lunes, 1 de abril de 2013

El revólver - Opción 1.1

La alarma no funcionó, y vimos como se alejaban sintiendo impotencia, bronca y miedo.
Empezamos a caminar hacia la avenida que estaba a unas 10 cuadras por lo menos, mientras mirábamos en todas direcciones pensando en como salir de allí.
Hicimos señas a los pocos que pasaron, pero en lugar de parar aceleraban.
Llegamos a la avenida y tomando por ésta vimos a lo lejos un cartel de remisería.
Martín se venía quejando de las piedritas que pisaba, pero cuando vimos el cartel pareció que ya no le importaba y quedó en silencio apurando el paso.
En la puerta había un cartelito indicando "Solo clientes con código", pero me tiré el lance y toqué timbre.
Desde la trastienda apareció un tipo que, sin abrir, dijo:
- ¿Que quieren?

Le expliqué lo que nos había pasado y si nos podía llevar a la comisaría para hacer la denuncia...
- ¿Tenés código?
- No, pero se trata de una emergencia.
- ¿Sabés leer? Dice bien clarito solo con código; y tómenselas porque llamo a la policía.
- ¡Andate a la puta madre que te paríó, infeliz de mierda! Llamá también a tu mamá para que te proteja, ¡cagón!

El tipo dio media vuelta, agarró el teléfono, marcó y aparentemente hablaba con la policía.
Martín preguntó en voz baja:
- ¿Porqué lo insultaste? A ver si sale con un palo...
- Lo insulté porque se lo merecía. Una cosa es que tome precauciones y otra muy distinta ser ignorante. Un tipo que trabaja de noche tiene que aprender los códigos de la calle y este tipo es de los que ven un accidente y se van para no tener que complicarse, no brindan pistas a los que pueden resolver el caso, ni llaman a emergencias.

Seguimos caminando por la avenida y a lo lejos notamos las luces parpadeantes de un patrullero que venía hacia nuestro lado. Apuré el paso a su encuentro, lo paré y le expliqué.
Después de 20 minutos pasando datos por radio, propuso:
- Vamos a dar una vuelta por donde se fueron, a ver si los vemos.
- Vea oficial... Esto pasó hace por lo menos una hora y los chorros deben estar por lo menos a 40 Kilómetros de acá en cualquier dirección. Mejor vayamos a la comisaría a hacer la denuncia y no perdamos tiempo.

Pidió permiso a la seccional por su radio y nos llevó, dejándonos en la puerta.
Una oficial estaba tras un mostrador y nos dio las buenas noches.
Hicimos la denuncia y tuvo el buen gesto de llamarnos un remís desde allí mismo.
No escuché que le pidieran código alguno, pero a los pocos minutos lo teníamos en la puerta y nos fuimos a casa.
Del auto nunca más tuve más noticias, por lo que presumo que terminó en un desarmadero o desmantelado en la calle.


FIN


El revólver - Opción 2

Aminoré la marcha y a baja velocidad miré en ambas direcciones y crucé en rojo, lamentando no haber respetado la opinión de Martín. Ni bien cruzamos, dijo:
- ¿Viste a los tipos atrás del árbol?
- No.
- No se trata de “portación de cara”, sino de su actitud. Escondidos a la sombra y a esta hora no será para nada bueno, pensé que los habías visto y por eso cruzaste en rojo.
- No los vi, porque para cruzar en rojo tomo las precauciones que corresponden, Martín. Una cosa es violar un semáforo y otra estrellarse contra uno que cruce, como un boludo.
- ¡Que lo parió!
- ¿Qué pasa?
- Me acabo de dar cuenta que si yo hubiera estado manejando hubiera parado atento al semáforo, pero no hubiera mirado en la vereda atrás del árbol, y lo pude hacer porque estoy de acompañante.
- ¿Te parecieron sospechosos?
- Más que sospechosos, te diría que con el 90% de posibilidades que si parábamos nos asaltaban.
- ¿Qué hacemos?
- ¿Qué hacemos?, ¡respirar aliviados que nos salvamos!
- ¿Y si alguno para?
- ¡Que se yo, no es cosa mía!
- Sí que es cosa tuya, Martín, recién dijiste que si fueras vos el que manejabas hubieras respetado el semáforo. El que para es un Martín, o sea uno igual que vos.

