sábado, 23 de mayo de 2009

Vidas de pibes chorros - Capítulo 7

El estrecho cuerpo de Daniel se fue acomodando a esa cama de terapia intensiva. De pronto, un día, ya no estuvo conectado a la máquina que lo hacía respirar. Luego, en otra visita, no tenía el casco de vendas blancas que le protegía la herida enorme en la cabeza tras el golpe en el tren blanco. Su bigote de niño, una pelusa gris, tupida, le crecía, y a Matilde esos mínimos signos de vida le alimentaban el sueño de la recuperación. A Estela, su hermana, solía alentarla ver que si tocaba una mano, la derecha, a veces movía la izquierda. En su rostro buscaban la mirada que ya nunca más. Esa situación de muerte en vida, ese vacío abismal de quien según todos los diagnósticos ya nunca saldría del coma, fueron lentamente siendo asumidos por la familia. Daniel había quedado postrado en una sala de cuidados intensivos, con casi todo el organismo intacto, salvo ese hundimiento en la cabeza que nombraba con su crudeza de lesión mortal el momento en que el golpe contra una viga había desencajado la mirada de su hermano Javier y la de todos los cartoneros de ese vagón hacinado. «El cerebro de un lado le obedece, pero del otro no porque es donde está lesionado. Va a vivir hasta que el corazón pierda fuerza», fue el dictamen de Marga, la Mai, semanas después del accidente, cuando me contó su vida en la cocina de su casa, desprovista del espíritu de la Africana que la hacía hablar en portugués.
—Marga, usted hizo una ceremonia. Pero él está mal. ¿Morirá?
—No es el momento adecuado, será cuando Dios le ponga su tiempo. Todos venimos al mundo con una misión. Yo soy vieja y capaz que voy a vivir muchos años más, porque vine para sufrir, llorar, reír. Pero hay chicos que vienen tan puros que llega cierta edad... Yo creo mucho en la reencarnación. Hay chicos que se van jóvenes porque vienen con ese tiempo. Todos tenemos un tiempo.
En el mundo de Marga todo tiene una explicación religiosa. La paradoja es que su oficio, el mandato que lleva adherido como un tatuaje sobre la piel arrugada, la obligan a recibir los pedidos de la villa para torcer el destino. A intentar las estrategias paganas con las que solicita, ruega y compromete a los santos de su religión. En el caso de Daniel, Marga había dado el combate prestando su cuerpo para interceder poseída por el espíritu de la Africana, en una ceremonia ante Ogún: aquella noche de las curas con refriegues y colonia, cuando me quebró tantas velas haciéndolas rodar por mi espalda, Matilde se había robado la gallina amarilla pedida para “el trabajo” y luego la Mai le había ofrecido esa sangre tibia a Ogún. Varias semanas después me habló de la paradójica diferencia entre Daniel, a los catorce años cartonero desde los siete, y sus hermanos Javier, Manuel y Simón, ladrones con tantas fugas de institutos que ninguno de los tres sabía cuántas habían sido. Esa visión maniquea, en la que los buenos pagan por los malos, es la misma que me confesó Matilde una tarde de septiembre en el viejo bar de la esquina del hospital de San Fernando. “Yo pienso en todo lo que anduvieron a las balas los chicos míos: justo él que era el diferente pagó el pato por los demás. Gracias a eso capaz que los otros tres están todavía vivos. Siento que Dios me castiga a mí por lo que los otros fueron. Es como que de alguna manera no puede ser que ellos se hayan salvado de todas y a ninguno le pasara nada; siempre uno tiene que pagar. Y pagó un inocente. Siempre los inocentes pagan por los pecadores.”
Marga también tiene un hijo muerto, Miguelito, el inocente, el que nunca robó, el que pagó por su hermano pecador. Cachito, el hijo mayor de Marga, preso todavía en Olmos por el robo de una 4x4, el mismo heredero de una larga tradición delincuencial en la familia, se siente en deuda por ese fusilamiento policial que terminó en Béccar con el más bueno. “Así, muerto por balas, tendría que haber venido yo a su casa”, solía decirle a su madre Cachito jaqueado por la culpa. Ella recuerda a su hijo asesinado como si hablara de un niño, aunque lo mataron a los dieciocho. “Era chiquito. Mi nene estaba siempre conmigo, donde andaba yo andaba él, y la policía lo mató mal. No tenía malas amistades, venía temprano del baile. Le decían el Zurdito, jugaba muy bien a la pelota, por eso era muy conocido y todo el mundo lo quería.” Marga no cuenta detalles de esa muerte, pero está segura de que lo mataron “malamente”. La policía le dijo que lo tirotearon por “malviviente” cuando él y otro chico escapaban en un auto. “¿Cómo pudieron tirotearlo si mi hijo no había estado detenido ni por falta de documentos?”, le dijo ella al comisario en la única discusión por la muerte de su chico. A su Miguelito, todos lo cargaban, le decían «el mamero”. Su hermano mayor, como la mayoría de los ladrones, no quería que el más chico de la familia viviera sumergido en el delito. “Mami, no lo dejés andar tanto en la calle”, dice Marga que Cachito le pidió siempre. Hasta la única que vez que Miguelito hubiera podido viajar a Mar del Plata con sus compañeros del colegio su madre no lo dejó, le dio miedo. “Dios por ahí me castigó por haberle dado más alas al otro”, cree Marga, como Matilde.
Aunque tampoco le daba tanta libertad. Lo que pasa es que Cachito se le escapaba, y allá andaba ella buscándolo, arrastrándolo a él, y de paso a todos sus amigos, hasta la casa con ese patio generoso y parra frente al campito y la villa. La tribu de Cachito fue la misma tribu que la de Mauro, el padrino del Frente. También formaron parte del grupo Marcelo, Fernando, al que asesinaron; el negrito Camerún, muerto por la policía; un pibe de apellido Sejas, que murió de Sida. “Todos de la misma edad y todos de la murga Los Cometas de San Fernando.”
Murga y umbanda aparecen una y otra vez a lo largo de la tarde. Pero al hablar, casi al final de mi incursión, con Marga, esta Mai que tan esquiva había sido, que tan en las sombras había permanecido a pesar de su centralidad en la historia del delito en el barrio, al conversar con ella sobre ese grupo de pibes muertos que compartieron todos los carnavales de sus vidas alcancé a relacionar la historia de Miguelito, su hijo asesinado por la policía, con las que me habían sido entregadas apenas llegué al territorio del Frente, un día de invierno del año 2001. Esa mañana un personaje entrañable para el barrio entero, uno de los más respetados vecinos, Pupi, o Roberto Sánchez, como Sandro, se acercó a nosotros lleno de intriga. Frunciendo las cejas al sol, hizo un mohín con el pelo largo muy cuidado, y nos preguntó al fotógrafo, a mí y al chofer, qué nos había acercado por el lugar.
“¿La historia del Frente?” Roberto conocía al Frente Vital desde que era “un pendejito” al que corrían “a patadas en el culo” y hacían pagar derecho de piso los que en esa época eran dueños de la esquina. Me citó en su casa a una hora fija de la tarde. “Quiero mostrarte una lista que tengo ahí —dijo—. Acá, en estas pocas cuadras murieron más de veinte pibes desde que me acuerdo. Yo las fui anotando. Lo tengo todo guardado.” Su casa es de madera y en medio de la austeridad se suben unos sobre otros los detalles: cuadritos, imágenes de revistas, pósters, fotos, adornos. Allí me entregó su material: catorce hojas de carpeta, cuadriculadas, escritas a mano y en una prolija letra imprenta, hasta los márgenes del papel. “Aquí yo fui contando las muertes. Fueron demasiadas.” En las hojas se suceden los nombres, los apodos, remarcados con birome, los nombres de los caídos. Roberto también me mostró fotos. Y recortes de diarios. Son noticias policiales con imágenes de cuerpos tirados sobre el asfalto. En las fotos son casi todos niños. Tiene una de la comparsa Los Cometas de San Fernando. Son unos treinta chicos encimados, abriendo los brazos, extendiendo el brillo de sus levitas fucsia, sonriendo a la cámara del carnaval. De ellos quedan muy pocos, cuenta. Podría, con la foto, reconstruirse la historia. Con sólo hacer un círculo en cada uno se iría completando la sangría de los noventa en la villa San Francisco. Pero la historia está escrita. Él decidió inscribirla. El no pudo evitar llevar un registro. Desde que murió el primero comenzó a anotar. No mucho. Sus portes, el color de sus ojos, los rasgos, algunos detalles, y la forma en que murieron, las circunstancias de sus muertes. Nunca los había mostrado pero me los entregó ese día, me dio sus originales con el compromiso de devolverlos y no me pidió nada a cambio. “Podés hacer con esto lo que puedas”, me dijo y se desprendió de esas muertes en el final de un homenaje.
El registro de Roberto comienza con una introducción y resumen. “Esto es un pequeño homenaje que me gustaría rendirle a todos mis amigos que fallecieron bajo las balas de las metrallas de la policía. Algunos de ellos eligieron suicidarse, otros murieron por accidentes y otros en peleas callejeras. Nueve de ellos murieron en las calles de mi barrio o sea las mismas calles en que ellos vivían o caminaban todos los días, allí donde jugaban cuando eran niños. Las calles son las siguientes: French y General Pinto, que es donde yo vivo y las otras calles son Las Tropas, Sarratea, Berutti y Quirno Costa. De todos los chicos que voy a nombrar, la mayoría formaban parte de la delincuencia juvenil de nuestros días y cuando me refiero a la mayoría, quiero decir que no todos andaban por mal camino. Las dos chicas que nombro en esta trágica historia no andaban en nada raro pero el destino quiso que una perdiera la vida por accidente y otra se suicidara, ambas con armas de fuego. Creo que en todo esto tuvo mucho que ver la desocupación, las malas compañías, la falta de afecto, la miseria que existe en los barrios marginales y sobre todo algo que está destruyendo a una gran parte de nuestra sociedad que es la droga, que te destruye tanto mentalmente como físicamente. Muchos de estos chicos que cayeron bajo las balas policiales se encontraban alcoholizados o drogados. Con algunos de ellos crecimos juntos, a otros los vi crecer. ¡Dios mío, eran demasiado jóvenes para morir! Algunos no llegaban a los veinte años. La mayoría de ellos paraba en mi casa, porque tengo un pequeño kiosco. Compraban cervezas y gaseosas, se sentaban en un banco de cemento que está en la vereda, y bebían tranquilamente. Algunos de los que voy a nombrar más adelante no murieron en el barrio, pero sí en los alrededores, como ser en Tigre, General Pacheco, Virreyes, Don Torcuato, y por supuesto en San Fernando. De mis veinticinco amigos que perdieron la vida trágicamente catorce eran integrantes de la comparsa Los Cometas de San Fernando en la cual me incluyo porque fueron muy buenos compañeros más allá de que hayan elegido un camino equivocado. También hay muchos que cayeron heridos de bala de los cuales algunos quedaron rengos, inválidos y otros están privados de su libertad. Mientras que otros después de purgar varios años de condena están otra vez en la calle. Sí, yo lo sé, parece el lejano oeste, pero esto pasó aquí en mi barrio, entre las décadas del ochenta y del noventa. Hay nombres y apellidos, y hay fechas exactas y veinticinco tumbas esperando una flor. Aquí están los nombres y sobrenombres de los cuales voy a tratar de detallar cómo perdieron la vida.”
En ese texto largo y ordenado la sucesión de chicos caídos cierra el estómago, nubla la mirada, se va haciendo insoportable a medida que se avanza. De todas esas muertes una de las que más me conmovió fue la de Camerún. «Se llamaba Fernando Vargas. Empezó como todos los chicos que toman el mal camino, robando pavadas y luego cosas de más valor; cuando probó la droga ya no pudo parar. Su familia se dedicaba a juntar cartones, con carro, a caballo, cosa que él también hacía hasta que anduvo en malas compañías y eso fue su perdición. De cosas menores pasó a robar coches y lo más cómico era que se paseaba por el barrio con un auto distinto casi todos los días. Era más que morocho, tenía el cabello lacio, ojos achinados, siempre andaba con una sonrisa en los labios. Sabía respetar y a su vez era muy respetado por sus compañeros de armas. Le gustaba vestirse bien, con camperas de cuero y pantalones y zapatillas nuevas. Creo que eso se debía a que cuando era un niño andaba semi desnudo y descalzo. Cuando fue más grande salía a robar bajo los efectos de la droga. Una vez le dieron un tiro en la espalda, lo salvó que estaba drogado y empastillado. Eso fue lo que lo mantuvo con vida. A muchos de los chicos del barrio los hirieron en ese estado, ya sea la policía o en peleas callejeras y todos los que hablaron conmigo, que fueron unos nueve o diez me contaban lo mismo, que sentían un fuerte golpe al recibir un impacto de bala y que podían seguir corriendo o caminando según donde les pegaran. Y decían que eso los salvaba de caer desmayados: el alcohol y la droga que tenían encima les daba la fuerza suficiente para mantenerse en pie. En el barrio había, y hasta ahora hay, esos malditos informantes de la policía, o los buchones como ellos los llaman. En este caso una buchona mandó al frente al negro Camerún. Todo el barrio sabía que ella trabajaba con la cana. Todos los días paraban los patrulleros en su casa, ahí estaban los jefés de calle y la manga de policías corruptos y asesinos. Un día Camerún roba un auto en un barrio que se llama Infico, que es de departamentos y un auto de civil con dos policías lo sigue. Camerún se da cuenta y se manda a toda velocidad. Pero es alcanzado y acribillado a balazos en el acceso norte en Tigre. Durante el velatorio los familiares abrieron el cajón que estaba cerrado y vimos que le habían volado la mitad de la cara de un itacazo.”
La prosa de Roberto es implacable. Se repite con cada muerto: Camerún, Papilo, Taty, Poti, Samuel, Cuervo, Laly, Fredy, la Gorda María Marta, Chinito, Maikel, Miki, Miguel «el Alto” y Miguelito, el hijo de la Mai que no andaba en el robo. «La historia de Pupi es la historia de la barra de mi hijo, el más grande, el que está preso. Había un vigilante en French e Ituzaingó, y el hijo de ese vigilante mataba a todos los chicos, le decían Fredy. Cualquier cantidad de chicos mató ése. Ahí en la esquina de Pupi estaba el boliche, ahí murió el Manco. Los que no murieron ahí, por ahí andan. Fredy desapareció del barrio.”
La Mai de San Francisco cuenta los caídos del barrio; y si fuera por terminar cada una de sus historias no alcanzarían las tardes, dice, para ser justos con todos. Pero se detiene siempre en su hijo muerto. Hay un lugar en el que la Mai cree que su vida se quiebra en dos hace unos treinta y tantos años. Es que ésa es la edad que tendría Miguelito y ése es el tiempo que lleva «en la religión”, que es su manera de decir que es umbanda.
Al niño lo bautizaron “por la religión” a las seis de la tarde del 23 de abril, el día de San Jorge, o su versión umbanda, Ogún. “El Pai lo cruzó con sangre”, me dijo Marga. “La religión” lo ocupó todo a medida que el tiempo transcurrió. El santuario para sus deidades cabodas y africanas ocupa la mitad de su casa. Casi no hay día en que no reciba algún pedido. De pronto, escuchándola, entiendo que ella es la memoria de la villa, que ella es la depositaria de los más secretos pecados; así como Chafas le pidió que le curara el gualicho que le estaba haciendo salir escamas en el cuero cabelludo y en esa ceremonia iba su amor y odio con María —la eterna enamorada del Frente— prohibiéndole ver a sus hijos; así en cada pase mágico que intenta se va una historia de amor, de resentimiento, de frustración o de muerte. Ella es quien ha hecho las ofrendas al Pai Ogún para que las balas no toquen a sus chicos, cada tarde de jueves en un descampado que da a la Panamericana.
En realidad, se acuerda Marga, ella comenzó a visitar al Pai Atilio, en Martínez, cuando su hijo, el más grande, se enfermó de una virósica. Atilio era un tipo simpático. Los presentó el padrino de Emilia, con quien se conocían de los carnavales. Atilio era de la murga Los Fifí de Victoria. Y a ella los carnavales siempre la ilusionaron. Poco tiempo antes de que naciera Miguelito empezaron una amistad. El Pai quería apadrinar al chico. El marido de Marga, un cantor de tangos farrero y mujeriego, cada vez la dejaba más sola. “Andaba en los boliches y me trataba mal.” Tenía otra mujer: una rubia que le duró años. En abril bautizaron por la religión a Miguelito, en junio, cuando la criatura tenía cinco meses, el tanguero la dejó. Se quedó sola y sin trabajo. Su compadre, el mismo que la llevó con Atilio, tenía una parrilla en Martínez, en la calle Edison. Entró como cocinera. Pero al tiempo el compadre agrandó el boliche y comenzó a atraer más público con noches de canto y baile. Su ex marido tanguero apareció como número central del espectáculo, pero acompañado siempre por “la otra”. No lo soportó. Consiguió empleo en un restaurante de Tigre. Entonces se sintió independiente. La religión comenzó a ser lo más importante después del trabajo cotidiano. “Siguió mi vida trabajando, y seguía frecuentando al Pai Atilio. Aunque no me bautizaba todavía ya adoraba a los Pai, limpiaba el templo, iba a las ceremonias.”
Miguelito tenía siete cuando Marga se convenció: quería “ingresar” en la religión. No fue con Atilio que se bautizó. Fue con una Mai. “La conocí porque tenía un chico amigo, un mariconcito que se crió en mi casa. Ahora es fallecido él también. Todos le decían la ‘Tía Rina’.” Tía Rina, en realidad se llamaba Daniel, según figura en su documento, fugado de una casa en la que no le permitían soltar la pluma de su desplante sexual, se fue quedando en la casa de esta mujer sola, haciéndose necesario, conviniéndose en su mano derecha. Ella trabajaba en el restaurante, él le cuidaba a Emilia, Jorge y Cachito. Cuando Marga regresaba Tía Rina había limpiado, había cocinado —nadie superó su arroz con leche y su budín de pan— y ya tenía a los tres niños bañados, listos para comer en la mesa familiar e irse a la cama. “Mis hijos lo adoraban: con ellos era como una gallina. Él falleció hace cuatro años de un Sida fulminante.” Tía Rina era umbanda desde pequeño. Le fue hablando a Marga mientras limpiaban, mientras juntos lavaban la ropa, de su capacidad para atreverse a ser Mai, para comprometerse con la religión, para poner el cuerpo en trance, para incorporar espíritus. «Yo ahora tengo templo y mis cosas, tengo hijos de religión, bautizo. Esto es una cadena. Las madres van teniendo hijos. Cuando uno llega a ser Mai recién puede tener hijos.”
Igual que Matilde, Marga tiene un lunar tatuado en el pómulo izquierdo. Todavía se ríe, a los sesenta y cinco años, de ese momento de complicidad máxima, de aventura y toma de posición de sus dulces dieciséis. Eran tres amigas, empezaban a sentirse libres, a retozar con los primeros novios, caminaban abrazadas por la calle, la vida les daba vértigo. Marga estudiaba corte y confección, le encantaba jugar al básquet, era una chica ágil de piernas largas. Se miraron cuando terminó el punzado de tinta china sobre sus caras y esa noche se emborracharon. Poco después Marga conoció a los primeros hombres ladrones que la rodearon. “Yo conocí el hampa”, dice Marga con una sonrisa de orgullo. Sus relaciones con el micromundo delincuencia 1 de la zona norte son como galones en su devenir Mai. Uno de sus hermanos inauguró Olmos. Luis “El Gordo” Valor, el capo de la banda más famosa de los años noventa, se crió a dos cuadras de su casa y es el padrino de una de sus sobrinas. “Yo fui una mujer rodeada de chorros”, asume. Su tío era contrabandista y ladrón, cruzaba el río en una barcaza llevando y trayendo productos según las temporadas. Por sus familiares del ambiente terminó novia de un miembro de la banda de Rififí: eran siete, se vestían petiteros y actuaban siempre de maletín elegante en la mano. Usaban unas poleras con cuellos y puños negros. Cuando bajaban de un sedán lustroso en el centro comercial de San Isidro, la cuadra entera temblaba. “En esa época el código se cumplía —festeja Marga—. Si la policía decía, ‘esta es mi zona’, ellos se iban a robar a otro lado y no pasaba nada.”
La policía y su sombra azul termina por aparecer hasta en la más inocente de las historias de la villa. Si no es matando, es omitiendo intervenir donde los asuntos se definen con la ley del más fuerte. Cómo será la omnipresencia de la policía que aparece hasta en la propia religión. Ya me lo habían contado los chicos, fanáticos devotos, pero me lo confirmó también la Mai: el santo más adorado por los ladrones es San Jorge, o Pai Ogún según el sincretismo umbanda. “El Pai Ogún es nuestro guerrero, pero al mismo tiempo de alguna manera también es la policía. A él se le pide para que proteja.” Descubro que la ceremonia en la tumba del Frente es una variante privada de la ofrenda que cada tantos meses los ladrones hacen a San Jorge para no “perder”, caer presos o morir bajo la metralla. San Jorge surge como estandarte de sur a norte en todo el conurbano. San Jorge luce tatuado en la espalda de Manuel como uno de esos viejos pósters de pésima impresión. Y sus reminiscencias medievales atraviesan la piel de casi tantos chicos como he conocido. La filosa lanza que el caballero lleva en la mano para atravesar al dragón de siete cabezas rugiendo a los pies de su caballo blanco, se dibuja en los cuerpos de los pibes chorros asesinando todo tipo de alimaña infernal, destruyendo el mal anunciado de serpientes feroces o monstruos alados.
San Jorge es un mito de la Roma antigua. Nació en el año 280 de la Era Cristiana y murió casi veinticinco años más tarde, el 23 de abril del año 305. Se cree que la lucha contra el dragón de siete cabezas es la que emprendió contra el imperio fundado sobre las siete colinas. Su padre era un jefe de alto rango en el Ejército. Por su cercanía al poder, el Emperador conoció al joven Jorge, e impresionado por su altivez le rogó que ingresara a sus filas de guerreros. Pero no imaginó que Jorge se convertiría en un disidente: su madre lo había formado secretamente en el cristianismo. Ante los avances del monoteísmo que había profesado Jesús de Nazaret el emperador romano Diocleciano, ordenó la represión. San Jorge se negó a participar en esa persecución a los Cristianos y Diocleciano lo entregó a los verdugos: lo tiraron desnudo en un pozo de cal viva, lo ataron de pies y manos, lo golpearon, lo arrastraron, lo pusieron en una rueda llena de cuchillos, lo flagelaron hasta hacerle perder los sentidos.
Pero la crónica judeocristiana coincide en sus diferentes versiones: milagrosamente se le curaban las heridas, la muerte parecía huir de él. Incluso un mago del emperador le dio un licor envenenado que no le hizo efecto. Esos supuestos milagros horadaron la fe pagana del hechicero. Terminó pidiéndole que resucitara a un hombre que llevaba pocos días muerto, como prueba final de su creencia prohibida. Jorge lo devolvió a la vida con un rezo. El mago contó el milagro a los soldados. Cuando la historia llegó a sus oídos, Diocleciano ordenó decapitar al hechicero. Luego envió a varios emisarios para que Jorge se retractara a cambio de terminar con las torturas. Fue inútil.

