domingo, 11 de diciembre de 2011

La perra

Cuando cae un chaparrón en la Provincia de Misiones, las rutas se tornan resbaladizas.
Para evitar un accidente, paré a un costado del camino para cocinar un par de churrascos y almorzar.
Encendí la garrafita y coloqué la plancha con la carne arriba.

Apareció de entre los matorrales moviendo la cola, pero tenía miedo y no se acercaba a menos de un par de metros, aunque mostraba su alegría (?) corriendo en círculos.
Solo era el esqueleto -de unos dos o tres meses- de un perro forrado por cuero, pero no aceptaba que me arrimara a acariciarle.
Tomé el bife de la plancha y se lo ofrecí. No vino, entonces lo arrojé a dos metros de donde me encontraba y casi no tocó tierra. Lo devoró en un santiamén.
Puse el segundo -y último- trozo de carne en la plancha porque yo, también, tenía hambre.
Me miraba conservando las distancias, y en sus ojos creí entender que lo necesitaba más que yo. Hice de tripas corazón y se lo dí, estimando que podría parar en algún comedor más tarde, pero ese bicho lo precisaba realmente.
Subí al camión y preparé el mate para distraer mi apetito. Cuando escampó, puse en marcha el motor para continuar viaje y apareció nuevamente, moviendo la cola y ladrando, al lado de la puerta.
¡Me causó gracia!
Abrí la puerta y dije: ¡Arriba!
¡Pobrecito/a! Lo intentó pero no llegaba, rebotando en el estribo sin poder pasar del 2º escalón.
Se me ocurrió llevarlo hasta el próximo comedor para que pudiera subsistir.
Bajé y lo subí. Inmediatamente se acomodó en el piso del lado del acompañante. Y me miraba con ojitos temerosos.
Comprendí que era de las tantas "mascotas" que son abandonadas por los (¿)humanos(?) cuando crecen, más aun si son hembras.
Continué mi viaje y, en el primer comedor (unos 40 kilómetros) que encontré, paré.
Abrí la puerta y ordené: ¡Abajo!
¡¡¡Se pegó un porrazo al caer!!!, pero se fue a no se donde.
Pedí una tira de asado con ensalada de radicheta y ajo y lo devoré, un poco por hambre atrasada y otro poco porque estaba buenísimo.
Cuando salí, ni recordaba su existencia. Subí, puse en marcha y mientras esperaba que el motor tomara temperatura, apareció "a los gritos" y moviendo la cola hasta llegar a la puerta.
¿Como podía ser que si, mientras estuve en el comedor, habían partido otros vehículos, apareciera?
¿Lo habría intentado con todos, sin resultado?
Paré el motor. Se fue. Arrancaron otros y no apareció. Para mí era un encuentro casual y había terminado.
Puse en marcha nuevamente y la ví, ladrando desesperadamente, hasta llegar. Si en lugar de pelos hubiera tenido plumas en la cola, superaba la altura de los cóndores.
Se repitió la escena cuando abrí la puerta y dije ¡Arriba!. La tuve que ayudar.
Cuando llegué a mi casa la bajé y se acomodó bajo la mesa de la cocina.
No supe que hacer, pero creí (?) que me había adoptado y aunque no creo ser buena persona, tampoco me considero un hijueput.
Apelando a mi enorme capacidad para poner nombres originales, la bauticé Negra, y durante un tiempo convivimos sin inconvenientes, pero luego me "arrejunté" y...

¡Pero esa ya es otra historia!

Continúa en: La perra. Capítulo 2

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jueves, 10 de noviembre de 2011

Si me ves

Si me ves cansado fuera del sendero, ya casi sin fuerzas para hacer camino,
si me ves sintiendo que la vida es dura, porque ya no puedo, porque ya no sigo,
ven a recordarme cómo es un comienzo, ven a desafiarme con tu desafío,
muéveme en el alma, vuélveme al impulso, llévame a mi mismo.

Y yo sabré entonces encender mi lámpara en el tiempo oscuro, entre el viento frío.
Volveré a ser fuego desde brasas quietas, que alumbre y reviva mi andar peregrino.
Vuelve a susurrarme aquella consigna: la del primer paso para otro principio.
Muéstrame la garra que se necesita, para levantarse desde lo caído.

Si me ves cansado fuera del sendero, sin ver mas espacios que el de los abismos.
Trae a mi memoria que también hay puentes, que también hay alas que aun no hemos visto.
Que vamos armados de fe y de bravura, que seremos siempre lo que hemos creído.
Que somos guerreros de la vida plena, y todo nos guía hacia nuestro sitio.

Que un primer paso, y que un nuevo empeño, nos lleva a la forma de no ser vencidos.
Que el árbol se dobla, se agita, estremece, deshoja y retoña, pero queda erguido.
Que el único trecho que da el adelante, es aquel que cubre nuestro pie extendido.

Si me ves cansado fuera del sendero, solitario y triste, quebrado y herido.
Siéntate a mi lado, tómame las manos, entra por mis ojos hasta mi escondrijo.
Y dime ¡se puede! e insiste, ¡se puede!, hasta que yo entienda que puedo lo mismo.

Que tu voz despierte, desde tu certeza, al que de cansancio se quedó dormido.
Y, tal vez, si quieres, préstame tus brazos, para incorporarme, nuevo y decidido.
Que la unión es triunfo cuando hombro con hombro,... ¡vamos, sí se puede!, con el mismo brío.

