viernes, 17 de febrero de 2012

SOLIDARIDAD CON MAYÚSCULAS.




De Diario EL CORDILLERANO Bariloche.

Ayudaron a un abuelo a cumplir quizás
su último sueño: encontrar a su hijo.

Muchas veces hemos escuchado “que la sociedad barilochense es cerrada”, que se hace difícil traspasar las fronteras en una ciudad compuesta por los oriundos de un lado y aquellos que llegaron buscando una vida mejor. Pero desde el mes de noviembre se tejió una historia que hecha por tierra con todas esas especulaciones. El buen corazón, el compromiso y las ganas de darle una mano a un hombre necesitado, hicieron que muchas personas de diferentes estamentos se mostraran dispuestos a tenderle una mano a quien lo necesitaba. Y la historia merece ser contada.

El viernes pasado nos llegaba un mail desde Buenos Aires, firmado por Patricia Recalt, quien nos solicitaba la publicación de una “Participación” en la sección “Necrológicas” para recordar, con un texto muy particular a Juan Carlos Pagano, quien había sido hallado muerto en la vivienda que alquilaba ese mismo día.
Patricia había viajado a Buenos Aires, pero en el pedido nos hacía una pequeña reseña de la historia, dura, dolorosa, de este pianista de tango que llegó a nuestra ciudad en el mes de noviembre en busca de su hijo y de quien no tenía la mínima idea de donde se encontraba.
Esta joven contó que salía de cenar una noche de mucho viento con un amigo, Enrique Leiva, cuando le llamó la atención un hombre mayor, que apenas podía moverse por su propia imposibilidad física -tenía trípode y bastón- y por el intenso viento que en ese momento “sacudía” la ciudad.
Pagano iba por la calle Rolando de Mitre hacia Moreno. Conmovida por esta situación se acercó Patricia y le pregunto dónde podía llevarlo. La respuesta la “sacudió”: “Al hospital, allí seguro me van a dar una frazada calentita”, dijo el anciano que en algún momento le contó que estuvo en Bariloche en la inauguración de la Galería el Sol. Lejos de acceder a este pedido, buscó que algún hotel u hostería de la ciudad pudiera cobijarlo por un precio acorde a cualquier trabajador de nuestra ciudad, hasta que lo halló. Fue a comprar comida y se encontró con Cristina Soria, quien enterada de la situación no se la cobró y así logró que pase la noche.
Después, vino la otra etapa donde se fueron sumando PERSONAS (así con mayúsculas) de nuestra ciudad para conseguir otros objetivos. Primero, que pueda seguir estando en un lugar abrigado y bien alimentado y después hallar el paradero de su hijo.
Para los primeros, apareció Federico Riquelme, del Hotel “Rios del Sur”, Pedro Mansilla del Hotel “Los Duendes”, quienes lo atendieron muy amablemente y lo recibieron con los brazos abiertos. Lito Jara, el barman del Hotel “Nahuel Huapi”, que le dio ropa y después, se sumaron Aldo Wahnschaffe, Odessa Navarro, Daniel Mancinelli, Alicia López, Laura Pelayes, Iris Fernández, Mónica Capdevila y Antonio Karger entre otros, para, a través de las redes sociales encontrar al hijo perdido e ir acercando mercadería, remedios y otras cosas que necesitara.
No fue fácil, ni poco el tiempo que insumió la búsqueda, a tal punto, con los bolsillos casi exhaustos, Patricia consiguió una casa para alquilar, donde Ramón Ojeda y Norma Ríos le abrieron las puertas muy amablemente.

Casi que adoptó a este abuelito de 74 años llegado de Junín, Provincia de Buenos Aires, pues realizó los trámites en Anses, para el cobro de su jubilación y poder conseguir los audífonos que le habían robado en el micro cuando venía a Bariloche.
Tanto esfuerzo dio sus frutos, encontraron al hijo de Juan Carlos Pagano, un hombre que se crió con sus abuelos y que no tenía contacto con su padre desde que tenía un año. El se hizo cargo del alquiler y mantuvo algunas charlas con su progenitor, seguro que para Don Juan el objetivo estaba cumplido. Habían pasado poco más de dos meses de aquella fría y ventosa noche cuando su corazón le dijo basta…fue como si hubiese cumplido ese objetivo que lo trajo, con sus limitaciones a cuestas, a nuestra ciudad antes de morir.
Un grupo de gente de nuestra ciudad le permitió irse en paz…y aquella “Participación” decía: “Juan Carlos Pagano, te recordaremos como el ángel que fuiste, que Dios y sus angelitos te protejan y encuentres con ellos lo que viniste a buscar a Bariloche.”