Mientras hablábamos, había tomado por la lateral y al llegar a la esquina tomé por la paralela, hasta salir nuevamente, tres cuadras antes de la esquina peligrosa a la calle inicial.
- ¿Qué hacés, boludo?, te estás metiendo otra vez en la boca del lobo.
- Tranquilo Martín, quiero mirar y que mires bien todos los detalles que se puedan.
- ¡¡Estás loco, estás loco!! Dejate de joder y no pasemos de nuevo.
- Abrí bien los ojos, Martín, aprovechá que no tenés que estar atento al camino y grabate todos los detalles: vestimenta, actitud y el nombre de la calle que cruza, que tenés mejor memoria que yo.
- ¡La puta que te parió!... ¡¡Estás loco, estás loco!!

Llegamos a la esquina y repetí el cruce en rojo, pero también miré hacia donde Martín había dicho. Alcancé a distinguir a uno con ropa oscura y gorrita de visera roja.
- ¡Ya está, ¿te diste el gusto?! Estoy cagado en las patas…
- También tengo miedo, Martín, pero no perdamos la calma.

Mientras tanto ya tenía el teléfono móvil con el 911 marcado, y solo oprimí “send”.
(Aclaro para los lectores que, en Argentina y otros países, el 911 es el teléfono de Emergencias).
- Emergencias policiales –dijo una voz femenina- ¿Cuál es su emergencia?
- No es una emergencia, pero en la esquina de Venezuela y Marconi hay tres individuos sospechosos.
- ¿De que localidad me habla? ¿Me puede dar su nombre, señor?
- Disculpe, Venezuela y Marconi en Quilmes. Mi nombre es Esteban Kito, kito con K.
- ¿Cuál es la emergencia?
- Aparentemente hay tres individuos esperando que un automovilista se detenga en el semáforo para asaltarlo. ¿Puede mandar un patrullero a verificar?
- Corto con usted y envío su pedido, señor.
- Gracias y buenas noches.

Opciones:

1)=> No aparece patrullero ni móvil policial alguno.

2)=> Llegan varios patrulleros con las balizas prendidas.


El revólver - Opción 1

(Viene de El revólver - Cuento interactivo )

Paramos en el semáforo y no se veía un alma.
De pronto, como surgidos de la nada, teníamos tres tipos que nos encañonaban. Uno parado frente al motor, tenía un revólver tomado con las dos manos como se ve en las series yanquis, apuntándome a la cabeza; otro me apuntaba desde el vidrio a la izquierda y dijo:
- Abrí la puerta y no te muevas hijo de puta, o te quemo.

Levanté las manos y destrabé el picaporte. La puerta se abrió de un tirón y, golpeándome con el cañón del arma exigió:
- Bajate y dame la plata y la campera, y ¡no te hagas el boludo porque te cago a corchazos!

Mientras le daba la billetera me tironeaba la campera para sacármela, pero alcancé a escuchar un ruido como de vidrios rotos. Me volví y alcance a escuchar que el tercer individuo le gritaba a Martín:
- ¡Sos boludo vos, sos boludo! ¡o querés morirte!...

En voz alta, para que escuchara Martín, pero también los otros, dije:
- Tranquilo amigo, tranquilo, no hay resistencia. Cuando hay que perder se pierde y nosotros perdimos…
- Dale, dale, dale, dale –apuró uno de ellos-.

Se subieron al auto y salieron acelerando.
Solo atiné a pulsar el control de alarma sin siquiera sacarlo del bolsillo, lamentándome no haberlo probado nunca y rogando que tuviera efecto porque ya estaban a unos 40 metros.

