron a juntarse hasta veinte. Ninguno de los hermanos de Daniel, ni su madre, pueden contar cuántos fueron los que los acompañaron. Entre ellos conocí esa tarde a tres mujeres que eran cruciales en la vida de Simón: “la abuela” Marga y sus hijas Emilia y Graciela. Marga no era en realidad su abuela, sino que en la villa la conocían así, como “la abuela”, y en su casa había vivido Simón los últimos meses que estuvo en libertad. Emilia era la madrina de Simón, y la primer mujer de Mauro, el ladrón de códigos que ofició de maestro del Frente Vital. Graciela era la madre de Facundo, el cuarto miembro de la banda cuando eran un grupo inseparable de corridas, robos, fiestas y aguantes. Supe entonces que Marga era además la Mai umbanda del barrio. Cuando nos presentaron me invitó a su casa.
Entre los trámites que Matilde había hecho en tribunales, además de conseguir que una jueza autorizara a Simón a no volver al encierro del instituto duránte algunos días, había pedido que el estado provincial asumiera los gastos de la internación de Daniel. Apenas había reunido el dinero para comprar los pañales que necesitaba. Era fin de mes y tampoco yo tenía un centavo para ayudar. Lo mismo le pasaba a la mayoría de los que se acercaban a poner el hombro. Lo único que no había faltado, contaban en la sala de espera, eran los cigarrillos. Pero comida no había. El hambre tampoco se había hecho sentir aplacada por la angustia, la ansiedad y los nervios. Esperamos todos a que llegaran las cinco de la tarde, la hora de la única visita diaria a los pacientes de terapia. Yo no sabía por qué motivo tenía que entrar, pero como si cayera de maduro que así debía hacer, Estela y Matilde me indicaron que me pusiera en la fila. En un pasillo interior se amontonaban los familiares de los enfermos: caras desencajadas, murmullos sobre los últimos diagnósticos, el silencio hospitalario quebrado por el respetuoso sonido de la pena. Entramos de a uno.
Matilde salió después de diez minutos. Fueron entrando los hermanos. Simón estuvo apenas unos minutos. Luego me confesó que no pudo, no supo qué hacer allí, al lado de esa cama alta, ante el cuerpo empequeñecido de Daniel conectado a todo tipo de tubos, sondas y máquinas, con la cabeza hinchada como un fruto demasiado maduro. A mí me pasó lo mismo. Nos habían dicho que podíamos hablarle, que quizás nos escuchaba. Era imposible reconocer en él la cara del chico que había sido. Atiné a decirle que lo amaban, que afuera había tanta gente como la que nunca había imaginado podía visitar a un enfermo.
En la sala de espera, los vecinos y los parientes le preguntaban a Simón por el estado de su hermano:
“Depende de él”, les contestaba a cada uno. Y ante cada nuevo personaje que llegaba se repetía la escena: el personaje saludaba a Matilde, a Estela, a Manuel; a Javier, y se quedaba en un rincón en silencio. Hasta que alguno de ellos les decía “este es el Simón” y entonces caían en la cuenta de que era el chico internado en el Almafuerte que allí estaba, tan cambiado, al final de su adolescencia, después de dos años y tres meses. Simón disfrutaba de ese desconcierto que producía. Y apenas los saludaba les largaba frases irónicas sobre su estado físico. “Qué hecho mierda que estás negro, eh!” O:
“Qué gorda que estás Mary!”. O: “Qué viejo que estás vos, eh! “. Simón estaba, sin haberlo imaginado, a raíz de la tragedia de Daniel, volviendo al barrio. Y desde esa sala de hospital comenzaba a percibir los cambios ocurridos durante su internación. Nos quedamos allí durante una hora más. Hasta que Simón quiso ir a bañarse a la villa para volver a la guardia permanente frente a la terapia intensiva del hospital.
Llegamos al barrio en un remise y no fuimos a la casa de su madre sino directamente a la de la abuela. Matilde y Estela pasarían más tarde por ahí: tenían que ver a la Mai para pedirle que intercediera por la vida de Daniel.
Yo no sabía que era la primera vez que Simón volvía a pisar el hogar que había tenido que dejar. En la mesa de la cocina estaban sentadas Emilia y Graciela con el televisor encendido en el programa de Moria Casán. En la pantalla se peleaban una morocha y su sobrina adolescente acusada de haberle robado el marido en sus narices. “Mi bebé ya tiene cara de grande”, le dijo Marga a Simón acariciándole el mentón. Las mujeres parecían felices de su regreso. Como si se tratara de una ceremonia fueron deshilvanando recuerdos de cuando Simón estaba en la calle y les alegraba los días. “Es que vos viste que Facundo está ahora adentro. Bueno, cuando empezaron a caer por ahí caía mi sobrino y nosotras nos aferrábamos todas de Simón, que había quedado afuera”, contó Emilia, la peluquera de rubio intenso y pelo corto: había sido la mujer de Mauro cuando eran adolescentes, y luego se juntó con otro ladrón de carrera que continuaba preso en Olmos por un robo nada menor. “Viste cómo es. Tanto esperar para que saliera y al final estuvo un par de semanas en la calle y ya volvió a caer.” Graciela, una mujer más delicada que su madre y su hermana, recordó: “Yo ya lo conocí atorrantón. Facundo tenía unos quince y él era un poco más chico. La primera vez cayeron acusados de robar una bici, una historia que una vieja de por acá inventó. Cuando fuimos a la comisaría con Matilde y lo vi esposado me quería morir. Porque al principio yo no sabía cómo hacer, después uno se va entrenando y se va acostumbrando”.
Aquella vez Graciela fue a rescatarlos de la seccional con Matilde, que para entonces ya estaba entrenada en el combate con la policía cada vez que alguno de sus chicos iba preso. “Traeme a la que denunció!”, le gritaba Matilde a un oficial. Graciela dice que la sorprendía cómo Matilde podía discutir y defender a su hijo frente a la policía. Fue junto a ella que aprendió. A partir de aquella bicicleta que no habían robado, nunca dejarían de ir presos cada semana, cada dos. “En todas las causas caían juntos. Hasta se hacían llevar cuando uno había zafado para estar con los otros.” Simón se ríe de que sí, de que una vez fue él mismo el que le pidió a los de la comisaría de Pacheco que lo metieran preso. “Eh, oficial, pero yo robé con ellos. Lléveme, le decía al chabón. Y él: ‘Que no, pibe, vos tomátelas, no estás en ésta’. Y yo: ‘Pero mire que yo estaba ahí, y si no robo ahora y me lleva, dele’. Tanto lo jodí que al final me dijo: ‘Bueno, querés ir adentro, vení’.”