martes, 10 de enero de 2012

Hacerse humo

Eran las siete de la mañana y estaban en el bar de la estación, en una mesa del fondo, debajo del ventilador que empujaba sin fe ni resultado aparente el aire cálido del primer lunes del año. El veterano de traje oscuro y camisa blanca, un poco echado hacia atrás, hablaba pausado y continuo, como quien riega a distancia, con el mentón algo más adelantado que la nariz en la que se apoyaban los anteojos estrechos y de la que pendía una gotita de sudor. El otro, un grandote de remera celeste y gorra mucho más joven, recibía sin pestañear la lluvia prolija de palabras con la frente levemente inclinada, los ojos chiquitos y oscuros fijos en la corbata rayada del otro y las manos grandes bajo la mesa.
–¿Cómo podés ser tan pelotudo, Pachequito? –terminó preguntando retóricamente el veterano–. ¿Pensaste que nadie se iba a dar cuenta? ¿Que lo ibas arreglar con una docena de cañitas, un par de bengalas y una caja de cuetes compradas en el kiosco de la esquina?
El otro tardó en argumentar, sin moverse demasiado:
–Fue para zafar: me di cuenta a las diez de la noche de que no estaban y no tenía cómo ubicarlo a usté, don Miranda. Me gasté toda la guita que tenía.
–¿De dónde decís que te las afanaron?
–Del baúl de auto.
–¿De la puerta de tu casa?
El otro asintió pero corrigió enseguida, apenas:
–De la esquina, bah. Enfrente de la pizzería.
El veterano, en el fondo, no podía aceptar lo que había pasado y acaso suponía que indagando en los pormenores algo de lo irreparable dejaría de serlo.
–¿Y por qué mierda andabas con todo eso encima?
–Usté me dijo que no convenía dejarlo en la muni. El viernes retiré las cajas truchas vacías, ¿se acuerda? Era peligroso que quedaran ahí, me dijo.
Era cierto. Toda la operación de adquisición de pirotecnia y de fuegos artificiales para los festejos de la llegada del Año Nuevo en la plaza principal se había hecho por izquierda. La supuesta compra oficial, con su partida adjudicada y toda la papelería correspondiente, nunca se había realizado y en cambio Oscar Miranda, jefe de la Dirección de Eventos y Ceremonial del municipio, había conseguido la mercadería a menos de la mitad de precio en una fábrica clandestina de Soldati. Angel Pacheco, precarizado supernumerario contratado a repetición, había estado en todas las instancias del negocio.
Hasta que a último momento, todo se había ido al carajo. A la hora señalada, con la última campanada de las doce y ya desatada la sirena de los bomberos, con la gente reunida y abriboca mirando para arriba, en lugar del esperado cuarto de hora de estruendo y luces de progresiva complejidad y colorido reventando el cielo municipal, de los oscuros jardines de la intendencia sólo emergieron, tímidos y opacos, algunos refucilos rojizos y breves, estallidos menores, algún chorrito pobre de una fuente de luz sin porvenir. En tres o cuatro minutos todo había acabado.
