lunes, 27 de julio de 2009

Fahrenheit 451 - Página 41

Alargó una mano de lado, con la palma hacia arriba, en espera de un obsequio.
Montag puso el libro en ella. Sin ni siquiera mirar el título, Beatty lo tiró a la papelera y encendió un cigarrillo.
-Bien venido, Montag. Espero que te quedes con nosotros, ahora que te ha pasado la fiebre y ya no estás enfermo. ¿Quieres sentarte a jugar una mano de póquer?
Se instalaron y distribuyeron los naipes. En presencia de Beatty, Montag se sintió lleno de culpabilidad. Sus dedos eran como hurones que hubiesen cometido alguna fechoría y ya nunca pudiesen descansar, siempre agitados Y ocultos en los bolsillos, huyendo de la mirada penetrante de Beatty, Montag tuvo la sensación de que si Beatty hubiese llegado a lanzar su aliento sobre ellos, sus manos se marchitarían, irían deformándose y nunca más recuperarían la vida; habrían de permanecer enterradas para siempre en las mangas de su chaqueta olvidadas.
Porque aquéllas eran las manos que habían obrado por su propia cuenta, independientemente de él, fue en ellas donde se manifestó primero el impulso apoderarse de libros, de huir con Job y Ruth y Shakespeare; y, ahora, en el cuartel, aquellas manos parecían bañadas en sangre.
Dos veces en media hora, Montag tuvo que dejar la partida e ir al lavabo a lavarse las manos. Cuando regresaba, las ocultaba bajo la mesa.
Beatty se echó a reír.
-Muéstranos tus manos, Montag. No es qué desconfiemos de ti, compréndelo, pero...
Todos se echaron a reír.
-Bueno -dijo Beatty-, la crisis ha pasado y está bien. La oveja regresa al redil. Todos somos ovejas que alguna vez se han extraviado. La verdad es la verdad. Al final de nuestro camino, hemos llorado. Aquellos a quienes acompañan nobles sentimientos nunca están solos, nos hemos gritado. Dulce alimento de sabiduría manifestada dulcemente, dijo Sir Philip Sidney. Pero por otra parte: Las palabras son como hojas, y cuanto más abundan raramente se encuentra debajo demasiado fruto o sentido, Alexander Pope. ¿Qué opinas de esto?
-No lo sé.
-¡Cuidado! -susurró Faber, desde otro mundo muy lejano-.
-¿0 de esto? Un poco de instrucción es peligrosa. Bebe copiosamente, o no pruebes el manantial de la sabiduría; esas corrientes profundas intoxican el cerebro, y beber en abundancia nos vuelve a serenar. Pope. El mismo ensayo. ¿Dónde te deja esto?
Montag se mordió los labios.
-Yo te lo diré -prosiguió Beatty, sonriendo a sus naipes-. Esto te ha embriagado durante un breve plazo. Lee algunas líneas y te caes por el precipicio. Vamos, estás dispuesto a trastornar el mundo, a cortar cabezas, a aniquilar mujeres y niños, a destruir la autoridad. Lo sé, he pasado por todo ello.
-Ya estoy bien -dijo Montag, muy nervioso-.
-Deja de sonrojarte. No estoy pinchándote, de veras que no. ¿Sabes? Hace una hora he tenido un sueño. Me había tendido a descabezar un sueñecito. Y, en este sueño, tú y yo, Montag, nos enzarzamos en un furioso debate acerca de los libros. Tú estabas lleno de rabia, me lanzabas citas. Yo paraba, con calma, cada ataque. Poder, he dicho. Y tú, citando al doctor Johnson, has replicado: ¡El conocimiento es superior a la fuerza! Y yo he dicho: «Bueno, querido muchacho», el doctor Johnson también dijo: Ningún hombre sensato abandonará una cosa cierta por otra insegura. Quédate con los bomberos, Montag. ¡Todo lo demás es un caos terrible!
-No le hagas caso -susurró Faber-. Está tratando de confundirte. Es muy astuto. ¡Cuidado!
Beatty rió entre dientes.
-Y tú has replicado, también con una cita: La verdad saldrá a la luz, el crimen no permanecerá oculto mucho tiempo. Y yo he gritado de buen humor: ¡Oh, Dios! ¡Sólo está hablando de su caballo! Y: El diablo puede citar las Escrituras para conseguir sus fines. Y tú has vociferado: Esta época hace más caso de un tonto con oropeles que de un santo andrajoso, de la escuela de la sabiduría. Y yo he susurrado amablemente: La dignidad de la verdad se pierde con demasiadas protestas. Y tú has berreado: Las carroñas sangran ante la presencia del asesino. Y yo he dicho, palmoteándote una mano: ¿Cómo? ¿Te produzco anginas? Y tú has chillado: ¡La sabiduría es poder! ; Un enano sobre los hombros de un gigante es el más alto de los dos. Y he resumido mi opinión con extraordinaria serenidad: La tontería de confundir una metáfora con una prueba, un torrente de verborrea con un manantial de verdades básicas, y a sí mismo con un oráculo, es innato en nosotros, dijo Mr. Valéry en una ocasión.
Montag meneó la cabeza doloridamente. Le parecía que le golpeaban implacablemente en la frente, en los ojos, en la nariz, en los labios, en la barbilla, en los hombros, en los brazos levantados. Deseaba gritar: « ¡Calla! ¡Estás tergiversando las cosas, deténte!».
Beatty alargó la mano para coger una muñeca del otro.
-¡Caramba, vaya pulso! Te he excitado mucho, ¿verdad, Montag? ¡Válgame Dios! Su pulso suena como el día después de la guerra. ¡Todo son sirenas Y campanas! ¿He de decir algo más? Me gusta tu expresión de pánico. Swahili, indio, inglés... ¡Hablo todos los idiomas! ¡Ha sido un excelente y estúpido discurso!
-¡Montag, resista! -La vocecita sonó en el oído de Montag-. ¡Está enfangando las aguas!
-Oh, te has asustado tontamente -dijo Beatty- porque he hecho algo terrible al utilizar esos libros a lo que tú te aferrabas, en rebatirte todos los puntos. ¡Qué traidores pueden ser los libros! Te figuras que te ayudan, y se vuelven contra ti. Otros pueden utilizarlos también, y ahí estás perdido en medio del pantano, entre un gran tumulto de nombres, verbos y adjetivos. Y al final de mi sueño, me he presentado con la salamandra y he dicho: «¿Vas por mi camino?» Y tú has subido, y hemos regresado al cuartel en medio de un silencio beatífico, llenos de un profundo sosiego.
-Beatty soltó la muñeca de Montag, dejó la mano fláccidamente apoyada en la mesa.
- A buen fin, no hay mal principio.
Silencio. Montag parecía una estatua tallada en piedra. El eco del martillazo final en su cerebro fue apagándose lentamente en la oscura cavidad donde Faber esperaba a que esos ecos desapareciesen. Y, entonces, cuando el polvo empezó a depositarse en el cerebro de Montag, Faber empezó a hablar, suavemente:
-Está bien, ha dicho lo que tenía que decir. Debe aceptarlo. Yo también diré lo que debo en las próximas horas. Y usted lo aceptará. Y tratará de juzgarlas y podrá decidir hacia qué lado saltar, o caer. Pero quiero que sea su decisión, no la mía ni la del capitán. Sin embargo, recuerde que el capitán pertenece a los enemigos más peligrosos de la verdad y de la libertad, al sólido e inconmovible ganado de la mayoría. ¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría! Todos tenemos nuestras arpas para tocar. Y, ahora, le corresponderá a usted saber con qué oído quiere escuchar.

