sábado, 23 de mayo de 2009

Vidas de pibes chorros - Capítulo 5

Al fin y al cabo no era la primera vez que Matilde enfrentaba el devenir sola. En definitiva casi había nacido con ese destino: vino al mundo un día de 1957 en Mar del Plata y su padre biológico, agente raso de la policía bonaerense, murió asesinado por un malevo cuando ella aún no había cumplido un año. Por eso Matilde y su hermano mayor dejaron la ciudad para instalarse en el pueblo de la familia materna, Chillar, cerca de Azul. Allí por lo menos su madre podría trabajar de planchadora en la tintorería de unos tíos. Y mientras ella se ganaba un salario, los abuelos maternos y los tíos criaban de a turnos a los chicos. Matilde recuerda esa infancia de provincia como una etapa feliz. «Ellos incluso me mandaron a jardín, nunca me faltó nada.» Cuando tenía siete años su madre conoció a su segundo y todavía marido. Y al poco tiempo se mudaron todos a Olavarría donde él era operario de la fábrica de cemento de Amalia Lacroze de Fortabat. A Matilde y su hermano no les faltaron los zapatos, los dos fueron al secundario a sendas escuelas religiosas de Azul, adonde los llevaban cada día en carros tirados por caballos. Matilde marcaría en su vida una curva que iría, por demasiadas razones, de aquella niña mimada a una mujer al frente de un hogar de seis hijos mantenidos con el trabajo de juntar cartones en carros similares a los de antaño.
Hasta los quince estuvo con su madre y su padrastro, con quienes no recuerda mayores conflictos. Pero después de su maravillosa fiesta de quince, Matilde recibió la pésima noticia de que se venía un hermano en camino. Fue mujer y eso lo hizo un ser aún más detestable, reconoce, autocrítica después de treinta años. Luego, para colmo, vinieron los mellizos. Hacia los dieciséis, los gritos y las peleas con el hombre al que finalmente le decía papá fueron insoportables. Hizo todo lo posible para marcharse, para no vivir un segundo más en compañía de esa competencia intolerable de hijos legítimos. La única alternativa fue ingresar como niñera de una pareja de médicos de Olavarría: prestó servicios durante tres años, de los dieciséis a los diecinueve. Y otra vez volvió a sentirse ahogada. Quiso visitar a su abuelo materno en el pueblo, no la dejaron, y decidió renunciar. Encontró ayuda en una prima casada con un gitano de Mar del Plata. Para allá partió Matilde, sin saber que ella también terminaría enredada con un amigo de la pareja, también gitano. Ella se dejó llevar. Él se enamoró. Matilde tiene unas fotos maravillosas de esa época, donde ella es una reina pop con el pelo lacio y los ojos más verdes de la costa. «El problema es que según sus tradiciones cuando un gitano se enamora no hay otra salida que el casamiento, y esa idea de quedar prendida para siempre a mí no me gustó nada, así que pronto me escapé.» Partió para Morón, sola otra vez, hacia la casa de otra familia de la comunidad. Allí se quedó hasta que a los dos meses supo que no sólo su novio gitano, sino también su suegro, llegarían a buscarla. Decidió entonces apurar los planes que en secreto había logrado hacer con la dueña de casa como cómplice: huir las dos del casamiento obligatorio hacia el Tigre, donde las refugiarían en la casa de los parientes de la otra.
Llegó a vivir a la villa Garrote. Hacían la digestión de la segunda cena cuando al rancho de Tigre llegaron los hombres de la familia despechada a buscarla. «Ellos iban a pelear a morir para recuperar esa presa que se les había escapado. No teníamos salida, era por la fuerza o nada, así que a mí me hicieron saltar por el rancherío del fondo.» Cruzó un cerco como una valla de competición y se refugió a la orilla de un brazo del río Luján. No era profundo pero ella no se animaba a meterse en el agua sucia del riacho por el pánico a las anguilas. Un buen muchacho que la vio le tiró un tronco como si fuera una capa de antiguo caballero y Matilde cruzó hasta la otra orilla.
Su amiga no alcanzó a escapar. Tuvo que volver con los gitanos. Ella se quedó a vivir en el rancho de los familiares ajenos. Fue durante la mejor época de la murga en la historia de la zona norte. Por aquel entonces ardían cada verano los carnavales que sobre la avenida Avellaneda hacían bailar a todo Virreyes y aledaños. Fue en esas fiestas donde conoció a Mario Fuentes, un joven lleno de alegría que tocaba una guitarra con la que se paseaba por los patios veraniegos y los asados. Así se enamoraron; escuchando y bailando los Wawancó, Los Iracundos, Julio Jaramillo y Rosamel Araya.
Ocho meses anduvieron de novios. Hasta que Matilde quedó embarazada de Estela. Se amucharon en la casa de los padres de él y pasaron varios años hasta que nació Javier. Era un bebé cuando Fuentes comenzó a ver a otra mujer, a la salida de su trabajo como apilador de maderas en un aserradero. Matilde nunca fue una chica de humores apagados. Así que “la otra” trajo a la pareja el conflicto permanente. Él comenzó a beber más de la cuenta. Estaba borracho el día de la última pelea, el día en que ella se cansó. Él levantó la mano para azotarle la cara. Ella le hincó la tijera cerca del pulmón. Dejó a los chicos durmiendo y marchó a la Otero.
La Otero es la comisaría de San Fernando donde luego sus hijos estarían más de una vez presos. Allí se animó a hacer la denuncia por golpes, aunque ya estaba embarazada por tercera, vez. Esperaba a Manuel. Dijo que tenía miedo, pidió que la acompañaran a su casa. Fueron en una estanciera azul, se acuerda ahora Matilde. Apenas ella entró al rancho, Fuentes se le tiró encima como un animal herido y furioso. En el corto tiempo que ella había demorado en denunciarlo Fuentes se había tomado un litro de vino. Lo inmovilizaron entre varios y lo esposaron para llevárselo. Los chicos se despertaron con los ruidos. Estela recién aprendía a caminar. De la mano llevó a un policía hasta el cajón de la cómoda donde sabía que su padre escondía un arma cargada.
Matilde tardó apenas unas horas en trasladar lo poco que tenía a la casa de una vecina evangelista. Con su último sueldo de obrera en una fábrica compró los pasajes para volver a Olavarría a la casa de sus padres. Pasó casi todo el embarazo de Manuel acompañada por su familia, y el niño nació casi con la democracia, en la ciudad cementera. Fuentes se enteró, y no tardó en llegar escoltado por su propia madre y una cuñada, a buscar a su mujer y sus hijos. Se reconciliaron. Volvieron todos juntos a San Fernando. El romance duró lo que les llevó el primer enfrentamiento. Volvió a abandonarlo y en uno de esos veranos, en el carnaval de la calle Avellaneda al fondo, conoció al Pájaro Miranda. Él sería el padre de sus otros dos hijos, Daniel y Gonzalito. «Decidimos casarnos legalmente y para cobrarme lo que Fuentes me había hecho lo anoté a Manuel como hijo de Miranda. Fue una venganza”, confiesa Matilde.
Entiendo entonces por qué Manuel siempre me ha dicho que se lleva bien con su padre legítimo y que quiere recuperar su apellido, que ha intentado hacer el trámite del DNI. Entre el Pájaro y él nunca hubo sonrisas. Su padre Mario, en cambio, le despierta todas las simpatías: “A mi viejo lo sigo viendo, está todo bien, voy a la casa de él, nos llevamos bárbaro. Él es ayudante de albañil y además anda con los gallos, con los pájaros. A los gallos los cría y los hace pelear, los demás apuestan ‘y levanta la plata cuando gana el gallo de él”. Cuando Matilde se juntó con Miranda, Fuentes quiso recuperar a sus hijos, especialmente al primer varón, Javier. Matilde decidió hacerlo desaparecer del barrio: lo mandó a Olavarría. Javier vivió con un tío entre los tres y los siete años. Javier tiene un recuerdo de ensueño de ese tiempo provinciano. “Yo me acuerdo que tenía zapatillas, que tenía guardapolvos, que iba a la escuela, después tomaba la leche, salía a jugar un rato, hacía los deberes y a las ocho y media adentro, nada de andar en la calle.”
Fue avanzada la década del noventa cuando la historia de los Fuentes y los Miranda comenzó a complicarse. Hasta ese momento sostenían la casa con el sueldo de Matilde como operaria y el de Miranda que era vigilador privado y carnicero. La fábrica cerró y Miranda pronto también perdió los dos empleos. Fue la imaginación de una vecina la que les dio una alternativa. Se le ocurrió que podían comprar rejillas, trapos para lavar, a bajo costo, para revenderlos como ambulantes en las barreras de los trenes, desde Congreso hasta Sucre, en el barrio de Belgrano. Era otra época, vendían casi todo lo que llevaban hasta la Capital. Y como volvían con las manos vacías se entusiasmaban en revisar lo que los nuevos ricos y las clases medias beneficiadas por el primer impulso del menemismo tiraban a la basura. Eran épocas de recambio de muebles, de accesorios del hogar, de electrodomésticos. Ellos hurgaban en esas sobras. “Volvíamos cirujeando, al comienzo como una diversión, para aprovechar, y después ya para vivir de eso.” Matilde y sus hijos fueron de los primeros que en la villa San Francisco, cuando la calle Sarratea todavía no era calle y los ranchos se desparramaban por el campito que da ahora a un depósito, tuvieron caballos y carros para salir a cirujear. Al frente, mirando hacia lo que queda de la villa después de la urbanización, Matilde tenía el rancho, con dos piezas. Sobre los fondos había una caballeriza que más tarde se transformaría en la entrada secreta para los pibes al escapar de los tiros de la policía.
Matilde y sus hijos estuvieron en las primeras filas excluidas, desempleadas, puestas en crisis por el menemismo, cuando la devastación para las clases medias y hasta para las medias bajas se veía como un imposible tras la fortaleza imbatible del uno a uno. Cuando empezó el trabajo de ciruja dejaba como para comer, pero nunca, cuenta Matilde, para esos gustos que sus chicos veían en Belgrano darse a los hijos de las clases “pudientes”. Javier, Manuel y Simón fueron dejando la escuela a su turno cada uno. Nunca habían sido los más tranquilos. En la escuela los chicos mostraron sus personalidades. Manuel siempre más callado, a un costado, sin usurpar el protagóñico que quedaba, en principio, para el mayor. Javier, el más grande, cuando regresó de Olavarría se convirtió poco a poco en un referente de las travesuras escolares. Eran muy parecidos, más parecidos que hoy, y las maestras se confundían al culparlos por los pequeños hechos de sus tardes escolares. Era común, recuerda Matilde, que los chicos fueran juntos a la dirección, y que volvieran a casa con la oreja roja de los tirones. Sentados ante las autoridades eran obligados a confesar, como si fueran mellizos, cuál de ellos había sido el del lío a sancionar. Nunca consiguieron que se traicionaran, pero podría decirse con seguridad que esa instancia de sanciones fue la que después vieron repetirse a lo largo de la adolescencia, bajo la forma de la justicia de menores que tanto tiempo los mandó a encerrar. Pero eso fue apenas un poco más tarde, cuando Javier, Manuel y Simón ingresaron, casi sin preámbulos al asalto a mano armada que les daría dinero como para vivir ellos también, a su manera, la fiesta que los sectores más acomodados vivían a pleno con el gobierno de la corrupción, el tráfico y el robo a gran escala.

A la semana de haber conocido a Simón teníamos una cita para volver a vernos y sentarnos a hablar con tiempo. Faltaba un día para el encuentro. Era temprano. Me desperté con el sonido del teléfono. Dejé que atendiera el contestador automático. Entre sueños escuché la voz de Sabina Sotello: «Habla Sabina para dejarte el mensaje, de que... lamentablemente el hijo de Matilde tuvo un accidente, está muy mal, está en un coma profundo, en terapia. Y bueno, están tratando de que Simón pueda venir del instituto a ver al hermano, así que lo vas a encontrar muy jorobado. Llamame más tarde, un beso”.
Pensé en Manuel, en libertad desde marzo. Temí que lo hubieran herido en un tiroteo, que hubiera roto la promesa de no regresar al delito. Más tarde me explicaron lo que había pasado: Daniel, el cuarto hijo de Matilde, de catorce años, volvía en el tren blanco asignado a los cartoneros para viajar desde la capital a la zona norte, cuando se asomó por una de las ventanas sin vidrios del vagón para ver si la próxima era la estación donde debían bajar. Fue un segundo: le estalló la cabeza contra una viga de hierro. Iba con Javier: alcanzó a sostenerlo, arrancándoselo a las vías y las ruedas del tren. El vagón iba como siempre lleno. Los que vieron el golpe, o lo escucharon, desesperaron para que frenaran. Estaban a punto de pasar por la estación de San Isidro. Pero el tren blanco sólo se detiene en algunas estaciones. El maquinista no quiso escuchar los gritos (“Frená hijo de puta, frená te digo!”), ni los golpes de los carros contra el piso del vagón. El tren siguió la ruta de siempre y Javier tuvo que esperar a que pasaran la estación de Béccar y llegaran a San Fernando para pedir una ambulancia. “Lo apoyamos en el piso, todavía está la marca de la sangre en el andén”, cuenta. La ambulancia tardó veinte minutos más en llegar. El único de los hijos de Matilde que no había pisado el camino del delito agonizaba por culpa un golpe de la misma exclusión que había provocado todas las balas de las que se salvaron sus hermanos.
Al día siguiente partí temprano a San Isidro. Simón tenía una audiencia en los tribunales y sabía que su familia pediría que le permitieran visitar a Daniel en el hospital de San Fernando. Fue un largo esperar en los tribunales varios trámites que Matilde y su hijo fueron haciendo en diferentes pisos y oficinas del edificio: Simón estaba en la calle desde la noche anterior porque le avisaron apenas su hermano entró en neurocirugía. No había querido volver al instituto. Su madre había pedido firmar un documento responsabilizándose de cualquier intento de fuga de su hijo. “Yo no voy a ser tan gil de querer escaparme cuando mi hermano esta así. Es solamente porque queremos estar en familia. Si yo quisiera ya me hubiera fugado, doctor”, le dijo al empleado judicial con el que habló. Su madre también pidió por él: “Tiene derecho a estar cerca en estos momentos. Su hermano iba en el tren blanco...”, alcanzó a decir, pero volver a reiterar el momento del accidente le hizo brotar las lágrimas. El muchacho que la atendía y que la conocía por sus tres hijos hacía seis años le dijo que no era necesario. Que podía evitar el episodio. «Vayan tranquilos.”