Durante días resistió. Harto, Diocleciano lo hizo arrastrar al templo de Apolo. Ante toda la corte, los sacerdotes y el pueblo, Jorge volvió a negarse a adorar a los dioses romanos. Como último acto de afirmación hizo que rodaran las estatuas profanas del palacio. La emperatriz Alejandra, una bella mujer que escondía su verdadera creencia, saltó de su trono y gritó ante su esposo y la multitud seducida por el cautivo milagroso: “¡Yo también soy cristiana!”. Diocleciano, cuyo gobierno se conoció como “la era de los mártires”, hizo azotar a Alejandra, su propia esposa, hasta la muerte. Para Jorge guardó la saña de sus verdugos: apedrearon su rostro ensangrentado y lo ataron a un caballo al que obligaron a correr desbocado. Cuando después de una legua de galope el suplicio terminó y se suponía que Jorge ya no respiraba, los soldados se acercaron al cuerpo y vieron, incrédulos, que no tenía una sola herida. El 23 de abril su cabeza rodó ante la turba romana. Se supone que entonces comenzaron sus milagros, siempre dedicados a los necesitados: mientras vivió dilapidó su fortuna en asistir piadosamente a los enfermos, entregando ropa y alimentos a los pobres y perseguidos.
La otra historia que funda la santidad de Jorge es del orden medieval de las hadas y los lagos encantados. Jacopo de Varazze —a quien en castellano se da el curioso nombre de Santiago de Vorágine— fue un dominico genovés que, en la segunda mitad del siglo xiii, recopiló en latín casi doscientas vidas de santos. Según su versión, Jorge era un oficial romano que recorría el mundo como caballero andante. Así llegó a la ciudad de Silebe, en la provincia de Libia, cuando un dragón sumergido en las aguas de un lago aterrorizaba la región. Los habitantes de Silebe se trazaron una estrategia poco inteligente: entregar dos ovejas cada día para saciar la voracidad del animal. Pronto los rebaños fueron diezmados. La hambruna inminente llevó al rey a decidir que el sucedáneo para el dragón debía ser un manjar superior, una joven virgen sorteada de entre las doncellas del pueblo. La suerte quiso que pronto fuera el turno de la única hija del rey, una frágil y callada princesa. Ante la presión del pueblo, debió sacrificarla. La princesa marchó sumisa y llorosa hacia el lago. Estaba a punto de ser entregada al monstruo cuando el guerrero “hermoso como un ángel” apareció para rescatarla. San Jorge, con una lanza en su mano, galopó en su corcel blanco hacia el dragón sobre las aguas y le atravesó el corazón. Moribunda la bestia, el caballero la enlazó y junto a la princesa lo arrastraron hasta el pueblo para terminar de matarlo frente a la muchedumbre. En el mito de San Jorge y sus metáforas de salvación a través del sacrificio de inocentes, se lee la misma explicación que Marga y Matilde dan para comprender el destino trágico de sus hijos menores. Marga considera que Miguelito, asesinado por la policía, pagó los pecados de ella, de su familia y de su hijo ladrón. Matilde cree que Daniel sufrió el accidente que lo dejó en un coma profundo porque de esa manera paga los pecados que cometieron su madre y sus tres hermanos ladrones, Manuel, Simón y Javier. La adoración a San Jorge es un intento de que el destino no se cobre con vidas la elección del delito de los jóvenes caballeros sin montura, que salen a combatir y robar a punta de pistola.
La Mai tiene su propio San Jorge, o su propio Pai Ogún, desde que fue bautizada en la religión pagana. Para los umbanda los Ogún son siete diferentes deidades, cada una con un origen distinto: el Ogún de quien es “hija” Marga es un antigúo indio, dice. A él le ofrenda lo necesario para conseguir que un pibe chorro sea protegido. Marga se concentra en las explicaciones sobre las formas de sus ritos. “Cuando los chicos roban, con eso compran todo para la bandeja que preparo al Pai Ogún. Ogún es el mismo al que la gente llama San Jorge. Es el guerrero de nosotros, y es la policía.” Quizás por su condición de militar romano, quizás porque es el patrono de la caballería del ejército argentino, San Jorge para sus fieles es la policía. Y esa condición no lo rebaja ni lo mancha: es como si para obtener la impunidad al salir a robar fuera necesario negociarla con un santo que encarna la misma condición marcial del enemigo a neutralizar. Claro que al entregar los regalos a Ogún siempre es mejor, por lo menos para la Africana, que sean productos del robo. Y siempre es la Africana a través del cuerpo de la Mai quien intercede por los ladrones ante el Pai Ogún.
—¿Cuánto hace que la visita la Africana?
—Como veinte años, hace ocho que incorporo entidades.
— ¿Cómo es incorporar entidades?
—La llamás a la entidad y de repente te sentís en un vacío y el cuerpo ya no está. Yo incorporo el Pai Yangó, el Pai Ogún, el Santo. El espíritu te domina el cuerpo, la lengua, vos ves y escuchás todo lo que pasa. Por ejemplo, vos estás hablando con otra persona, y la Africana por intermedio de mi mente y mis ojos ve todo lo que estás haciendo y hablando. Pero cuando ella se va deja en mí sólo lo que ella quiere. Ella no puede dominar la mente, porque si me lleva la mente yo me muero. Lo que ella quiere que yo sepa lo sé; lo que ella no quiere, no lo sé. Por ejemplo, cuando falleció mi hijo, cinco días antes la Africana le dijo a mi hija que iban a llorar mucho, que tuvieran cuidado conmigo y mi corazón. Cuando me lo contó pensamos que iba a morir mi papá, que tenía como noventa años. Nunca imaginamos que sería Miguelito. El día que lo mataron renegué de mis Pai: ¿por qué no dijo lo que iba a pasarle a mi nene? Cuando la Africana volvió les dijo a mis hijos que ellos no eran quienes para contar o decir lo que no se les permite, que están bajo Oaxalá, que es el Supremo. Todos los Pai, incluido Ogún, son hijos de Oaxalá. Están los Orixás, que son los santos. Los Cosme son los bebés. La Mai Oyún no habla, emite un sonido de llanto, y los Cosme se pegan, juegan, toman mamadera. Son los que se arrastran, no caminan, pero son los más fuertes porque se llevan lo malo de la gente. Acá también vienen muchas mujeres de la vida y les hago baños de Pompayira, porque ella atrae mucho a los hombres. Y después están los Seyú, que también van comandados por el Pai Oaxalá, por más que la gente diga que son diablos. Son espíritus bajos, con ellos se hacen maldades. También se hace lo bueno. Yo no hago lo malo. Yo hice una promesa. A mí se me murió un nietito hace más de veinte años, y prometí curar enfermos y chicos. Hago separación de parejas, unión, limpieza de casa, pero siempre la línea blanca. Con los Seyú trabajo, pero siempre lo bueno.