–Te cagaron, Oscar –había dicho la mujer de Miranda desde el balcón del quinto piso, inaugurando el año y el habitual hostigamiento a su consorte. –Te dije que lo que habías comprado era una basura.
Y Miranda, apenas asomado, con la copa de champán en la mano y de pronto sin nada que festejar, había corroborado el cielo de la desgracia por encima del hombro de su mujer.
Ahora había que encontrar la manera de remontar el desastre.
–Pachequito... –dijo el doctor Miranda tras un momento de meditación con suspiro incluido–. Date cuenta de que no me dejás opciones...
–Ya le dije... Si me afanaron, ¿qué quiere que...?
Sonó el celular. El doctor Miranda hizo un gesto. Atendió. Una voz femenina preguntó por él.
–Sí, soy yo –dijo y carraspeó.
–Un momento. El intendente le va a hablar.
El veterano se levantó y caminó hacia el mostrador, pidió otro café con un gesto, se fue a hablar lejos de la mesa y del otro.
Angel Pacheco, solo, recién entonces apartó la mirada del frente. Suspiró, observó un momento al doctor que prometía algo en voz alta y con ademanes y también se levantó haciendo sonar la silla. Fue al baño.
Se lavó la cara. Estaba meando cuando entró el mozo.
–Te van a rajar, Pachequito –dijo sin mirarlo, como si hablara con el espejo manchado–. Eso le está diciendo ahora al otro ladri.
–Si me rajan yo sé muchas cosas –dijo el otro lentamente.
El mozo meneó la cabeza.
–¿Muchas cosas?...
–Sí, muchas. ¿Y qué pasa si hablo?
–¿Quién te va a escuchar? –el mozo lo conocía bien del barrio: buen pibe pero un poco lenteja–. ¿En serio te afanaron algo?
Pachequito se volvió mientras se abrochaba. Le guiñó un ojo.
–En serio –y sonrió.
El mozo lo vio salir. Iba a seguirlo pero se quedó un momento más. Ahora meó él. Bostezó, estaba cansado porque las dos últimas noches había dormido poco y mal. En la villa, a dos cuadras de su casa, habían estado toda la noche haciendo quilombo con la música al mango. Y sobre todo los petardos, las bengalas, esos fuegos artificiales que costaban un huevo.
–Esos negros revientan la guita en cualquier cosa –dijo, pensó para sí.
Cuando volvió, el doctor todavía hablaba por teléfono, vuelto hacia la puerta, acodado al mostrador.
El mozo atendió a una pareja en la vereda y al regresar escuchó el diálogo.
–¿Y el muchacho que estaba conmigo, no lo vio? –decía Miranda.
–No. Recién estaba ahí –dijo el patrón.
El doctor se metió la mano en el bolsillo, se palpó inquieto. Reprimió una puteada.
–¿Le falta algo?
–No, nada. ¿Cuánto le debo?
–Se hizo humo –dijo el mozo y le dio el ticket.