Mientras ella avanzaba en cada oficina, Simón me contaba su último robo, el que un viernes de junio del 99 ni siquiera llegó a comenzar, a un costado de la villa 25. Estaba con otro pibe y con un ladrón mayor de edad con quien solamente él, el Frente y Manuel, de entre todos los pibes del barrio, estaban habilitados para salir a robar. Eran las siete de la tarde. Parecían ratones encerrados, intranquilos, dando rodeos y saltitos sobre esas zapatillas con aire, circulando por los pasillos del rancho de uno al del otro, oteando cada tanto si afuera rondaba “la gorra” que podía llevárselos en cuanto los registrara por portación de armas de guerra. Como se retrasaba la partida, reconoce Simón, le dieron “un par de cañazos a un par de pibes de Aviación”, que es una villa de 202 y Panamericana, cercana a Don Torcuato. Con esos pocos pesos se fueron a comprar a un kiosco. Pasaron frente al rancho de una vecina amiga. “¿Cuándo vas a venir a tomar mate?”, preguntó la mujer. “Ahora vengo, ahora vengo”, le dijo él.
Caminó hacia la calle, y apenas dobló la esquina sólo supo que se caía, que volvía derrumbarse. “Pá! ¡Pá! ¡Pá!”, dice ahora que escuchó retumbar cerca. Disparó por reflejo contra la oscuridad, apenas unos tiros porque atinó a saltar con toda la fuerza que pudo hacia la casilla de una vecina, buscando refugio. Sintió, apenas caer, el calor de la sangre en la panza y en el brazo. Y que se venían encima, sin poder evitar quedar indefenso. La vista se le nubló, sintió que se le confundía la geografía del rancho, que ya no veía a la dueña de casa que les pedía llorando a los polis que no lo fusilaran.
—Váyase, porque a usted también la bajamos! —le decían los de la Brigada de San Isidro a la mujer.
Hasta que no sintió las esposas apretándole las muñecas, Simón no supo que eran uniformados que lo buscaban sin ánimo de fallar. “No veía nada, veía todo nublado, y me ahogaba con la sangre. Para colmo cuando ya me tenían en el piso uno me puso el fierro y me gatilló en la nuca.” Como el tiro de gracia no salió entonces con la misma pistola le dieron un “cañazo”, para partirle la cabeza.
—Yo sabía que iba a arrancar! —decía un policía, contento porque Simón había respondido apenas escuchó las balas y entonces había dado lugar a la ráfaga con la que atacaron.
—Yo sabía que iba a arrancar! —festejaba otro.
Con evidente alegría se lo llevaron. Pero no fue en una ambulancia que lo sacaron de la villa. Lo subieron a una camioneta. Faltaba el castigo del camino, una secuencia que suele repetirse: los policías comparten los golpes que dan como si se repartieran parte de un botín, como si cada culatazo, cada trompada o patada fuera parte de un botín simbólico que también dividen. “Ya me entraron a pegar. Y se iban rotando. De repente paraban y el que estaba manejando se pasaba para atrás y me pegaba. Cuando se cansaba pasaba el otro y así se iban desquitando.” Hasta que cuando estaban cerca de unas vías uno de los policías gritó:
—Ahora vamos a matarlo!
Simón pensó que hasta ahí había llegado. Que por la golpiza, o ajusticiado en el medio de la nada, lo eliminarían. Hasta que escuchó:
—No! ¡Dejá que este puto se muere en el hospital! ¡Este no vive más!
Cuando llegaron al hospital lo pusieron en el piso de la guardia, hasta que los médicos lo trasladaron a una camilla. «Después no me acuerdo más nada. Lo único que me acuerdo es que vino un señor, un enfermero que me dijo: ‘Negro, quedate tranquilo que Dios te ama’, y me palmeó la espalda.”
Cuando Simón terminó de hablar de esa noche casi fatal, y porque el consuelo del enfermero me hizo recordar al Frente y los poderes de salvación que muchos le otorgan, le pregunté si había pensado en su amigo, ahora convertido en un pequeño santo. “Yo estaba ahí, y te digo la verdad, yo estaba mal, yo estaba muerto. Me dieron dos”, dijo él y me mostró la marca del tiro en el brazo y levantándose la camisa a cuadros la cicatriz que le quedó cinco centímetros abajo del esternón como si fuera un ombligo deforme y no el lugar por donde pudo haber entrado la muerte.
— ¿Cuántos tiros tenés en realidad? —le preguntó su propia madre.
—Ocho —le contestó él.
—¿Te han quedado balas en el cuerpo? —quise saber.
—Y... la que tiene en el hígado —contestó Matilde.
Ese día —con Daniel en terapia intensiva— Matilde y Simón, Estela, Javier, Manuel, y buena parte de la villa no habían dormido. Cuando los vi en los tribunales Matilde tenía los ojos rojos y la piel de Simón era de una palidez rusa. A Daniel lo habían operado la noche anterior. Habían sido tres horas de espera. Matilde había tenido que firmar un documento antes de la cirugía en el que asumía la responsabilidad de que algo fallara: “El papel decía que podía quedar inválido, o vegetal, o ciego, o directamente morirse”. Matilde dice que ella no quería firmar, que se sentía confundida, no lograba razonar si era correcto asumir el riesgo pero tampoco encontraba alternativa. Lo miró desde sus ojos verdes hermosos a los ojos verdes hermosos de su hijo mayor, y Javier bajó los párpados diciéndole que sí. Los rezos se multiplicaron en la villa. Hubo quienes partieron a la tumba del Frente Vital a hacer por la vida de Daniel las ofrendas que casi siempre son para pedir que las balas de la Bonaerense doblen; hubo otros que prendieron velas en sus casas; muchos pusieron lo único que tienen, el cuerpo, para acompañar en la incomodidad de la sala de espera a los familiares.
Sin que mediara plan alguno, en el primer piso del hospital se fue armando una ranchada: durante los días siguiente jamás hubo menos de cuatro personas haciendo guardia por las malas noticias. Y a la hora de las visitas llegaron a juntarse hasta veinte. Ninguno de los hermanos de Daniel, ni su madre, pueden contar cuántos fueron los que los acompañaron. Entre ellos conocí esa tarde a tres mujeres que eran cruciales en la vida de Simón: “la abuela” Marga y sus hijas Emilia y Graciela. Marga no era en realidad su abuela, sino que en la villa la conocían así, como “la abuela”, y en su casa había vivido Simón los últimos meses que estuvo en libertad. Emilia era la madrina de Simón, y la primer mujer de Mauro, el ladrón de códigos que ofició de maestro del Frente Vital. Graciela era la madre de Facundo, el cuarto miembro de la banda cuando eran un grupo inseparable de corridas, robos, fiestas y aguantes. Supe entonces que Marga era además la Mai umbanda del barrio. Cuando nos presentaron me invitó a su casa.
Entre los trámites que Matilde había hecho en tribunales, además de conseguir que una jueza autorizara a Simón a no volver al encierro del instituto duránte algunos días, había pedido que el estado provincial asumiera los gastos de la internación de Daniel. Apenas había reunido el dinero para comprar los pañales que necesitaba. Era fin de mes y tampoco yo tenía un centavo para ayudar. Lo mismo le pasaba a la mayoría de los que se acercaban a poner el hombro. Lo único que no había faltado, contaban en la sala de espera, eran los cigarrillos. Pero comida no había. El hambre tampoco se había hecho sentir aplacada por la angustia, la ansiedad y los nervios. Esperamos todos a que llegaran las cinco de la tarde, la hora de la única visita diaria a los pacientes de terapia. Yo no sabía por qué motivo tenía que entrar, pero como si cayera de maduro que así debía hacer, Estela y Matilde me indicaron que me pusiera en la fila. En un pasillo interior se amontonaban los familiares de los enfermos: caras desencajadas, murmullos sobre los últimos diagnósticos, el silencio hospitalario quebrado por el respetuoso sonido de la pena. Entramos de a uno.
Matilde salió después de diez minutos. Fueron entrando los hermanos. Simón estuvo apenas unos minutos. Luego me confesó que no pudo, no supo qué hacer allí, al lado de esa cama alta, ante el cuerpo empequeñecido de Daniel conectado a todo tipo de tubos, sondas y máquinas, con la cabeza hinchada como un fruto demasiado maduro. A mí me pasó lo mismo. Nos habían dicho que podíamos hablarle, que quizás nos escuchaba. Era imposible reconocer en él la cara del chico que había sido. Atiné a decirle que lo amaban, que afuera había tanta gente como la que nunca había imaginado podía visitar a un enfermo.
En la sala de espera, los vecinos y los parientes le preguntaban a Simón por el estado de su hermano:
“Depende de él”, les contestaba a cada uno. Y ante cada nuevo personaje que llegaba se repetía la escena: el personaje saludaba a Matilde, a Estela, a Manuel; a Javier, y se quedaba en un rincón en silencio. Hasta que alguno de ellos les decía “este es el Simón” y entonces caían en la cuenta de que era el chico internado en el Almafuerte que allí estaba, tan cambiado, al final de su adolescencia, después de dos años y tres meses. Simón disfrutaba de ese desconcierto que producía. Y apenas los saludaba les largaba frases irónicas sobre su estado físico. “Qué hecho mierda que estás negro, eh!” O:
“Qué gorda que estás Mary!”. O: “Qué viejo que estás vos, eh! “. Simón estaba, sin haberlo imaginado, a raíz de la tragedia de Daniel, volviendo al barrio. Y desde esa sala de hospital comenzaba a percibir los cambios ocurridos durante su internación. Nos quedamos allí durante una hora más. Hasta que Simón quiso ir a bañarse a la villa para volver a la guardia permanente frente a la terapia intensiva del hospital.
Llegamos al barrio en un remise y no fuimos a la casa de su madre sino directamente a la de la abuela. Matilde y Estela pasarían más tarde por ahí: tenían que ver a la Mai para pedirle que intercediera por la vida de Daniel.
Yo no sabía que era la primera vez que Simón volvía a pisar el hogar que había tenido que dejar. En la mesa de la cocina estaban sentadas Emilia y Graciela con el televisor encendido en el programa de Moria Casán. En la pantalla se peleaban una morocha y su sobrina adolescente acusada de haberle robado el marido en sus narices. “Mi bebé ya tiene cara de grande”, le dijo Marga a Simón acariciándole el mentón. Las mujeres parecían felices de su regreso. Como si se tratara de una ceremonia fueron deshilvanando recuerdos de cuando Simón estaba en la calle y les alegraba los días. “Es que vos viste que Facundo está ahora adentro. Bueno, cuando empezaron a caer por ahí caía mi sobrino y nosotras nos aferrábamos todas de Simón, que había quedado afuera”, contó Emilia, la peluquera de rubio intenso y pelo corto: había sido la mujer de Mauro cuando eran adolescentes, y luego se juntó con otro ladrón de carrera que continuaba preso en Olmos por un robo nada menor. “Viste cómo es. Tanto esperar para que saliera y al final estuvo un par de semanas en la calle y ya volvió a caer.” Graciela, una mujer más delicada que su madre y su hermana, recordó: “Yo ya lo conocí atorrantón. Facundo tenía unos quince y él era un poco más chico. La primera vez cayeron acusados de robar una bici, una historia que una vieja de por acá inventó. Cuando fuimos a la comisaría con Matilde y lo vi esposado me quería morir. Porque al principio yo no sabía cómo hacer, después uno se va entrenando y se va acostumbrando”.
Aquella vez Graciela fue a rescatarlos de la seccional con Matilde, que para entonces ya estaba entrenada en el combate con la policía cada vez que alguno de sus chicos iba preso. “Traeme a la que denunció!”, le gritaba Matilde a un oficial. Graciela dice que la sorprendía cómo Matilde podía discutir y defender a su hijo frente a la policía. Fue junto a ella que aprendió. A partir de aquella bicicleta que no habían robado, nunca dejarían de ir presos cada semana, cada dos. “En todas las causas caían juntos. Hasta se hacían llevar cuando uno había zafado para estar con los otros.” Simón se ríe de que sí, de que una vez fue él mismo el que le pidió a los de la comisaría de Pacheco que lo metieran preso. “Eh, oficial, pero yo robé con ellos. Lléveme, le decía al chabón. Y él: ‘Que no, pibe, vos tomátelas, no estás en ésta’. Y yo: ‘Pero mire que yo estaba ahí, y si no robo ahora y me lleva, dele’. Tanto lo jodí que al final me dijo: ‘Bueno, querés ir adentro, vení’.”
Le iba. a hacer una entrevista a la abuela. Ella daba vueltas por la cocina preparando algo en una botella cuadrada recubierta de pársec y llena de chucherías, de amuletos y cadenas, diminutas formas en arcilla, cascabeles. Esperaba a una mujer que tenía cita con la Mai y no llegaba. “Si usted no está apurado, me puede esperar, porque yo primero tengo que hacer un trabajito”, dijo y desapareció por un pasillo vestida con una remera blanca y una pollera larga con volados. “Es que está por venir la Africana”, comentaron varias veces Graciela y Emilia mientras hacían girar la ronda del mate. Pensé que había alguien a quien le decían así. Simón pidió un papel y lapicera, Se puso a escribir una carta a Facundo, su más entrañable amigo preso. Mientras las mujeres y yo seguíamos hablando del tiempo ido y del espectáculo de Moria Casán, dos nenas jugaban entre el patio y la cocina riéndose de algo que no terminaba de comprender. La abuela trabajaba en la habitación contigua en algo. No sabía en qué, aunque sospechaba que era una ceremonia Umbanda.
Desde la habitación comenzaron a llegar frases en portuñol dichas con una voz mucho más cascada que la que había escuchado recién en la abuela. Descubrí girando en la silla que lo que separaba la cocina del otro cuarto era sólo una cortina blanca colocada a manera de muro. A través de la tela levemente traslúcida se distinguía la silueta de Marga con su abultada y larga pollera de Mai. Se había puesto además un sombrero de paja, con la forma de una capelina deshilachada, que había llenado de flores secas, pañuelos y talismanes. Acomodándoselo cada tanto con las dos manos, como una campesina graciosa, se movía con agilidad frente a un altar atiborrado de santos de yeso y velas encendidas. «Procure o minino”, decía de repente. “Vocé no sabi qui é el amor de muiher”, escupía. Afuera la tarde luminosa desaparecía poco a poco. Por la puerta de la cocina se podía ver el patio con unas sillas oxidadas alrededor de una vieja mesa de jardín y más allá la línea del horizonte sobre un descampado. El crepúsculo daba lugar a las luces pobres de la villa. Simón terminó su carta, unos párrafos gordos de letra prolija, y llegó Chaías, a pedirle una cura a la Mai. Los invitaron a pasar al templo. Y luego a mí. La Mai hablaba en portugués con la propiedad de un turista que recién llega a Florianópolis, pero con la soltura de una niña que se divierte haciendo jugar las palabras para darles siempre el tono indicado para el personaje que encarna al jugar con sus muñecas: una mamá mala, severa, una abuelita dulce y buena. La Mai no era otra que la abuela de hacía un rato pero poseída ahora por el espíritu de “la Africana”, una viejecita llena de picardía.