La Africana, el personaje que encarna en el cuerpo de Marga haciéndola hablar en portugués, tiene una especial debilidad por los objetos robados. Por eso, a pesar de que son varios los espíritus que incorpora la Mai, es la Africana la que se ocüpa de armar ese dechado de símbolos para ofrecer los jueves a Ogún. “La Africana prepara la bandeja y así se le paga a Ogún. Primero se escribe en un papel el nombre del chico que hace ‘el pago’. La bandeja se hace con papel crepé verde, blanco y rojo, el color del Pai Ogún. El maíz se separa, se selecciona porque no puede estar roto, y se torra sobre una bandeja que tenemos siempre revolviendo, para que no se queme. Después se prepara la pipoca, que es como ustedes le dicen al pochoclo. Se ponen siete tiras de asado sin ser cortadas, bien adobadas, al horno y a punto, ni muy cocinadas ni muy duras. Se acomodan en forma de herradura. Se ponen tres naranjas y tres manzanas cada una cortada en siete; faltan entonces las hojas de lechuga bien frescas, los siete metros de cinta verde, blanca y roja y una faquita de madera, como de juguete. Al final se le ofrece una cerveza blanca con un vaso, y un cigarro, todo a nuevo.”
Uno de los ejemplos más usuales que utiliza Marga para comprobar la efectividad de sus hechizos es el de Simón. Simón se escapó por lo menos dos veces de la muerte anunciada, con lo cual queda claro para la Mai que su cuerpo ha demostrado tener un milagroso escudo de inmunidad. La primera salvación fue aquella vez en que le dieron el tiro en el pecho en un pasillo de la 25, cuando al llegar a la guardia del hospital el camillero le dijo: “Dios te ama”. La segunda fue cerca de la casa de Marga, del otro lado de la villa, en el asalto a un supermercado. En las dos ocasiones Simón terminó malherido. Si estaba protegido, ¿por qué entonces las balas lo alcanzaron? Marga vive las heridas que a pesar de los hechizos ha sufrido Simón como el resultado de su rebeldía, de su “cabeza dura”.
El día del asalto al mercado Simón estaba en la casa de la Mai cuando había incorporado a la Africana.
—Crianza, no salgas. Vocé no tein que tocar el ferramento —le advirtió la Africana, que ha decidido que en portugués se le dice «ferramento” al “fierro” argentino.
Ya despojada del espíritu de la Africana, Marga insistió:
—Hacele caso a la Mai.
Simón la miró sonriente. Ella entró a su cuarto a sacarse la pollera de las ceremonias. No alcanzó a salir de la pieza y Simón ya se había ido. A los quince minutos Marga escuchó los tiros.
—Simón! —le salió de los labios como un conjuro. Esa vez Simón tomó rehenes. Él y su compinche, Corcho, no habían calculado el vigilador privado de refuerzo que había en el lugar. Pretendían hacerse de la caja con el dinero grueso, pero les habían dado mal un dato: creían que el botín estaba en el piso superior del local donde había un depósito de mercadería. Se demoraron y la policía llegó cuando todavía mantenían a los clientes y al personal inmovilizados contra el suelo. No hubo negociación, los bonaerenses arremetieron con sus pistolas entre las góndolas y cuando se dieron cuenta que había alguien arriba hicieron llover las balas tirando al aire: ametrallaron desde abajo el entrepiso de madera como si apostaran a dar en la sien del ladrón escondido. A los diecisiete años, Corcho cayó abatido sin verles las caras a sus asesinos. A Simón lo encerraron finalmente entre dos cajas registradoras y se entregó, pero igual cayó al sentir el dolor del plomo en una pierna. Enseguida recibió uno de los tres tiros que le dibujan ahora una marca profunda en el antebrazo, balas de diferentes asaltos que penetraron en la carne casi por el mismo orificio. Su hermana Estela se desesperó cuando llegaron con la mala noticia: “Lo mataron”, le dijeron. Corrió así como estaba hasta el mercadito. Su madre, Matilde, tardó apenas unos minutos en llegar a socorrerlo: “Déjeme pasar, soy la madre!”. Simón se había arrastrado hasta quedar tirado sobre la vereda buscando la calle para evitar el fusilamiento, el siempre temido el tiro de gracia. “Matilde llegó justo en el momento. Lo iban a matar, le querían tirar en la cabeza, rematarlo”, cuenta la MaL «Simón tiene el camino muy oscuro. La vida le depara mucho peligro. Pero para mí Simón es como Facundo, si tengo que dar la vida, si tienen que matarme para salvarlo, que se haga.”
—¿Usted cree que los pibes sienten el riesgo cuando salen a robar?
—No sé si lo sienten o les gusta desafiarlo. Son chicos que no han asumido la responsabilidad que tendrían que tener en la calle. No ven el peligro que están viviendo en sus vidas. Se creen fuertes, que se van a llevar el mundo por delante y no puede ser. Yo pienso que de cinco años atrás a esta parte empezaron a robar a cualquier edad. Empezó la miseria. Diez años atrás quedaba muy mal que en una familia de ladrones los más chicos robaran, para eso estaban los adultos.
Pero en los últimos años la miseria es atroz, y para colmo la policía cada vez es más dañina. Además vino esta época mala de la droga y esta junta de los pibes allá abajo, en la esquina, siempre drogándose. Empezaron con pastillas y porquerías. Primero eran los grandes los que se drogaban, después los chicos más chicos. Con esas pastillas pierden la noción de todo. Los enloquece.
Marga repasa, con la tranquilidad de un ama de casa que pausadamente ceba mates en la cocina, la historia de sus hijos y la de los amigos que fueron convirtiéndose casi en hijos propios al resguardo de su hogar de ladrones consentidos. “Yo los tenía días metidos acá adentro por miedo a que los agarrara la policía.” Ese compromiso con los pibes chorros que rodeaban a su hijo preso y luego a su nieto, la hizo también el blanco de las críticas de un sector de la villa: la ven como la jefa de un aguantadero que siempre se aprovechó de los beneficios de la mala vida.
En su casa los chicos no sólo encontraban resguardo, comida y un colchón para dormir, sino también alguien experto en sacar balas enquistadas, en curar heridas menores, en entablillar y poner vendas. Marga, como muchas madres de chicos ladrones, terminó aliándose a ellos, cansada de combatir contra los malos pasos de esos pibes desaforados, y harta de ver el maltrato policial que les esperaba cada vez que alguno perdía en su faena. Marga, como madre de un ladrón ya adulto, hermana de un chorro de grandes y viejas bandas, sobrina de un contrabandista de la década del sesenta, ha sido para la última generación, la de los nietos, un refugio que por lo menos Simón todavía elige como lugar en el mundo al salir del encierro después de más de dos años sin pisar la villa. Y su hijo Cachito, junto a sus compañeros, fueron el referente y el norte de los que recién comenzaban en el camino del delito. Así como el Frente Vital encontró en Mauro, amigo y compinche de Cachito, la enseñanza de los códigos de lealtad y comportamiento ya extintos, así su nieto Facundo, amigo del Frente, de Simón y otros pibes de la misma generación, se miró con embeleso en la figura tumbera de su tío.
«Los chicos los tenían como ejemplos. Para el Frente no había otro más respetado que Mauro. Y para Facundo el tío siempre fue un personaje admirado. Yo lo retaba y le decía que no tenía que tenerlo como un ejemplo. Es mi hijo, y a mí me duele, pero lo digo de corazón, yo nunca hubiera querido que fuera así. Trabajé toda mi vida por mis hijos, se puede ver en mis manos. Y me dolía que mi nieto lo tuviera como ídolo, porque es un ídolo malo. El primer tiempo el tío no quería saber nada. Después lo conquistó. Pero ahora le dice, le escribe: ‘Vos tenés que reaccionar, vos tenés que ver que yo hace doce años que vivo preso, tenés que ponerte por delante, no quiero que te pase nada porque sos el sostén de tu abuela’. Se escriben de penal a penal, el tío no está nada conforme con la vida de él. Siempre me dice ‘hablale, que cuando salga no caiga más’. Porque mi nieto es la primera vez que cae preso en una cárcel de adultos. Mi hijo lo dice porque lo ha vivido. Cayó hace un año y pico robando una 4x4, con las armas encima y la dueña de la camioneta todavía arriba. Había salido recién. Seis días estuvo en libertad, nada más. Salió y cayó. En estos años él recorrió todas las cárceles de la provincia: estuvo en Sierra Chica, en Batán, en Dolores. La única que le faltaba conocer era Campana, donde está ahora, por suerte con buena conducta, trabajando. Antes siempre era ‘cachivache’, que es donde está el montón, los que no hacen mérito para nada. Igual dice que nunca le gustó la ranchada, dice que eso lo hacía la gente mala para tener a los chicos al mando de ellos. Ahora donde está él nadie se los hace de maridos, contra eso pelea mi hijo. Él estuvo en el motín de Sierra Chica y ahí estaba el grupo de los malos que mataba gente y por otro lado, el grupo de él, que luchaba por los pibes de los patios, y los refugiados en la iglesia.”
Como si repitiera a pesar de todo el sino de su tío, Facundo también estuvo apenas un respiro en libertad. Tras el motín que armó en el instituto en el que estaba encerrado cuando se enteró de la muerte del Frente, Facundo pasó medio año más en una granja de recuperación. Cuando salió la calle estaba endurecida y la esquina de su grupo casi vacía: los que no habían muerto estaban presos. Cumplió los dieciocho en su casa. “Y después de tres meses ya cayó otra vez. La calle fue cambiando, pero siempre un amigo se encuentra. A veces puede más un amigo que la familia”, dice Marga que ahora rara vez puede visitarlo en la cárcel de Junín donde Facundo fue confinado por un robo a mano armada que podría significarle cuatro años más de tumba. Para colmo no cree en dioses paganos, detesta la religión de su abuela y su madre, la traductora de la Africana. “Nunca quiso saber nada con esto. Se ríe. Se enoja.”
Y así es que, después de los fracasos de las protecciones para los suyos, Marga, la Mai, se dedica ahora a pedir por la salud de sus seguidores, a urdir embrujos de pasión que mantengan a un hombre o una mujer subyugados por su amante, aun cuando el otro esté tras los muros de una cárcel de máxima seguridad; se afana en sacrificar gallinas amarillas para que no se suelte de ese cuerpo empequeñecido en una cama de terapia intensiva el alma de Daniel. Marga pide por él y no deja de intentarlo. Y Daniel sigue allí dormido, dando esas señales nimias de vitalidad, convirtiéndose en un adolescente al que le crece la barba rala, preso de los complejos aparatos que lo sostienen aún en este mundo hecho de barro, ofrendas, sangre y ruegos.
—¿Cómo fue la ceremonia para pedir por Daniel?
—Pidiéndole al Eyú que le de la vida a cambio de la matanza del animal. Esta vez lo hizo la Africana, porque es muy chico. Para nosotros, los umbanda, hasta los quince años son crianzas. Los ladrones crianzas no quisiéramos que existieran. Para mí ver a un chico de quince años robando es muy duro. Duele porque lo hacen inconscientemente. Los chicos quieren sentirse fuertes. ¿Qué noción tienen de que los van a matar?

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Vidas de pibes chorros - Capítulo 8

Tantas veces intenté que me recibiera Mauro que llegué, a lo que yo mismo había decidido sería la última oportunidad, lleno del pudor que provoca la insistencia rayana en el ruego o en la molesta intromisión. Pasado más de un año desde mi primer intento a través del llamado de Sabina Sotello, temía que una nueva aparición en su casa me significara la violencia o la soma cruel que puede padecer el amante que se siente no correspondido. Sabía que Mauro tenía una contradicción mayúscula entre el recuerdo doloroso del amigo asesinado y la felicidad que podría causarle la reconstrucción de su propia historia. Pensaba en la vieja norma del oficio que indica que cuando una entrevista deja de ser una propuesta que el otro acepta o rechaza, y se transforma en una larga seducción y negociación, resulta evidente que en la mezquindad de esas palabras se esconden los secretos. En el caso de Mauro yo pensaba que serían asuntos vinculados a su amigo Víctor Vital: llegué a sospechar que había algo relativo a la traición que podría socavar la leyenda que me había atado a ese territorio.