Escuché que Martín decía:
- ¿Por qué no aceleraste?
- ¿Con uno parado delante del auto?
- ¡Lo hubieras pisado!
- Nos hubieran metido 30 tiros.

Recién entonces noté que Martín estaba descalzo, que había vidrios en el suelo y que tenía sangre en la cara.
- ¿Qué paso? –pregunté-.
- Rompió el vidrio el hijueputa y me golpeó con el revólver.
- Estate preparado –le dije-, pulsé la alarma y si funcionó se les va a quedar en un par de cuadras, y estos están tan drogados que en lugar de rajar son capaces de venir a buscarnos.

Opciones:

1) => La alarma no se activó a tiempo.

2) => La alarma funcionó y el auto se detiene.


El revólver - Cuento interactivo

El revólver

- Martín, le dije, no estamos viviendo bien y la inseguridad reina, se hace notar y no es, como les gusta decir a los políticos y pseudos periodistas, una sensación.
¿Sensación?... ¡Las pelotas!
A cada rato te enterás por la tele que desvalijaron o mataron a alguno, y lo peor es que es solo una muestra de lo cotidiano.
Todas las casas tienen rejas, salís mirando hacia todos lados, no transitás por zonas calientes ¿y todo porqué? Porque no tenés quien te defienda, y la policía siempre llega tarde, no por su culpa solamente, sino porque no funciona el sistema.
Hoy no podemos tomar mate en la puerta, porque vienen dos guachos, sacan un fierro, se meten en tu casa de prepo y no sabés como termina la historia. Te afanan todo, violan a tu mujer y tu hija y, si tenés suerte, por ahí te la ponen a vos también.
- Y, sí, el gobierno no se ocupa.
- Los legalistas acatan, sin revisar si lo normado es correcto o no; y así podemos ver a quien para en un semáforo de los suburbios, a las tres de la mañana y luego aparece en el noticiero sensacionalista contando sus peripecias.
- Los semáforos son para respetarlos, y si están ahí es por algo.
- Están ahí porque un funcionario ignorante y pelotudo los hizo instalar.
-No, el que lo puso sabe más que vos, ¿o pensás que te las sabés todas?

Estábamos en un callejón sin salida y aproveché la oportunidad, me desvié del camino y pasé por un barrio bastante “pesado”, buscando un semáforo que conocía. Cuando estábamos a unos 300 metros estaba en verde, y le dije:
- Ese semáforo se va a poner en rojo cuando estemos llegando y me obliga a violarlo…
- Lo vas a violar porque sos transgresor, no porque “te obligue”…
- ¿Querés que pare?
- El que maneja sos vos pero a mí no me gusta.
- ¿Querés que pare?

Opciones:

1) => Parar en el semáforo, respetando la postura de mi amigo, aunque el volante está en mis manos.

2) => Pasarlo en rojo, sin tenerlo en cuenta, aplicando mis conocimientos.

ELEGIR UNA OPCIÓN

miércoles, 20 de marzo de 2013

PÁGINA EN
CONTRUCCIÓN

(continuará en breve, si lo piden en "Comentarios".).