Al salón no se accedía por la cortina, sino por una puerta en un pasillo lateral. Apenas entrar y allí estaba la Mai junto a Graciela, que dulcemente se ocupaba de traducir sus frases, sus preguntas. Y de explicar los códigos al novato. Ce La Mai dice que podés preguntar algo, pedir por algún problema.” No supe qué contestar. “La Mai dice que puede ser que haya personas malas a las que les hiciste daño que quieren hacerte mal ahora a vos.” Entonces la Africana dijo que podía hacer algo por la supuesta venganza si conseguía siete piedras de colores y una larga lista de ofrendas. “La Mai dice que después mi mamá, la abuela de Simón —la dueña del cuerpo poseído por la Africana—, te va a decir bien qué es lo que necesitás para que ella haga un trabajo de protección.” La Mai volvió a interesarse en Simón, su preferido. Simón buscaba complicidad en las mujeres de la casa para que lo alentaran a volver a ver a Mariela, la chica que fue su novia hasta que la estadía en el -Alma- fuerte se hizo demasiado larga. Después de tanto tiempo Mariela ya vivía con otro. Por la tarde, en el hospital los otros pibes de la villa 25 hablaban de un hipotético tiroteo entre estos dos rivales amorosos. Resultaba hasta tierno escuchar los murmullos sobre esa historia de amor porque no había quién tomara partido en el asunto: sobre todo viéndolo a Simón, que lejos de parecer agresivo, era un chico de mirada descansada, una especie de pichón en un cuerpo desarrollado. La Mai, en ese sentido, era una de las más terminantes. Como abuela, antes de incorporar el espíritu, sin sombrero pernambucano en la cabeza ya le había dicho a Simón: “No podés!”. Y él, agarrándose la tela de la camisa ancha sobre el pecho, agachando la cabeza en signo de constricción, le había contestado:
—El corazón lo tengo que pegar con cintas, todavía.
Y la abuela, impasible, para cerrarle la idea, en el lenguaje de los pibes:
—Ya fue.
Como Mai se lanzó a combatir esa esperanza en Simón, que no dudó en consultarla al respecto.
—Mulher fica como una putana. Mulher vai fifar con vocé y depois fazfa con outros mininos. Despois fica con outro homi. Muiher no sirve para corazao de vocé. Ela pogi traer problema para vocé.
Lo dijo con esas voces cascadas que supuestamente tienen las magas de nuestros pagos, algo así como la machi que aparece en Nazareno Cruz y el lobo, pero en ese portuñol nada fácil, único.
—Pero yo por lo menos quiero estar una noche con ella Mai, no me importa después.
—¡Si a vocé no importa vai! ¡Vai! ¡Vai ¡Vai! ¡Vocé es duro de matera! —dijo la Mai y con la mano al viento, hizo ese gesto que puede significar andate al carajo, o hacé lo que quieras, o me doy por vencido ante tu deseo.
Luego hicieron pasar a Matilde. Le besó la mano y le habló del niño agonizante. Fue hacia el altar, hizo un rezo, prendió una vela más y buscó entre sus cosas. Tenía repisas de donde sacaba más velones, collares, amuletos. Sobre una pequeña mesa había un frasco de colonia. Cuando llegó una octava persona —ya estábamos allí Simón, las dos nenas que seguían riéndose pero entre dientes, Graciela, Chaías, Matilde— la Mai nos hizo pasar al templo, o sea distribuirnos en las sillas que rodeaban el salón decorado en versión umbanda. La Mai había colgado de las paredes todos los objetos folclóricos que había encontrado y que le habían regalado a lo largo de una extensa carrera como médium umbanda. Sobre un lado había bombos del norte, sobre el otro sombreros mexicanos, y más allá máscaras de alguna tribu meridional. La Mai de pronto prendió un cigarro, un cigarro de verdad, al que en el extremo, como un toque de sofisticación, le colocó una boquilla. Cuando estuvimos todos sentados ella hizo lo propio sobre el piso. Como una niña, o como un niño vestido de niña, ella se acomodó la pollera arrepollada que se había hecho con una tela de un estampado geométrico pero sumamente pálido, y la puso entre las piernas abiertas en posición de indiecita. En las manos batía como si fuera una maraca la botella bañada en pársec. Cada tantas pitadas tomaba un trago.
A Matilde le recomendó que consiguiera una gallina «bermella o amarela”, pero que de ninguna manera fuera “preta”. “Una mulber que habita perto tua morada, ela tein muitas como la que vocé necesita”, instruyó la Mai. “Justamente —me comentó Matilde al oído—, en mi cuadra hay una vieja que tiene un montón de gallinas.” “Nosi preocupi, si e afanada, melhor”, dijo la Mai, en lo que creí que era el nudo de la información que sentado ante la Africana debía recibir.
Graciela quiso traducirla.
—La Mai considera que robar no siempre es malo. Porque cuando ella era una mujer africana hace cinco mil años atrás, su gente se alimentaba de cualquier cosa, de raíces, de frutos, y había quienes se los querían apropiar, entonces ellos robaban. Por eso es que no siempre es malo robar.
Graciela, una mujer muy suave, hacía esfuerzos por mantener el diálogo entre nosotros los creyentes y la Mai que por momentos se desbocaba. De pronto tomó un largo sorbo del licor, dio una pitada profunda a su cigarro y me miró, detrás del ala del sombrero:
—Vocé tein um problema.
La Mai, hizo, a partir de esa sentencia, un diagnóstico según el cual yo tenía enemigos malos a los que les había hecho daño, y estaba además agotado de escuchar historias sobre muertes, cargado. Después de ese dictamen, tras curar el cuerpo de Simón y de Matilde, lo hizo conmigo. Me paró descalzo en el medio del pequeño altar y comenzó a frotarme con velas de colores. Lo hizo con diez velas, que sucesivamente se fueron trizando a medida que las hacía rodar sobre mi ropa. Ella respiraba fuerte y en un momento se dio vuelta para mirar al resto que hacía de espectador frente a los acontecimientos.
—Muito forchi, muito cargado —dijo.
Tomó el frasco de perfume y echándoselo primero sobre las manos me restregó la cara, el cuello, las manos. La evaporación de ese aroma barato usado para la ceremonia me estremeció, y cuando salí de allí y volví a colocarme los zapatos Simón y Matilde me miraron y me dijeron que ya se me veía cambiado. Ellos, coincidieron, se sentían mucho mejor, se les había disipado el cansancio de no dormir durante dos días enteros esperando noticias sobre Daniel.
Nos despedimos y la Mai continuaba con su ceremonia. Atravesamos la frontera entre la villa 25 y La Esperanza: en la esquina de la casa del Frente Vital paramos a saludar a los pibes reunidos en la esquina porque entre ellos estaba el Pierna, el increíble apodo de un pibe grande sin piernas sentado en una reluciente silla de ruedas nueva. Nos saludó con toda educación y dejó que el porro que tenía en la mano se consumiera medio oculto por el doblés de los dedos quemándose por respeto a Matilde. El respeto en la villa es así: no importa que Matilde haya visto fumar a cientos, ni que sea obvio que no sancionaría nunca a alguien por eso, simplemente es la mamá de Simón y una señora. “¿Cómo está el nene señora?”, le preguntó el Pierna. “Sigue igual”, contestó Matilde y les contó sobre los abogados de la empresa de trenes que los visitaron en la sala de espera del hospital y de los otros que después aparecieron ofreciendo sus servicios especializados en accidentología y juicios civiles de resarcimiento. “Si los de la empresa le vienen a ofrecer dos mil, diez mil dólares, usted no acepte porque ellos van a tener que pagar mucho más”, le dijeron dos mujeres que le dejaron un volante a todo color promocionando su labor. “No le pegué porque estábamos en el hospital, pero les dije que si creían que ser cartonera era ser analfabeto o ignorante se habían equivocado. Porque yo sé muy bien lo que vale la vida de mi hijo y si hacemos algo en la justicia es para que haya justicia para todos, para que no le vuelva a pasar a otro más.”
Matilde no encegueció ante la agonía de su hijo. Como si un aprendizaje de años la guiara desde el día del accidente planteó como eje central de lo que había ocurrido la certeza de que sólo fue posible porque el tren blanco estaba hecho para los privados de todo derecho. El vagón en el que viajan pagando sin excepción cada uno su boleto es un desperdicio de los viejos trenes al que se le quitaron los asientos para convertirlo en un depósito de los indeseables que de otra manera molestarían con sus carros a cuesta a los pasajeros. Sin vidrios en las ventanas, sin luz, los vagones funcionan, al decir de los maquinistas, fuera de toda legalidad. “No deberían estar sobre las vías”, asumen. El tren en el que iba Daniel no frenó a pesar de los gritos de los cartoneros porque ni siquiera tiene freno de mano. Daniel chocó contra una estructura metálica que rodea la estación diseñada para que nadie pueda colar el cuerpo en el andén sin pagar el boleto.
Seguimos hacia la casa de Estela. En la esquina de su cuadra había otro grupo de pibes. Allí nos paramos con Simón. Sonaba en toda la cuadra una batería nada prodigiosa. Era el ensayo de alguno al que los pibes no le daban entidad. Pensé que podían ser los Jedientos del Rock, vecinos de Estela y Manuel, o Pablito Lezcano, el millonario que nunca se fue de la villa y se hizo construir un estudio de grabación en la casa de siempre. Pero cuando Simón preguntó balbucearon que era algún gil. Eran unos siete pibes amurados contra el paredón y una chica sentada en un cordón que pasaba con prolijidad la letra de lo que parecían canciones o poemas a una hoja en blanco. Entre ellos estaba el Chicote, un amigo de la familia de los que todos los días marcaban presencia en el hospital, un pibe más chico que el resto, que a los dieciséis alternaba el robo a mano armada con el box en el que de vez en cuando competía como peso pluma. “Te fui a esperar y no estabas”, me cobró porque acordamos temprano que lo entrevistaría en el hospital pero la ceremonia de la Mai me había cautivado hasta hacerme olvidar de él y del tiempo. “Vení, saludame, que ahora no saludás”, le disparó la morocha que escribía. Él no le contestó, la miró riendo y calló. Pasó un rato sin que nadie iniciara una conversación. Simón era casi el único que hablaba: “Mirá éste, qué grande que está, con arito y todo”, criticó a uno de los más chicos que se había desarrollado en su ausencia. “Y éste qué gordo que está.” Un flaco de pelo largo saludó a uno por uno y puso cara de quién sos cuando le estiró la mano a Simón. Simón disfrutaba de ese anonimato. “El chabón mira tipo quién es este nuevo”, se burló cuando el chico se fue.
Los dejé para avanzar media cuadra hasta la entrada al pasillo de Estela donde ella y Matilde charlaban con varias mujeres amigas. En la puerta de su casa estaba Elsa, una vecina a la que Simón saludó como tía. Nos quedamos allí como media hora. Repitiendo los comentarios sobre el estado de Daniel. Simón entró a la casa de Elsa a saludar al tío que estaba enfermo en la cama. Y Elsa salió de su casa con una fuente en la que había puesto algunas milanesas preparadas. Después volvió a entrar y trajo cuatro huevos frescos. El mercadito que le da fiado a Estela había cerrado. Nadie había mencionado el tema pero en ese momento quedó claro que lo que Elsa les regalaba era lo único que podrían comer esa noche. Matilde desapareció: en silencio, después de cuarenta y ocho horas sin dormir salió a hacerse de la gallina amarilla que le había sugerido la Mai que robase.
La casa de Estela es la última de un largo pasillo que se incrusta en la manzana como si fuera la entrada a una sola casa. A lo largo del sendero hay decenas de ranchos desde los que sale el ruido de los televisores, la cumbia a todo dar, el olor a guiso, las carcajadas que suceden a los chistes de siempre, algún insulto, el silencio. Estela es dueña de dos piezas de paredes descascaradas. En la cocina hay un televisor que estaba encendido en Pop Stars, el programa elegido por sus hijos de entre dos y siete años. Simón tomó el mando, se sentó frente al aparato y puso una película de canal de cine yanqui sobre una banda de ladrones negros que se eliminan entre ellos a medida que se acerca el final. “Yo en el instituto me la paso mirando películas, no paro”, me contó. Y después se puso a hablar de fútbol, de cómo le gustan los programas deportivos en los que los comentaristas se la pasan discutiendo.
Estela primero preparó el baño para Simón. Calentó el agua del calefón, le dio una toalla y le dijo que podía desvestirse en la pieza, que no se hiciera drama. Simón prefirió pasar sin desnudarse hasta el baño, y al cabo de unos minutos gritó con culpa que la toalla se le había caído al piso todo meado. Estela le acercó otra. Le dio un pantalón azul, nuevo, con bolsillos laterales. Y Simón se probó un par de buzos hasta qué uno lo conformó. Estaba pálido, más pálido que por la mañana. Tiene una piel blanca que ha empalidecido hasta dejar que se noten las venas como hilos azules en el costado de la sien. La cárcel, pero sobre todo los oscuros calabozos de las comisarías y los pabellones de los institutos de máxima seguridad, vuelven translúcida la cara de los reos. Al salir, ése es el síntoma más evidente del encierro del que vienen. Aunque no sea por eso que quienes ven a Simón regresar después de tanto lo desconozcan o lo miren como a un fantasma que no esperaban encontrarse otra vez caminando por las calles apagadas del barrio, tan sombrías como su rostro. Es simplemente que el tiempo que parecía muerto resulta inevitable al volver, irreparable en su repentina marca de la ausencia, del confinamiento, del exilio que significa la prisión.
Estela preparó las milanesas y armó con pan duro recalentado en una sartén sándwiches para todos, sus cuatro hijos y nosotros tres. A Simón y a mí nos tocó uno más grande que el de los niños, con un huevo frito como refuerzo. Fue la primera vez en el día, nos habíamos encontrado a media mañana, que comimos. A esa altura teníamos hambre, un hambre al que yo mismo había aprendido a controlar a lo largo de la jornada sólo con saber tajantemente que no había qué llevarse a la boca. Cenamos nuestro bocado con una lentitud que disimulaba nuestra voracidad. “¿Está bueno?”, preguntó Estela. Y rió ante nuestro atorado sí. “Bueno, más vale que no quieran más porque no hay.” Sin embargo nos sorprendió con dos últimos pequeños sándwiches de premio. Recién comidos salimos los dos otra vez hacia el hospital. Simón quiso pasar antes por la casa del Cachi, uno de los transas históricos de la villa. “Le voy a pedir unos pesos y vemos si nos da unos tiros. No tiene drama el chabón, siempre fue gamba”, dijo.