lunes, 9 de enero de 2012

Conflictos

No estaba en un geriátrico, pero Raul sabía que estaba solo.
Su hija (30) estaba a más de 1.600 Km y su hijo (18), aunque estaba cerca, estaba en la edad de la adolescencia.
Tenía miedo. No miedo por él, que había tenido tres paros cardíacos y aceptaba que el final estaba cerca.
Tenía miedo por los perros.
La adolescencia es esa edad indefinida donde el padre es un ignorante.
En los primeros años, un niño crée y dice: "Mi papá es un genio y sabe todo".
En su adolescencia, crée y dice: "Mi viejo está gagá, es un idiota".
Pasada esa etapa, el joven expresa: "Tengo un problema que no sé como resolver. Lo voy a conversar con mi viejo".
En la etapa siguiente se le escucha: "No puedo responder ahora. Si mi viejo dice que sí, será sí. Si dice que no, será no. Él sabe y me permite no equivocarme."
Luego de unos años y ante una encrucijada, piensa: "Carajo, como necesitaría a mi viejo"!

Audio de este cuento

Hacía tiempo que sus hijos no le pedían consejo, tal vez porque ya no servía lo que les decía. Sabía que a veces era reiterativo, pero no por eso dejaba de sentirse interesado por cada cosa que sucedía.
Sus fieles animales eran los únicos que lo acompañaban cada dia. Dependian unos del otro, pero no era la única razon de llegar a casa pronto. Sabia que al menos ellos lo esperaban. Se sentaba en el sillón y esperaba el sonido del teléfono. Tal vez hoy lo llamaran.
Se habia tenido que amigar con la tecnología y portaba un celular, no fuera cosa que el de línea sonara mientras regaba el jardín.
Hacía tiempo que lo acompañaba un poster de Ella Fitzgerald, que colgaba orgulloso y grasiento de la pared sur de la cocina. Cuando fue a preparar el mate para acompañar el pan dulce vencido que traía la caja del club de jubilados, la miró a los ojos y se puso a tararear aquella versión jazzera de "No puedes comprarme amor"... Añoró esa época dorada, se pasó la mano por la calva e hizo ademán de acomodarse la antigua melena que luciera tan campante en los clubes del barrio para los carnavales. El silbido de la pava lo despertó de su ensimismamiento...
Se preguntaba frecuentemente cual era la razón de haberse quedado tan solo. Muchas se le cruzaban por la mente mientras se observaba en el viejo espejo del baño, tal vez el trabajo, tal vez...
No habia coicidido en los gustos con la mujer que había elegido, le gustaba la soledad le gustaba leer historia, le gustaba la música clásica. Sabía que no era facil su carácter.
Tal vez demasiado puntilloso decían.
Esa manera de dejar todo en orden, de preparar su te dejándolo hervir solo unos segundos. Pequeños detalles. Tal vez era eso o tal vez, no sabia a esta altura, cual era la razón de que Einstein y Edisson lo acompañaran siempre.
Sacó la pava, cargó el termo ensilló el mate y fue a tomarlo a la puerta, sentándose en un banquito bajo.
El patrullero venía tocando sirena detrás de una moto. Cuando llegaron a su cuadra, estaban casi a la par y la moto siguió viaje por su vereda. El de atrás hizo dos disparon contra la patrulla y desde el auto sonaron varios hacia los motochorros.

Cuando pasaban delante suyo, sintió el impacto de algo caliente que le entraba en el pecho y se arqueó hacia adelante.
En el mismo instante, alcanzó a comprender que ya no tendría más conflictos.

Con ideas de Paola Cristina Frías, Raul Astorga y Luis Quijote

domingo, 25 de diciembre de 2011

El saco de plumas

Un hombre había calumniado a un amigo por envidia.

Tiempo después se arrepintió, y visitó a un hombre sabio a quien dijo:

- "Quiero arreglar el mal que hice a mi amigo. ¿Cómo puedo hacerlo?".

El sabio respondió:
- "Toma una bolsa llena de plumas y suelta una a una por el camino que vayas. Luego vuelve".

El hombre muy contento, por aquello tan fácil, tomó un saco lleno de plumas y al cabo de un día las había soltado todas.

Volvió donde el sabio y le dijo:
- "Ya he terminado".

El sabio contestó:
- "Ya hiciste la parte más fácil. Ahora debes volver a llenar el saco con las mismas plumas que soltaste. Sal a la calle y búscalas".

El hombre se sintió muy triste y, aunque lo intentó, no pudo juntar casi ninguna.

Al volver, el hombre sabio dijo:
- "Así como no pudiste juntar de nuevo las plumas que volaron con el viento, así mismo el mal que hiciste voló de boca en boca y el daño ya está hecho. Lo único que puedes hacer es pedir perdón a tu amigo, pues no hay forma de revertir lo que hiciste".

MORALEJA: Cometer errores es de humanos y de sabios pedir perdón.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Otra Navidad

Estaba solo pero libre, solo pero él, solo en su calma de vivir; entonces sintió pena por los que necesitaban la Navidad para fingir su alegría.

Le gustaba la noche de la ciudad vestida de luciérnagas de colores. La Navidad traía el agridulce recuerdo de la infancia, mezcla de ilusión y decepción. Ese momento en que hay que sentirse feliz, compartir bondad, consumir regalos, comer turrón y, sobre todo, no estar solo. Pero él estaba solo. Era la primera Navidad sin su mujer. No se acordaba muy bien en ese momento si había muerto tras una misteriosa enfermedad o partió para un largo viaje o se fugó con un torero que quedó en paro tras clausurar las corridas. Tampoco le importaba mucho el por qué. Tan solo sentía que el transcurrir de su vida había cambiado de raíz. Cuando ella estaba le tranquilizaba el trajín diario en el hogar.