Si me ves cansado fuera del sendero, lleva mi mirada hacia tu camino.
Hazme ver las huellas, que allá están marcadas, de un paso tras otro por donde has venido.
Y vendrá contigo una madrugada, la voz insistente para un nuevo inicio.
Y abriré otro rumbo porque si he creído, que siempre se puede... ¡se puede, mi amigo!

José Larralde

domingo, 6 de noviembre de 2011

Los vericuetos de la justicia (?)

De todos los oficios, el que más me repugna es el de los abogados. Se me hace cuesta arriba entender cómo es posible que todos los abogados no estén presos. Si este mundo fuera realmente justo, debería haber jaulas a la salida de la Universidad de Derecho. Cada vez que salga un jovencito recibido de abogado, con su toga ridícula y su diploma enrollado, habría que cerrar con llave la jaula y mandarlo al zoológico. Que me perdonen las focas.

La Justicia tiene un bache gigantesco, una tara de nacimiento, por la que le resulta imposible funcionar correctamente. Siempre, en un juicio, habrá un abogado que miente. Siempre habrá uno que sabe la verdad e intenta disfrazarla de otra cosa. Siempre habrá uno que, por dinero, tiene permitido mentir y falsear la realidad. Cuanto mejor sea un abogado en su oficio, más personas dirán de él: “qué hijo de puta”.

Y aquí nace el error de ciertos oficios, creo yo. Cuando el mejor en algo es, al mismo tiempo o por eso, el peor, tenemos un problema. Y si la base de la justicia humana recae en uno de estos oficios, si quienes dictan sentencia inapelable son los peores seres humanos de un grupo, entonces el problema es un problemón.

Hay únicamente dos clases de oficios en el mundo: los que ya existían cuando éramos inocentes, y los que no. En un mundo inocente habría payasos, putas, ebanistas, dibujantes y panaderos. Y no habría (por innecesarios) ni policías, ni abogados, ni árbitros de fútbol, ni políticos populistas. Aquéllos oficios, los nobles, están ligados a nuestras necesidades básicas; éstos, en cambio, surgieron por culpa de la degeneración, de la trampa y del caos. Los impuros son oficios que están aquí no desde siempre, sino desde que el mundo es una mierda.

Cuando éramos inocentes necesitábamos reír, comer, sentarnos, viajar, soñar y que nos chuparan la pija. Y por eso teníamos payasos, panaderos, carpinteros, caballos, músicos y putas. No hacía falta más. ¿Qué pasó entonces? Posiblemente ocurrió el primer conflicto. No sabemos cuál, pero podemos imaginarlo. El payaso hizo un chiste que ofendió al carpintero. O el panadero le vendió al músico medio kilo de pan diciendo que eran tres cuartos. O la puta no quiso acostarse con el caballo. Algo de eso.

Entonces nació el abogado: un tipo que debía decir quién tenía razón. Claro que, en los oficios nobles, cada actividad o servicio tuvo siempre una paga. ¿Cómo le pagaríamos al abogado por su trabajo? O mejor, ¿quién le pagaría? Se decidió entonces que el que más tenía más pagaba. No hubo tiempo para llamarle a esa práctica soborno, porque el que más pagaba eligió llamarlo Justicia.

Cada vez que veo o escucho a un abogado me da asco. No puedo evitarlo. Y me preocupa mucho ver de qué manera nos acostumbramos (por una cuestión cultural, por una cuestión de pereza mental) a no objetivizar la vida. Nos parece normal que todo sea así. A nadie le pone los pelos de punta saber que estamos en manos de unos tipos que cobran por mentir, que deciden si vamos presos o no, que deciden casi todo con argumentos rarísimos, con palabras inventadas, con leyes que no tienen sentido y que impulsaron sus abuelos, que también eran abogados o políticos (un político es un abogado más viejo).

Tengo la impresión de que hay un porcentaje mínimo del mundo que está enfermo. Gente ruin, equivocada y manipuladora. Pero lo que más me causa espanto es que el resto mira el circo casi desde la costumbre ancestral, casi desde la resignación, casi de acuerdo.

Los oficios ruines nacen y se reproducen en el seno de la gente ruin, con el objeto de salvar a la gente ruin. Los demás (la gente serena, la gente pobre; la gente) puebla el mundo con el secreto designio de cumplir una condena injusta.

El oficio de puta es necesario. Tanto, que es el primer oficio que se recuerde. El oficio de puta es noble y no le hace mal a nadie. El oficio de policía es innecesario, es post-degeneración, es turbio. Entonces, el policía se mete con la puta, la encarcela, la acosa, le dice chupame y te dejo ir. Nos parece normal.

El abogado defiende mejor al que mejor le paga. El árbitro le saca amarilla al delantero habilidoso que se tira en el área. El diputado sólo recuerda al votante rico y hunde al pobre en la rabia silenciosa. Nos parece normal.

Mi vida, desde el principio, estuvo ligada a la abogacía. Cuando yo era chico, todos me recomendaban ser abogado por dos razones. La única universidad que existía (y existe) en Mercedes forma estudiantes de derecho. Eso por una parte. Y por la otra, todo el mundo descubrió temprano que yo había nacido con la ambigua capacidad de engañar, de convencer a la gente sobre cualquier cosa.

Y tenían razón. Yo habría sido un gran abogado. El más hijo de puta de todos. El más respetado, el que más culpables ricos habría salvado de la cárcel, el que más inocentes pobres habría metido en prisión. Un gran abogado, sí señor. Una mierda de persona. Hasta tendría un chalet con pileta, un auto grandote.