Hicimos apenas dos cuadras hasta lo de Cachi. En el camino no nos cruzamos con nadie. Las calles del barrio, lo profundo de los pasillos, parecían apenas una escenografía de la pobreza deshabitada. “Esto está muerto”, me dijo Simón. En la casa del transa nos atendió su mujer que sí reconoció a Simón sin hacerle un solo comentario sobre su regreso. “¿Querés hablar con el Adrián?”, le preguntó. Esperamos dos minutos en la vereda hasta que salió un hombre de cara consumida de unos treinta y cinco años mal llevados. “Qué hacés Simón, ¿cómo va?” “Acá andamos”, dijo Simón y comenzó un diálogo de rodeos y convenciones propio de dos personas que se vuelven a ver sin tener nada que los vincule después de años. Simón apuró el objetivo y sin preámbulos le pidió algo de dinero para tomar un remise hasta el hospital. «Sí, todo bien”, dijo el dealer y entró a buscar. Volvió y le dio diez pesos. Entonces, acodado contra la pared, hizo un diagnóstico crudo de la nueva vida en la villa. “Acá todo está muerto. No quedan ni ladrones”, lanzó. «Ahora por ahí se mueve algo, muy poco, pero no sabés lo que fue esto en enero y febrero... Nadie tenía un mango. No sé cómo hicimos para zafar.” “Pero la plata está en la calle”, dijo Simón, aferrado a la fantasía de volver a robar chalets de ricos que guardan efectivo en el placard. “No, eso fue. Ahora para colmo la gorra está más maldita que nunca. Hacen lo que quieren, te matan como a un perro. Digamos que la verdad es que tienen carta blanca, esa es la verdad.”
Fue tan lapidaria la descripción de la debacle en la villa en la que Simón había dejado los equipos retumbando cumbias día y noche que ni siquiera se animó a pedirle al dealer que le convidara un resto de cocaína para remontar el agotamiento. Cruzamos la calle hacia una remisería ubicada en los monoblocks cercanos. Fue en vano: no hubo manera de convencer al viejo cara de perro que atendía de que nos aceptara como pasajeros. No le sirvieron ni mis documentos ni mis credenciales de prensa. “Aunque yo les, pida ningún chofer los va a querer llevar”, explicó sin inmutarse al lado de una morocha llena de rabia que también sufría la discriminación de la sospecha. Tuvimos que buscar otra remisería donde finalmente nos aceptaron cuando el chico que atendía reconoció en Simón al mismo pibe que hacía años iba a su casa de visita. “Eh, ¿no te acordás de mí? Yo estuve en tu casa, mi hermano salía con tu hermana”, le refrescó. El pibe sonrió cuando terminó de ubicarlo. Y dejó de anotar el número de mi DNI en la planilla donde asienta a cada cliente desconocido. Subimos al auto de un chofer de todas maneras atemorizado. Pasamos antes de salir del barrio por la casa de la Mai. Habíamos quedado en que la entrevistaría. Bajé a despedirme. Era otra vez la abuela Marga. Antes de darme un abrazo me entregó un papel en el que había anotado todo lo que necesitaba para hacer el trabajo de limpieza y protección contra mis supuestos enemigos. “Diez velas rojas y blancas. Siete velas de cualquier otro color. Cinco metros de cinta bebé verde, roja y amarilla. Una lata de dulce de batata vacía. Siete piedras de diferentes colores. Siete claveles blancos y siete claveles rojos. Un ladrillo (robado).”

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Vidas de pibes chorros - Capítulo 6

Brian saltaba con los brazos abiertos, como una langosta pero sobre el mismo lugar, sobre sí mismo, golpeándose el pecho para mostrarle a sus vecinos armados para la guerra el blanco al que debían disparar sin asco. Brian, dieciséis años, el pelo corto y rubio, el torso de una criatura de doce, la cara palpitando como endemoniada por el efecto de tres días de pastillas y alcohol, saltaba tal como si estuviera en los tablones de una cancha, acompasado por el subir y bajar de cientos de hinchas. Pero aquel sábado por la tarde, con el sol cayendo sobre su figura, saltaba en realidad sobre el asfalto caliente de la calle General Pinto, semidesnudo, vestido sólo con el short de un equipo de fútbol; se golpeaba el pecho con la mano izquierda y hacía girar sobre el dedo anular el arma con la derecha. Frente a él, a lo ancho del asfalto, multiplicándose, lo insultaba la turba dispuesta a sacrificarlo. Los hombres de cada pasillo, los jóvenes y los veteranos, rescataron las armas de los roperos y del fondo de los cajones con ganas de liquidarlo. Ya habían soportado que le robara a doña Rosario, la abuela más anciana de la cuadra; que le quitara la bicicleta a una nena poniéndole el caño en la cabeza, y que asaltara a la mismísima madre del Frente Vital, para terminar queriendo fusilar al Rana por un exabrupto de poca monta. El Rana le había pegado a uno de los Sapitos, los únicos amigos de Brian en el mundo, y los miembros de una precaria banda de “ratas”, tal como llaman en la villa a “los que les roban a los vecinos y comen sin importarles de dónde rapiñan” el alimento o las drogas.
Cuando ese medio día llegué con el fotógrafo Alfredo Srur al barrio, Rodolfo, uno de los hombres de la casa contigua a la de Sabina estaba sentado en la puerta. Arreglaba con toda parsimonia el motor de una Estanciera. El barrio lucía radiante a pesar de la miseria y salía olor a frito de un par de ventanas. Varios chicos jugaban en el cruce de French y Pinto y se disputaba un picado con pocos jugadores en el descampado de la esquina, donde se luchó contra la policía bajo el aguacero. Pato, el hermano de Víctor, tenía franco en el supermercado, una excepcional circunstancia de ocio, y cuidaba el fuego de la parrilla dispuesta en la vereda en la que asaba dos pollos para el almuerzo. Pato ese día tenía un buen humor encantador y coqueteaba con una morocha adolescente de jean ajustado que entraba y salía del pasillo al costado de su casa. Ella apareció después de haberse paseado varias veces del pasillo a la esquina con un bife ancho en la mano que Pato accedió solícito a poner en la parrilla junto a los pollos propios, para aprovechar las brasas.
Después de almorzar con Alfredo, Chaías, Pato y Tincho, uno de mis guías durante las primeras incursiones, visitamos la tumba de Víctor en el cementerio de San Fernando. Pato llevó la bandera que hizo pintar para su hermano: el Frente sonríe dibujado como una caricatura. Y también las remeras en las que el ladrón le pisa la cabeza a un policía. Con los ojos desorbitados y la lengua afuera el bonaerense soporta el peso de su zapatilla de pibe chorro. Esa vez, con las camisetas puestas los chicos volvieron a hacer las ofrendas de siempre. Además de los sepultureros municipales que pasan los días refugiados del sopor caluroso del cementerio en una oscura oficina pegada al hall, al lugar lo custodian agentes de civil de la Policía Federal. Cuando conocí el santuario del Frente su madre me contó que apenas los chicos se empezaron a juntar alrededor de la tumba, a perfumar el aire mortuorio con el dulce sabor de la marihuana y a parecerse a una bandita desconsolada por la caída de su referente más generoso y altivo, las mujeres que solían ir a visitar a sus muertos cerca de la zona donde estaba enterrado Víctor, solían quejarse. “Allá hay una patota”, acusaban. Ese sábado los federales se mantuvieron a una distancia prudente, y como si ya hubieran estado acostumbrados, hicieron como que no nos veían. Nosotros tomamos una cerveza, fumamos un porro y nos volvimos después de que Alfredo Srur hizo las primeras imágenes de lo que sería un largo ensayo fotográfico.
Salíamos del cementerio por uno de los portones laterales y Tincho, el pelo largo, la cara afilada, la nariz que se cae de costado levemente como una hoja mustia, como una fosa nasal hecha de resma, me tomó del brazo, me lo cruzó en la espalda, y me pasó el suyo por el cuello haciéndome levantar unos centímetros los talones del suelo. Jugaba al ladrón conmigo como rehén de una ficción inspirada en la vida real, una non fiction propia, una recreación graciosa de su actuación mejor lograda.
—Tomemos rehenes! —dijo, y me empujó con la rodilla hacia la salida del cementerio.
Chaías, Pato y Alfredo se reían del show.
—¡Llamá a la tele, llamá a la tele! —lo alentó Chaías.
—¡Quedate quieto gil que sos boleta! —me escupió Tincho en la oreja—. ¡Las cámaras loco! ¡Traé las cámaras y llamá al juez! —ordenó a un imaginario negociador.
El consumo que comenzó cuando tenía doce años ha dejado en Tincho no sólo las marcas físicas sino, al menos en su manera de recorrer sus elecciones y su destino, una relación con el delito que considera casi imposible de quebrar porque no habría manera de sostener el gasto que le produce “el vicio”. Claro que después de horas de conversación distendida contra un paredón de la villa San Francisco, mientras en el potrero se disputa un picado dominguero y cruzando la calle una bandita baja cervezas como si fueran el agua de la eterna juventud, el consumo es un dato menor, absolutamente aleatorio a las condiciones de vida que llevaron a ese chico de diez años, perdido entre las calles y los vagones viejos de Retiro, a comenzar en el camino del robo. El robo, tal como era concebido en aquel entonces por Tincho, se trataba de la picardía heredada de uno de sus hermanos mayores, consistente en meter la pequeña mano de niño por las hendijas de los colectivos en una terminal de línea, para hacerse de la recaudación ante la distracción de los choferes. “Nosotros somos doce hermanos, mi vieja sola y a los diez tuve que salir a hacer lo que fuera, después de a poco aprendí a poner caño. Todo se aprende. Es cuestión de que el otro te crea que sos malo”, me dijo el día que lo conocí pasándose la mano por el pelo largo, volviéndoselo a acomodar en la espalda, repasando con la yema del dedo índice la napia, esa superficie perdida de cuerpo en la que podría comenzar una cartografía de su delincuencia.
De aquello ya habían pasado más de seis meses cuando ese sábadoTincho jugó a usarme de escudo humano, poniéndome en el lugar de sus víctimas, enseñándome que a pesar de nuestra creciente cercanía, más allá de la particular relación que íbamos construyendo entre mis preguntas y sus respuestas, yo seguía siendo un potencial asaltado, un civil con algunos pesos encima; y ellos continuaban siendo excluidos dispuestos a tomar lo ajeno como fuera para salvarse por unas horas, arriesgando el resto de vida, dando un paso en el que todo se puede ir al infierno. Tincho me llevó abrazado, maltratándome cariñosamente hasta la salida del cementerio en el que el Frente era apenas uno más de los amigos enterrados tras caer bajo la metralla policial o la bala vengadora de un pleito ridículo con un “atrevido” del barrio. «Acá vamos a terminar todos. Acá cuando vengo no paro de visitar pibes. Y siempre pienso: ¿dónde será que me va a tocar a mí?”
Sabina me lo contó por teléfono: “Un pibito de la villa me quiso robar anoche”. Ella volvía a su casa disfrutando del calor nocturno de enero. Caminaba tomada de la mano de Ricardo, el último hombre del que se enamoró en la madurez, después de esos matrimonios de los que tuvo que huir. El chico rubiecito los frenó en medio de la calle. Aferraba con las dos manos un revólver de caño largo. Le apuntó a ella pidiéndole que entregara la plata que llevaba encima: un robo de diez pesos, de veinte con muy buena racha.
—Hijo, ¿no me conocés? Soy Sabina, la mamá del Frente, quedate tranquilo —atinó a decirle, temiendo que se le disparara el arma sin querer.
Era Brian. Tenía los ojos expandidos de tanto aspirar pegamento y consumir pastillas de Rohipnol. La miró dos veces antes de darse cuenta a quién estaba apretando. Cuando distinguió su cara a pesar de la locura dejó caer las rodillas sobre el cemento y se puso a llorar.
—Perdóneme doña, perdóneme —le rogó con las manos en posición de rezo cristiano, pero sin Soltar el 32 cargado.
—Está bien Brian, tranquilo, tranquilo, no pasa nada.
—Perdóneme por favor —dijo entre sollozos.
Sabina lo convenció de que bajara el revólver. Y él marchó con la cabeza gacha balbuceando unas disculpas incomprensibles con el arma bamboleándose en la laxitud de su mano descontrolada. La sinrazón que provocan las pastillas lo había llevado a querer asaltar a la madre del santo de los chicos ladrones, pero ni en ese nivel de desborde pudo abstraerse del pecado que cometía. Sabina me lo contó preocupada por esos chicos de la edad que tenía su hijo al morir; atrapados por el consumo, queriendo ganarse a punta de pistola los pesos necesarios para repetir la dosis y no bajar jamás de ese estado de euforia que dan más de dos pastas con vino. El Rohipnol es un fármaco antidepresivo de venta restringida que entró en las villas del conurbano en los comienzos de la década del noventa para no irse jamás. Al entrar en la villa San Francisco conocí las pastillas de la mano de Chaías y de Tincho: una larguísima tarde me explicaron cómo te dejan las «rochi”, como les dicen. La pastilla en esa época salía un peso. “Si te tomás una, te pega. Con dos, andá y piloteala, loco. A la tercera que te tomás ya no sos vos. Y cuando te quisiste acordar por ahí te mataste a piñas y te das cuenta al otro día.”
Brian lo conoció a Víctor Vital de lejos. Él era uno de esos que se le acercaban a pedirle para yogur cuando el Frente iba al kiosco de Pupi. Casi exactos tres años han pasado desde la muerte del santo y Brian puede haber olvidado muchos órdenes, todas las normas bajo el imperio del Rohipnol, pero no lo que significa tocarle la madre al Frente. La generosidad del Frente, ese derroche permanente nada sería si el mito no estuviera fundado también en el arrojo, que en él y su banda dejaron escenas memorables, reconstruidas cada tanto en el anecdotario inacabable de la villa. Y una de ellas es la venganza de aquella noche en que creyó que le habían matado a la madre.
Manuel salía de robar el supermercado que está justo debajo de las escaleras de los monoblocks, frente a uno de los transas de la villa 25.
—Che, le dieron un tiro al Frente —pasó a avisar un pibe en bicicleta.
—No!
—Sí. Se fueron en un coche —dijo mientras se alejaba cruzando la canchita de fútbol que le da utilidad al descampado.
Manuel y los dos pibes que lo acompañaban pararon un remise, subieron y salieron hacia la casa de Víctor golpeando las puertas del auto en movimiento.