Fue a fines de septiembre. Daniel ya estaba internado y Simón comenzaba a salir del Almafuerte cada fin de semana cuando Mauro por fin me recibió en su casa. Lo buscaba desde temprano. Me había encontrado con la puerta cerrada, pero volví más tarde. A media siesta, me atendió Nadia, su mujer.
—Mauro está durmiendo. Venite en un rato, por ahí lo enganchás después de que se duche. Yo le digo que es tuviste.
Cuando regresé Mauro salía del baño que cada día tomaba a la misma hora.
—Esperalo, tengo que hacerle las curaciones —me dijo Nadia.
Ella había estado en todo de acuerdo cada vez que intenté ver a su novio. Me había dado consejos sobre cómo convencerlo, cómo volver a intentarlo. Solía llamar por teléfono. Nadia jamás me trató como a un extranjero. No tardaría en descubrir que ella sería fundamental para comprender algunas de las verdades veladas a los foráneos.
Me quedé en la vereda tratando de no parecer tan desconocido a los ojos de los que pasaban. A esa altura, después de andar por allí con Manuel, con Chaías, con Tincho, algunos me saludaban: los dealers, o sus hijos, bajaban la cabeza con una sonrisa o levantaban el pulgar para darme por familiar en la villa. Había acompañado a los chicos varias veces a buscar insumos a esos ranchos prohibidos de transas. Pero me daba cierta desconfianza que me vieran en el rancho de Mauro. No sabía qué me esperaba en su relato. Mis cuentas eran: tranquilo, ya hablarán. Claro que, después de un año y medio, si algo había quedado fuera de los relatos voluntarios seguramente no se trataba de la beatitud del Frente, o de sus novias celosas.
Nadia volvió a salir a mi encuentro.
—Cristian, dice el Mauro que pases.
Adelante, una cocina comedor con el televisor encendido pero en silencio. Una mesada improvisada. Una pequeña mesa. Tres sillas. Algunos regalos de cumpleaños acomodados como adornos, un oso de peluche, un par de fotos que no alcancé a ver bien. En la pieza, tras una puerta estrecha y de ángulos irregulares, Mauro reposaba sobre el lado izquierdo de la cama de dos plazas en boxers de algodón gris. Sólo le faltaban los brazos atrás de la cabeza. El corte de pelo muy años ochenta, con flequillo, desmechado, pero no corto. Nadia se sentó a su lado. Con una fuente llena de desinfectante en una mano y la gasa en la otra, ella volvió a concentrarse, como cada día a la misma hora, en continuar la dirección de esa cicatriz enorme, desde el ombligo hasta la baja pelvis. Se suponía que yo debía ir directo a la entrevista, que la única asepsia posible de la escena era que sacara mi libreta de anotaciones y allí parado ante la piedad de la villa me pusiera a preguntar. Sin siquiera poder medir el ritmo del encuentro, apelando a lo más burdo del oficio, comencé.
—¿Por qué te tenés que curar así?
—Es una operación de peritonitis. Estas dos marcas de acá al costado son tiros, en realidad un solo tiro, que entró por acá y salió por acá. En el medio me atravesó el hígado, me perforó. Pero el médico me dijo que el hígado se arma de nuevo, que es como una gelatina. A principios del diciembre me cortaron el intestino.
Mauro había sido el rubio lindo de la villa, un guacho que conquistó a Nadia con mensajes de amor después de haberla visto durante una visita en Olmos en la que ella fue a ver a su hermano Toti, asesinado por la policía dos años después. Cuando Mauro dejó la cárcel la persiguió con paciencia: finalmente ella se enamoró. Buscaban un hijo cuando él la infectó de HIV, aunque él jura que no sabía que era portador cuando se conocieron. Casi al final Nadia me confesaría que ella jamás le creyó. Su visión de la historia era muy distinta: según sus deducciones Mauro la “arruinó”. En la villa el concepto de lo ruin, el adjetivo arruinado, y el verbo arruinar sirven para varios fines. Si algún adulto inició en el consumo de droga o en el robo a algún chico, lo arruinó. La que vende pastillas a los más chicos, los arruina. El que les recorta la escopeta, también los arruina. La mujer que tiene relaciones sin protegerse sabiendo que porta el virus, es una arruinadora. Quien transmite a otro el virus, arruina. Mauro, entonces, para Nadia, fue quien le arruinó la vida.
Mauro salió de la cárcel el 24 de diciembre del ‘96. Desde entonces no volvió a caer preso: se mantiene al margen de la vida que supo llevar durante unos veinte años, casi el mismo tiempo que perteneció a la murga Los Cometas de San Fernando. Fue uno de los que inauguró en la villa el consumo de pastillas, el furor de las Rohipnol que le dejaron tantas secuelas como las marcas que me señala en el cuerpo. “Yo me acuerdo que cuando me dieron el tiro en el ‘87, ‘86, en la época en que fue el furor de las ‘ropi’ fue cualquiera.” Él volvía de una pelea con los de Infico, un barrio de monoblocks que queda a pocas cuadras de la villa. Lo acompañaba un amigo. “Escuché un par de tiros. No les di ni pelota. Sentí como que me empujaron y me di contra un palo de luz. Me abracé al poste y me empecé a desvanecer.” Terminó derrumbándose. Recién en el piso supo que se la habían dado, y creyó, en ese segundo de última lucidez que precede al desmayo, que moría. Fue un disparo traicionero como hay cientos y miles si se multiplica el mal ejemplo de dar por atrás: un tiro por la espalda que hizo un zigzag en su interior. Nunca se enteró quién fue el tirador.
Pasó poco tiempo después de la recuperación del hígado y cayó preso. Le pasó por fin como a la mayoría de los pibes de su generación, incluido su viejo amigo Cachito. Por los contactos con otros detenidos que venían de San Fernando, en la cárcel Olmos hizo ranchada con algunos hombres cercanos a lo que se conoció como la banda de Luis Valor, gente de bancos y camiones de caudales. Uno de esos compañeros se convirtió en su mejor amigo durante el interminable confinamiento en la cárcel más hacinada de la provincia después del infierno de Sierra Chica. Esa amistad se selló dé la única manera en que lo hacen las lealtades nacidas sin el uso de la faca carcelaria al interior de un penal: cuando el otro entrega una prueba de humanidad que supera las circunstancias de sujeción permanente por las que se atraviesa. Después de una fiesta tumbera, borracho y con el equilibrio roto por el pajarito —esa bebida carcelaria que se prepara haciendo fermentar la tinta destilada de los diarios— Mauro se cortó el tendón de Aquiles cuando se duchaba en los baños, en el fondo del pabellón. Su amigo lo asistió, lo tomó en los brazos, pidió que lo llevaran a enfermería. Luego él mismo se ocupó de las curaciones. Él mismo, con la fuerza de sus bíceps trabajados en una barra del pabellón fue llevándolo en andas de acá para allá durante las semanas en que Mauro no pudo caminar. Y fue el único que tras la condena cumplió con su palabra: “Cuando vos salgas, aguantame, que te voy a buscar”, le dijo a Mauro para terminar de darle su devoción.
Apareció por la villa preguntando por él una tarde. Venía a ofrecerle un asalto de alto precio que les daría respiro económico instantáneo. Mauro había pasado en Olmos seis años y cuatro meses, lo que llevó cumplir con una condena por robo calificado. «No estoy arrepentido, pero si querés ser bueno hay que pensar en el mañana, hay que robar para dejar de robar —reconsidera Mauro hoy—. Tu familia tiene que ir y venir del penal, tu familia te sigue. Yo le decía a los pibes que tenés que dejar algo de dinero afuera para poder patalear cuando estás adentro, para que puedan contratar abogados, comprarte lo que necesitás. Si no dejás nada, no podés exigir. Yo dejé diez pesos y fui un tarado por eso y por varias cosas más.”
El planteo de Mauro es de las épocas en que por los pasillos de Olmos, y por los pabellones de las cárceles del país, cuando un nuevo preso era apadrinado por un «poronga” salía a caminar de ida y de vuelta por el pasillo, conversando bajo, del brazo de su protector. Fueron los últimos tiempos de las grandes bandas, los mismos en que la corporación mafiosa de la Bonaerense se fortaleció hasta ocupar el universo del delito en la provincia, convirtiendo cada rincón, cada minúsculo movimiento ilegal, en una oportunidad para cobrar.
En ese entonces, durante los años ochenta y la mitad de la década del noventa, en las cárceles había hasta espacio para caminar por entre las camas. En Olmos donde antes dormían veinte, hoy se hacinan setenta. Allí donde se paseaban los capos entrados en canas, hoy reinan los más atrevidos entre los jóvenes: el promedio de edad de los más de tres mil ochocientos internos es de veinte años.
—¿Qué aprendiste en la cárcel?
—Lo que aprendí en la cárcel es que el delincuente tiene que tener una personalidad, chorro o drogadicto. Hay que cuidar el barrio, hay que andar bien con la gente, para que te abran la puerta si te viene a apretar la policía. Pero si estás bardeando en el barrio te van a cerrar la puerta en la cara. Eso les explicaba a Víctor y a los pibes de su edad. Porque yo veía lo que hacían, cómo se drogaban, por eso les contaba todo lo que me había pasado a mí, el golpe que me tuve que dar yo para después poder sobrevivir. Eso lo aprendí adentro por la gente más grande.
Mauro hablaba desde la cama. Su mujer, después de cinco años de convivencia tempestuosa, y de continuos flirteos con algunas de las nuevas chicas del barrio, aún lo respetaba y lo quería. Allí estaba en silencio, acercándole un mate entre curación y curación.
—¿Cómo se sobrevive tan lejos de la calle?
—No te das cuenta de nada. Allá vos vivís otra cosa, vivís de fantasías. Todo el tiempo quedás en encontrarte con otros afuera. Vivís de ilusiones. Aparte estás con canas que no tienen armas. En la calle tienen armas de verdad y te tiran. Y todo eso no lo ves allá, es como vivir en una película en la que los tiros no se escuchan. Lo que se escucha en el penal son los golpes, pero los tiros es como si te los olvidaras por un tiempo o como si te los acordaras para alucinar cómo vas a robar vos, no cómo afuera apenas salgas te la van a dar porque finalmente no sos nadie. Fijate hoy por hoy todos los operativos que hay, toda la seguridad que fueron poniendo en las calles, todo lo que hace que ya sea muy pero muy difícil robar como hacíamos antes, aunque se maten hablando de la inseguridad. La inseguridad también afecta a los ladrones. Por eso, para entender un poco lo que pasa afuera es que cuando estaba adentro leía mucho las revistas, veía la tele. Para que te des una idea cuando yo caí se usaba el Austral, cuando salí ya había pesos. Nadia me enseñó a andar en colectivo porque no sabía usar la maquinita de las monedas.
Cuando Mauro salió de la cárcel caminaba por las calles del barrio y por los pasillos de la villa sin saber si la gente de siempre lo saludaba por temor o por quedar bien con un ladrón respetado que recién ganaba la libertad. Eso le dolía, dice. Él, que había intentado, dentro del desvarío de las drogas que a veces no podía controlar, ser un hombre probo y cuidadoso con los vecinos ajenos al delito, se enfrentaba al prejuicio sordo de los demás. “La gente es mala porque te juzga por el pasado”, se lamenta Mauro, como si esa carga fuera peor que la propia condena que lo mantuvo encerrado. “Yo tuve la suerte de que me rescaté”, agradece. Y si lo piensa un poco concluye en que fue por su madre, cuando ella se enfermó. Recién entonces sintió que el tiempo pasaba y no en vano, de pronto la muerte se presentaba ante él con su sombría y trágica verdad. Eso lo llevaba a que una de las máximas que intentaba enseñarle a los nuevos pibes como el Frente, era que aun ante el éxito que los mareaba después de un buen golpe, ante una sucesión de éxitos que los llevara a vivir como campeones de box recién consagrados, o ante el peor de los fracasos, por nada del mundo se olvidaran de sus madres: en la cultura tumbera, antes que Dios está la madre. Casi no hay preso en las cárceles que no lleve la bendita palabra MADRE grabada siempre en letra imprenta sobre los cuerpos. “A mí me pasó que no la aproveché. Al final cuando la quise tener la perdí. Mi vieja era re compañera y yo no la llegué a entender. Me puse las pilas tarde y cuando me quise acordar se me fue del corazón.”
La culpa de no haber sabido parar a tiempo para llevarle tranquilidad a la mujer que lo crió, contra todas las tormentas de esa vida de pobreza y de su padre golpeador, lo persigue hasta hoy. Poco antes del fin la recuerda apagada, preocupada por no sabía bien qué. Uno de sus hermanos se lo aclaró: “Mamá está así porque se atrasó en los créditos”. El la creía con las cuentas al día porque ella jamás confesó la necesidad: el poco dinero que ingresaba se le iba en ayudar a alguno de sus nueve hijos en problemas. Consiguió ese mismo día un robo que le dejó lo suficiente: ochocientos pesos en billetes de poco valor. Cuando se los entrego, ella lo miró complaciente y feliz, pero le dijo: «No, m’hijo, acomodate los huesos vos”. Él no la dejó seguir. «No, mami, déjeselos.” Eran ochocientos pesos ganados con la adrenalina de un revólver en la mano. Por provenir de un negocio minorista y ser billetes en sencillo, a su mamá le costó guardar en el bolsillo el fajo de dinero de su Maurito. Casi no alcanzó a gastarlos pagando las deudas: murió a los pocos días del regalo.
Apenas había vuelto al barrio cuando conoció a Víctor Manuel “El Frente” Vital. Lo había visto pasar, altivo y soberbio en su moto reluciente, la XR lOO que le había regalado Sabina. Estaba con uno de los pibes del grupo, charlando mientras fumaban un porro, y lo vio cruzar la calle en la XR, hecho un buen proyecto de hampón.
—¿Y ese pibito quién es? —le preguntó al que lo acompañaba.
—¿Viste qué grande que está? Es el hermano del Pato, el Víctor, le dicen “el Frente”.
El chico silbó con el índice y el pulgar metidos en la boca. Víctor frenó la moto respondiéndole con el chirriar de las ruedas resbalando, y giró en u hasta quedar a distancia suficiente como para estirar la mano y saludar.
—Te presento un amigo, él es Maurito.
—Hola, cómo le va, yo soy Víctor —le dijo el Frente con el debido respeto. Tratándolo de usted hasta que le dieran autorización de lo contrario.
Poco tiempo después Víctor volvió a ir preso. “¿Por qué cayó? Siempre por lo mismo.” Ni Sabina ni Mauro recuerdan exactamente cuál fue el asalto que lo llevó al instituto de máxima seguridad de Mercedes, el mismo lugar donde se hacían señas tumberas de un patio al otro con Manuel, y el mismo al que lo fue a visitar clandestinamente María, la novia más enamorada. Sabina sí recuerda muy bien que fue ella misma la que hizo presión en el juzgado de menores de San Isidro para que esa vez su hijo ya no pudiera volver a escaparse del instituto. “Es que yo, estúpida, lo que quería como toda madre era que mi hijo se curase, que lo mejoraran, que le pasara ese berretín por la droga y por el delito. Después aprendí que adentro los maltrataban, los hacían resentir y los tenían amontonados como animales, sin nada qué hacer, con un psicólogo para ciento cincuenta pibes, aprendiendo a ser peores.” Víctor pasó dos semanas encerrado y comenzó a pedirle a su madre que fuera a verlo acompañada de Mauro. Le mintieron al juez y al instituto: dijeron que Mauro era un primo que venía a verlo desde Entre Ríos. Dio la casualidad de que el profesional que le hizo el psicodiagnóstico a Mauro era de Gualeguaychú, imaginario lugar de origen del amigo de Víctor Vital. Hablando sobre comparsas y recuerdos de carnaval se hicieron amigos. Mauro entró a verlo y pudo convertirse también en el protector del Frente tras los muros de Mercedes.
Lo aconsejó transmitiéndole la experiencia que contra su voluntad había tenido que hacer. “Le tuve que explicar al Víctor que si quería volver a la calle, si el psicólogo le decía ‘acostate a las ocho y lavate los dientes’, tenía que hacer todo lo que le decía el chabón. Hablale, contale que extrañás a tu familia, hacele dibujos, pedile libros que vos querés leer, pedile revistas, todo eso, para que vean que tu voluntad es salir.” Víctor no necesitó dos explicaciones. No tardó en interesarse en la realidad exterior a esos muros, en seducir a la psicóloga encargada de diagnosticar sus condiciones para lograr una reconversión que lo alejara del delito y la violencia, y en convencer hasta al cura del Instituto de que era un cristiano recuperado.
Sabina misma no lograba entender cómo ese incorregible, al que tantas veces había intentado convencer de tomar el santo sacramento, de pronto tomaba la decisión de acercarse así a la religión. “Estos comen santos y cagan diablos”, solía decirle su madre a él y a los de su grupo cuando comentaban sus creencias. El cura del lugar también cayó en las redes negociadoras de Víctor. Entre las actividades con los chicos presos el sacerdote coordinaba un grupo de teatro en el que una de las actuaciones más festejadas era la imitación que el Frente hacía del propio maestro de sotana.
A pesar de la decena de robos que se le imputaban terminó por conseguir un comparendo en el juzgado de menores de San Isidro que tenía su destino en las manos. “La envolvió a la psicóloga como a un niño envuelto y al final le dieron la libertad. Después por eso quedó una vena espantosa con los más jodidos del instituto porque decían que había preferencia por Vital”, recuerda Sabina. Lo dejaron irse pero por consejo de los mismos psicólogos le prohibieron despedirse de sus compañeros: consideraron que sería negativo para los demás verlo salir en libertad. Ellos, desde adentro, cuando supieron que se lo llevaban intentaron un motín pidiendo que les permitieran una despedida. Sabina recuerda con precisión esa etapa: fue la última vez que Víctor estuvo preso, y el más largo de sus encierros.
—¿Tenía algo que lo diferenciaba del resto de los pibes? —le pregunto a Mauro.
—Sí, era único él. El pibito iba y traía plata y vivían todos felices ahí en la villa, y todos eran compañeros, pero nadie hacía nada con él en realidad. Dos o tres pibitos habrán andado vagueando con él, pero no más.
Mauro intenta despejar el mito del Frente de allegados y advenedizos, de fanfarrones que pretenden haber sido sus laderos para nutrirse de su fama y su valor. Ni siquiera él mismo salió a robar con el Frente. La única vez que lo iban a hacer juntos fue para asaltar un lugar en Pacheco del que tenían buenos datos. Era un domingo entre las siete y media y las ocho, cuando entraban los empleados a trabajar. No podían retrasarse. Iban a buscar la recaudación del fin de semana y era cuestión de entrar, encañonar, levantar el dinero y salir lo más rápido posible para no cruzarse con la policía que tenía la seccional cerca. “Vamos en la moto, lo hacemos y fue. Es buena plata. Dale”, le dijo. “Sí, todo bien”, aceptó el Frente. Cuando llegó a Pintos y French, Mauro no se olvida más, Víctor estaba con tres amigos, uno de ellos Manuel, y todavía festejaban a las risotadas la noche de cumbia que acababan de terminar. Lo llamó aparte y le preguntó: “¿No te acordás?”. “Uy, me colgué, recién vengo del baile, no puedo salir así.” En aquella época no estar lo suficientemente lúcido, por lo menos como para salir a “trabajar” con un chorro de ley como Mauro, era motivo para desistir. Mauro ni siquiera se quejó. Fue a buscar a otro compinche, y se largó hacia Pacheco para cumplir con el plan. Fue fácil, recuerda. Hizo cuatro mil quinientos pesos de los de la convertibilidad. En el barrio antes de refugiarse en el rancho pasó por lo del Frente a florearle el botín: “¿Viste boludo? Era una boludez lo que tenías que hacer”. “Yo siempre lo cagaba a pedos”, recuerda, tirado en la cama de dos plazas, con la herida del vientre ya curada por las suaves y entrenadas manos de Nadia.