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Fahrenheit 451 - Página 42

Montag abrió la boca para responder a Faber. Le salvó de este error, que iba a cometer en presencia de los otros, el sonido del timbre del cuartel. La voz de alarma proveniente del techo se dejó oír. Hubo un tic tac cuando el teléfono de alarma mecanografió la dirección. El capitán Beatty, con las cartas de póquer en una mano, se acercó al teléfono con exagerada lentitud y arrancó la dirección cuando el informe hubo terminado. La miró fugazmente y se la metió en el bolsillo.
Regresó Y volvió a sentarse a la mesa. Los demás le miraron.
-Eso puede esperar cuarenta segundos exactos, que es lo que tardaré en acabar de desplumaros -dijo Beatty, alegremente-.
Montag dejó sus cartas.
-¿Cansado, Montag? ¿Te retiras de la partida?
-Sí.
-Resiste. Bueno, pensándolo bien, podemos terminar luego esta mano. Dejad vuestros naipes boca abajo
-Preparad el equipo. Ahora será doble. -Y Beatty volvió a levantarse-. Montag, ¿no te encuentras bien? Sentiría que volvieses a tener fiebre...
-Estoy bien.
-Magnífico! Éste es un caso especial. ¡Vamos, apresúrate!
Saltaron al aire y se agarraron a la barra de latón como si se tratase del último punto seguro sobre la avenida que amenazaba ahogarles; luego, con gran decepción por parte de ellos, la barra de metal les bajó hacia la oscuridad, a las toses, al resplandor y la succión del dragón gaseoso que cobraba vida.
-¡Eh!
Doblaron una esquina con gran estrépito del motor y la sirena, con chirrido de ruedas, con un desplazamiento de la masa del petróleo en el brillante tanque de latón, como la comida en el estómago de un gigante mientras los dedos de Montag se apartaban de la barandilla plateada, se agitaban en el aire, mientras el viento empujaba el pelo de su cabeza hacia atrás. El viento silbaba entre sus dientes, y él, pensaba sin cesar en mujeres, en aquellas charlatanas de aquella noche en su salón, y en la absurda idea de él de leerles un libro. Era tan insensato y demente como tratar de apagar un fuego con una pistola de agua. Una rabia sustituida por otra. Una cólera desplazando a otra. ¿Cuándo dejaría de estar furioso y se tranquilizaría, y se quedaría completamente tranquilo?
-¡Vamos allá!
Montag levantó la cabeza. Beatty nunca guiaba pero esta noche sí lo hacía, doblando las esquinas con la salamandra, inclinado hacia delante en el asiento del conductor, con su maciza capa negra agitándose a su espalda, lo que le daba el aspecto de un enorme murciélago que volara sobre el vehículo, sobre los números de latón, recibiendo todo el viento.
-¡Allá vamos para que el mundo siga siendo feliz. Montag!
Las mejillas sonrojadas y fosforescentes de Beatty brillaban en la oscuridad, y el hombre sonreía furiosamente.
-¡Ya hemos llegado!
La salamandra se detuvo de repente, sacudiendo hombres. Montag permaneció con la mirada fija en la brillante barandilla de metal que apretaba con toda la fuerza de sus puños.
«No puedo hacerlo -pensó-. ¿Cómo puedo realizar esta nueva misión, cómo puedo seguir quemando cosas? No me será posible entrar en ese sitio.»
Beatty, con el olor del viento a través del cual se había precipitado, se acercó a Montag.
-¿Todo va bien, Montag?
Los hombres se movieron como lisiados con sus embarazosas botas, tan silenciosos como arañas.
Montag acabó por levantar la mirada y volverse. Beatty estaba observando su rostro.
-¿Sucede algo, Montag?
-Caramba -dijo éste, con lentitud-. Nos hemos detenido delante de mi casa.

Tercera Parte: Fuego Vivo

Las luces iban encendiéndose y las puertas de las casas abriéndose a todo lo largo de la calle, para observar el espectáculo que se preparaba. Montag y Beatty miraban, el uno con seca satisfacción, el otro con incredulidad, la casa que tenían delante, aquella pista central en la que se agitarían numerosas antorchas y se comería fuego.
-Bueno -dijo Beatty-; ahora lo has conseguido. El viejo Montag quería volar cerca del sol y ahora que se ha quemado las malditas alas se pregunta por qué. ¿No te insinué lo suficiente al enviar el Sabueso a merodear por aquí?
El rostro de Montag estaba totalmente inmóvil e inexpresivo; sintió que su cabeza se volvía hacia la casa contigua, bordeada por un colorido macizo de flores.
Beatty lanzó un resoplido.
-¡Oh ,no! No te dejarías engañar por la palabrería de esa pequeña estúpida, ¿eh? Flores, mariposas, hojas, puestas de sol... ¡Oh, diablo! Aparece todo en su archivo. Que me ahorquen. He dado en el blanco. Fíjate en el aspecto enfermizo que tienes. Unas pocas briznas de hierba y las fases de la luna. ¡Valiente basura! ¿Qué pudo ella conseguir con todo eso?
Montag se sentó en el frío parachoques del vehículo, desplazando la cabeza un par de centímetros a la izquierda, un par de centímetros a la derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda...
-Ella lo veía todo. Nunca hizo daño a nadie, los dejaba tranquilos.
-¿Tranquilos? ¡Narices! Revoloteaba a tu alrededor, ¿verdad? Uno de esos malditos seres cargados de buenas intenciones y con cara de no haber roto... un plato, cuyo único talento es hacer que los demás se sientan culpables. ¡Aparecen como el sol de medianoche para hacerle sudar a uno en la cama!
La puerta de la casa se abrió; Mildred bajó los escalones, corriendo, con una maleta colgando rígidamente de una mano, en tanto que un taxi se detenía junto al bordillo.
-¡Mildred!