Pero gracias a dios, para cada oficio espurio hay uno noble. Incluso si tu talento en la tierra es el de mentir. Yo por ejemplo elegí contar cuentos y decir públicamente barbaridades sin importacia. Si mi talento hubiera consistido en correr atrás de una pelota, tambien tendría una opción correcta y otra incorrecta: mediocampista o árbitro. Y así podríamos seguir toda la tarde: payaso o político, carpintero o banquero, primera dama o puta.

No sólo eso. He descubierto no hace mucho que mis amigos verdaderos, todos ellos (no son muchos) practican oficios nobles. No tengo un solo amigo que desarrolle una actividad post-degeneración. Ni uno. Y me siento feliz por esa casualidad no buscada.

Por eso, si algún lector de Orsai con oficio degenerado es habitual de estas páginas y ha llegado hasta aquí, debe saber que me da asco tener lectores espurios. Si tuviera lectores de esta clase, les pido que se vayan a otra parte, que no comenten, que nos dejen en paz. Es posible que el mundo esté lleno de gente de mierda, es posible que no podamos hacer nada para evitarlo; pero en mi casa, en mi vida, en mis historias, somos todos inocentes aunque se demuestre lo contrario.
Fuente: M’hijo el dotor

jueves, 3 de noviembre de 2011

Viajero del tiempo

[Aclaración necesaria: Woung (nacido a fines del siglo XXI) es al tataranieto de Casciari. Llega a él viajando a través del tiempo].

—No quiero saber qué va a pasar conmigo, no quiero saber qué va a pasar con las personas que quiero. No quiero que se te escape una sola palabra ambigua; no quiero pistas. Respetá mi vida, Woung, respetá la felicidad de este noviembre en donde nadie se me ha muerto, quiero seguir acá un tiempo, no quiero que la sombra de tus datos me tapen el solcito— le dije a mi tataranieto—, lo que yo quiero saber del futuro es lo superficial, el chusmerío; soy demasiado cagón para todo lo que importa.

Woung me miraba serio y asentía. Ponía la boca como en el momento antes de escupir la gárgara, como diciendo: usted tranquilo.
—A no ser —le digo, con cautela— que yo en el futuro sea un líder de la resistencia contra las máquinas inteligentes; en ese caso, si soy un héroe y tu generación me idolatra, contame todo.
—No, abuelo. Usted no es nada de eso.
—Mejor, porque estoy a favor de las máquinas. ¿Y ustedes qué? —le pregunto— ¿Vienen seguido acá al pasado, o es una moda nueva?
—Viene bastante gente a comprar porro, porque allá casi no hay. Pero así como yo, a visitar antepasados, muy poco. Es un viaje incómodo, y bastante caro.
—¿No hay porro en el futuro? —se me pone la piel de gallina.
—Como haber hay —me dice Woung—, lo que ya no existe es esa cosa tan linda de ustedes, de armarlo, de ver la hoja, de fumar echando humo. De eso no hay más.
—¿Y cómo fuman porro ustedes?
—Tenemos tarifa plana —me dice—. Pagamos por mes un precio fijo, y hay empresas que te dan el servicio, directo a la cabeza.
—¿Están todo el tiempo drogados?
—¡No! Bueno, la mayoría no. Yo ahora estoy desconectado, porque estamos hablando. Pero si quiero un poco, parpadeo tres veces y ya me sube. Es práctico.
—Más que práctico. ¡Es buenísimo! —le digo— No hay que ir a comprar, no hay que esconderse por ahí, nunca llevás nada encima…
—Y además no te hace falta fingir —me dice Woung—. Si estás drogado y se aparece tu vieja, parpadeás dos veces y ya estás pilas. El tiempo que haga falta.
—Qué maravilla, el futuro —le digo—. ¿Y cuánto sale por mes, la tarifa plana de porro?
—Hay varios precios. Yo tengo el servicio de Vodafone, que sale 11 minutos al mes.
—¿Once minutos?
—En el futuro no hay dinero —me dice Woung—. El valor más preciado es el tiempo. Todos nacemos ricos, digamos. Cada chico que nace, tiene unos cien años de crédito. Después crecés y vas gastando tiempo. ¿Querés comprarte una moto? Te cuesta seis meses. ¿Una casa? Un año y pico. Todo lo que comprás se te va debitando. Y todo lo que vendés, se te acumula.
—No entiendo.
—Imaginate que te vas con una puta —me dice Woung—. Una puta cobra 30 minutos un servicio completo. Cuando terminás de cogerte a la puta, vos tenés media hora menos de vida, y la puta media hora más. Es fácil.
—¿Y entonces quiénes son los ricos en el futuro?
—El concepto de riqueza varía según los intereses de cada quién. Por ejemplo, yo tengo 23 años, es decir, tengo un capital suficiente para tener siete coches, dos chalets, y darme la gran vida durante cinco años más y morir. O también tengo la posibilidad de vivir sin lujos hasta que cumpla los 80 ó los 90. Cada uno hace lo que quiere.
—¿Y la gente que suele hacer?
—Hay de todo. Los conchetos se mueren jóvenes —me dice Woung—. Yo soy del grupo que vive despacio para llegar más lejos. Hasta ahora, mi gasto más extravagante fue el de venir a verte. Este viaje me costó tres años. Es carísimo.
—¿Te vas a morir tres años antes por mi culpa?
—No, no se mide de esa manera… Digamos que voy a vivir lo que me quede con la alegría de haber hecho lo que tenía ganas de hacer.
—¿Y el trabajo, entonces? —quiero saber— ¿Cómo funciona, cuánto gana la gente en el futuro?
—La gente gana exactamente lo que trabaja —me dice Woung—. El que trabaja seis horas al día, gana seis horas al día. El que trabaja cuarenta horas a las semana, gana eso. Y se puede vivir sin trabajar, pero claro, vivís menos.
—Entonces el trabajo cualificado no cuenta —digo—. Un carpintero que tarda dos horas en hacer una silla, y un poeta que tarda dos horas en componer un poema ganan lo mismo.
—Exacto: cada uno gana dos horas.
—¿Pero si el poema es maravilloso?
—Esa es una gran tara de tu sociedad… Creer que un poema puede ser más maravilloso que una silla.
—¿Y los ladrones entonces, qué roban si no hay dinero?
—No hay ladrones —me dice Woung—, ni crímenes económicos. Sólo, cada tanto, algún crimen pasional.
—Entonces habrá cárceles.
—No. Hay multas. Te multan con los años exactos de la víctima. Si matás a un tipo de 35 años, esa es tu multa: 35 años. Muchas veces significa pena de muerte. Casi nadie mata a nadie. Tampoco hay suicidios. ¿Para qué vas a suicidarte, si podés comprarte lo que quieras con lo que te resta de tiempo y morir en la opulencia?
—¿Entonces no hay malos?
—¡Claro que hay malos! Los pesados, por ejemplo. Esa gente que te cruzás en la calle y se te pone a hablar y te hace perder el tiempo. Los densos. Ésa es la gran escoria de mi sociedad. Los que tardan mucho para contarte un chiste, los que te hacen esperar en el auto, los que te invitan a fiestas aburridas… El que te hace perder el tiempo sin disfrutarlo, ésos, son lo malos.
—¿Y la política, cómo funciona?
—Ya te dije, no hay ladrones.
—Pero me imagino que en cada país habrá un presidente, y que al presidente lo elegirán entre todos. Una democracia, algo así.
—Cuando acabamos con las enfermedades —me dice Woung—, y pudimos lograr que el mayor capital humano fuese la salud (es decir: el tiempo de sobrevida) acabamos también con el capitalismo y el comunismo. Acabamos con todo. Nadie tiene nada que otro pueda robar para su beneficio. Si matás a alguien, no te quedás con su tiempo extra. Entonces, ¿para qué matarlo? En el mismo sentido, ¿para qué necesitamos democracia y boludeces si todo está en orden siempre?
—Me emociona esto que me estás contando, Woung —le digo sinceramente—, pero tiene que haber grietas, tiene que haber fallos. Somos humanos, y estamos hechos para cagarlo todo y hacerlo mierda. ¿Dónde está el fallo?
—Los fallos también son una tara de tu sociedad, abuelo. Con el tiempo las cosas irán mejorando mucho. Te lo garantizo.