De hecho, eso era el hogar. Una presencia de alguien con quien compartir un cotidiano automático. Sobre todo porque una vez apagadas las cenizas de una antigua pasión las fricciones de convivencia apenas molestan. Y su mujer no era una señora chapada a la antigua, de esas siempre encima del marido, sino que era activa, le interesaban más cosas que a él, hacia amistades y concebía proyectos. Sí, decididamente le faltaba, no tanto como ella sino como ambiente climatizado. Le costó un tiempo acostumbrarse. Tal vez fuera por su solitario trabajo. Se había acogido a una ventajosa prejubilación en el banco y completaba su peculio como asesor financiero, pero con la crisis y la informatización de la Agencia Tributaria la gente no estaba para invertir ni defraudar, sólo intentaba mantener a flote sus ahorros. Pocos venían al despacho que montó en un rincón de su piso. Su consulta se solía hacer por internet, salvo cuando salía algún trabajillo medio legal. Aun así, entre la pensión y lo que caía del analfabetismo económico del personal, iba tirando para lo poco que gastaba.

¿Con quién lo iba a gastar? Porque no hay nada más triste que consumir solo. Y su único hermano había vuelto a emigrar a Alemania, como en los buenos tiempos del desarrollismo. No es que le fuera muy bien, pero había trabajo para profesionales que aceptaran cobrar menos por hacer más. La Merkel se lo había montado bien: o trabajas sin rechistar o te dejo sin euro y allá te las arregles. ¿Y quién era el guapo que volvía a la peseta? A él no le afectaba mucho, porque ya había ajustado su consumo a sus ingresos, cultivaba tomates y verduras en su terraza, recogía enseres por calles y mercados, participaba en redes de trueque y se había apuntado a una cooperativa de consumo. No le daba vergüenza porque había cantidad de gente que lo hacía. Pero la gente no se enrollaba. Hacían su cosa y se iban. Y los tomates se los plantaba él, los cuidaba él y se los comía él. En fin, que también transitaba solo por las sendas de la economía alternativa.

De modo que optó por formas más tradicionales de buscar compañía, o sea ligar. Apenas empezaba la sesentena y estaba de buen ver, gracias a que no bebía whisky y a los genes de su mamá. Incluso tenía pelo. Había una discoteca bien que se especializaba los jueves en maduritas y barrigones. Ahí fue un par de veces. La visión de abundantes carnestolendas jugando a jovencitas con mini junto a manadas de vejestorios rezumando Viagra le desanimó de entrada. Y de salida fue buscando alguna prostituta ocasional. Le sirvió como sexo breve, pero su problema no era el sexo. Sus necesidades eran ya limitadas y su excitación menguada por la amenaza del sida y la obligatoriedad del condón. Además, no hay nada más solitario que el sexo con prostitutas porque se trata de una doble soledad tarifada por macarras. Pensó en agencias matrimoniales pero en realidad él no se quería casar porque con lo que tenía le alcanzaba para él pero no para vete a saber quién que roncara a su lado. Decididamente, lo que se construye en muchos años es difícil de sustituir deprisa y corriendo.

Bueno, quedaban los amigos. Pero ¿cuáles? No había muchos y los realmente existentes pasaban su tiempo entre cónyuges de distintas épocas, nietos y oscuras actividades de las que nadie se entera. Le hubiera gustado tener a sus nietos cerca. Pero sus dos hijos vivían lejos, uno en Nueva York con su pareja gay, el otro con una desmesurada lechera danesa de donde emergieron con dificultad dos querubines rosados como cerditos que le decían cosas dulces pero ininteligibles cada vez que los visitaba en Aarhus. De modo que entre eso y el frio invernal prefería reunirse con ellos en el verano de la Costa Brava.

Tal era su sentimiento de abandono que pensó en animales domésticos. Le gustaban los perros pero estos animalitos se hacen tan dependientes de sus amos que rompe el corazón dejarlos un tiempo e incluso se pueden enfermar. Y él quería viajar de vez en cuando, era su última esperanza de conexión con el mundo. Le recomendaron gatos, animales auto-suficientes, inmunes a la afectividad. Pero nunca le gustaron los gatos, tal vez porque cuando era pequeño le arañó una gata zalamera. Y francamente depositar su necesidad de compañía en una tortuga le pareció excesivo.