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Fahrenheit 451 - Página 43

Ella cruzó corriendo, con el cuerpo rígido, el rostro cubierto de polvos, la boca invisible, sin carmín.
-¡Mildred, no has sido tú quien ha dado la alarma!
Ella metió la maleta en el taxi, subió al vehículo y se sentó, mientras murmuraba:
-¡Pobre familia, pobre familia! ¡Oh! ¡Todo perdido, todo, todo perdido...!
Beatty cogió a Montag por un hombro, mientras el taxi arrancaba veloz y alcanzaba los cien kilómetros por hora antes de llegar al extremo de la calle.
Se produjo un chasquido, como el de la caída de lo fragmentos de un sueño confeccionado con cristal, espejos y prismas. Montag se volvió como si otra incomprensible tormenta le hubiese sacudido, y vio a Stoneman y a Black que, empuñando las hachas, rompían cristales de las ventanas para asegurar una buena ventilación
El roce de las alas de una mariposa contra una fría y negra tela metálica.
-Montag, aquí Faber. ¿Me oye? ¿Qué ocurre?
-Esto me ocurre a mí -dijo Montag-.
-¡Qué terrible sorpresa! -dijo Beatty-. Porque actualmente todos saben, están totalmente seguros, de que nunca ha de ocurrirme a mí. Otros mueren y yo adelante. No hay consecuencias ni responsabilidades. Pero sí las hay. Mas no hablemos de ellas, ¿eh? Cuando compruebas las consecuencias, ya es demasiado tarde, ¿verdad, Montag?
-Montag, ¿puede marcharse, echar a correr? -preguntó Faber-.
Montag anduvo, pero no sintió cómo sus pies tocaban el cemento ni el césped.
Beatty encendió su encendedor y la pequeña llama anaranjada fascinó a Montag.
-¿Qué hay en el fuego que lo hace tan atractivo? No importa la edad que tengamos, ¿qué nos atrae hacia él? -Beatty apagó de un soplo la llama y volvió a encenderla-. Es el movimiento continuo, lo que el hombre quiso inventar, pero nunca lo consiguió. O el movimiento casi continuo. Si se la dejara arder, lo haría durante toda nuestra vida. ¿Qué es el fuego? Un misterio. Los científicos hablan mucho de fricción y de moléculas. Pero en realidad no lo saben. Su verdadera belleza es que destruye responsabilidad y consecuencias. Si un problema se hace excesivamente pesado, al fuego con él. Ahora, Montag, tú eres un problema. Y el fuego te quitará de encima de mis hombros, limpia, rápida, seguramente. Después, nada quedará enraizado. Antibiótico, estético, práctico.
Montag se quedó mirando aquella extraña casa, que la hora de la noche, los murmullos de los vecinos, y el cristal quebrado habían convertido en algo ajeno a él; y allí en el suelo, con las cubiertas desgarradas y esparcidas como plumas de cisnes, yacían los increíbles libros que parecían tan absurdos. Verdaderamente, era indigno preocuparse por ellos, porque no eran más que rayitas negras, papel amarillento y encuadernación semideshecha.
Mildred, desde luego. Debió vigilarle cuando escondía los libros en el jardín, y había vuelto a entrarlos. Mildred, Mildred.
-Quiero que seas tú quien realice ese trabajo, Montag. Tú solo. No con petróleo y una cerilla, sino a mano, con un lanzallamas. Es tu casa y tú debes limpiarla.
-¡Montag, procure huir, marcharse!
-¡No! -gritó Montag con impotencia-. ¡El Sabueso! ¡A causa del Sabueso!
Faber oyó, y Beatty, pensando que el otro hablaba con él, también le oyó.
-Sí, el Sabueso está por ahí cerca, de modo que no intentes ningún truco. ¿Listo?
-Listo.
Montag abrió el seguro del lanzallamas.
-¡Fuego!
Un chorro llameante salió desde la boquilla del aparato y golpeó los libros contra la pared. Montag entró en el dormitorio y disparó dos veces, y las camas gemelas se volatilizaron exhalando un susurro, con más calor, pasión y luz de las que él había supuesto que podían contener. Montag quemó las paredes del dormitorio, el tocador, porque quería cambiarlo todo, las sillas, las mesas; y, en el comedor, los platos de plástico y de plata, todo lo que indicara que él había vivido allí, en aquella casa vacía, con una mujer desconocida que mañana le olvidaría, que se había marchado y le había olvidado ya por completo, escuchando su radio auricular mientras atravesaba la ciudad, sola. Y como antes era bueno quemar.
Montag se sintió borbotear en las llamas y el insensato problema fue arrebatado, destruido, dividido y ahuyentado. Si no había solución... Bueno, en tal caso, tampoco quedaría problema. ¡El era lo mejor para todos!
-¡Los libros, Montag!
Los libros saltaron y bailaron como pájaros asados con sus alas en llamas con plumas rojas y amarillas. Y luego, Montag entró en el salón, donde los estúpidos monstruos yacían dormidos con sus pensamientos blancos y sus sueños nebulosos. Y lanzó una andanada a cada una de las tres paredes desnudas y el vacío pareció sisear contra él. La desnudez produjo un siseo mayor, un chillido insensato. Montag trató de pensar en el vacío sobre el que había actuado la nada, pero no pudo. Contuvo el aliento para que el vacío no penetrara en sus pulmones.
Eliminó aquella terrible soledad, retrocedió y dirigió una enorme y brillante llamarada amarillenta a toda la habitación. La cubierta de plástico ignífugo que había sobre todos los objetos, quedó deshecha y la casa empezó a estremecerse con las llamas.
-Cuando hayas terminado -dijo Beatty a su espalda-, quedarás detenido.
La casa se convirtió en carbones ardientes y ceniza negra. Se derrumbó sobre sí misma y una columna de humo que oscilaba lentamente en el cielo se elevó de ella. Eran las tres y media de la madrugada. La multitud regresó a sus casas; el gran entoldado de¡ circo se había convertido en carbón y desperdicios, y el espectáculo terminó.
Montag permaneció con el lanzallamas en sus fláccidas manos, mientras grandes islas de sudor empapaban sus sobacos, y su rostro estaba lleno de hollín.. Los otros bomberos esperaban detrás de él, en la oscuridad, con los rostros débilmente iluminados por el rescoldo de la casa.
Montag trató de hablar un par de veces, y, por fin, consiguió formular su pensamiento.
-¿Ha sido mi esposa la que ha dado la alarma?
Beatty asintió.
-Pero sus amigas habían dado otra con anterioridad. De una u otra manera, tenías que cargártela. Fue la tontería ponerte a recitar poemas por ahí, como si tal cosa. Ha sido el acto de un maldito estúpido. Dale unos cuantos versos a un hombre y se creerá que es el Señor de la Creación. Cree que, con los libros, podrá andar por encima del agua. Bueno, el mundo puede arreglárselas muy bien sin ellos. Fíjate adónde te han conducido, hundido en el barro hasta los labios. Si agito el barro con mi dedo meñique, te ahogas.
Montag no podía moverse. Con el fuego había llegado un terremoto que había aniquilado la casa y Mildred estaba en algún punto bajo aquellas ruinas, así como su vida entera, y él no podía moverse. El terremoto seguía vibrando en su interior, y Montag permaneció allí, con las rodillas medio dobladas bajo el enorme peso de cansancio, el asombro y el dolor, permitiendo que Beatty le atacara sin que él levantase ni una mano.
-Montag, idiota, Montag, maldito estúpido; ¿qué te ha impulsado a hacer esto?
Montag no escuchaba, estaba muy lejos, corría tras de su imaginación, se había marchado, dejando aquel cuerpo cubierto de hollín para que vacilara frente a otro loco furioso.
-¡Montag, márchate de ahí! -dijo Faber-.
Montag escuchó.
Beatty le pegó un golpe en la cabeza que le hizo, retroceder, dando traspiés. La bolita verde en la que murmuraba la voz de Faber cayó a la acera. Beatty la recogió, sonriendo. La introdujo a medias en una de su orejas. Oyó la voz remota que llamaba:
-Montag, ¿está usted bien?