Pacheco, en el partido de Tigre, que en dirección norte le sigue a San Fernando, fue uno de los sitios donde más desplegaron su pericia para robar los pibes como el Frente Vital. Mauro recuerda la noche en que Víctor partió junto a otros dos chicos en un auto con un local ya entre cejas dispuestos a vaciarlo y escapar. Pero aquel día ni siquiera pudieron acercarse. Iban lento, por las dudas, cuando un coche de vigilancia particular los detectó y se les puso atrás como un perro que encontró la presa a perseguir. “Se ve que tenía radio, porque cuando se quisieron acordar los embocaron del otro lado y ahí empezó el tiroteo.” Saltaron del coche y corrieron los tres a refugiarse en algún rancho de la villa a la que alcanzaron a llegar. La mala suerte y el alma buchona de los vecinos los jaqueó. El Ale, un pibe ancho y fuerte con el que Víctor había estado preso, quedó con el torso dispuesto a las balas policiales al tratar de llegar al final de un pasillo con el impulso de la carrera, y cayó. Víctor disparó desde un cerco. Logró retener la avanzada policial con la ráfaga que soltó. Así, cuentan los testigos, llegó hasta su amigo, ya desangrándose en el barro, inmóvil, mudo. Lo alzó como se alza una doncella en un cuento medieval. “Lo sostenía con los dos brazos y por abajo del cuerpo del Ale no dejaba de tirar”, me habían contado varios de los amigos del Frente en lo que siempre me había parecido una escena mítica a ratificar. “Eso dijo después la gente que los vio. Ellos trataron de escapar en el auto, pero el que manejaba se abatató y chocó. Se tiraron del auto. Víctor corrió, el Ale también, al escapar escuchó el grito. Cuando se dio vuelta el Ale estaba en el piso. Él se puso a tirar como loco para que no lo pudieran agarrar. Dicen que alcanzó a levantarlo y así les disparaba igual. Pero después me contó que el Ale ya estaba muerto cuando lo agarró.”
Ese día Mauro andaba en la moto que se había comprado con los robos que hizo apenas salió en libertad. Se cruzó en el camino con un pibe que lo frenó:
—Eh… ¿no sabés nada de los pibes?
—No. Me parece que están apretados en Los Troncos —le dijo, y Mauro no lo dejó seguir.
Así como andaba, semidesnudo por el calor, salió para Pacheco armado para rescatarlo temiendo que esta vez la amenaza ya pública de la policía de la zona norte se cumpliera. “Me metí y no podía entrar a la villa porque estaba toda la cana. Entonces entré a preguntar y nadie conocía a nadie, hablé con una banda de ahí y les dije que era amigo de los pibes, que no se persiguieran.” “Mataron a dos y los otros están todos presos”, le confiaron. Mauro no sabía qué hacer. Sospechaba que todavía quedaba uno de los de la banda escondido en la villa. Aceleró la moto y regresó a San Fernando para buscar los fierros y a algún pibe que lo ayudara a entrar en los pasillos a rastrear. “Entramos a golpear, a hablar, salieron unos guachos y nos llamaron.” El pibito que quedaba estaba en un rancho zafando, pero no podía salir. Entonces bajó de la moto al que lo acompañaba, le dejó plata para un remise y disfrazó como pudo al único que se había salvado en la persecución. “Le di la visera y los anteojos y lo saqué. Al Frente ya lo habían agarrado.”
Aquellas gestas de salvación, esas aventuras en las que había quien saliera sin pensar en búsqueda del amigo en peligro de muerte, resultan ahora en la villa anécdotas difíciles de volver a escuchar. La solidaridad con los ladrones quedó sepultada con la casi desaparición de los dedicados a robar fuera de los límites del propio territorio, y la aparición de los nuevos pibes chorros dedicados a saquear a los vecinos, sin distinguir en las víctimas ni nombre, ni sexo, ni edad. De alguna manera lo tuve que entender por fin durante septiembre, a unos seis meses del día en el que Brian saltaba como una langosta enloquecida gritando que lo mataran, y los Sapitos, para defenderlo de la furia vecinal disparaban a quemarropa contra Guillermo, dándole aquel tiro que milagrosamente se frenó a milímetros de donde lo hubiera eliminado o dejado en estado vegetal.
Como en tantas otras ocasiones Sabina Sotello me informó por teléfono sobre la novedad. Esta vez no era un falso enfrentamiento con la Bonaerense y su escuadrón de la muerte de Don Torcuato, ni las torturas de las comisarías, ni una mujer atravesada por el disparo idiota de un policía entusiasmado por la acción. Esta vez era por un caído en la propia villa San Francisco, casi en el mismo pasillo donde lo mataron al Frente Vital. “Lo mataron a uno de los Sapitos”, me contó. Le habían volado la cabeza al más grande de los hermanos, el de diecinueve años, como para terminar en seco con un fin de semana parecido al que seis meses atrás había terminado con Brian desafiando a veinte hombres que querían eliminarlo por haber robado sin compasión a niños y viejos. Habían matado a uno de los Sapitos, al Sapo más grande, al mismo Sapito que se suponía le había dado el tiro a Guillermo, o a Rodolfo; el mismo Sapito que había traicionado a Brian dejándolo solo a la hora de declarar ante el juez de menores Una de las pocas certezas que tenía una banda cuando los códigos aún se respetaban, era que sus compañeros no se acostarían jamás con su mujer y que al declarar lo protegerían aun si para quebrarlos llegaban a peor tortura, la de la bolsa y la picana.
Desde el tiroteo Brian estaba en un instituto de máxima seguridad de la capital. Los Sapitos habían quedado en el mismo reducido espacio del pasillo de la San Francisco donde se habían refugiado seis meses atrás. Suele ser mínimo el territorio que les queda a los parias, los ratas que no pueden caminar por la villa saludando a cada uno que pasa porque su exclusión ha llegado al punto en que viven encerrados en unos pocos metros cuadrados, reducidos a un ghetto por la mirada de los demás. Hacía días que los Sapitos se habían entregado a las pastillas y el vino robándole a los que pasaban por las calles que rodean la vieja villa San Francisco. Usaban uno de los más rudimentarios modos de robar: esconderse trás un pasillo esperando a que un auto avanzara por la calle para cruzarse con las armas en la mano y sacarle al chofer lo poco que Ilevara en el bolsillo, nunca más de veinte pesos, que ansiaban como la fortuna que les permitiría seguir.
Ante el despliegue de esa violencia precaria puede que los vecinos reaccionen, como ocurrió con Brian, casi espontáneamente ante una última agresión intolerable, cuando el chico intenta matar a alguien vaciándole un cargador. Puede también que la reacción provenga de quien tiene no sólo las armas, sino también la suficiente impunidad como para responder ante un enemigo considerado execrable. Y en el caso de los Sapitos, en el tiempo que medió entre la caída de Brian, y ese fin de semana, los chicos de la bandita fueron avanzando hacia zonas intocables. No conformes con intentar robarle a don Genaro, un vecino que vive en la cuadra del Frente Vital, también se habían metido en algunos ranchos cercanos. Entre ellos habían vaciado el de los familiares de un transa de la villa 25 de Mayo; un grave error. Sobre todo teniendo en cuenta que después del robo el dealer les envió un mensaje para que se arrepintieran devolviendo el televisor y las pocas cosas que se habían llevado, y ellos no quisieron o no pudieron escuchar. Como única respuesta el sábado uno le rompió la cabeza de un cañazo al negociador. Al amanecer del domingo ya estaban condenados. El transa ordenó a uno de sus laderos, un sobrino, que la venganza fuera fatal.
Para colmo los Sapitos llegaron al domingo tan envalentonados que ni siquiera atinaron a quedarse refugiados en el pasillo, o en los pocos ranchos amigos de la villa. El encargado de ejecutarlos y varios comedidos los tenían vigilados: era sólo cuestión de esperar a que se mostraran al alcance del tirador. Atardecía cuando el Sapo ocupó la esquina haciéndose ver. El auto del transa pasó casi en punto muerto por el borde de la villa. Y dobló para regresar. Marga, la Mai, estaba en el patio de su casa, en el otro extremo del descampado, cuando vio al coche blanco avanzar por la calle Quirno Costa. Sobre la vereda de los monoblocks se paró en seco y de la ventanilla salieron los fogonazos, vistosos en el comienzo de la oscuridad de la noche, como cohetes de Navidad. “Vamos a chusmear”, les dijo a los suyos y salió. “Al Sapito le habían baleado la cabeza. El auto dio vuelta en dos ruedas, de allá tiraban para acá.
Es cierto, los Sapitos estaban atrevidos, le habían pegado a un nenito de la 25, lo quisieron asaltar a don Juan. Pero yo digo; se hubiera bajado del auto para matarlo, y no hacerlo al estilo vigilante, desde el coche, como un cobani cagón.”

Mauro llegaba en ese mismo momento a la agencia de remises donde trabaja desde que se rescató. Tenía asignado un viaje desde la iglesia evangelista de la calle French. Para allá salió. Cuando se asomé al campito que da a la villa vio el amontonamiento de gente y escuchó los gritos de desesperación. En la esquina, sobre el pasto que hay frente a los monoblocks, estaba tirado el Sapo. En pocos minutos una multitud había rodeado al herido. Su hermano y una amiga pedían a gritos que Mauro parara el coche para auxiliarlo.
—Súbanlo, loco! ¡Delen! ¡Súbanlo! —pidió Mauro ante la parálisis de los que sólo atinaban a gritarle que los ayudara.
Entre el Sapito y la chica lo levantaron soportando el peso del cuerpo abatido, tambaleando, hasta qüe lograron meterlo en el asiento trasero del remise. Mauro todavía no puede olvidar esa imagen: el pibe con la cara bañada en sangre, y ese líquido pastoso supurando en el lugar de la cabeza donde el sicario enviado por el puntero había ensartado el plomo de la venganza. “Salimos con el coche, escarbando. Yo iba a full, y ellos, el hermano y la mujer, no paraban de gritar.” Fue un tiempo infinitesimal pero la escena se extiende para Mauro como la pesadilla que se recuerda brumosa al despertar en medio de la noche. Apretó el acelerador con la certeza de que el chico agonizante a sus espaldas era obviamente una misión imposible y cuando se alejaba, a través del reflejo de un vidrio creyó ver la cara del moribundo parado entre los vivos afuera del coche, pidiendo por su salvación. Era el Sapito, el hermano del Sapo, tan parecidos entre sí, que por un segundo Mauro los confundió. “Pero me di vuelta apenas y lo vi con la cabeza hecha mierda, así que aceleré, sin pensar más en nada.” Cuando llegaron al hospital de San Fernando el Sapo ya había muerto.
—¿Usted qué piensa de esa muerte? —le pregunté a la Mai cuando me contó lo de aquel domingo.
—Lo único que sé es que al que lo mató no lo quiero. Yo te digo, si andan robando yo los cobijo. Pero si andan vendiendo drogas no los quiero.
— ¿Cuál es la diferencia entre unos y otros?
—Es fácil. Si el transa no vendiera drogas, los chicos no se drogan y no roban. Porque el chico que tiene la mente limpia, ocupa la mente en otras cosas y ocupa las manos y no roba. Pero como el transa lo envenena, el chico se enloquece, roba y hace daño. No vas a escuchar a la madre de ningún ladrón que quiera a un transa. Mi hijo era buenísimo, y cuando empezó a drogarse, ahí cayó.