Woung se fue de casa casi de noche, y me dejó una sensación extraña de paz. Estaba claro que yo no llegaría a vivir de esa manera (fumo demasiado para tener esperanzas a largo plazo) pero quizás Nina, mi hija, sí pueda ver ese mundo en donde el capital humano más importante es el tiempo.

Parpadeé tres veces, no fuera cosa que el wifi de porro con tarifa plana durase todavía en el comedor de casa, pero no pasó nada. Entonces abrí la cajita feliz y me armé uno de los antiguos, de los que se enrollan con los dedos, de los que cuestan diez euros en la esquina. Y me senté en el sillón grandote a perder el tiempo.

Esta historia está inspirada en el comentario #164 del articulo “M’hijo el dotor” y es la conclusión del artículo anterior, llamado “Nunca le abras la puerta a un chino”.

Fuente: Tarifa plana de porro y otros avances

domingo, 30 de octubre de 2011

Pronósticos de Hernán Casciari

[Aclaración necesaria: Woung (nacido a fines del siglo XXI) es al tataranieto de Casciari. Llega a él viajando a través del tiempo].

Hace unos meses le supliqué a mi tataranieto Woung que no me dijera nada sobre mi vida en el futuro, y con buen tino cumplió mis deseos. Al irse de casa, me reveló algunos datos interesantes sobre cómo sería la vida del hombre a finales del siglo XXI, pero me dejó a medias con otros temas de interés. El viernes, al revisar el correo, vi un sobre extraño, demasiado moderno para mi gusto. Era una carta de Wuong, en la que me explica, con pelos y señales, cómo serán nuestros próximos veinte años.

2007
Tras la invasión norteamericana a Teherán (injustificada, según la ONU) el llamado Mundo Libre decide rebelarse ante los atropellos de Estados Unidos, boicoteando el consumo de sus productos, a excepción de la Cocacola y HBO.

Un científico alemán descubre un tipo de carne que, al ser dado a un perro con rabia, provoca que el animal continúe siendo doméstico y gracioso.

2008
Tras la invasión norteamericana al llamado Mundo Libre (según la ONU, injustificada), las cosas regresan a como estaban antes, a excepción del llamado Mundo Libre, que pasa a llamarse Mundo con Ciertas Libertades.
Parte en diciembre el KONECT III, primer cohete tripulado al planeta Marte, que estará once años en el espacio antes de tocar suelo marciano.

2009
El KONECT III estalla a los once días. Más tarde se sabe que habían dejado abierta la puertita que daba al baño.
Se descubre una vacuna que cura de todos las enfermedades del continente africano, pero es demasiado cara para sus habitantes. En cambio los finlandeses, que sí pueden pagarla, la usan para curarse la soriasis que les produce hablar por el móvil.
Parte en diciembre el KONECT IV, primer cohete tripulado al planeta Marte, que estará once años en el espacio antes de tocar suelo marciano. Un equipo especial de la NASA certifica que esté bien cerrada la puertita del baño.