Así que vivía solo y solo deambulaba por las calles festivas repletas de gentes afanadas en comprar regalos envueltos en sucedáneos de felicidad. No tenía a quién regalarle y nadie le regalaría. Se dio cuenta. Estaba verdaderamente solo, nadie en su entorno, solo con su soledad. Y de repente sintió una serenidad extraordinaria, una libertad ilimitada. Solo, sí, pero porque así quería estar. Solo porque no aceptaba simular la compañía. Solo porque no quería soportar discursos huecos, ni creer en promesas falsas. Solo porque era auténtico, era él, era una persona, no un monigote de papel de cartas, ni un familiar de deberes prescritos. Solo pero libre, solo pero él, solo en su calma de vivir.

Entonces sintió pena por quienes necesitaban la Navidad para fingir su alegría.
Fuentes:
Canción triste de Navidad
Canción triste de Navidad

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La perra. Capítulo 2

El inicio de esta historia es: La perra <=Clic


Hacía tiempo que salíamos, así que propuse convivir en pareja y nos fuimos a mi casa.

Como a la semana dijo que la perra perdía pelo y ensuciaba las cobijas.
Ella la había autorizado a dormir a los pies de la cama un día de frío, pero debí reconocer que algo de razón tenía.
Aclaro que "Ella" tiene nombre y apellido, aunque no lo menciono por discreción. A la perra sí porque no va a leer esto, y su nombre era "Negra", tal como relato el encuentro ACÁ. <=Clic
Retomo y sigo: Puse un cartón de unos 25 cm de alto en la puerta y me acosté alerta. Cuando vino detrás -y justo en el momento que lo saltaba- dije: "¡No! Fuera".
Al instante saltó nuevamente hacia afuera y se quedó mirándome desde atrás de la valla. Agregué: "¡Muy bien, muy bien! Fuera".

Pero "Ella" no quedó conforme y, a los pocos días, se quejó porque para entrar a la pieza había que levantar la pata.
Nuevamente reconocí que que algo de razón tenía.
Quité la valla de cartón y la Negra permaneció fuera de la habitación. Aproveché para decirle: "¡Muy bien, muy bien! Fuera".

A los pocos días, "Ella" volvió a quejarse porque había pelos en la cocina y la perrita hacía sus necesidades en el patio. Quería que la abandonara por ahí; entonces preparé el mate para amenizar la charla y este -masomeno- fué el diálogo:

ELLA: Llevala por ahí, bastante lejos y que se arregle. Acá es un incordio.
YO: La rescaté de esa situación y censuro a quienes abandonan una mascota. ¿Como podría imitarlos?
ELLA: ¡Dejate de joder. Es un perro!
YO: La perra estaba desde antes, sin embargo nunca se quejó.
ELLA: ¡Porqué no puede!
YO: Puede. De hecho te aceptó y brindó su afecto desde el primer día. Lo podía haber mezquinado y ningunearte.
ELLA: ¡Dejate de joder! ¿Vas a defender a la perra o a mí?
YO: Pretendo defender lo justo y equitativo.
ELLA: ¡Basta: La perra o yo!
YO: Así planteado no me dejás salida.
ELLA: Repito; la perra o yo.
YO: No me obligues a tomar una decisión. Podría darte una respuesta que no sea de tu agrado.
ELLA: No podés elegir a la perra, yo soy más importante.
YO: ¿Más importante?
ELLA: Decidite, la perra o yo.
YO: Insisto en que no me obligues a tomar una decisión. Pensá (y pensalo profundamente), que podría darte una respuesta desagradable.
ELLA: Bueno, acabala, la perra o yo.
YO: La perra.
ELLA: ¿Y que vamos a hacer con la perra?
YO: No vamos a hacer. Voy a hacer. La perra se queda.
ELLA: ¿Y yo?
YO: Tenés dos opciones: Aprendés a convivir con la perra y conmigo o te vás.
ELLA: Con la perra no quiero saber nada, y si no me defendés, con vos tampoco.
YO: Entonces tenés una sola salida. Irte.