Le iba. a hacer una entrevista a la abuela. Ella daba vueltas por la cocina preparando algo en una botella cuadrada recubierta de pársec y llena de chucherías, de amuletos y cadenas, diminutas formas en arcilla, cascabeles. Esperaba a una mujer que tenía cita con la Mai y no llegaba. “Si usted no está apurado, me puede esperar, porque yo primero tengo que hacer un trabajito”, dijo y desapareció por un pasillo vestida con una remera blanca y una pollera larga con volados. “Es que está por venir la Africana”, comentaron varias veces Graciela y Emilia mientras hacían girar la ronda del mate. Pensé que había alguien a quien le decían así. Simón pidió un papel y lapicera, Se puso a escribir una carta a Facundo, su más entrañable amigo preso. Mientras las mujeres y yo seguíamos hablando del tiempo ido y del espectáculo de Moria Casán, dos nenas jugaban entre el patio y la cocina riéndose de algo que no terminaba de comprender. La abuela trabajaba en la habitación contigua en algo. No sabía en qué, aunque sospechaba que era una ceremonia Umbanda.
Desde la habitación comenzaron a llegar frases en portuñol dichas con una voz mucho más cascada que la que había escuchado recién en la abuela. Descubrí girando en la silla que lo que separaba la cocina del otro cuarto era sólo una cortina blanca colocada a manera de muro. A través de la tela levemente traslúcida se distinguía la silueta de Marga con su abultada y larga pollera de Mai. Se había puesto además un sombrero de paja, con la forma de una capelina deshilachada, que había llenado de flores secas, pañuelos y talismanes. Acomodándoselo cada tanto con las dos manos, como una campesina graciosa, se movía con agilidad frente a un altar atiborrado de santos de yeso y velas encendidas. «Procure o minino”, decía de repente. “Vocé no sabi qui é el amor de muiher”, escupía. Afuera la tarde luminosa desaparecía poco a poco. Por la puerta de la cocina se podía ver el patio con unas sillas oxidadas alrededor de una vieja mesa de jardín y más allá la línea del horizonte sobre un descampado. El crepúsculo daba lugar a las luces pobres de la villa. Simón terminó su carta, unos párrafos gordos de letra prolija, y llegó Chaías, a pedirle una cura a la Mai. Los invitaron a pasar al templo. Y luego a mí. La Mai hablaba en portugués con la propiedad de un turista que recién llega a Florianópolis, pero con la soltura de una niña que se divierte haciendo jugar las palabras para darles siempre el tono indicado para el personaje que encarna al jugar con sus muñecas: una mamá mala, severa, una abuelita dulce y buena. La Mai no era otra que la abuela de hacía un rato pero poseída ahora por el espíritu de “la Africana”, una viejecita llena de picardía.
Al salón no se accedía por la cortina, sino por una puerta en un pasillo lateral. Apenas entrar y allí estaba la Mai junto a Graciela, que dulcemente se ocupaba de traducir sus frases, sus preguntas. Y de explicar los códigos al novato. Ce La Mai dice que podés preguntar algo, pedir por algún problema.” No supe qué contestar. “La Mai dice que puede ser que haya personas malas a las que les hiciste daño que quieren hacerte mal ahora a vos.” Entonces la Africana dijo que podía hacer algo por la supuesta venganza si conseguía siete piedras de colores y una larga lista de ofrendas. “La Mai dice que después mi mamá, la abuela de Simón —la dueña del cuerpo poseído por la Africana—, te va a decir bien qué es lo que necesitás para que ella haga un trabajo de protección.” La Mai volvió a interesarse en Simón, su preferido. Simón buscaba complicidad en las mujeres de la casa para que lo alentaran a volver a ver a Mariela, la chica que fue su novia hasta que la estadía en el -Alma- fuerte se hizo demasiado larga. Después de tanto tiempo Mariela ya vivía con otro. Por la tarde, en el hospital los otros pibes de la villa 25 hablaban de un hipotético tiroteo entre estos dos rivales amorosos. Resultaba hasta tierno escuchar los murmullos sobre esa historia de amor porque no había quién tomara partido en el asunto: sobre todo viéndolo a Simón, que lejos de parecer agresivo, era un chico de mirada descansada, una especie de pichón en un cuerpo desarrollado. La Mai, en ese sentido, era una de las más terminantes. Como abuela, antes de incorporar el espíritu, sin sombrero pernambucano en la cabeza ya le había dicho a Simón: “No podés!”. Y él, agarrándose la tela de la camisa ancha sobre el pecho, agachando la cabeza en signo de constricción, le había contestado:
—El corazón lo tengo que pegar con cintas, todavía.
Y la abuela, impasible, para cerrarle la idea, en el lenguaje de los pibes:
—Ya fue.
Como Mai se lanzó a combatir esa esperanza en Simón, que no dudó en consultarla al respecto.
—Mulher fica como una putana. Mulher vai fifar con vocé y depois fazfa con outros mininos. Despois fica con outro homi. Muiher no sirve para corazao de vocé. Ela pogi traer problema para vocé.
Lo dijo con esas voces cascadas que supuestamente tienen las magas de nuestros pagos, algo así como la machi que aparece en Nazareno Cruz y el lobo, pero en ese portuñol nada fácil, único.
—Pero yo por lo menos quiero estar una noche con ella Mai, no me importa después.
—¡Si a vocé no importa vai! ¡Vai! ¡Vai ¡Vai! ¡Vocé es duro de matera! —dijo la Mai y con la mano al viento, hizo ese gesto que puede significar andate al carajo, o hacé lo que quieras, o me doy por vencido ante tu deseo.
Luego hicieron pasar a Matilde. Le besó la mano y le habló del niño agonizante. Fue hacia el altar, hizo un rezo, prendió una vela más y buscó entre sus cosas. Tenía repisas de donde sacaba más velones, collares, amuletos. Sobre una pequeña mesa había un frasco de colonia. Cuando llegó una octava persona —ya estábamos allí Simón, las dos nenas que seguían riéndose pero entre dientes, Graciela, Chaías, Matilde— la Mai nos hizo pasar al templo, o sea distribuirnos en las sillas que rodeaban el salón decorado en versión umbanda. La Mai había colgado de las paredes todos los objetos folclóricos que había encontrado y que le habían regalado a lo largo de una extensa carrera como médium umbanda. Sobre un lado había bombos del norte, sobre el otro sombreros mexicanos, y más allá máscaras de alguna tribu meridional. La Mai de pronto prendió un cigarro, un cigarro de verdad, al que en el extremo, como un toque de sofisticación, le colocó una boquilla. Cuando estuvimos todos sentados ella hizo lo propio sobre el piso. Como una niña, o como un niño vestido de niña, ella se acomodó la pollera arrepollada que se había hecho con una tela de un estampado geométrico pero sumamente pálido, y la puso entre las piernas abiertas en posición de indiecita. En las manos batía como si fuera una maraca la botella bañada en pársec. Cada tantas pitadas tomaba un trago.
A Matilde le recomendó que consiguiera una gallina «bermella o amarela”, pero que de ninguna manera fuera “preta”. “Una mulber que habita perto tua morada, ela tein muitas como la que vocé necesita”, instruyó la Mai. “Justamente —me comentó Matilde al oído—, en mi cuadra hay una vieja que tiene un montón de gallinas.” “Nosi preocupi, si e afanada, melhor”, dijo la Mai, en lo que creí que era el nudo de la información que sentado ante la Africana debía recibir.
Graciela quiso traducirla.