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Vidas de pibes chorros - Capítulo 9

Nadia fue y vino demasiadas veces de esas dos piezas que comparte con Mauro desde hace seis años. Demasiadas veces sintió el impulso de retirarse hacia la casa de su madre, de abandonar al hombre del que se enamoró a los veinte, y al que luego supo odiar con la repugnancia que sólo el resentimiento puede producir en la boca del estómago, cuando una traición resulta imperdonable. Pero es extraño: aún convencida del asco que el dolor le produjo no deja de vivir con él, en el mismo sitio en el que ha cultivado la ambivalencia. Sin dejar de quererlo, ni de celarlo cada vez que el hombre se ve enredado con una de las mujeres fatales de la villa, de ésas que tienen a sus maridos presos y coquetean a riesgo de causar un crimen pasional con sus amoríos furtivos.
“Para mí es muy difícil que algún día esto se llegue a reparar”, dice sentada en una pequeña silla. Su casa, dos cuartos y una especie de kiosco que de vez en
cuando atiende, está en la cuadra asfaltada de la villa 25, en el camino que Víctor Vital hizo el día de su muerte al escapar de la policía que terminaría fusilándolo:
sigue convencida de que el Frente habría salvado su vida si le hubiera pedido refugio a ella esa mañana. El rostro de Nadia muestra la muesca del tiempo y de un derrotero que apenas se hinca en la vida compartida con Mauro, en el virus que dice le transmitió a sabiendas, para extenderse en la muerte de uno de sus nueve hermanos, en el encarcelamiento de otros dos, en la desintegración y el derrumbe de la familia que fueron cuando los vientos soplaron mejores y sus padres pudieron hasta soñar con pertenecer a la clase media.
Los cambios funestos comenzaron con la debacle económica. La pérdida del confort, de la posición social y de la esperanza del progreso suele ser el comienzo de un torrente de quebrantos que puede llegar a la muerte. Nadia tenía siete años cuando ocurrió: con nueve hijos, sus padres vivían de las rentas que un departamento pequeño y un chalet de barrio les daban en San Fernando. Era una casa con espacio suficiente para todos; tenía patio, jardín, lavadero y comedor diario. Pero una amistad ciega lo llevó a su padre a firmar como garantía del negocio de un amigo. Y más tarde invirtió lo que había ahorrado en un negocio de piletas de fibra de vidrio. El comercio resultó una quimera que pronto se deshizo ante la presión de los acreedores y la llegada de la hiperinflación. De calles de cemento y veredas baldeadas cada mañana pasaron a un rancho en la villa San Francisco de Asís. A pesar de la potestad del Santo católico de los pobres, jamás volvieron a salir de esa condición y ella y sus hermanos fueron convirtiéndose en niños proletarios con todo lo que esa condición implica. Quizás sea ese desclasamiento el que lleva a Nadia a tener esta visión brutal y descarnada de lo que ha ocurrido con ella y con los suyos durante los últimos años. Quizás cuando Nadia habla de reparar, usando esa palabra tan cara al discurso de los afectados por la represión política, esté en el punto más alto de su reclamo político, el mismo que la vuelve al final de esta historia la más cercana a la verdad.
—No entiendo qué querés decir cuando hablás de reparar.
—Reparar significa muchas cosas. Primero que a Mauro no le voy a perdonar nunca que me haya contagiado el virus. Él siempre dijo que no estaba infectado antes de conocerme a mí. Y eso era mentira. Trato de no darle importancia, pero le doy. Y no me lo vino a contar la vecina que es lengua larga, me lo dijo el médico: catorce años hacía que era portador cuando me arruinó a mí. Y entonces, en ese momento, yo creo que nació ese odio que nunca sentí por nadie tanto como por él.
La recuerdo cuando curaba la herida aún abierta en el vientre por una operación de peritonitis, esa especie de pasión villera por el cuerpo ultrajado de su hombre. La recuerdo así y sus imprecaciones se dulcifican. “Es que él ya es así, él es mujeriego y cerrado, él es así, él es así”, reitera en un mantra de resignación amorosa. El comienzo de esa relación está signado por el clima tumbero en el que se conocieron. Ella, una chica menuda y bonita que visitaba con lealtad y dedicación a su hermano de dieciocho años preso por un robo en Olmos. Mauro pasaba uno de los últimos años de cárcel en el penal, dueño de una serie de prerrogativas carcelarias y de cierto respeto entre el resto de la “población”. Por ser vecino del mismo barrio y hermano de una morocha tan deseada, protegió a Toti, el hermano de Nadia, de la condena suplementaria que significa ser un paria en el encierro. El chico tenía un destino incierto cuando se cruzó con Mauro en Olmos. Estaban a punto de trasladarlo con los evangélicos de la planta baja, los hermanitos, como suele llamárselos, iba a entrar en la religión, para encontrar refugio. Mauro lo rescató y le dio un espacio a su lado. Partieron entonces con un agradecimiento debido: Toti fue el primer emisario que usó Mauro para llegar a Nadia durante las visitas en la cárcel. “Me dijo un tal Maurito que le escribas”, recomendó.
Mauro la había visto durante la visita porque tenía el privilegio de trabajar en el más preciado momento de la semana, cuando ingresan los seres queridos y los objetos deseados. Ella, con una hija de cuatro meses de un hombre que nunca volvió a ver, le escribió no una, sino dos cartas que todavía recuerda. No decían nada demasiado impresionante y le confesaba que era madre soltera. Pero nunca recibió respuesta. Él todavía jura que no llegaron a sus manos. Mauro se niega a contarle sobre su vida en el penal. Lo que sabe lo conoce por otros, sobre todo por Toti. El le contó que Mauro ayudaba a los pibes del barrio, que no era cualquier interno. “Más allá de que seas un chorro de banco, si vos sos un pelotudo te van a recagar a palos igual, vas a ser mulo de todos. Ellos estaban bien, pero no sé en qué sentido, ellos tenían laburo, iban al colegio, tenían gimnasio, las tenían todas. Creo que estaban bien por el tema de que siempre que agarraban un paredón se querían fugar.” Mauro me confesaría casi al final de este recorrido que cada vez que pudo intentó salir del sistema penitenciario por la fuerza, con varias estrategias. En la cárcel de Azul fue uno de los que protagonizó el motín en el que tuvo que mediar el secretario de Justicia. “Apretamos colegio —me contó, para describir que fue amenazando a los docentes en una de las aulas que comenzaron con el intento de fuga—. Cuando nos faltaba una reja tomamos dos rehenes, pero no alcanzó. Al final estuvimos como tres días hasta que nos trasladaron.”
Cuando Mauro salió a la calle para la Navidad del ‘96, Nadia estaba de novia con otro hacía ya un tiempo y no vivía en San Fernando con la familia sino en Virreyes. Claro que comenzó a mirarlo de reojo cada vez que visitaba a sus padres. Nadia caminaba derecho, pero no podía dejar de ver la melena rubia de Mauro desde donde llegaba siempre un piropo, una frase de elogio a su belleza, siempre al borde de la injuria. “Yo sabía que él era re mujeriego y todo y un año le disparé, le esquivé y le esquivé. Me iba a buscar a los bailes, me invitó al cumpleaños, estuve dos minutos y me fui. Yo sentía que me gustaba, pero en el fondo sabía que él era un problema. Le disparé un año a Mauro yo. Un día pasé con mi hermana y él le dijo a mi sobrina que le mande un beso a la tía. Y ahí fue como que no sé... Me despertó algo, digamos, lo empecé a ver como Maurito.”
Cuando comenzó a aceptar las invitaciones del cortejante, Nadia ponía límites claros para no dejarlo avanzar en una pelea que suele ser la de la pérdida de un honor irrecuperable entre las mujeres de la villa y sus hombres. Para ella no hay escena más dignificante que la vez que se negó a entrar a ese hotel alojamiento. Él la llevó hasta la puerta del Astor y le dijo:
—Bueno, vamos a entrar a mirar la tele.
Y ella: —No!
A él la negativa le cayó mal. Puso cara de recio y quiso hacerla sentir culpable de su enojo.
—Andate a la mierda! —lo cortó Nadia.
Lo explica así: “Es que si no, yo pasé la puerta y perdí todo mi derecho. Porque es verdad, la mujer es la que decide, porque el tipo puede ser degenerado, pero si la mujer se le abre de gambas el tipo va a avanzar. Como lo mandé al carajo después me empezó a visitar en mi casa, una y otra vez. Y si yo venía a verlo eran las cuatro de la mañana y él tenía que acompañarme, se quería matar. Hasta que un día me quedé, me quedé y me quedé. Creo que al mes me di cuenta de que estaba hasta las manos”.
Nadia pasó un tiempo enamorada y convencida de que lo mejor era buscar un hijo de Mauro. Por un acuerdo mutuo dejaron de cuidarse, pero sin resultados. Entonces intentó iniciar un tratamiento para quedar embarazada. Por eso le hicieron un test de HIV que en febrero del ‘99 dio negativo. Siete meses más tarde, cuando ya se había ido por primera vez de la casa que compartían cansada del maltrato y los engaños, una ginecóloga de la salita y una vecina del grupo solidario Volver a vivir, la visitaron en la casa de su madre para decirle que debía volver a analizarse: finalmente le habían detectado el virus a Mauro. Un hongo había estallado en su boca y en la nariz y hacía estragos en su organismo. Estuvo tres meses sin comer. “Tenía todo blanco en el lugar del hongo, y la piel la tenía del color del mate, como las aceitunas, era un muerto vivo, llegó a pesar treinta y ocho kilos.”
Nadia se enteró y no pudo dejar de hacer cálculos. ¿Por qué él no había querido hacerse el estudio de semen que exigía el tratamiento de fertilidad? ¿Por qué esa receta de cuando lo mordió un perro en la que lo mandaban, hacía dos años, de urgencia a “medicina preventiva”? Sin embargo, así como ahora sigue curándole las heridas, en ese momento se quedó junto a él en el hospital, sin abandonarlo hasta que le dieron el alta. Y cuando Mauro regresó al rancho todavía lo soportó otro tanto. “El hizo poner un colchón en la mitad suya de la cama, porque se había acostumbrado a la cama del hospital que tenía esa forma, y entonces yo dormía de lado porque la otra parte del colchón quedaba doblada, a otra altura, más abajo. El no quería que lo tocara, me mantenía a distancia y me reclamaba todos los cuidados, por ahí me acostaba a las cuatro de la mañana y se le antojaba que me levantara a las ocho. Yo ya estaba enojada por muchas otras cosas; porque antes, durante un año y medio fue todo una tortura, fue maltrato, golpes, metidas de cuernos. Entonces fue que me rebelé, porque pensaba: este hijo de puta encima que me cagó la vida, me cagó a palos, me hizo cornuda, ¿lo voy a seguir soportando? ¡Monte, hijo de puta! Y me fui.”
La familia de Mauro, cuenta Nadia, estaba feliz de la separación. Pero nadie supo qué hacer con el rebelde, el fuerte de la familia, enfermo, adelgazando hasta parecer moribundo. Nadia cree que esa soledad, ese infierno privado en el que Mauro ingresó cuando lo dejó solo, con el virus socavando todas sus defensas, desarticulando su condición de macho golpeador y arbitrario, fue lo que luego provocaría un cambio en él, que le permitió regresar a su lado. “Habrá tenido noción de la muerte como algo real...”, piensa Nadia.
Sólo juntos pudieron salir, o comenzar a salir, del estigma, que aún en demasiados espacios ‘y relaciones padece el portador del virus. Nadia recuerda con dolor que su cuñada, la hermana de Mauro, harta de los ataques del más “torturador” de la familia, le escupiera durante una guerra verbal con un: “Por qué no se muere este sidoso de mierda!”, ese tipo de frases insultantes, en las que se encierra la noción de muerte como un sin salida atroz. “Vos sabés que te vas a morir, porque vos sabés que te vas a morir, te vas a morir, te vas a morir, vas a sufrir, vas a sufrir, y así todo el tiempo. Una noción de muerte permanente, ridícula, porque era mentira. En mi casa era parecido: mis hermanas, las dos que me han bancado y ayudado, me traían los chicos, y dale con los chicos, ‘tomá los chicos, tomá los chicos, ve a los chicos’. Y yo: ‘pero no me voy a morir hijas de puta! ¿Por qué me traen los chicos, si antes no me los traían?’ No me voy a morir. La idea de los demás apenas se es portador es que uno ya se va a morir, entonces que mejor disfrute, le queda poco.” Cuando Nadia después de dos meses de distancia volvió a ver a Mauro pensó que volvería a arrastrarla por el piso con la furia que conocía. “Me mata, ahora me mata”, se dijo para sí. Y se acercó casi temblando. Él era un espectro. Seguía con la piel oliva, los ojos sobresalían en la cara angulosa. Él no alcanzó a decirle nada: se largó a llorar como un niño y comenzó a pedirle perdón, mil veces perdón, por esa larga lista de sufrimientos que incluía la traición del virus, una más entre tantas felonías de un territorio abrumado por la miseria.
Llegar a Mauro fue descubrir a Nadia, y conocerla fue acercarse a los secretos de la villa. Esas intrigas comienzan en sus propios hermanos: tres varones entre los nueve hijos del matrimonio. La muerte de Toti es quizás el caso en el que la trama de los bandos encontrados y la complicidad histórica de la mafia policial actuando por métodos simulados es más patética. Toti era, según sus hermanos, el más dulce y reflexivo de los varones de la familia, y por cierto, el que gozaba del afecto preferencial de Nadia, la mayor de las mujeres. Ella misma cree que su ingreso al delito fue una consecuencia lógica de la desintegración familiar tras una guerra entre sus padres empobrecidos. Toti había comenzado a trabajar apenas la necesidad se hizo imperiosa. Él tenía el don de cantar con cierto tono y a viva voz, en los bares, en las esquinas, allí donde le dieran a cambio monedas o pan, con el desplante de un chico que ensaya una mueca o un defecto físico para conseguir una limosna. Los otoños cosechaba limones de una planta que había cerca del rancho, y salía a venderlos casa por casa. “Mi papá y mi mamá tenían problemas de pareja y él se empezó a poner mal”, intenta explicar Nadia.
Toti se acercó al grupo de la esquina y a los ranchos de los transas, entre ellos el Tripa. Terminó aliado a una bandita que solía tener un aguantadero en Infico, el barrio de monoblocks vecino. Alcanzó a estar preso por quince días en un instituto de menores después de que fracasó en un robo. Sus padres, cada vez más lejos, se dieron cuenta con esa detención que hacía tiempo que el chico se hacía a punta de pistola de la plata para comprar las pastillas ofrecidas en la casa de un matrimonio clave en la historia de la San Francisco, la 25 y La Esperanza: la Gladis y Javo. «Ella metió las pastillas en el barrio, él les recortaba las escopetas a los pibes”, me había contado un día Sabina.