2010
Una cadena británica filma el exacto momento en que Evo Morales, presidente de Bolivia, asciende a los cielos. El país andino pone a otro presidente con el mismo pulóver.
El feroz huracán Eduardo confirma todas las sospechas, y se convierte en el primer fenómeno meteorológico capaz de arrancar California de cuajo. La región entera es hallada por unos niños pescadores, 20 días más tarde, cerca de Filipinas.
Se suspenden por un año los Juegos Olímpicos de Vancouver porque a nadie le gusta el diseño de la mascota.

2011
Después de 23 temporadas, la serie Los Simpson comienza a dibujarse sola.
Macedonia, Bosnia y Serbia deciden formar un mismo país al descubrir que, cuando estaban juntas, ganaban más medallas en los Juegos Olímpicos. Pasan a llamarse Yugoslavia Hermanos. La ex Unión Soviética no quiere ser menos: se reunifica y se bautiza Rusia e Hijos. De todos modos, gana China con 113 medallas.
Un nuevo best-seller polémico induce a pensar que Jesucristo se llamaba en realidad Fabricio, padecía anorexia, y tenía un escroto más grande que el otro. El Vaticano compra los derechos cinematográficos y alienta a sus fieles a no consumir blasfemias.

2012
Antes de disolverse, la veterana ONG GreenPeace reconoce que no eran las fábricas las que producía la capa de ozono, sino las ballenas al copular.
Se descubre una pastilla que, si te la tomás, ya estás bañado.
Las selecciones de Argentina e Italia se disputan al hijo ilegítimo de Maradona (Diego Jr.), ofreciendo cada una diferentes ventajas por la nacionalización del crack. El Gobierno argentino le ofrece al jovencito la presidencia de la nación, mientras que el Gobierno italiano le regala “cualquier cosa que haya hecho Miguel Angel y esté en nuestro territorio”. Finalmente Diego Junior se nacionaliza colombiano, pero no dice a cambio de qué.
El KONECT IV deja de emitir señales.

2013
Una Universidad holandesa descubre que, debajo de algunos cuadros de Van Gogh, hay pinturas de Dalí.
Tras una conferencia de prensa, una clínica privada de Seúl informa al mundo que han clonado a un hombre en 2009 y ahora mostrarán al mundo los resultados. Aparece un niño de cinco años adorable, sano, limpio y educado al que el resto de la Humanidad llamará “The Clon”. Es el principio de la Gran Guerra del ‘22, pero nadie lo sabe.
Inglaterra se sube al euro con tan mala suerte que se resbala y se cae al dólar canadiense.

2014
La decadencia del Imperio Norteamericano se hace más evidente. Este año sólo producen doce largometrajes, cuatro medelos de Chevrolet, dos invasiones a países pobres, y un solo capítulo bueno de Lost.
Por primera vez en la historia, gana Eurovisión un participante mudo, gracias a una muy lograda coreografía.
El Banco Central de la República Argentina, por indicación del gobierno, congela los depósitos de los ahorristas utilizando nitrato líquido.
Una Universidad francesa descubre que, debajo de unas pinturas de Dalí que se habían hallado debajo de unos cuadros de Van Gogh, hay unas imágenes en jpg con señoritas desnudas.

2015
Un estudio indica que sólo los mayores de 50 años continúan utilizando el correo electrónico, dado que la juventud del mundo tiende a utilizar la telepatía (12%), o directamente no se comunican con nadie (82%).
Se suspende por primera vez un match de fútbol (ocurre en Brasil) a causa de la desconfiguración del árbitro. Al recomponerse el sistema, los archivos goles.bak están tan dañados que hay que empezar el partido de nuevo.
El KONECT IV (que había enmudecido tres años antes) vuelve a emitir señales. Sus tripulantes logran decir una frase que llega a la Tierra: “Esto es increíble!”, se escucha. Después de eso, otra vez el silencio.

2016
El profesor universitario José Luis Orihuela da de baja eCuaderno, el último blog que quedaba en el mundo.
Por primera vez en la historia, y tras largos años de investigación, un Hombre da a luz, después de tres años de gestación. Aparece ante el mundo un enorme bebé adorable, sano, limpio y educado al que el resto de la Humanidad llamará “The Man”. Es el principio de la Gran Guerra del ‘22, pero nadie lo sabe.
Comienza a emitir un canal de televisión vegetariano, que solamente pueden sintonizar los espectadores que no estén comiendo carne en ese momento.

2017
Un magnicidio terrorista en París, durante una cumbre del G8, mata a todos los presidentes de los países más ricos del mundo. Asumen el gobierno de cada nación sus viudas, quienes como primera medida de Gobierno deciden congelar a sus esposos hasta que los puedan resucitar.
Nokia saca a la venta un teléfono móvil con cama adentro.
Suecia se convierte en una sociedad perfecta al descubrir un antídoto contra el bostezo, la única enfermedad contagiosa que les faltaba curar.

2018
Una mortal epidemia de tifus se desata en las Islas Malvinas, y el gobierno británico decide devolverlas a su país de origen. La República Argentina se niega a aceptar el regalo, y se desata otra vez la Guerra de las Malvinas, pero al revés: el que pierde se las queda.
Fallece el papa Benedicto XVI y asume en su lugar el artista antes llamado Prince que, además de ser el primer papa americano, es también el primer papa negro, el primer papa sexy y el primer papa pop.
Por primera vez desde sus inicios, la final del Mundial de Fútbol “Chile 2018” se transmite vía holograma en 25 estadios de todo el mundo, en directo. Por algunos problemas en la emisión, algunos espectadores ven ganador a Brasil, y otros a Alemania.