—La Mai considera que robar no siempre es malo. Porque cuando ella era una mujer africana hace cinco mil años atrás, su gente se alimentaba de cualquier cosa, de raíces, de frutos, y había quienes se los querían apropiar, entonces ellos robaban. Por eso es que no siempre es malo robar.
Graciela, una mujer muy suave, hacía esfuerzos por mantener el diálogo entre nosotros los creyentes y la Mai que por momentos se desbocaba. De pronto tomó un largo sorbo del licor, dio una pitada profunda a su cigarro y me miró, detrás del ala del sombrero:
—Vocé tein um problema.
La Mai, hizo, a partir de esa sentencia, un diagnóstico según el cual yo tenía enemigos malos a los que les había hecho daño, y estaba además agotado de escuchar historias sobre muertes, cargado. Después de ese dictamen, tras curar el cuerpo de Simón y de Matilde, lo hizo conmigo. Me paró descalzo en el medio del pequeño altar y comenzó a frotarme con velas de colores. Lo hizo con diez velas, que sucesivamente se fueron trizando a medida que las hacía rodar sobre mi ropa. Ella respiraba fuerte y en un momento se dio vuelta para mirar al resto que hacía de espectador frente a los acontecimientos.
—Muito forchi, muito cargado —dijo.
Tomó el frasco de perfume y echándoselo primero sobre las manos me restregó la cara, el cuello, las manos. La evaporación de ese aroma barato usado para la ceremonia me estremeció, y cuando salí de allí y volví a colocarme los zapatos Simón y Matilde me miraron y me dijeron que ya se me veía cambiado. Ellos, coincidieron, se sentían mucho mejor, se les había disipado el cansancio de no dormir durante dos días enteros esperando noticias sobre Daniel.
Nos despedimos y la Mai continuaba con su ceremonia. Atravesamos la frontera entre la villa 25 y La Esperanza: en la esquina de la casa del Frente Vital paramos a saludar a los pibes reunidos en la esquina porque entre ellos estaba el Pierna, el increíble apodo de un pibe grande sin piernas sentado en una reluciente silla de ruedas nueva. Nos saludó con toda educación y dejó que el porro que tenía en la mano se consumiera medio oculto por el doblés de los dedos quemándose por respeto a Matilde. El respeto en la villa es así: no importa que Matilde haya visto fumar a cientos, ni que sea obvio que no sancionaría nunca a alguien por eso, simplemente es la mamá de Simón y una señora. “¿Cómo está el nene señora?”, le preguntó el Pierna. “Sigue igual”, contestó Matilde y les contó sobre los abogados de la empresa de trenes que los visitaron en la sala de espera del hospital y de los otros que después aparecieron ofreciendo sus servicios especializados en accidentología y juicios civiles de resarcimiento. “Si los de la empresa le vienen a ofrecer dos mil, diez mil dólares, usted no acepte porque ellos van a tener que pagar mucho más”, le dijeron dos mujeres que le dejaron un volante a todo color promocionando su labor. “No le pegué porque estábamos en el hospital, pero les dije que si creían que ser cartonera era ser analfabeto o ignorante se habían equivocado. Porque yo sé muy bien lo que vale la vida de mi hijo y si hacemos algo en la justicia es para que haya justicia para todos, para que no le vuelva a pasar a otro más.”
Matilde no encegueció ante la agonía de su hijo. Como si un aprendizaje de años la guiara desde el día del accidente planteó como eje central de lo que había ocurrido la certeza de que sólo fue posible porque el tren blanco estaba hecho para los privados de todo derecho. El vagón en el que viajan pagando sin excepción cada uno su boleto es un desperdicio de los viejos trenes al que se le quitaron los asientos para convertirlo en un depósito de los indeseables que de otra manera molestarían con sus carros a cuesta a los pasajeros. Sin vidrios en las ventanas, sin luz, los vagones funcionan, al decir de los maquinistas, fuera de toda legalidad. “No deberían estar sobre las vías”, asumen. El tren en el que iba Daniel no frenó a pesar de los gritos de los cartoneros porque ni siquiera tiene freno de mano. Daniel chocó contra una estructura metálica que rodea la estación diseñada para que nadie pueda colar el cuerpo en el andén sin pagar el boleto.
Seguimos hacia la casa de Estela. En la esquina de su cuadra había otro grupo de pibes. Allí nos paramos con Simón. Sonaba en toda la cuadra una batería nada prodigiosa. Era el ensayo de alguno al que los pibes no le daban entidad. Pensé que podían ser los Jedientos del Rock, vecinos de Estela y Manuel, o Pablito Lezcano, el millonario que nunca se fue de la villa y se hizo construir un estudio de grabación en la casa de siempre. Pero cuando Simón preguntó balbucearon que era algún gil. Eran unos siete pibes amurados contra el paredón y una chica sentada en un cordón que pasaba con prolijidad la letra de lo que parecían canciones o poemas a una hoja en blanco. Entre ellos estaba el Chicote, un amigo de la familia de los que todos los días marcaban presencia en el hospital, un pibe más chico que el resto, que a los dieciséis alternaba el robo a mano armada con el box en el que de vez en cuando competía como peso pluma. “Te fui a esperar y no estabas”, me cobró porque acordamos temprano que lo entrevistaría en el hospital pero la ceremonia de la Mai me había cautivado hasta hacerme olvidar de él y del tiempo. “Vení, saludame, que ahora no saludás”, le disparó la morocha que escribía. Él no le contestó, la miró riendo y calló. Pasó un rato sin que nadie iniciara una conversación. Simón era casi el único que hablaba: “Mirá éste, qué grande que está, con arito y todo”, criticó a uno de los más chicos que se había desarrollado en su ausencia. “Y éste qué gordo que está.” Un flaco de pelo largo saludó a uno por uno y puso cara de quién sos cuando le estiró la mano a Simón. Simón disfrutaba de ese anonimato. “El chabón mira tipo quién es este nuevo”, se burló cuando el chico se fue.
Los dejé para avanzar media cuadra hasta la entrada al pasillo de Estela donde ella y Matilde charlaban con varias mujeres amigas. En la puerta de su casa estaba Elsa, una vecina a la que Simón saludó como tía. Nos quedamos allí como media hora. Repitiendo los comentarios sobre el estado de Daniel. Simón entró a la casa de Elsa a saludar al tío que estaba enfermo en la cama. Y Elsa salió de su casa con una fuente en la que había puesto algunas milanesas preparadas. Después volvió a entrar y trajo cuatro huevos frescos. El mercadito que le da fiado a Estela había cerrado. Nadie había mencionado el tema pero en ese momento quedó claro que lo que Elsa les regalaba era lo único que podrían comer esa noche. Matilde desapareció: en silencio, después de cuarenta y ocho horas sin dormir salió a hacerse de la gallina amarilla que le había sugerido la Mai que robase.