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Fahrenheit 451 - Página 44

Beatty desarmó el pequeño receptor y se lo guardó en un bolsillo.
-Bueno, de modo que aquí hay más de lo que me figuraba. Te he visto inclinar la cabeza, escuchando. De momento, he creído que tenías una radio auricular, Pero, después, cuando has empezado a reaccionar, he dudado. Seguiremos la pista de esto, y encontraremos a tu amigo.
-¡No! -exclamó Montag-.
Abrió el seguro del lanzallamas. Beatty miró instantáneamente los dedos de Montag, y sus ojos se abrieron levemente. Montag vio la sorpresa que expresaban y, a su vez, se miró las manos, para ver qué habían estado haciendo. Más tarde, al recapacitar sobre la escena, Montag nunca pudo decidir si fueron las manos o la reacción de Beatty para con ellas, lo que le impulsó definitivamente al crimen. El último derrumbamiento de la avalancha resonó en sus oídos, sin afectarle.
Beatty mostró su sonrisa más atractiva.
-Bueno, éste es un buen sistema para conseguir un auditorio. Apunta a un hombre y oblígale a escuchar su discurso. Suéltalo ya. ¿De qué se tratará, esta vez? ¿Por qué no me recitas a Shakespeare, maldito estúpido? No hay terror, Casio, en tus amenazas, porque estoy tan bien armado de honestidad que pasan junto a mí cual una tenue brisa, que no me causa respeto. ¿Qué te parece? Adelante, literato de segunda mano, aprieta el gatillo.
Adelantó un paso hacia Montag.
Montag sólo pudo decir:
-Nunca habíamos quemado...
Y, entonces, se produjo una estridente llamarada, y un muñeco saltarín, gesticulante, ya no humano ni identificable, convertido en una llamarada, se retorció sobre el césped, en tanto que Montag lanzaba contra él un chorro continuo de ardiente líquido. Se produjo un siseo como cuando un escupitajo cae sobre el hierro ardiente de una estufa, un borboteo y un espumear, como si se hubiese echado sal sobre un monstruoso caracol negro Para producir una terrible licuación y un hervor sobre la espuma amarilla. Montag cerró los ojos, gritó, gritó y forcejeó Para llevarse las manos a los oídos, para aislarse de aquel ruido. Beatty giró sobre sí mismo una y otra Y otra vez, y, por último, se contrajo sobre sí mismo como si fuera un muñeco achicharrado y quedó silencioso.
Los otros dos bomberos no se movieron.
Montag contuvo su mareo el tiempo suficiente para apuntar con el lanzallamas.
-¡Volveos de espaldas!
Ambos obedecieron, con sus rostros totalmente descoloridos y húmedos de sudor; Montag les quitó los cascos y les golpeó en la cabeza. Ambos cayeron sin sentido.
Ambos permanecieron tendidos y sin movimiento
El susurro de una hoja otoñal.
Montag se volvió y el Sabueso Mecánico estaba allí.
Estaba atravesando el césped, surgiendo de las sombras, moviéndose con tal suavidad que parecía una sólida nube de humo blanco grisáceo que flotara hacia él en silencio.
El Sabueso pegó un último salto y cayó sobre Montag desde arriba, con las patas de araña alargadas y la aguja de procaína asomando en su enfurecido morro.
Montag lo recibió con un chorro de fuego, un solo chorro que se abrió en pétalos amarillos, azules y anaranjados en torno al perro de metal, que golpeó contra Montag y le hizo retroceder tres metros, hasta chocar contra el tronco de un árbol; pero no soltó el lanzallamas. Montag sintió que el Sabueso se apoderaba de una de sus piernas y, por un instante, clavaba su aguja en el antes de que el fuego lanzara al Sabueso por el aire, hiciera estallar sus huesos de articulaciones de metal, desparramando su mecanismo interior como un cohete arrojado en plena calle. Montag permaneció tendido, observando cómo el aparato se agitaba en el aire y moría. Incluso entonces parecía querer volver junto a el y terminar la inyección que empezaba a causar efecto en la carne de su pierna. Montag experimentó una mezcla de alivio y de horror por haber retrocedido justo a tiempo para que sólo su pierna fuera rozada por el parachoques de un automóvil que pasó a ciento cuarenta kilómetros por hora. Temía levantarse, temía no ser capaz de volver a ponerse en pie, debido a su pierna anestesiada Un entumecimiento dentro de otro entumecimiento, y así sucesivamente...
¿Y ahora...?
La calle vacía, la casa totalmente quemada, los otros hogares oscuros, el Sabueso allí, Beatty más allá, los otros tres bomberos en otro sitio. ¿Y la salamandra?
Montag miró el enorme vehículo. También tendría que marcharse.
«Bueno -pensó-, veamos cómo estás. ¡En pie! Con cuidado, con cuidado... Así. »
Se levantó y descubrió que sólo tenía una pierna. La otra parecía un tronco de árbol que arrastraba como penitencia como algún pecado cometido. Cuando apoyó su pie en ella, una lluvia de alfileres de plata le atravesó la pantorrilla hasta localizarse en la rodilla. Montag lloró. «¡Vamos! ¡Vamos, no puedes quedarte aquí!»
Las luces de algunas casas volvían a encenderse calle abajo, bien a causa de los incidentes que acababan de ocurrir, o debido al silencio que había seguido a la lucha. Montag lo ignoraba. Cojeó por entre las ruinas tirando de su pierna maltrecha cuando le faltaba, hablando, susurrando y gritando órdenes a aquel miembro, Y maldiciendo y rogándole que funcionara, cuando tan vital resultaba para él. Oyó una serie de personas que gritaban en la oscuridad. Montag llegó al patio posterior y al callejón. «Beatty -pensó-, ahora no eres un problema. Siempre habías dicho: "No te enfrentes con un problema, quémalo." Bueno, ahora he hecho ambas cosas. Adiós, capitán.»
Y se alejó cojeando por el lúgubre callejón.
Cada vez que apoyaba el pie en el suelo, un puñal se clavaba en su pierna. Y Montag pensó: «Eres un tonto, un maldito tonto, un idiota, un maldito idiota. En buen lío te has metido. ¿Qué puedes hacer ahora? Por culpa del orgullo, ¡maldita sea!, y del mal carácter. Y lo has estropeado todo. Apenas comienzas, vomitas todos y sobre ti mismo. Pero, todo a la vez, todo, juntamente, Beatty, las mujeres, Mildred, Clarisse, Sin embargo, no hay excusa, no hay excusa. ¡Un maldito tonto!
Ve a entregarte por propia voluntad.
»No, salvaremos lo que podamos, haremos lo que se deba hacer. Sí hemos de
arder, llevémonos a unos cuantos con nosotros. ¡Ea!»
Recordó los libros y retrocedió. Por si acaso.
Encontró unos cuantos allí donde los había dejado cerca de la verja del jardín. A Mildred, Dios la bendiga, la habían pasado por alto. Cuatro libros estaban ocultos aún, donde él los había dejado. Unas voces murmuraban en la noche, y se veía el resplandor de los haces de unas linternas. Otras salamandras hacían sonar sus motores en la lejanía, y las sirenas de la Policía se abrían paso con su gemido a través de la ciudad.
Montag cogió los cuatro libros restantes y cojeó y saltó callejón abajo y, de repente, le pareció como si le hubiesen cortado la cabeza y sólo su cuerpo estuviese allí. Algo en su interior le indujo a detenerse y, luego, le abatió.
Permaneció donde había caído, con las piernas dobladas y el rostro hundido en la grava.
Beatty había deseado morir.
En medio de su sollozo, Montag comprendió que era verdad. «Beatty quería morir.
Permaneció quieto allí, sin tratar de salvarse. Se limitó a permanecer allí, bromeando, hostigándole», pensó Montag. Y este pensamiento fue suficiente para acallar sus sollozos Y permitirle hacer una pausa para respirar. ¡Cuán extraño desear tanto la muerte como para permitir a un hombre andar a su alrededor con armas, y, luego, en vez de callar y permanecer vivo, empezar a gritarle a la gente y a burlarse de ella hasta conseguir enfurecerla! Y entonces...
A lo lejos, ruido de pasos que corrían.
Montag se irguió. «Larguémonos de aquí. Vamos, levántate, levántate, no puedes quedarte ahí sentado.» pero aún estaba llorando, y había que terminar aquello. Iba a marcharse. No había querido matar a nadie, ni siquiera a Beatty. Se le contrajo la carne, como si la hubieran sumergido en un ácido. Sintió náuseas. Volvió a ver a Beatty, convertido en antorcha, sin moverse, ardiendo en la hierba. Montag se mordió los nudillos. «Lo siento, lo siento. Dios mío, lo siento ... »
Trató de encajar las piezas, de volver a la vida normal de algún tiempo atrás, antes de la criba y la arena, del «Dentífrico Denham», de las voces susurradas en su oído, de las mariposas, de las alarmas y las excursiones, demasiado para unos breves días, demasiado para toda una vida.
Unos pies corrieron en el extremo más alejado del callejón.