No era Víctor, era Sabina la que había sido baleada. Manuel se lo encontró en la puerta del rancho con la Itaka tirando al aire como queriendo saciar el odio. Creía que su madre estaba muerta, la bala le había entrado cerca del corazón. El novio de una de las mujeres que cortejaba por esos días, después de un tiroteo menor en el que no alcanzaron a saldar el encono, había pasado en un auto por el frente de la casa disparando una ráfaga de 9 milímetros. Sabina estaba comiendo. La bala le entró en un pulmón. Ella apenas sintió un ardor y vio la sangre desparramarse por su camisa blanca. Sabina suele mostrar la bala que pasó a dos centímetros del corazón, perforó el pulmón izquierdo y quedó en su cuerpo para siempre, al borde de la columna, como si la hubiese frenado la piel milímetros antes de salir. “Mirá, tocá”, me dijo Sabina una tarde que caminábamos por la villa levantándose la remera en la espalda para dejar ver la muesca, la pequeña protuberancia del plomo incrustado, ahora familiar e inofensivo.
A Sabina un vecino la llevó hasta el hospital de San Fernando. Víctor llegó cuando ya no estaba y por el tipo de herida que le describieron pensó que moriría.
—Vamos, ¡vení! —le ordenó Manuel a Víctor cuando lo vio disparando.
—No, no, ¡dejá! —se resistió él, aferrado a la escopeta recortada.
—Vamos, vení!
—Qué hacés gil de mierda! —le dijo Manuel—. Antes de tirar esos cartuchos al pedo, guardalos y vamos.
—Eh, ¿qué? ¿Dónde vamos?
—¡Vamos!
Apareció, preparado por los avisos de los pasillos, el Mera, uno de los ocasionales socios en los asaltos. Traía en la mano dos calibre 32 y una Bersa. Cuando iban hacia la casa del Pollo, donde sabían que los equiparían con arsenal, estacionó un auto muy cerca de ellos. Ni lo pensaron, era lo que necesitaban.
—Bueno, bajate, vamos y venimos —le dijeron al chofer, que ni siquiera alcanzó a ser apuntado para que entregara sin quejas el Peugeot 504 desvencijado.
—Dejame ir adelante, que a mí no me conocen —le dijo Manuel a Víctor.
—No, dejame que voy yo —prefirió.
Ahora llevaban encima una Itaka, la escopeta recortada, dos revólveres 32, un 22 corto y una Bersa. “Cuatro éramos con esas armas, porque el chofer no se bajaba en ningún lado. Uno tiraba con una, y después tenía que tirar con la otra, y así hasta que vaciamos todo lo que teníamos.”
La aparición del coche en el que iban le pareció un anuncio fatal al hombre que aquella tarde había baleado desde otro auto en marcha la casa de Víctor queriendo vengar el engaño amoroso que había llegado a sus oídos.
Ellos avanzaron sin miedo a que los otros alcanzaran a preparar la defensa.
—Pará el coche acá —le dijo Manuel a Ernesto, el que manejaba.
—Yo me quedo —dijo el chofer.
—Yo los cubro con un 32 cuando vuelvan —dijo el Mera.
Se bajaron Víctor, Manuel y Facundo. Caminaron con las armas mirando el piso hasta quedar a tres metros de la vereda, con la casilla de machimbre adelante como un blanco infalible para practicar tiro. Uno dijo:
—Bueno guacho, éste es el coche y ésta es la casa. ¡Fue!
Levantaron las armas y apuntaron.
Larry, el vengador vengado, vio el perfil del Frente Vital por entre la cortina.
—iAl piso! ¡Tirate al piso! —le dijo a su mujer, y con ella a los amigos, los chicos y la madre que canturreaba una cumbia en los fondos.
“Empezamos con el Facu y con el Víctor con una Itaka: ¡Blum! ¡Blum! —cuenta Manuel—. Con la escopeta: ¡Blum! ¡Blum! Con la pistola: ¡Blum! El que manejaba el auto se quiso ir cuando empezamos a bajarlos y el Mera que se quedó con él, lo paró: ‘Eh, guacho, que los pibes están conmigo’. Les bajamos un cargador y después el otro, o sea que le fuimos destruyendo el rancho al chabón. Pero se nos terminaron las balas. Por suerte el Mera estaba arriba del coche. Nos volvimos al auto caminando con los fierros en la mano, y como teníamos miedo de que nos dieran un tiro por la espalda, él desde arriba del coche: ¡Blum! ¡Blum! ¡Blum! ¡Blum!, nos cubrió a todos hasta que salimos de ahí para buscar más balas porque se nos habían acabado. Subimos al coche, vinimos para acá, agarramos un par de balas más, dimos unas vueltas, pero entramos por atrás para la remisería, que era de la madre, la Yoli. A ésa también se la bajamos, no le quedó un auto sano.”
El que más lamentó el tiroteo, sin víctimas, sin heridos, fue Pedro, un chico del barrio que tenía el auto estacionado a un costado de la remisería, demasiado cerca. El escopetazo que tenía en la puerta del conductor era como un ojo de pez, del tamaño de una claraboya.
—Eh, Frente, mirá cómo me dejaste la puerta del coche. Mirá la puerta del Taunus! ¡Frente, guanaco! ¡Mirá cómo me dejaste la puerta!
Manuel lo cuenta y larga unas carcajadas secas.
—Bueno, pero quién te mandó a dejar el coche ahí —dice que le contestó el Frente a Pedro, una vez terminado el ajuste de honores, para carcajadas de todos los presentes.
—Mirá que si porque era el coche de Pedro no íbamos a tirar ¿no? Ya estábamos en el bondi. Era el coche del Pedro, de todos, del que venía. A nosotros no nos importaba nada.
El sábado del descontrol de Brian volvimos del cementerio en un remise. Los chicos le pidieron al chofer que pusiera Leo Matioffi, el cumbiero romántico cuyas canciones se saben de memoria. En el camino Pato habló del robo a Sabina y de los otros bardos de Brian esa semana. Chaías contó su propio incidente con Brian y los Sapitos. Le habían puesto una pistola en la cabeza a su hermana.
—Si no hubiera sido por los pibes de la cuadra que la rescataron a los tiros capaz que la mataban —exageró.
Él intentó vengarse, pero tampoco andaba demasiado lúcido por esos días: no podía deshacerse de la bolsita de pegamento, la tenía adherida al bolsillo, de donde le asomaba como una lengua de plástico de una hediondez penetrante. Solía oler a pegamento aunque era sumamente cuidadoso con eso: vivía lavándose los dientes, pasándose jabón para no quedar escrachado ante su padre o ante Sabina. Siempre que estuve con Chaías “de bolsita”, cuando partíamos a la casa del Frente, se esmeraba en parecer “careta”. Gatilló dos veces desde la esquina hacia la media cuadra apuntando al Sapo, el más grande de la banda, pero con pésima puntería.
—A ese pibito le queda poca vida —dijo el Pato, a la manera en que un profesional diagnostica una enfermedad terminal con plazo estipulado para la muerte.
Antes de volver a la casa, Pato accedió a intentar por enésima vez convencer a Mauro, el maestro del Frente, para que me diera una entrevista. Paramos frente a su casa, a la vuelta del corazón de la villa 35. A través de Sabina había intentado ya varias veces que accediera a ser entrevistado para contar sobre su propia historia y la de su preferido. Pero siempre se había escabullido prometiendo un encuentro en el futuro, en el momento en que ya no fuera tan doloroso recordar. Cuando lo conocí se recuperaba aún de una operación de peritonitis que lo .había tenido al borde de la muerte, era portador. de HIV y la cirugía lo había sorprendido con una crisis de defensas. Una sola vez lo había visto en la casa de Sabina: pero sólo había accedido para decirme que le provocaba una profunda tristeza hablar sobre Víctor, que se sentía débil, que desconfiara de los que me decían haber sido íntimos del ídolo. “Ahora todos los giles robaron con él, estuvieron con él, eran los mejores amigos de él”, se quejaba. Cuando llegamos a su casa no pudimos verlo. Estaba ocupado, atendiendo a Nadia, su mujer.
—No lo vamos a poder ver porque la señora tuvo un ataque de nervios, el hermanito le robó a una vecinita la bicicleta. Parece que le puso el caño en la cabeza. Recién le vino a reclamar el padre de la nena. Ahora la señora está que no para de llorar.
Pato me explicó así la situación. Comprendí la sucesión de historias. Mauro estaba casado con Nadia, la hermana de Brian. Era la cuarta hija de un matrimonio obrero con ocho hijos. Brian era el más chico de todos. Nadia tenía veinticuatro años, era delgada. Ese día tenía puesto un jean y una musculosa blanca. La explicación de Pato aclaró porqué apenas estacionó el auto vimos cómo se largó a llorar frente a un hombre que batía las manos y remedaba con la mano el caño de un arma. La veíamos con cierto pudor, a unos metros. Supimos luego que se desesperaba por Brian.
—El Brian es el único varón que queda de los tres que eran. Al más grande lo mató mal la policía. El otro mató a un rati de un tiro en la nuca. Este es el que queda — contó Pato cuando nos íbamos a su casa, a tres cuadras. Desembarcamos en la siempre apacible estancia de la casa de Sabina. La nena de la casa gateaba con sus juguetes. El Pato se tomaba un vaso de cerveza helada. Yo ni siquiera recuerdo qué hacía cuando se sintieron varios tiros demasiado cerca. Casi en la puerta misma, tras la cortina azul que nos separaba apenas de la calle. Alfredo Srur entró como empujado por un tifón desde la vereda. Lo conocía como un valiente, no estaba hecho sólo de talento sino también de una especie de instinto suicida que le permitía caminar como sobre una alfombra mullida en el territorio minado de cualquier sitio con suficiente densidad. Quizás porque había sido deportado de California a los dieciocho años y había pasado una semana en la ranchada de unos ilegales en Miami, pero Alfredo tenía una conducta casi tumbera. Sin embargo esa tarde lo vi palidecer ante la balacera. Los ojos y las comisuras ocupaban toda la cara. No sabíamos si tirarnos al piso, o correr hacia el baño en el fondo. Pensé en el tiro que Sabina lleva aún incrustado en su espalda: había entrado por esa ventana. Del tamaño de una mirilla hecha con los dedos pulgar e índice, justo en el centro de la primer hoja, cruzada por tiras de cinta adhesiva, todavía está la marca que dejó la bala calibre 9 milímetros. El Frente miraba cómo su barrio se batía a duelo.
Nos juntamos como un cardumen en la puerta.
A unos diez metros, sobre la calle General Pinto, gritaba, escupía, insultaba.
—¡Putos! ¡Putos! ¡Ortibas!
Brian había querido matar a un pibe del barrio, el Rana.
—Vos le pegaste a mi amigo! —le dijo.
El Rana había tenido un entredicho con uno de los Sapitos. Brian le vació el cargador encima con pésima puntería. Los vecinos no tardaron en salir, armados cada uno con lo suyo. Brian retrocedió apenas vio que se le venían encima una decena de hombres armados. Entre ellos Rodolfo, el tranquilo vecino del motor, le disparaba con dos revólveres. Desde el medio de la calle el chico saltaba como poseído, se golpeaba el pecho con las manos. Gritaba: — Giles! ¡ Antichorros! ¡Los odio!
Los hombres avanzaron. Algunos con armas cortas, tres de ellos con escopetas recortadas.
De fondo las mujeres gritaban a sus maridos, a sus hermanos, a sus hijos, como si estuvieran ante una pelea de box, como si recomendaran un gancho, un crack a la mandíbula o una rendición para salvar el pellejo.
—¡Rodolfo! ¡Cuidado Rodolfo!
—No lo mates, no merece la pena ese pendejo hijo de puta, ¡Rodolfo! ¡Guarda! ¡Basta!
Y así.
—Yo lo mato! ¡Yo lo mato! —anunciaban los vecinos.
Uno corrió hacia Brian, tras él los Otros. Fueron dos segundos. Yo miraba desde la retaguardia absoluta de la lucha. Había quedado, medio agachado, en una posición poco elegante, refugiado tras las cortinas y las persianas, mirando por la rendija, amariconadamente escondido, pero sujeto a la vida, al fin y al cabo. Observaba no sin morbo la situación, miraba de costado a mi compañero, perplejo como yo, tan estúpidos los dos al lado de la extraña pericia con que aparentemente se tomaban la situación todos ellos.
No logré contar cuántos eran, ni siquiera atiné a hacerlo. Había estado en algunas tomas de rehenes tirado atrás de un patrullero y a media cuadra de la infantería, sobre los techos. Suponía, por la profusión de proyectiles —los tiros que cuando salen de varios calibres diferentes impresionan más— que nuestra distancia a uno de ellos era mínima. Agachado, mirando hacia la esquina, sentí de pronto desde atrás una débil voz, un hilo de voz, que me decía algo así como “temblor”, o “tiemblo”. Me miré las manos para confirmar si era tan extremo mi julepe como para que me lo estuvieran indicando así. No estaba tranquilo, era cierto, pero tampoco temblaba, no dejaba de estar interesado en lo que ocurría, nunca hubiera salido corriendo. Aunque bien cierto es que no se podía.
—Temblor —sentí otra vez en el oído.
Me di vuelta para ver quién era, con vergüenza, convencido de que había demostrado ser un pusilánime.
—Estoy temblando —me dijo.
Era un niño de seis años. El hermanito menor de Manuel, Javier y Simón, todos hijos de Matilde. Yo estaba en la última retaguardia, detrás de los ancianos, las mujeres y los niños. Las mujeres gritaban, por lo menos. Yo apenas si miraba.
—No pasa nada —dije—. Enseguida termina.
Las escaramuzas allá afuera recién comenzaban. Los hombres avanzaron con una corrida corta, directo a Brian, pero se detuvieron calculando los pasos finales casi en el aire. Brian daba vueltas el revólver 32 en un dedo y se agarraba la entrepierna convidándoles desde lejos. Los Sapitos vigilaban a sus espaldas, cubriéndolo con armas más fuertes y cargadas. Los vecinos, cada vez más, y los rastreros de la San Francisco, estaban cuerpo a cuerpo, al límite del acercamiento.
—Putos! ¡Putos!
Brian se reía.
Le calcularon la locura. Uno se le tiró al cuerpo y pareció que Brian trastabillaba, que caía sobre el cemento. Hasta que desde atrás respondieron por él sus compañeros de bandita. Con un 32 y un 38.
—Guilleeeeee! ¡El Guilleeee!
Fue por el grito de una mujer que supimos que había un herido.
En tan poco tiempo como ningún equipo profesional de rescate, los hombres cargaron el cuerpo de Guillermo Rivas con la cabeza ensangrentada. Una mujer se subió a un auto, lo puso en marcha, retrocedió haciendo chirriar las ruedas, abrió la puerta derecha de atrás, y los hombres metieron al herido como expertos camilleros de ambulancia. La esposa de Guillermo se metió a su lado. Salieron escarbando en el ripio de la calle hacia la guardia del hospital de San Fernando.