El nombre tan barrial de la Gladis seguía repitiéndose siempre en un tono menor al habitual, en boca de cada nuevo entrevistado. También la señaló la Mai. Nadia me lo dijo en su rancho, la cuarta noche en que la visité para escuchar sus secretos. “Ella y el marido venden pastillas, toda la vida vendieron pastillas, siempre van a vender pastillas, porque a ellos nunca los van a reventar, nunca, pase lo que pase. Ella metió las pastas en la villa hace como veinte años. Siempre fue ortiba. En un tiempo se había separado, y lo había echado al marido y se había ido a vivir con unos hermanos vigilantes que mataron a varios pibes en la villa. Fue una historia corta, de meses, porque después volvió con el marido. Pero ahora igual para ahí el coche del comisario, el particular. Ahí no venden solamente eso, también vender merca y faso, de todo.” La pareja era importante en la trama de la villa para comprender el brazo invisible de la policía en un territorio que, a simple vista, parece más cerca de la violencia arbitraria y no la consecuencia de un proceso demasiado complejo en el que el vértice es la corporación consagrada a volver clandestinos todos los negocios, para acrecentar el propio.
Toti lo vivió como una condena personal. Apenas había cumplido los dieciocho cuando cayó preso —ya mayor de edad— en una comisaría. Fue la primera caída. Usó la moto que el padre le había regalado a Nadia para su fiesta de quince. El otro fue el encargado de hacerse del pasacasetes. Pero la policía los cruzó. Él consiguió escapar y corrió a la casa de su madre a buscar los documentos de la moto. Cuando volvió, su compañero lo había entregado. “Fue él, fue él”, decía el ladrón. “La madre es una ortiba que se culió a varios vigilantes, y por eso lo mandaron al frente a él y el otro zafó”, acusa Nadia. Toti pasó una larga temporada en Olmos, protegido por la ranchada del que sería su cuñado, Maurito.
Al salir pasaron semanas y cayó en una quinta con otra banda. Lo mandaron a una comisaría de Escobar donde compartió la celda con varios de los hombres de Luis Valor.
El 24 de agosto de 1995 uno de ellos le dio la oportunidad, casi la orden, de fugarse. “¿Te vas pibe?”, le dijeron con el escape arreglado por varios miles de pesos con uno de los jefes de turno. Se fueron doce hombres, la mayoría de ellos a Brasil. Dice Nadia que a Toti lo invitaron a cruzar la frontera, pero que el muy imbécil estaba enamorado de una chica, encontró a una gente amiga, se quedó con la piba, y alquiló una casa. Se quedó, perdió el tren, terminó refugiado en el terreno más peligroso, su propio barrio.
Toti no llegó muy lejos. En los meses siguientes tambaleó por el mismo camino. Se acercó cada vez más a una condena a muerte no dicha, la que puede ser inducida por aquéllos que representan de tal manera a la mafia policial que es como si la llevaran en sus propios cuerpos. Toti no logró ser jamás incluido en los cordones de perdón que habilitan en la villa mujeres como Gladis, hombres de doble filiación ilegal como Jayo o como el enemigo del Frente Vital, el Tripa. Al mismo tiempo la locura, las alucinaciones, el efecto deformador del consumo de pastillas, lo fueron enloqueciendo. Aunque Toti ya había salido con algunos trastornos de la cárcel, cree Nadia. En ella vuelven las imágenes del horror que su hermano le entregó al salir de Olmos. “Él se había vuelto loco con los golpes de los canas. Me contaba que degollaron a un tipo por un poquito de leche y a otro por una feta de fiambre. Dijo que no iba a volver nunca más, que antes prefería morirse afuera.”
Pronto la locura de Toti se hizo evidente también para su madre. Faltaban pocas semanas para el fin de año cuando le confesó aterrado que había hablado con su abuela muerta y con Miguelito, el hijo fusilado de la Mai.
—Me dijeron que no viniera para el barrio ni el 31 ni el primero porque me van a matar —les contó.
Faltaban cinco noches para que lo mataran.
La advertencia de los fantasmas que acosaban a Toti se la hizo Javo a su madre, cara a cara, dos días antes del fin de año.
—Ya vas a ver lo que le va a pasar a tu hijo —le avisó en una esquina de la villa.
El primero de enero Toti se cansó de él mismo y de los demás. Cruzó los pasillos de la 25 agarrándose de las paredes de chapa y madera. Llegó a la casa de Gladis y Javo con el cargador lleno. Lo vació disparando contra las ventanas y la puerta con tan mala puntería que casi todas las balas rebotaron en las paredes. Sí, los fantasmas lo habían advertido. Sí, era cierto que él les creía. Sí, todos sabían que no debía pisar el barrio en esos días de fiestas. Pero ese día Toti estaba ahí convencido de que gatillar era lo mejor que podía hacer; lo único. Nadia intenta imaginar el mandato de otro mundo que puede haber recibido. Nadia no quiere ni pensar en que una brujería umbanda lo puede haber llevado a esa especie de suicidio. Lo que sabe Nadia es que al día siguiente su hermano cayó en una emboscada.
Ella y su madre estaban en una juguetería del centro comprando los regalos de Reyes Vieron pasar la ambulancia que levantaría el cuerpo. Ese día creyeron la versión que hizo correr la policía: que habían querido robar una casa de artículos deportivos, que habían herido a una chica y que habían agarrado a dos compañeros de él. Toti agonizó nueve días en la terapia intensiva del hospital de San Fernando. Después del entierro, a la puerta del rancho de Nadia llegó un policía con una carta anónima. Desmentía la versión de sus compañeros y le aconsejaba que hablara con los testigos que sabían que el ladrón había sido fusilado. Nadia pudo hablar con el kiosquero que atendía el local donde estuvo en realidad su hermano esa tarde. «Ellos iban en un remise con una mina que siempre los llevaba a robar. Cuando pasaron frente al lugar y mi hermano vio a la cana, ella paró igual y salió del auto gritando que era rehén. El hombre del kiosco sabía que lo iban a fusilar, y se lo dijo: ‘Andate porque acá adentro somos boleta los dos’.” Toti se largó a llorar.
Así como es difícil entender que Toti haya tiroteado la casa de los transas es duro comprender por qué salió corriendo del kiosco y se escondió detrás de las ligustrinas del jardín vecino. La dueña de casa lo vio y le avisó a la policía. “Entraron y lo mataron: le dieron dos tiros en el pecho y en la cabeza y lo patearon todo.” A los dos compañeros de Toti la policía nunca los metió presos. Detuvieron sí a dos cartoneros que pasaban. “Era una cama. Eran todas traiciones. El arreglo era por siete mil pesos, era el arreglo de la Gladis. A mi mamá le trajeron pruebas pero nunca hizo nada por miedo. Le decían que le iban a prender fuego la casa, que nos iban a matar a nosotros, que mi papá iba a perder el trabajo porque tenían gente en la Municipalidad.”
El machismo tumbero, la prosapia delincuencial, el archivo policial, los peritos en el tema, y hasta los periodistas de policiales, creen que la traición que sufre un ladrón casi siempre está relacionada con una mujer. “La chica le metía los cuernos con uno que ahora está preso. A través de él lo mandaron a matar.” Pero por regla general esa delación tiene casi todo que ver con la policía. “Hicieron un arreglo para entregarlo. La Marga nos contó que la Gladis lo había mandado en cana a mi hermano. Nosotros nos enteramos primero porque un vigilante me da un papel para que vaya al juzgado y al programa de Mauro Viale. Decía que lo habían matado mal, que buscáramos la causa no sé cuánto. Contaba que en el lugar donde lo mataron estaban todos esperando a mi hermano. Estaba todo preparado para matarlo.”
Nadia cuenta la versión que la convence y se la adjudica a la Mai de la villa. Dice que fue ella la que le trajo las versiones sobre la trampa que le prepararon a Toti. Convencida de que la Mai estaba involucrada en esa trampa se hartó de escucharla y le dijo:
—Dejá de faltarme el respeto porque te voy a dar un voleo en el culo.
Desde la oscuridad de su patio la Mai le contestó.
—¿Qué te pasa, puta re puta?
—Qué te pasa puta, patín viejo —le estampó Nadia, a ella, a la que siempre a pesar de su desprecio había respetado.
La Mai la maldijo.
—Te vas a andar arrastrando como una víbora por el piso, vos y ese puto sidoso que se la dan de chorros.
Tres años más tarde, un mes después de la muerte del Frente Vital, otro de los hermanos de Nadia, Ignacio, el segundo de los tres varones de la familia, recién cumplidos los dieciséis, mató a un policía en la esquina de la calle Las Tropas. Por ese crimen continúa preso.
Nacho tenía el tamaño de un chico de séptimo grado. Paraba en la misma esquina que su hermano Toti y se dedicaba con mucho menos oficio y códigos a robar aquello que se presentara como lo más fácil y cercano. Fue una tarde de marzo, la del 24, aniversario del golpe de Estado. Él y un amigo de quince años tenían ese día una sola urgencia: el dinero para continuar comprando droga en el rancho de un transa de la 25. No hicieron más que media cuadra para apuntarle al dueño de un kiosco recién instalado. El hombre los vio y al principio no les creyó que eran ladrones. Les habló como a hijos y midiendo las palabras se les acercó. Los echó a las patadas. Los chicos salieron corriendo por el medio de la calle. El comerciante los siguió en su auto. Al escapar como si los hubieran estado esperando, se cruzaron con un móvil policial que patrullaba el barrio. Los detuvieron. Uno de los dos bonaerenses se fue en el auto del comerciante. El otro, un cabo de treinta años se subió al volante del móvil, con los dos chicos en el asiento de atrás.
No alcanzó a arrancar. Se escucharon dos disparos adentro del patrullero. Uno de los ladrones había gatillado un revólver en la nuca del cabo. ¿De dónde había salido el arma con la que lo mataron? La versión de la policía es que una chica, también menor de edad, se las había alcanzado en un descuido por la ventanilla del auto. Pero Nadia jura que no. “La sacaron de un bolso negro y celeste que había en el coche, era uno de los perros que usa la cana para ponerle a los pibes que mata desarmados. Encima mi hermano dice que el cana era un amor, que decía ‘qué lo vamos a esposar a estos dos piojitos’. Son un bardo, a estos pendejos me dan ganas de matarlos. Nunca lo escucharon a mi marido, mirá que los habló, a los dos. Mirá que es jodido, les dijo que no tomaran pastillas, que se iban a perder, pero no, ellos ciegos.”
—¿Tu hermano estaba muy descontrolado?
—Mi hermano era un boludito, que fumaba porro en la esquina. Yo traté de sacarlo, pero acá los que envician a los pibes son los transas. El Tripa era uno de los peores. Si los veía a los pibes medio drogados empezaba a hacerles la cabeza. Que dale gil, que sos que si no querés hacerte un rolo —un reloj Rolex—, que vos tenés coraje, que vos sos chorro, no un gil de cuarta, y dale con lo mismo. Contra ellos no se puede hacer nada, a no ser que los bajés a tiros.
—¿Quiénes son los personajes como el Tripa?
—Ellos son como delegados de la cana. Ellos son la relación entre los canas y los chorros, pueden manejar datos, conocen, pueden hacer casi todo lo que la cana puede hacer, pero mejor. Pibe que se peleó con el Tripa, pibe que terminó arruinado. A mí nadie me saca de la cabeza que fue esa rata el que lo hizo caer al Frente. Hacía un mes que se habían tiroteado en el campito cuando lo fusilaron como a un perro. Pero no importa, a cada uno le llega el momento en que recibe la puñalada por la espalda, porque este es un mundo que vive de la traición y los traidores a la muerte se la ganan.
Tres años después de aquel tiroteo entre Víctor y el Tripa caminábamos con Manuel por una calle angosta de La Boca. Por primera vez reconocía su posición en el cuadro de rivalidades de la villa: hacía pocos días él y su nuevo compinche habían reventado el rancho de uno de los Chanos y se habían llevado una piedra de merca como botín. Caminábamos y la piel tatuada de su brazo rozaba contra la mía mientras pisábamos las vías del tren, bordeando los conventillos del barrio en el que por fin terminaría de contar la historia.
La última batalla de esa parte de la guerra comenzó temprano, un día de septiembre de 2002, contó Manuel. El Tripa y otros dos pararon un coche que pasaba frente a la 25. Querían el dinero del chofer. Mientras el hombre les entregaba la billetera ellos manoseaban a la chica que lo acompañaba. Dos horas después quisieron robar la remisería de la 25. El dueño escapó hacia el descampado dando saltos para esquivar las balas que entre carcajadas le disparaban los pies. Pero media docena de pibes armados salieron a defenderlo desde la otra punta del campo. Uno de ellos le dio al Tripa en una pierna. El transa corrió rengueando hasta un rancho de la San Francisco donde se refugió, a pocos metros del lugar en el que fue fusilado el Frente Vital.
Al anochecer la decisión estaba tomada. Lo encerrarían, como fuera. Juntaron un arsenal. Eran todos conocidos, más de cuarenta. Como sombras silenciosas se ubicaron en los recodos de la villa para no dejarlo escapar. Un grupo de doce avanzó por el pasillo, medio metro entre cada uno, ubicados en forma de abanico. Caminaron sigilosos. No querían espantar a los perros con el sonido de sus pasos. Tenían que llegar a la puerta del rancho, abrirla de una patada y disparar. Estaban a cinco metros. Calculaban cómo se ubicaría el pelotón para no fallar. De pronto la puerta crujió. El Tripa no había podido aguantar las ganas de ir al baño, dos ranchos más allá. Pero el dolor en la pierna no lo dejó llegar. Con dificultad, creyéndose solo, se bajó los pantalones hasta las rodillas, y apoyado contra la pared se agachó ahí nomás, me contaron después. La venganza lo sorprendió, en esa pose tan poco digna, desde la oscuridad. Fueron cuatro disparos, uno tras otro, sin pausas en el percutor. Apenas se quejó. Con el pecho ensangrentado soltó los pantalones, balanceó el cuerpo hacia delante y trató de abrazar al hombre que le disparó. Otros siete balazos lo hicieron retroceder. Cayó hacia atrás. Cuando estuvo tendido sobre la tierra un pibe de diecisiete años le puso un 22 corto en la frente y lo remató.
Nadia, fanática del reality show Gran Hermano, recuerda bien que esa noche prefirió mirar Videomatch. Es que el invitado era el cantante de cumbia Sebastián con su banda y entre los músicos había un pibe de la villa. Nadia miraba a su vecino en la tele, divertida, cuando desde el otro lado del campito, en la San Francisco, estallaron los tiros. Primero cuatro. Después siete. Luego el tiro final. Sintió que una arcada le ahogaba la garganta, que iba a vomitar. Vio nublada la pantalla del televisor. No comprendió por qué le brotaban las lágrimas, si ella sabía que muchos querían matarlo, que se venía el ajusticiamiento, que ese homicidio era una decisión tomada.
Mientras los vengadores se alejaban del cadáver, Nadia se quitaba las lágrimas con rabia por su compasión. El Tripa no merecía que alguien lamentara su muerte, pensaba Nadia en el instante en que el chico que tocaba cumbia con Sebastián se dirigió a los de San Fernando que lo miraban por TV:
—Un saludo para la 25! —gritó.
Luego sonaron las sirenas de la Bonaerense, como una corte de viudas desesperadas que acuden unidas en un alarido a rescatar al muerto. Los patrulleros se multiplicaron. Eran tantos que parecía que hubieran matado a un comisario, dicen. Otra vez la batalla entre la policía y la villa se desató. Fue una batalla más. Al día siguiente hubo asados y cumbia para festejar. Pero la guerra no cesó.