2019
Tras ocho meses de sangrientas batallas australes, las Malvinas son otra vez argentinas.
El KONECT IV (que había enmudecido tres años antes) vuelve a emitir señales. Sus tripulantes logran decir otra frase que llega, nítida, a la Tierra: “Esto es cada vez más increíble!”, se escucha. Después de eso, otra vez el silencio.
El niño mundialmente conocido como “The Clon” cumple diez años de vida, y se celebran festejos en todo el planeta. El jovencito habla por primera y dice algo que nadie esperaba escuchar: “Debemos eliminar al Hombre”. Cunde el pánico en las ciudades de siempre: Nueva York, Tokio y Sidney.
Fernando Alonso se retira de la Fórmula Uno, pero su coche sigue compitiendo un año más con un maniquí adentro.

2020
El Papa Prince I hace la primera Misa de Gallo unplugged, que transmite en directo la MTVaticano.
Los laboratorios Roche sacan a la venta unas pastillas verdes que combaten el adulterio y no las compra nadie.
Los chinos se ponen de acuerdo para saltar todos juntos el mismo día, a la misma hora, y confirmar así si es verdad lo que dice la leyenda. Lo hacen el 22 de octubre a las 12 del mediodía, y aparecen todos en Australia once horas antes.

2021
La mañana del 12 de febrero el hemisferio norte despierta con la aterradora visión de una bola de fuego en el horizonte, que viene hacia la Tierra a una velocidad increíble. Se piensa en un meteorito pero, al caer y destruir Kansas, se descubre que se trataba del KONECT IV. Es el fin de la supremacía norteamericana en cualquier campo.
El niño mundialmente conocido como “The Man”, hijo de dos hombres y ninguna mujer, recibe su primera comunión, con una fiesta que se celebra en el mundo entero. Al decir sus primeras palabras en público, el planeta entero escucha de boca del niño: “Debemos eliminar al Clon”. En muchas ciudades comienza la caza al payaso, hasta que un nuevo comunicado soluciona el malentendido.
Miles de ordenadores en todo el mundo regresan a Windows 98.

2022
Los habitantes del planeta comienzan a dividirse entre defensores de Man, y defensores de Clon. Los niños (uno desde Londres, en otro desde Corea) se desafían y se lanzan mensajes de guerra a través del MSN. Hay tensión mundial.
Un chimpancé logra ganarle una partida de ajedrez a una computadora construida por un chileno.
Comienza la Tercera Guerra Mundial, conocida también como “la Gran Guerra del ‘22”, entre los Clon y los Man.

2023
Una bomba antitetánica destruye Nueva Zelanda.
Un atentado contra el niño Man mata a sus padres travestis, y el niño Man llora y patalea por la CNN.
Las viudas del G8 (esposas de los presidentes muertos en el ‘17) logran resucitar a sus maridos mediante un novedoso sistema médico, y los actualizan sobre la guerra que está teniendo lugar. Los maridos prefieren seguir congelados unos años, hasta que todo pase.
Los ejércitos de Clon parecen a punto de ganar la guerra, dado que sus soldados antes de morir se duplican. Pero los guerreros Man descubren que las copias son de baja calidad.

2024
Científicos de Barcelona descubren que si una persona estornuda al mismo tiempo que salta, destruye la ley de la gravedad. “Los humanos siempre estuvimos capacitados para volar”, dicen euforicos, “pero nos faltaba saber cómo”.

El Papa Prince intenta mediar entre el niño Clon y el niño Man. La cumbre ocurre en junio, en Ginebra, donde ambas criaturas firman un pacto de no agresión y establecen un alto el fuego. Los niños son dados en adopción.

El ser humano comienza a volar por sus propios medios. Quiebran las compañías aéreas, y se hacen poderosas las empresas que comercializan pomadas para las caídas.
2025
Tras la Gran Guerra, el planeta ha sido diezmado por las bombas antitetánicas y saqueado por los mismos inadaptados de siempre. Sólo quedan 19 países con gente adentro, y otros 26 que pueden ser recuperados para hacer sitios turísticos.

Se realiza el primer censo post guerra: sigue habiendo en el mundo más mujeres que hombres. Todos respiran aliviados.

Al no haber televisión, ni cines, ni espacios de entretenimientos, José Luis Orihuela abre otra vez su blog eCuaderno.
2026
Argentina se corona campeón del mundo en el Mundial de Fútbol 2026, que se disputa en Yugoslavia Hermanos.

Un chileno logra ganarle una partida de ajedrez a una computadora construida por un chimpancé. (Es el principio de la Gran Guerra del ‘37, pero todavía nadie lo sabe.)
Éste es el primer texto de una serie sobre el devenir del siglo XXI, que continuará en mayo de 2007 con “La persecución de las viejas y demás cuestiones”, y seguirá en mayo de 2008 con “La Última Gran Guerra del Hombre Chiquito”.
Fuente: La Gran Guerra del 22 y otros sucesos

sábado, 22 de octubre de 2011

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Texto original: Este

jueves, 20 de octubre de 2011

Las "locuras" de Hernán Casciari

El 12 de septiembre de 2098 Woung viajará por segunda vez en el tiempo. Siempre, desde chico, había querido conocer a su tatarabuelo, porque Woung también es escritor, un joven escritor de 23 años. Al llegar a esta época, Woung me deja un mensaje en el contestador: “Hola, estoy buscando a Hernán Casciari, mi nombre es Woung. Usted no me conoce pero yo sí… Quisiera verlo. Llámeme por favor”, y me da el número de un teléfono móvil.