La casa de Estela es la última de un largo pasillo que se incrusta en la manzana como si fuera la entrada a una sola casa. A lo largo del sendero hay decenas de ranchos desde los que sale el ruido de los televisores, la cumbia a todo dar, el olor a guiso, las carcajadas que suceden a los chistes de siempre, algún insulto, el silencio. Estela es dueña de dos piezas de paredes descascaradas. En la cocina hay un televisor que estaba encendido en Pop Stars, el programa elegido por sus hijos de entre dos y siete años. Simón tomó el mando, se sentó frente al aparato y puso una película de canal de cine yanqui sobre una banda de ladrones negros que se eliminan entre ellos a medida que se acerca el final. “Yo en el instituto me la paso mirando películas, no paro”, me contó. Y después se puso a hablar de fútbol, de cómo le gustan los programas deportivos en los que los comentaristas se la pasan discutiendo.
Estela primero preparó el baño para Simón. Calentó el agua del calefón, le dio una toalla y le dijo que podía desvestirse en la pieza, que no se hiciera drama. Simón prefirió pasar sin desnudarse hasta el baño, y al cabo de unos minutos gritó con culpa que la toalla se le había caído al piso todo meado. Estela le acercó otra. Le dio un pantalón azul, nuevo, con bolsillos laterales. Y Simón se probó un par de buzos hasta qué uno lo conformó. Estaba pálido, más pálido que por la mañana. Tiene una piel blanca que ha empalidecido hasta dejar que se noten las venas como hilos azules en el costado de la sien. La cárcel, pero sobre todo los oscuros calabozos de las comisarías y los pabellones de los institutos de máxima seguridad, vuelven translúcida la cara de los reos. Al salir, ése es el síntoma más evidente del encierro del que vienen. Aunque no sea por eso que quienes ven a Simón regresar después de tanto lo desconozcan o lo miren como a un fantasma que no esperaban encontrarse otra vez caminando por las calles apagadas del barrio, tan sombrías como su rostro. Es simplemente que el tiempo que parecía muerto resulta inevitable al volver, irreparable en su repentina marca de la ausencia, del confinamiento, del exilio que significa la prisión.
Estela preparó las milanesas y armó con pan duro recalentado en una sartén sándwiches para todos, sus cuatro hijos y nosotros tres. A Simón y a mí nos tocó uno más grande que el de los niños, con un huevo frito como refuerzo. Fue la primera vez en el día, nos habíamos encontrado a media mañana, que comimos. A esa altura teníamos hambre, un hambre al que yo mismo había aprendido a controlar a lo largo de la jornada sólo con saber tajantemente que no había qué llevarse a la boca. Cenamos nuestro bocado con una lentitud que disimulaba nuestra voracidad. “¿Está bueno?”, preguntó Estela. Y rió ante nuestro atorado sí. “Bueno, más vale que no quieran más porque no hay.” Sin embargo nos sorprendió con dos últimos pequeños sándwiches de premio. Recién comidos salimos los dos otra vez hacia el hospital. Simón quiso pasar antes por la casa del Cachi, uno de los transas históricos de la villa. “Le voy a pedir unos pesos y vemos si nos da unos tiros. No tiene drama el chabón, siempre fue gamba”, dijo.
Hicimos apenas dos cuadras hasta lo de Cachi. En el camino no nos cruzamos con nadie. Las calles del barrio, lo profundo de los pasillos, parecían apenas una escenografía de la pobreza deshabitada. “Esto está muerto”, me dijo Simón. En la casa del transa nos atendió su mujer que sí reconoció a Simón sin hacerle un solo comentario sobre su regreso. “¿Querés hablar con el Adrián?”, le preguntó. Esperamos dos minutos en la vereda hasta que salió un hombre de cara consumida de unos treinta y cinco años mal llevados. “Qué hacés Simón, ¿cómo va?” “Acá andamos”, dijo Simón y comenzó un diálogo de rodeos y convenciones propio de dos personas que se vuelven a ver sin tener nada que los vincule después de años. Simón apuró el objetivo y sin preámbulos le pidió algo de dinero para tomar un remise hasta el hospital. «Sí, todo bien”, dijo el dealer y entró a buscar. Volvió y le dio diez pesos. Entonces, acodado contra la pared, hizo un diagnóstico crudo de la nueva vida en la villa. “Acá todo está muerto. No quedan ni ladrones”, lanzó. «Ahora por ahí se mueve algo, muy poco, pero no sabés lo que fue esto en enero y febrero... Nadie tenía un mango. No sé cómo hicimos para zafar.” “Pero la plata está en la calle”, dijo Simón, aferrado a la fantasía de volver a robar chalets de ricos que guardan efectivo en el placard. “No, eso fue. Ahora para colmo la gorra está más maldita que nunca. Hacen lo que quieren, te matan como a un perro. Digamos que la verdad es que tienen carta blanca, esa es la verdad.”
Fue tan lapidaria la descripción de la debacle en la villa en la que Simón había dejado los equipos retumbando cumbias día y noche que ni siquiera se animó a pedirle al dealer que le convidara un resto de cocaína para remontar el agotamiento. Cruzamos la calle hacia una remisería ubicada en los monoblocks cercanos. Fue en vano: no hubo manera de convencer al viejo cara de perro que atendía de que nos aceptara como pasajeros. No le sirvieron ni mis documentos ni mis credenciales de prensa. “Aunque yo les, pida ningún chofer los va a querer llevar”, explicó sin inmutarse al lado de una morocha llena de rabia que también sufría la discriminación de la sospecha. Tuvimos que buscar otra remisería donde finalmente nos aceptaron cuando el chico que atendía reconoció en Simón al mismo pibe que hacía años iba a su casa de visita. “Eh, ¿no te acordás de mí? Yo estuve en tu casa, mi hermano salía con tu hermana”, le refrescó. El pibe sonrió cuando terminó de ubicarlo. Y dejó de anotar el número de mi DNI en la planilla donde asienta a cada cliente desconocido. Subimos al auto de un chofer de todas maneras atemorizado. Pasamos antes de salir del barrio por la casa de la Mai. Habíamos quedado en que la entrevistaría. Bajé a despedirme. Era otra vez la abuela Marga. Antes de darme un abrazo me entregó un papel en el que había anotado todo lo que necesitaba para hacer el trabajo de limpieza y protección contra mis supuestos enemigos. “Diez velas rojas y blancas. Siete velas de cualquier otro color. Cinco metros de cinta bebé verde, roja y amarilla. Una lata de dulce de batata vacía. Siete piedras de diferentes colores. Siete claveles blancos y siete claveles rojos. Un ladrillo (robado).”

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Vidas de pibes chorros - Capítulo 6

Brian saltaba con los brazos abiertos, como una langosta pero sobre el mismo lugar, sobre sí mismo, golpeándose el pecho para mostrarle a sus vecinos armados para la guerra el blanco al que debían disparar sin asco. Brian, dieciséis años, el pelo corto y rubio, el torso de una criatura de doce, la cara palpitando como endemoniada por el efecto de tres días de pastillas y alcohol, saltaba tal como si estuviera en los tablones de una cancha, acompasado por el subir y bajar de cientos de hinchas. Pero aquel sábado por la tarde, con el sol cayendo sobre su figura, saltaba en realidad sobre el asfalto caliente de la calle General Pinto, semidesnudo, vestido sólo con el short de un equipo de fútbol; se golpeaba el pecho con la mano izquierda y hacía girar sobre el dedo anular el arma con la derecha. Frente a él, a lo ancho del asfalto, multiplicándose, lo insultaba la turba dispuesta a sacrificarlo. Los hombres de cada pasillo, los jóvenes y los veteranos, rescataron las armas de los roperos y del fondo de los cajones con ganas de liquidarlo. Ya habían soportado que le robara a doña Rosario, la abuela más anciana de la cuadra; que le quitara la bicicleta a una nena poniéndole el caño en la cabeza, y que asaltara a la mismísima madre del Frente Vital, para terminar queriendo fusilar al Rana por un exabrupto de poca monta. El Rana le había pegado a uno de los Sapitos, los únicos amigos de Brian en el mundo, y los miembros de una precaria banda de “ratas”, tal como llaman en la villa a “los que les roban a los vecinos y comen sin importarles de dónde rapiñan” el alimento o las drogas.