miércoles, 30 de enero de 2013

Eludiendo a la parca

-Te vi'a contar un cuento, para que se lo repitás a algún amigo cuando éste ande en la mala.
Cebé con más lentitud. Mi padrino comenzó el relato:
"Esto era en tiempo de Nuestro Señor Jesucristo y sus Apóstoles."
Quedé un rato a la espera. Don Segundo no se dejaba caer, así, en un reino de ficción. Ibamos a vivir en el hilo de un relato. Saldríamos de una parte a otra. ¿De dónde y para dónde?
"Nuestro Señor, que según dicen jue el creador de la bondá, sabía andar de pueblo en pueblo y de rancho en rancho, por Tierra Santa, enseñando el Evangelio y curando con palabras. En estos viajes, lo llevaba de asistente a San Pedro, al que lo quería mucho, por creyente y servicial.
"Cuentan que en uno de esos viajes, que por demás veces eran duros como los del resero, como jueran por llegar a un pueblo, a la mula en que iba Nuestro Señor se le perdió una herradura y dentró a manquiar.
"-Fijáte -le dijo Nuestro Señor a San Pedro- si no ves una herrería, que ya estamos dentrando al poblao.
"San Pedro, que iba mirando con atención, divisó un rancho viejo de paredes rajadas, que tenía encima de una puerta un letrero que decía: «ERRERíA». Sobre el pucho, se lo contó al Maistro y pararon delante del corralón.
"-¡Ave María! -gritaron. Y junto con un cuzquito ladrador, salió un anciano harapiento que los convidó a pasar.
"-Güenas tardes -dijo Nuestro Señor-. ¿Podría herrar mi mula que ha perdido la herradura de una mano?
"-Apiensén y pasen adelante -contestó el viejo-. Voy a ver si puedo servirlos.
"Cuando, ya en la pieza, se acomodaron sobre unas sillas de patas quebradas y torcidas, Nuestro Señor le preguntó al herrero:
"-¿Y cuál es tu nombre?
-Me llaman Miseria -respondió el viejo, y se jue a buscar lo necesario pa servir a los forasteros.
"Con mucha pacencia anduvo este servidor de Dios, olfateando en sus cajones y sus bolsas, sin hallar nada. Acobardao iba a golverse pa pedir disculpa a los que estaban esperando, cuando regolviendo con la bota un montón de basuras y desperdicios, vido una argolla de plata grandota.
"-¿Qué haceh'aquí vos? -le dijo, y recogiéndola se jue pa donde estaba la fragua, prendió el juego, reditió la argolla, hizo a martillo una herradura y se la puso a la mulita de Nuestro Señor. ¡Viejo sagaz y ladino!
-¿Cuánto te debemos, güen hombre? -preguntó Nuestro Señor.
"Miseria lo miró bien de arriba abajo y, cuando concluyó de filiarlo, le dijo:
"-Por lo que veo, ustedes son tan pobres como yo. ¿Qué diantre les vi'a cobrar? Vayan en paz por el mundo, que algún día tal vez Dios me lo tenga en cuenta.
"-Así sea -dijo Nuestro Señor y, después de haberse despedido, montaron los forasteros en sus mulas y salieron al sobrepaso.
"Cuando iban ya retiraditos, le dice a Jesús este San Pedro, que debía ser medio lerdo:
"-Verdá, Señor, que somos desagradecidos. Este pobre hombre nos ha herrao la mula con una herradura'e plata, no noh'a cobrao nada por más que es repobre, y nohotros nos vamos sin darle siquiera una prenda de amistá.
"-Decís bien -contestó Nuestro Señor-. Volvamos hasta su casa pa concederle tres Gracias, que él eligirá a su gusto.
"Cuando Miseria los vido llegar de güelta creyó que se había desprendido la herradura y los hizo pasar como endenantes. Nuestro Señor le dijo a qué venían y el hombre lo miró de soslayo, medio con ganitas de rairse, medio con ganitas de disparar.
"-Pensá bien -dijo Nuestro Señor- antes de hacer tu pedido.
"San Pedro, que se había acomodado atrás de Miseria, le sopló:
"-Pedí el Paraíso.
"Cayáte, viejo -le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor:
"Quiero que el que se siente en mi silla, no se pueda levantar della sin mi permiso.
"Concedido -dijo Nuestro Señor-. ¿A ver la segunda Gracia? Pensala con cuidado.
"-¡Pedí el Paraíso, porfiao! -le sopló de atrás San Pedro.
"-Cayáte, viejo metido -le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor:
"-Quiero que el que suba a mis nogales, no se pueda bajar dellos sin mi permiso.
"-Concedido -dijo Nuestro Señor-. Y aura, la tercera y última Gracia. No te apurés.
"-¡Pedí el Paraíso, porfiao! -le sopló de atrás San Pedro.
"-¿Te querés callar, viejo idiota? -le contestó Miseria enojao, pa después decirle a Nuestro Señor:
"-Quiero que el que se meta en mi tabaquera no pueda salir sin mi permiso.
-"Concedido -dijo Nuestro Señor, y después de despedirse, se jueron.
"Ni bien Miseria quedó solo, comenzó a cavilar y, poco a poco, jue dentrándole rabia de no haber sabido sacar más ventaja de las tres Gracias concedidas.
-"También, seré sonso -gritó, tirando contra el suelo el chambergo-. Lo que es, si aurita mesmo se presentara el demonio, le daría mi alma con tal de poderle pedir veinte años de vida y plata a discreción.
"En ese mesmo momento, se presentó a la puerta'el rancho un caballero que le dijo:
"-Si querés, Miseria, yo te puedo presentar un contrato, dándote lo que pedís-. Y ya sacó un rollo de papel con escrituras y numeritos, lo más bien acondicionado, que traiba en el bolsillo. Y allí las leyeron juntos a las letras y, estando conformes en el trato, firmaron los dos con mucho pulso, arriba de un sello que traiba el rollo."
-¡Reventó la yegua el lazo! -comenté.
-Aura verás, dejáte estar callao para aprender cómo sigue el cuento.
Miramos alrededor la noche como para no perder contacto con nuestra existencia actual, y mi padrino prosiguió:
"Ni bien el Diablo se jue y Miseria quedó solo, tantió la bolsa de oro que le había dejao Mandinga, se miró en el bañadero de los patos, donde vido que estaba mozo, y se jue al pueblo pa comprar ropa, pidió pieza en la fonda como señor, y durmió esa noche contento.
"¡Amigo! Había de ver cómo cambió la vida d'este hombre. Terció con príncipes y gobernadores y alcaldes, jugaba como nenguno en las carreras, viajó por todo el mundo, tuvo trato con hijas de reyes y marqueses...
"Pero, bien dicen que pronto se pasan los años cuando se emplean de este modo, de suerte que se cumplió el año vigésimo y en un momento casual en que Miseria había venido a rairse de su rancho, se presentó el Diablo con el nombre de caballero Lilí, como vez pasada, y peló el contrato pa exigir que se le pagara lo convenido.
"Miseria, que era hombre honrao, aunque medio tristón le dijo a Lilí que lo esperara, que iba a lavarse y ponerse güena ropa pa presentarse al Infierno, como era debido. Así lo hizo, pensando que al fin todo lazo se corta y que su felicidá había terminao.
"Al golver lo halló a Lilí sentao en su silla aguardando, con pacencia.
"-Ya estoy acomodao -le dijo-, ¿vamos yendo?
"-¡Cómo hemos de irnos -contestó Lilí- si estoy pegao con esta silla como por encanto!
"Miseria se acordó de las virtudes que le había concedido el hombre'e la mula y le dentró una risa tremenda.
"-¡Enderezáte, pues, maula, si sos diablo! -le dijo a Lilí.
"Al ñudo éste hizo bellaquear la silla. No pudo alzarse ni un chiquito y sudaba, mirándolo a Miseria.
"-Entonces -le dijo el que fue herrero-, si querés dirte, firmáme otros veinte años de vida y plata a discreción.
"El demonio hizo lo que le pedía Miseria, y éste le dio permiso pa que se juera.
"Otra vez el viejo, remozado y platudo, se golvió a correr mundo: terció con príncipes y manates, gastó plata como naides, tuvo trato con hijas de reyes y de comerciantes juertes ...
"Pero los años, pa'l que se divierte, juyen pronto, de suerte que, cumplido el vigésimo, Miseria quiso dar fin cabal a su palabra y rumbió al pago de su herrería.
"A todo esto Lilí, que era medio lenguarás y alcahuete, había contao en los infiernos el encanto'e la silla.
"-Hay que andar con ojo alerta -había dicho Lucifer-. Ese viejo está protegido y es ladino. Dos serán los que lo van a buscar al fin del trato.
"Por esto jue que al apiarse en el rancho, Miseria vido que lo estaban esperando dos hombres, y uno de ellos era Lilí.
"Pasen adelante; sientensén -les dijo-, mientras yo me lavo y me visto pa dentrar al Infierno, como es debido.
"-Yo no me siento -dijo Lilí.
"-Como quieran. Pueden pasar al patio y bajar unas nueces, que seguramente serán las mejores que habrán comido en su vida'e diablos.
"Lilí no quiso saber nada; pero, cuando se hallaron solos, su compañero le dijo que iba a dar una güelta por debajo de los nogales, a ver si podía recoger del suelo alguna nuez caída y probarla. Al rato no más golvió, diciendo que había hallao una yuntita y que, en comiéndolas, naide podía negar que jueran las más ricas del mundo.
"Juntos se jueron p'adentro y comenzaron a buscar sin hallar nada.