Rodolfo, hermano del caído, con un revólver en cada mano, caminaba en círculos. Tenía la bermuda manchada de sangre en una nalga.
—Te dieron por atrás, Rodo —bromeé.
—No es nada, no es nada—dijo.
Los hombres se pasaban de mano en mano, como si fueran caramelos, puñados de balas. El tiroteo no cesaba.
Brian siguió saltando, amenazando y golpeándose el pecho una hora más. Le sangraba la mejilla. Se había dado él mismo haciendo girar el 22. Pero no sería ese día el de su muerte. Sólo le produjo un roce.
Hubo más tiros, muchos más tiros. A nadie se le ocurría llamar a la policía. Hablé con Sabina. La convencí de que era mejor que se lo llevaran, que lo golpearan en la comisaría, antes de dejarlo morir así, pidiendo que lo mataran.
Los patrulleros rodearon la villa. Pero no hubo quien se acercara para decir dónde estaban escondidos Brian y los Sapitos.
No soy ninguna vigilanta! ¡Dios es grande y que sea él el que lo castigue! —gritaba la madre de Guillermo.
Ni sus hijos la convencieron de que los delatara, que dijera que estaban guardados en el mismo rancho donde fue asesinado Víctor Manuel “El Frente” Vital, donde ahora vive un grupo de mujeres que protegen a los Sapitos, considerados rastreros e inmundos por el resto del barrio porque «empastillados no diferencian a su madre de una comadreja” y porque roban sin distinción de clase, sin códigos, sin el orden que había cuando el Frente estaba allí y daba de los que más tienen a los que tienen menos. Al final los encontraron. El caos se calmó hacia las diez de la noche.
Volvimos el martes al mediodía. Rodolfo estaba otra vez en la puerta. Tenía la nalga herida, le habían dado un tiro con un 38, la bala continuaba adentro. Se bajó el pantalón para mostrarme el perfecto agujero que le había dibujado. Media hora más tarde salió Guillermo. Tenía una marca como la de su hermano, un poco más chica, de calibre 32, en la mejilla izquierda. El tiro le había cruzado la cara hacia el ojo derecho. Lo tenía allí, según los médicos que lo atendieron y se reunieron a contemplar las radiografías haciendo exclamaciones de asombro, a un milímetro del cerebro. En el hospital no le dijeron que fue un milagro; le dijeron: “Vos no tenés culo, tenés un continente”, por la infinita suerte que había detenido la bala.
Se había ampliado el campo de acción de los favores del Frente. Siempre invocado para defender a los pequeños ladrones de la policía, ahora manejaba las balas de los propios. Él, que comenzó robando bicicletas caras de deportivos burgueses porteños, ahora, según la inmediata interpretación del barrio, había tenido que salvar a los propios de una guerra nueva, ésa que intentaba evitar con sus malos modales al “imponer respeto” en el barrio. Había tenido que salvar, entre otros aquella tarde, al Brian, un ladrón como el que fue el Frente Vital en vida, un ladrón de esa misma edad, pero en un país que ya no era aquél de las grandezas.

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Vidas de pibes chorros - Capítulo 7

El estrecho cuerpo de Daniel se fue acomodando a esa cama de terapia intensiva. De pronto, un día, ya no estuvo conectado a la máquina que lo hacía respirar. Luego, en otra visita, no tenía el casco de vendas blancas que le protegía la herida enorme en la cabeza tras el golpe en el tren blanco. Su bigote de niño, una pelusa gris, tupida, le crecía, y a Matilde esos mínimos signos de vida le alimentaban el sueño de la recuperación. A Estela, su hermana, solía alentarla ver que si tocaba una mano, la derecha, a veces movía la izquierda. En su rostro buscaban la mirada que ya nunca más. Esa situación de muerte en vida, ese vacío abismal de quien según todos los diagnósticos ya nunca saldría del coma, fueron lentamente siendo asumidos por la familia. Daniel había quedado postrado en una sala de cuidados intensivos, con casi todo el organismo intacto, salvo ese hundimiento en la cabeza que nombraba con su crudeza de lesión mortal el momento en que el golpe contra una viga había desencajado la mirada de su hermano Javier y la de todos los cartoneros de ese vagón hacinado. «El cerebro de un lado le obedece, pero del otro no porque es donde está lesionado. Va a vivir hasta que el corazón pierda fuerza», fue el dictamen de Marga, la Mai, semanas después del accidente, cuando me contó su vida en la cocina de su casa, desprovista del espíritu de la Africana que la hacía hablar en portugués.
—Marga, usted hizo una ceremonia. Pero él está mal. ¿Morirá?
—No es el momento adecuado, será cuando Dios le ponga su tiempo. Todos venimos al mundo con una misión. Yo soy vieja y capaz que voy a vivir muchos años más, porque vine para sufrir, llorar, reír. Pero hay chicos que vienen tan puros que llega cierta edad... Yo creo mucho en la reencarnación. Hay chicos que se van jóvenes porque vienen con ese tiempo. Todos tenemos un tiempo.
En el mundo de Marga todo tiene una explicación religiosa. La paradoja es que su oficio, el mandato que lleva adherido como un tatuaje sobre la piel arrugada, la obligan a recibir los pedidos de la villa para torcer el destino. A intentar las estrategias paganas con las que solicita, ruega y compromete a los santos de su religión. En el caso de Daniel, Marga había dado el combate prestando su cuerpo para interceder poseída por el espíritu de la Africana, en una ceremonia ante Ogún: aquella noche de las curas con refriegues y colonia, cuando me quebró tantas velas haciéndolas rodar por mi espalda, Matilde se había robado la gallina amarilla pedida para “el trabajo” y luego la Mai le había ofrecido esa sangre tibia a Ogún. Varias semanas después me habló de la paradójica diferencia entre Daniel, a los catorce años cartonero desde los siete, y sus hermanos Javier, Manuel y Simón, ladrones con tantas fugas de institutos que ninguno de los tres sabía cuántas habían sido. Esa visión maniquea, en la que los buenos pagan por los malos, es la misma que me confesó Matilde una tarde de septiembre en el viejo bar de la esquina del hospital de San Fernando. “Yo pienso en todo lo que anduvieron a las balas los chicos míos: justo él que era el diferente pagó el pato por los demás. Gracias a eso capaz que los otros tres están todavía vivos. Siento que Dios me castiga a mí por lo que los otros fueron. Es como que de alguna manera no puede ser que ellos se hayan salvado de todas y a ninguno le pasara nada; siempre uno tiene que pagar. Y pagó un inocente. Siempre los inocentes pagan por los pecadores.”
Marga también tiene un hijo muerto, Miguelito, el inocente, el que nunca robó, el que pagó por su hermano pecador. Cachito, el hijo mayor de Marga, preso todavía en Olmos por el robo de una 4x4, el mismo heredero de una larga tradición delincuencial en la familia, se siente en deuda por ese fusilamiento policial que terminó en Béccar con el más bueno. “Así, muerto por balas, tendría que haber venido yo a su casa”, solía decirle a su madre Cachito jaqueado por la culpa. Ella recuerda a su hijo asesinado como si hablara de un niño, aunque lo mataron a los dieciocho. “Era chiquito. Mi nene estaba siempre conmigo, donde andaba yo andaba él, y la policía lo mató mal. No tenía malas amistades, venía temprano del baile. Le decían el Zurdito, jugaba muy bien a la pelota, por eso era muy conocido y todo el mundo lo quería.” Marga no cuenta detalles de esa muerte, pero está segura de que lo mataron “malamente”. La policía le dijo que lo tirotearon por “malviviente” cuando él y otro chico escapaban en un auto. “¿Cómo pudieron tirotearlo si mi hijo no había estado detenido ni por falta de documentos?”, le dijo ella al comisario en la única discusión por la muerte de su chico. A su Miguelito, todos lo cargaban, le decían «el mamero”. Su hermano mayor, como la mayoría de los ladrones, no quería que el más chico de la familia viviera sumergido en el delito. “Mami, no lo dejés andar tanto en la calle”, dice Marga que Cachito le pidió siempre. Hasta la única que vez que Miguelito hubiera podido viajar a Mar del Plata con sus compañeros del colegio su madre no lo dejó, le dio miedo. “Dios por ahí me castigó por haberle dado más alas al otro”, cree Marga, como Matilde.
Aunque tampoco le daba tanta libertad. Lo que pasa es que Cachito se le escapaba, y allá andaba ella buscándolo, arrastrándolo a él, y de paso a todos sus amigos, hasta la casa con ese patio generoso y parra frente al campito y la villa. La tribu de Cachito fue la misma tribu que la de Mauro, el padrino del Frente. También formaron parte del grupo Marcelo, Fernando, al que asesinaron; el negrito Camerún, muerto por la policía; un pibe de apellido Sejas, que murió de Sida. “Todos de la misma edad y todos de la murga Los Cometas de San Fernando.”
Murga y umbanda aparecen una y otra vez a lo largo de la tarde. Pero al hablar, casi al final de mi incursión, con Marga, esta Mai que tan esquiva había sido, que tan en las sombras había permanecido a pesar de su centralidad en la historia del delito en el barrio, al conversar con ella sobre ese grupo de pibes muertos que compartieron todos los carnavales de sus vidas alcancé a relacionar la historia de Miguelito, su hijo asesinado por la policía, con las que me habían sido entregadas apenas llegué al territorio del Frente, un día de invierno del año 2001. Esa mañana un personaje entrañable para el barrio entero, uno de los más respetados vecinos, Pupi, o Roberto Sánchez, como Sandro, se acercó a nosotros lleno de intriga. Frunciendo las cejas al sol, hizo un mohín con el pelo largo muy cuidado, y nos preguntó al fotógrafo, a mí y al chofer, qué nos había acercado por el lugar.
“¿La historia del Frente?” Roberto conocía al Frente Vital desde que era “un pendejito” al que corrían “a patadas en el culo” y hacían pagar derecho de piso los que en esa época eran dueños de la esquina. Me citó en su casa a una hora fija de la tarde. “Quiero mostrarte una lista que tengo ahí —dijo—. Acá, en estas pocas cuadras murieron más de veinte pibes desde que me acuerdo. Yo las fui anotando. Lo tengo todo guardado.” Su casa es de madera y en medio de la austeridad se suben unos sobre otros los detalles: cuadritos, imágenes de revistas, pósters, fotos, adornos. Allí me entregó su material: catorce hojas de carpeta, cuadriculadas, escritas a mano y en una prolija letra imprenta, hasta los márgenes del papel. “Aquí yo fui contando las muertes. Fueron demasiadas.” En las hojas se suceden los nombres, los apodos, remarcados con birome, los nombres de los caídos. Roberto también me mostró fotos. Y recortes de diarios. Son noticias policiales con imágenes de cuerpos tirados sobre el asfalto. En las fotos son casi todos niños. Tiene una de la comparsa Los Cometas de San Fernando. Son unos treinta chicos encimados, abriendo los brazos, extendiendo el brillo de sus levitas fucsia, sonriendo a la cámara del carnaval. De ellos quedan muy pocos, cuenta. Podría, con la foto, reconstruirse la historia. Con sólo hacer un círculo en cada uno se iría completando la sangría de los noventa en la villa San Francisco. Pero la historia está escrita. Él decidió inscribirla. El no pudo evitar llevar un registro. Desde que murió el primero comenzó a anotar. No mucho. Sus portes, el color de sus ojos, los rasgos, algunos detalles, y la forma en que murieron, las circunstancias de sus muertes. Nunca los había mostrado pero me los entregó ese día, me dio sus originales con el compromiso de devolverlos y no me pidió nada a cambio. “Podés hacer con esto lo que puedas”, me dijo y se desprendió de esas muertes en el final de un homenaje.
El registro de Roberto comienza con una introducción y resumen. “Esto es un pequeño homenaje que me gustaría rendirle a todos mis amigos que fallecieron bajo las balas de las metrallas de la policía. Algunos de ellos eligieron suicidarse, otros murieron por accidentes y otros en peleas callejeras. Nueve de ellos murieron en las calles de mi barrio o sea las mismas calles en que ellos vivían o caminaban todos los días, allí donde jugaban cuando eran niños. Las calles son las siguientes: French y General Pinto, que es donde yo vivo y las otras calles son Las Tropas, Sarratea, Berutti y Quirno Costa. De todos los chicos que voy a nombrar, la mayoría formaban parte de la delincuencia juvenil de nuestros días y cuando me refiero a la mayoría, quiero decir que no todos andaban por mal camino. Las dos chicas que nombro en esta trágica historia no andaban en nada raro pero el destino quiso que una perdiera la vida por accidente y otra se suicidara, ambas con armas de fuego. Creo que en todo esto tuvo mucho que ver la desocupación, las malas compañías, la falta de afecto, la miseria que existe en los barrios marginales y sobre todo algo que está destruyendo a una gran parte de nuestra sociedad que es la droga, que te destruye tanto mentalmente como físicamente. Muchos de estos chicos que cayeron bajo las balas policiales se encontraban alcoholizados o drogados. Con algunos de ellos crecimos juntos, a otros los vi crecer. ¡Dios mío, eran demasiado jóvenes para morir! Algunos no llegaban a los veinte años. La mayoría de ellos paraba en mi casa, porque tengo un pequeño kiosco. Compraban cervezas y gaseosas, se sentaban en un banco de cemento que está en la vereda, y bebían tranquilamente. Algunos de los que voy a nombrar más adelante no murieron en el barrio, pero sí en los alrededores, como ser en Tigre, General Pacheco, Virreyes, Don Torcuato, y por supuesto en San Fernando. De mis veinticinco amigos que perdieron la vida trágicamente catorce eran integrantes de la comparsa Los Cometas de San Fernando en la cual me incluyo porque fueron muy buenos compañeros más allá de que hayan elegido un camino equivocado. También hay muchos que cayeron heridos de bala de los cuales algunos quedaron rengos, inválidos y otros están privados de su libertad. Mientras que otros después de purgar varios años de condena están otra vez en la calle. Sí, yo lo sé, parece el lejano oeste, pero esto pasó aquí en mi barrio, entre las décadas del ochenta y del noventa. Hay nombres y apellidos, y hay fechas exactas y veinticinco tumbas esperando una flor. Aquí están los nombres y sobrenombres de los cuales voy a tratar de detallar cómo perdieron la vida.”