—Será un lector de Orsai —me dice Cris, mientras le cambia los pañales a la Nina—, lo raro es que sepa el número del fijo. Esta gente generalmente te llama al móvil.
—Y ni siquiera.

Es cierto. Suelen contactarse lectores conmigo, para quedar a comer en el FreeWay o cosas por el estilo, pero siempre lo hacen por mail al principio, tímidamente. Nunca llaman a casa, nunca dicen “quisiera verlo”. Pero a mí me extrañaban más otros detalles:
—Lo raro también es el nombre —le digo—: nombre chino, acento argentino. Y además me trata de usted, pero tiene la voz de un pibe joven.

Como soy un poco miedoso con los desconocidos y un poco indiferente con los desvergonzados, no lo llamé un carajo. Entonces pasaron tres días y el lunes (ayer) sonó otra vez el teléfono. Esta vez yo estaba en casa jugando con la Nina.
—Hola, soy Woung, ¿está Hernán Casciari?
—Él habla.
—Necesitaría verlo —me dice—. Me vuelvo esta noche y solamente hice el viaje para conocerlo a usted. Si no le molesta paso por su casa en un rato.
—No sé si voy a poder atenderte, mi mujer no está y yo estoy con mi hija, y es un quilombo si viene gente…
—Mejor, mucho mejor —me dice—. También quiero ver a la bisabuela.
—¿A qué bisabuela?
—Yo le explico cuando nos veamos. Por favor, Hernán. Sería un rato nada más, unos mates, hablamos un poco y me voy.

Lo del mate me da una cierta tranquilidad.
—Bueno, qué sé yo, como quieras. Te paso la dirección, ¿tenés para anotar?
—Estoy acá cerca, en la Sagrada Familia, y la dirección me la sé de memoria desde la otra vez —me dice—. Ahora mismo le toco el timbre. Usted vaya poniendo el agua.

Casi no tuve tiempo de pensar cómo podía ser que tuviera mi dirección ‘desde la otra vez’. ¿Qué otra vez? No había pasado un minuto desde la conversación telefónica y ya estaba sonando el portero eléctrico. En vez de abrir desde adentro, como hago siempre, salí afuera para orejear la cara del invitado través de la puerta de la calle.

Lo que vi fue a un muchacho medio chino, oriental mezclado con cristiano, esa gente híbrida que hay ahora, esa gente moderna y cosmopolita. Bien vestido, eso sí, y con una media sonrisa gigante en la cara. Me estaba saludando con la mano.

Le abrí al puerta con un poco de miedo y me pegó un abrazo. Al verlo hacer dos gestos, el corazón me dio un salto: su cara me sonaba conocida, pero no recordaba de dónde. Me preocupaba sin embargo esa familiaridad, sobre todo cuando él estaba serio. En cambio cuando se reía era más chino que nunca, y eso me parecía mejor.

Después de los saludos en el rellano se metió en casa sin pedir permiso y se fue derecho al sofá donde estaba la Nina. Mi hija lo miraba sin miedo: cosa extraña en ella, que es muy fifí con los recién llegados. Suele ponerle mala cara a toda la gente nueva hasta que no le dan caramelos o pan. Pero al chino lo miraba feliz, como si fuera un juguete.
—Yo a usted no llegué a conocerlo —me dice Woung apretándole los cachetes a mi hija—, pero a Nina sí. A ella sí que la conozco, ¿cierto, Nina.

La Nina dice que sí con la cabeza. Es el colmo.
—¿De dónde la conocés a la Nina, del fotoblog? —le pregunto con algo de resquemor, como si de pronto supiera que no tendría que haberle abierto la puerta a ese hombre, al menos no con mi hija dentro.
—No, de ahí no —me dice—. Nina es mi bisabuela, por parte de madre.

Me recorre un frío por la espalda. Me dan miedo los locos, desde siempre les tengo fobia, porque nunca sé cómo hay que reaccionar ante su desdoblamiento. Hago un esfuerzo por entender de una manera lógica lo que ha dicho:
—¿Tu bisabuela también se llama Nina? ¿Eso me querés decir? —pregunto, y lo miro a los ojos, pidiéndole en silencio que no diga lo que sospecho que está a punto de decir.

Pero va y lo dice, un segundo después de que yo adivine lo que va a decir, él sonríe y lo dice:
—Nina es mi bisabuela, Hernán. Usted es mi tatarabuelo —se sienta en una silla, como si estuviera cansado, como si ya no importara nada más, y remata—: y yo vengo del futuro.

En la tele sin sonido hay dibujos animados que Nina observa sin pestañear. Todo lo demás en mi casa es silencio, y un chino loco que me mira.
—Venís del futuro —repito despacio, sin perder la calma, poniéndome entre el recién llegado y mi hija, midiendo la puerta, buscando con la vista algún tramontina para defenderme del ataque inminente del desquiciado.
—Del año 2098 —me dice—. Éste es el árbol, mírelo tranquilo.

Me pasa un pedazo de papel escrito a mano, con el dibujo de un árbol genealógico muy desprolijo, como si hubiera sido redactado durante un viaje en tren. Lleno de líneas, flechas y círculos que omito, el papel viene a decir algo así:
“Nina se casa con Fernando (un abogado uruguayo) y da a luz a Marc, en 2026. Marc se casa con Dai-ki, coreana, y tienen a los gemelos Yuan y Andreu en 2051. Yuan se casa con con un abogado argentino y nacen Li (2070), Lucas (2072) y Woung (2075).”