"Pa esto, al diablo amigo de Lilí se le había calentao la boca y dijo que se iba a subir a la planta, pa seguir pegándole al manjar. Lilí le advirtió que había que desconfiar, pero el goloso no hizo caso y subió a los árboles, donde comenzó a tragar sin descanso, diciéndole de tiempo en tiempo:
"-Cha que son güenas! ¡Cha que son güenas!
"-Tiráme unas cuantas -le gritó Lilí, de abajo.
"-Allí va una -dijo el de arriba.
"-Tiráme otras cuantas -golvió a pedirle Lilí, no bien se comió la primera.
"-Estoy muy ocupao -le contestó el tragón-. Si querés más, subíte al árbol.
"Lilí, después de cavilar un rato, se subió.
"Cuando Miseria salió de la pieza y vido a los dos diablos en el nogal, le dentró una risa tremenda.
"-Aquí estoy a su mandao -les gritó-. Vamos cuando ustedes gusten.
"-Es que no nos podemoh'abajar -le contestaron los diablos, que estaban como pegaos a las ramas.
"-Lindo -les dijo Miseria-. Entonces firmenmén otra vez el contrato, dándome otros veinte años de vida y plata a discreción.
"Los diablos hicieron lo que Miseria les pedía y éste les dio permiso pa que bajaran.
"Miseria golvió a correr mundo y terció con gente copetuda y tiró plata y tuvo amores con damas de primera.
"Pero los años dentraron a disparar, como denantes, de suerte que -al llegar al año vigésimo, Miseria, queriendo dar pago a su deuda se acordó de la herrería en que había sufrido.
"A todo esto, los diablos en el infierno le habían contao a Lucifer lo sucedido y éste, enojadazo, les había dicho:
"-¡Canejo! ¿No les previne de que anduvieran con esmero, porque ese hombre era por demás ladino? Esta güelta que viene, vamoh'a dir toditos a ver si se nos escapa.
"Por esto jue que Miseria, al llegar a su rancho, vido más gente riunida que en una jugada'e taba. Pero esa gente, acomodada como un ejército, parecía estar a la orden de un mandón con corona. Miseria pensó que el mesmito Infierno se había mudado a su casa, y llegó, mirando como pato el arriador, a esa pueblada de diablos. "Si escapo d'ésta -se dijo- en fija que ya nunca la pierdo." Pero haciéndose el muy templao, preguntó a aquella gente:
"-¿Quieren hablar conmigo?
"-Sí -contestó juerte el de la corona.
"-A usté -le retrucó Miseria- no le he firmao contrato nenguno, pa que venga tomando velas en este entierro.
"-Pero me vah'a seguir -gritó el coronao-, por que yo soy el Ray de loh'Infiernos.
-¿Y quién me da el certificao? -alegó Miseria-. Si usté es lo que dice, ha de poder hacer de fijo que todos los diablos dentren en su cuerpo y golverse una hormiga.
"Otro hubiera desconfiao, pero dicen que a los malos los sabe perder la rabia y el orgullo, de modo que Lucifer, ciego de juror, dio un grito y en el momento mesmo se pasó a la forma de una hormiga, que llevaba adentro a todos los demonios del Infierno.
"Sin dilación, Miseria agarró el bichito que caminaba sobre los ladrillos del piso, lo metió en su tabaquera, se jue a la herrería, la colocó sobre el yunque y, con un martillo, se arrastró a pegarle con todita el alma, hasta que la camiseta se le empapó de sudor.
"Entonces, se refrescó, se mudó y salió a pasiar por el pueblo.
"¡Bien haiga, viejito sagás! Todos los días, colocaba la tabaquera sobre el yunque y le pegaba tamaña paliza, hasta empapar la camiseta pa después salir a pasiar por el pueblo.
"Y así se jueron los años.
"Y resultó que ya en el pueblo no hubo peleas, ni plaitos ni alegaciones. Los maridos no las castigaban a las mujeres, ni las madres a los chicos. Tíos, primos y entenaos se entendían como Dios manda; no salía la viuda, ni el chancho; no se veían luces malas y los enfermos sanaron todos; los viejos no acababan de morirse y hasta los perros jueron virtuosos. Los vecinos se entendían bien, los baguales no corcoviaban más que de alegría y todo andaba como reló de rico. Qué, si ni había que baldiar los pozos porque toda agua era güena."
-¡Ahahá! -apoyé alegremente.
-Sí -arguyó mi padrino-, no te me andéh'apurando.
"Ansina como no hay caminos sin repechos, no hay suerte sin desgracias, y vino a suceder que abogaos, procuradores, jueces de paz, curanderos, médicos y todos los que son autoridá y viven de la desgracia y vicios de la gente, comenzaron a ponerse chacones de hambre y jueron muriendo.