Cuando ese medio día llegué con el fotógrafo Alfredo Srur al barrio, Rodolfo, uno de los hombres de la casa contigua a la de Sabina estaba sentado en la puerta. Arreglaba con toda parsimonia el motor de una Estanciera. El barrio lucía radiante a pesar de la miseria y salía olor a frito de un par de ventanas. Varios chicos jugaban en el cruce de French y Pinto y se disputaba un picado con pocos jugadores en el descampado de la esquina, donde se luchó contra la policía bajo el aguacero. Pato, el hermano de Víctor, tenía franco en el supermercado, una excepcional circunstancia de ocio, y cuidaba el fuego de la parrilla dispuesta en la vereda en la que asaba dos pollos para el almuerzo. Pato ese día tenía un buen humor encantador y coqueteaba con una morocha adolescente de jean ajustado que entraba y salía del pasillo al costado de su casa. Ella apareció después de haberse paseado varias veces del pasillo a la esquina con un bife ancho en la mano que Pato accedió solícito a poner en la parrilla junto a los pollos propios, para aprovechar las brasas.
Después de almorzar con Alfredo, Chaías, Pato y Tincho, uno de mis guías durante las primeras incursiones, visitamos la tumba de Víctor en el cementerio de San Fernando. Pato llevó la bandera que hizo pintar para su hermano: el Frente sonríe dibujado como una caricatura. Y también las remeras en las que el ladrón le pisa la cabeza a un policía. Con los ojos desorbitados y la lengua afuera el bonaerense soporta el peso de su zapatilla de pibe chorro. Esa vez, con las camisetas puestas los chicos volvieron a hacer las ofrendas de siempre. Además de los sepultureros municipales que pasan los días refugiados del sopor caluroso del cementerio en una oscura oficina pegada al hall, al lugar lo custodian agentes de civil de la Policía Federal. Cuando conocí el santuario del Frente su madre me contó que apenas los chicos se empezaron a juntar alrededor de la tumba, a perfumar el aire mortuorio con el dulce sabor de la marihuana y a parecerse a una bandita desconsolada por la caída de su referente más generoso y altivo, las mujeres que solían ir a visitar a sus muertos cerca de la zona donde estaba enterrado Víctor, solían quejarse. “Allá hay una patota”, acusaban. Ese sábado los federales se mantuvieron a una distancia prudente, y como si ya hubieran estado acostumbrados, hicieron como que no nos veían. Nosotros tomamos una cerveza, fumamos un porro y nos volvimos después de que Alfredo Srur hizo las primeras imágenes de lo que sería un largo ensayo fotográfico.
Salíamos del cementerio por uno de los portones laterales y Tincho, el pelo largo, la cara afilada, la nariz que se cae de costado levemente como una hoja mustia, como una fosa nasal hecha de resma, me tomó del brazo, me lo cruzó en la espalda, y me pasó el suyo por el cuello haciéndome levantar unos centímetros los talones del suelo. Jugaba al ladrón conmigo como rehén de una ficción inspirada en la vida real, una non fiction propia, una recreación graciosa de su actuación mejor lograda.
—Tomemos rehenes! —dijo, y me empujó con la rodilla hacia la salida del cementerio.
Chaías, Pato y Alfredo se reían del show.
—¡Llamá a la tele, llamá a la tele! —lo alentó Chaías.
—¡Quedate quieto gil que sos boleta! —me escupió Tincho en la oreja—. ¡Las cámaras loco! ¡Traé las cámaras y llamá al juez! —ordenó a un imaginario negociador.
El consumo que comenzó cuando tenía doce años ha dejado en Tincho no sólo las marcas físicas sino, al menos en su manera de recorrer sus elecciones y su destino, una relación con el delito que considera casi imposible de quebrar porque no habría manera de sostener el gasto que le produce “el vicio”. Claro que después de horas de conversación distendida contra un paredón de la villa San Francisco, mientras en el potrero se disputa un picado dominguero y cruzando la calle una bandita baja cervezas como si fueran el agua de la eterna juventud, el consumo es un dato menor, absolutamente aleatorio a las condiciones de vida que llevaron a ese chico de diez años, perdido entre las calles y los vagones viejos de Retiro, a comenzar en el camino del robo. El robo, tal como era concebido en aquel entonces por Tincho, se trataba de la picardía heredada de uno de sus hermanos mayores, consistente en meter la pequeña mano de niño por las hendijas de los colectivos en una terminal de línea, para hacerse de la recaudación ante la distracción de los choferes. “Nosotros somos doce hermanos, mi vieja sola y a los diez tuve que salir a hacer lo que fuera, después de a poco aprendí a poner caño. Todo se aprende. Es cuestión de que el otro te crea que sos malo”, me dijo el día que lo conocí pasándose la mano por el pelo largo, volviéndoselo a acomodar en la espalda, repasando con la yema del dedo índice la napia, esa superficie perdida de cuerpo en la que podría comenzar una cartografía de su delincuencia.
De aquello ya habían pasado más de seis meses cuando ese sábadoTincho jugó a usarme de escudo humano, poniéndome en el lugar de sus víctimas, enseñándome que a pesar de nuestra creciente cercanía, más allá de la particular relación que íbamos construyendo entre mis preguntas y sus respuestas, yo seguía siendo un potencial asaltado, un civil con algunos pesos encima; y ellos continuaban siendo excluidos dispuestos a tomar lo ajeno como fuera para salvarse por unas horas, arriesgando el resto de vida, dando un paso en el que todo se puede ir al infierno. Tincho me llevó abrazado, maltratándome cariñosamente hasta la salida del cementerio en el que el Frente era apenas uno más de los amigos enterrados tras caer bajo la metralla policial o la bala vengadora de un pleito ridículo con un “atrevido” del barrio. «Acá vamos a terminar todos. Acá cuando vengo no paro de visitar pibes. Y siempre pienso: ¿dónde será que me va a tocar a mí?”
Sabina me lo contó por teléfono: “Un pibito de la villa me quiso robar anoche”. Ella volvía a su casa disfrutando del calor nocturno de enero. Caminaba tomada de la mano de Ricardo, el último hombre del que se enamoró en la madurez, después de esos matrimonios de los que tuvo que huir. El chico rubiecito los frenó en medio de la calle. Aferraba con las dos manos un revólver de caño largo. Le apuntó a ella pidiéndole que entregara la plata que llevaba encima: un robo de diez pesos, de veinte con muy buena racha.