Del otro lado del papel hay un mapa para llegar a la Sagrada Familia, al Parque Güell y a otros centros turísticos de Barcelona. Le devuelvo el ‘arbol’ y lo miro a los ojos, sin gestos. Lo estoy estudiando lentamente.

A decir verdad, el chino no parece peligroso en un sentido físico. Quiero decir, no parece inquieto o desesperado por matarme. Toda su locura, por el momento, es verbal. Pero yo me he cruzado muchas veces con locos: sé que son paulatinos, sé que su alucinación va siempre increscendo, que nunca hay que confiar en la serenidad de sus manos. ¿Para qué mentir? Estoy cagado de miedo. Mi hija tiene un año y medio, hace solamente dieciocho meses que la tengo conmigo. Yo me he cruzado con locos muchas veces, y siempre supe defenderme, siempre supe moderar una situación con una dosis de sicología, o por lo menos supe salir disparando a tiempo. Pero ésta es la primera vez que estoy poniendo en peligro algo más importante que mi vida. Nina está ahí, en el sofá, con sus ojazos inocentes. Y yo estoy cagado de miedo.

Tiempo. Necesito hacer tiempo para saber cómo actuar, de qué modo sacarme de encima a este chiflado.
—No me cree —me dice el chino.
—¿Debería?
—En realidad, pensé que me iba a costar menos convencerlo, una vez que viera el árbol genealógico —me dice—… Yo leí una teoría suya, ¿se acuerda?, en la que usted dice que los extraterrestres no existen, que somos nosotros mismos en el futuro. Usted mismo ha escrito alguna vez eso.
—Suelo escribir muchísimas boludeces, demasiadas.
—Pero ésta era verdad —me alienta—. Déle, ¿por qué no se sienta y se relaja un poco? —me acerca una silla—. ¿Quiere que ponga el agua, que tomemos unos mates.

Entonces me decido por una estrategia y actúo.
—Podríamos hacer lo siguiente —le digo, con mucho tacto, fingiendo mirar el reloj con naturalidad—. Yo tendría que llevar a Nina a la guardería ahora mismo. Si querés nos encontramos en el bar de la esquina, en media hora. Me esperás ahí y charlamos. Toda la tarde, ¿qué te parece?
—No vas a venir —me dice, y entonces me tutea.
—¿A dónde? —me empiezan a temblar las piernas— ¿A dónde no voy a ir?
—Al bar. Te voy a esperar una hora, dos horas, y después llega un guarda civil y me pide los documentos. Vos estás en la casa de tus suegros. Me mandás a la policía por teléfono porque pensás que estoy loco, que quiero hacerte daño.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Era ésa exactamente mi idea, exactamente ésa, punto por punto.
—No, nada que ver… ¿Qué te hace pensar así? —le pregunto.
—Ésta es la segunda vez que vengo a verte. La primera me mandaste la policía. Yo te estaba esperando en el bar. Ahora ya aprendí, por eso te traje el árbol, para que me creas.
—¿Es tu segunda vez? —digo, sonriendo de pánico— ¿Esto es como “El día de la marmota”?
—Sí… Y vos sos Andy McDowell —me dice, y se ríe como un chino feliz—. Mirá. Vamos a hacer las cosas bien. Yo no pienso hacerte nada malo, ni a vos y ni a ella. ¿Cómo voy a hacerles algo malo si son mi sangre? Solamente vine para charlar un rato, para conocerte.
—Estás loco, hermano, no podés pedirme que te crea —le digo.
—En un minuto, justo en un minuto, va a llamarte tu mujer al móvil —me dice—. Preguntando si yo vine. Eso pasó la primera vez, y va a pasar ahora de nuevo. En cincuenta segundos, exactamente. Con ese dato te convenzo de que es cierto todo lo que digo. ¿Te convenzo con ese dato? Treinta segundos y suena el teléfono. ¿Con eso te quedás tranquilo.

No le respondo; me muerdo el labio. ¿Tranquilo, me quedo tranquilo con eso? Miro el móvil que está sobre la mesa. No sé qué quiero que pase. No sé si prefiero que no suene, y saber que estoy frente a un loco peligroso que sabe karate; o si prefiero que suene, que sea Cris la que llame, y entonces saber que el chino que sonríe es, realmente, mi tataranieto que ha llegado del futuro en una nave nodriza o algo así. No sé qué quiero.
—Veinte segundos —dice Woung—. Cuando llame tu esposa, decile que todavía estoy acá, que estamos charlando, que soy un lector de Orsai, que está todo bien. No la alarmes, es al pedo… Yo mientras voy a poner el agua para unos mates —me guiña un ojo y dice:—Diez segundos y suena. Tranqui.

Woung se levanta y se mete en la cocina. Me quedo quieto. Escucho el agua caer como una lluvia en el fondo de la pava, el fuego que se enciende, y su voz, la del chino, que dice muy despacio: “cinco segundos, y cuatro, y tres…” Todo parece un sueño.

Y entonces suena mi teléfono móvil. Es Cristina: quiere saber si vino el lector raro, si ya se fue, que cómo era, que qué quería.
—A la noche te cuento —le digo—. Estamos tomando mates acá en casa. Más tarde te llamo, la Nina está viendo la tele. Un beso.

Cuando cuelgo, Woung saca la cabeza por la puerta de la cocina, sonriendo con su sonrisa de chino, y me dice:
—Tomás con sacarina y un chorrito de limón, ¿no? Como toda la familia.
—Sí, Woung —le digo—, como lo toman ustedes.
Fuente: Nunca le abras la puerta a un chino