En ese texto largo y ordenado la sucesión de chicos caídos cierra el estómago, nubla la mirada, se va haciendo insoportable a medida que se avanza. De todas esas muertes una de las que más me conmovió fue la de Camerún. «Se llamaba Fernando Vargas. Empezó como todos los chicos que toman el mal camino, robando pavadas y luego cosas de más valor; cuando probó la droga ya no pudo parar. Su familia se dedicaba a juntar cartones, con carro, a caballo, cosa que él también hacía hasta que anduvo en malas compañías y eso fue su perdición. De cosas menores pasó a robar coches y lo más cómico era que se paseaba por el barrio con un auto distinto casi todos los días. Era más que morocho, tenía el cabello lacio, ojos achinados, siempre andaba con una sonrisa en los labios. Sabía respetar y a su vez era muy respetado por sus compañeros de armas. Le gustaba vestirse bien, con camperas de cuero y pantalones y zapatillas nuevas. Creo que eso se debía a que cuando era un niño andaba semi desnudo y descalzo. Cuando fue más grande salía a robar bajo los efectos de la droga. Una vez le dieron un tiro en la espalda, lo salvó que estaba drogado y empastillado. Eso fue lo que lo mantuvo con vida. A muchos de los chicos del barrio los hirieron en ese estado, ya sea la policía o en peleas callejeras y todos los que hablaron conmigo, que fueron unos nueve o diez me contaban lo mismo, que sentían un fuerte golpe al recibir un impacto de bala y que podían seguir corriendo o caminando según donde les pegaran. Y decían que eso los salvaba de caer desmayados: el alcohol y la droga que tenían encima les daba la fuerza suficiente para mantenerse en pie. En el barrio había, y hasta ahora hay, esos malditos informantes de la policía, o los buchones como ellos los llaman. En este caso una buchona mandó al frente al negro Camerún. Todo el barrio sabía que ella trabajaba con la cana. Todos los días paraban los patrulleros en su casa, ahí estaban los jefés de calle y la manga de policías corruptos y asesinos. Un día Camerún roba un auto en un barrio que se llama Infico, que es de departamentos y un auto de civil con dos policías lo sigue. Camerún se da cuenta y se manda a toda velocidad. Pero es alcanzado y acribillado a balazos en el acceso norte en Tigre. Durante el velatorio los familiares abrieron el cajón que estaba cerrado y vimos que le habían volado la mitad de la cara de un itacazo.”
La prosa de Roberto es implacable. Se repite con cada muerto: Camerún, Papilo, Taty, Poti, Samuel, Cuervo, Laly, Fredy, la Gorda María Marta, Chinito, Maikel, Miki, Miguel «el Alto” y Miguelito, el hijo de la Mai que no andaba en el robo. «La historia de Pupi es la historia de la barra de mi hijo, el más grande, el que está preso. Había un vigilante en French e Ituzaingó, y el hijo de ese vigilante mataba a todos los chicos, le decían Fredy. Cualquier cantidad de chicos mató ése. Ahí en la esquina de Pupi estaba el boliche, ahí murió el Manco. Los que no murieron ahí, por ahí andan. Fredy desapareció del barrio.”
La Mai de San Francisco cuenta los caídos del barrio; y si fuera por terminar cada una de sus historias no alcanzarían las tardes, dice, para ser justos con todos. Pero se detiene siempre en su hijo muerto. Hay un lugar en el que la Mai cree que su vida se quiebra en dos hace unos treinta y tantos años. Es que ésa es la edad que tendría Miguelito y ése es el tiempo que lleva «en la religión”, que es su manera de decir que es umbanda.
Al niño lo bautizaron “por la religión” a las seis de la tarde del 23 de abril, el día de San Jorge, o su versión umbanda, Ogún. “El Pai lo cruzó con sangre”, me dijo Marga. “La religión” lo ocupó todo a medida que el tiempo transcurrió. El santuario para sus deidades cabodas y africanas ocupa la mitad de su casa. Casi no hay día en que no reciba algún pedido. De pronto, escuchándola, entiendo que ella es la memoria de la villa, que ella es la depositaria de los más secretos pecados; así como Chafas le pidió que le curara el gualicho que le estaba haciendo salir escamas en el cuero cabelludo y en esa ceremonia iba su amor y odio con María —la eterna enamorada del Frente— prohibiéndole ver a sus hijos; así en cada pase mágico que intenta se va una historia de amor, de resentimiento, de frustración o de muerte. Ella es quien ha hecho las ofrendas al Pai Ogún para que las balas no toquen a sus chicos, cada tarde de jueves en un descampado que da a la Panamericana.
En realidad, se acuerda Marga, ella comenzó a visitar al Pai Atilio, en Martínez, cuando su hijo, el más grande, se enfermó de una virósica. Atilio era un tipo simpático. Los presentó el padrino de Emilia, con quien se conocían de los carnavales. Atilio era de la murga Los Fifí de Victoria. Y a ella los carnavales siempre la ilusionaron. Poco tiempo antes de que naciera Miguelito empezaron una amistad. El Pai quería apadrinar al chico. El marido de Marga, un cantor de tangos farrero y mujeriego, cada vez la dejaba más sola. “Andaba en los boliches y me trataba mal.” Tenía otra mujer: una rubia que le duró años. En abril bautizaron por la religión a Miguelito, en junio, cuando la criatura tenía cinco meses, el tanguero la dejó. Se quedó sola y sin trabajo. Su compadre, el mismo que la llevó con Atilio, tenía una parrilla en Martínez, en la calle Edison. Entró como cocinera. Pero al tiempo el compadre agrandó el boliche y comenzó a atraer más público con noches de canto y baile. Su ex marido tanguero apareció como número central del espectáculo, pero acompañado siempre por “la otra”. No lo soportó. Consiguió empleo en un restaurante de Tigre. Entonces se sintió independiente. La religión comenzó a ser lo más importante después del trabajo cotidiano. “Siguió mi vida trabajando, y seguía frecuentando al Pai Atilio. Aunque no me bautizaba todavía ya adoraba a los Pai, limpiaba el templo, iba a las ceremonias.”
Miguelito tenía siete cuando Marga se convenció: quería “ingresar” en la religión. No fue con Atilio que se bautizó. Fue con una Mai. “La conocí porque tenía un chico amigo, un mariconcito que se crió en mi casa. Ahora es fallecido él también. Todos le decían la ‘Tía Rina’.” Tía Rina, en realidad se llamaba Daniel, según figura en su documento, fugado de una casa en la que no le permitían soltar la pluma de su desplante sexual, se fue quedando en la casa de esta mujer sola, haciéndose necesario, conviniéndose en su mano derecha. Ella trabajaba en el restaurante, él le cuidaba a Emilia, Jorge y Cachito. Cuando Marga regresaba Tía Rina había limpiado, había cocinado —nadie superó su arroz con leche y su budín de pan— y ya tenía a los tres niños bañados, listos para comer en la mesa familiar e irse a la cama. “Mis hijos lo adoraban: con ellos era como una gallina. Él falleció hace cuatro años de un Sida fulminante.” Tía Rina era umbanda desde pequeño. Le fue hablando a Marga mientras limpiaban, mientras juntos lavaban la ropa, de su capacidad para atreverse a ser Mai, para comprometerse con la religión, para poner el cuerpo en trance, para incorporar espíritus. «Yo ahora tengo templo y mis cosas, tengo hijos de religión, bautizo. Esto es una cadena. Las madres van teniendo hijos. Cuando uno llega a ser Mai recién puede tener hijos.”
Igual que Matilde, Marga tiene un lunar tatuado en el pómulo izquierdo. Todavía se ríe, a los sesenta y cinco años, de ese momento de complicidad máxima, de aventura y toma de posición de sus dulces dieciséis. Eran tres amigas, empezaban a sentirse libres, a retozar con los primeros novios, caminaban abrazadas por la calle, la vida les daba vértigo. Marga estudiaba corte y confección, le encantaba jugar al básquet, era una chica ágil de piernas largas. Se miraron cuando terminó el punzado de tinta china sobre sus caras y esa noche se emborracharon. Poco después Marga conoció a los primeros hombres ladrones que la rodearon. “Yo conocí el hampa”, dice Marga con una sonrisa de orgullo. Sus relaciones con el micromundo delincuencia 1 de la zona norte son como galones en su devenir Mai. Uno de sus hermanos inauguró Olmos. Luis “El Gordo” Valor, el capo de la banda más famosa de los años noventa, se crió a dos cuadras de su casa y es el padrino de una de sus sobrinas. “Yo fui una mujer rodeada de chorros”, asume. Su tío era contrabandista y ladrón, cruzaba el río en una barcaza llevando y trayendo productos según las temporadas. Por sus familiares del ambiente terminó novia de un miembro de la banda de Rififí: eran siete, se vestían petiteros y actuaban siempre de maletín elegante en la mano. Usaban unas poleras con cuellos y puños negros. Cuando bajaban de un sedán lustroso en el centro comercial de San Isidro, la cuadra entera temblaba. “En esa época el código se cumplía —festeja Marga—. Si la policía decía, ‘esta es mi zona’, ellos se iban a robar a otro lado y no pasaba nada.”
La policía y su sombra azul termina por aparecer hasta en la más inocente de las historias de la villa. Si no es matando, es omitiendo intervenir donde los asuntos se definen con la ley del más fuerte. Cómo será la omnipresencia de la policía que aparece hasta en la propia religión. Ya me lo habían contado los chicos, fanáticos devotos, pero me lo confirmó también la Mai: el santo más adorado por los ladrones es San Jorge, o Pai Ogún según el sincretismo umbanda. “El Pai Ogún es nuestro guerrero, pero al mismo tiempo de alguna manera también es la policía. A él se le pide para que proteja.” Descubro que la ceremonia en la tumba del Frente es una variante privada de la ofrenda que cada tantos meses los ladrones hacen a San Jorge para no “perder”, caer presos o morir bajo la metralla. San Jorge surge como estandarte de sur a norte en todo el conurbano. San Jorge luce tatuado en la espalda de Manuel como uno de esos viejos pósters de pésima impresión. Y sus reminiscencias medievales atraviesan la piel de casi tantos chicos como he conocido. La filosa lanza que el caballero lleva en la mano para atravesar al dragón de siete cabezas rugiendo a los pies de su caballo blanco, se dibuja en los cuerpos de los pibes chorros asesinando todo tipo de alimaña infernal, destruyendo el mal anunciado de serpientes feroces o monstruos alados.
San Jorge es un mito de la Roma antigua. Nació en el año 280 de la Era Cristiana y murió casi veinticinco años más tarde, el 23 de abril del año 305. Se cree que la lucha contra el dragón de siete cabezas es la que emprendió contra el imperio fundado sobre las siete colinas. Su padre era un jefe de alto rango en el Ejército. Por su cercanía al poder, el Emperador conoció al joven Jorge, e impresionado por su altivez le rogó que ingresara a sus filas de guerreros. Pero no imaginó que Jorge se convertiría en un disidente: su madre lo había formado secretamente en el cristianismo. Ante los avances del monoteísmo que había profesado Jesús de Nazaret el emperador romano Diocleciano, ordenó la represión. San Jorge se negó a participar en esa persecución a los Cristianos y Diocleciano lo entregó a los verdugos: lo tiraron desnudo en un pozo de cal viva, lo ataron de pies y manos, lo golpearon, lo arrastraron, lo pusieron en una rueda llena de cuchillos, lo flagelaron hasta hacerle perder los sentidos.
Pero la crónica judeocristiana coincide en sus diferentes versiones: milagrosamente se le curaban las heridas, la muerte parecía huir de él. Incluso un mago del emperador le dio un licor envenenado que no le hizo efecto. Esos supuestos milagros horadaron la fe pagana del hechicero. Terminó pidiéndole que resucitara a un hombre que llevaba pocos días muerto, como prueba final de su creencia prohibida. Jorge lo devolvió a la vida con un rezo. El mago contó el milagro a los soldados. Cuando la historia llegó a sus oídos, Diocleciano ordenó decapitar al hechicero. Luego envió a varios emisarios para que Jorge se retractara a cambio de terminar con las torturas. Fue inútil.

Durante días resistió. Harto, Diocleciano lo hizo arrastrar al templo de Apolo. Ante toda la corte, los sacerdotes y el pueblo, Jorge volvió a negarse a adorar a los dioses romanos. Como último acto de afirmación hizo que rodaran las estatuas profanas del palacio. La emperatriz Alejandra, una bella mujer que escondía su verdadera creencia, saltó de su trono y gritó ante su esposo y la multitud seducida por el cautivo milagroso: “¡Yo también soy cristiana!”. Diocleciano, cuyo gobierno se conoció como “la era de los mártires”, hizo azotar a Alejandra, su propia esposa, hasta la muerte. Para Jorge guardó la saña de sus verdugos: apedrearon su rostro ensangrentado y lo ataron a un caballo al que obligaron a correr desbocado. Cuando después de una legua de galope el suplicio terminó y se suponía que Jorge ya no respiraba, los soldados se acercaron al cuerpo y vieron, incrédulos, que no tenía una sola herida. El 23 de abril su cabeza rodó ante la turba romana. Se supone que entonces comenzaron sus milagros, siempre dedicados a los necesitados: mientras vivió dilapidó su fortuna en asistir piadosamente a los enfermos, entregando ropa y alimentos a los pobres y perseguidos.
La otra historia que funda la santidad de Jorge es del orden medieval de las hadas y los lagos encantados. Jacopo de Varazze —a quien en castellano se da el curioso nombre de Santiago de Vorágine— fue un dominico genovés que, en la segunda mitad del siglo xiii, recopiló en latín casi doscientas vidas de santos. Según su versión, Jorge era un oficial romano que recorría el mundo como caballero andante. Así llegó a la ciudad de Silebe, en la provincia de Libia, cuando un dragón sumergido en las aguas de un lago aterrorizaba la región. Los habitantes de Silebe se trazaron una estrategia poco inteligente: entregar dos ovejas cada día para saciar la voracidad del animal. Pronto los rebaños fueron diezmados. La hambruna inminente llevó al rey a decidir que el sucedáneo para el dragón debía ser un manjar superior, una joven virgen sorteada de entre las doncellas del pueblo. La suerte quiso que pronto fuera el turno de la única hija del rey, una frágil y callada princesa. Ante la presión del pueblo, debió sacrificarla. La princesa marchó sumisa y llorosa hacia el lago. Estaba a punto de ser entregada al monstruo cuando el guerrero “hermoso como un ángel” apareció para rescatarla. San Jorge, con una lanza en su mano, galopó en su corcel blanco hacia el dragón sobre las aguas y le atravesó el corazón. Moribunda la bestia, el caballero la enlazó y junto a la princesa lo arrastraron hasta el pueblo para terminar de matarlo frente a la muchedumbre. En el mito de San Jorge y sus metáforas de salvación a través del sacrificio de inocentes, se lee la misma explicación que Marga y Matilde dan para comprender el destino trágico de sus hijos menores. Marga considera que Miguelito, asesinado por la policía, pagó los pecados de ella, de su familia y de su hijo ladrón. Matilde cree que Daniel sufrió el accidente que lo dejó en un coma profundo porque de esa manera paga los pecados que cometieron su madre y sus tres hermanos ladrones, Manuel, Simón y Javier. La adoración a San Jorge es un intento de que el destino no se cobre con vidas la elección del delito de los jóvenes caballeros sin montura, que salen a combatir y robar a punta de pistola.