—Hijo, ¿no me conocés? Soy Sabina, la mamá del Frente, quedate tranquilo —atinó a decirle, temiendo que se le disparara el arma sin querer.
Era Brian. Tenía los ojos expandidos de tanto aspirar pegamento y consumir pastillas de Rohipnol. La miró dos veces antes de darse cuenta a quién estaba apretando. Cuando distinguió su cara a pesar de la locura dejó caer las rodillas sobre el cemento y se puso a llorar.
—Perdóneme doña, perdóneme —le rogó con las manos en posición de rezo cristiano, pero sin Soltar el 32 cargado.
—Está bien Brian, tranquilo, tranquilo, no pasa nada.
—Perdóneme por favor —dijo entre sollozos.
Sabina lo convenció de que bajara el revólver. Y él marchó con la cabeza gacha balbuceando unas disculpas incomprensibles con el arma bamboleándose en la laxitud de su mano descontrolada. La sinrazón que provocan las pastillas lo había llevado a querer asaltar a la madre del santo de los chicos ladrones, pero ni en ese nivel de desborde pudo abstraerse del pecado que cometía. Sabina me lo contó preocupada por esos chicos de la edad que tenía su hijo al morir; atrapados por el consumo, queriendo ganarse a punta de pistola los pesos necesarios para repetir la dosis y no bajar jamás de ese estado de euforia que dan más de dos pastas con vino. El Rohipnol es un fármaco antidepresivo de venta restringida que entró en las villas del conurbano en los comienzos de la década del noventa para no irse jamás. Al entrar en la villa San Francisco conocí las pastillas de la mano de Chaías y de Tincho: una larguísima tarde me explicaron cómo te dejan las «rochi”, como les dicen. La pastilla en esa época salía un peso. “Si te tomás una, te pega. Con dos, andá y piloteala, loco. A la tercera que te tomás ya no sos vos. Y cuando te quisiste acordar por ahí te mataste a piñas y te das cuenta al otro día.”
Brian lo conoció a Víctor Vital de lejos. Él era uno de esos que se le acercaban a pedirle para yogur cuando el Frente iba al kiosco de Pupi. Casi exactos tres años han pasado desde la muerte del santo y Brian puede haber olvidado muchos órdenes, todas las normas bajo el imperio del Rohipnol, pero no lo que significa tocarle la madre al Frente. La generosidad del Frente, ese derroche permanente nada sería si el mito no estuviera fundado también en el arrojo, que en él y su banda dejaron escenas memorables, reconstruidas cada tanto en el anecdotario inacabable de la villa. Y una de ellas es la venganza de aquella noche en que creyó que le habían matado a la madre.
Manuel salía de robar el supermercado que está justo debajo de las escaleras de los monoblocks, frente a uno de los transas de la villa 25.
—Che, le dieron un tiro al Frente —pasó a avisar un pibe en bicicleta.
—No!
—Sí. Se fueron en un coche —dijo mientras se alejaba cruzando la canchita de fútbol que le da utilidad al descampado.
Manuel y los dos pibes que lo acompañaban pararon un remise, subieron y salieron hacia la casa de Víctor golpeando las puertas del auto en movimiento.
No era Víctor, era Sabina la que había sido baleada. Manuel se lo encontró en la puerta del rancho con la Itaka tirando al aire como queriendo saciar el odio. Creía que su madre estaba muerta, la bala le había entrado cerca del corazón. El novio de una de las mujeres que cortejaba por esos días, después de un tiroteo menor en el que no alcanzaron a saldar el encono, había pasado en un auto por el frente de la casa disparando una ráfaga de 9 milímetros. Sabina estaba comiendo. La bala le entró en un pulmón. Ella apenas sintió un ardor y vio la sangre desparramarse por su camisa blanca. Sabina suele mostrar la bala que pasó a dos centímetros del corazón, perforó el pulmón izquierdo y quedó en su cuerpo para siempre, al borde de la columna, como si la hubiese frenado la piel milímetros antes de salir. “Mirá, tocá”, me dijo Sabina una tarde que caminábamos por la villa levantándose la remera en la espalda para dejar ver la muesca, la pequeña protuberancia del plomo incrustado, ahora familiar e inofensivo.
A Sabina un vecino la llevó hasta el hospital de San Fernando. Víctor llegó cuando ya no estaba y por el tipo de herida que le describieron pensó que moriría.
—Vamos, ¡vení! —le ordenó Manuel a Víctor cuando lo vio disparando.
—No, no, ¡dejá! —se resistió él, aferrado a la escopeta recortada.
—Vamos, vení!
—Qué hacés gil de mierda! —le dijo Manuel—. Antes de tirar esos cartuchos al pedo, guardalos y vamos.
—Eh, ¿qué? ¿Dónde vamos?
—¡Vamos!
Apareció, preparado por los avisos de los pasillos, el Mera, uno de los ocasionales socios en los asaltos. Traía en la mano dos calibre 32 y una Bersa. Cuando iban hacia la casa del Pollo, donde sabían que los equiparían con arsenal, estacionó un auto muy cerca de ellos. Ni lo pensaron, era lo que necesitaban.
—Bueno, bajate, vamos y venimos —le dijeron al chofer, que ni siquiera alcanzó a ser apuntado para que entregara sin quejas el Peugeot 504 desvencijado.
—Dejame ir adelante, que a mí no me conocen —le dijo Manuel a Víctor.
—No, dejame que voy yo —prefirió.
Ahora llevaban encima una Itaka, la escopeta recortada, dos revólveres 32, un 22 corto y una Bersa. “Cuatro éramos con esas armas, porque el chofer no se bajaba en ningún lado. Uno tiraba con una, y después tenía que tirar con la otra, y así hasta que vaciamos todo lo que teníamos.”
La aparición del coche en el que iban le pareció un anuncio fatal al hombre que aquella tarde había baleado desde otro auto en marcha la casa de Víctor queriendo vengar el engaño amoroso que había llegado a sus oídos.
Ellos avanzaron sin miedo a que los otros alcanzaran a preparar la defensa.
—Pará el coche acá —le dijo Manuel a Ernesto, el que manejaba.
—Yo me quedo —dijo el chofer.
—Yo los cubro con un 32 cuando vuelvan —dijo el Mera.
Se bajaron Víctor, Manuel y Facundo. Caminaron con las armas mirando el piso hasta quedar a tres metros de la vereda, con la casilla de machimbre adelante como un blanco infalible para practicar tiro. Uno dijo:
—Bueno guacho, éste es el coche y ésta es la casa. ¡Fue!
Levantaron las armas y apuntaron.
Larry, el vengador vengado, vio el perfil del Frente Vital por entre la cortina.
—iAl piso! ¡Tirate al piso! —le dijo a su mujer, y con ella a los amigos, los chicos y la madre que canturreaba una cumbia en los fondos.