(Ya la discusión se ponía tensa).
ELLA: ¡Yo, de acá, no me voy!
YO: Nuevamente tenés dos opciones: O te vas como una señorita francesa por las buenas, o por las malas te saco a patadas en el culo.
ELLA: No me voy a ninguna parte. Ni lo sueñes.
YO: Podés tomar tus cosas, subir al auto del lado del acompañante y te llevo donde digas o...
ELLA: ¿O qué...?
YO: ...te quiebro por la mitad, te meto en el baul del coche y te tiro en un descampado.
ELLA: ¿Me estás amenazando?
YO: No es una amenaza, es el aviso de lo que va a ocurir.
ELLA: ¡No te atreverías!
YO: (Levantándome de la silla). ¿Querés probar?
······················
ELLA: ¿Me llevás a la casa de mi vieja?
YO: Como no.
ELLA: ¿Puedo juntar mis cosas?
YO: (Sentándome) Obvio.
ELLA: ¿Lo dejamos para mañana o pasado?
YO: Ya nó. Llegamos muy lejos. No hay marcha atrás.
······················


PD: Todos los comentarios son bienvenidos. Incluso los que versen sobre "violencia de género".

domingo, 11 de diciembre de 2011

La perra

Cuando cae un chaparrón en la Provincia de Misiones, las rutas se tornan resbaladizas.
Para evitar un accidente, paré a un costado del camino para cocinar un par de churrascos y almorzar.
Encendí la garrafita y coloqué la plancha con la carne arriba.

Apareció de entre los matorrales moviendo la cola, pero tenía miedo y no se acercaba a menos de un par de metros, aunque mostraba su alegría (?) corriendo en círculos.
Solo era el esqueleto -de unos dos o tres meses- de un perro forrado por cuero, pero no aceptaba que me arrimara a acariciarle.
Tomé el bife de la plancha y se lo ofrecí. No vino, entonces lo arrojé a dos metros de donde me encontraba y casi no tocó tierra. Lo devoró en un santiamén.
Puse el segundo -y último- trozo de carne en la plancha porque yo, también, tenía hambre.
Me miraba conservando las distancias, y en sus ojos creí entender que lo necesitaba más que yo. Hice de tripas corazón y se lo dí, estimando que podría parar en algún comedor más tarde, pero ese bicho lo precisaba realmente.
Subí al camión y preparé el mate para distraer mi apetito. Cuando escampó, puse en marcha el motor para continuar viaje y apareció nuevamente, moviendo la cola y ladrando, al lado de la puerta.
¡Me causó gracia!
Abrí la puerta y dije: ¡Arriba!
¡Pobrecito/a! Lo intentó pero no llegaba, rebotando en el estribo sin poder pasar del 2º escalón.
Se me ocurrió llevarlo hasta el próximo comedor para que pudiera subsistir.
Bajé y lo subí. Inmediatamente se acomodó en el piso del lado del acompañante. Y me miraba con ojitos temerosos.
Comprendí que era de las tantas "mascotas" que son abandonadas por los (¿)humanos(?) cuando crecen, más aun si son hembras.
Continué mi viaje y, en el primer comedor (unos 40 kilómetros) que encontré, paré.
Abrí la puerta y ordené: ¡Abajo!
¡¡¡Se pegó un porrazo al caer!!!, pero se fue a no se donde.
Pedí una tira de asado con ensalada de radicheta y ajo y lo devoré, un poco por hambre atrasada y otro poco porque estaba buenísimo.
Cuando salí, ni recordaba su existencia. Subí, puse en marcha y mientras esperaba que el motor tomara temperatura, apareció "a los gritos" y moviendo la cola hasta llegar a la puerta.
¿Como podía ser que si, mientras estuve en el comedor, habían partido otros vehículos, apareciera?
¿Lo habría intentado con todos, sin resultado?
Paré el motor. Se fue. Arrancaron otros y no apareció. Para mí era un encuentro casual y había terminado.
Puse en marcha nuevamente y la ví, ladrando desesperadamente, hasta llegar. Si en lugar de pelos hubiera tenido plumas en la cola, superaba la altura de los cóndores.
Se repitió la escena cuando abrí la puerta y dije ¡Arriba!. La tuve que ayudar.
Cuando llegué a mi casa la bajé y se acomodó bajo la mesa de la cocina.
No supe que hacer, pero creí (?) que me había adoptado y aunque no creo ser buena persona, tampoco me considero un hijueput.
Apelando a mi enorme capacidad para poner nombres originales, la bauticé Negra, y durante un tiempo convivimos sin inconvenientes, pero luego me "arrejunté" y...

¡Pero esa ya es otra historia!

Continúa en: La perra. Capítulo 2

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