Fuente: Don Segundo Sombra - Cap. XXI 


sábado, 1 de diciembre de 2012

En carrera


La primera nota que hice en mi vida fue al dictador Juan Carlos Onganía. No fue una nota propiamente dicha, en realidad. Yo estaba en sexto grado y colaboraba en el periódico mural El Hornero, en mi colegio. Se me ocurrió mandarle una carta al presidente (no tenía muy en claro el asunto de las dictaduras y las democracias en aquel momento, ni en mi casa ni en mi escuela se hablaba de política). Se me ocurrió “hacerle una nota” al presidente. Entonces le escribí una carta, pidiéndole puntualmente que recuperara las Islas Malvinas.

Era una carta muy encendida. Me contestó al poco tiempo su secretario privado, algo más bien de rigor, felicitándome por mi vocación periodística, diciéndome en nombre del presidente que las Malvinas eran argentinas y detallándome una serie de tratativas diplomáticas. Llevé la carta con el membrete presidencial, de un papel color marfil, grueso y tramado, al colegio. Se la mostré a la maestra encargada del periódico mural y, naturalmente, fue colgada en el corcho gigante que era El Hornero. Fue muy comentada ese año.

Vaya, cómo son las cosas: antes de que me llegara hace instantes este recuerdo lejano, estuve a punto de empezar esta nota diciendo que yo no quería ser periodista cuando estaba en edad de pensar qué quería ser, en 1976. Pero algo de mi vocación periodística le debo haber escrito a Onganía, ya que en la respuesta se me felicitaba por ello. Y ahora que ato cabos, pienso que es curioso que planteara esa nota, a los once años, no con una lista de preguntas, sino con una rudimentaria fundamentación histórica y un reclamo.

Años después fue otra carta, ya con 19 años, al Expreso Imaginario, lo que me permitió llegar a la primera redacción “real” de mi vida. Antes había conocido otras en las que chicos y chicas trabajaban fervorosamente en distintas revistas alternativas que hacíamos a mano, fotocopiadas, con las hojas abrochadas por nosotros, y que vendíamos por la calle Corrientes. Jorge Dorio se acuerda. Pero ni cuando me acerqué a esas redacciones contraculturales que en plena dictadura hablaban de rock y de poesía, ni cuando llegué al Expreso, ni cuando ingresé un par de años después a Humor Registrado como correctora, estaba en mi cabeza convertirme en periodista y mucho menos pensaba mi trabajo en términos de “medios de comunicación”. Estábamos muy lejos de lo masivo, muy lejos del poder, muy lejos de los cócteles, de la academia y de la carrera de Comunicación, que no existía todavía. Era otro circuito, ocupado por una generación que no podía hacer política. Ninguno de nosotros hubiese aceptado una oportunidad para ingresar a Somos o a Gente, que eran las revistas de moda. Eramos de otro palo. No teníamos el periodismo en la cabeza. Pero sí la comunicación, que es algo más complejo y más amplio.