La Mai tiene su propio San Jorge, o su propio Pai Ogún, desde que fue bautizada en la religión pagana. Para los umbanda los Ogún son siete diferentes deidades, cada una con un origen distinto: el Ogún de quien es “hija” Marga es un antigúo indio, dice. A él le ofrenda lo necesario para conseguir que un pibe chorro sea protegido. Marga se concentra en las explicaciones sobre las formas de sus ritos. “Cuando los chicos roban, con eso compran todo para la bandeja que preparo al Pai Ogún. Ogún es el mismo al que la gente llama San Jorge. Es el guerrero de nosotros, y es la policía.” Quizás por su condición de militar romano, quizás porque es el patrono de la caballería del ejército argentino, San Jorge para sus fieles es la policía. Y esa condición no lo rebaja ni lo mancha: es como si para obtener la impunidad al salir a robar fuera necesario negociarla con un santo que encarna la misma condición marcial del enemigo a neutralizar. Claro que al entregar los regalos a Ogún siempre es mejor, por lo menos para la Africana, que sean productos del robo. Y siempre es la Africana a través del cuerpo de la Mai quien intercede por los ladrones ante el Pai Ogún.
—¿Cuánto hace que la visita la Africana?
—Como veinte años, hace ocho que incorporo entidades.
— ¿Cómo es incorporar entidades?
—La llamás a la entidad y de repente te sentís en un vacío y el cuerpo ya no está. Yo incorporo el Pai Yangó, el Pai Ogún, el Santo. El espíritu te domina el cuerpo, la lengua, vos ves y escuchás todo lo que pasa. Por ejemplo, vos estás hablando con otra persona, y la Africana por intermedio de mi mente y mis ojos ve todo lo que estás haciendo y hablando. Pero cuando ella se va deja en mí sólo lo que ella quiere. Ella no puede dominar la mente, porque si me lleva la mente yo me muero. Lo que ella quiere que yo sepa lo sé; lo que ella no quiere, no lo sé. Por ejemplo, cuando falleció mi hijo, cinco días antes la Africana le dijo a mi hija que iban a llorar mucho, que tuvieran cuidado conmigo y mi corazón. Cuando me lo contó pensamos que iba a morir mi papá, que tenía como noventa años. Nunca imaginamos que sería Miguelito. El día que lo mataron renegué de mis Pai: ¿por qué no dijo lo que iba a pasarle a mi nene? Cuando la Africana volvió les dijo a mis hijos que ellos no eran quienes para contar o decir lo que no se les permite, que están bajo Oaxalá, que es el Supremo. Todos los Pai, incluido Ogún, son hijos de Oaxalá. Están los Orixás, que son los santos. Los Cosme son los bebés. La Mai Oyún no habla, emite un sonido de llanto, y los Cosme se pegan, juegan, toman mamadera. Son los que se arrastran, no caminan, pero son los más fuertes porque se llevan lo malo de la gente. Acá también vienen muchas mujeres de la vida y les hago baños de Pompayira, porque ella atrae mucho a los hombres. Y después están los Seyú, que también van comandados por el Pai Oaxalá, por más que la gente diga que son diablos. Son espíritus bajos, con ellos se hacen maldades. También se hace lo bueno. Yo no hago lo malo. Yo hice una promesa. A mí se me murió un nietito hace más de veinte años, y prometí curar enfermos y chicos. Hago separación de parejas, unión, limpieza de casa, pero siempre la línea blanca. Con los Seyú trabajo, pero siempre lo bueno.

La Africana, el personaje que encarna en el cuerpo de Marga haciéndola hablar en portugués, tiene una especial debilidad por los objetos robados. Por eso, a pesar de que son varios los espíritus que incorpora la Mai, es la Africana la que se ocüpa de armar ese dechado de símbolos para ofrecer los jueves a Ogún. “La Africana prepara la bandeja y así se le paga a Ogún. Primero se escribe en un papel el nombre del chico que hace ‘el pago’. La bandeja se hace con papel crepé verde, blanco y rojo, el color del Pai Ogún. El maíz se separa, se selecciona porque no puede estar roto, y se torra sobre una bandeja que tenemos siempre revolviendo, para que no se queme. Después se prepara la pipoca, que es como ustedes le dicen al pochoclo. Se ponen siete tiras de asado sin ser cortadas, bien adobadas, al horno y a punto, ni muy cocinadas ni muy duras. Se acomodan en forma de herradura. Se ponen tres naranjas y tres manzanas cada una cortada en siete; faltan entonces las hojas de lechuga bien frescas, los siete metros de cinta verde, blanca y roja y una faquita de madera, como de juguete. Al final se le ofrece una cerveza blanca con un vaso, y un cigarro, todo a nuevo.”
Uno de los ejemplos más usuales que utiliza Marga para comprobar la efectividad de sus hechizos es el de Simón. Simón se escapó por lo menos dos veces de la muerte anunciada, con lo cual queda claro para la Mai que su cuerpo ha demostrado tener un milagroso escudo de inmunidad. La primera salvación fue aquella vez en que le dieron el tiro en el pecho en un pasillo de la 25, cuando al llegar a la guardia del hospital el camillero le dijo: “Dios te ama”. La segunda fue cerca de la casa de Marga, del otro lado de la villa, en el asalto a un supermercado. En las dos ocasiones Simón terminó malherido. Si estaba protegido, ¿por qué entonces las balas lo alcanzaron? Marga vive las heridas que a pesar de los hechizos ha sufrido Simón como el resultado de su rebeldía, de su “cabeza dura”.
El día del asalto al mercado Simón estaba en la casa de la Mai cuando había incorporado a la Africana.
—Crianza, no salgas. Vocé no tein que tocar el ferramento —le advirtió la Africana, que ha decidido que en portugués se le dice «ferramento” al “fierro” argentino.
Ya despojada del espíritu de la Africana, Marga insistió:
—Hacele caso a la Mai.
Simón la miró sonriente. Ella entró a su cuarto a sacarse la pollera de las ceremonias. No alcanzó a salir de la pieza y Simón ya se había ido. A los quince minutos Marga escuchó los tiros.
—Simón! —le salió de los labios como un conjuro. Esa vez Simón tomó rehenes. Él y su compinche, Corcho, no habían calculado el vigilador privado de refuerzo que había en el lugar. Pretendían hacerse de la caja con el dinero grueso, pero les habían dado mal un dato: creían que el botín estaba en el piso superior del local donde había un depósito de mercadería. Se demoraron y la policía llegó cuando todavía mantenían a los clientes y al personal inmovilizados contra el suelo. No hubo negociación, los bonaerenses arremetieron con sus pistolas entre las góndolas y cuando se dieron cuenta que había alguien arriba hicieron llover las balas tirando al aire: ametrallaron desde abajo el entrepiso de madera como si apostaran a dar en la sien del ladrón escondido. A los diecisiete años, Corcho cayó abatido sin verles las caras a sus asesinos. A Simón lo encerraron finalmente entre dos cajas registradoras y se entregó, pero igual cayó al sentir el dolor del plomo en una pierna. Enseguida recibió uno de los tres tiros que le dibujan ahora una marca profunda en el antebrazo, balas de diferentes asaltos que penetraron en la carne casi por el mismo orificio. Su hermana Estela se desesperó cuando llegaron con la mala noticia: “Lo mataron”, le dijeron. Corrió así como estaba hasta el mercadito. Su madre, Matilde, tardó apenas unos minutos en llegar a socorrerlo: “Déjeme pasar, soy la madre!”. Simón se había arrastrado hasta quedar tirado sobre la vereda buscando la calle para evitar el fusilamiento, el siempre temido el tiro de gracia. “Matilde llegó justo en el momento. Lo iban a matar, le querían tirar en la cabeza, rematarlo”, cuenta la MaL «Simón tiene el camino muy oscuro. La vida le depara mucho peligro. Pero para mí Simón es como Facundo, si tengo que dar la vida, si tienen que matarme para salvarlo, que se haga.”
—¿Usted cree que los pibes sienten el riesgo cuando salen a robar?
—No sé si lo sienten o les gusta desafiarlo. Son chicos que no han asumido la responsabilidad que tendrían que tener en la calle. No ven el peligro que están viviendo en sus vidas. Se creen fuertes, que se van a llevar el mundo por delante y no puede ser. Yo pienso que de cinco años atrás a esta parte empezaron a robar a cualquier edad. Empezó la miseria. Diez años atrás quedaba muy mal que en una familia de ladrones los más chicos robaran, para eso estaban los adultos.
Pero en los últimos años la miseria es atroz, y para colmo la policía cada vez es más dañina. Además vino esta época mala de la droga y esta junta de los pibes allá abajo, en la esquina, siempre drogándose. Empezaron con pastillas y porquerías. Primero eran los grandes los que se drogaban, después los chicos más chicos. Con esas pastillas pierden la noción de todo. Los enloquece.
Marga repasa, con la tranquilidad de un ama de casa que pausadamente ceba mates en la cocina, la historia de sus hijos y la de los amigos que fueron convirtiéndose casi en hijos propios al resguardo de su hogar de ladrones consentidos. “Yo los tenía días metidos acá adentro por miedo a que los agarrara la policía.” Ese compromiso con los pibes chorros que rodeaban a su hijo preso y luego a su nieto, la hizo también el blanco de las críticas de un sector de la villa: la ven como la jefa de un aguantadero que siempre se aprovechó de los beneficios de la mala vida.
En su casa los chicos no sólo encontraban resguardo, comida y un colchón para dormir, sino también alguien experto en sacar balas enquistadas, en curar heridas menores, en entablillar y poner vendas. Marga, como muchas madres de chicos ladrones, terminó aliándose a ellos, cansada de combatir contra los malos pasos de esos pibes desaforados, y harta de ver el maltrato policial que les esperaba cada vez que alguno perdía en su faena. Marga, como madre de un ladrón ya adulto, hermana de un chorro de grandes y viejas bandas, sobrina de un contrabandista de la década del sesenta, ha sido para la última generación, la de los nietos, un refugio que por lo menos Simón todavía elige como lugar en el mundo al salir del encierro después de más de dos años sin pisar la villa. Y su hijo Cachito, junto a sus compañeros, fueron el referente y el norte de los que recién comenzaban en el camino del delito. Así como el Frente Vital encontró en Mauro, amigo y compinche de Cachito, la enseñanza de los códigos de lealtad y comportamiento ya extintos, así su nieto Facundo, amigo del Frente, de Simón y otros pibes de la misma generación, se miró con embeleso en la figura tumbera de su tío.
«Los chicos los tenían como ejemplos. Para el Frente no había otro más respetado que Mauro. Y para Facundo el tío siempre fue un personaje admirado. Yo lo retaba y le decía que no tenía que tenerlo como un ejemplo. Es mi hijo, y a mí me duele, pero lo digo de corazón, yo nunca hubiera querido que fuera así. Trabajé toda mi vida por mis hijos, se puede ver en mis manos. Y me dolía que mi nieto lo tuviera como ídolo, porque es un ídolo malo. El primer tiempo el tío no quería saber nada. Después lo conquistó. Pero ahora le dice, le escribe: ‘Vos tenés que reaccionar, vos tenés que ver que yo hace doce años que vivo preso, tenés que ponerte por delante, no quiero que te pase nada porque sos el sostén de tu abuela’. Se escriben de penal a penal, el tío no está nada conforme con la vida de él. Siempre me dice ‘hablale, que cuando salga no caiga más’. Porque mi nieto es la primera vez que cae preso en una cárcel de adultos. Mi hijo lo dice porque lo ha vivido. Cayó hace un año y pico robando una 4x4, con las armas encima y la dueña de la camioneta todavía arriba. Había salido recién. Seis días estuvo en libertad, nada más. Salió y cayó. En estos años él recorrió todas las cárceles de la provincia: estuvo en Sierra Chica, en Batán, en Dolores. La única que le faltaba conocer era Campana, donde está ahora, por suerte con buena conducta, trabajando. Antes siempre era ‘cachivache’, que es donde está el montón, los que no hacen mérito para nada. Igual dice que nunca le gustó la ranchada, dice que eso lo hacía la gente mala para tener a los chicos al mando de ellos. Ahora donde está él nadie se los hace de maridos, contra eso pelea mi hijo. Él estuvo en el motín de Sierra Chica y ahí estaba el grupo de los malos que mataba gente y por otro lado, el grupo de él, que luchaba por los pibes de los patios, y los refugiados en la iglesia.”
Como si repitiera a pesar de todo el sino de su tío, Facundo también estuvo apenas un respiro en libertad. Tras el motín que armó en el instituto en el que estaba encerrado cuando se enteró de la muerte del Frente, Facundo pasó medio año más en una granja de recuperación. Cuando salió la calle estaba endurecida y la esquina de su grupo casi vacía: los que no habían muerto estaban presos. Cumplió los dieciocho en su casa. “Y después de tres meses ya cayó otra vez. La calle fue cambiando, pero siempre un amigo se encuentra. A veces puede más un amigo que la familia”, dice Marga que ahora rara vez puede visitarlo en la cárcel de Junín donde Facundo fue confinado por un robo a mano armada que podría significarle cuatro años más de tumba. Para colmo no cree en dioses paganos, detesta la religión de su abuela y su madre, la traductora de la Africana. “Nunca quiso saber nada con esto. Se ríe. Se enoja.”
Y así es que, después de los fracasos de las protecciones para los suyos, Marga, la Mai, se dedica ahora a pedir por la salud de sus seguidores, a urdir embrujos de pasión que mantengan a un hombre o una mujer subyugados por su amante, aun cuando el otro esté tras los muros de una cárcel de máxima seguridad; se afana en sacrificar gallinas amarillas para que no se suelte de ese cuerpo empequeñecido en una cama de terapia intensiva el alma de Daniel. Marga pide por él y no deja de intentarlo. Y Daniel sigue allí dormido, dando esas señales nimias de vitalidad, convirtiéndose en un adolescente al que le crece la barba rala, preso de los complejos aparatos que lo sostienen aún en este mundo hecho de barro, ofrendas, sangre y ruegos.
—¿Cómo fue la ceremonia para pedir por Daniel?
—Pidiéndole al Eyú que le de la vida a cambio de la matanza del animal. Esta vez lo hizo la Africana, porque es muy chico. Para nosotros, los umbanda, hasta los quince años son crianzas. Los ladrones crianzas no quisiéramos que existieran. Para mí ver a un chico de quince años robando es muy duro. Duele porque lo hacen inconscientemente. Los chicos quieren sentirse fuertes. ¿Qué noción tienen de que los van a matar?

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