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Fahrenheit 451 - Página 45

«Levántate -se dijo Montag-. íMaldita sea, levántate!» -dijo a la pierna. Y se puso en pie-.
Parecía que le hundieran clavos en la rodilla; y, luego, sólo alfileres; y, por último, un molesto cosquilleo. Y tras arrastrarse y dar otra cincuentena de saltos, llenándose la mano de astillas de la verja, la molestia se hizo, por fin, soportable.
Y la pierna acabó por ser su propia pierna. Montag había temido que si corría podría romperse el tobillo insensibilizado. Ahora, aspirando la noche por la boca abierta, y exhalando un tenue aliento, pues toda la negrura había permanecido en su interior, emprendió una caminata a paso acelerado. Llevaba los libros en las manos. Pensó en Faber.
Faber estaba en aquel humeante montón de carbón que carecía ya de identidad.
Había quemado a Faber también. Esta idea le impresionó tanto que tuvo la sensación de que Faber estaba muerto de verdad, totalmente cocido en aquella diminuta cápsula verde perdida en bolsillo de un hombre que ahora apenas si era un esqueleto, unido con tendones de asfalto.
«Tienes que recordarlo: quémalos o te quemarán -pensó Montag-. En este momento, resulta así sencillo.»
Buscó en sus bolsillos: el dinero seguía allí. y en otro bolsillo, encontró la radio auricular normal con, que la ciudad hablaba consigo misma en la fría soledad de la madrugada.
-Policía, alerta. Se busca: fugitivo en la ciudad. Ha cometido un asesinato y crímenes contra el Estado Nombre: Guy Montag. Profesión: bombero. Visto por última vez...
Montag corrió sin detenerse durante seis manzanas, siguiendo el callejón. Y después, éste se abrió sobre una amplia avenida, ancha como seis pistas. «A la cruda luz de las lámparas de arco parecía un río sin barcas; había el peligro de ahogarse tratando de cruzarla», pensó Montag. Era demasiado ancha, demasiado abierta. Era un enorme escenario sin decorados, que le invitaban a atravesarlo corriendo. Con la brillante iluminación era fácil de descubrir, de alcanzar, de eliminar.
La radio auricular susurraba en su oído:
-...alerta a un hombre corriendo... Vigilen a un hombre corriendo... Busquen a un hombre solo, a pie... Vigilen...
Montag volvió a hundirse en las sombras. Exactamente delante de él había una estación de servicio, resplandeciente de luz, y dos vehículos plateados se detenían ante ella para repostar. Si quería andar, no correr atravesar con calma la amplia avenida, tenía que estar limpio y presentable. Eso le concedería un margen adicional de seguridad. Si se lavaba y peinaba antes de seguir la marcha para ir... ¿dónde?
«Sí -pensó-, ¿hacia dónde estoy huyendo?»
A ningún sitio. No había dónde ir, ningún amigo a quien recurrir, excepto Faber. Y entonces, advirtió que desde luego, corría instintivamente hacia la casa de Faber.
Pero Faber no podría ocultarle; sólo intentarlo, sería un suicidio. Pero sabía que, de todos modos, iría a ver a Faber, durante unos breves minutos. Faber sería el lugar donde poder repostarse de su creencia, que desaparecía rápidamente, en su propia habilidad para sobrevivir. Sólo deseaba saber que en el mundo había un hombre como Faber. Quería ver al hombre vivo y no achicharrado allí, como un cuerpo introducido en otro cuerpo. Y debía dejar parte del dinero a Faber, claro está, para gastarlo cuando él siguiese huyendo. Quizá podría alcanzar el campo abierto y vivir cerca de los ríos o las autopistas, en los campos y las colinas.
Un intenso susurro le hizo mirar hacia el cielo.
Los helicópteros de la Policía se elevaban desde un punto tan remoto que parecía como si alguien hubiese soplado una flor seca de diente de león. Dos docenas de ellos zumbaron, oscilaron, indecisos a cinco kilómetros de distancia, como mariposas desconcertadas por el otoño. Y, después, se lanzaron en picado hacia tierra, uno por uno, aquí, allí, recorriendo las calles donde, vueltos a convertir en automóviles, zumbaron por los bulevares o, con igual prontitud, volvían a elevarse en el aire para proseguir la búsqueda.