“Empezamos con el Facu y con el Víctor con una Itaka: ¡Blum! ¡Blum! —cuenta Manuel—. Con la escopeta: ¡Blum! ¡Blum! Con la pistola: ¡Blum! El que manejaba el auto se quiso ir cuando empezamos a bajarlos y el Mera que se quedó con él, lo paró: ‘Eh, guacho, que los pibes están conmigo’. Les bajamos un cargador y después el otro, o sea que le fuimos destruyendo el rancho al chabón. Pero se nos terminaron las balas. Por suerte el Mera estaba arriba del coche. Nos volvimos al auto caminando con los fierros en la mano, y como teníamos miedo de que nos dieran un tiro por la espalda, él desde arriba del coche: ¡Blum! ¡Blum! ¡Blum! ¡Blum!, nos cubrió a todos hasta que salimos de ahí para buscar más balas porque se nos habían acabado. Subimos al coche, vinimos para acá, agarramos un par de balas más, dimos unas vueltas, pero entramos por atrás para la remisería, que era de la madre, la Yoli. A ésa también se la bajamos, no le quedó un auto sano.”
El que más lamentó el tiroteo, sin víctimas, sin heridos, fue Pedro, un chico del barrio que tenía el auto estacionado a un costado de la remisería, demasiado cerca. El escopetazo que tenía en la puerta del conductor era como un ojo de pez, del tamaño de una claraboya.
—Eh, Frente, mirá cómo me dejaste la puerta del coche. Mirá la puerta del Taunus! ¡Frente, guanaco! ¡Mirá cómo me dejaste la puerta!
Manuel lo cuenta y larga unas carcajadas secas.
—Bueno, pero quién te mandó a dejar el coche ahí —dice que le contestó el Frente a Pedro, una vez terminado el ajuste de honores, para carcajadas de todos los presentes.
—Mirá que si porque era el coche de Pedro no íbamos a tirar ¿no? Ya estábamos en el bondi. Era el coche del Pedro, de todos, del que venía. A nosotros no nos importaba nada.
El sábado del descontrol de Brian volvimos del cementerio en un remise. Los chicos le pidieron al chofer que pusiera Leo Matioffi, el cumbiero romántico cuyas canciones se saben de memoria. En el camino Pato habló del robo a Sabina y de los otros bardos de Brian esa semana. Chaías contó su propio incidente con Brian y los Sapitos. Le habían puesto una pistola en la cabeza a su hermana.
—Si no hubiera sido por los pibes de la cuadra que la rescataron a los tiros capaz que la mataban —exageró.
Él intentó vengarse, pero tampoco andaba demasiado lúcido por esos días: no podía deshacerse de la bolsita de pegamento, la tenía adherida al bolsillo, de donde le asomaba como una lengua de plástico de una hediondez penetrante. Solía oler a pegamento aunque era sumamente cuidadoso con eso: vivía lavándose los dientes, pasándose jabón para no quedar escrachado ante su padre o ante Sabina. Siempre que estuve con Chaías “de bolsita”, cuando partíamos a la casa del Frente, se esmeraba en parecer “careta”. Gatilló dos veces desde la esquina hacia la media cuadra apuntando al Sapo, el más grande de la banda, pero con pésima puntería.
—A ese pibito le queda poca vida —dijo el Pato, a la manera en que un profesional diagnostica una enfermedad terminal con plazo estipulado para la muerte.
Antes de volver a la casa, Pato accedió a intentar por enésima vez convencer a Mauro, el maestro del Frente, para que me diera una entrevista. Paramos frente a su casa, a la vuelta del corazón de la villa 35. A través de Sabina había intentado ya varias veces que accediera a ser entrevistado para contar sobre su propia historia y la de su preferido. Pero siempre se había escabullido prometiendo un encuentro en el futuro, en el momento en que ya no fuera tan doloroso recordar. Cuando lo conocí se recuperaba aún de una operación de peritonitis que lo .había tenido al borde de la muerte, era portador. de HIV y la cirugía lo había sorprendido con una crisis de defensas. Una sola vez lo había visto en la casa de Sabina: pero sólo había accedido para decirme que le provocaba una profunda tristeza hablar sobre Víctor, que se sentía débil, que desconfiara de los que me decían haber sido íntimos del ídolo. “Ahora todos los giles robaron con él, estuvieron con él, eran los mejores amigos de él”, se quejaba. Cuando llegamos a su casa no pudimos verlo. Estaba ocupado, atendiendo a Nadia, su mujer.
—No lo vamos a poder ver porque la señora tuvo un ataque de nervios, el hermanito le robó a una vecinita la bicicleta. Parece que le puso el caño en la cabeza. Recién le vino a reclamar el padre de la nena. Ahora la señora está que no para de llorar.
Pato me explicó así la situación. Comprendí la sucesión de historias. Mauro estaba casado con Nadia, la hermana de Brian. Era la cuarta hija de un matrimonio obrero con ocho hijos. Brian era el más chico de todos. Nadia tenía veinticuatro años, era delgada. Ese día tenía puesto un jean y una musculosa blanca. La explicación de Pato aclaró porqué apenas estacionó el auto vimos cómo se largó a llorar frente a un hombre que batía las manos y remedaba con la mano el caño de un arma. La veíamos con cierto pudor, a unos metros. Supimos luego que se desesperaba por Brian.
—El Brian es el único varón que queda de los tres que eran. Al más grande lo mató mal la policía. El otro mató a un rati de un tiro en la nuca. Este es el que queda — contó Pato cuando nos íbamos a su casa, a tres cuadras. Desembarcamos en la siempre apacible estancia de la casa de Sabina. La nena de la casa gateaba con sus juguetes. El Pato se tomaba un vaso de cerveza helada. Yo ni siquiera recuerdo qué hacía cuando se sintieron varios tiros demasiado cerca. Casi en la puerta misma, tras la cortina azul que nos separaba apenas de la calle. Alfredo Srur entró como empujado por un tifón desde la vereda. Lo conocía como un valiente, no estaba hecho sólo de talento sino también de una especie de instinto suicida que le permitía caminar como sobre una alfombra mullida en el territorio minado de cualquier sitio con suficiente densidad. Quizás porque había sido deportado de California a los dieciocho años y había pasado una semana en la ranchada de unos ilegales en Miami, pero Alfredo tenía una conducta casi tumbera. Sin embargo esa tarde lo vi palidecer ante la balacera. Los ojos y las comisuras ocupaban toda la cara. No sabíamos si tirarnos al piso, o correr hacia el baño en el fondo. Pensé en el tiro que Sabina lleva aún incrustado en su espalda: había entrado por esa ventana. Del tamaño de una mirilla hecha con los dedos pulgar e índice, justo en el centro de la primer hoja, cruzada por tiras de cinta adhesiva, todavía está la marca que dejó la bala calibre 9 milímetros. El Frente miraba cómo su barrio se batía a duelo.
Nos juntamos como un cardumen en la puerta.
A unos diez metros, sobre la calle General Pinto, gritaba, escupía, insultaba.
—¡Putos! ¡Putos! ¡Ortibas!
Brian había querido matar a un pibe del barrio, el Rana.
—Vos le pegaste a mi amigo! —le dijo.