Probablemente los que empezamos por ahí, por los márgenes, no nos sentíamos atraídos por el periodismo porque por periodismo no se entendía nada, hacia finales de los ’70, que se vinculara de alguna manera, aunque fuera vaga, con el pensamiento crítico, ni con la transgresión. En tanto que en las revistas contraculturales, como en el Expreso Imaginario y en Humor, sí lo había. Eran líneas editoriales que nadaban a contracorriente, junto a otras pocas publicaciones, como después fue El Porteño, que nunca alcanzaban el equivalente a un punto de rating televisivo.

Quizá por eso nuestro propio pensamiento crítico incluyó desde el principio a los grandes medios de comunicación. Desde entonces nuestro trabajo en esos medios pequeños incluyó la mirada crítica y alerta sobre los grandes medios, y fuimos testigos generacionales de la imbricación entre el poder y los grandes medios que condujo a la crisis de 2001. Lo vimos, lo escribimos, lo publicamos.

Hay muchos disparadores de deseo con relación al periodismo. Hay quienes se acercan al periodismo de investigación por su ánimo de pesquisa, quienes profesionalizan su curiosidad, quienes quieren satisfacerse el ego, quienes divulgan saberes complejos, en fin, hay mil maneras de ser periodista, y serlo no lo hace a uno bueno ni malo. En lo personal, el gran impulso que me acercó al periodismo fue el de la adolescencia, el deseo de comunicación. Siempre he asociado ese deseo más a la señal de humo que al spot televisivo. Queríamos comunicarnos entre nosotros en una época en la que estaban cortados todos los puentes y las vías de acceso a los otros.

Después, ya en democracia, nació este diario, y hace ya veinticinco años que es éste el soporte que me elige y que elijo, en ese intercambio necesario entre empresas de prensa y periodistas: un medio cuya línea editorial se asemejó mucho, durante más de dos décadas, a lo que yo quería decir. Sé que eso ha sido importante y que muchos no han tenido ni tienen la suerte de trabajar en un medio que les permita expandirse.

Por último, después de treinta y tres años de carrera periodística, sigo pensando que el motor que me sigue impulsando a hacer este trabajo es el deseo de entender la realidad del modo en el que lo hacen muchos otros y quizá no lo puedan conceptualizar. Eso, conceptualizar, asociar, detectar sentido, crear sentido, encontrar las palabras adecuadas, es un trabajo específico que como tantos otros requiere técnicas y sensibilidad. Eso es lo que comparto, después de tantos años, con quienes están del otro lado del diario, el micrófono o la cámara.

A lo largo de todo este tiempo he pasado momentos difíciles. Pero lo que nunca se me pasó por la cabeza es que, después de tres décadas de democracia, iba a llegar una denuncia penal que pretendiera privarme no ya de la libertad de decir lo que quiero, sino de mi libertad entera. Las rectificaciones posteriores, confusas y despectivas no hicieron más que ratificar cómo mienten: la corporación que saca una solicitada diciendo que no denuncia penalmente a periodistas, los mantiene todavía denunciados. Hasta el 5 de diciembre, la fecha que fijó el juzgado, los dos escritos posteriores que presentaron descansan junto a la denuncia original, en la que se nos menciona como “principales propaladores” del presunto delito, junto a funcionarios, militantes y organizaciones políticas.
No pueden limpiar la mancha de la etiqueta “propaladora” que unieron a mi nombre.
Un vómito sobre mi trayectoria y mi trabajo.
Esa denuncia no habla de mí.
Habla de Clarín.