Y allí estaba la estación de servicio, con sus empleados que atendían a la clientela. Acercándose por detrás, Montag entró en el lavabo de hombres. A través de la pared de aluminio oyó que la voz de un locutor decía: «La guerra ha sido declarada.» Estaban bombeando el combustible Los hombres, en los vehículos, hablaban, y los empleados conversaban acerca de los motores, del combustible, del dinero que debían. Montag trató de sentirse impresionado por el comunicado de la radio, pero no le ocurrió nada. Por lo que a él respectaba, la guerra tendría que esperar a que él estuviese en condiciones de admitirlo en su archivo personal, una hora, dos horas más tarde.
Montag se lavó las manos y el rostro y se secó con la toalla. Salió del lavabo, cerró cuidadosamente la puerta, se adentró en la oscuridad y se encontró en un borde de la vacía avenida.
Allí estaba, había que ganar aquella partida una inmensa bolera en el frío amanecer. La avenida estaba tan limpia como la superficie de un ruedo dos minutos antes de la aparición de ciertas víctimas anónimas y de ciertos matadores desconocidos. Sobre el inmenso río de cemento, el aire temblaba a causa del calor del cuerpo de Montag; era increíble cómo notaba que su temperatura podía producir vibraciones en el mundo inmediato. Era un objetivo fosforescente. Montag lo sabía, lo sentía.
Y, ahora, debía empezar su pequeño paseo.
Unos faros brillaban a tres manzanas de distancia. Montag inspiró profundamente.
Sus pulmones eran como focos ardientes en su pecho. Tenía la boca reseca por el cansancio. Su garganta sabía a hierro y había acero oxidado en sus pies.
¿Qué eran aquellas luces? Una vez se empezaba a andar, había que calcular cuánto tardarían aquellos vehículos en llegar hasta él. Bueno, ¿a qué distancia quedaba el otro bordillo? Al parecer, a un centenar de metros. Probablemente, no eran cien, pero mejor calcula, eso, puesto que él andaba lentamente, con paso tranquilo, y quizá, necesitase treinta segundos, cuarenta segundos para recorrer la distancia. ¿Los vehículos? Una vez en marcha, podían recorrer tres manzanas en unos quince segundos. De modo que, incluso si a mitad de la travesía empezase a correr...
Adelantó el pie derecho; después, el izquierdo, y luego, el derecho. Pisó la vacía avenida.
Incluso aunque la calle estuviese totalmente vacía, claro está, no podía tener la seguridad de cruzarla sin riesgo, porque, de repente, podía aparecer un vehículo por el cambio de rasante a cuatro manzanas distancia y estar a tu altura o más allá antes de haber podido respirar una docena de veces.
Montag decidió no contar sus pasos. No miró a izquierda ni a derecha. La luz de los faroles parecía tan brillante y reveladora como el sol de mediodía, e igualmente cálida. Escuchó el sonido del vehículo que aceleraba, a dos manzanas de distancia, por la derecha. Sus faros móviles se desplazaron bruscamente y enfocaron a Montag
«Sigue adelante.»»
Montag vaciló, apretó los libros con mayor fuerza, y reanudó su andar pausado.
Ahora estaba a mitad de la avenida, pero el zumbido de los motores del vehículo se hizo más agudo cuando éste aumentó su velocidad.
«La Policía, desde luego. Me ven. Pero, despacio, ahora, despacio, tranquilo, no te vuelvas, no mires, no parezcas preocupado. Camina, eso es, camina, camina...»
El vehículo se precipitaba. El vehículo zumbaba. El vehículo aceleraba. El vehículo se acercaba veloz. El vehículo recorría una trayectoria silbante, disparado por un rifle invisible. Iba a unos doscientos kilómetros por hora. Iba como mínimo, a más de doscientos por hora. Montag apretó las mandíbulas. El calor de los faros del vehículo quemó sus mejillas, le hizo parpadear y heló el sudor que le resbalaba por el rostro.
Empezó a arrastrar estúpidamente los pies, a hablar consigo mismo. Y, de repente, dio un respingo y echó a correr. Alargó las piernas tanto como pudo, una y otra vez, una y otra vez. ¡Dios, Dios! Dejó caer un libro, interrumpió la carrera, casi se volvió, cambió de idea, siguió adelante, chillando en el vacío de cemento, en tanto que el vehículo parecía correr tras sus pasos, a sesenta metros de distancia, a treinta, a veinticinco, a veinte; y Montag jadeaba, agitaba las manos, movía las piernas, arriba y abajo, más cerca, sudoroso, gritando con los ojos ardientes y la cabeza vuelta para enfrentarse con el resplandor de los faros.
Luego, el vehículo fue tragado por su propia luz, no fue más que una antorcha que se precipitaba sobre él; todo estrépito y resplandor ¡De pronto, casi se le echó encima!
Montag dio un traspié y cayó.
- «¡Estoy listo! ¡Todo ha terminado!»