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Vidas de pibes chorros - Epílogo

El jueves 20 de febrero el teléfono de mi casa volvió a sonar, otra vez por una mala noticia. Era Sabina. Me contó que había muerto Daniel. A seis meses de haber entrado inconsciente al hospital, Daniel se había despedido de Matilde y de sus hermanos en silencio, al dejar caer una lágrima. Al día siguiente nos sumamos a la ceremonia de despedida en la casa de Estela, al fondo del pasillo de siempre. Era una mañana calurosa. El patio estaba lleno de sillas con mujeres que reposaban desde la noche anterior y hablaban en voz muy baja. Estela y Matilde lucían serenas, con los rastros del llanto en los rostros, pero como si estuvieran cansadas de llorar. Nos abrazamos a Manuel y Simón que también parecían tranquilos. Habían vaciado la pieza de muebles y sacado de las paredes los cuadros pintados por Simón. En el lugar de la mesa habían ubicado el ataúd abierto. Una fila de mujeres lagrimeaba a un costado. Del otro lado se ubicaban los hombres. Los chicos, Manuel, Simón, el más pequeño, se acercaban al cajón y miraban al hermano muerto por aquel golpe en el tren blanco entre los hombros de los demás.
Cerca del mediodía llegaron los empleados de la funeraria, con algún retraso, saturados de trabajo ese fin de semana. Los Miranda taparon el cadáver de Daniel y lo cargaron lentamente hasta sacarlo de allí. Avanzaron. Las mujeres salían a las puertas de los ranchos a persignarse. El cortejo apenas entraba en la angostura del pasillo. En varios autos y en un camión repleto de gente salimos hacia el cementerio de San Fernando. Ese sábado las calles del camposanto parecían una peatonal de la muerte: impresionaba la cantidad de funerales que sucedían casi al mismo tiempo. Mientras unos llegaban alterados por el dolor, otros se retiraban abrazados entre sí, sostenidos apenas por los parientes y los amigos. Nosotros fuimos por uno de los caminos del costado izquierdo y nos desviamos rápido hacia la fosa preparada para Daniel. Sólo algunos de los deudos de esta procesión lloraban. Era como si, sin haber sido dicha, hubiera campeado una orden de Matilde, tan altiva ese día como siempre. Algo así como: mucho tiempo ha pasado, desde el comienzo de la agonía. Nada debe ser exagerado. Dejémoslo en paz. Regresemos a la vida ordinaria, a la que no debemos temerle por más que la muerte se nos haga cotidiana.
Así nos distribuimos alrededor de la fosa. Arrojamos algunas flores antes de que comenzara a caer sobre el cajón la tierra húmeda. Cuando terminaban de cubrirlo entró en el mismo pasillo otro cortejo fúnebre: en este sí, los deudos, las mujeres sobre todo, se desgañitaban de dolor. Por las edades de los dolientes había sido, parecía, una muerte súbita, y de alguien muy joven. Cuando el ataúd del desconocido comenzó a ser bajado a su lugar final, la procesión por Daniel comenzó a retirarse. La mayoría ya había visto entre los vecinos recién llegados a varios hombres de uniforme. Era claro. El que había muerto era un policía. A mí me lo advirtió Chaías que, distanciado de los Miranda y de sus viejos amigos, llegó casi al final y los había visto entrar. Tenía los ojos medio desorbitados. Me contó también que ese día era su cumpleaños.
A los pies de la tumba de Daniel el único que permaneció hasta que todos se marcharon fue su padre, el Pájaro. Había ido a verlo al hospital. Pero hacía meses que había desaparecido, desde la tarde en que salió de la terapia intensiva diciendo que volvería con la medicación de urgencia que necesitaba su hijo. Los demás se repartieron nuevamente en los autos y en el camión. Yo acompañé a Sabina, a los hermanos del Frente, y a Manuel, hasta la tumba del ladrón que me había hecho llegar hacía tanto tiempo ya, a la villa. Nos paramos frente a su foto en blanco y negro, ante las ofrendas de los chicos todavía intactas, ante las botellas de Pronto Shake que la decoraban. Cada uno besó la foto. Yo también. Cada uno se persignó. También lo hice. Y luego todos nos quedamos callados durante un buen rato. Lloramos hasta que Sabina nos dijo que partiéramos. Volvimos a la villa La Esperanza. Comimos juntos. Luego, al atardecer, me alejé hacia la estación.

Agradecimientos

Hubiera sido imposible para mí terminar de escribir este libro sin las conversaciones con mis amigos, sin su infinita generosidad para dejarme, muchas veces, discurrir de más sobre aquello que todavía no podía terminar de ver y de explicarme. Agradezco la paciencia de Lucas Mac Guire y Pepe Matrás; de Antonia Portaneri y Jorge Jaunarena; de Gabriel Giubellino, Marta Dillon, Josefina Giglio, Raquel Robles, María Zago, Romina Tomillo, Marcelo Chávez, Graciela Mochkofsky, Gabriel Pasquini, Ricardo Ragendorfer. A Flavio Rapisardi. A mis compañeros de Página/12, donde comencé a escribir esta historia. A mis compañeros de la Asociación Miguel Bru, por disculparme tantas ausencias mientras trabajaba en esto. A María del Carmen Verdú, que un día me contó que había un santo de los pibes chorros. A la abogada Andrea Sajnovsky y a todos los que se animaron a hablar durante la investigación sobre el Escuadrón de la Muerte. También a Maximiliano Barañao por su dulce compañía. A la hospitalidad de su familia durante los días en Concepción del Uruguay. Al refugio de la familia Carey en Brasil. Gracias por haberme acompañado en la villa a Alfredo Santiago Srur; gracias por haberme sacado de allí aquella madrugada. Agradezco a Mariana Enríquez, María Moreno, Silvia Delfino y Claudio Zeiger. Las lecturas de cada uno de ellos también construyeron este relato.


Título del libro: Cuando me muera quiero que me toquen cumbia

Autor: Cristian Alarcón
Investigación periodística de Silvina Seijas

sábado, 9 de mayo de 2009

Sobre Alfonsín

A mi particularisimo modo de ver, se fue un hombre probo, un republicano, probablemente un demócrata de verdad.

Fue un politico que superó con monstruosa amplitud a un deplorable personaje cuartelero como el Chino Balbin, recuperó la etica de un Arturo Illia y despues vino Carlos I° de Anillaco... y para que seguir no?

Como pocos Alfonso I° de Chascomus (asi lo nombro yo hace años) mostró las virtudes y defectos de la clase media progre argentina.
Sus osadías y vacilaciones, su coraje y sus temores, su lucidez y sus torpezas.

Lo conocí en el exilio de Francia, cuando nos fue a invitar a que volvieramos, un hombre campechano y sencillo, no nos convenció cuando dijo que ganaba por afano, riéndose.
Y ganó por afano.
Y aún siendo bien de izquierda, me volví bien rapido, 3 meses.
Confíe en él, no lo voté porque no estaba en los padrones... me habían borrado.
Lo acompañé, me mobilice tantas veces, lloré con el Juicio a las Juntas, aunque las penas fueran pobretonas.
Me sentaba en la Plaza, miraba a la Rosada y pensaba: ahí hay un tipo como yo!

Y estuve en la plaza de Mayo en aquellas Pascuas de traición al mandato popular, como millones de argentinos que mobilizaron al pais en cada pueblito y en cada ciudad, con mi hijo del exilio de 4 años, mi vieja en su silla de ruedas (78 años y alfonsinista desde los 60s). Nunca olvidaré al helicoptero negro volviendo de Campo de mayo, y las dos frases que quebraron todo: Felices Pascuas! y la Casa está en orden!

Y mi adhesion no lo pudo superar, nunca mas lo miré igual. Yo estaba dispuesto a dar mi vida para pasarles por encima a los milicos en Campo de Mayo, con los gritoas, las manos y a pecho limpio; sabía que si lo hacíamos fundabamos otra Argentina!

Después el derrumbe, Obediencia Debida y Punto Final, La Tablada y los milicos "democráticos", las hiper y la renuncia: no se si no pude, no supe o no quise!

Yo tambien le deseo que esté bien donde está, y que haga un balance de lo realizado.
Y que pueda haber aprendido la leccion de no traicionar las esperanzas de un pueblo que lo seguía.

Con el se frustró un Proyecto de Argentina, con la ilusion masiva de tanta gente que veía volver a la democracia, como volver a la vida. Cuanta esperanza se perdió en ésa época!
El 3er movimiento histórico... terminó en el tacho de la basura.
Y lo peor es que despues vino, como le dice Aliverti, La Rata que restauró los valores económicos de la dictadura.

Pobre Alfonso, pudo ser Maradona de la política local y terminó siendo un estorbo en la reconstruccion democrática argentina, que le abrió la puerta a lo peor del pais y la "gente" tan golpeada... lo votó DOS veces para que destruyera el país de todos.

Fue un rol muy grande y muy triste el suyo, no se lo envidio seguramente fue muy duro para él.
Pero lo respeto, fue integro y fue honesto. Ya sabemos que no alcanza para cambiar un país, pero no es poca cosa.

La leccion que me dejó es: siempre respetarás al pueblo que te votó!
Salute

Fuente: comentario.

mandrake952
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A las 20,30 del 31 de Marzo de 2009 falleció Raúl Alfonsín.
Lo que sigue es parte del discursos que pronunciò el 10 de Diciembre de 1983 ante la Asamblea Legislativa.

“Lo primero que no debemos olvidar es que lo más valioso que tiene nuestro país son los hombres y las mujeres que lo habitan. No es el petróleo, ni las vacas, ni el trigo, ni las fábricas, sino el trabajo y la capacidad de todos y cada uno de nuestros habitantes lo que da sentido y riqueza a nuestra Argentina, como a cualquier otra nación del mundo.
La segunda lección es que sólo el pueblo se preocupa por el destino del pueblo. Cuando se impide al pueblo decidir su propia suerte, cuando se le prohibe elegir y controlar al gobierno, tarde o temprano se deja de gobernar para el pueblo.
Nadie puede pretender que un gobierno no cometa errores. Pero de una vez por todas haremos que sólo sea el pueblo, por su libre voluntad y dentro de las instituciones democráticas, quien sea el único que juzgue y corrija esos errores. El dolor que vivimos nos ha enseñado que cada vez que se coarta el camino hacia la democracia, la inmensa mayoría de los argentinos termina perjudicándose.
También aprendimos que hay quienes se benefician cuando es la fuerza y no la voluntad libre del pueblo quien impone el gobierno de la Nación. Aprendimos que los que estimulan la impaciencia para proponer la intolerancia y la violencia como remedios, han terminado favoreciendo los intereses del privilegio. Aprendimos que cuando el pueblo no decide sobre el gobierno, la Nación y el pueblo quedan desguarnecidos frente a los intereses de adentro y de afuera.
Y hemos entendido que hay fuerzas poderosas que no quieren la democracia en la Argentina. Sabemos que la reivindicación del gobierno del pueblo, de los derechos del pueblo para elegir y controlar el gobierno de acuerdo con los principios de la Constitución, plantea una lucha por el poder en la que no podemos ni debemos bajar los brazos, una lucha que vamos a dar, en la que vamos a triunfar.
Tenemos una meta: la vida, la justicia y la libertad para todos los que habitan este suelo
Tenemos un método: la democracia para la Argentina
Tenemos un combate: vencer a quienes desde adentro o desde afuera quieren impedir esa democracia.
Tenemos una tarea: Gobernar para todos los Argentinos.”

Fuente:

lunes, 13 de abril de 2009

La Caterpillar

Con una bicicleta o una moto, demasiados.
Con un auto, unos pocos...

miércoles, 1 de abril de 2009

Falleció Raul Alfonsín



Estamos de duelo.

Falleció el ex Presidente

1927 - 2009
Q.E.P.D.


De los pocos políticos argentinos -quizá único- sin los nudillos manchados de verde por golpear "la puerta de los cuarteles".

Sentó en el banquillo de los acusados a los genocidas del "Proceso", dando lugar a lo que en el exterior se designo como "El Nüremberg Argentino", hecho inédito.


Él cimentó las bases, por 100 años de democracia, que aun usufructuamos.