El Rana había tenido un entredicho con uno de los Sapitos. Brian le vació el cargador encima con pésima puntería. Los vecinos no tardaron en salir, armados cada uno con lo suyo. Brian retrocedió apenas vio que se le venían encima una decena de hombres armados. Entre ellos Rodolfo, el tranquilo vecino del motor, le disparaba con dos revólveres. Desde el medio de la calle el chico saltaba como poseído, se golpeaba el pecho con las manos. Gritaba: — Giles! ¡ Antichorros! ¡Los odio!
Los hombres avanzaron. Algunos con armas cortas, tres de ellos con escopetas recortadas.
De fondo las mujeres gritaban a sus maridos, a sus hermanos, a sus hijos, como si estuvieran ante una pelea de box, como si recomendaran un gancho, un crack a la mandíbula o una rendición para salvar el pellejo.
—¡Rodolfo! ¡Cuidado Rodolfo!
—No lo mates, no merece la pena ese pendejo hijo de puta, ¡Rodolfo! ¡Guarda! ¡Basta!
Y así.
—Yo lo mato! ¡Yo lo mato! —anunciaban los vecinos.
Uno corrió hacia Brian, tras él los Otros. Fueron dos segundos. Yo miraba desde la retaguardia absoluta de la lucha. Había quedado, medio agachado, en una posición poco elegante, refugiado tras las cortinas y las persianas, mirando por la rendija, amariconadamente escondido, pero sujeto a la vida, al fin y al cabo. Observaba no sin morbo la situación, miraba de costado a mi compañero, perplejo como yo, tan estúpidos los dos al lado de la extraña pericia con que aparentemente se tomaban la situación todos ellos.
No logré contar cuántos eran, ni siquiera atiné a hacerlo. Había estado en algunas tomas de rehenes tirado atrás de un patrullero y a media cuadra de la infantería, sobre los techos. Suponía, por la profusión de proyectiles —los tiros que cuando salen de varios calibres diferentes impresionan más— que nuestra distancia a uno de ellos era mínima. Agachado, mirando hacia la esquina, sentí de pronto desde atrás una débil voz, un hilo de voz, que me decía algo así como “temblor”, o “tiemblo”. Me miré las manos para confirmar si era tan extremo mi julepe como para que me lo estuvieran indicando así. No estaba tranquilo, era cierto, pero tampoco temblaba, no dejaba de estar interesado en lo que ocurría, nunca hubiera salido corriendo. Aunque bien cierto es que no se podía.
—Temblor —sentí otra vez en el oído.
Me di vuelta para ver quién era, con vergüenza, convencido de que había demostrado ser un pusilánime.
—Estoy temblando —me dijo.
Era un niño de seis años. El hermanito menor de Manuel, Javier y Simón, todos hijos de Matilde. Yo estaba en la última retaguardia, detrás de los ancianos, las mujeres y los niños. Las mujeres gritaban, por lo menos. Yo apenas si miraba.
—No pasa nada —dije—. Enseguida termina.
Las escaramuzas allá afuera recién comenzaban. Los hombres avanzaron con una corrida corta, directo a Brian, pero se detuvieron calculando los pasos finales casi en el aire. Brian daba vueltas el revólver 32 en un dedo y se agarraba la entrepierna convidándoles desde lejos. Los Sapitos vigilaban a sus espaldas, cubriéndolo con armas más fuertes y cargadas. Los vecinos, cada vez más, y los rastreros de la San Francisco, estaban cuerpo a cuerpo, al límite del acercamiento.
—Putos! ¡Putos!
Brian se reía.
Le calcularon la locura. Uno se le tiró al cuerpo y pareció que Brian trastabillaba, que caía sobre el cemento. Hasta que desde atrás respondieron por él sus compañeros de bandita. Con un 32 y un 38.
—Guilleeeeee! ¡El Guilleeee!
Fue por el grito de una mujer que supimos que había un herido.
En tan poco tiempo como ningún equipo profesional de rescate, los hombres cargaron el cuerpo de Guillermo Rivas con la cabeza ensangrentada. Una mujer se subió a un auto, lo puso en marcha, retrocedió haciendo chirriar las ruedas, abrió la puerta derecha de atrás, y los hombres metieron al herido como expertos camilleros de ambulancia. La esposa de Guillermo se metió a su lado. Salieron escarbando en el ripio de la calle hacia la guardia del hospital de San Fernando.
Rodolfo, hermano del caído, con un revólver en cada mano, caminaba en círculos. Tenía la bermuda manchada de sangre en una nalga.
—Te dieron por atrás, Rodo —bromeé.
—No es nada, no es nada—dijo.
Los hombres se pasaban de mano en mano, como si fueran caramelos, puñados de balas. El tiroteo no cesaba.
Brian siguió saltando, amenazando y golpeándose el pecho una hora más. Le sangraba la mejilla. Se había dado él mismo haciendo girar el 22. Pero no sería ese día el de su muerte. Sólo le produjo un roce.
Hubo más tiros, muchos más tiros. A nadie se le ocurría llamar a la policía. Hablé con Sabina. La convencí de que era mejor que se lo llevaran, que lo golpearan en la comisaría, antes de dejarlo morir así, pidiendo que lo mataran.
Los patrulleros rodearon la villa. Pero no hubo quien se acercara para decir dónde estaban escondidos Brian y los Sapitos.
No soy ninguna vigilanta! ¡Dios es grande y que sea él el que lo castigue! —gritaba la madre de Guillermo.
Ni sus hijos la convencieron de que los delatara, que dijera que estaban guardados en el mismo rancho donde fue asesinado Víctor Manuel “El Frente” Vital, donde ahora vive un grupo de mujeres que protegen a los Sapitos, considerados rastreros e inmundos por el resto del barrio porque «empastillados no diferencian a su madre de una comadreja” y porque roban sin distinción de clase, sin códigos, sin el orden que había cuando el Frente estaba allí y daba de los que más tienen a los que tienen menos. Al final los encontraron. El caos se calmó hacia las diez de la noche.
Volvimos el martes al mediodía. Rodolfo estaba otra vez en la puerta. Tenía la nalga herida, le habían dado un tiro con un 38, la bala continuaba adentro. Se bajó el pantalón para mostrarme el perfecto agujero que le había dibujado. Media hora más tarde salió Guillermo. Tenía una marca como la de su hermano, un poco más chica, de calibre 32, en la mejilla izquierda. El tiro le había cruzado la cara hacia el ojo derecho. Lo tenía allí, según los médicos que lo atendieron y se reunieron a contemplar las radiografías haciendo exclamaciones de asombro, a un milímetro del cerebro. En el hospital no le dijeron que fue un milagro; le dijeron: “Vos no tenés culo, tenés un continente”, por la infinita suerte que había detenido la bala.
Se había ampliado el campo de acción de los favores del Frente. Siempre invocado para defender a los pequeños ladrones de la policía, ahora manejaba las balas de los propios. Él, que comenzó robando bicicletas caras de deportivos burgueses porteños, ahora, según la inmediata interpretación del barrio, había tenido que salvar a los propios de una guerra nueva, ésa que intentaba evitar con sus malos modales al “imponer respeto” en el barrio. Había tenido que salvar, entre otros aquella tarde, al Brian, un ladrón como el que fue el Frente Vital en vida, un ladrón de esa misma edad, pero en un país que ya no era aquél de las grandezas.

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