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Fahrenheit 451 - Página 46

Pero la caída le salvó. Un instante antes de alcanzarle, el raudo vehículo se desvió. Desapareció. Montag yacía de bruces, con la cabeza gacha. Hasta él llegó el eco de unas carcajadas, al mismo tiempo que el sonido del escape del vehículo.
Tenía la mano derecha extendida sobre él, llana. A levantar la mano vio, en la punta de su dedo corazón una delgada línea negra, allí donde el neumático le había rozado al pasar. Montag miró con incredulidad aquella línea media, mientras se ponía en pie.
«No era la Policía», pensó.
Miró avenida abajo. Ahora, resultaba claro. Un vehículo lleno de chiquillos, de todas las edades, entre los doce y los dieciséis años, silbando, vociferando, vitoreando, habían visto a un hombre, un espectáculo extraordinario, un hombre caminando, una rareza, y habían dicho: «Vamos a por él», sin saber que era el fugitivo Mr. Montag. Sencillamente, cierto número de muchachos que habían salido a tragar kilómetros durante las horas de luna, con los rostros helados por el viento y que regresarían o no a casa al amanecer, vivos o sin vida. Aquello era una aventura.
«Me hubiesen matado -Pensó Montag balanceándose. El aire aún se estremecía y el polvo se arremolinaba a su alrededor. Se tocó la mejilla magullada- sin ningún motivo en absoluto, me hubiesen matado.»
Siguió caminando hasta el bordillo más lejano, Pidiendo a cada pie que siguiera moviéndose. Sin darse cuenta, había recogido los libros desperdigados; no recordaba haberse inclinado ni haberlos tocado, pasándolos de una a otra mano, como si fuese una jugada de póquer o cualquier otro juego que no acababa de comprender.
«Quisiera saber si son los mismos que mataron a Clar¡sse.»
Se detuvo Y su mente volvió a repetirlo.
«Quisiera saber si son los mismos que mataron a Clarisse!»
Sintió deseos de correr en pos de ellos, chillando.
Sus ojos se humedecieron.
Lo que le había salvado fue caer de bruces. El conductor del vehículo, al ver caído a Montag, consideró instantáneamente la probabilidad de que pisar el cuerpo a aquella velocidad podía volcar el vehículo y matarlos a todos. Si Montag hubiese seguido siendo un objetivo vertical...
Montag quedó boquiabierto.
Lejos, en la avenida, a cuatro manzanas de distancia, el vehículo había frenado, girado sobre dos ruedas, y retrocedía ahora velozmente, por la mano contraria de la calle, adquiriendo impulso.
Pero Montag ya estaba oculto en la seguridad del oscuro callejón en busca del cual había emprendido aquel largo viaje, ignoraba ya si una hora o un minuto antes. Se estremeció en las tinieblas, y volvió la cabeza para ver cómo el vehículo lo pasaba veloz y volvía a situarse en el centro de la avenida. Las carcajadas se mezclaban con el ruido del motor.
Más lejos, mientras Montag se movía en la oscuridad, pudo ver que los helicópteros caían, caían como primeros copos de nieve del largo invierno que se aproximaba.
La casa estaba silenciosa.
Montag se acercó por detrás, arrastrándose a través del denso perfume de rosas y de hierba humedecida por el rocío nocturno. Tocó la puerta posterior, vio que estaba abierta, se deslizó dentro, cruzó el porche, y escuchó.
«¿Duerme usted ahí dentro, Mrs. Black? –pensó-. Lo que voy a hacer no está bien, pero su esposo lo hizo con otros, y nunca preguntó ni sintió duda, ni se preocupó. Y, ahora, puesto que es usted la esposa de un bombero, es su casa y su turno, en compensación por todas las casas que su esposo quemó y por las personas a quienes perjudicó sin pensar.»
La casa no respondió.
Montag escondió los libros en la cocina, volvió a salir al callejón, miró hacia atrás; y la casa seguía oscura y tranquila, durmiendo.
En su camino a través de la ciudad, mientras los helicópteros revoloteaban en el cielo como trocitos de papel, telefoneó y dio la alarma desde una cabina solitaria a la puerta de una tienda cerrada durante la noche. Después, permaneció en el frío aire nocturno, esperando y, a lo lejos, oyó que las sirenas se ponían en funcionamiento, y que las salamandras llegaban, llegaban para quemar la casa de Mr. Black, en tanto éste se encontraba trabajando, para hacer que su esposa se estremeciera en el aire del amanecer, mientras que el techo cedía y caía sobre la hoguera. Pero, ahora, ella aún estaba dormida.
«Buenas noches, Mrs. Black», pensó Montag.
-¡Faber!
Otro golpecito, un susurro y una larga espera. Luego, al cabo de un minuto, una lucecilla brilló dentro la casita de Faber.
Tras otra pausa, la puerta posterior se abrió.
Faber y Montag se miraron a la media luz, como si cada uno de ellos no creyese en la existencia del otro. Luego, Faber se movió, adelantó una mano, cogió a Montag, le hizo entrar. Lo obligó a sentarse, y regresó junto a la puerta, donde se quedó escuchando. Las sirenas gemían a lo lejos. Faber entró y cerró la puerta.
-He cometido estupidez tras estupidez -dijo Montag-. No puedo quedarme mucho rato. Sabe Dios hacia dónde voy.
-Por lo menos, ha sido un tonto respecto a lo importante -dijo Faber-. Creía que estaba muerto. La cápsula auditiva que le di...
-Quemada.
-Oí que el capitán hablaba con usted y, de repente, ya no oí nada. He estado a punto de salir a buscarle.
-El capitán ha muerto. Encontró la cápsula, oyó la voz de usted y se proponía buscar su origen. Lo maté con el lanzallamas.
Faber se sentó, y, durante un rato, guardó absoluto silencio.
-Dios mío, ¿cómo ha podido ocurrir esto? -prosiguió Montag-. Hace pocas noches, todo iba estupendamente. Y, de repente, estoy a punto de ahogarme. ¿Cuántas veces puede hundirse un hombre y seguir vivo? No puedo respirar. Está la muerte de Beatty, que en un tiempo fue mi amigo. Y Millie se ha marchado. Yo creía que era mi esposa. Pero, ahora, ya no lo sé. Y la casa ha ardido por completo. Y me he quedado sin empleo, y yo ando huyendo. Y, por el camino, he colocado un libro en casa de un bombero. ¡Válgame Dios! ¡Cuántas cosas he hecho en una sola semana!
-Ha hecho lo que debía hacer. Es algo que se preparaba desde hace mucho tiempo.
-Sí, eso creo, aunque sea lo único que crea. Tenía que suceder. Desde hace mucho tiempo sentía que algo se preparaba en mi interior, y yo andaba por ahí haciendo una cosa y sintiendo otra. Dios, todo estaba aquí dentro. Lo extraño es que no se trasluciera en mí, como la grasa. Y, ahora, estoy aquí, complicándole la vida. Pueden haberme seguido hasta aquí.
-Por primera vez en muchos años me siento vivir -replicó Faber-. Me doy cuenta de que hago lo hubiese debido de hacer hace siglos. Durante tiempo, no tengo miedo. Quizá sea porque, por fin, estoy cumpliendo con mi deber. O tal vez sea porque no quiera mostrarme cobarde ante usted. Supongo que aún tendré que hacer cosas más violentas, que tendré que arriesgarme para no fracasar en mi misión y asustarme de nuevo. ¿Cuáles son sus planes?
-Seguir huyendo.
-¿Sabe que ha estallado la guerra?
-Lo he oído decir.
-¿Verdad que resulta curioso? -dijo el anciano, la guerra nos parece algo remoto porque tenemos nuestros propios problemas.
-No he tenido tiempo para pensar. -Montag sacó un centenar de dólares-. Quiero darle esto, para que lo utilice de un modo útil, cuando me haya marchado.
-Pero...

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Fahrenheit 451 - Página 47

-Quizás haya muerto a mediodía. Utilícelo.
Faber asintió.
-Si le es posible, será mejor que se dirija hacia el río. Siga su curso. Y si encuentra alguna vieja línea ferroviaria, que se adentra en el campo, sígala. Aunque en la actualidad todas las comunicaciones se hacen por vía aérea, y la mayoría de las vías están abandonadas, los raíles siguen allí, oxidándose. He oído decir que aún quedan campamentos de vagabundos esparcidos por todo el país. Les llaman campamentos ambulantes, Y si anda usted el tiempo suficiente y se mantiene ojo avizor, dicen que quedan muchos antiguos graduados de Harvard en el territorio que se extiende entre aquí y Los Ángeles. La mayoría de ellos son buscados y perseguidos en las ciudades. Supongo que se limitan a vegetar. No quedan muchos, y me figuro que el Gobierno nunca los ha considerado un peligro lo suficientemente grande como para ir en busca de ellos. Podría refugiarse con esos hombres durante algún tiempo y ponerse en contacto conmigo en St. Louis. Yo me marcho mañana, en el autobús de las cinco, para visitar a un impresor retirado que vive allí. Por fin salgo a campo abierto. Utilizaré el dinero adecuadamente. Gracias, y que Dios le bendiga. ¿Quiere dormir unos minutos?
- Será mejor que siga huyendo.
-Veamos cuál es la situación.
Faber condujo a Montag al dormitorio y levantó un cuadro que había en la pared, poniendo así al descubierto una pantalla de televisión del tamaño de una tarjeta postal.
-Siempre había deseado algo muy pequeño, algo a lo que poder hablar, algo que pudiera cubrir con la palma de la mano, en caso necesario, algo que no pudiera avasallarme a gritos, algo que no fuese monstruosamente grande. De modo que, ya ve.
Conectó el aparato.
-Montag -dijo el televisor. Y la pantalla se iluminó-. M-O-N-T-A-G. -Una voz deletreó el nombre-. Guy Montag. Sigue en libertad. Los helicópteros de la Policía le buscan. Un nuevo Sabueso Mecánico ha sido traído de otro distrito...
Montag y Faber se miraron.
-...Sabueso Mecánico nunca falla. Desde que fue usado por primera vez para perseguir una presa, este invento increíble no ha cometido ni un solo error. Hoy, esta cadena se enorgullece de tener la oportunidad de seguir al Sabueso, con una cámara instalada en un helicóptero, cuando inicia la marcha hacia su objetivo...
Faber sirvió dos vasos de whisky.
-Lo necesitaremos.
Bebieron.
- ... olfato tan sensible que el Sabueso Mecánico puede recordar e identificar diez mil olores de diez mil hombres distintos, sin necesidad de ser rearmado.
Faber tembló levemente y miró a su alrededor, las paredes, la puerta, la empuñadura y la silla donde Montag estaba sentado. Éste captó la mirada. Ambos examinaron rápidamente la casa y Montag sintió que su nariz se dilataba y comprendió que estaba tratando de rastrearse a sí mismo, y que su nariz era, de pronto, lo suficientemente sensible para percibir la pista que había dejado en el aire de la habitación; y el sudor de su mano estaba pegado a la empuñadura de su puerta , invisible pero tan abundante como la cera de un pequeño candelabro. Su persona estaba por doquier, dentro, fuera sobre todo, era como una nube luminosa, un fantasma que volvía a hacer imposible la respiración.
Vio que Faber contenía, a su vez, el aliento, por miedo a introducir en su propio cuerpo aquel fantasma, quedar tal vez contaminado con las exhalaciones del fantasma y los olores de un fugitivo.
-¡El Sabueso Mecánico está siendo desembarcado de un helicóptero, en el lugar del incendio!
Y allí, en la pantalla pequeña, apareció la casa quemada, y la multitud; y del cielo descendió un helicóptero, como una grotesca flor.
«Así, pues, tienen que seguir con su juego -pensó Montag-. El espectáculo sigue, aunque la guerra ha empezado hace apenas una hora .... »
Contempló la escena, fascinado, sin desear moverse ¡Parecía tan remota y ajena a él! Era un espectáculo distinto, fascinante de observar, que no dejaba de producir un extraño placer.
«Todo eso es para mí, todo eso está ocurriendo por mi causa. Dios mío.»
Si lo deseaba, podía entretenerse allí, con toda comodidad, y seguir la cacería con sus rápidas fases, carreras por las calles, por las avenidas vacías, atravesando parques y solares, con pausas aquí y allí para dejar paso a la necesaria publicidad comercial, por otros callejones hasta la casa ardiendo de Mr. y Mrs. Black, y así sucesivamente hasta aquella casa en la que él y Faber estaban sentados, bebiendo, en tanto que Sabueso Mecánico olfateaba el último tramo de la pista silencioso como la propia muerte, hasta detenerse frente a aquella ventana.
Entonces, si lo deseaba, Montag podía levantarse, acercarse a la ventana, sin perder de vista el televisor, abrirla, asomarse y verse dramatizado, descrito, analizado. Un drama que podía contemplarse objetivamente, sabiendo que, en otros salones, tenía un tamaño mayor que el natural, a todo color, dimensionalmente perfecto. Y si se mantenía alerta, podría verse, asimismo, un instante antes de perder el sentido, siendo liquidado en beneficio de la multitud de telespectadores que, unos minutos antes, habían sido arrancados de su sueño por la frenética sirena de sus televisores murales para que pudieran presenciar la gran cacería, el espectáculo de un solo hombre.
¿Tendría tiempo para hablar cuando el Sabueso lo cogiera, a la vista de diez, veinte o treinta millones de personas?, ¿no podría resumir lo que había sido su vida durante la última semana con una sola frase o una palabra que permaneciera con ellas mucho después de que el Sabueso se hubiese vuelto, sujetándolo con sus mandíbulas de metal, para alejarse en la oscuridad, mientras la cámara permanecía quieta, enfocando al aparato que iría empequeñeciéndose a lo lejos, para ofrecer un final espléndido? ¿Qué podría decir en una sola palabra, en unas pocas palabras que dejara huella en todos sus rostros y les hiciera despertar?
-Mire -susurró Faber-.
Del helicóptero surgió algo que no era una máquina
Un animal, algo que no estaba muerto ni vivo, algo que resplandecía con una débil luminosidad verdosa. Permaneció junto a las ruinas humeantes de la casa de Montag y los hombres trajeron el abandonado lanzallamas de éste y lo pusieron bajo el hocico del Sabueso. Se oyó un siseo, un resoplido, un rumor de engranajes.
Montag meneó la cabeza, se levantó y apuró su bebida,
-Ya es hora. Lamento de verdad lo que está ocurriendo.
-¿Qué? ¿Yo? ¿Mi casa? Lo merezco todo. ¡Corra de prisa, por amor de Dios!
Quizá pueda entretenerles aquí...
-Espere. No vale la pena que se descubra usted Cuando me haya marchado, queme el cobertor de esta cama, lo he tocado. Queme la silla de la sala de estar en su incinerador. Frote el mobiliario con alcohol, así como los pomos de las puertas. Queme la alfombra del salón. Dé la máxima potencia al acondicionador de aire y, si tiene un insecticida, rocíelo todo con él. Después, ponga en marcha sus rociadores del césped, con toda la fuerza que pueda, y riegue bien las aceras. Con un poco de suerte, podríamos evitar que nos siguieran la pista.
Faber le estrechó la mano.
-Lo haré. Buena suerte. Si ambos estamos vivos la semana próxima o la siguiente nos pondremos en contacto. En la lista de Correos, de Saint Louis. Siento que, esta vez, no haya manera de poder acompañarle con mi cápsula auricular. Hubiese sido bueno para ambos. Pero mi equipo era limitado. Hágase cargo, nunca creí que habría de utilizarlo. Soy un viejo estúpido, Sin ideas. Estúpido, estúpido. Y, ahora, no tengo otra cápsula verde para que pueda llevársela usted. ¡Márchese ya!
-Otra cosa, ¡aprisa! Una maleta. Cójala, con su ropa más sucia, un trapo viejo, cuanto más sucio mejor, una camisa, algunos calcetines y zapatos viejos...
Faber se marchó y regresó al cabo de algunos minutos.
-Para conservar en su interior el antiguo olor de Mr. Faber, claro está -dijo éste, sudoroso por el esfuerzo-.
Montag roció todo el exterior de la maleta con whisky.
-No creo que ese Sabueso capte dos olores a la vez. Permítame que me lleve este whisky. Lo necesitaré más tarde. ¡Cristo, espero que dé resultado!
Volvieron a estrecharse la mano y, mientras se dirigían hacia la puerta, lanzaron una ojeada al televisor. El Sabueso estaba en camino, seguido por las cámaras de los helicópteros, silencioso, silencioso, olfateando el aire nocturno. Bajaba por la Primera Avenida.

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